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Reseña: Porta/retrato (2021, reedición) y Casa de zurdos (2021, reedición) de Alessandra Tenorio

Todos somos niños hasta que se pruebe lo contrario

Por C. Briceño Ángeles

A veces las reediciones parecen notificarnos del paso del tiempo. ¿Qué sobrevivió de la primera lectura que tuvimos de tal o cual autor, de cuántos poemas podemos acordarnos, de cuantos versos, siquiera? ¿Cuántos nombres nos siguen recordando, metonímicamente, eso que llamamos, con ligereza, generación? Los que empezamos tarde evocamos esos nombres -esas obras- con un talante especial, ya que también nos formaron, a pesar de que nuestras edades se distancian apenas por unos pocos años e, incluso, en algunos casos, lucimos más viejos que ellos. ¿Qué aspirante a poeta no lee o intenta leer todo lo que se escribe y se promociona con el rótulo de poesía joven? De todos los motivos que puedan existir para estos acercamientos, el más importante, el más trascendente, es el de comparar nuestros primeros intentos con trabajos ya publicados, tangibles, venales, por usar un término más preciso. ¿Cuántos nombres se me vienen a la mente? Herbozo, Podestá, Vélez, Sordómez, Ruiz Velazco, Lazarte, algunos aún en actividad, otros inmersos en un silencio que podría ser voluntario o tal vez impuesto por las circunstancias de la vida. Y es que la poesía suele ser cosa de juventud. De este grupo, quizá recuerde con más claridad a Alessandra Tenorio (Lima, 1982) debido a una entrevista aparecida en un programa cultural, hace ya más de diez años, en el que lee un poema que iniciaba así:

Me han contado que en francés

el miedo es verde

y los hombres son fuertes

como turcos

Las imágenes, incluso la cadencia, me parecieron bastante atractivas. Sus versos tenían un fraseo que recordaba, en algo, el rigor de Calvo, aunque más libre, con un encabalgamiento que daba pie a una lectura más variable de los ritmos. Leyendo las reediciones de sus dos primeros poemarios, aparecidos el año pasado, me doy cuenta de que ese logro no es accidental, sino que es uno de los aciertos, de las constantes de su obra. Ambos libros, leídos consecutivamente y sin demasiada distancia, proponen un argumento en común, la familia, vista desde la infancia y la juventud, además de temas agregados como el amor o la inspección del yo.  El paso del tiempo no ha hecho sino otorgarle a estos poemas un porte representativo respecto a lo que por entonces se publicaba. Aquel cuidado en el fraseo, por ejemplo, marca una distancia significativa con ciertos poemas desprolijos, de aire amateur, que suelen adjudicárseles a los de la generación anterior, con ciertas excepciones como Echarri, Álvarez o Helguero. Pero empecemos comentando los libros de Tenorio en orden cronológico.

Porta/retrato (2005) es una elegía al paso del tiempo, y quien enuncia el discurso dentro del poema parece replegarse dentro de sí, hasta una etapa de vulnerabilidad, de dependencia afectiva respecto a sus seres cercanos para exacerbar, con este movimiento, su discurso. Es una suerte de maniobra que intenta una y otra vez para calibrar sus emociones y ponerlas en sintonía con aquellos que son motivo de sus afectos. Esta estrategia es similar a la que emplea Vallejo en el poema LXV de Trilce, cuando expresa que su padre se va despojando de sus atributos hasta volverse una criatura frágil, más propensa al amor de su mujer, hasta que ese sentimiento se purifica, se hace maternal: hasta mi padre/ para ir por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuviste. El yo poético se reconoce como una “piafita-pequeña”, condicionando su punto de vista para que en sus impresiones se suprima cualquier atisbo de malicia relacionada con la adultez; por el contrario, se acerca al recuerdo con candor; si hay algún evento desagradable, éste pronto es transformado en una metáfora amable, en la que cabe sospechar cierto dolor pero transfigurado por el punto de vista que funciona como filtro, como organizador del poema:

Porque nos ataca la catatonia

                           y es la mancha en un espejo lo que evidencia

nuestras vidas

Y cada vez            somos más tenues   más abstractos

                                            y m á s  t o n t o s

Y         a            pesar    de          las        cenizas

       jugar con el fuego ya no nos causa quemaduras

La nostalgia juega un papel trascendental en este libro. Es la nostalgia quien lleva a construir imágenes apacibles, donde la mirada se demora a la espera de que se vuelvan a reproducir emociones del pasado, indagando en los recuerdos una segunda oportunidad para asistir al feliz tiempo de la niñez; es por ello que el yo poético elabora una arquitectura idílica del hogar, los detalles que singularizan el lugar, donde cada espacio contiene al instante vivido, las conversaciones cotidianas, un color, un aroma olvidado y vuelto a recordar:

El marco de una ventana

o una puerta

/

Los árboles del cuarto de visita

/

Mi casa,

donde se escribe mi vida

en los espacios blancos.

/

Con secretos bajo las losetas

La sección final de Porta/retrato es una confirmación de la observación previa. Las imágenes de la casa familiar, de los padres, de los abuelos, todas son inmovilizadas para que su inspección, más que pormenorizada, sea auténtica. Se interpela a estas figuras, pero de una forma indulgente, apelando a un tono confesional que intenta acarrear intimidad; las palabras describen siluetas, pasos que se alejan o retornan, el mobiliario de los ambientes revisitados, confesiones en tiempo presente que intentan mantener a flote el vínculo del pasado, actualizarlo, hacer que el destinatario-y también el lector- queden al tanto de los cambios para negar las ausencias. En estos momentos, Tenorio se vale de ritmos regulares que podrían ser arrullos o confesiones que, intuitivamente, se manifiestan en compases apacibles:

ABUELA,

he puesto en penitencia los colores

pero aún no he perdido la sonrisa.

Mi tía está bien

ha prendido una vela en tu repisa

y pone todos los días flores nuevas.

Mi abuelo canta,

canta inundando los rincones de la casa.

Estos periodos rítmicos son una constante en Porta/retrato, y Tenorio, intuitiva o conscientemente, consigue adosarlos al poema en los momentos donde la emotividad lo requiere, instalando compases que aparecen para reforzar imágenes, confesiones o  descripciones especialmente significativas. Tomo, por ejemplo, un fragmento de El boceto de mi amor para un análisis más detallado:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

Si bien la descripción que el yo lírico hace del sujeto amado consiente una ligera afectación, encuentro que el ritmo podría explicar tal desborde de los sentimientos; es como si la tonada de esos versos influyera para crear un acompasamiento que refuerza la idea de que el yo lírico, de manera voluntaria, se ubica en una posición vulnerable, infantil, donde, precisamente, las emociones pueden no estar calibradas y prevalece la ingenuidad. Así, de esos versos pueden desprenderse cuatro heptasílabos que propician una vitalidad rítmica:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

En Retrato (casa) encontramos una estructura similar que se apoya, también, en grupos de siete sílabas:

Mi madre deshoja la lechuga

inocente al paso de los días.

Mi papá lee el periódico

buscando buenas nuevas

y mi casa es un pequeño búnker

contra bombas.

Similares características hallamos en Casa de zurdos (2008), aunque aquí la visión nostálgica se distorsiona y advertimos a un yo lírico más escéptico y para el cual el pasado ya no es solo un lugar al que se puede volver, sino es más bien un recuerdo de lo que se ha perdido. Es lógico este cambio en el punto de vista: si Porta/retrato era una apreciación idílica del mundo familiar, Tenorio apuesta ahora por una evolución en el yo lírico, a quien parece ya no complacerle la anulación de sus atributos de adulto sino que, paulatinamente, conforme avanza el libro, va tomando posesión de ellos y reafirma un cinismo, un cuestionamiento del mundo y las relaciones que establecemos dentro de él. Hacia el final de Casa de zurdos, el yo poético ha experimentado un cambio; si bien uno de los poemas con que abre el libro (Fiesta infantil) alude a la máxima “todos somos niños hasta que se prueba lo contrario”, se cierra con un escepticismo que la contradice, e incluso va en contra de todo lo propuesto en Porta/retrato. En este punto, el eje afectivo del yo lírico ha virado de lo familiar a lo pasional, y se cuestiona la pertinencia de los afectos y sus posibilidades:

Una vez también le regalé mi corazón a alguien, o lo más cercano que tuve, y le escribí un poema detrás de las líneas confusas de mi electrocardiograma. Creo que se enamoró un poco más de mí cuando lo hice. Fue bonito, tonto y original, pero no duró demasiado. Todo el amor se filtraba por los huecos del balde.

Esta incertidumbre se presenta también en varios de los poemas del libro. esta vez la muerte ha fijado a todos en retratos, sino que los ha alejado y en algunos casos los ha ido difuminando o empezando una lenta metamorfosis hasta convertirlos en símbolos más que en figuras reconocibles con características tangibles. Ya nos e le habla directamente a la abuela, a modo de confesión, sino que ahora se le menciona en tercera persona (Juan tiene razón./ La vida de mi abuela es una ruleta rusa), para luego concluir en una imagen desesperanzadora, donde se reconoce un vestigio de la persona pero a partir de la ausencia:

A veces, no sabemos ver.

A veces, somos gallinas ciegas jugando a seguir voces.

Y a todo esto se suma una incesante mención a la inclemencia del tiempo como otro de los motivos que diferencia a Casa de zurdos de la primera entrega de Tenorio. La finitud suele ser un personaje más, y va absorbiendo a aquellos que aparecían en Porta/retrato; lo cierto es que el yo poético se sabe condenado a irse quedando solo, ya sea por la distancia temporal o por el alejamiento afectivo, ambas causas lo recluyen en un espacio insalvable (el tiempo no es más que un invento suizo/ que solo sirve para encarcelarnos). La visión menos reconfortante, como he señalado, marca una pauta en cuanto a lo que ambos libros significan: un arco, una evolución del personaje que habita en estos poemas, aunque se encuentra contenida en los límites familiares. A pesar de la cercanía de estos textos, Tenorio tiene la intuición para presentarnos ambos lados de una historia personal, la de la infancia y la del vuelo de la juventud y sus conflictos y cuestionamientos. Así como la reedición de un libro nos hace detenernos y reflexionar sobre el paso del tiempo, de la misma forma estos poemarios de Tenorio notifican la caducidad de los entornos a los que solemos aferrarnos, de la extinción de ciertas eternidades.

*****

Datos de los libros reseñados:

Alessandra Tenorio

Porta/retrato

Lustra Editores, 2021, reedición

Casa de zurdos

Lustra Editores, 2021, reedición

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Recuento: siete libros inéditos y dos reediciones

Recuento poético, MMXXI Anno Domini (7 libros que leí y que muy posiblemente me arrancaron una sonrisa cómplice, un mohín de envidia o una mirada a lontananza pero que en modo alguno me dejaron indiferente + 2 reediciones)

Por Cristhian Briceño

¿A quién le importan los recuentos literarios? A los propios autores, a contadas amistades, a un puñado de lectores desprevenidos. Hay algo adictivo en el acto de aferrarse a un párrafo mientras nos vemos convertidos en unas cuantas letras de molde, en píxeles agrupados, formando caracteres. ¿Es valioso un recuento? Sí, pero no tanto por dar a conocer a los autores como por revelarnos la personalidad de los que realizan tal recuento; los habrá improvisados, superficiales, pertinentes, inocuos, beligerantes, académicos, sensacionalistas, impiadosos, de un rigor talmúdico, titubeantes, indolentes, blanditos… (Yo, por mi parte, espero ser una combinación de todas esas personalidades). Cada uno de ellos, sin excepción, hablará con la verdad. ¿Cómo podría estar equivocado, de todas formas, un sentimiento? Incluso en caso de detectarse un atisbo de hipocresía o favoritismo, cometeríamos un error si, al igual que Santo Tomás, dudásemos. Nuestra lectura no puede ser tan ingenua ni tan poco imaginativa. Basta recordar aquella invectiva que escribe Menard sobre Paul Valéry. “Esta invectiva”, se nos dice, “es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Este así lo entendió y la amistad antigua entre los dos no corrió peligro”. ¿Cómo podría estar equivocado nuestro sentido del gusto mientras inicia su metamorfosis hasta volverse pura y alada intuición? Esta lista está conformada por algunos de los libros que alcancé a leer este año y es, mírelo bien por entero, arbitraria e insuficiente, pero sincera. He aquí.

  • Tapir Tapir (Ed. Vallejo & Co., 2021), de Renato Pita

Sorprende que este libro haya pasado desapercibido. Pero esa sorpresa es transitoria. La riqueza verbal que propone, síntoma de la temática que aborda, podría ser demasiado para un lector en ciernes. En Tapir Tapir, Pita explora el microcosmos de la Amazonía y lo expande hasta que, de pronto, nos vemos inmersos en un bioma convulso donde cada proceso es anotado y examinado, desde la putrefacción de la hojarasca hasta las percusiones cardíacas o los procesos digestivos de los mamíferos: “¡quien esté libre de la cadena trófica, que tire la primera piedra!”. Pita logra una sinceridad desusada, el yo poético que recorre sus poemas consigue una voz plena, llena de matices, símbolos y sentimientos que logran aquel objetivo grato a los autores, el hacernos regresar al poema para volver a sentir la intensidad de las palabras: “se pueden hacer tantas cosas con la baba del sol/ untaría esa placenta en mí/ para imitar el desdén húmedo de los caracoles”. La segunda sección del libro está conformado por sonetos de temática afín, de una hechura, en verdad, impecable: gran acentuación y rimas complejas.

  • ana c. buena (Taller Editorial La Balanza, 2021), de Valeria Román Marroquín

Pude leer una versión previa de ana c. buena y me veo obligado a destacar el oficio notable y la intuición de la autora y el editor para dar con esta versión final. Si bien la lectura política/sociológica de este libro parece ineludible, yo me decantaría por una apreciación formal del poema,  me fijaría en el talento que Román Marroquín posee para hacer del verso una unidad de sentido incuestionable, así como también su buen tino en la interrupción de los versos, incluso en la disposición visual del poema, leve pero significativa. Es notable cómo la autora compone una estética con el trabajo físico al que su yo poético se ve sometido, haciendo de cada desplazamiento, de cada movimiento muscular, el origen de una coreografía representativa, como, por ejemplo, en refriega: “friega refriega:/ repetición y disciplina, caudillesa de la morada/ oculta. friega y refriega hasta que en las superficies/ cristalino reflejo a la vista y al tacto ni una mancha/ se asome siquiera a mirar el desgaste de tus manos”. Es una de mis autoras favoritas (en lides poéticas) junto a la arequipeña Ana Carolina Zegarra.

  • Canción y vuelo de Santosa (Alastor Editores, 2021), de Gloria Alvitres Aliaga

Lo hecho por Alvitres en este libro es digno de resaltar. Paso a paso va construyendo una mitología familiar, sus desventuras, sus desengaños, el legado de los muertos, todo con la argamasa de la palabra justa, de la vocación por el recuerdo y la indagación de los territorios interiores de sus protagonistas. Canción y vuelo de Santosa es un poemario argumental que explica las relaciones que tenemos con nuestro pasado y el sincretismo que se produce cuando nos vemos enfrentados a nuestros ancestros inmediatos, el diálogo, a veces trunco, a veces posible, entre distintas cosmovisiones y formas de entender nuestro entorno y las tradiciones inmanentes. Cabe resaltar que Alvitres parte desde lo femenino, pero su mirada trasciende el género y consigue hacerse un puro canto sin otro emblema que el de los afectos. Es también resaltante cómo se vale de la prosa sustentada en la descripción para destacar esa cualidad narrativa que visita sus poemas y genera la sensación de estar ante una de aquellas antiguas odas autobiográficas a la manera del Preludio: “Hemos dejado nuestros manteles blancos, bordados con hilos magenta, colores que no diferencias, pero se atacan en los ojos. Quién podría condenarte si eras solo una proyección, una suspensión de esperanzas”.

  • El Califato de Lima (AUB, 2021), de Diego Otero

La imaginación y el talante indagatorio son los ejes de este libro, además de algunas dosis de humor, en su justa medida. De entrada, el título es desconcertante, nos confronta con la inexistencia, incluso con el desvarío. Mientras vamos progresando en la lectura de El Califato de Lima nos encontramos con que el individuo representado por la voz del yo poético se halla trastocado, carente de un centro desde el cual pueda sostenerse la cordura. La ciudad que se representa lo desbarata, y siempre se tiende a la reclusión o al alejamiento para conseguir un equilibrio, una soledad a partir de la cual manifestarse; por ello es usual que enuncie su discurso desde un auto herméticamente cerrado, en una habitación de su casa mientras ve televisión o en los ductos de edificios con cerraduras inexpugnables: “El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:/ desde tan arriba todo es tan hermoso, incluso Lima”. La metáfora del Califato no es sino una forma de enunciar la opresión de la urbe, pero además es un procedimiento del yo poético para recrear un ambiente exótico desde el cual pueda hacer resaltar su singularidad. Algo de ello aparece en uno de los picos del libro, un poema en el que W. Delgado y Cisneros se fusionan en un abrazo, dando como resultado un ser nuevo, descollante dentro de nuestra tradición poética.

  • Un sonido amarillo (AUB, 2021), de Rosa Granda

El libro de Granda se anuncia como un montaje; desde este punto advertimos que la intención de la autora es evadir cualquier taxonomía convencional. Podríamos estar ante un libro en construcción que deja ver las fisuras por donde hace su ingreso la materia poética o ante un conjunto de notas sin pretensiones literarias con las cuales el lector ya verá lo que hace. Pero más allá de las especulaciones, Un sonido amarillo es pura dispersión en su sentido más franco, dispersión del lenguaje que se aglutina y se disgrega, dispersión de las ideas que se vuelven concepto o galimatías, dispersión del sonido que se torna eufónico (nótense las sutiles aliteraciones, las repeticiones, las anáforas) o disonante: “señal de divergencia y sus objeciones señal del afuera que va adentrándose tendencia a perder el equilibrio señal de continuidad señales de toda exactitud en el aire señal de redención”. Granda, al igual que en Torschlusspanik, consigue un libro singular, de difícil acceso pero satisfactorio cuando nos aclimatamos a su propuesta.

  • Guerrero del arcoíris (Máquina Purísima, 2021), Guillermo Chirinos Cúneo

Hace poco escribí una nota sobre Idiota del Apocalipsis; he aquí un fragmento: “Verlo caer, saberlo un idiota, es una forma de hacerlo humano, a pesar de que su condición de poeta lo coloque un escalafón arriba del común, como si Dios intentara compensar sus dones, de la misma forma que Conan Doyle le otorga a su querido Holmes, además de la genialidad deductiva, una adicción a la cocaína y la soledad de su apartamento en Baker Street”. Ciertamente, Chirinos Cúneo es un poeta de contradicciones, y su poesía, además de ser un cúmulo de sensaciones milagrosa, misteriosamente calibradas hasta tornarse materia poética, es, además, una forma de acercarnos a los abismos de un ser perseguido por sus demonios, de tal manera que las palabras que veremos impresas en este libro no tienen concesión alguna y se nos arrojan tal cual van emergiendo, sin haber pasado, acaso, por un filtro: “Tu huella de ángel se pudrió en la basura de la noche, donde el reverso de la luz nos muestra el delirio del paraíso hecho de añicos”. El cromatismo de Idiota del Apocalipsis parece haberse apaciguado, aunque aún queden indicios: “Cairo,/ amarillo como las pústulas del loco,/ te solazas con el veneno bíblico de la ciencia./ Buscad en el fondo casposo de los recuerdos;/ ha llegado el pánico”. Habrá quien prefiera su primer libro a esta entrega póstuma, pero, según mi parecer, lo más sensato es valorar la delicadeza con que Chirinos Cúneo nos escupe sus imágenes en la cara, sea este o aquel el libro donde aquello nos sobrevenga.

  • Canto a la hoja que cae (Hanan Harawi, 2021), de Úrsula Alvarado Noblecilla

Alvarado entiende el poema desde la sutileza. Sus imágenes son seductoras, delicadas, por momentos intenta arriesgarse, pero es un riesgo que no traiciona su propuesta. Esta sutileza queda establecida por la abundancia de referentes florales, vegetales, animales, de los que se vale para configurar un ambiente donde la naturaleza parece inmovilizada para su contemplación y descripción. Alvarado emplea una sintaxis apacible, convencional; los símiles son prudentes (“es mi corazón un gran molusco que arde”, “los aparto/ como a capas/ de una cebolla sonrojada”); sus palabras dan la impresión de contener la autoridad de lo agradable. Aunque, por momentos, quiebra esta consonancia y las desvía para generar contrastes con imágenes desacostumbradas: “En el prolífico mar de la desesperación/ mis versos se reproducen como hígados a destiempo”. Está de más interpretar el sentido de la frase. Canto a la hoja que cae transmite un estado de ánimo; indica, más que una confianza en las palabras, una sensibilidad de la que es difícil escapar durante la lectura del libro.

+ 2 reediciones

Lo que no veo en visiones (Pakarina Ediciones, 2021), de Ana Varela Tafur

Si bien el Premio Copé no suele dar libros memorables (para encontrarlos, a menudo habrá que rebuscarse entre los finalistas o, incluso, en las instancias previas), este libro de Varela Tafur parece acercarse bastante a una contradicción de esta premisa.  A lo largo del poemario asistimos al desvelamiento del espacio desde donde el yo poético se anuncia; es un lugar donde la naturaleza se convierte en cuerpo, y el cuerpo, finito, conmensurable, parece expandirse al punto de que el sujeto enunciador se recorre a sí mismo, explora sus miedos, su sexualidad, su procedencia explicada a través de mitos o accidentes geográficos: “Escribo un poema desde ti, ensayo un paisaje./ Dibujo tus caminos huérfanos en mis pasos/ Y son días de llanto en las quebradas”. El buen talante poético de Varela Tafur la lleva incluso a encontrar formas de su discurso prescindiendo del verso largo y detallado, hasta desembocar, en la sección final del libro, en un conjunto de poemas en arte menor que inciden en la velocidad de las imágenes, como si fuera el cielo reflejándose en las aguas de un río amazónico. Esta es una reedición necesaria para un libro que, en su primera edición, es casi inhallable.

ele (Dendro Ediciones, 2021), de Stuart Flores Herrera

ele es una propedéutica, el rito de iniciación para quien inaugura un camino escabroso y de riesgo comprobado. En este sentido, el poemario es una exploración del ser dentro del tiempo y de sus convicciones, una metáfora de la soledad y la búsqueda de sí mismo a la manera de Jesús en el desierto de Judea, de las empresas incipientes, de las noches oscuras del alma. Hasta aquí tenemos el trasfondo del asunto. En la otra mano, la forma es excesiva en cuanto a su ejecución; Flores construye un personaje que se indaga a discreción y deja constancia de sus averiguaciones: “me canso de esperar te digo/ de imaginarte en el agua/ de no tener noticias tuyas ecos/ me canso de habitar el tiempo de los hombres/ que es el único tiempo que exhausta/ que adolora tanto y cada noche”. La forma, así, se podría interpretar como un erial de sentidos que no llegan a nadie, solo al yo poético, solitario, buscando construir otro a la medida de sus desolaciones. La huella narrativa de Flores, autor de novelas y relatos, se diluye en sus poemas; por el contrario, su discurso se alía a un rigor poético, a una fe en la imagen, en la figura retórica: “el desprecio le colgaba de los dientes/ estalactitas de odios rencor”. Desde su primera edición del 2018, de tiraje limitado, Flores ha ganado algunos premios y distinciones en sus trabajos narrativos; con esta reedición tenemos la oportunidad de acercarnos a una faceta distinta del autor en cuanto a lo literario, enriquecedora, qué duda cabe, y que amplía su registro y nos permite conocer mejor su universo.

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Reseña: Canción y vuelo de Santosa de Gloria Alvitres Aliaga

Una historia familiar

Por C. Briceño Ángeles

El poema como álbum familiar, como inspección de lo doméstico, vertedero de recuerdos vueltos a contar, es uno de los motivos más concurrentes en nuestra tradición poética: lo han ensayado, entre otros, Valdelomar, Vallejo, Belli, Watanabe, y recientemente Cruzado o Tenorio. Existe, sin embargo, una variante de esta temática, y consiste en dotar al recuerdo, a su evocación, de un aura mítica, como si no bastase el hecho para contener a las palabras y fuera necesario ir más allá, hasta donde los protagonistas del poema empiezan a representar una puesta en escena que exige nuestra silenciosa contemplación. Algo de esto puede advertirse en Canción y vuelo de Santosa, de Gloria Alvitres (Lima 1992), aunque también se manifiestan en el libro otras maneras de abordar el poema; por lo menos tenemos claro que es al principio y al final donde se hace evidente la intención de otorgarle a los personajes del libro una cualidad para transformar el entorno, para reordenarlo y conmover con cada indicio de su presencia o de su testimonio. Desde luego, el libro de Alvitres propone distintos itinerarios, derivados, claro está, de la presencia femenina dispersa en gran parte de los textos que lo conforman; por ejemplo, entendemos que un poema como “Útero demencial” asume un cuestionamiento sobre lo femenino, prescindiendo de cualquier explicación que trascienda lo estrictamente corporal; es decir, no busca nombrar el cuerpo para convertirlo en símbolo, sino que lo señala como evidencia de lo físico, tal cual, sin apelar a su transformación en imagen poética o, por lo menos, equilibrando el artificio para develar una imagen donde la metáfora, si existe, es irrelevante:

«Le hablo a mi útero

que se ha lastimado

con las garras del aluvión.

Hoy dejó de ser,

para irse contra mi voluntad.»  

(“Útero demencial”, p.59)

En otras partes del libro, el discurso se acerca a la imagen convencional, aquella provista de un sentido sobrenatural para explicar el origen de las cosas, la convivencia entre realidad y mito que llegan a hermanarse con espontaneidad y verosimilitud en los límites del poema:

«Mi madre nació del vientre de un cerro,

con una oración liviana.

Un canto rojo despegó sus pestañas,

el agua de sal la nombró Agustina

y la muchacha jugaba con las santas

que se desintegraban como carbón.»

(“Madre de cerro sal”, p.39)

Siendo el poemario un tránsito, ida y vuelta, de lo mítico a lo material, tenemos que el vínculo entre los dos espacios es el elemento andino o, pretendiendo mayor amplitud, lo originario, algo hallado en las referencias empleadas, como la música, la flora, la cosmovisión, la lengua materna filtrándose en la sintaxis, en la construcción de escenarios bucólicos, en la inclusión de ciertas palabras ajenas al lenguaje con el que está escrito el poema. Como no soy, ni por asomo, un conocedor del tema, voy a valerme de dos poemarios afines (a mi parecer) al libro de Alvitres para comentar brevemente ciertos temas con mayor relevancia y no pecar de fanfarrón. Uno de ellos es Valle sagrado, de Odi González, y el otro, Igual a la extensión de tu cuerpo, de Leoncio Luque Ccota. El libro de González transpira de ese sincretismo andino/católico que va creando conflictos en la moral, en las expectativas de los habitantes del Ande; tiene, por cierto, un parecido bastante marcado con poemarios testimoniales, ficciones discursivas a la manera de la Antología de Spoon River o Cementerio General, siempre dando a la muerte una trascendencia máxima, la de ente fabulador de destinos que fueron o que llegarán a ser relevantes por el hecho de servir como advertencia. El libro de Luque, por su parte, es más terrenal, una apuesta por el recuento familiar, como si el poema en sí fuera nombrar uno a uno a los integrantes de una familia, y hacer de ese inventario una herencia para las generaciones venideras. Ambos temas, la muerte y la herencia, están presentes en el libro de Alvitres:

«Un lugar claro frente al camposanto,

sonaba un huayno,

bailaban las cenizas,

la cerveza dulce.»

(“La se fue la mañana del 19”, p.13)

González, a su vez, escribe:

«Lo que es nosotros

A nuestros muertos aquí

Los velamos cada vez

En las curvas, según

y después

Los sepultamos con banda»

Ambas versiones de la muerte coinciden en hacer relevante el elemento festivo, algo bastante elocuente en tanto los muertos parecen no haberse ido; no son solo recuerdo forzado por el doliente, sino presencia casi material, tangible en cuanto sus voces no son reiteraciones de lo ya dicho, sino consejo, información utilitaria para el funcionamiento en el mundo de los vivos. Así, la voz de los muertos en el poemario de González regresa para advertir, entre muchas otras cosas, de los motivos que los llevaron a desaparecer de la tierra (“Cuando orinaba al canto del río/ Fui jalada aguas adentro/ Por el veloz remolino”, nos dice Juanacha; “Por comer sin medida/ Me dio tremendo torzón de tripas/ Como era de esperar/ Sufrí cólico agudo/ Y al rato me morí”, declara don Melchor). La voz de Santosa en el libro de Alvitres es enérgica, critica incluso el valor del mismo libro en el cual ella es protagonista, advierte el despropósito de prescindir de la tradición y encumbrar una cultura vacía, ociosa y que busca simplemente una contemplación insana de sí misma:

«Todos son unos cojudos, pienso, niñacha. Todos quieren el mejor plato, el mejor nombre, quieren leer libros grandes, huecos. Pero no saben, no cocinan, no matan un cuy, no crían pollos, no arrullan las wawas.»

(“Monólogo de Santosa”, p.77)

Precisamente, la muerte no es revés de la vida, no es el negativo de la existencia, sino más bien algo parecido a una continuación, muy semejante, tanto que se confunde con ella; se le espera, eso sí, pero sin pesimismo; el efecto luctuoso es, quizá, parte de la parafernalia implícita, el componente necesario, aunque lo verdaderamente relevante es la naturalidad con la que, muy pronto, se acepta ese nuevo estado, se le convoca. Eso encontramos en Alvitres:

«Mamita laguna tú y yo somos hermanas de azar.

Me has reconocido como nieta.

Una niña que quiere morir en tus aguas.»

(“Rezo para la laguna”, p.17)

Es afín el discurso de González:

«En sus moradas de hollín

y lumbre

Mi anciano padre viudo

Guarda desde ya

Su ataúd listo

Para el día final»

El entorno, como si fuera un integrante más de la familia, abraza a los personajes; al tocarlos, los incorpora a él, produciéndose una asimilación significativa que puede entenderse como otro retorno, no al lugar sino a la naturaleza, a su circularidad. En el libro de Alvitres pueden encontrarse algunas de estas metempsicosis, dando a entender que aquellos seres amados perduran también en lo cotidiano, donde, a través de la observación, podemos hallarlos, de la misma forma que uno va encontrando formas en las nubes, en el orden de las estrellas formando constelaciones:

«Ahora brotan amarantos,

llega el final del día

y la abuela Santosa será agua

para llevarse nuestras penas.»

(“Canción”, p.11)

González es aún más visual, aunque el sentido es el mismo:

«Un árbol

Un árbol es también cadera

y vientre:

Madre e hija:

Dos eucaliptos creciendo

Piernas arriba.»

La construcción de escenarios donde se habita, donde se habitó, es otro de los temas. Si bien la geografía suele ser una escenografía para darle carácter al poema, en el libro de Alvitres es también el lugar de los retornos, ese primer lugar al que se ansía volver, reconquistar con la sola presencia no solo física sino del recuerdo, un espacio donde la evocación de los que aún viven llena nuevamente: aquel que es recordado vuelve a andar por esos parajes ahora más sabio, menos escéptico, señalando los lugares amados, restañando el deterioro con la sola mención de un pasado idílico. Dice Alvitres:

«Ese escombro fue una iglesia,

donde la garúa se convertía en agua bendita

aunque sea mayo

y solo exista mala hierba

o una que otra florecilla salada»

(“Versión mítica del padre”, p. 27)

Complementa González:

«Y el campanario de la parroquia

Llamando a diario

A quienes, durante años,

Fuimos despertados

Por ladridos y cantos

De simples jilgueros.»

En Igual a la extensión de tu cuerpo, Luque introduce también esa necesidad por adjudicarle una importancia al lugar, pero no solo como escenario de los hechos, sino también como herencia, como aquello entregado al que viene y través del cual permanecerán las tradiciones fijadas no tanto en el recuerdo, sino en el presente perpetuo. El lugar, la tierra, en todo caso, tiene un valor por su permanencia, por ser lo que constante, y en esta constancia la familia encuentra una manera de asentarse y perdurar:

     «”Dejo”

  I. Un terreno llamado

 II. Vizcacha Carca Cucho Utjaña

III. De aroma fresco y hierba dulce que ondea los campos

 IV. Un rancho con casas hecha de tierra roja y arcillosa

  V. Que contiene el nacimiento del umbral de mi familia»

Tanto el libro de Luque como en Canción y vuelo de Santosa existe una necesidad por perdurar en el tiempo. ¿Quién, sino, hace el recuento, quién sino escribe el libro con los hechos? Es evidente que el libro de Alvitres es un intención por establecer una genealogía, una historia donde es clara la jerarquía de cada quién, donde los antepasados comparten sus experiencias, intentan fijar, uno a uno, los eventos cruciales de su vida como certeza de una existencia, los encuentros y desencuentros, las migraciones, el amor y la muerte, por supuesto. Abuelos, hijos y nietos son eslabones de una sola cadena por donde las historias transitan en todas direcciones: el poema hace posible ese comercio. Por ello sobrecoge quedarse solo, sin una ligazón con el pasado, ser una criatura sin conexiones ciertas y cuya presencia resulta anómala:

«Santosa vive inquieta en mis sueños,

sigo pensando en una genealogía que no existe

una mancha familiar en la punta de la lengua,

en canciones de la abuela piel de oca

que hacen crecer la kiwicha

de tanto mojarse con mis lágrimas.»

(“Confesión tardía”, p. 75)

Otro tanto considera Luque, quien, más terrenal, se acoge a la fortaleza de una estirpe, a su numerosa materialidad:

«XLIX. Soy propietario de mis sueños

   L. Los que dejo a mis hijos

  LI. Como herencia

      (…)

LXIV. A favor de mis hijos que serán ecos del mundo:

 LXV. José, Ignacia,

LXVI. Guillermo y Concepción,

               LXVII. Los que están a mi lado.»

Finalmente, encuentro una fuerte, aunque breve presencia del padre en el libro de Alvitres. No es una presencia feliz, aunque sí valiosa para reforzar la hegemonía femenina en el universo del libro; es uno de esos eslabones a los que hacía referencia líneas arriba, siempre necesarias para afianzar la continuidad, aunque dentro de la mitología familiar impliquen un lado oscuro o difícil de asimilar. El padre es, desde luego, engendrador, aunque distan tanto en el libro de Alvitres como en el de Luque: en el primero deja paso a la figura materna, ordenadora; en el segundo es fundacional, la piedra donde descansa el linaje, garantía de fortaleza y guardián de porvenir:

 «II. Me casé con Feliciana

III. Con quien viví feliz estremecido de amor vegetal

 IV. Hasta que el viento convertido en guerrero indomable

 V. Flanqueado con los ichus y lagartijas se lo llevó la apachita

 VI. Guardián de nuestros sueños en un linajudo día.»

Alvitres, entre tanto, deja establecida la influencia de la figura paterna en su yo poético, lo hace partícipe en la conformación de sus afectos con una intensidad que incluso llega a superar la que se impone en el libro de Luque, por lo cual llegamos a la conclusión que, si bien su presencia es episódica, no es menos relevante:

Mato a mi padre todas las noches, mientras me revuelvo con un muchacho temperamental que se calla para no decir te quiero. Tiene el mismo silencio de mi padre en Navidad, cuando miraba el reloj o se ponía bravo porque no daban las doce y una voz nos salpicaba de melancolía en la radio.

(“El padre en prosa”, p. 29)

Quién podría condenarte, si eras solo una proyección, una suspensión de esperanzas.

(“José lejos del pesebre”, p. 31)

Cuando tomó las maletas,

No supo qué decir

Solo le reclamó

Por romper las hojas de los geranios.

Toda ausencia nos deshoja un poco.

(“Un acuerdo roto”, p. 37)

Quedan en el aire algunos temas igual de relevantes. Uno de ellos: la inclusión de vocablos/expresiones en lengua inglesa como una suerte de sincretismo de lenguajes (dato: otro libro de Odi González, Ciudad (C)oral, introduce y lleva a los límites dicha indagación). Otro: los referentes a la cultura universal, que pone énfasis en las letras (Trilce, Mallarmé, Simone de Beauvoir, etc.) y sus implicancias en el poemario. Como todo buen libro, Canción y vuelo de Santosa conversa con  la tradición y origina sus exploraciones particulares; como todo buen libro, por supuesto, propone gran cantidad de temas e interrogantes. Sea.      

 Gloria Alvitres Aliaga

 Canción y vuelo de Santosa

Alastor Editores, 2021