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Reseña: ¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú (2023) de Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

La ciudad letrada leyendo su exterioridad

Por Cesar Augusto López

La lógica de las grandes ciudades es crear su negatividad, su sombra. Esto significa la “creación” de lo que no se puede pensar o decir e, incluso, aceptar. Sin embargo, esta especie de imposibilidad no es del todo cierta, ya que, por ejemplo, fuera de la metrópoli hay pensamiento, hay arte o, en términos generales existen estéticas. El asunto de fondo es que no se condiga con los rígidos parámetros de la ley escrita como suma orden de verdad. Lo que acabamos de indicar como anticipo a nuestra reseña acaece sobre la buena voluntad, qué duda puede caber, del libro ¡Lloverá! ¡Lloverá!, a cargo de Antonio Chumbile y Rodrigo Vera como compiladores y prologuistas. En otros términos, procuraremos ser fieles a la propuesta y a las paradojas que se originan en mencionado libro.

El texto cuenta con un prólogo, y cincuenta y un poemas, según lo indicado por el título, agrícolas del Perú. Bajo este criterio inmediato, es ineludible pensar o esperar encontrarse con textos que apelen a la cercanía al agro, a esa práctica que alimenta la ciudad y que implicaría una sensibilidad no citadina. Sin embargo, no tenemos poemas anónimos recopilados de la faena agraria o incluso cantos que se relacionan con ella. Todos los textos pertenecen a la ciudad letrada, una que siempre ha dictaminado, hasta sin interesarse en la vida de las personas encargadas de la siembra y cosecha, sobre las verdades que deben atenderse de su mundo. Bajo este criterio, sería difícil asumir el subtítulo de la publicación, ya que sería más preciso indicar “sobre lo agrícola” o “visiones de lo agrícola” o “la letra dice de la tierra”. Desde este punto de vista, nuestra observación recaerá en la dinámica de la letra y la proposición de quienes se encargaron de su factura. Dicho sea de paso, quien escribe es un letrado y formado en la universidad, en un espacio propio de la dinámica colonial y, por esa razón, puede detenerse en la lectura paciente en busca de reconocer los mecanismos que la conforman.

En primer lugar, ciñéndonos al prólogo, el primer criterio se corresponde a la escritura como base de la recolección poética. Esto quiere decir que la oralidad o lo iletrado no tienen cabida en sus páginas. ¿Es posible prometer realmente lo agrícola en un texto que no contempla el discurso de quien vive y se desenvuelve íntimamente con la tierra? Parafraseando un texto canónico, sobre el asunto, la pregunta sería ¿puede hablar el campesino? A todas luces, la respuesta es no, aunque mencionamos, líneas arriba, que aquello no es tan cierto. Es difícil que no haya, pues, recopilaciones sobre composiciones ligadas directamente a la agricultura y que no puedan ser ofrecidos con el valor estético que se merecen. Pero podemos estar equivocados. En todo caso, la coherencia de la selección se preserva en el imperio de la letra, la cual puede ser cuestionada si se hubiese considerado empezar por un cuestionamiento de su poder, desde su propio y, muchas veces, intransigente territorio.

Pensamos que el asunto de fondo se remite a la perspectiva o al intento de descentrar la misma. Esto nos conduce, por ejemplo, a que se considera, en el prólogo del libro, que la visión de Guaman Poma, en El primer nueva corónica y buen gobierno,es holística (p. 9, 19). Término un poco dudoso que casi afirmaría la validez de todo sobre la página.  Sin embargo, el intento del cronista, exitoso o no, fue invertir la lógica administrativa hispana por andar desubicada en su rol administrativo, ya que no comprendía las dinámicas de estas tierras. Así, Guaman Poma no pretendía mezclar elementos dispares para confundir al lector, sino instruirlo en la diferencia administrativa y política. La heterogeneidad de su texto no era producto de su holismo, sino de su postura subversiva. En ese sentido, ¡Lloverá! ¡Lloverá! podría caracterizarse por su poca carga crítica, debido a que no permitiría saber qué dicen, qué cantan, qué hablan, qué piensan los campesinos y deja nuestro conocimiento al qué dicen nuestros letrados sobre el asunto de la vida externa a la ciudad. Por este motivo, podemos encontrar en varios poemas, el tono de denuncia del indigenista sobre el dolor de las vidas próximas a la siembra, cuidado y cosecha, pero jamás los oímos, ni por susurro, a ellos. Insistimos, ¿en verdad no poseen palabra? Si pensamos en la imaginación o “reimaginación” de los “modos de producción e intercambio” (p. 10), entonces sería interesante aproximarnos a la mirada, vívida, sin falta, de las comunidades que se relacionan de manera próxima con la verdad vegetal.

Quizá otro subtítulo para el texto hubiera sido “sobre la vida del campesino”, tal como se indica en la página diez del prólogo citado. Quizá hubiera sido más preciso, porque, de esta forma, no se renunciaría a la figura humana como el centro de la actividad agrícola (p. 19). Y es que también está en juego el diálogo sincero, horizontal o de amplio espectro estético y de saberes que presentaría una mirada agrícola. La ciudad, la letra y la episteme occidental vencen en el libro, desde su concepción. Esto no quiere decir que falten poemas retadores sobre ello, pero no en cuantía. En breve pasaremos a ese aspecto. No se crea que nuestra reseña tiene algún interés moralista; por el contrario, su razón es crítica, también para la reflexión de quien la escribe. Detengámonos en una prueba en la que se hace referencia a los indigenistas y su perfil ilustrado, puesto que ellos operan como “traductores culturales de sujetos en su mayoría iletrados, y por tanto excluidos de la posibilidad de poetizar por escrito su propia historia (p. 11). ¿Es necesario repetir la historia del silencio? ¿El libro no estaría volviendo, sin querer, a la lógica colonial? La poetización y la historia de la que se habla está condenada por no poder ser escrita. Retorno a una pregunta mencionada de otra forma: ¿No existe material transcrito de la misma experiencia agrícola? ¿No se podría contrastar esos dos modos en un texto o simplemente abandonar a los letrados y recurrir a compilaciones que no cuentan con nombres o apellidos de nuestra tradición literaria? Con esto ni, mucho menos, se crea que la desdeñamos.

En resumidas cuentas, consideramos que ¡Lloverá! ¡Lloverá! pertenece a la ciudad letrada, a sus prerrogativas y limitaciones; sobre todo a estas últimas. Las implicancias de nuestra afirmación tienen que ver con que no cumpliría con su promesa de ser discurso agrícola del Perú, sino aproximación poco polémica en torno a este asunto vital de nuestro país. Es probable que a los compiladores no les haya interesado los aspectos mencionados por quien reseña, pero es posible, también, que se haya perdido una oportunidad importante en la que el descentramiento del citadino o de lo antropocéntrico haya sido expuesto desde un espacio relevante como la Casa de la Literatura, a modo de lente de aumento para expresiones poco visibilizadas o consideradas de “carácter inferior” para la “alta cultura”.

Pasando a los poemas, es importante anotar que el campo de lo agrícola también es bastante laxo en alguno de ellos. Incluso en los textos que abren el conjunto, la óptica tiene que ver con el hambre o la duda alimenticia (p. 29) y el incumplimiento de la ley, mas no con el tema fundamental del libro, a pesar de la palabra clave aparezca en el título de la composición perteneciente a Carlos Germán Belli (p. 30). De esta forma, la tónica de los poemas será la constante del hambre, la imprecación y el problema de la tierra como hostil. Estos tópicos son clásicos del indigenismo en su marcada línea ontológica de naturaleza versus cultura. ¿No hay alegrías en esta relación? ¿Acaso condenados siempre viven los hombres del ande? ¿No sería bueno constar un prejuicio en este tipo de tópico literario cercano, además, al modernismo? Tal parece que no existiera más que una visión pesimista, cuantitativamente hablando, en el conjunto. Esto no depende de los compiladores, sino también de la materia ofrecida por el letrado, quien, al parecer, no capta, no siente, las dimensiones mayores del pensamiento campesino o indígena. Salvedades tenemos como el último poema, el clásico arguediano “Llamado a algunos doctores” (126-133) que, antes que agrícola, es un cuestionamiento de la configuración del sentir occidental que podría ser aplicado a muchos doctos. En esa misma línea, un poema que consideramos paradigmático en el cuestionamiento de la ignorancia y atrevimiento del letrado es “Trocha entre cañaverales” de José Watanabe, con el cual coincidimos plenamente.

Hay mucho qué discutir en torno a cómo nuestros parámetros de interpretación condicionan nuestras lecturas y acciones. De este modo, la invitación a la lectura de ¡Lloverá! ¡Lloverá! gira en torno a que el lector pueda descubrir cómo la capital, Lima, el centro de poder, entiende todo un conjunto de prácticas que excede sus capacidades de comprensión. En ese sentido, dentro de su lógica, el centro de poder domesticaría, insistimos que, sin querer, el valor revolucionario de perspectivas que se asientan en otra estética, una que iría más allá del solo reclamo (validísimo, por supuesto), de la exacerbación del malestar y de la imposibilidad de lo andino o selvático frente a la modernidad, como si esta no dependiera de la producción de quienes conocen la tierra en intimidad.

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

En este punto, consideramos que doce poemas cumplen con su cometido, cabalmente, mientras que los demás son aledaños o preservan una prédica que podría lindar con una mirada ajena, urbana, de mistis o wirakochas, por decirlo de alguna forma. No obstante, eso sería caer en algún tipo de esencialismo y el punto es valorar que existe una mirada “no letrada” a la espera de ser valorada en su dimensión estética, así no sintonice con las formas metropolitanas. Ese es el riesgo que se podría asumir en oportunidades librescas, como la reseñada, en franca apertura sobre la peruanidad como hecho actual enlazado a prácticas milenarias y no solo a su embellecimiento bucólico, sometido al llanto o a la revolución venida de Occidente. Creemos que el abanico es más amplio, pero a los especialistas habría que consultar sobre esos materiales que destacarían por presentar un mundo diverso del repetido abuso con el fin de enriquecer la lectura de un país en el que no siempre la tristeza triunfa, sino que hay siempre un más acá de lo peruano. Al lector del libro, le queda el juicio de nuestra reseña y podrá discutir, acompañar o matizar el efecto de lectura que causó en nosotros y que hemos querido compartir.  

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Datos del libro reseñado:

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú

Casa de la Literatura Peruana, 2023, 133 pp.

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Desde los extramuros

Bosque de arces

Por cronista marciano

El reciente libro de Jorge Casilla, Bosque de arces (Maquinaciones, 2023), llama la atención por encarnar una de las modalidades narrativas que viene circulando en nuestro mal distribuido patio letrado: aquel que ambienta sus historias en espacios foráneos o en lugares no identificables con la realidad inmediata, una manera de escribir que en el nuevo milenio tuvo en Las islas de Yushimito su primer hito. Pienso en los posibles motivos de esta elección artística que también reconozco en otros escritores y se me ocurre que la respuesta tal vez aparezca al final de esta reseña.

Los relatos que componen Bosque de arces tienen como escenario el Japón, un Japón más o menos actual (aunque esto poco importa, pues el libro no se interesa por el espacio social de ese lejano país, sino por representar el mundo íntimo de las parejas, de cierto tipo de parejas, en los que notamos los síntomas del desequilibrio emocional) que sirve de fondo perfecto para el tipo de historias que su autor representa y que, definitivamente, no podrían estar ambientadas en Lima, ciudad que no cuenta con un bosque de arces que tiña con la nota sentimental requerida para estos relatos.

Al leer Bosque de arces uno se percata de eso que podemos llamar «vocación para contar». Y digo esto porque el libro es entretenido y se siente el gusto de su autor por hilar historias. Es –y este es el mejor símil que puedo encontrar– como mirar a un profesor dictar con ganas su clase. A mi impresión, entre los relatos del libro, los más destacados son los de tono  humorístico. Y la razón es porque  el humor es una buena elección formal para retratar objetivamente un mundo donde los personajes presentan conflictos afectivos o viven situaciones límite (intentos de suicidio, depresión, obsesividad, conductas autodestructivas, etc.). También debo reconocer que este escritor sabe trasmutar con mucha naturalidad escenas realistas a situaciones fantásticas. Buen ejemplo de lo que digo es el cuento “La gatita Sashimi”. El juicio me aconseja no resumir la línea argumental de este relato. Me conformaré con decir que me gustó ver cómo la crisis del protagonista se resuelve imprevistamente con una relación amorosa inverosímil y cómica, en la cual el asesinato cobra tintes grotescos, justicieros y risibles. Otro relato simpático es “Nubes rojas y naranjas”, aquí asistimos a la espera angustiada de un hombre, cuyo desenlace desemboca en la desestigmatización de una enfermedad.  

También cabe resaltar la primera historia del libro, aunque de estilo realista. Jorge Casilla aquí se vale eficientemente de un recurso muy poco visitado por nuestros narradores actuales: el silencio. Este aparece en los momentos exactos de la trama y los dota de esa pausa necesaria, acallando lo que no debe ser dicho y que solo debe entreverse borrosamente en la mente del lector. Destacables también son los relatos finales del libro (“Primer diario de Sakura”, “Arte de besar manzanas” y “Sakura en primavera”), con protagonistas más acordes al tono sentimental que desea imprimir el autor, esto es, con adolescentes que van descubriendo su identidad y su sexualidad, que padecen el problema de no saber expresar sus sentimientos o de aceptarlos en la manera en que estos se presentan. El único reparo que puede hacerse es que alguna vez el punto de vista del narrador se cruza con el de los adolescentes en lugar de mantener la objetividad. Finalmente, el libro acaba con unos haikús alusivos a la atmósfera emotiva de los relatos.

Jorge Casilla: Foto de Vanessa Zamudio

Jorge Casilla escribe con oficio. A pesar de recurrir siempre a la misma gama de personajes, sabe darle variedad a las situaciones, con lo cual evita la repetición y la monotonía; sus cuentos son una buena muestra de todos los matices que puede tomar un color –digamos el azul– para componer un cuadro sin caer en lo uniformidad cromática. Creo que en un futuro próximo “La gatita Sashimi” será tomado en cuenta en las antologías de cuentistas peruanos actuales. Creo además que ese cuento es una veta interesante para seguir explorando esa modalidad narrativa consistente en recrear el mundo íntimo y sentimental de personajes que viven amores conflictivos o marcados por la fatalidad.  

Lima, 25 de octubre del 2023

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Reseña: Los placeres del silencio (2023) de Francois Villanueva Paravicino

Un comentario sobre Los placeres del silencio de Francois Villanueva

Por Cristhian Briceño

En el año 82 Lauer declara lo siguiente durante un conversatorio sobre narración y poesía en el Perú, publicado luego por la editorial Hueso Húmero:

Es interesante el que la sensibilidad modernista se siga manteniendo vigente, y yo me atrevo a decir que todavía hoy es la sensibilidad más difundida en el campo de la poesía.

Cierto. En el imaginario nacional la poesía suele empezar y acabar con «Blasón» o «Los heraldos negros»; más allá se encuentran Eguren, Adán, Moro, la generación del 50; todavía más alejados Cisneros, et al. No puedo imaginar una actuación escolar donde se recite algún poema de Las ínsulas extrañas o de Consejero del lobo; en los años 90, por lo menos, lo usual era declamar con afectación «¡Quién sabe!» de Chocano. Al día de hoy esto podría haber cambiado, no lo sé. Dicho esto, paso a hablar de Los placeres del silencio de Francois Villanueva.

Para continuar leyendo la reseña, puede dar click AQUÍ.

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Reseña: Perro con poeta en la taberna (2023) de Antonio Gálvez Ronceros

La sabiduría cánida, la plenitud del artista

Por Cesar Augusto López

El último texto de Antonio Gálvez Ronceros no podía ir más lejos de su sumo cuidado con la palabra. Nos referimos a la extensión de la novela, una nouvelle, en la que se comprime cuidadosamente el universo del movimiento literario peruano con todo el humor posible e infalible. Esto sin duda no es fácil, ya que es la muestra de un logro alto en la literatura peruana, porque recorre parte de su tiempo de manera burlesca desde la mirada de un perro sabio, un cínico en su acepción clásica y filosófica en una reunión con el arte de las palabras y el cuestionamiento de la banalidad humana afincada en el terreno de ciertas vidas artísticas.

En tanto objeto, la edición es pulcra y bien cuidada. Sumado a ello, la novela es acompañada por una entrevista al autor, realizada por Jorge Eslava. De esta, vale la pena detenerse en una pregunta en la que se pide opinión sobre el premio Nobel de Vargas Llosa a lo que el creador de Monólogo desde las tinieblas responde con lisura: “Se lo tiene bien merecido porque él se lo buscó” (p. 136). Esta, sin duda, es la actitud del libro que recomendamos en esta ocasión. No solo porque nos parece un texto logrado, sino porque subvierte un mundo al que el mismo Gálvez Ronceros perteneció y que se podría resumir la actitud de muchos aquellos que se mueven en él y que el narrador, un perro, quiere dejar en claro. Al parecer el universo de la praxis poiética peruana está estrellado de cojudos y ahuevados. Estos últimos adjetivos no se desprenden de nuestro vocabulario (aunque pudieran en concordancia cínica), pero dejamos al lector encontrarlos, bien colocados, en las líneas de la novela.

El párrafo anterior fue una digresión y quisiéramos realizar una más. El primer libro de Gálvez Ronceros, Los ermitaños, fue publicado en 1962 en una edición casi artesanal, mientras que en ese mismo año Vargas Llosa ganaba un premio en España que inauguraría el denominado Boom de la literatura latinoamericana. No mencionamos este contraste de forma anodina, sino que la consideramos fundamental en nuestras últimas letras nacionales, porque darle lugar a Perro con poeta en la taberna es reconocer otra literatura peruana, sobre todo una que no tiene problemas en reírse, en levantarse todo desde la libertad artística, desde la visión artesanal de la palabra y no de su construcción elefantiásica, y respetable, por supuesto. Si bien existe, entonces, una macroliteratura peruana, existe, por otro lado, una microliteratura. Ambas tienen sus formas precisas de explorar la palabra y la segunda debería respetarse en su exacta dimensión e intereses.   

Entrando en materia, en el caso preciso de la novela que reseñamos, el texto que tendrá el lector en sus manos transcurre en la provincia peruana con un poeta extraviado, un poeta limeño que cree ser radicalmente importante, pero que no encuentra nada a la altura de su “fama”. En realidad, no encuentra nada, salvo un perro que le explicará, en un discurso fluido (el pulimento de la prosa de Gálvez Ronceros es digno de una obra de madurez), sus memorias sobre los tejes y manejes de la intelectualidad capitalina sin guardarse nada. La suma de anécdotas y la ridiculez de las mismas es digna de una mirada que se coloca en el punto más externo de lo humano. No es casualidad que se haya recurrido a un animal para dislocar, todo lo posible, cualquier tipo de verdad institucional. La narración se ocupa del reverso de todo, de lo microscópico y, por ende, aquello que podría avergonzar a la fachada de ciertos artistas peruanos, entre los que aparece, también, un filósofo para no dejar de lado sus posibles defectos en torno a la debilidad por la fama.

Lo indicado es solo una pincelada de lo que plantea la novela, ya que la conformación inicial de la misma procura generar el efecto de aturdimiento, porque solo en una especie de delirio, en este caso causado por el alcohol, es posible establecer un diálogo con un perro. Más aún, es posible dejarse aleccionar por la sabiduría de uno. De este modo, Gálvez Ronceros no solo encontró la fórmula de la burla, sino que, al mismo tiempo, se inserta en la tradición cínica más clásica, con su desentendimiento radical por los premios terrenales, y la constante de los perros en la literatura. No podemos olvidar acaso El coloquio de los perros de Cervantes o la presencia de Thumos, en El pez de oro de Gamaliel Churata. La lista de la textualidad cánida sería extensa, pero lo que queremos apunta es que la decisión del escritor no es inocente, sino que responde a una localización profunda en la tradición y contra ella misma. Por eso no se vaya a creer que solo se tiene un texto de prosa bien cuidada y diseñada para la risa crítica, sino que nos encontramos frente a un texto de técnica depurada de mezcla de mundos al estilo cervantino.

Y en medio de la filosofía y la literatura y lo animal como medio corrosivo de la ínfula humana, se puede reconocer una poética hacia el final de la novela; una que no contaremos, evidentemente, pero que se remite al fundamento de la reflexión sobre el trabajo dedicado a la palabra. En ese sentido, la única relación válida con la literatura es aquella que se concentra en sus potencias, en sus capacidades, en su exploración sincera, más allá de los premios y aplausos que esta pueda acarrear. Consideramos que Gálvez Ronceros tenía muy en claro esto por su fino trabajo artesanal que se puede reconocer en su producción y que se cierra con este trabajo de orfebrería que se libera de muchos clichés sobre el escritor y busca hacer el mundo arder, pero a fuego lento, quizá lentísimo. Esto se debe a que, probablemente, tome tiempo que se reconozca la ambición y desenfado de su autor al escribirla. Sin embargo, ya existe una edición española y esas son buenas noticias.

Desde nuestro punto de vista, el sitial de Gálvez Ronceros en la literatura peruana está más que asegurado y el texto que reseñamos lo corrobora por la sabiduría vertida en ella y en pocas páginas; hecho que no es de fácil factura. Entre la diversidad de cualidades del texto que se podrían aumentar, solo nos resta mencionar que es un testamento de su autor con una sonrisa instalada en la diferencia como muestra de que a partir de ella se pueden construir otros cosmos más allá del imperante realismo. ¿La mirada animal puede cuestionar ciertas formas de hacer arte? Consideramos, junto al autor de La casa apartada, positivamente esta pregunta y ese quizá sea uno de los aciertos fundamentales de la novela y de la que se desprenden todas sus otras cualidades. En pocas palabras, leer Perro con poeta en la taberna es un estación importante en la literatura peruana, ya que analiza algo de la crisis ética y estética de nuestra tradición.

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Datos del libro reseñado:

Antonio Gálvez Ronceros

Perro con poeta en la taberna

J. M. Marthans, 2023, 139 pp.

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Reseña: Fortuna (2023) de Hernán Díaz

La mejor novela del 2023

Por Omar Guerrero

Fortuna (Anagrama, 2023) del escritor argentino Hernán Díaz (Buenos Aires, 1973) fue finalista del Booker Prize 2022 y ganadora del Premio Pulitzer a Obras Literarias de Ficción del 2023 por la edición original de esta novela titulada Trust (Riverhead, 2022); considerada, además, por importantes medios como The New York Times, Washington Post y Times como una de las mejores novelas en inglés del 2022. Cabe aclarar que Hernán Díaz, a pesar de ser argentino y hablar como cualquier porteño, pues así lo demostró en su corta visita en la Feria Internacional del Libro de Lima en el mes de julio, pasó su infancia en Suecia, su juventud en Londres y desde hace veinticinco años reside en Brooklyn, New York, donde se desempeña como profesor de la Universidad de Columbia, razones suficientes para decidir escribir primero en inglés, sobre todo al tener como principal antecedente a autores de la literatura en este idioma como Dickens, Melville, James o Scott Fitzgerald. Lo mismo pasó con su primera novela A lo lejos (Impedimenta, 2020) traducida por el escritor español Jon Bilbao y que también terminó valiéndole varias nominaciones a premios importantes como el PEN/Faulkner. Lo cierto es que esta nominación y este importante premio para su segunda novela Trust anunciaban por anticipado su éxito como una de las mejores novelas traducidas al español en el 2023. Y no sólo eso. También ya se confirmó su producción como miniserie para la cadena HBO donde se incluye la participación de Kate Winslet como actriz y productora.

La novela está dividida en cuatro partes que cuentan una misma historia a modo de rompecabezas literario con distintas versiones y narradores, por lo que se le considera una novela polifónica y, a la vez, experimental. Lo más interesante es que sus personajes varían de nombres y posturas. Aun así, no dejan de estar relacionados con el dinero y el poder en los Estados Unidos durante los años veinte del siglo pasado, incluida la crisis económica de 1929. Aunque lo que más sobresale en cada una de estas partes es la fuerte presencia femenina en un mundo que estuvo marcado por lo masculino o lo patriarcal, sobre todo por tratar temas financieros y económicos. Otro de los elementos que también sobresale es el capitalismo considerado como un sistema o un orden inagotable a pesar de sus reiteradas crisis. Un hecho adicional que se encuentra en la lectura es la detallada documentación que se usa para respaldar la ficción en cada una de estas partes.   

La primera parte lleva por título «Obligaciones. Una novela por Harold Vanner» que está compuesta por cuatro capítulos y cuyos personajes principales son el magnate Benjamin Rask y su esposa Helen Breevort. En esta parte se cuenta, en formato novela, las vidas de esta pareja de esposos que marcó el mundo financiero de los años veinte en Estados Unidos. Por ejemplo, así se describe el tesón de uno de ellos: «La disciplina, la creatividad y una regularidad digna de una máquina eran factores esenciales en el nuevo nivel de éxito de Rask» (p. 76, según versión digital). Aquí el tema de la crisis financiera de 1929 también se presenta como un hecho importante: «El miércoles 23 de octubre, una avalancha descomunal de órdenes de venta inundó el recinto de la bolsa. Nadie sabía de dónde venía aquel alud, pero al cerrar Wall Street, solo dos horas más tarde, el mercado había caído más de veinte puntos» (p. 85, según versión digital). Otro de los temas importantes en esta primera parte es la salud de Helen Breevort cuyo problema afecta, en parte, a su esposo Benjamín Rask: «Mientras Benjamín salía a toda prisa, el chofer lo puso sobre aviso de que las ampollas que su mujer tenía en la cara eran feas, muy feas» (p. 121, según versión digital). Por supuesto que esta historia, tal como la anuncia desde su título, es una ficción. Sin embargo, su fuente proviene de una supuesta historia real, según el juego ficticio propuesto por el autor. Por eso en la segunda parte de la novela se conocerá la historia de los Bevel, una pareja de esposos cuyas vidas se parecen mucho a los personajes de la novela de este autor ficticio llamado Harold Vanner.

La segunda parte se llama «Mi vida por Andrew Bevel» quien decide contar su historia a partir de su descontento con el éxito de una novela cuyos personajes se parecen mucho a las vidas que han tenido él y su esposa Mildred, quien, por coincidencia, también tiene serios problemas de salud. Esta especie de autobiografía extendida, o memorias, está compuesta por un prefacio y siete capítulos titulados de la siguiente manera: I. Antepasados. II. Educación. III. Negocios. IV. Midred. V. La prosperidad y sus enemigos. VI. Restaura nuestros valores. VII. Legado. Cada uno de ellos está compuesto por subcapítulos con distintos títulos que corresponden a sus seres queridos hasta lo que ellos han formado como empresarios y también como familia. Así lo demuestra este fragmento: «Los Bevel hemos sobrevivido a numerosas crisis, pánicos y recesiones: las de 1807, 1837, 1873, 1884, 1893, 1907, 1920 y 1929. Y no sólo las hemos sobrevivido, sino que hemos emergido de ellas más fuertes, teniendo siempre en mente el interés de nuestra nación» (p. 185, según versión digital). En esta autobiografía, el narrador también incluye ciertas deducciones en torno al dinero. Aquí un ejemplo: «La relación del dinero con el individuo es completamente accidental» (p. 231, según versión digital). También se revelan otros intereses fuera del dinero: «El resto del texto fue una combinación de mis deseos más sinceros (viajar y escribir)» (p. 236, según versión digital). Por supuesto que este narrador se otorga el permiso para criticar la novela contada en la primera parte del libro y cuyos personajes, como ya se ha dicho, se asemejan demasiado a la vida de los Bevel. Parte de esta “crítica” termina explicando su metadiégesis y su éxito editorial: «Pero pocas novelas como Obligaciones se centran en el proceso en sí de la acumulación de capital» (p. 262, según versión digital). «The New Yorker dijo que la novela era un simple succés de scandale que había obtenido notoriedad por ser una roman à clef» (p. 263, según versión digital). «Helen, la mujer de Benjamin Rask, constituía para mí el centro absoluto del libro» (p. 264, según versión digital). «¿Por qué necesitaba Vanner destruir a Helen?… Y por encima de todo, ¿por qué representarla como loca? Estaba claro que se había tomado toda clase de libertades con la historia» (p. 264, según versión digital). «Por supuesto, no hay ni un solo ejemplar de Obligaciones de Harold Vanner» (p. 267, según versión digital). «Me vinieron a la cabeza los productos relacionados con El gran Gatsby que se vendían en la tienda de regalos de abajo» (p. 268, según versión digital). «Sería un error formular cualquiera de las innumerables preguntas que tenía sobre la relación entre la novela de Vanner y la vida real de Bevel» (p. 272, según versión digital). Uno de los hechos más importantes en el final de esta segunda parte es la presencia de un personaje femenino cuya labor será trascendental, sobre todo por su protagonismo en la tercera parte de la novela. Así es cómo este personaje femenino hace su aparición: «-¿Cree que me podría hablar con algunas de sus amistades o con unos cuantos de aquellos músicos? Me ayudaría a tener una visión más amplia-. Señorita Partenza, si estoy escribiendo este libro es para detener la proliferación de versiones de mi vida» (p. 295, según versión digital).

Este personaje femenino es Ida Partenza, secretaria personal de Andrew Bevel, cuya labor en esta historia que ya ha sido contada será de gran importancia. En esta tercera parte titulada «Recuerdos de unas memorias» se compone por cuatro capítulos, cada uno con subcapítulos numerados que darán una nueva versión de lo ya contado, pero no por eso será repetitivo, además de ser un efecto tras bambalinas. Se suma los antecedentes políticos del padre de Ida Partenza como una contraparte del tan mencionado capitalismo proliferado en cada versión. Otro hecho importante es la presencia de un personaje enigmático cuya participación marcará un giro en los propósitos de los personajes anteriores: «Seré breve. Esto es lo que sé. Sé que eres la secretaria de Andrew Bevel. Sé que vas a su casa varias veces por semana, siempre por la tarde… Sé que Bevel te cuenta su vida. Y sé que tomas notas. -Hizo una pausa para ver el efecto de sus palabras en mí; lo miré con expresión neutra-. Eso es lo que sé» (p. 323, según versión digital).

Por último, en la cuarta parte del libro, se aborda el diario personal de Mildred Bevel que lleva por título «Futuros». Aquí la fragmentación prolifera a través de ideas, experiencias y pensamientos. Aquí dos ejemplos: «Leyendo «Flush». Estupenda, aunque la perspectiva del perro es inconsciente, lo cual me distrae» (p. 407, según versión digital). «Todo diarista es un monstruo: la mano que escribe y el ojo que lee proceden de cuerpos distintos» (p. 413, según versión digital).

Cada una de estas partes descritas y citadas son el corpus o la estructura de la que ya es considerada la mejor novela del 2023, no sólo por abordar el tema del dinero, tan escaso en la tradición literaria anglosajona, y más aún en la latinoamericana, sino porque utiliza la creación literaria, a modo de metadiégesis, como una herramienta que sirve para construir un verdadero artefacto literario digno de toda admiración.

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Datos del libro reseñado:

Hernán Díaz

Fortuna

Anagrama, 2023

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Reseña: Sueños de trenes (2015) de Denis Johnson

El tiempo va

Por Sebastián Uribe

Esta novela inicia con un arrebato violento: el protagonista –sin motivación aparente– se une a un grupo que quiere lanzar a un hombre por un precipicio. Este recuerdo será evocado, de tanto en tanto, a lo largo de la narración. ¿Qué hubo detrás de ese impulso? ¿Fue solo un intento de salir del marasmo? Aún sin eclipsar la historia, notamos la evocación obsesiva y punzante, uno de los mayores logros de Johnson, quien consigue atenuar la tragedia y la culpa con la posibilidad de continuar viviendo, aun cuando fuerzas de la naturaleza le arrebatan el presente y el futuro a su protagonista. Un tren que sigue en marcha sin reparar en las vicisitudes del camino, impulsado por una fuerza que lo sobrepasa.

Que no se confunda lo anterior con una retórica motivacional. Sueños de trenes da cuenta de la vida de un hombre, una empresa tan ardua como erigir una red ferroviaria que una a todo un país. Porque el retrato de Grainier es el de un hombre atravesado por la Historia, por las ansias de un progreso colmado de explotación y violencia. Uno que arrasa y aniquila, sin límite aparente:

La experiencia que había tenido Grainier con el Atajo de Dieciocho Kilómetros le dio ansias de participar en otras empresas enormes, donde multitudes de hombres eliminaran porciones enteras de un tamaño nunca visto, armando gigantescos puentes de caballete de madera, en lo alto de abismos infranqueables, cada vez más grandes, más largos y más profundos” (p.19).

La estrategia que usa Johnson para dar cuenta de ello es la alternancia de escenas y emociones, en distintos tiempos, en un orden que permite observar las consecuencias de la tragedia central del protagonista: Un incendio que lo devora, estruja y atormenta, cuyas cenizas se convierten en el hollín de su espíritu, dejando al descubierto una oscuridad latente que parece haber permanecido allí desde esa primera escena narrada:

El recuerdo casi le paraba el corazón. Estaba seguro de que el chino se había vengado invocando una maldición (…) Le parecía a todas luces un castigo demasiado grande” (p. 76)

Un castigo demasiado grande, insondable como la naturaleza que a la fuerza se intenta domar para construir un camino. En fin, sueños de trenes que permitan traspasar esa frontera para el hombre, que permitan controlar lo incontrolable. Trenes que atraviesen el dolor de seguir viviendo tras la pérdida de lo que más se amaba, con dichos recuerdos enraizados y mezclados ahora con el resentimiento tras la marca de la muerte.

Ahora dormía bien por las noches, y a menudo soñaba con trenes, y sobre todo con un tren en concreto: él iba a bordo; podía oler el humo de carbón; un mundo entero pasaba por las ventanillas. A continuación, se veía a sí mismo de pie en aquel mundo mientras se apagaba el ruido del tren. La frágil familiaridad de aquellas escenas le sugería que procedían de su infancia. A veces se despertaba oyendo cómo el ruido del tren de la Spokane International se disipaba por el valle y se daba cuenta de que había estado oyendo aquella locomotora mientras soñaba”. (p. 90)

No es un detalle menor que Grainier pase de una vida sedentaria a una nómada al adoptar el oficio de transportista. La movilidad física parece la forma de sacudirse las cenizas de esa tierra que se volvió infierno: primero por el fuego, luego por el recuerdo. A lo largo del relato, Johnson va introduciendo personajes, pequeñas historias que corren en paralelo, tragedias encapsuladas en pequeñas dosis que le permiten a Grainier soportar las propias heridas. Microhistorias con un elemento en común: la violencia adherida a todo el lenguaje, que permea todo lo que todos tienen para contarse. Todo ello se narra con un ritmo calmo que logra prolongar las páginas de este breve y magnífico libro que, tras su final, provoca ir a buscar todo lo que ha publicado este gran autor norteamericano.

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Datos del libro reseñado:

Denis Johnson

Sueño de trenes

Random House, 2015, 144 pp.

Traducción de Javier Calvo