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Entre mujeres solas & Casas. Poesía reunida (2026) de Giovanna Pollarolo

Las casas de Giovanna

Por Alessandra Tenorio Carranza

La obra reunida de Giovanna Pollarolo, titulada Entre mujeres solas & Casas, me ha invitado a releer sus textos como un todo. Imagino este nuevo libro como una gran casa matriz que reúne sus poemas publicados desde 1987,  hace casi 40 años. Esta casa matriz tiene cuatro casas-anexas (los cuatro libros de la autora). Cada casa, como las antiguas residencias de familia, tiene puertas o ventanas que hacen de ellas un continuum que las une y permite que sus habitantes dialoguen y se paseen de recinto en recinto.

Así, van apareciendo elementos comunes en estos cuatro libros, como  los motivos religiosos, las palabras en italiano, la mención a la familia (padres, abuelos, hijos) y la narratividad que se despliega de lleno, con mayor presencia, en la última casa, el libro final y nuevo de este conjunto. Además, está presente la polifonía, característica que pocos poetas plasman tan bien como Pollarolo.  A esto se suma, la intertextualidad, ya que los títulos de los libros y algunos versos dialogan con autores mayúsculos de la literatura: Dante, San Juan de la Cruz, Pavese.

La primera casa es Huerto de los olivos (1987). Esta es la casa del silencio. Es un hogar habitado por mujeres que juegan roles importantes pero secundarios. En esta paradoja radica la maestría de este primer volumen: en presentar desde otra óptica la historia bíblica. No son las voces patriarcales o de las autoridades religiosas las que aparecen, sino las de las mujeres que convivían con Jesús. Aquellas que, aunque relegadas en la historia o puestas en un segundo plano, en este texto son iluminadas por una luz que nos permite oírlas y comprenderlas.

Esta es, también, la casa del rebaño. “Todas se llaman María” (p. 20), dice uno de los poemas y, a veces, no sabemos de qué María hablamos: ¿la virgen, la hermana de Lázaro, la Magdalena? ¿Todas son iguales? Esta necesidad de uniformizarlas me remite a la visión que cierto sector de la crítica literaria ha tenido sobre las poetas de la Generación del 80 (a la que pertenece Pollarolo), caracterizándolas a todas como poetas eróticas o poetas del cuerpo. Obviamente, esto es una falacia. Así como cada poeta de esa generación tiene su estilo particular, en Huerto de los olivos (1987), cada María tiene sus propias inquietudes, que el libro revela. Aunque fueran tratadas en manada, no lo son.

Por otro lado, esta es la casa de la exclusión. Dice uno de los poemas bíblicos: “ella te importaba (…) pero la mal amaste” (p. 29). Ya en el lado terrenal, en otro poema (p. 41), una mujer es “la musa de un poeta”, “es su mujer y él se aprovecha”. Está excluida del espacio público, relegada a lo privado, a los versos que escribe su marido, donde, incluso, habla mal de ella. Mujeres bíblicas, mujeres de estos tiempos o mujeres poetas se equiparan en ser excluidas y relegadas por los hombres que aman o admiran, quienes se constituyen como figuras de autoridad.

La segunda casa, Entre mujeres solas (1992), es para mí la casa de todas las voces. Distintos tipos de mujeres aparecen en los textos: mujeres que se hermanan, compiten, se apoyan, se auscultan. Lo más interesante es que estas voces aparecen en parejas de opuestos. La primera pareja es el rebaño versus la disidente. En los poemas, encontramos a mujeres que han caído en la violencia simbólica impuesta por el orden patriarcal: verse joven, tener un buen matrimonio, ser una súper mujer realizada en lo público y lo privado, aparecen más que como un deseo, como una imposición.

“(…) todavía está buena la tía / ta pasadita para minifalda / (…) me gusta que me miren / y me hablen / que me admiren / y confundan / con la jovencita / que ya no soy”, expresa el poema “Cuando me dicen señora” (p. 81). Pienso en el antiguo refrán: “El ojo del amo engorda al caballo”. La aprobación del otro nos acerca a la autoaprobación.

No obstante, también, aparece en este libro una figura particular: la disidente. “No había sido una puta, pero casi” (p. 97), le adjudican a una mujer en un texto. Las disidentes son aquellas que han trasgredido las reglas, se han atrevido a vivir su sexualidad o se han alejado de lo tradicional. La disidente es mirada con pena, pero, a la vez, con un poco de envidia por el rebaño. Es libre. Se le admira. Esto se ve, por ejemplo, en el poema “Badulaque” (p. 100). Dicen algunos versos: “ahora las señoras que somos / malas y amantes madres / fracasadas pero orgullosas esposas / debemos mirarte con envidia / tantos viajes, tanta libertad / y nosotras siempre aquí (…) sin poder ir más lejos que a Arequipa, / tenemos que admirarte badulaque”.

La segunda pareja corresponde a las mujeres del pasado versus las mujeres del presente. En el libro, nos convertimos en espectadores de una reunión de promoción de colegio. Se revisa, entonces, los sueños pasados y el cumplimento de las metas. Aparece como una preocupación la antigua belleza y el deterioro actual. Van emergiendo las voces de las niñas que fueron estas mujeres y cómo pensaban en ese tiempo.

Se nos revelan algunos estereotipos de género. En sus juegos, por ejemplo, en el arroz con leche (“La hora del recreo”, p. 88), cuando las únicas profesiones que anhelaban eran aquellas que constituían una extensión del mundo íntimo y el rol de cuidadoras impuesto a las féminas. Cocinera, lavandera, costurera. En ese tiempo, se menciona, no sabían que podían soñar con ser doctoras, abogadas, cantantes, poetas.

La tercera pareja podemos dividirla en mujeres felices versus mujeres infelices. La desazón de estos personajes suele estar vinculada a la pérdida del amor, aquellos “si hubiera” que no se han cumplido, a la pérdida de la belleza-juventud, a la infidelidad del compañero o, peor aún, a la violencia física y psicológica (“Luna de miel”, p. 90). La felicidad es en realidad una alegría aparente, porque incluso las casadas con palma y corona se sienten aburridas. Tanta perfección les hastía.

Hemos recorrido esta casa matriz y llegado a la tercera casa-anexa, La ceremonia del adiós (1997). Esta es la casa del desamor, la despedida y el renacer. En este volumen, la voz poética se enfrenta a una casa vacía, un recinto que le duele como aquellos miembros fantasmas que han sido mutilados. La casa como espacio físico se enrace cuando el amado ha partido. Surge varias preguntas: ¿es esta la casa antigua o una casa nueva? ¿Cuánto queda de la vida en común en esa casa? ¿Cómo lidiar con ello y construir una nueva casa sobre los escombros?

Asimismo, esta es la casa del desamor. En los poemas escritos a manera de plegarias para suplicar por el regreso del amado, la divinidad, desde las alturas, concibe las penas de amor como nimiedades. Ello contrasta con la voz poética, quien otorga al sufrimiento un papel primordial, lo que se convierte en el leit motiv de este libro.Esta casa, para mí, cierra la puerta con una sentencia final: “ten cuidado con lo que deseas, que esto se puede cumplir”. El libro nos demuestra por qué a veces es mejor que nuestras súplicas sean desoídas antes de enfrentarnos a una victoria pírrica, sobre todo en el terreno del amor.

La residencia final corresponde al último poemario de la autora (Casas, 2026). El texto abre con una casa de agua: el vientre materno. Aparece la voz de la hija que habla por la madre. Se pone de manifiesto el proceso de ser una (al principio) y luego, individualizarse y convertirse en dos. No se muestra una visión romántica de la maternidad. A mi juicio, esta figura representa muy bien el espíritu de muchos de los textos de esta obra reunida: el tormentoso camino de dejar la casa paterna para construir tu propia casa alejándote de los valores de tus padres para crear los tuyos.

En este poema inicial (“Casa de agua”, p. 221), la hija hace eco de los reclamos de la madre por ese yugo que es muchas veces la maternidad; por el deterioro del cuerpo; por la imposición del cuidado; por la necesidad de la madre de querer seguir siendo un individuo. Y luego, volvemos a la hija, cuando los papeles ya han sido invertidos y se ve forzada a ser la madre de su madre. Hay rabia, hay amor, hay introspección y existe la conciencia de que inevitablemente la relación madre/hija nunca está exenta de tensiones. El último poema del libro es el de la morada final (“En el camposanto”, p. 291), que termina con una alegoría a la soledad.

Giovanna Pollarolo – ©Adriana Fernández

La poesía también enseña. Hay mucho de verdad en ella. No es dogmática, pero sí sabia. Por eso, quiero mencionar algunas lecciones sobre las casas que nos deja este nuevo poemario.

  1. Construye una casa. No seas como Matusalén. Aquel hombre que pensó que no necesitaba una casa porque no viviría tanto. En el poema “Casa de Matusalén” (p. 239) queda claro que una casa no es solo un lugar físico. Es una guarida: un lugar de protección. Todos necesitamos una casa. No sabemos cuánto vamos a vivir.
  2. Elige construir tu casa con quien hable tu mismo idioma. No seas como aquella pareja del poema “Casa con vista” (p. 245), en el cual: “Él se quedó con el mar y ella con el jardín”. Ambos espacios pueden ser placenteros, pero tienen su lado oscuro. El jardín de ese poema tenía ratas y serpientes. El olor a mar podía llegar a hostigarte. No construyas tu casa con alguien que, como al esposo de ese poema, le da lo mismo el mar o el jardín.
  3. El poema “Casa de fuego (¿casa quemada?)” (p. 234) demuestra que los idílicos desayunos de domingo pueden acabarse si dejas una hornilla encendida. Piensa, ¿cuál es la hornilla que amenaza con quemar tu hogar? Apágala. Cuida tu casa y guarda los buenos momentos que serán un plano para reconstruir tu hogar si este se quema.
  4. En el libro, se habla de casas en ruinas (“Casa en ruinas I”, p. 248; “Casa en ruinas II”, p. 251) y casas abandonadas (“Casa abandonada”, p. 250). La autora nos advierte que no son lo mismo. Tu casa puede estar en ruinas, pero no la abandones. La casa es quien la habita. Tú eres el corazón de tu casa.
  5. Uno de los textos se titula “Casa del Señor” (p. 281). Es relevante la analogía que permite ver al cuerpo como un lugar sagrado, un templo. Por tanto, la casa del Señor está contigo seas gordx o flaqux, tengas arrugas o no, un ovario menos o una histectomía. A veces, tratamientos médicos mancillan la casa del señor, pero esta sigue siendo igualmente tu casa.

Cierro la puerta agradeciendo al Fondo de Cultura Económica por este libro. Celebro que esta editorial se haya dado a la tarea de publicar libros fundamentales de las poetas más importantes de la literatura escrita por mujeres en nuestro país: Rossella Di Paolo, Blanca Varela y, ahora, Giovanna Pollarolo. A algunxs no les gusta esa etiqueta. A mí me gusta, porque nos visibiliza, nos diferencia y exige que nos miren y nos lean. En estas décadas, la obra de Pollarolo ha cosechado devotos lectores. Tener su obra reunida en un solo volumen permite ver su evolución y los cambios en su escritura, y nos invita a una relectura crítica que ponga en valor su trabajo y la destaque entre las escritoras contemporáneas.

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Datos del libro

Giovanna Pollarolo

Entre mujeres solas & Casas. Poesía reunida

Fondo de Cultura Económica, 2026. 300 pp.

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Reseña: Porta/retrato (2021, reedición) y Casa de zurdos (2021, reedición) de Alessandra Tenorio

Todos somos niños hasta que se pruebe lo contrario

Por C. Briceño Ángeles

A veces las reediciones parecen notificarnos del paso del tiempo. ¿Qué sobrevivió de la primera lectura que tuvimos de tal o cual autor, de cuántos poemas podemos acordarnos, de cuantos versos, siquiera? ¿Cuántos nombres nos siguen recordando, metonímicamente, eso que llamamos, con ligereza, generación? Los que empezamos tarde evocamos esos nombres -esas obras- con un talante especial, ya que también nos formaron, a pesar de que nuestras edades se distancian apenas por unos pocos años e, incluso, en algunos casos, lucimos más viejos que ellos. ¿Qué aspirante a poeta no lee o intenta leer todo lo que se escribe y se promociona con el rótulo de poesía joven? De todos los motivos que puedan existir para estos acercamientos, el más importante, el más trascendente, es el de comparar nuestros primeros intentos con trabajos ya publicados, tangibles, venales, por usar un término más preciso. ¿Cuántos nombres se me vienen a la mente? Herbozo, Podestá, Vélez, Sordómez, Ruiz Velazco, Lazarte, algunos aún en actividad, otros inmersos en un silencio que podría ser voluntario o tal vez impuesto por las circunstancias de la vida. Y es que la poesía suele ser cosa de juventud. De este grupo, quizá recuerde con más claridad a Alessandra Tenorio (Lima, 1982) debido a una entrevista aparecida en un programa cultural, hace ya más de diez años, en el que lee un poema que iniciaba así:

Me han contado que en francés

el miedo es verde

y los hombres son fuertes

como turcos

Las imágenes, incluso la cadencia, me parecieron bastante atractivas. Sus versos tenían un fraseo que recordaba, en algo, el rigor de Calvo, aunque más libre, con un encabalgamiento que daba pie a una lectura más variable de los ritmos. Leyendo las reediciones de sus dos primeros poemarios, aparecidos el año pasado, me doy cuenta de que ese logro no es accidental, sino que es uno de los aciertos, de las constantes de su obra. Ambos libros, leídos consecutivamente y sin demasiada distancia, proponen un argumento en común, la familia, vista desde la infancia y la juventud, además de temas agregados como el amor o la inspección del yo.  El paso del tiempo no ha hecho sino otorgarle a estos poemas un porte representativo respecto a lo que por entonces se publicaba. Aquel cuidado en el fraseo, por ejemplo, marca una distancia significativa con ciertos poemas desprolijos, de aire amateur, que suelen adjudicárseles a los de la generación anterior, con ciertas excepciones como Echarri, Álvarez o Helguero. Pero empecemos comentando los libros de Tenorio en orden cronológico.

Porta/retrato (2005) es una elegía al paso del tiempo, y quien enuncia el discurso dentro del poema parece replegarse dentro de sí, hasta una etapa de vulnerabilidad, de dependencia afectiva respecto a sus seres cercanos para exacerbar, con este movimiento, su discurso. Es una suerte de maniobra que intenta una y otra vez para calibrar sus emociones y ponerlas en sintonía con aquellos que son motivo de sus afectos. Esta estrategia es similar a la que emplea Vallejo en el poema LXV de Trilce, cuando expresa que su padre se va despojando de sus atributos hasta volverse una criatura frágil, más propensa al amor de su mujer, hasta que ese sentimiento se purifica, se hace maternal: hasta mi padre/ para ir por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuviste. El yo poético se reconoce como una “piafita-pequeña”, condicionando su punto de vista para que en sus impresiones se suprima cualquier atisbo de malicia relacionada con la adultez; por el contrario, se acerca al recuerdo con candor; si hay algún evento desagradable, éste pronto es transformado en una metáfora amable, en la que cabe sospechar cierto dolor pero transfigurado por el punto de vista que funciona como filtro, como organizador del poema:

Porque nos ataca la catatonia

                           y es la mancha en un espejo lo que evidencia

nuestras vidas

Y cada vez            somos más tenues   más abstractos

                                            y m á s  t o n t o s

Y         a            pesar    de          las        cenizas

       jugar con el fuego ya no nos causa quemaduras

La nostalgia juega un papel trascendental en este libro. Es la nostalgia quien lleva a construir imágenes apacibles, donde la mirada se demora a la espera de que se vuelvan a reproducir emociones del pasado, indagando en los recuerdos una segunda oportunidad para asistir al feliz tiempo de la niñez; es por ello que el yo poético elabora una arquitectura idílica del hogar, los detalles que singularizan el lugar, donde cada espacio contiene al instante vivido, las conversaciones cotidianas, un color, un aroma olvidado y vuelto a recordar:

El marco de una ventana

o una puerta

/

Los árboles del cuarto de visita

/

Mi casa,

donde se escribe mi vida

en los espacios blancos.

/

Con secretos bajo las losetas

La sección final de Porta/retrato es una confirmación de la observación previa. Las imágenes de la casa familiar, de los padres, de los abuelos, todas son inmovilizadas para que su inspección, más que pormenorizada, sea auténtica. Se interpela a estas figuras, pero de una forma indulgente, apelando a un tono confesional que intenta acarrear intimidad; las palabras describen siluetas, pasos que se alejan o retornan, el mobiliario de los ambientes revisitados, confesiones en tiempo presente que intentan mantener a flote el vínculo del pasado, actualizarlo, hacer que el destinatario-y también el lector- queden al tanto de los cambios para negar las ausencias. En estos momentos, Tenorio se vale de ritmos regulares que podrían ser arrullos o confesiones que, intuitivamente, se manifiestan en compases apacibles:

ABUELA,

he puesto en penitencia los colores

pero aún no he perdido la sonrisa.

Mi tía está bien

ha prendido una vela en tu repisa

y pone todos los días flores nuevas.

Mi abuelo canta,

canta inundando los rincones de la casa.

Estos periodos rítmicos son una constante en Porta/retrato, y Tenorio, intuitiva o conscientemente, consigue adosarlos al poema en los momentos donde la emotividad lo requiere, instalando compases que aparecen para reforzar imágenes, confesiones o  descripciones especialmente significativas. Tomo, por ejemplo, un fragmento de El boceto de mi amor para un análisis más detallado:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

Si bien la descripción que el yo lírico hace del sujeto amado consiente una ligera afectación, encuentro que el ritmo podría explicar tal desborde de los sentimientos; es como si la tonada de esos versos influyera para crear un acompasamiento que refuerza la idea de que el yo lírico, de manera voluntaria, se ubica en una posición vulnerable, infantil, donde, precisamente, las emociones pueden no estar calibradas y prevalece la ingenuidad. Así, de esos versos pueden desprenderse cuatro heptasílabos que propician una vitalidad rítmica:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

En Retrato (casa) encontramos una estructura similar que se apoya, también, en grupos de siete sílabas:

Mi madre deshoja la lechuga

inocente al paso de los días.

Mi papá lee el periódico

buscando buenas nuevas

y mi casa es un pequeño búnker

contra bombas.

Similares características hallamos en Casa de zurdos (2008), aunque aquí la visión nostálgica se distorsiona y advertimos a un yo lírico más escéptico y para el cual el pasado ya no es solo un lugar al que se puede volver, sino es más bien un recuerdo de lo que se ha perdido. Es lógico este cambio en el punto de vista: si Porta/retrato era una apreciación idílica del mundo familiar, Tenorio apuesta ahora por una evolución en el yo lírico, a quien parece ya no complacerle la anulación de sus atributos de adulto sino que, paulatinamente, conforme avanza el libro, va tomando posesión de ellos y reafirma un cinismo, un cuestionamiento del mundo y las relaciones que establecemos dentro de él. Hacia el final de Casa de zurdos, el yo poético ha experimentado un cambio; si bien uno de los poemas con que abre el libro (Fiesta infantil) alude a la máxima “todos somos niños hasta que se prueba lo contrario”, se cierra con un escepticismo que la contradice, e incluso va en contra de todo lo propuesto en Porta/retrato. En este punto, el eje afectivo del yo lírico ha virado de lo familiar a lo pasional, y se cuestiona la pertinencia de los afectos y sus posibilidades:

Una vez también le regalé mi corazón a alguien, o lo más cercano que tuve, y le escribí un poema detrás de las líneas confusas de mi electrocardiograma. Creo que se enamoró un poco más de mí cuando lo hice. Fue bonito, tonto y original, pero no duró demasiado. Todo el amor se filtraba por los huecos del balde.

Esta incertidumbre se presenta también en varios de los poemas del libro. esta vez la muerte ha fijado a todos en retratos, sino que los ha alejado y en algunos casos los ha ido difuminando o empezando una lenta metamorfosis hasta convertirlos en símbolos más que en figuras reconocibles con características tangibles. Ya nos e le habla directamente a la abuela, a modo de confesión, sino que ahora se le menciona en tercera persona (Juan tiene razón./ La vida de mi abuela es una ruleta rusa), para luego concluir en una imagen desesperanzadora, donde se reconoce un vestigio de la persona pero a partir de la ausencia:

A veces, no sabemos ver.

A veces, somos gallinas ciegas jugando a seguir voces.

Y a todo esto se suma una incesante mención a la inclemencia del tiempo como otro de los motivos que diferencia a Casa de zurdos de la primera entrega de Tenorio. La finitud suele ser un personaje más, y va absorbiendo a aquellos que aparecían en Porta/retrato; lo cierto es que el yo poético se sabe condenado a irse quedando solo, ya sea por la distancia temporal o por el alejamiento afectivo, ambas causas lo recluyen en un espacio insalvable (el tiempo no es más que un invento suizo/ que solo sirve para encarcelarnos). La visión menos reconfortante, como he señalado, marca una pauta en cuanto a lo que ambos libros significan: un arco, una evolución del personaje que habita en estos poemas, aunque se encuentra contenida en los límites familiares. A pesar de la cercanía de estos textos, Tenorio tiene la intuición para presentarnos ambos lados de una historia personal, la de la infancia y la del vuelo de la juventud y sus conflictos y cuestionamientos. Así como la reedición de un libro nos hace detenernos y reflexionar sobre el paso del tiempo, de la misma forma estos poemarios de Tenorio notifican la caducidad de los entornos a los que solemos aferrarnos, de la extinción de ciertas eternidades.

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Datos de los libros reseñados:

Alessandra Tenorio

Porta/retrato

Lustra Editores, 2021, reedición

Casa de zurdos

Lustra Editores, 2021, reedición