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Reseña: Porta/retrato (2021, reedición) y Casa de zurdos (2021, reedición) de Alessandra Tenorio

Todos somos niños hasta que se pruebe lo contrario

Por C. Briceño Ángeles

A veces las reediciones parecen notificarnos del paso del tiempo. ¿Qué sobrevivió de la primera lectura que tuvimos de tal o cual autor, de cuántos poemas podemos acordarnos, de cuantos versos, siquiera? ¿Cuántos nombres nos siguen recordando, metonímicamente, eso que llamamos, con ligereza, generación? Los que empezamos tarde evocamos esos nombres -esas obras- con un talante especial, ya que también nos formaron, a pesar de que nuestras edades se distancian apenas por unos pocos años e, incluso, en algunos casos, lucimos más viejos que ellos. ¿Qué aspirante a poeta no lee o intenta leer todo lo que se escribe y se promociona con el rótulo de poesía joven? De todos los motivos que puedan existir para estos acercamientos, el más importante, el más trascendente, es el de comparar nuestros primeros intentos con trabajos ya publicados, tangibles, venales, por usar un término más preciso. ¿Cuántos nombres se me vienen a la mente? Herbozo, Podestá, Vélez, Sordómez, Ruiz Velazco, Lazarte, algunos aún en actividad, otros inmersos en un silencio que podría ser voluntario o tal vez impuesto por las circunstancias de la vida. Y es que la poesía suele ser cosa de juventud. De este grupo, quizá recuerde con más claridad a Alessandra Tenorio (Lima, 1982) debido a una entrevista aparecida en un programa cultural, hace ya más de diez años, en el que lee un poema que iniciaba así:

Me han contado que en francés

el miedo es verde

y los hombres son fuertes

como turcos

Las imágenes, incluso la cadencia, me parecieron bastante atractivas. Sus versos tenían un fraseo que recordaba, en algo, el rigor de Calvo, aunque más libre, con un encabalgamiento que daba pie a una lectura más variable de los ritmos. Leyendo las reediciones de sus dos primeros poemarios, aparecidos el año pasado, me doy cuenta de que ese logro no es accidental, sino que es uno de los aciertos, de las constantes de su obra. Ambos libros, leídos consecutivamente y sin demasiada distancia, proponen un argumento en común, la familia, vista desde la infancia y la juventud, además de temas agregados como el amor o la inspección del yo.  El paso del tiempo no ha hecho sino otorgarle a estos poemas un porte representativo respecto a lo que por entonces se publicaba. Aquel cuidado en el fraseo, por ejemplo, marca una distancia significativa con ciertos poemas desprolijos, de aire amateur, que suelen adjudicárseles a los de la generación anterior, con ciertas excepciones como Echarri, Álvarez o Helguero. Pero empecemos comentando los libros de Tenorio en orden cronológico.

Porta/retrato (2005) es una elegía al paso del tiempo, y quien enuncia el discurso dentro del poema parece replegarse dentro de sí, hasta una etapa de vulnerabilidad, de dependencia afectiva respecto a sus seres cercanos para exacerbar, con este movimiento, su discurso. Es una suerte de maniobra que intenta una y otra vez para calibrar sus emociones y ponerlas en sintonía con aquellos que son motivo de sus afectos. Esta estrategia es similar a la que emplea Vallejo en el poema LXV de Trilce, cuando expresa que su padre se va despojando de sus atributos hasta volverse una criatura frágil, más propensa al amor de su mujer, hasta que ese sentimiento se purifica, se hace maternal: hasta mi padre/ para ir por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuviste. El yo poético se reconoce como una “piafita-pequeña”, condicionando su punto de vista para que en sus impresiones se suprima cualquier atisbo de malicia relacionada con la adultez; por el contrario, se acerca al recuerdo con candor; si hay algún evento desagradable, éste pronto es transformado en una metáfora amable, en la que cabe sospechar cierto dolor pero transfigurado por el punto de vista que funciona como filtro, como organizador del poema:

Porque nos ataca la catatonia

                           y es la mancha en un espejo lo que evidencia

nuestras vidas

Y cada vez            somos más tenues   más abstractos

                                            y m á s  t o n t o s

Y         a            pesar    de          las        cenizas

       jugar con el fuego ya no nos causa quemaduras

La nostalgia juega un papel trascendental en este libro. Es la nostalgia quien lleva a construir imágenes apacibles, donde la mirada se demora a la espera de que se vuelvan a reproducir emociones del pasado, indagando en los recuerdos una segunda oportunidad para asistir al feliz tiempo de la niñez; es por ello que el yo poético elabora una arquitectura idílica del hogar, los detalles que singularizan el lugar, donde cada espacio contiene al instante vivido, las conversaciones cotidianas, un color, un aroma olvidado y vuelto a recordar:

El marco de una ventana

o una puerta

/

Los árboles del cuarto de visita

/

Mi casa,

donde se escribe mi vida

en los espacios blancos.

/

Con secretos bajo las losetas

La sección final de Porta/retrato es una confirmación de la observación previa. Las imágenes de la casa familiar, de los padres, de los abuelos, todas son inmovilizadas para que su inspección, más que pormenorizada, sea auténtica. Se interpela a estas figuras, pero de una forma indulgente, apelando a un tono confesional que intenta acarrear intimidad; las palabras describen siluetas, pasos que se alejan o retornan, el mobiliario de los ambientes revisitados, confesiones en tiempo presente que intentan mantener a flote el vínculo del pasado, actualizarlo, hacer que el destinatario-y también el lector- queden al tanto de los cambios para negar las ausencias. En estos momentos, Tenorio se vale de ritmos regulares que podrían ser arrullos o confesiones que, intuitivamente, se manifiestan en compases apacibles:

ABUELA,

he puesto en penitencia los colores

pero aún no he perdido la sonrisa.

Mi tía está bien

ha prendido una vela en tu repisa

y pone todos los días flores nuevas.

Mi abuelo canta,

canta inundando los rincones de la casa.

Estos periodos rítmicos son una constante en Porta/retrato, y Tenorio, intuitiva o conscientemente, consigue adosarlos al poema en los momentos donde la emotividad lo requiere, instalando compases que aparecen para reforzar imágenes, confesiones o  descripciones especialmente significativas. Tomo, por ejemplo, un fragmento de El boceto de mi amor para un análisis más detallado:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

Si bien la descripción que el yo lírico hace del sujeto amado consiente una ligera afectación, encuentro que el ritmo podría explicar tal desborde de los sentimientos; es como si la tonada de esos versos influyera para crear un acompasamiento que refuerza la idea de que el yo lírico, de manera voluntaria, se ubica en una posición vulnerable, infantil, donde, precisamente, las emociones pueden no estar calibradas y prevalece la ingenuidad. Así, de esos versos pueden desprenderse cuatro heptasílabos que propician una vitalidad rítmica:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

En Retrato (casa) encontramos una estructura similar que se apoya, también, en grupos de siete sílabas:

Mi madre deshoja la lechuga

inocente al paso de los días.

Mi papá lee el periódico

buscando buenas nuevas

y mi casa es un pequeño búnker

contra bombas.

Similares características hallamos en Casa de zurdos (2008), aunque aquí la visión nostálgica se distorsiona y advertimos a un yo lírico más escéptico y para el cual el pasado ya no es solo un lugar al que se puede volver, sino es más bien un recuerdo de lo que se ha perdido. Es lógico este cambio en el punto de vista: si Porta/retrato era una apreciación idílica del mundo familiar, Tenorio apuesta ahora por una evolución en el yo lírico, a quien parece ya no complacerle la anulación de sus atributos de adulto sino que, paulatinamente, conforme avanza el libro, va tomando posesión de ellos y reafirma un cinismo, un cuestionamiento del mundo y las relaciones que establecemos dentro de él. Hacia el final de Casa de zurdos, el yo poético ha experimentado un cambio; si bien uno de los poemas con que abre el libro (Fiesta infantil) alude a la máxima “todos somos niños hasta que se prueba lo contrario”, se cierra con un escepticismo que la contradice, e incluso va en contra de todo lo propuesto en Porta/retrato. En este punto, el eje afectivo del yo lírico ha virado de lo familiar a lo pasional, y se cuestiona la pertinencia de los afectos y sus posibilidades:

Una vez también le regalé mi corazón a alguien, o lo más cercano que tuve, y le escribí un poema detrás de las líneas confusas de mi electrocardiograma. Creo que se enamoró un poco más de mí cuando lo hice. Fue bonito, tonto y original, pero no duró demasiado. Todo el amor se filtraba por los huecos del balde.

Esta incertidumbre se presenta también en varios de los poemas del libro. esta vez la muerte ha fijado a todos en retratos, sino que los ha alejado y en algunos casos los ha ido difuminando o empezando una lenta metamorfosis hasta convertirlos en símbolos más que en figuras reconocibles con características tangibles. Ya nos e le habla directamente a la abuela, a modo de confesión, sino que ahora se le menciona en tercera persona (Juan tiene razón./ La vida de mi abuela es una ruleta rusa), para luego concluir en una imagen desesperanzadora, donde se reconoce un vestigio de la persona pero a partir de la ausencia:

A veces, no sabemos ver.

A veces, somos gallinas ciegas jugando a seguir voces.

Y a todo esto se suma una incesante mención a la inclemencia del tiempo como otro de los motivos que diferencia a Casa de zurdos de la primera entrega de Tenorio. La finitud suele ser un personaje más, y va absorbiendo a aquellos que aparecían en Porta/retrato; lo cierto es que el yo poético se sabe condenado a irse quedando solo, ya sea por la distancia temporal o por el alejamiento afectivo, ambas causas lo recluyen en un espacio insalvable (el tiempo no es más que un invento suizo/ que solo sirve para encarcelarnos). La visión menos reconfortante, como he señalado, marca una pauta en cuanto a lo que ambos libros significan: un arco, una evolución del personaje que habita en estos poemas, aunque se encuentra contenida en los límites familiares. A pesar de la cercanía de estos textos, Tenorio tiene la intuición para presentarnos ambos lados de una historia personal, la de la infancia y la del vuelo de la juventud y sus conflictos y cuestionamientos. Así como la reedición de un libro nos hace detenernos y reflexionar sobre el paso del tiempo, de la misma forma estos poemarios de Tenorio notifican la caducidad de los entornos a los que solemos aferrarnos, de la extinción de ciertas eternidades.

*****

Datos de los libros reseñados:

Alessandra Tenorio

Porta/retrato

Lustra Editores, 2021, reedición

Casa de zurdos

Lustra Editores, 2021, reedición

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