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Análisis audiovisual

La memoria en digital: un reconocimiento a nuestra historia desde El betamax de Genaro

Por Carlos Esquives *

“Un resumen de mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos”, es de las frases más citadas por aquellos que por un instante acariciaron la muerte. “¿Y qué viste?”. La mayoría respondería que los momentos más importantes de su existencia. “Era como ver una película sobre mí mismo conformada únicamente por las mejores secuencias”. Pienso, entonces, qué veré yo en mi lecho de muerte. De seguro también serán las mejores secuencias de mi vida, pero, ¿cuántas de estas serán realmente sobre mi propia vida? Me explico. Soy hombre de cine. Veo películas a toda hora, en horario de trabajo, en matiné y a deshoras. Las veo en cualquier momento, incluyendo las situaciones más absurdas. Muchos de mis sentimientos, desde los más apasionados hasta los más vergonzosos, los he vivido a través del cine. Dicho esto, ¿cuánto de ficción tendrá esa última película que veré antes de dar mi último respiro? Agrego, ¿cuántos de mi generación verán más ficción que realidad en su conteo final? Ten por seguro que en nuestras grabaciones personales veremos algo o mucho de ficción. Qué esperabas. Fuimos criados frente a una pantalla. Algunos verán escenas de películas, otros un desfile de fotos trucadas por filtros de Instagram. Aceptémoslo, gran parte de nuestra memoria es una ficción.

No hay razón para avergonzarnos. Seguimos siendo humanos con sentimientos y razonamientos. Nos apegamos a la ficción, pero no hemos anulado (del todo) nuestro conducto humanista. El cine y las redes sociales no son más que un síntoma de una nueva forma de consumo y aprendizaje de las cosas. Nos aburrimos de tanta tradicionalidad. No lo olvides: en estos momentos, muchos profesores dictan clases online usando memes. Yo, por ejemplo, proyecto escenas de la saga zombie de George A. Romero para comentar en torno a la sociedad mundial de los 70 y su reacción frente al consumismo galopante. Es bajo esa lógica que no me parece en lo absoluto descabellada la propuesta de impartir algo de historia del Perú a partir de un collage de filo satírico, amenizado por texturas de la imagen, la degradación del sonido original y continuamente sometida a una sobreimpresión de fotogramas que los pioneros del cine usaron para fabricar magia a lo Georges Mélies o para crear poesía en la imagen desde lo experimental a lo Jean Epstein (siempre los franceses). Es lo que veo en El betamax de Genaro (2020), de Miguel Villalobos. Su digestión no se reduce al trolleo cibernético dirigido a tantas personalidades infames que han pervertido nuestro país a puertas del nuevo milenio.

En una época en que hemos perdido la fe ante el gesto conservador, el chiste frente a un tema serio o la formalidad del documental convertida en pieza del YouTube Poop pueden asumirse como actos de transgresión comprometidos con reformular los modos de discursos sin extraviar el enfoque esencial, sea este académico, periodístico, social, etc. Siguiendo esa línea, El betamax de Genaro está compuesto por retazos televisivos y, en menor grado, de cine, en general, producidos entre el primer y el segundo gobierno de Alan García. En el largometraje reconocemos los rostros, escenarios y situaciones más extravagantes y humillantes de la política peruana. Las reuniones en la oficina del SIN, el “no” rotundo de PPK, el autogolpe fujimorista, Mercedes Aráoz, José Barba Caballero, Luciana León; no hay orden cronológico para la depravación. A estas escenas, se intercalan las de los programas cómicos y de entretenimiento más emblemáticos de ese largo período. Una dialéctica esperpéntica, aunque coherente, se establece entre estos dos escenarios. A esta mezcla, se suma un (d)efecto visual y sonoro. Toda la recopilación, salvo por breves secuencias, ha sido trucada o distorsionada. Es decir; es el found footage alterado, y no a un grado mínimo como sucede en la fílmica de Yervant Gianikian y Angela Ricci –rescatistas de valiosísimas fuentes visuales que van desde peregrinajes colonialistas hasta los siniestros durante la Primera Guerra Mundial–, sino a un nivel que deja en total evidencia la deformación del producto original.

La deformación del metraje es entendida como un gesto de oposición o de blasfemia frente a los acontecimientos históricos en cuestión. Es criticar, ironizar, repudiar dichas fuentes históricas, o también interpretarlas como la memoria del ciudadano promedio, sujeto al que le tocó convivir con el montaje político y televisivo. ¿Qué pensamos pues cuando nos consultan sobre el gobierno de Alberto Fujimori? Automáticamente, a nuestra mente llegan las imágenes de Vladimiro Montesinos repartiendo dinero a diestra y siniestra a distinguidos miserables. Nuestros recuerdos del país son las imágenes que en un momento se proyectaron en un televisor o en un cine. Nuestra memoria está hecha de registros digitales. Citando a Gen Hi8 (2017), de Miguel Miyahira, una de las más notables películas que haya engendrado el reciente cine peruano, nuestra memoria es la pantalla de un televisor que reproduce una grabación en donde nosotros hemos sido personajes que han actuado bajo la percepción de una realidad selectiva. Hemos sido los que nos han hecho ver o consumir. Hemos sido adiestrados desde la señal abierta a ser inconscientes. Muchos de los nuestros fueron convertidos en cómplices de segunda, testigos de la infamia. Cuánta inocencia rota, cuánta nostalgia ultrajada provocará el visionamiento de El betamax de Genaro. Me acordé de mi infancia. Fueron tiempos de fantasía, pero también de mucha ignorancia.

*Carlos Esquives (@CarlosEsquives): crítico de cine en Fotograma Gourmet.

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Coyuntura

Reina un gran desorden bajo el cielo

Por Jack Martínez Arias*

26 de marzo de 2020

Estados Unidos tiene ahora el mayor número de casos en el mundo. Las redes ironizan repitiendo la frase que el presidente solía usar con frecuencia, antes, bajo otras circunstancias: America First (América primero). 

En el estado de Nueva York, desde donde escribo, se van registrando 40 mil casos. New York City es llamado ahora el nuevo epicentro de la pandemia. El gobernador clama por ayuda al gobierno central. Pero el presidente sigue restándole importancia al asunto. La cura no puede ser peor que la enfermedad, escribe en Twitter, refiriéndose al gran daño que puede producir una parálisis general de la economía. Desde otro extremo del país, el gobernador de Tejas es entrevistado por un canal de noticias y da a entender que los abuelos estarían felices de sacrificarse por el bienestar económico de las nuevas generaciones. Que la máquina se siga operando, parece ser el mensaje. El dinero por encima de la vida.

Fuente: VoaNoticias

En casa encendemos el televisor a la una de la tarde. Como cada uno de estos últimos días, buscamos la aplicación de TVPeru. Allá son las doce, aquí la una. Almorzamos mientras esperamos que Vizcarra aparezca en escena. En tiempos de crisis se hace transparente la capacidad o incapacidad de un gobernante. Y en tiempos de crisis global, frente a un enemigo común, se manifiesta un fenómeno interesante: podemos contrastar claramente las reacciones de los mandatarios alrededor del mundo. Nos damos cuenta, entonces, que algunos países desarrollados no parecen ser tales frente a la epidemia. Pasa aquí, pasa en el Reino Unido. Pasa, también, en la segunda línea económica, en España e Italia. Pasa, por supuesto, en nuestra región latinoamericana, con el presidente de México en las nubes y el de Brasil emulando ciegamente a su par del norte. Ninguna medida es perfecta frente a lo desconocido, pero el Perú, en contraste con los mencionados, quiere seguir (en lo posible) el modelo asiático, que parece representar, por ahora, el escenario menos trágico.    

27 de marzo de 2020

Estados Unidos ha sobrepasado los cien mil casos. 

La vida sigue detenida. La vida tal como la conocíamos antes del virus. La vida moderna, acelerada y rutinaria que tanto angustió a los poetas del pasado. “Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,/ sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,/ ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.” Ese descanso ha llegado casi un siglo después de los versos hastiados de Pablo Neruda. Pero esta pausa forzada no está acompañada de la calma o el sosiego. Sino todo lo contrario. A veces tengo la sensación de que una capa sombría está cubriendo el mundo por completo, silenciosa, sin que podamos hacer nada para detenerla.

Paradójicamente, las crisis globales también pueden dejar espacio para despertar la esperanza de un nuevo comienzo después de la tragedia. En uno de sus libros más recientes, El coraje de la desesperanza (2018), Zizek pensaba en tres escenarios posibles de crisis global que podrían golpear mortalmente al capitalismo tal como lo conocemos: el desarrollo desmedido de la inteligencia artificial, las consecuencias venideras del calentamiento global y la creciente e insostenible migración de multitudes que claman por refugio alrededor del mundo. En ninguno de esos escenarios posibles aparecía un virus. Pero el virus apareció en nuestras vidas y Zizek, por supuesto, no dudó en pensar en ésta como la oportunidad perfecta para empujar un cambio radical. Citando a Mao, “Reina un gran desorden bajo el cielo; la situación es excelente.”

Encendemos el televisor al mediodía, hora peruana. No aparece Vizcarra. Aparece el Papa. También lee la situación como una oportunidad de cambio. Por supuesto, lo hace sin basar su discurso en el comunismo. Si Mao hablaba de un gran desorden bajo el cielo, el Papa habla del virus como si se tratara de una tormenta, apoyándose en el evangelio de San Marcos, para luego decir: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad.” “No hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo.” “No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta. Sino todos juntos.”

Fuente: Diario Gestión

Vizcarra tarda en aparecer. Una hora después de lo acostumbrado, da cuenta de los enfermos del día. El crecimiento es sostenido pero parece alentador en comparación con lo que sucede en otros lugares, como aquí, por ejemplo. 

Sin embargo, es muy temprano para predecir la curva que tomará el virus. Un día más sin certezas. Siempre es muy temprano todavía. 

1 de abril de 2020

Estados Unidos acaba de doblar el número de casos de China. Solo el estado de Nueva York alcanzó los ochenta mil infectados. 

En estos días he seguido leyendo a pensadores que escriben sobre el virus. Badiou, Agamben, Butler, Byung-Chul Han. Descubro en ellos cierta ansiedad por predecir lo que vendrá inmediatamente después. Y cierto apuro también. 

Hay ideas en las que algunos coinciden: desde ahora los gobiernos podrán justificar mejor sus mecanismos de control social, hasta los políticos más conservadores ejecutarán medidas económicas favorables a los trabajadores con el objetivo de seguir echando a andar la máquina, este virus será solo el primero de futuras pandemias aceleradas por el ritmo del consumo y de la producción neoliberal, etc. Salvo la última amenaza, ya se pueden ir viendo señales claras de aquellos impactos políticos y sociales de la enfermedad.

En mi universidad hemos pasado también al modo online. Mis estudiantes han vuelto a casa. Para algunos, eso significó dejar el campus para juntarse, tan solo a unas millas después, con sus familias en New York City; para otros, significó ir de regreso a lugares tan distantes como China o Korea. Todos ellos me cuentan cómo van viviendo estos días. Es extraño. Es raro. Esos son los adjetivos que más usamos entre nosotros. Por supuesto, tienen miedo, como yo, pero eso no lo decimos tanto. 

Me enteré que hay una agrupación en la red que le pide a los estudiantes conservadores de todo el país que graben las clases online y las hagan públicas si es que en ellas se promueven ideas “radicales”. Las comillas van bien ya que aquí llaman “radicales” a alas de izquierda tan mesuradas como la de Sanders.

El presidente ha firmado un proyecto para repartir dos trillones de dólares entre los americanos que requieren ayuda ahora que el desempleo se ha disparado. Se acercan las elecciones, las medidas para mantener el favor de los electores serán cada vez más desesperadas. El virus también podría cambiar el rumbo de las candidaturas. Ya veremos. 

Por ahora, lo único constante es lo cambiante. 

Oficialmente se proyecta que el virus matará entre cien y doscientas mil personas en este país. La enfermedad será la que decida el deadline (fecha límite) del aislamiento social, ha dicho también el consejero del actual presidente (y de los cinco anteriores) y jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de los Estados Unidos.

*Jack Martínez Arias (@jackmartinezar). Autor de las novelas Bajo la sombra (Animal de invierno, 2014) y Sustitución (Emecé Planeta, 2017).

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Coyuntura

Nadie lo esperaba

Por Andrés Sampayo Navarro*

Hace ya más de un mes que el presidente Iván Duque, como comandante supremo de las fuerzas militares de Colombia –así se ha hecho llamar en ocasiones–, lideró un proceso en el que un avión de la Fuerza Aérea Colombiana se preparaba como si fuera a realizar un viaje espacial, pero, en realidad, se disponían a buscar a unos colombianos en el otrora epicentro del virus, una ciudad llamada Wuhan. El show tuvo el apoyo completo de los centrales y, por añadidura, tradicionales medios de comunicación. Estos efectuaban una llamada al capitán del avión a la hora precisa en que la gran mayoría de colombianos estaban escuchándolos y, a continuación, el capitán del avión se explayaba contando la anécdota del día, como cuál era el origen de su apodo. 

En dicho viaje, un colombiano de Cali decidió quedarse. Muchos, que conocemos el sistema de salud jerarquizado que tiene el país, sabíamos que fue una gran decisión; otros lo catalogaron de antipatriota. La historia le dio la razón al oriundo del Pacífico colombiano: hoy, finalizado el tercer mes de 2020, esa ciudad de China se encuentra a días de retornar a la normalidad. Mientras tanto, el epicentro del virus se lo pelean actualmente Estados Unidos y Europa, pero en este lado del mundo sabemos que los latinoamericanos, en estos casos, tarde o temprano ocuparemos el primer lugar.

Fuente: Radio Francia Internacional

Igual, para innovar en temas negativos, Colombia suele estar a la vanguardia. Con un virus en expansión, la colectividad colombiana empieza a mostrar su talante. En el departamento sureño del Huila, algunos habitantes de la capital se enteraron dónde vivían unas personas contagiadas y, ni cortos ni perezosos, atacaron a piedra la casa de los enfermos. En Cali, por su parte, los propietarios de algunos edificios residenciales están expulsando a los residentes médicos. En otras ciudades, como Cartagena, bastante turística, muchos de los conductores de buses –el medio de transporte fundamental de las ciudades colombianas– no quieren transportar a las enfermeras y enfermeros. Y así pululan casos de intolerancia por todo el territorio nacional que, en última instancia, se explican por la desinformación y la falta de esfuerzos por aclararlos y evitarlos. 

Es así como, a medida que el virus gana fuerza, la actual indulgencia del establecimiento político evidencia la mentira histórica acerca del estado real del sistema de salud colombiano. En estos momentos solo puede servir para no tener claro cómo será la respuesta real a la situación actual por parte del gobierno nacional. Menos mal tenemos alcaldes como los de Bogotá, Bucaramanga, Villavicencio, Palmira, entre otros, que han estado a la altura de la pandemia y de la historia.

*Andrés Sampayo Navarro (@asampayo). Latinoamericano de Colombia. Candidato a doctor en Estudios Políticos e Internacionales por la Universidad del Rosario.

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Reseñas de libros

Talento de televisión

Por Sebastián Uribe

Para escribir sobre este libro se torna necesario describir su recepción en los medios literarios. Aparecida en abril del 2019, la novela de Dany Salvatierra (Lima, 1980) tuvo poca o nula atención de la crítica más allá de las entrevistas que se le hicieron a su autor. Este ninguneo resalta mucho más por qué La mujer soviética, por trama y extensión, no es una novela que se circunscriba a una tendencia dentro de la narrativa peruana de los últimos años. Y la extensión no es un tema menor en un contexto donde se alzan voces que, erróneamente a mi parecer, critican la brevedad de las novelas peruanas y, sin embargo, guardaron silencio sobre este libro de más de 350 páginas. Existen otros factores, como la fecha de aparición, su distribución, la editorial que lo publicó, que hace más inexplicable aún el silencio frente a este libro Quizá un intento por evadir la condena de “amiguismo” en un circuito literario como el limeño, donde la mayoría de sus integrantes se conocen, sea la razón de esta indiferencia. Inevitablemente quienes escribimos reseñas nos toparemos con libros de escritores a los que conocemos personalmente y el mérito no será evitar hablar sobre ellos, sino en hacerlo de manera objetiva, resaltando sus virtudes y señalando sus defectos. Pero ya es momento  de cerrar esta introducción y pasar al libro en sí.

Hay que dar pocas luces sobre el argumento al escribir sobre un thriller. La mujer soviética es protagonizada por Jacqueline Metalius, diva y leyenda de las telenovelas latinoamericanas, cuyo esplendor se remonta a las últimas décadas del siglo XX, cuando el internet no tenía el monopolio de la atención mediática. Esta se verá envuelta, a raíz de un mensaje anónimo y perturbaciones de carácter anormal en su residencia de Miami, en una adictiva trama que combina una posible red de espionaje de rango internacional con la obsesión fanática de un admirador (como en Misery de Stephen King) que la hará retornar a la capital peruana. 

La novela de Salvatierra destaca nítidamente por la construcción de su protagonista. Ya de por sí resulta encomiable el uso sin chirridos de la primera persona con un personaje del sexo opuesto (piénsese en J. M. Coetzee o en Junot Díaz), y más al dotarlo de una fuerte personalidad que elude los clichés típicos atribuidos a las estrellas mediáticas, con una voz sin filtros para verter un ácido discurso sobre quienes la rodean y sus acciones. Si hay algo que detesta Metalius es la denominada “pose woke”, la corrección política llevada a sus últimas consecuencias y es desde ese sitial que dispara contra varios aspectos sociales sobre los que cualquier crítica negativa se tornaría tabú: los estudios de género, la moral de los poetas, la empatía de las figuras televisivas, el activismo de redes sociales y la adicción a los horóscopos. Esta frescura para hablar sobre la sociedad actual, que recuerda a Houellebecq, no cae en un discurso sociológico como en el que suelen caer varios autores actuales, y más bien ayudan a sostener el libro en torno a su personaje principal, apoyado en otros recursos literarios como la construcción de diálogos verosímiles, recursos idiomáticos que revelan con facilidad la clase social de sus protagonistas y giros sorpresivos en la trama bien dosificados.

Fuente: Diario Correo (2019)

Si se trata de establecer conexiones, La mujer soviética es heredera de la estética pop  de Andy Warhol. A lo largo de la novela se va revelando la construcción artística a partir de la imitación y el uso de géneros populares como insumos. Si hay algo que predomina en los grandes productores de telenovelas es el reciclaje de guiones, la  adaptación de historias para cada época con distintos protagonistas. Se utilizan las antiguas ficciones como materia para las nuevas, y es ahí donde Metalius se erige como artista, impregnándole su sello a la caracterización de los personajes arquetípicos de las ficciones televisivas sin olvidar la esencia del enganche con los televidentes, los elementos eficaces para cautivarlos.

No obstante lo anterior, la muerte rodea constantemente a los personajes de la novela y se convierte en la guía de sus acciones tanto en su aspecto simbólico como real. Es a través de la inmortalidad de la ficción que Metalius busca dejar un legado, una estela alumbrada por su nombre y de ahí su rivalidad feroz con las jóvenes promesas televisivas. La eterna disputa de lo nuevo y lo viejo toma un carácter nocivo, que conduce a desprenderse de cualquier vínculo, materno incluso, que desacraliza este campo de manera tal que termina por convertirse en una carga nefasta para la consecución de los anhelos de los  personajes y que, además, origina su perversidad. 

En detrimento de una trama paralela que busca calzar de forma infructuosa una exploración sobre el mundo de la dark web, uno de los mayores atributos de La mujer soviética es el planteamiento de la ficción, a través de la parodia de las telenovelas, como un elemento de dominación de masas, un sueño colectivo:

El gobierno ejercía el control de los canales de televisión y empezó a transmitir Coral en los quince países de la Unión y en simultáneo, a las siete de la noche, la hora en que las familias se sentaban a cenar frente al televisor. El resultado fue un suceso nunca antes visto. Era la primera vez que transmitían una telenovela de Hispanoámerica, una realidad distinta donde no existían la Guerra Fría ni la crisis económica, donde los problemas eran más cotidianos.

Salvatierra, 2019, p. 137

El recurso del melodrama se presenta como una manera de captar la atención mediática a través de la construcción artificial de historias, cuyo alcance ya quisieran tener otras formas artísticas, al punto de ser esencial para validar una estructura social de manera constante. La telenovela más grande fue la del ser humano queriendo exterminarse a sí mismo, se dice hacia el final,  y al leer el desmoronamiento moral y físico de los personajes y su derrota progresiva frente al paso del tiempo, uno se da cuenta que, incluso siendo una parodia del mundo de los melodramas televisivos, los protagonistas están viviendo el suyo fuera de las pantallas, uno en el que se confunde la realidad y la ficción en un inquietante policial que por momentos recuerda a Rubem Fonseca. La novela de Dany Salvatierra fue una de las más gratas apariciones narrativas del año pasado, sin duda, y merece leerse una y otra vez.

Datos del libro: La mujer soviética de Dany Salvatierra. Planeta, 2019, 364 páginas.


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Análisis audiovisual

Memorias de Bong Joon-ho

Por Zoraida Rengifo

Bong Joon-ho (Corea del Sur, 1969) sorprendió al mundo cinematográfico al llevarse cuatro estatuillas en la última ceremonia de los premios Oscar: mejor película, mejor director, mejor guion y mejor película extranjera. Parásitos (2019), su último film, ha obtenido las palmas del mundo y la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Sin embargo, el director surcoreano tiene una trayectoria de más de 20 años, con obras que han sido las más taquilleros en su país. 

Una de sus películas más reconocidas es sin duda el thriller Memorias de un asesino (2003). Está basada en la historia real de un violador y asesino que desde el año 1986 hasta 1991 terminó con la vida de 10 mujeres en el pueblo de Hwaseong, ubicado al norte de Corea del Sur. Estos hechos conmocionaron a sus habitantes al encontrarse, por primera vez, frente al caso de un asesino en serie. En este largometraje también podemos apreciar a Song Kang-ho, actor que dio vida al improvisado chofer en Parásitos, sumergido en la piel de uno de los detectives que perseguirá infatigablemente al culpable de los crímenes ocurridos en el pequeño pueblo. La dupla Bong Joon-ho y Song Kang-ho ya desde aquí deviene en una simbiosis creativa. 

Para la crítica internacional y local, Memorias de un asesino es la obra cumbre del director. Algunos elementos la convierten en un film destacable, sobre todo su talento narrativo que sabe conducir bien al espectador hacia situaciones inesperadas. Aunque para algunos este rasgo se pueda apreciar de mejor manera en Parásitos, también aquí la narrativa y la atmósfera presentadas son bastante eficaces. 

Bong Joon-ho gusta del humor negro y maneja con certeza los ambientes claroscuros. La noche es el escenario principal en donde sus personajes desatan sus secretos y se dejan dominar por ellos, lo que los esclaviza. Esa visión poco optimista, que probablemente es producto de la crisis económica que vivía su país luego de una política autoritaria que se instaló por muchos años, le permite construir ambientes melancólicos e imágenes expresionistas en el más puro sentido alemán

La lluvia es otro elemento recurrente en la filmografía de Jonn-ho. Se nutre de ella para alimentar su narración. Siempre es una lluvia nocturna, una lluvia que marca ciclos y acontecimientos determinantes. En Parásitos, por ejemplo, la fraudulenta familia tiene un festín que es interrumpido por el regreso de los patrones o una visita inesperada para luego quedar bajo la sombra, a escondidas. En Memorias de un asesino, la lluvia permite al criminal cometer sus atrocidades y mantenerse en el anonimato. La lluvia termina siendo cómplice de la oscuridad y evidenciando la vulnerabilidad. Tiene un carácter triste e introduce una sensación de melancolía. En rigor, es el tránsito hacia la muerte o, en este caso, hacia el ultraje y asesinato.

Este elemento se vincula con sus espacios cerrados, oscuros, los túneles que se pierden en la oscuridad sin encontrar solución, sin una aparente salida. Se trata de una visión tragicómica que caricaturiza a personajes contrastados, como cuando los pobres pretenden dejar de serlo o cuando las víctimas buscan protección. Nada en el universo de Bong Joon-ho es alentador. La ingenuidad es castigada con lo más severo que es la muerte. 

Pero, ¿por qué el mundo se rinde ante sus films? Una de las claves es, sin lugar a dudas, la construcción de sus personajes. Aunque poco empáticos, nos resultan familiares y conocidos. Despiertan esa admiración culposa por quienes se salen con la suya infringiendo lo establecido. Otro punto a resaltar, como ya se mencionó, es el manejo de la narrativa, que siempre resulta inquietante, de constantes giros e imprevistos. 

Bong Joon-ho protesta contra el capitalismo existente y la separación que experimentan las clases sociales en un mundo que aún no les permite confluir por más que eso sea lo que se pregona. La totalidad de su obra deja ver ese gusto por ubicar al espectador dentro de su propia mirada, en donde siempre termina perdiéndose. En Memorias de un asesino, la mirada curiosa de un niño abre la película y se cierra con la mirada del detective confrontando su realidad y al verdadero asesino, para terminar trascendiendo toda ficción.

El director coreano tiene la audiencia lista para presentar alguna otra historia que aunque carente de optimismo, lleve al público a la risa y la sorpresa sin que ninguna sea fácil ni ligera.

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Coyuntura

Las condiciones de salud y las epidemias en la historia peruana

Por Carlos Carcelén Reluz

Antes de la llegada de los españoles a nuestras costas, sus enfermedades ya estaban matando a miles de súbditos del Imperio Inca. El mismo inca Huayna Capac fue una de las innumerables víctimas de la mortal viruela, enfermedad viral, como muchas otras llegadas de Europa, a la que los pobladores andinos de esos años no tenían ninguna defensa. Esta epidemia provocó la crisis política del Imperio Inca que desencadenó la guerra civil entre sus hijos, lo que facilitó la derrota de sus ejércitos.

Ya desde fines del siglo pasado los historiadores consideramos que la historia de la Conquista española es también la historia de la despoblación de América como producto de sucesivas epidemias que azotaron por oleadas todos sus territorios. La viruela, el sarampión, la influenza y otras más fueron la causa principal del colapso demográfico con un cálculo de un 90% de muertes desde la llegada de Colón hasta en las últimas décadas del siglo XVI.

Durante la época colonial, las sucesivas epidemias, además de provocar el despoblamiento de diversas zonas del país, permitieron el reordenamiento del territorio en beneficio de los conquistadores y sus herederos creando haciendas o latifundios que explotaban el territorio y la mano de obra indígena. Los españoles lo tenían claro: sin mano de obra indígena era imposible mantener su dominio en el Perú. 

Por ello, las autoridades coloniales hicieron todo lo posible para la protección de la población indígena porque su mano de obra era la base de su riqueza reflejada en la explotación de minas, haciendas, obrajes y construcción de infraestructura civil o religiosa. Sin embargo, nunca hicieron nada en lo referente al cuidado de su salud o prevención de desastres. La poca infraestructura hospitalaria fue dedicada a la atención de la población urbana, especialmente las élites blancas. Y en cuanto a prevención de desastres las autoridades españolas tampoco construyeron una infraestructura que se asemejara a los sistemas de preparación, previsión y almacenamiento de las culturas prehispánicas que nos dejaron los restos arqueológicos de sus tambos y colcas.

Ante este desamparo real la población indígena mantuvo sus usos y costumbres en lo referente a la salud pero, ante las enfermedades importadas, poco o nada podían hacer las hierbas medicinales, los rituales de sanación o los famosos takis. Por esta razón, en la colonia, los desastres socioambientales provocaron diversas oleadas de epidemias, teniendo como las más importantes en el espacio del Virreinato del Perú, las sucedidas en la primera mitad del siglo XVIII. El pico de la mortandad se alcanzó entre los años de 1719 a 1722, con enfermedades como el cólera y el tifus que avanzaron desde el Altiplano hasta Lima. Estas provocaron la muerte de unas 20 mil personas en la zona del Cuzco y unas 70 mil en el ámbito del Arzobispado de Lima, que incluía los actuales departamentos de Lima, Áncash, Ica, Junín, Pasco, Huancavelica y Huánuco.

A fines del siglo XVIII, el incremento de la temperatura provocado por el Mega Niño de 1791 demostraron la desastrosa situación de los sistemas sanitarios en las ciudades peruanas. En el caso de Lima, los sabios ilustrados como Hipólito Unanue exigieron medidas urgentes ante la contaminación provocada por el mal manejo de los desagües y residuos sólidos que consideraban como el origen de las diversas enfermedades propias de los efectos de las altas temperaturas, constantes inundaciones, desbordes de acequias y canales.

Esta situación no cambió en la época republicana. Las condiciones de salud siguieron siendo las mismas y los desastres naturales azotaron a la población en ciudades caracterizadas por el hacinamiento y el mal manejo de los desagües y residuos sólidos. En 1868, Lima y el Callao fueron azotados por una epidemia de fiebre amarilla asociada a un incremento de la temperatura y humedad propias de un Niño fuerte. No obstante, esta epidemia se caracterizó por la terrible costumbre de culpar a los extranjeros de nuestros males: las víctimas no solo fueron los enfermos, sino también los inmigrantes chinos, quienes fueron culpados de traer la enfermedad, razón por la cual se les aplicaron diversas medidas de aislamiento cercanas a la xenofobia.

Fuente: Utopística, 2015

Otro caso que merece ser resaltado es el de la epidemia de cólera en 1991, que se expandió desde Chimbote a la costa del país en una coyuntura histórica caracterizada por lo que se denomina catástrofes convergentes, es decir, crisis económica, colapso de los sistemas de salud y salubridad, escasez de productos alimenticios, desempleo generalizado, terrorismo, un Niño fuerte y, en general, la crisis del Estado peruano. Fue este panorama el que sirvió de justificación para las reformas neoliberales y dictatoriales del fujimorato.

En este año, las condiciones se mantienen, no se han modificado en nada. El sistema de salud continúa colapsado, al igual que los pésimos sistemas de desagües y manejo de residuos sólidos, la ausencia de educación ambiental y políticas sanitarias, y una enorme ignorancia por parte de las autoridades y la ciudadanía. Pero las circunstancias no son, ni remotamente, las mismas. Desde enero se expande una nueva pandemia que ya lleva varios miles de muertos en países que cuentan con sistemas de salud modernos como China, Italia o España, y que, al compararse con el nuestro, parecen de otro mundo. Frente a esta amenaza, el actual gobierno ha tomado medidas de emergencia para frenar el contagio del Covid-19, las cuales, a pesar de los argumentos oficiales, constituyen un reconocimiento, por parte de este, de la debilidad y precariedad de su sistema de salud y, en especial, de su propia incapacidad para reorganizarlo y hacer frente a la pandemia. Temeroso de que esta se salga de control y que termine por colapsar su servicio, ha elegido el aislamiento social como forma de reducir los niveles de contagio.

En términos históricos las condiciones de salud en la actualidad siguen siendo deficitarias y elitistas, y no cumplen con las condiciones básicas para enfrentar cualquier tipo de desastres socioambientales que, además de destruir la infraestructura, acaban con la vida de muchos peruanos. Pero no solo es el sistema de salud, es la misma estructura del Estado en todos sus niveles la que no planifica políticas de previsión a mediano y largo plazo ante cualquier situación de emergencia, lo que demuestra que, desde la época colonial, las autoridades siguen aplicando lo que se denomina medidas de enfrentamiento de situaciones.