Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Nystagmos (2021) de Eduardo Molinari Novoa

“Tu hilo de Ariadna es Sóter”

Por C. Briceño A.

El de Molinari pertenece a esa clase de libros que, conforme avanzamos en su lectura, nos van introduciendo a un estado cecuciente. Es una placentera oscuridad, una oscuridad frondosa de imágenes y significados en la que el lector se va perdiendo, se va reencontrando, va acariciando los altorrelieves en las galerías de su laberinto. Me recuerda a un par de libros escritos en lo que va el siglo. Uno es Arquitectura del humo, de Jhonny Pacheco, aunque aquí tenemos la brújula de los títulos, los cuales nos informan de un pormenorizado inventario zoológico que echa luz sobre los textos y nos ayuda a dar con el cabo de un providencial hilo de Ariadna. El otro sería La ironía de la rama negra, de Jorge A. Trujillo, poemario de una sintaxis complejísima y un arduo planteo del poema en el que su autor no nos deja ir con las manos vacías, sino parece entregarnos el rigor de la métrica y, a la par, nos halaga de arcaísmos y neologismos. Molinari, por su parte, abunda en tecnicismos, en cultismos, en fin, en términos que nos obligan a la consulta (tanino, euforbias, floemas, nubifragios, ciático, icnita, vitela). Esta exuberancia léxica es un indicio de su objetivo en cuanto al poema, la necesaria urdimbre con la que, supongo, el autor intenta retar al lector, retrasando cualquier proximidad a un sentido claro de su texto, aunque, por otro lado, capturar un sentido no debería ser el objetivo del lector, ni de esta reseña. Baste decir que el poemario inicia con una imagen femenina a punto de desnudarse (o en un desnudamiento infinito) y el yo poético intentando capturarla con la mirada, y el texto final retoma la imagen femenina, esta vez con nombre propio, pero el sentido de la vista ha sido reemplazado por el olfato, como si el libro fuera una prueba de que el desvelamiento de un cuerpo, una sensibilidad o un mensaje fuera una labor imposible o, en todo caso, redundante; la exuberancia léxica a la que he aludido podría funcionar como los velos en las esculturas de Corradini, envolviendo el sentido del texto con su excesiva técnica, pero perfilándolo. En esto también puede ayudar el título del poemario, Nystagmos, el cual puede aludir a una patología que se manifiesta en el movimiento involuntario de los ojos, con lo cual el objetivo de la visión se hace de difícil aprehensión, aunque también, y entrando en lo especulativo y quizá baladí, podría entenderse como una suerte de anagrama de syntagma, es decir, lo que está a medio camino entre palabra y oración; en ambos casos, permanece latente esa idea de que el poemario en cuestión propone la extremada sugerencia como emblema de su propuesta. Pero vayamos con los poemas.

Foto: El Laboratorio

El libro los va alternando en dos tipos. Unos escritos de manera regular y otros en cursiva. Al principio creí reconocer que los primeros significaban la voz del yo poético a cabalidad, y los del segundo grupo podrían ser una voz alterna, a la manera de un coro griego, dando indicaciones, respondiendo preguntas, sirviendo de contrapunto:

Deberás cumplir estos ritos;

transformaciones iniciáticas

de gluten y cuclillas,

de tanino que se santiguan,

para prolongar así mi vida (p. 37)

La intención de estos poemas, su naturaleza, también queda establecida porque las páginas en las que aparecen no consignan numeración; al igual que los poemas del primer grupo, estos van alternando periodos de lenguaje intrincados con otros de una sencillez coloquial, su solemnidad a veces es contrastada por la limpidez del mensaje:

Mientras que el solista se difumina

entre cotonas de fino pima,

sojuzgado por gritos informes,

tan risueños, czarne oczy,

una blanca dentición temprana

y lenes pasos tambaleantes. (p. 17)

*

Quisiera hablar

de tu palabra, que contiene

a tantos otros nombres,

y que es una alegoría euleriana

tan bajita como es (p. 30)

Ambas secuencias de poemas proponen también un diálogo o su insinuación; la voz de las cursivas parece responder, la elección de versos en arte menor (en su mayoría) para componer estos poemas ayuda a otorgarle una velocidad que combina bien con la densidad del otro conjunto, señala una urgencia, una necesidad por contrarrestar el otro discurso. Cuando señalé, líneas arriba, sobre el inicio y el final del libro, olvidé anotar que el primer poema pertenece al primer grupo, y cierra un poema en cursivas, como si la intención fuera dar una respuesta a la imposibilidad del desvelamiento, es decir, la segunda voz, la del supuesto coro, concluye que la vista es insuficiente y, en su lugar, propone el olfato como sentido triunfante o complementario. La alternancia de estas voces, en todo caso, nos propone también una división del yo poético que genera un conflicto, a la manera de un monólogo y su negativo, donde la exuberancia léxica encuentra un lugar para ratificar su oscuridad:

A quién le robé la vida

quién sufre conmigo

esa diferencia simétrica

entre los óxidos de zinc

y la relajada aridez? (p. 13)

Dentro de este discurso se presentan una serie de referencias a la mitología griega, a la tradición hebrea o egipcia, incluso aparecen abundantes referencias topográficas relacionadas con lo anterior (Hades, Sefarad, Mesina, Peloponeso, etc.). Todo esto, según entiendo, es una estrategia por enrarecer el discurso, enmarañarlo de la misma forma que lo hace el vocabulario y la estructura. Pero Molinari va más allá; dentro de los poemas se inserta una partitura, escritura jeroglífica, ideogramas chinos, una cita bíblica, textos en italiano, alemán, inglés, al punto de volverse los poemas un museo de referencias, un catálogo desbordante, un ser teratológico. Como he anotado antes, no es menester adentrarse en una comprensión profunda del texto en esta breve reseña, sino vadear los poemas, disfrutando de su cadencia y de las imágenes que nos son amables:

Un brazo es ala

cuando te permite volar del cieno

y salir a comer nubes

en vez de alimañas. (p. 24)

¿Qué será de la tierra que permite

que salvajes se lleven sus brotes tiernos

sin retumbar desde el Hades?

Hace falta que todos se hagan Vesta

y destruyan el Peloponeso

de esta Europa a medio hacer

para ver a sus vástagos restituidos,

aunque sea por temporadas,

en la superficie de la memoria,

nuestra única patria común. (p. 50)

Foto: El Laboratorio

Es en estos versos donde Molinari nos recompensa en nuestra búsqueda de sentido, parece otorgarnos un espacio donde solazarnos con las palabras y dejar atrás las tribulaciones de la oscuridad. Esta precisión hace que el discurso de Nystagmos encuentre un equilibrio entre lo que se dice y lo que encumbre, entre la belleza y su ocultamiento en la maraña léxica y referencial. Incluso podemos aproximarnos a la conjetura que hicimos con el inicio y el final del poemario, aquella de la desnudez que buscamos trasponer y no podemos:

Y vuelan los lienzos

llenos de miradas incomprendidas

alimentadas por prejuicios

cuando grita el pestillo

y se ennegrece el archivo (p. 45)

Aspirante de esclavitud ajena

que recoge anillos textiles

mientras sueña con volver

a una jaula de cabellos negros

y se sumerge en pozos ficticios

de sargazos sensuales. (p. 47)

Nystagmos en un libro retador, que interpela al lector y lo lleva a certificar su fortaleza. Como todo libro difícil, hermético (mencioné el de Pacheco y Trujillo, añado a Morales Saravia y a Forsyth, por poner ejemplos de autores nacionales) indaga en nuestras competencias, demanda tiempo, inflama escepticismos; como todo libro, en general, nos ofrece un cabo personalizado del hilo de Ariadna para hallar la salida.

*****

Datos del libro reseñado:

Eduardo Molinari Novoa

Nystagmos

El Laboratorio, 2021

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Porta/retrato (2021, reedición) y Casa de zurdos (2021, reedición) de Alessandra Tenorio

Todos somos niños hasta que se pruebe lo contrario

Por C. Briceño Ángeles

A veces las reediciones parecen notificarnos del paso del tiempo. ¿Qué sobrevivió de la primera lectura que tuvimos de tal o cual autor, de cuántos poemas podemos acordarnos, de cuantos versos, siquiera? ¿Cuántos nombres nos siguen recordando, metonímicamente, eso que llamamos, con ligereza, generación? Los que empezamos tarde evocamos esos nombres -esas obras- con un talante especial, ya que también nos formaron, a pesar de que nuestras edades se distancian apenas por unos pocos años e, incluso, en algunos casos, lucimos más viejos que ellos. ¿Qué aspirante a poeta no lee o intenta leer todo lo que se escribe y se promociona con el rótulo de poesía joven? De todos los motivos que puedan existir para estos acercamientos, el más importante, el más trascendente, es el de comparar nuestros primeros intentos con trabajos ya publicados, tangibles, venales, por usar un término más preciso. ¿Cuántos nombres se me vienen a la mente? Herbozo, Podestá, Vélez, Sordómez, Ruiz Velazco, Lazarte, algunos aún en actividad, otros inmersos en un silencio que podría ser voluntario o tal vez impuesto por las circunstancias de la vida. Y es que la poesía suele ser cosa de juventud. De este grupo, quizá recuerde con más claridad a Alessandra Tenorio (Lima, 1982) debido a una entrevista aparecida en un programa cultural, hace ya más de diez años, en el que lee un poema que iniciaba así:

Me han contado que en francés

el miedo es verde

y los hombres son fuertes

como turcos

Las imágenes, incluso la cadencia, me parecieron bastante atractivas. Sus versos tenían un fraseo que recordaba, en algo, el rigor de Calvo, aunque más libre, con un encabalgamiento que daba pie a una lectura más variable de los ritmos. Leyendo las reediciones de sus dos primeros poemarios, aparecidos el año pasado, me doy cuenta de que ese logro no es accidental, sino que es uno de los aciertos, de las constantes de su obra. Ambos libros, leídos consecutivamente y sin demasiada distancia, proponen un argumento en común, la familia, vista desde la infancia y la juventud, además de temas agregados como el amor o la inspección del yo.  El paso del tiempo no ha hecho sino otorgarle a estos poemas un porte representativo respecto a lo que por entonces se publicaba. Aquel cuidado en el fraseo, por ejemplo, marca una distancia significativa con ciertos poemas desprolijos, de aire amateur, que suelen adjudicárseles a los de la generación anterior, con ciertas excepciones como Echarri, Álvarez o Helguero. Pero empecemos comentando los libros de Tenorio en orden cronológico.

Porta/retrato (2005) es una elegía al paso del tiempo, y quien enuncia el discurso dentro del poema parece replegarse dentro de sí, hasta una etapa de vulnerabilidad, de dependencia afectiva respecto a sus seres cercanos para exacerbar, con este movimiento, su discurso. Es una suerte de maniobra que intenta una y otra vez para calibrar sus emociones y ponerlas en sintonía con aquellos que son motivo de sus afectos. Esta estrategia es similar a la que emplea Vallejo en el poema LXV de Trilce, cuando expresa que su padre se va despojando de sus atributos hasta volverse una criatura frágil, más propensa al amor de su mujer, hasta que ese sentimiento se purifica, se hace maternal: hasta mi padre/ para ir por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuviste. El yo poético se reconoce como una “piafita-pequeña”, condicionando su punto de vista para que en sus impresiones se suprima cualquier atisbo de malicia relacionada con la adultez; por el contrario, se acerca al recuerdo con candor; si hay algún evento desagradable, éste pronto es transformado en una metáfora amable, en la que cabe sospechar cierto dolor pero transfigurado por el punto de vista que funciona como filtro, como organizador del poema:

Porque nos ataca la catatonia

                           y es la mancha en un espejo lo que evidencia

nuestras vidas

Y cada vez            somos más tenues   más abstractos

                                            y m á s  t o n t o s

Y         a            pesar    de          las        cenizas

       jugar con el fuego ya no nos causa quemaduras

La nostalgia juega un papel trascendental en este libro. Es la nostalgia quien lleva a construir imágenes apacibles, donde la mirada se demora a la espera de que se vuelvan a reproducir emociones del pasado, indagando en los recuerdos una segunda oportunidad para asistir al feliz tiempo de la niñez; es por ello que el yo poético elabora una arquitectura idílica del hogar, los detalles que singularizan el lugar, donde cada espacio contiene al instante vivido, las conversaciones cotidianas, un color, un aroma olvidado y vuelto a recordar:

El marco de una ventana

o una puerta

/

Los árboles del cuarto de visita

/

Mi casa,

donde se escribe mi vida

en los espacios blancos.

/

Con secretos bajo las losetas

La sección final de Porta/retrato es una confirmación de la observación previa. Las imágenes de la casa familiar, de los padres, de los abuelos, todas son inmovilizadas para que su inspección, más que pormenorizada, sea auténtica. Se interpela a estas figuras, pero de una forma indulgente, apelando a un tono confesional que intenta acarrear intimidad; las palabras describen siluetas, pasos que se alejan o retornan, el mobiliario de los ambientes revisitados, confesiones en tiempo presente que intentan mantener a flote el vínculo del pasado, actualizarlo, hacer que el destinatario-y también el lector- queden al tanto de los cambios para negar las ausencias. En estos momentos, Tenorio se vale de ritmos regulares que podrían ser arrullos o confesiones que, intuitivamente, se manifiestan en compases apacibles:

ABUELA,

he puesto en penitencia los colores

pero aún no he perdido la sonrisa.

Mi tía está bien

ha prendido una vela en tu repisa

y pone todos los días flores nuevas.

Mi abuelo canta,

canta inundando los rincones de la casa.

Estos periodos rítmicos son una constante en Porta/retrato, y Tenorio, intuitiva o conscientemente, consigue adosarlos al poema en los momentos donde la emotividad lo requiere, instalando compases que aparecen para reforzar imágenes, confesiones o  descripciones especialmente significativas. Tomo, por ejemplo, un fragmento de El boceto de mi amor para un análisis más detallado:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

Si bien la descripción que el yo lírico hace del sujeto amado consiente una ligera afectación, encuentro que el ritmo podría explicar tal desborde de los sentimientos; es como si la tonada de esos versos influyera para crear un acompasamiento que refuerza la idea de que el yo lírico, de manera voluntaria, se ubica en una posición vulnerable, infantil, donde, precisamente, las emociones pueden no estar calibradas y prevalece la ingenuidad. Así, de esos versos pueden desprenderse cuatro heptasílabos que propician una vitalidad rítmica:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

En Retrato (casa) encontramos una estructura similar que se apoya, también, en grupos de siete sílabas:

Mi madre deshoja la lechuga

inocente al paso de los días.

Mi papá lee el periódico

buscando buenas nuevas

y mi casa es un pequeño búnker

contra bombas.

Similares características hallamos en Casa de zurdos (2008), aunque aquí la visión nostálgica se distorsiona y advertimos a un yo lírico más escéptico y para el cual el pasado ya no es solo un lugar al que se puede volver, sino es más bien un recuerdo de lo que se ha perdido. Es lógico este cambio en el punto de vista: si Porta/retrato era una apreciación idílica del mundo familiar, Tenorio apuesta ahora por una evolución en el yo lírico, a quien parece ya no complacerle la anulación de sus atributos de adulto sino que, paulatinamente, conforme avanza el libro, va tomando posesión de ellos y reafirma un cinismo, un cuestionamiento del mundo y las relaciones que establecemos dentro de él. Hacia el final de Casa de zurdos, el yo poético ha experimentado un cambio; si bien uno de los poemas con que abre el libro (Fiesta infantil) alude a la máxima “todos somos niños hasta que se prueba lo contrario”, se cierra con un escepticismo que la contradice, e incluso va en contra de todo lo propuesto en Porta/retrato. En este punto, el eje afectivo del yo lírico ha virado de lo familiar a lo pasional, y se cuestiona la pertinencia de los afectos y sus posibilidades:

Una vez también le regalé mi corazón a alguien, o lo más cercano que tuve, y le escribí un poema detrás de las líneas confusas de mi electrocardiograma. Creo que se enamoró un poco más de mí cuando lo hice. Fue bonito, tonto y original, pero no duró demasiado. Todo el amor se filtraba por los huecos del balde.

Esta incertidumbre se presenta también en varios de los poemas del libro. esta vez la muerte ha fijado a todos en retratos, sino que los ha alejado y en algunos casos los ha ido difuminando o empezando una lenta metamorfosis hasta convertirlos en símbolos más que en figuras reconocibles con características tangibles. Ya nos e le habla directamente a la abuela, a modo de confesión, sino que ahora se le menciona en tercera persona (Juan tiene razón./ La vida de mi abuela es una ruleta rusa), para luego concluir en una imagen desesperanzadora, donde se reconoce un vestigio de la persona pero a partir de la ausencia:

A veces, no sabemos ver.

A veces, somos gallinas ciegas jugando a seguir voces.

Y a todo esto se suma una incesante mención a la inclemencia del tiempo como otro de los motivos que diferencia a Casa de zurdos de la primera entrega de Tenorio. La finitud suele ser un personaje más, y va absorbiendo a aquellos que aparecían en Porta/retrato; lo cierto es que el yo poético se sabe condenado a irse quedando solo, ya sea por la distancia temporal o por el alejamiento afectivo, ambas causas lo recluyen en un espacio insalvable (el tiempo no es más que un invento suizo/ que solo sirve para encarcelarnos). La visión menos reconfortante, como he señalado, marca una pauta en cuanto a lo que ambos libros significan: un arco, una evolución del personaje que habita en estos poemas, aunque se encuentra contenida en los límites familiares. A pesar de la cercanía de estos textos, Tenorio tiene la intuición para presentarnos ambos lados de una historia personal, la de la infancia y la del vuelo de la juventud y sus conflictos y cuestionamientos. Así como la reedición de un libro nos hace detenernos y reflexionar sobre el paso del tiempo, de la misma forma estos poemarios de Tenorio notifican la caducidad de los entornos a los que solemos aferrarnos, de la extinción de ciertas eternidades.

*****

Datos de los libros reseñados:

Alessandra Tenorio

Porta/retrato

Lustra Editores, 2021, reedición

Casa de zurdos

Lustra Editores, 2021, reedición

Categories
Comentario sobre textos Coyuntura Reflexión Reseñas de libros

Recuento: siete libros inéditos y dos reediciones

Recuento poético, MMXXI Anno Domini (7 libros que leí y que muy posiblemente me arrancaron una sonrisa cómplice, un mohín de envidia o una mirada a lontananza pero que en modo alguno me dejaron indiferente + 2 reediciones)

Por Cristhian Briceño

¿A quién le importan los recuentos literarios? A los propios autores, a contadas amistades, a un puñado de lectores desprevenidos. Hay algo adictivo en el acto de aferrarse a un párrafo mientras nos vemos convertidos en unas cuantas letras de molde, en píxeles agrupados, formando caracteres. ¿Es valioso un recuento? Sí, pero no tanto por dar a conocer a los autores como por revelarnos la personalidad de los que realizan tal recuento; los habrá improvisados, superficiales, pertinentes, inocuos, beligerantes, académicos, sensacionalistas, impiadosos, de un rigor talmúdico, titubeantes, indolentes, blanditos… (Yo, por mi parte, espero ser una combinación de todas esas personalidades). Cada uno de ellos, sin excepción, hablará con la verdad. ¿Cómo podría estar equivocado, de todas formas, un sentimiento? Incluso en caso de detectarse un atisbo de hipocresía o favoritismo, cometeríamos un error si, al igual que Santo Tomás, dudásemos. Nuestra lectura no puede ser tan ingenua ni tan poco imaginativa. Basta recordar aquella invectiva que escribe Menard sobre Paul Valéry. “Esta invectiva”, se nos dice, “es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Este así lo entendió y la amistad antigua entre los dos no corrió peligro”. ¿Cómo podría estar equivocado nuestro sentido del gusto mientras inicia su metamorfosis hasta volverse pura y alada intuición? Esta lista está conformada por algunos de los libros que alcancé a leer este año y es, mírelo bien por entero, arbitraria e insuficiente, pero sincera. He aquí.

  • Tapir Tapir (Ed. Vallejo & Co., 2021), de Renato Pita

Sorprende que este libro haya pasado desapercibido. Pero esa sorpresa es transitoria. La riqueza verbal que propone, síntoma de la temática que aborda, podría ser demasiado para un lector en ciernes. En Tapir Tapir, Pita explora el microcosmos de la Amazonía y lo expande hasta que, de pronto, nos vemos inmersos en un bioma convulso donde cada proceso es anotado y examinado, desde la putrefacción de la hojarasca hasta las percusiones cardíacas o los procesos digestivos de los mamíferos: “¡quien esté libre de la cadena trófica, que tire la primera piedra!”. Pita logra una sinceridad desusada, el yo poético que recorre sus poemas consigue una voz plena, llena de matices, símbolos y sentimientos que logran aquel objetivo grato a los autores, el hacernos regresar al poema para volver a sentir la intensidad de las palabras: “se pueden hacer tantas cosas con la baba del sol/ untaría esa placenta en mí/ para imitar el desdén húmedo de los caracoles”. La segunda sección del libro está conformado por sonetos de temática afín, de una hechura, en verdad, impecable: gran acentuación y rimas complejas.

  • ana c. buena (Taller Editorial La Balanza, 2021), de Valeria Román Marroquín

Pude leer una versión previa de ana c. buena y me veo obligado a destacar el oficio notable y la intuición de la autora y el editor para dar con esta versión final. Si bien la lectura política/sociológica de este libro parece ineludible, yo me decantaría por una apreciación formal del poema,  me fijaría en el talento que Román Marroquín posee para hacer del verso una unidad de sentido incuestionable, así como también su buen tino en la interrupción de los versos, incluso en la disposición visual del poema, leve pero significativa. Es notable cómo la autora compone una estética con el trabajo físico al que su yo poético se ve sometido, haciendo de cada desplazamiento, de cada movimiento muscular, el origen de una coreografía representativa, como, por ejemplo, en refriega: “friega refriega:/ repetición y disciplina, caudillesa de la morada/ oculta. friega y refriega hasta que en las superficies/ cristalino reflejo a la vista y al tacto ni una mancha/ se asome siquiera a mirar el desgaste de tus manos”. Es una de mis autoras favoritas (en lides poéticas) junto a la arequipeña Ana Carolina Zegarra.

  • Canción y vuelo de Santosa (Alastor Editores, 2021), de Gloria Alvitres Aliaga

Lo hecho por Alvitres en este libro es digno de resaltar. Paso a paso va construyendo una mitología familiar, sus desventuras, sus desengaños, el legado de los muertos, todo con la argamasa de la palabra justa, de la vocación por el recuerdo y la indagación de los territorios interiores de sus protagonistas. Canción y vuelo de Santosa es un poemario argumental que explica las relaciones que tenemos con nuestro pasado y el sincretismo que se produce cuando nos vemos enfrentados a nuestros ancestros inmediatos, el diálogo, a veces trunco, a veces posible, entre distintas cosmovisiones y formas de entender nuestro entorno y las tradiciones inmanentes. Cabe resaltar que Alvitres parte desde lo femenino, pero su mirada trasciende el género y consigue hacerse un puro canto sin otro emblema que el de los afectos. Es también resaltante cómo se vale de la prosa sustentada en la descripción para destacar esa cualidad narrativa que visita sus poemas y genera la sensación de estar ante una de aquellas antiguas odas autobiográficas a la manera del Preludio: “Hemos dejado nuestros manteles blancos, bordados con hilos magenta, colores que no diferencias, pero se atacan en los ojos. Quién podría condenarte si eras solo una proyección, una suspensión de esperanzas”.

  • El Califato de Lima (AUB, 2021), de Diego Otero

La imaginación y el talante indagatorio son los ejes de este libro, además de algunas dosis de humor, en su justa medida. De entrada, el título es desconcertante, nos confronta con la inexistencia, incluso con el desvarío. Mientras vamos progresando en la lectura de El Califato de Lima nos encontramos con que el individuo representado por la voz del yo poético se halla trastocado, carente de un centro desde el cual pueda sostenerse la cordura. La ciudad que se representa lo desbarata, y siempre se tiende a la reclusión o al alejamiento para conseguir un equilibrio, una soledad a partir de la cual manifestarse; por ello es usual que enuncie su discurso desde un auto herméticamente cerrado, en una habitación de su casa mientras ve televisión o en los ductos de edificios con cerraduras inexpugnables: “El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:/ desde tan arriba todo es tan hermoso, incluso Lima”. La metáfora del Califato no es sino una forma de enunciar la opresión de la urbe, pero además es un procedimiento del yo poético para recrear un ambiente exótico desde el cual pueda hacer resaltar su singularidad. Algo de ello aparece en uno de los picos del libro, un poema en el que W. Delgado y Cisneros se fusionan en un abrazo, dando como resultado un ser nuevo, descollante dentro de nuestra tradición poética.

  • Un sonido amarillo (AUB, 2021), de Rosa Granda

El libro de Granda se anuncia como un montaje; desde este punto advertimos que la intención de la autora es evadir cualquier taxonomía convencional. Podríamos estar ante un libro en construcción que deja ver las fisuras por donde hace su ingreso la materia poética o ante un conjunto de notas sin pretensiones literarias con las cuales el lector ya verá lo que hace. Pero más allá de las especulaciones, Un sonido amarillo es pura dispersión en su sentido más franco, dispersión del lenguaje que se aglutina y se disgrega, dispersión de las ideas que se vuelven concepto o galimatías, dispersión del sonido que se torna eufónico (nótense las sutiles aliteraciones, las repeticiones, las anáforas) o disonante: “señal de divergencia y sus objeciones señal del afuera que va adentrándose tendencia a perder el equilibrio señal de continuidad señales de toda exactitud en el aire señal de redención”. Granda, al igual que en Torschlusspanik, consigue un libro singular, de difícil acceso pero satisfactorio cuando nos aclimatamos a su propuesta.

  • Guerrero del arcoíris (Máquina Purísima, 2021), Guillermo Chirinos Cúneo

Hace poco escribí una nota sobre Idiota del Apocalipsis; he aquí un fragmento: “Verlo caer, saberlo un idiota, es una forma de hacerlo humano, a pesar de que su condición de poeta lo coloque un escalafón arriba del común, como si Dios intentara compensar sus dones, de la misma forma que Conan Doyle le otorga a su querido Holmes, además de la genialidad deductiva, una adicción a la cocaína y la soledad de su apartamento en Baker Street”. Ciertamente, Chirinos Cúneo es un poeta de contradicciones, y su poesía, además de ser un cúmulo de sensaciones milagrosa, misteriosamente calibradas hasta tornarse materia poética, es, además, una forma de acercarnos a los abismos de un ser perseguido por sus demonios, de tal manera que las palabras que veremos impresas en este libro no tienen concesión alguna y se nos arrojan tal cual van emergiendo, sin haber pasado, acaso, por un filtro: “Tu huella de ángel se pudrió en la basura de la noche, donde el reverso de la luz nos muestra el delirio del paraíso hecho de añicos”. El cromatismo de Idiota del Apocalipsis parece haberse apaciguado, aunque aún queden indicios: “Cairo,/ amarillo como las pústulas del loco,/ te solazas con el veneno bíblico de la ciencia./ Buscad en el fondo casposo de los recuerdos;/ ha llegado el pánico”. Habrá quien prefiera su primer libro a esta entrega póstuma, pero, según mi parecer, lo más sensato es valorar la delicadeza con que Chirinos Cúneo nos escupe sus imágenes en la cara, sea este o aquel el libro donde aquello nos sobrevenga.

  • Canto a la hoja que cae (Hanan Harawi, 2021), de Úrsula Alvarado Noblecilla

Alvarado entiende el poema desde la sutileza. Sus imágenes son seductoras, delicadas, por momentos intenta arriesgarse, pero es un riesgo que no traiciona su propuesta. Esta sutileza queda establecida por la abundancia de referentes florales, vegetales, animales, de los que se vale para configurar un ambiente donde la naturaleza parece inmovilizada para su contemplación y descripción. Alvarado emplea una sintaxis apacible, convencional; los símiles son prudentes (“es mi corazón un gran molusco que arde”, “los aparto/ como a capas/ de una cebolla sonrojada”); sus palabras dan la impresión de contener la autoridad de lo agradable. Aunque, por momentos, quiebra esta consonancia y las desvía para generar contrastes con imágenes desacostumbradas: “En el prolífico mar de la desesperación/ mis versos se reproducen como hígados a destiempo”. Está de más interpretar el sentido de la frase. Canto a la hoja que cae transmite un estado de ánimo; indica, más que una confianza en las palabras, una sensibilidad de la que es difícil escapar durante la lectura del libro.

+ 2 reediciones

Lo que no veo en visiones (Pakarina Ediciones, 2021), de Ana Varela Tafur

Si bien el Premio Copé no suele dar libros memorables (para encontrarlos, a menudo habrá que rebuscarse entre los finalistas o, incluso, en las instancias previas), este libro de Varela Tafur parece acercarse bastante a una contradicción de esta premisa.  A lo largo del poemario asistimos al desvelamiento del espacio desde donde el yo poético se anuncia; es un lugar donde la naturaleza se convierte en cuerpo, y el cuerpo, finito, conmensurable, parece expandirse al punto de que el sujeto enunciador se recorre a sí mismo, explora sus miedos, su sexualidad, su procedencia explicada a través de mitos o accidentes geográficos: “Escribo un poema desde ti, ensayo un paisaje./ Dibujo tus caminos huérfanos en mis pasos/ Y son días de llanto en las quebradas”. El buen talante poético de Varela Tafur la lleva incluso a encontrar formas de su discurso prescindiendo del verso largo y detallado, hasta desembocar, en la sección final del libro, en un conjunto de poemas en arte menor que inciden en la velocidad de las imágenes, como si fuera el cielo reflejándose en las aguas de un río amazónico. Esta es una reedición necesaria para un libro que, en su primera edición, es casi inhallable.

ele (Dendro Ediciones, 2021), de Stuart Flores Herrera

ele es una propedéutica, el rito de iniciación para quien inaugura un camino escabroso y de riesgo comprobado. En este sentido, el poemario es una exploración del ser dentro del tiempo y de sus convicciones, una metáfora de la soledad y la búsqueda de sí mismo a la manera de Jesús en el desierto de Judea, de las empresas incipientes, de las noches oscuras del alma. Hasta aquí tenemos el trasfondo del asunto. En la otra mano, la forma es excesiva en cuanto a su ejecución; Flores construye un personaje que se indaga a discreción y deja constancia de sus averiguaciones: “me canso de esperar te digo/ de imaginarte en el agua/ de no tener noticias tuyas ecos/ me canso de habitar el tiempo de los hombres/ que es el único tiempo que exhausta/ que adolora tanto y cada noche”. La forma, así, se podría interpretar como un erial de sentidos que no llegan a nadie, solo al yo poético, solitario, buscando construir otro a la medida de sus desolaciones. La huella narrativa de Flores, autor de novelas y relatos, se diluye en sus poemas; por el contrario, su discurso se alía a un rigor poético, a una fe en la imagen, en la figura retórica: “el desprecio le colgaba de los dientes/ estalactitas de odios rencor”. Desde su primera edición del 2018, de tiraje limitado, Flores ha ganado algunos premios y distinciones en sus trabajos narrativos; con esta reedición tenemos la oportunidad de acercarnos a una faceta distinta del autor en cuanto a lo literario, enriquecedora, qué duda cabe, y que amplía su registro y nos permite conocer mejor su universo.

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Mañana nunca llega (2021) de Tadeo Palacios

La violencia reexaminada

Por C. Briceño Ángeles

Mailer publicó Los desnudos y los muertos tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, para la que fue reclutado, aunque nunca llegó a entrar en combate; Tadeo Palacios (Piura, 1994) nos entrega un relato largo que da título a su primer libro, a un año y días de haberse producido el suceso que lo motiva. El autor, naturalmente, se siente parte de una generación que se hizo cargo de organizar las marchas en contra de los desaciertos de un Estado, hasta el día de hoy, envilecido; este vínculo generacional, sumado a la proximidad del hecho, lo ha motivado a componer una urgencia en lo narrado, a arriesgarse en la propuesta de, por lo menos, este relato con el cual cierra su libro, una decisión que contrasta con la estructura convencional de los otros textos incluidos. Para ello se ha valido de una serie de recursos como la polifonía, el testimonio, la inclusión de correos electrónicos, post de Instagram, la reproducción de panfletos informativos, de un código QR, ilustraciones, una composición encabalgada y con pretensiones poéticas, etc. Los personajes también se ven inmersos en la misma urgencia. Sus testimonios son registrados mientras se desplazan por las calles del Centro de Lima y son acosados por las fuerzas policiales; es entonces cuando la prosa de Palacios intenta capturar la voz resquebrajada por el agotamiento, la respiración desesperada de quien se está asfixiando por el gas lacrimógeno, el ritmo del repliegue y la disociación de las ideas ocasionada por el dolor o la desorientación. Existe, en la prosa del autor, una voz destemplada, exagerada, por momentos, al borde del paroxismo. La idea de una representación de los acontecimientos, si bien en varios momentos parece encontrar un equilibrio, se ve debilitada por la incesante inclusión de referencias generacionales para otorgarle a los protagonistas una singularidad forzada en ciertos tramos que mengua la verosimilitud o, en todo caso, la pone en cuestión. Así, uno de los personajes, al verse confinado en una carceleta luego de ser golpeado por los policías y bajo la amenaza de seguir siendo agredido, se permite ensayar una broma en la que es notoria la necesidad por hacer encajar sus influencias y su conocimiento del pasado inmediato:

¿Esta pancarta es terrorista? Creo que no, a menos que alguien imagine que los dibujos de Pikachu que hemos hecho toda la tarde son algún tipo de apología a Sendero Luminoso, o que el terrorista Abimael Guzmán era entrenador Pokémon (marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento-profesor Oak). (p. 199)

Este relato, a pesar de su propuesta arriesgada, no deja de ser bastante conservador en cuanto a los conflictos propuestos; siempre estamos ante una fuerza opresora o encubridora que no es capaz de cuestionarse por sus actos, y si lo hace solo es para liberarse pronto de sus reparos y continuar siendo lo opuesto a lo bueno. En consecuencia, los conflictos se resuelven fácilmente con la violencia o las imposiciones de los que ejercen el poder, como lo son, por ejemplo, una jefa de redacción desmereciendo y censurando el trabajo de un reportero que ha intentado informar con objetividad o el suboficial que reduce a un manifestante mientras lo amenaza de muerte. Existe un ánimo aleccionador, como si el autor pretendiera que del relato se origine no una crítica a la sociedad y sus dinámicas, sino una exhortación tal vez demasiado cercana a la advertencia moral, algo quizá motivado por la cercanía de los hechos abordados. Recordemos, por mencionar un caso similar, que en Conversación en la Catedral se nos narran los eventos producidos durante la revolución de Arequipa de 1955, pero más de diez años después que estos ocurrieran. Estos reparos, sin duda, no desmerecen la labor de Palacios al momento de narrar este episodio, sobre todo por la precisa documentación y la cantidad de datos que nos otorga, a la manera de una nota periodística osada, desbordante y convulsa.

Sin embargo, el punto fuerte de este libro son los relatos precedentes. En ellos, Palacios se lanza de lleno a la evocación de Piura y los mecanismos íntimos de esta ciudad, de la familia y de la relación del individuo con la violencia y la contemplación. Es entonces cuando la vena realista del autor encuentra su tono y consigue no pocos logros. Para empezar, es casi una marca de estilo el uso de un narrador en segunda persona (o confidencial) que parece referir no para el lector sino para alguien en específico, alguien perdido en el pasado, inalcanzable a no ser por los recuerdos; esta voz personalizada, en lugar de repelernos, nos invita es escuchar y a transformarnos, gradualmente, en el destinatario:

Tuve que desconocer mi pasado, resignarme a perder el futuro que había planeado contigo, Mercedes. Dejar atrás cuanto pude haber conseguido, a mi madre, a ti y al niño que llevabas en el vientre. Y mientras tanto, cruzaba los ríos de la frontera y trataba de conseguir refugio en pueblitos fuera del mapa, allá en el Ecuador. Juntaba plata y rezaba para que ese dinero te llegara en encomiendas que mandaba a tu casa con nombres falsos a través de amigos que conocía allá y que iban de paso a Piura. (p. 145)

Este realismo de buena ley se encuentra, en especial, en tres relatos. El primero es “La invitación”. El personaje es el clásico perdedor de impronta ribeyriana, aunque está ambientado en Piura. Palacios tiene un talento evidente para prolongar la resolución del relato, y mientras tanto, mientras la narración dura, parece dilatar las circunstancias para que la desazón del final sea más catastrófica y desoladora. Se trata de un trabajador de limpieza que, por un caso de homonimia, cree haber sido invitado a una comida en su honor. El equívoco da pie para que asistamos a sus ansias de reconocimiento y la demostración de su nula relevancia en la sociedad, el ascenso y la caída de su autoestima, algo que nos recuerda a “El profesor suplente” de J. R. Ribeyro:

Aquella tarde de sábado, con el hambre subiéndole por la garganta y una amarga cólera deslizándose por su espinazo, Teófilo comprobó dos cosas mientras recogía sus pasos hacia el paradero de motos del óvalo Bolognesi: la primera fue que, después de todo, Armando Dioses era un pobre rosquete. Y la segunda, y quizá la más importante, era que su mujer estaba en lo correcto: la mona, aunque se vista de seda, mona siempre se queda. (p. 35)

“Cuando salta la liebre”, por el contrario, es un relato sin concesiones al humor o la ironía, a diferencia del anterior. El narrador, un abogado en ciernes, se topa con la madre de un detenido y asiste a la desolación de la mujer ocasionada por las circunstancias que le han tocado vivir. Aquí la prosa de Palacios es funcional, recrudece e incide en las descripciones de ambientes/fisonomías para ampliar un ambiente de claroscuros, sucio, de una indeterminación burocrática que es, también, decadente y pernicioso. Ya en varios de sus relatos Palacios incurre en la exacerbación del mismo lenguaje a través de jergas, modismos o insultos, pero aquí decide, además, construir una voz que está a punto de hacerse ininteligible, acentuando así la precariedad de la comunicación y la distancia entre los individuos: “A miju luan metío en el calabozo ese. Ni bien me dijieron, me vine a la carrerita a ver si era verdá. Dejeguro, si luan encerrau, ha di ser por error” (p. 101). Es un buen relato, aunque exista, en el cierre, esa advertencia moral a la que aludí líneas arriba:

Me enferma Crisanto, me enferma V., pero me enferman mucho más los que solo seguimos empujando en silencio hasta que, de pronto, todo se desborde. Lo lamento: me sobrepasa, me excede y derrota este juego de sombrar y gestos. Hay días como este en los que no puedo hacer más que avanzar y sentirme profundamente miserable. (p. 107)

El abuso y la venganza son los temas de “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Una mujer asesina a su conviviente, Montoya, un teniente de la policía que la maltrata sistemáticamente. El relato es un viaje a los orígenes de la relación entre ambos y la degradación de la misma. Palacios emplea con corrección la superposición de planos temporales para que su historia gane en intensidad, hasta desencadenar en un final extraño, de un onirismo que deja una sensación agridulce, como si el final de la venganza no fuera su consumación, sino que se prolongara hasta límites pesadillescos. Como en varios de los relatos de Mañana nunca llega, Palacios demuestra una solvencia en la construcción de los diálogos, quizá uno de los elementos más difíciles de lograr en las ficciones por lo complejo que resulta hacer encajar una voz a una personalidad en específico; el autor, sin embargo, consigue su objetivo:

—Después de la borrachera que usted y su gente le alcahuetearon, Montoyita quiso que lo atendieran. Velé su sueño. Y me sentí sucia, y más sucia todavía cuando me dijo que lo sentía, que sería bueno, que iba a cambiar. Moqueaba y no dejaba de retorcerse. ¡Incluso se atrevió a mencionar a nuestro hijo! ¡El hijo que mató a patadas en mis entrañas! ¿Lo ve? El muy infeliz debió presentir que de esta no pasaba. Hacía mucho que estaba convencida de cobrármelas todas. El trago le estrujaba las tripas y los sesos. ¡Imagínese, mayor! El hombre que me desfiguró estaba tumbado, panza arriba, lleno de mierda y vómito. Ay, Montoya. Eras malo, ¡malo como el Veneno! Me suplicó llorando que le alcanzara las pastillas para el dolor. Casi sentí pena… (p. 121)

A pesar de su juventud, Palacios es un narrador decidido, sin temor a experimentar con las posibilidades de su poética, aunque es cierto que, a veces, extralimita sus posibilidades. El realismo que propone bebe de autores de nuestra tradición como Gutiérrez, Dughi, Ninapayta y, por supuesto, el Ribeyro cuentista (al igual que este último, entrega sus mejores páginas cuando se alinea con una narración convencional, a diferencia de, p. ej., el primer Vargas Llosa, quien sale airoso cuando se adentra en estructuras complejas como Los cachorros), aunque ello, desde luego, es el inicio de sus exploraciones en la ficción y tiene tiempo de sobra para pulir esos detalles. De esta forma, Mañana nunca llega es un buen libro para acceder a los nuevos registros de nuestra narrativa, a sus cuestionamientos y a la revisión de temas y atmósferas que es necesario no olvidar y cuya ejecución y estética podrían ser un anticipo de lo por venir.

*****

Datos del libro reseñado:

Tadeo Palacios

Mañana nunca llega

Editorial Pesopluma, 2021

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: No he de volver a escribir (2019) de Lizardo Cruzado

Los días, las horas, los años

Por Cristhian Briceño

Tildar a alguien de genio cuando solo ha publicado un libro es lanzar una moneda al aire. No porque el libro en cuestión no haya tocado en nosotros esas cuerdas de difícil acceso que, una vez pulsadas, hacen imposible el trabajo de contener la melodía de nuestro propio entusiasmo, sino porque esa melodía nos distrae de todo lo demás y perdemos temporalmente cualquier capacidad de reacción, sin olvidarnos, claro está, de que nuestros sentidos no serán los mismos de las personas que vivirán cien, doscientos años después de nosotros. La lectura es una conversación con nuestra edad (física o emocional), con nuestra ignorancia e inocencia, con nuestras expectativas: leer, en definitiva, es un estado de ánimo. Así, los poemas no son especies embalsamadas en estantes a temperaturas conservativas donde su belleza será preservada, con seguridad, hasta después del Apocalipsis, sino más bien son organismos vivos que tienden a encontrarse un día en ambientes hostiles, a deteriorarse, a desaparecer de la memoria. Decir que no he disfrutado con los poemas de Lizardo Cruzado (Trujillo, 1975) sería mentir. Al leerlos sentí, como muchos, el milagro de la poesía obrándose ante mí en esa breve eternidad que permanece con nosotros durante una cantidad finita de versos y luego se vuelve reflexión o mero recuerdo. Cuando hablo de los poemas de Cruzado me refiero a aquellos que leí en un libro de poesía peruana del siglo XX que conseguí en el Centro de Lima, y donde aparecían sus hits: Para M.M., Poema, Papá y Ars. Algo distinto me sucedió cuando tuve acceso a su primer libro, Este es mi cuerpo. La cantidad de poemas en la colección me pareció excesiva, un maremágnum dentro del cual se perdía lo realmente valioso, es decir, ese puñado de poemas excelentes y repetidos hasta el hartazgo en antologías, revistas y publicaciones especializadas. Me pregunté, entonces, por qué esa promesa del gran libro no había tenido efecto en mí, sabiendo que Este es mi cuerpo es ya un poemario de culto, famoso por la precocidad de su autor y que debería absorber, con su solo prestigio, cualquier atisbo de vacilación. Sus temas nos resultan cercanos, es decir, los mecanismos de la convivencia familiar, el amor/desamor adolescente (y, por tanto, auténtico), el erotismo del autodescubrimiento corporal, la reflexión sobre el acto de escribir el poema, etc. Quizá todo se trate de una cuestión de sensibilidad, como si para leer ciertos libros uno debiera calzarse unas gafas, y los cristales de estas gafas tendrían que estar calibrados para adecuarnos al espíritu con el que fueron escritos los poemas. Alguien podría decir que si el poema no logra eso sin ayuda de esas gafas imaginarias, entonces no ha conseguido su propósito; yo quiero creer que fue culpa de mi expectativa, de lo contaminado que estuve o estoy de otras lecturas.

Foto: Editorial Pesopluma

Más de veinte años después, Cruzado ha dado a la imprenta una nueva colección titulada No he de volver a escribir (Pesopluma, 2019). Se trata de un libro dividido en tres secciones, las cuales muy bien podrían haber sido publicadas por separado, ya que se nota la distancia que existe entre una y otra, la evolución de su escritura, el desplazamiento de temáticas, aunque sobrevive en ellas ese tono amateur, desinteresado de la afectación poética -lo dice el autor por boca del personaje de sus poemas: «No soy poeta/ No he estudiado para esto/ No he ido a talleres para esto/ No es mi profesión ni mi oficio» (Ars, pp.107)- ese humor y vocabulario adolescentes, referencial en su escritura. La primera sección, Libro de los días, es la más próxima a Este es mi cuerpo. Muchos de los poemas son evocativos de la infancia, reflexiones sobre el quehacer de los padres y cómo cada gesto, cada acción, va encontrando, en el futuro, una forma de manifestarse y revelar un nuevo sentido. Así, un día feriado, por ejemplo, es un motivo para reflexionar no solo en las batallas de los grandes héroes de la patria, aquellas cuyas pormenores (o anécdotas) son conocidos por todos y pueden hallarse al abrir hasta el más elemental libro de historia, sino también es pretexto para mirar el entorno más cercano y advertir las luchas cotidianas de los padres, sus derrotas silenciosas y el efecto de todo esto en la sensibilidad del hijo. Si en Este es mi cuerpo parecía que la balanza se inclinaba a favor de la madre, es decir, a su estudio, a su indagación, en No he de volver a escribir parece inclinarse a favor de la figura paterna:

Papá andaba

Enfrascado en interminables y

Solitarias batallas

Tambaleándose por las noches

Desde mi lecho lo oía tropezar y

Arrojar exhausto sus armas

Pero nunca me atreví a saltar

A su encuentro para

Preguntarle si

Había

Triunfado (Los Héroes, p. 35)

Por lo menos una decena de poemas incluidos en esta sección tienen el encanto y ese inexplicable virtuosismo con el que Cruzado sabe conmover al lector, a la manera de los poemas más celebrados de su primer libro. En efecto, no es poco lo alcanzado, y el lector que esté esperando retomar la emoción adolescente de Este es mi cuerpo, ese buen pulso para dibujar una escena cómica por ingenua, encontrara acá un buen lugar donde cebarse con aquel estilo ligero pero de una profundidad desoladora. En eso podría radicar el impacto de Cruzado en las nuevas generaciones de lectores, en su capacidad para crear un personaje que emplea un lenguaje prosaico para construir la belleza de sus revelaciones, una actitud que también podemos reconocer en la prosa de juventud de Martín Adán o de Reynoso, en la poesía de Luis Hernández, con la diferencia de que Cruzado hizo suyo un lenguaje, una entonación deudora de la década de los noventa y puede decirse que incluso ahora sobrevive parcialmente, no como una reliquia sino más bien como testimonio:

De mi adolescencia

Recordaré tan sólo

Un objeto que cambiaba de tamaño

En mi mano:

Un lápiz o mi falo

Y una puerta que jamás crucé

En el piso unos poemas arrugados

Y en el pecho

Un corazón

Que se extendía

Y volvía a arrugar

Después de escribir (El adolescente, p. 59)

En otros poemas encontraremos una estrategia similar a la empleada por Watanabe en cuanto a la estructura; se inserta una anécdota de juventud, plagada de detalles que hacen destacar una historia, es decir, hay una intención narrativa, de representación de la realidad, luego de la cual se da paso a una metáfora que funciona como remate, como enseñanza que alcanza su forma final en el presente y se revela a través del poema; muestras de esto son Los colores o Las muertes:

Yo ahora me estoy agarrando

Fuerte hermanita bien fuerte

Sin caerme

Como tú desde pequeña decías

Que hay que hacer (Las muertes, p. 81)

Por último tenemos los poemas que remiten al acto de la escritura, un tema que, al parecer, está asociado a la fase primigenia de Cruzado:

Una rosa que sangra

Puede diluir la poesía

En el mar

De una gota

Puede apagar el

Incendio del mundo antes

Que llegue a encenderse

Y hasta

Con infinita ternura puede

Ahogar a la Muerte

Pero no puede

Dejar de sangrar (Rosa para un suicida, p. 102)

La segunda sección, Libro de las horas, presenta los primeros cambios significativos. Los poemas ganan en extensión de versos (algunos, incluso, se convierten en una suerte de prosa) y se introduce el tema de la paternidad, algo que en la sección anterior ya podía vislumbrarse, por ejemplo, en Lira (dedicado a la hija del poeta y que emplea una configuración semejante a «*» o a «Poema escrito en una máquina de escribir», ambos incluidos en Este es mi cuerpo):

Mi hijo me lleva de la mano a la salida de

Su escuela y me conduce hasta la casa

Para que el sol no nos derrita compramos cual

Talismán unos helados que se van haciendo agua

Mientras él me informa de sus guerras mundiales

En el patio de recreo hoy por la mañana (Dos de la tarde, p. 135)

Es posible que al lector le quede claro el simbolismo de presentarse esta sección como un recuento de cada hora del día. Aquí, el insomnio y la vigilia son dos estados de hiperconsciencia en los cuales se echa a andar una máquina introspectiva que hace un recuento del presente, con algunas escalas en el pasado y algunas suposiciones del futuro. Ya no estamos ante la mirada juvenil de la sección anterior, sino se nos muestra lo tortuoso del mundo adulto y sus complicaciones, sus responsabilidades, padecimientos y deudas. Son numerosas las alusiones al paso del tiempo y la imposibilidad de asirlo sin resultar vencido; por eso, el discurso intenta advertir (prácticamente en cada uno de los poemas) sobre lo valioso del ahora, sobre su inmediata caducidad:

Disfruta un instante

Este instante inaudito (Seis de la mañana, p. 126)

Como si un reloj loco

Gobernase el tiempo (Nueve de la mañana, p. 130)

Como todas las tarde yo

Recogeré las sombras y

Me alcanzará para seguir

Viviendo

Cada noche (Tres de la tarde, p. 137)

Y resta solamente una hora

Para este cotidiano

Fin (Once de la noche, p. 149)

El tiempo, además de ser una abstracción relativizada por la percepción y materializada por el mecanismo de un reloj, es también desperfecto corporal, aviso de una degeneración parcial y síntoma de la adultez. En los poemas de esta sección el cuerpo es el aviso del transcurrir; las funciones fisiológicas, alteradas, marcan un horario alterado, muy diferente a la sincronización de la juventud. En «Dos de la mañana» es la hipertrofia de la próstata lo que ocasiona el desorden y da cuenta de una perdida vitalidad sexual, imagen reveladora que marca distancia, otra vez, con la imagen adolescente y despreocupada. El último poema de esta sección reafirma la progresiva derrota del cuerpo, aunque la tristeza se intercambia por humor para que el poema no naufrague en el patetismo:

Ya no es mérito controlar

El esfínter

Aún a medianoche

En la oscuridad más

Absoluta

Acabo de defecar y

Estoy

Solo (Medianoche, p. 150)

El tiempo y su consumición es también el tema central de Libro de los años. Un par de peculiaridades la distancian de la sección anterior. La primera sería formal, pues aquí se aprecia una fluidez en cuanto a la sucesión de versos, organizados en largas estrofas que parecen contener una retórica interrogación sobre la palabra y como ésta es una forma de defensa contra lo efímero. La segunda sería una visión menos oscura del paso del tiempo, al cual se antepone el poema como producto del transcurrir, así como se inserta la imagen del agua corriente y su tradicional vínculo con el cambio, con la velocidad, con la renovación:

El agua es como el tiempo

Lo que discurre sin sosiego y también se encharca

El hervor que enciende y la frialdad más lóbrega

El océano o la tempestad o la gota

Fluido que no cesa hasta que se evapora (II, p. 156)

Es posible que en estos poemas se nos revele un Cruzado con un dominio más nítido de esa extraña capacidad que tiene para descubrirnos las mismas cosas con diferentes recuerdos y ejemplos, con evocaciones de su siempre latente estado de juventud, el cual parece una fuente inagotable de metáforas, invenciones quizá de su talento como poeta. Es notable, nuevamente, ese estilo desprolijo en apariencia, el flujo de un lirismo desbocado, en este caso, al punto de hacerse más notoria la ausencia de puntuación, por ejemplo, la inapelable continuidad de ideas que parecen ser, por sí, una imagen desprendida del concepto del agua y su decurso. Es entonces, según veo, cuando el poema alcanza una pureza ya distinta a sus poemas clásicos, algo equivalente a un nuevo orden en su poética, como si la intuición del adolescente que fue encontrara un pulso desconocido, menos sensiblero, que prescinde de lo vacío de los juegos de palabras o la jerga accesoria, para centrarse en trasmutar una emoción en versos de justa cadencia y fraseo:

Aquí estoy

Como un sonso

Me preparé para todo

No para el tiempo

Ni para el agua

Que trajo y se llevó cosas

Sumergió algunas y sacó otras al sol

De charco en charco

Un charco ha emergido a la superficie de otro

Y como ave de corral

Bebe hipnotizado del borde del poema (VI, 164)

Foto: Editorial Pesopluma

El brillo, la resolución de esta sección es un aviso también del paso del tiempo y propone un ejercicio de contraste. A pesar de la autorreferencialidad en todos los poemas de Cruzado, creo que la del tramo final de No he de volver a escribir contiene a las anteriores y también a Este es mi cuerpo, de una forma que solo la vida vivida y experimentada consigue hacer incontestable. Es posible que otros valoren más el llamativo brillo de sus primeros poemas, evidencia de su precocidad e instinto poético; ello que tiene que ver mucho con el mito del poeta joven como promesa, como especulación afrodisíaca. Tal cual dije al principio, la sensibilidad orienta las lecturas y divide las opiniones, nos imanta de manera selectiva, predisponiendo nuestro gusto hacia ciertas propuestas. Yo me decanto por este último libro, por su última sección.

*****

Datos del libro reseñado:

Lizardo Cruzado

No he de volver a escribir

Editorial Pesopluma, 2019

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: El Califato de Lima (2021) de Diego Otero

Instrucciones para construir una ciudad

Por Cristhian Briceño

El vínculo entre ciudad y conflicto tiene larga data. “Gran ramera” llama San Juan a Babilonia en el Apocalipsis (aunque bien podría estarse refiriendo a Jerusalén o Roma, supuestas capitales del pecado y del cuestionamiento al dios de los hebreos), con todos las alcances epitéticos que ello supone; Thomas Chatterton, indispuesto por el desprecio de sus congéneres, se refiere a Bristol, su lugar de nacimiento, como una “inmunda ciudad de ladrillos” poco antes de cometer suicidio; supongo que Antonio Cisneros aludía a Lima con su famosa metáfora de la ballena, si consideramos, por supuesto, la humedad sempiterna, la gris oscuridad, el frío envolvente, el hedor a sargazo y a manada de peces. Diego Otero (Lima, 1973), por su parte, hace uso de un sistema político extranjero para enunciar su especulación poética: el califato. Si bien este régimen se emparenta naturalmente con el elemento religioso, Otero ha decidido sintetizar esta simbología hasta quedarse con el componente restrictivo. Al insertar a su yo poético en un ámbito ajeno desata el conflicto, el cual propicia los cuestionamientos sobre su relación con el entorno y los mecanismos que debe emplearse para establecer una conexión saludable con él. Son elocuentes y periódicas las imágenes de estrechez dentro de la geografía urbana; los edificios, por ejemplo, se vuelven espacios reducidos únicamente a la circulación dentro de ellos, a las galerías por donde el individuo suele transitar, pero parece no haber espacio para el establecimiento o el descanso:

         Una cerviz flexible, que

nos permite asentir

y desplazar el cuerpo

por las zonas en que el edificio se vuelve

angosto como la madriguera

de un topo o el ojo

de una cerradura. (p. 47)

De una forma reiterativa, se nos habla de ductos o de espacios estrechos e impracticables, por referirse a la cuota alienante con la cual el individuo se enfrenta en su cotidianeidad; la estrechez de esos espacios abruma a quien se ve obligado a ocuparlos con su presencia, a refugiarse en ellos mientras va perfeccionando su capacidad de adaptarse al entorno anómalo o que se percibe como tal. Para mayores luces, en el fragmento anterior, encontramos la imagen de la cerviz flexible, que nos indica un estado de apocamiento, pero también de capitulación, por lo menos circunstancial: se puede rastrear la referencia en la ya famosa (y cancelada) estrofa de nuestro himno nacional que nos habla de la sumisión y de una humillada cerviz que se levanta, venciendo el poder que hasta entonces la mantuvo encorvada. A partir de esto, se podría conjeturar que el yo poético se ve retornar a una fase ya superada de su historia, que puede ser la personal, la íntima, o englobar, por qué no, lo nacional, lo comunitario. El califato, desde una interpretación sencilla y quizá antojadiza, es un retorno a lo ya superado; se retorna no precisamente a un régimen político caduco, despótico y que va de la mano con la religión, sino, más bien, al miedo previo al fortalecimiento del carácter, a la duda, al cuestionamiento implacable de la vida y de sus actores, como cuando uno vuelve la cabeza, con sana curiosidad, para ver lo que ha quedado atrás, pero, al igual que la esposa de Lot, acusa un cambio a menudo desagradable:

A decir verdad nuestros ojos son los ojos

de las cerraduras,

y cada vez que alguien

introduce la llave

resultamos heridos.

                                   O tuertos. (p. 53)

La cerradura retoma el tropo de la estrechez, pero aplicado en el fragmento es también un indicio de la inaccesibilidad del yo poético, del costo que supone establecer vínculos cuando el medio ha revelado la alteración de su orden. Se enuncia a Lima como una ciudad en conflicto con el individuo, y por momentos esta se encuentra tan alejada de la percepción del yo poético que se tiende a la invención de un carácter exótico para así explicar su discapacidad en cuanto a hallarse a sí mismo o a ubicarse dentro de. Estar en la ciudad implica una exploración excesiva del fenómeno, al punto de percibirse únicamente la estrechez, el elemento opresivo ejemplificado con los ductos o las cerraduras; para sobrellevar esta deficiencia, el yo poético procura elevarse, esto es, tomar distancia de todo, afianzar su individualidad, alejarse hasta donde la ciudad se vuelve inteligible debido, posiblemente, a una ilusión de totalidad y de tolerable imprecisión:

El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:

desde tan arriba todo es hermoso, incluso Lima. (p. 50)

Y también en:

Lima casi no es y es

hermosa

desde tan alto. (p. 55)

Mientras la ciudad sea una imagen detenida, hay una oportunidad para hacerla suya y arrebatarle significado; es la paradoja de la lejanía: cuando hemos tomado distancia podemos apreciar a cabalidad el hecho, comprender su funcionamiento y nuestro lugar dentro de él. No obstante, el lugar del yo poético parece encontrarse en las zonas inferiores, de donde ocasionalmente asciende, aunque esta es la excepción. Por ello, nada queda claro o, en todo caso, su necesidad por acertar y hallar una respuesta produce una proliferación de interpretaciones que lo llevan a la angustia debido a una abundancia de interrogantes:

Qué es El Califato de Lima. ¿Un chiste? ¿Una caricatura de la opresión y el fundamentalismo que asoman sus cabezas de papel maché por encima de una nomenclatura  de dudosa incorrección geopolítica? ¿Se debe presumir que en algún lugar, encaramado sobre algún púlpito o alguna bóveda, hay algo así como un califa? ¿O el califa es ese energúmeno que ya hemos conocido? (p. 49)

Hasta ahora me he referido a la sección homónima y final del libro. Si revisamos los apartados precedentes encontraremos elementos similares. Por mencionar uno, tenemos nuevas menciones a los lugares cerrados, reclusivos o asfixiantes: “Todos queremos salir de un lugar al que solo se puede entrar” (p. 13); “Lima parece una ciudad, pero en verdad es un taxi” (p. 19); “El mal es una ciudad parecida a Los Ángeles o a Lima … El mal tiene tentáculos invisibles que agarran del cuello a todas las personas honorables” (p. 35). Es en estos poemas previos donde vamos descubriendo que si bien hay una angustia concentrada en la parte final, el yo poético ha encontrado un antídoto en el humor. Y este humor está construido en torno a imágenes muy alejadas de cualquier solemnidad; al contrario, se precisa del apunte irónico, incluso es necesario extirpar el carácter sagrado de los símbolos para que se alcance a construir un ambiente libre de las coacciones y/o límites, en parte distinto al que se establece en la sección final, como si en esta antesala se hallaran las respuestas, unas respuestas que no se emplean porque es necesario establecer el escenario especulativo donde el yo poético pueda ser indagado:

Un país

arrasado.

Un país o una pepa de palta

que debería seguir girando

en el aire del departamento, cada vez

más lentamente hasta el punto de convertirse

en la única excepción del mundo

a la ley de la gravedad. (p. 10)

Y también en:

¿saben ustedes

para qué puede servir un ángel

si no es para lanzarse

a las turbinas

de los aviones de guerra? (pp. 28-29)

Lo especulativo, incluso, alcanza los dominios de la poesía en dos poemas que son representativos de este libro: “Nuevos deberes de la poesía peruana” y “César Vallejo en el siglo XXV”. En ambos se explora la función de la poesía fuera de su espacio temporal, donde el ambiente ya no es el mismo donde alguna vez floreció su influencia. En el primer poema, además, se alude al régimen que se explora en la sección final (“Si tenemos que decir que vivimos en Lima, debemos decir que vivimos en el Califato de Lima”), estableciéndose una alteración en los parámetros con que se mide el acto poético. Nuevamente estamos ante un poema que se resuelve con una imagen poderosa, aquella en la que los hologramas de Antonio Cisneros y Washington Delgado, poetas de promociones disímiles, se fusionan en un abrazo, procreando un ser que deja de ser inmaterial y que implica el sincretismo de sus propuestas estéticas, de sus emociones, de sus personalidades como metáfora de la persistencia de una tradición que encuentra tierra fértil en las generaciones ulteriores que toman la posta a pesar de presentárseles un escenario tan enrevesado que no se sabe si se está asistiendo a “una fiesta o la guerra”. En el segundo poema se refresca la imagen adusta de Vallejo y se lo traslada imaginativamente en un tiempo que no es el suyo, para profundizar en su verdadera trascendencia, intentando responder con esto aquella manida suposición de entender a la poesía como un acto atemporal. El ejercicio no es vano, ya que entendemos que el trasfondo, el objetivo encubierto, es situar al yo poético en el lugar del poeta y ser partícipe de esa exploración, de la misma forma que, más adelante, se situará en el supuesto califato limeño:

(…) Vallejo estaba apoyado en un muro, con una bolsa transparente de canchita en la mano. A su lado había un tipo de jean y saco, que parecía admirarlo con fervor. (…) El punto es que lo interrogaba con entusiasmo y vehemencia sobre versos específicos de Trilce IX, Trilce XXVII. Y Vallejo sonreía con cierta sorpresa y decía que ya no se acordaba de esos poemas. Que había pasado demasiado tiempo. (p. 39)

Foto: Alessandro Currarino / El Comercio

El carácter indagatorio de este par de poemas marca una pauta significativa para la colección. Nos lleva a pensar en un yo poético no solamente en constante cuestionamiento de su entorno, sino también en una continua averiguación de sus posibilidades, como si ingresara voluntariamente a sus especulaciones esperando hallarse en el contraste, hacer resaltar su humanidad en medio de la realidad alterada que él mismo se ha inventado: la gran metáfora del califato se convierte, entonces, en una desacostumbrada, estrambótica tonalidad donde, con suma nitidez, consigue hacer descollar su normalidad.

*****

Datos del libro reseñado:

Diego Otero

El Califato de Lima

Álbum del Universo Bakterial (AUB), 2021