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Entrevista a Jorge Comensal

“Hay que tratar de liberar el miedo de alguna forma”

Por Sebastian Uribe

Jorge Comensal es un narrador mexicano, autor de las novelas Las Mutaciones y Este vacío que hierve, además de Materia viva, conjunto de ensayos y crónicas donde la naturaleza aparece no como paisaje sino como una zona de pensamiento, asombro y observación crítica. Ha publicado en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Gatopardo, Tierra Adentro, The Paris Review y la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual es director actualmente.

En esta entrevista, el autor reflexiona sobre la soledad contemporánea, su mirada sobre el mundo animal, la potencia crítica del humor y los desafíos de leer y editar en un tiempo marcado por la hiperespecialización.

¿Es tu primera vez en Perú, Jorge? ¿qué tal esta experiencia?

Ha sido una experiencia realmente prodigiosa por muchas razones. Había imaginado a Perú muchas veces leyendo su literatura y por fin conocer un poco del país, ha sido estupendo. Yo, como cuento en mi último libro de ensayos naturalistas, estoy obsesionado con el cóndor de California, que es el que tengo más cerca y sobre el que estoy escribiendo.

Entonces era para mí una obligación moral conocer a su primo cercano, el cóndor andino y esa fue uno de mis principales objetivos aprovechando esta visita a Perú. Estuve en el Cañón del Colca, en los Andes, y estar cerca del cóndor fue una experiencia realmente portentosa. Estoy de un humor estupendo gracias a eso.

En tus novelas, los animales son personajes que permiten otro tipo de comunicación, mucho más afectiva de la que se realiza entre seres humanos incluso ¿Cómo fue el proceso de explorar el mundo animal en Este vacío que hierve y Las mutaciones?

Tiene mucho que ver con la sensación, la convicción y la reflexión sobre la soledad humana en nuestros tiempos. Una soledad que se nota en muchos síntomas como la epidemia de depresión, los enormes cambios sociales que ha implicado, como la verdadera disolución de las viejas formas de asociarnos, de las comunidades, la ruptura de los lazos sociales. Muchas veces lo relacionamos estrictamente con el fin de la familia tradicional o con el aislamiento implícito en esta forma de trabajo tan absorbente, asalariada, individualista, en el predominio del individualismo como esquema de valores.

Entonces yo me pregunto no sólo sobre la soledad humana con respecto a otros seres humanos, sino con respecto a los otros, y yo planteo que en la medida en que nos desconectamos del mundo silvestre, de la vida salvaje, de la comunidad con otras especies, también nos estamos sintiendo, sin darnos cuenta, cada vez más solos, de una manera cósmica que ni siquiera hacemos consciente. Se nota, por ejemplo, en la enorme popularidad de las mascotas, sobre todo de perros y gatos, que tenemos muchas personas en las ciudades y que son llamados “animales de compañía”, y en efecto nos hacen una compañía imprescindible, pero también nos hacen en el mundo una compañía importantísima, los animales que no tenemos cautivos, que no viven con nosotros, sino que habitan, y a veces pasan, y los vemos por ahí, y con los que hemos convivido a lo largo de toda la historia de la especie, y sin ellos la soledad en el mundo va a ser realmente cada día más insoportable.

Eso es lo que quiero comunicar a través de estas historias, tanto con el loro que aparece en Las mutaciones, o como con todos los animales que aparecen en Este vacío que hierve. En el zoológico, en ese cautiverio fatal para ellos en un incendio. Compartimos el mundo, todavía, con muchos otros seres. Encontrarnos con ellos nos da muchas cosas, alivio, satisfacción, alimento, enseñanza, peligro, asombro, misterio, y por eso escribo sobre ellos una y otra vez, sobre especies con las que me cruzo, y a las que persigo, como a los cóndores.

Sobre la compañía animal, siento que en la pandemia hubo una especie reconexión con las demás especies, más notorio con la adopción de mascotas, pero también con el furor alrededor de los animales que salieron a las calles, ¿cierto es que algo de esa sensibilidad se impregnó en tu novela?

Se llegó incluso al extremo ridículo de los memes que planteaban que, como los animales silvestres estaban retomando las ciudades vacías, se empezaban a ver animales, pero se inventaron historias falsas, fake news, como que había delfines en los canales de Venecia y dinosaurios en las calles de la Ciudad de México. Pero ese retraimiento sí permitió darnos cuenta de los animales con los que compartimos el mundo, muchas especies han cambiado sus hábitos y se han vuelto más nocturnas de lo que eran, tratando de evitarnos. Porque nosotros también somos un peligro: somos ruidosos, somos veloces, las atropellamos, las confundimos. Entonces, realmente es difícil compartir el mundo, es difícil convivir con otros. Todos sabemos lo complicado que es compartir la casa con nuestra familia, hermanos, parientes, roomies, los amigos con los que tenemos que cohabitar. Es también difícil cohabitar con los animales, pero debemos de esmerarnos por hacerlo y con las plantas, por supuesto, que también son tan importantes.

Susan Sontag, en su célebre ensayo La enfermedad como metáfora, habla de cómo la enfermedad produce discursos culturales asociados a la compasión, a la culpa. En Las mutaciones, sin embargo, el tono está atravesado por el humor, aligerando la tragedia. Existe esta tradición en la literatura mexicana de apelar al humor, con un gran representante como Jorge Ibargüengoitia , y entre cuyos cultivadores actuales  está Antonio Ortuño, por citar un ejemplo ¿Se está tomando más en serio al humor en la literatura, por así decirlo? ¿Cuál es tu mirada sobre ello?

Yo creo que seguimos padeciendo una injustificada reverencia por lo solemne, por lo tétrico, por lo tremendo, por lo doloroso, violento, macabro, que nos parece más serio que lo cómico, que lo ligero, que lo irreverente. Creo que incluso estamos en una época mucho menos humorística y mucho menos abierta al humor que otras. Pongo dos ejemplos, una más cercana a la Inglaterra victoriana y demás, a pesar de que tienen la fama de ser extremadamente puritana y de tener justamente una doble moral que permite que el humor sea la manera de desahogar eso.  De ahí vienen autores ––ya posteriormente del siglo XX––como Chesterton, que son extraordinariamente graciosos. Es decir, con respecto a la literatura humorística inglesa. En nuestra lengua, la gran época, el auge del humor, es el siglo XVI, XVII, que culmina en esa obra portentosa que es El Quijote de la Mancha, que es una novela cómica. Es la primera gran novela y es una comedia. Eso no la hace menos seria porque está criticando muchas cosas de la cultura y de la ideología de su época, pero lo hace a través de situaciones y personajes extremadamente entrañables, risibles.  

Aparte, vivimos una época de tanta violencia, en México como en Perú, de tanta polarización, de guerras, también de un discurso acalorado de odio en las redes sociales, que, aunque hay muchos chistes, muchos memes, muchos cómicos, no nos lo tomamos realmente en serio. Por supuesto, lo que yo pienso es que simplemente hay que tratar con irreverencia aquello que podemos comprender y que no podemos evitar: la muerte, la enfermedad, las miserias de la vida humana. Hay que ser irreverentes, es decir, hay que tratar de liberar el miedo de alguna forma, a través de la razón que descubre los absurdos cotidianos, y también [descubre] las razones para alegrarse de lo que no tiene mucho sentido. Y no pasa nada si no lo tiene, si es algo que aparece en la novela, pero también es algo que pasa en Perú. Tienen estas desgracias, los narcos, pero también tienen cosas como Emos vs. punks, por ejemplo, que son como puntos de fuga, nos podemos reír de las cosas más absurdas. Por ejemplo, anoche tomamos un taxi, y el taxista venía viendo en una pantalla enorme un partido de fútbol. Eso la verdad nunca me había tocado verlo, que un conductor estuviera viendo la televisión al mismo tiempo que conducía. Claro, es peligrosísimo, nuestra vida puede estar en riesgo, pero es tan absurdo que uno se puede reír de ello, y lo puede denunciar a través del humor. Hay mucho que explorar ahí sobre el hecho escandaloso de que alguien maneje viendo la televisión.

Justo ahora que hablabas del Quijote, pensaba en Yonquis de las letras, compuesto por una serie de adicciones, presente también en Las mutaciones y Este vacío que hierve.

Como todos los animales en cautiverio, como se ha visto tantas veces en los zoológicos con los mamíferos encerrados, los animales que estamos encerrados desarrollamos compulsiones, conductas repetitivas que liberan algo de ese estrés que implica vivir en cautiverio. Entonces eso se nota en todas estas conductas, en el onanismo, en el alcoholismo, en la drogadicción, y en el caso de los Yonquis de las letras, es la experiencia personal propia de la lectura compulsiva, de la cual me he curado en parte porque ya soy mucho más capaz de contemplar, de reflexionar, de quedarme atento al mundo. No como en el periodo más intenso de mi adicción, en la adolescencia, de leer sin parar, tratando de salvar esa distancia tan grande que hay entre todos los libros que hay que leer y el poco tiempo que la vida da para hacerlo. Yo veo con una distancia, ahora autocrítica y también humorística, a ese joven Jorge Comensal que trataba de leer 300 páginas diarias y no estaba satisfecho en ningún momento que no estuviera leyendo.

Y ahora que tienes a cargo la dirección de la revista de la UNAM ¿Cuáles son los principales desafíos que has tenido como lector y como escritor?

La revista de la Universidad de México tiene ya casi 95 años de existencia. Es una revista nonagenaria y muy copiosa porque se nos propone tantas colaboraciones con dossieres temáticos mensuales y con otras secciones que realmente implica leer muchísimo cada mes para hacerla. El editor, pues tiene que convertirse en un aliado del autor, tratar de mejorar su voz y no cambiarla o no censurarla por supuesto. Por supuesto hay que leer mucho, leer siempre con un ojo crítico y vivir en un futuro siempre donde ya estamos preparando el número dentro de varios meses. En ese sentido, se vuelve difícil para uno leer mucho en pantalla y siempre te relacionas con el texto como algo que todavía no está terminado, todavía hay una lectura líquida que cuesta trabajo abandonar cuando uno simplemente lee un libro y dejar de marcar lo que puedes mejorar y demás. Pero es un trabajo muy satisfactorio para mí porque es una revista genuinamente de cultura general, una noción que ya que ha quedado un poco difuminada pero que es tan importante para contrarrestar la hiper-especialización de nuestro tiempo, que implica que para ser experto en algo tienes que saber tanto que no te da tiempo de saber de otros temas. Es importante que sepamos un poco de todo todavía para que podamos convivir y dialogar entre todos y no centrarnos en nuestros propios nacionalismos y en las modas. Entonces es una revista que parece ser anacrónica en los tiempos de las redes sociales pero hay muchas razones por las que sigue siendo muy importante y yo creo que tú estarás de acuerdo con eso también.

En tu experiencia como editor ¿Has notado alguna tendencia entre las nuevas voces? A nivel, no solamente estilístico sino también temático.

Hay, por supuesto, una escritura muy autorreferencial, muy testimonial, muy confesional, en la que yo mismo me reconozco. El cuento, por ejemplo, es un género que me ha costado trabajo encontrar y editar. Se escribe hoy en día mucho más testimonio, crónica, ensayo personal, memoria, que cuento, que es un género que es tan buen amigo de las revistas. Entonces a mí me gusta mucho apelar a la ficción breve, a la ficción de revista, no a la novela, que por ser el género comercialmente más fácil de vender, es por lo tanto el que ocupa más el tiempo de muchos autores profesionales. Hay que luchar por el cuento que no es fácil editar. No te proponen tantos cuentos como se proponen otro tipo de literatura, como el artículo de divulgación o el panorama o el perfil. Hay como una ausencia de cierta literatura en las revistas que tratamos de subsanar.

Volviendo a tus novelas, antes de la entrevista mencionabas la figura del fantasma como una proyección de la personalidad de uno. En tus últimos escritos ¿Has notado nuevos fantasmas rodeándote?

Sí, por ejemplo en la novela Este vacío que hierve, que es una novela llena de fantasmas, lo que planteo es que los fantasmas son el pasado que sigue rondándonos, que sigue presente, que nos acecha en la medida en que no queremos verlo o que se vuelve invisible y que nos asusta de pronto porque lo hemos tratado de meter a la covacha y hacer invisible pero que está ahí presente.

Entonces, el pasado no se va nunca a ningún lado y si lo desconocemos o lo olvidamos o lo ignoramos nos va a sorprender de pronto y nos va a causar espanto. En ese sentido , yo mismo me he dado cuenta de los fantasmas en mi literatura, de cómo me llevan a escribir de ciertos temas y de cierta manera cosas de las que yo no estaba consciente. Eso me pasó especialmente con esta novela. Descubrí un secreto familiar propio cuando ya la había terminado de escribir y es una novela sobre un secreto familiar. Entonces dije, ¿cómo me empujó algo que yo no sabía conscientemente a escribir toda esta historia, dedicarle tantos años sin saber de lo que yo realmente en el fondo estaba queriendo hablar? Y esos son los fantasmas, ¿no? Susurrándonos al oído historias.

Jorge, para terminar, siempre les preguntamos a los escritores que entrevistamos, por una película o un disco que últimamente les haya volado la cabeza y nos pueda recomendar.

Pues como hablamos de otra plática en otra revista hace poco, pensé de inmediato en The Wild Blue Yonder de Werner Herzog, porque es una película rarísima de este director y escritor alemán hecha con la música de Ernst Reisegger, un compositor y chelista holandés que es casi mi músico favorito y hace el soundtrack de la película. La película misma, que es tan extraña, es sobre la visita de un extraterrestre a la Tierra. En español ha sido traducida como La salvaje y azul lejanía.

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Libros del autor

Materia viva

Antílope, 2024. 129 pp.

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Este vacío que hierve

Alfaguara, 2024. 312 pp.

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Las mutaciones

Antílope, 2016.208 pp.

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Entre mujeres solas & Casas. Poesía reunida (2026) de Giovanna Pollarolo

Las casas de Giovanna

Por Alessandra Tenorio Carranza

La obra reunida de Giovanna Pollarolo, titulada Entre mujeres solas & Casas, me ha invitado a releer sus textos como un todo. Imagino este nuevo libro como una gran casa matriz que reúne sus poemas publicados desde 1987,  hace casi 40 años. Esta casa matriz tiene cuatro casas-anexas (los cuatro libros de la autora). Cada casa, como las antiguas residencias de familia, tiene puertas o ventanas que hacen de ellas un continuum que las une y permite que sus habitantes dialoguen y se paseen de recinto en recinto.

Así, van apareciendo elementos comunes en estos cuatro libros, como  los motivos religiosos, las palabras en italiano, la mención a la familia (padres, abuelos, hijos) y la narratividad que se despliega de lleno, con mayor presencia, en la última casa, el libro final y nuevo de este conjunto. Además, está presente la polifonía, característica que pocos poetas plasman tan bien como Pollarolo.  A esto se suma, la intertextualidad, ya que los títulos de los libros y algunos versos dialogan con autores mayúsculos de la literatura: Dante, San Juan de la Cruz, Pavese.

La primera casa es Huerto de los olivos (1987). Esta es la casa del silencio. Es un hogar habitado por mujeres que juegan roles importantes pero secundarios. En esta paradoja radica la maestría de este primer volumen: en presentar desde otra óptica la historia bíblica. No son las voces patriarcales o de las autoridades religiosas las que aparecen, sino las de las mujeres que convivían con Jesús. Aquellas que, aunque relegadas en la historia o puestas en un segundo plano, en este texto son iluminadas por una luz que nos permite oírlas y comprenderlas.

Esta es, también, la casa del rebaño. “Todas se llaman María” (p. 20), dice uno de los poemas y, a veces, no sabemos de qué María hablamos: ¿la virgen, la hermana de Lázaro, la Magdalena? ¿Todas son iguales? Esta necesidad de uniformizarlas me remite a la visión que cierto sector de la crítica literaria ha tenido sobre las poetas de la Generación del 80 (a la que pertenece Pollarolo), caracterizándolas a todas como poetas eróticas o poetas del cuerpo. Obviamente, esto es una falacia. Así como cada poeta de esa generación tiene su estilo particular, en Huerto de los olivos (1987), cada María tiene sus propias inquietudes, que el libro revela. Aunque fueran tratadas en manada, no lo son.

Por otro lado, esta es la casa de la exclusión. Dice uno de los poemas bíblicos: “ella te importaba (…) pero la mal amaste” (p. 29). Ya en el lado terrenal, en otro poema (p. 41), una mujer es “la musa de un poeta”, “es su mujer y él se aprovecha”. Está excluida del espacio público, relegada a lo privado, a los versos que escribe su marido, donde, incluso, habla mal de ella. Mujeres bíblicas, mujeres de estos tiempos o mujeres poetas se equiparan en ser excluidas y relegadas por los hombres que aman o admiran, quienes se constituyen como figuras de autoridad.

La segunda casa, Entre mujeres solas (1992), es para mí la casa de todas las voces. Distintos tipos de mujeres aparecen en los textos: mujeres que se hermanan, compiten, se apoyan, se auscultan. Lo más interesante es que estas voces aparecen en parejas de opuestos. La primera pareja es el rebaño versus la disidente. En los poemas, encontramos a mujeres que han caído en la violencia simbólica impuesta por el orden patriarcal: verse joven, tener un buen matrimonio, ser una súper mujer realizada en lo público y lo privado, aparecen más que como un deseo, como una imposición.

“(…) todavía está buena la tía / ta pasadita para minifalda / (…) me gusta que me miren / y me hablen / que me admiren / y confundan / con la jovencita / que ya no soy”, expresa el poema “Cuando me dicen señora” (p. 81). Pienso en el antiguo refrán: “El ojo del amo engorda al caballo”. La aprobación del otro nos acerca a la autoaprobación.

No obstante, también, aparece en este libro una figura particular: la disidente. “No había sido una puta, pero casi” (p. 97), le adjudican a una mujer en un texto. Las disidentes son aquellas que han trasgredido las reglas, se han atrevido a vivir su sexualidad o se han alejado de lo tradicional. La disidente es mirada con pena, pero, a la vez, con un poco de envidia por el rebaño. Es libre. Se le admira. Esto se ve, por ejemplo, en el poema “Badulaque” (p. 100). Dicen algunos versos: “ahora las señoras que somos / malas y amantes madres / fracasadas pero orgullosas esposas / debemos mirarte con envidia / tantos viajes, tanta libertad / y nosotras siempre aquí (…) sin poder ir más lejos que a Arequipa, / tenemos que admirarte badulaque”.

La segunda pareja corresponde a las mujeres del pasado versus las mujeres del presente. En el libro, nos convertimos en espectadores de una reunión de promoción de colegio. Se revisa, entonces, los sueños pasados y el cumplimento de las metas. Aparece como una preocupación la antigua belleza y el deterioro actual. Van emergiendo las voces de las niñas que fueron estas mujeres y cómo pensaban en ese tiempo.

Se nos revelan algunos estereotipos de género. En sus juegos, por ejemplo, en el arroz con leche (“La hora del recreo”, p. 88), cuando las únicas profesiones que anhelaban eran aquellas que constituían una extensión del mundo íntimo y el rol de cuidadoras impuesto a las féminas. Cocinera, lavandera, costurera. En ese tiempo, se menciona, no sabían que podían soñar con ser doctoras, abogadas, cantantes, poetas.

La tercera pareja podemos dividirla en mujeres felices versus mujeres infelices. La desazón de estos personajes suele estar vinculada a la pérdida del amor, aquellos “si hubiera” que no se han cumplido, a la pérdida de la belleza-juventud, a la infidelidad del compañero o, peor aún, a la violencia física y psicológica (“Luna de miel”, p. 90). La felicidad es en realidad una alegría aparente, porque incluso las casadas con palma y corona se sienten aburridas. Tanta perfección les hastía.

Hemos recorrido esta casa matriz y llegado a la tercera casa-anexa, La ceremonia del adiós (1997). Esta es la casa del desamor, la despedida y el renacer. En este volumen, la voz poética se enfrenta a una casa vacía, un recinto que le duele como aquellos miembros fantasmas que han sido mutilados. La casa como espacio físico se enrace cuando el amado ha partido. Surge varias preguntas: ¿es esta la casa antigua o una casa nueva? ¿Cuánto queda de la vida en común en esa casa? ¿Cómo lidiar con ello y construir una nueva casa sobre los escombros?

Asimismo, esta es la casa del desamor. En los poemas escritos a manera de plegarias para suplicar por el regreso del amado, la divinidad, desde las alturas, concibe las penas de amor como nimiedades. Ello contrasta con la voz poética, quien otorga al sufrimiento un papel primordial, lo que se convierte en el leit motiv de este libro.Esta casa, para mí, cierra la puerta con una sentencia final: “ten cuidado con lo que deseas, que esto se puede cumplir”. El libro nos demuestra por qué a veces es mejor que nuestras súplicas sean desoídas antes de enfrentarnos a una victoria pírrica, sobre todo en el terreno del amor.

La residencia final corresponde al último poemario de la autora (Casas, 2026). El texto abre con una casa de agua: el vientre materno. Aparece la voz de la hija que habla por la madre. Se pone de manifiesto el proceso de ser una (al principio) y luego, individualizarse y convertirse en dos. No se muestra una visión romántica de la maternidad. A mi juicio, esta figura representa muy bien el espíritu de muchos de los textos de esta obra reunida: el tormentoso camino de dejar la casa paterna para construir tu propia casa alejándote de los valores de tus padres para crear los tuyos.

En este poema inicial (“Casa de agua”, p. 221), la hija hace eco de los reclamos de la madre por ese yugo que es muchas veces la maternidad; por el deterioro del cuerpo; por la imposición del cuidado; por la necesidad de la madre de querer seguir siendo un individuo. Y luego, volvemos a la hija, cuando los papeles ya han sido invertidos y se ve forzada a ser la madre de su madre. Hay rabia, hay amor, hay introspección y existe la conciencia de que inevitablemente la relación madre/hija nunca está exenta de tensiones. El último poema del libro es el de la morada final (“En el camposanto”, p. 291), que termina con una alegoría a la soledad.

Giovanna Pollarolo – ©Adriana Fernández

La poesía también enseña. Hay mucho de verdad en ella. No es dogmática, pero sí sabia. Por eso, quiero mencionar algunas lecciones sobre las casas que nos deja este nuevo poemario.

  1. Construye una casa. No seas como Matusalén. Aquel hombre que pensó que no necesitaba una casa porque no viviría tanto. En el poema “Casa de Matusalén” (p. 239) queda claro que una casa no es solo un lugar físico. Es una guarida: un lugar de protección. Todos necesitamos una casa. No sabemos cuánto vamos a vivir.
  2. Elige construir tu casa con quien hable tu mismo idioma. No seas como aquella pareja del poema “Casa con vista” (p. 245), en el cual: “Él se quedó con el mar y ella con el jardín”. Ambos espacios pueden ser placenteros, pero tienen su lado oscuro. El jardín de ese poema tenía ratas y serpientes. El olor a mar podía llegar a hostigarte. No construyas tu casa con alguien que, como al esposo de ese poema, le da lo mismo el mar o el jardín.
  3. El poema “Casa de fuego (¿casa quemada?)” (p. 234) demuestra que los idílicos desayunos de domingo pueden acabarse si dejas una hornilla encendida. Piensa, ¿cuál es la hornilla que amenaza con quemar tu hogar? Apágala. Cuida tu casa y guarda los buenos momentos que serán un plano para reconstruir tu hogar si este se quema.
  4. En el libro, se habla de casas en ruinas (“Casa en ruinas I”, p. 248; “Casa en ruinas II”, p. 251) y casas abandonadas (“Casa abandonada”, p. 250). La autora nos advierte que no son lo mismo. Tu casa puede estar en ruinas, pero no la abandones. La casa es quien la habita. Tú eres el corazón de tu casa.
  5. Uno de los textos se titula “Casa del Señor” (p. 281). Es relevante la analogía que permite ver al cuerpo como un lugar sagrado, un templo. Por tanto, la casa del Señor está contigo seas gordx o flaqux, tengas arrugas o no, un ovario menos o una histectomía. A veces, tratamientos médicos mancillan la casa del señor, pero esta sigue siendo igualmente tu casa.

Cierro la puerta agradeciendo al Fondo de Cultura Económica por este libro. Celebro que esta editorial se haya dado a la tarea de publicar libros fundamentales de las poetas más importantes de la literatura escrita por mujeres en nuestro país: Rossella Di Paolo, Blanca Varela y, ahora, Giovanna Pollarolo. A algunxs no les gusta esa etiqueta. A mí me gusta, porque nos visibiliza, nos diferencia y exige que nos miren y nos lean. En estas décadas, la obra de Pollarolo ha cosechado devotos lectores. Tener su obra reunida en un solo volumen permite ver su evolución y los cambios en su escritura, y nos invita a una relectura crítica que ponga en valor su trabajo y la destaque entre las escritoras contemporáneas.

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Datos del libro

Giovanna Pollarolo

Entre mujeres solas & Casas. Poesía reunida

Fondo de Cultura Económica, 2026. 300 pp.

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Una locura discreta (2023) de Sophia Gómez Cardeña

Mentiras acogedoras

Por Eliana Del Campo

En uno de sus brillantes ensayos de su clásico libro Contra la interpretación, Susan Sontag sugiere que, en nuestros tiempos, la cordura puede llegar a convertirse una mentira acogedora. “Las verdades que respetamos nacen de la aflicción de su autor”, afirma. Presumimos buscar la verdad en lo que leemos, una voz de la razón, una certeza, pero lo que realmente anhelamos es un rasgo de obsesión, el vaho del desquicio.1 Desconozco cuánto de martirio hubo en la escritura de los cuentos que conforman Una locura discreta de Sophia Gómez Cardeña. Estoy segura, en cambio, de que sus personajes quedarían gravemente afectados por la afirmación de Sontag, pues cada uno de ellos intenta aferrar con firmeza la cortina que la narración intenta descorrer. Silenciar aquello que, una vez dicho, les impediría volver a su pretensión de normalidad, a su propia mentira acogedora.

Sea cual fuere el problema que les afecta ––una tormentosa búsqueda inmobiliaria, los ajetreos laborales, las injusticias en el aula universitaria–– estos personajes habitan un mundo que se parece mucho al nuestro, pero que conserva un hálito de enrarecimiento. Se saben observados. Lo que los relatos de Una locura discreta cuentan no es exactamente lo que parecen sugerir en un inicio. La narración invita al lector a que se ponga cómodo y se sienta como en casa. Camufla con realismo historias que, si uno presta atención, podrían ser las que escucha en la oficina, algo que le sucedió alguna vez al amigo de un amigo. De pronto descubrimos una fisura, algo que no podíamos prever, una vuelta de tuerca que gira por completo el mueble en donde nos acabamos de sentar para caer de bruces sobre el techo. Entonces entendemos que la autora nos ha engañado, que el ambiente que ha creado es una casa de muñecas donde la comida es de cartón. Se ha apropiado de estas imágenes reconocibles para familiarizarnos y aterrizarnos frente una inquietante posibilidad: nadie es lo que aparenta ser. Porque los personajes de Gómez poseen ese aire de suficiencia que hacen posible la vida en sociedad: el beneficio de la duda. Pero es ese contrato lo que les hace tan genuinos y, por lo mismo, tan perturbadores. Si nos han logrado engañar, si han conseguido maquillar su desquicio. ¿Qué realidad es la verdadera? ¿Quién está a salvo?

Una locura discreta es un libro sobre vecinos en edificios deshabitados, sobre celadores ariscos que coleccionan arácnidos, tenderos que lidian con clientes misteriosos y novias a punto de ser vengadas en el altar. “Nada es tan engañoso como creer que se tienen las cosas bajo control”, se dice en el último cuento que presta su nombre al título. La frase resume bien el conjunto. Es un libro sobre seres esquivos, fanatismo religioso y la obsesión por el self-improvement propia de la cultura de la productividad, pero, principalmente, sobre los límites de la cordura, sobre la omnipresencia de ciertas normas de comportamiento tan arraigadas en nosotros que su mero cuestionamiento constituye una transgresión punible.

Algo que cabe resaltar en el estilo de Gómez es su habilidad para transitar los silencios y aprovechar las pausas para continuar la historia sin palabras, permitiendo que crezca en la mente del lector. Es una destreza quirúrgica para descifrar a sus personajes antes de tener que explicarlos. En un tono seco, casi clínico, anuncia una perturbación que provoca el extrañamiento de sus protagonistas y su separación del resto. Estos seres solitarios podrían estar en cualquier parte y, sin embargo, hay un espacio en el que se permiten ser, en el que encuentran una forma de funcionar en una sociedad que no espera más de ellos que una apariencia de normalidad e interacción mínima. Al narrar, Gómez no solo devela la intimidad de sus personajes, sino que, en cierto modo, denuncia la normalización de la indiferencia ante ello.

La mentira acogedora no es la que los personajes cuentan de sí mismos sino la sugerencia de que el parámetro de normalidad está del lado del lector. La ficción triunfa nuevamente: ha pretendido salvarnos del roce con lo raro y lo poco familiar solo para exponernos ante nuestro cinismo. Sophia Gómez escribe desde esa conciencia, desde la frontera insondable que es la mente humana. Desde el conocimiento de que, en los límites entre la sensatez y la irracionalidad, hay una variedad de tonalidades, invisibles al ojo humano, pero no a la literatura. Y ahí radica una de las mayores fortalezas de su escritura, su capacidad para narrar la extrañeza sin intentar domesticarla.

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Datos del libro:

Sophia Gómez Cardeña

Una locura discreta

Personaje secundario, 2023. 106 pp.

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  1. La frase “sanity itself is but a cozy lie”, atribuida con frecuencia a Susan Sontag, no aparece en ningún texto de Contra la interpretación y otros ensayos. En realidad, proviene de una reseña de Benjamin DeMott sobre Against Interpretation, publicada en The New York Times el 23 de enero de 1966.  En el ensayo de Sontag sobre Simone Weil lo que sí se afirma es: “Hay determinadas eras demasiado complejas, demasiado ensordecidas por experiencias históricas e intelectuales contradictorias como para escuchar la voz de la cordura. La cordura se torna transigencia, evasión, mentira” (p.71) En Sontag, S. (2015). Contra la interpretación y otros ensayos (H. Vázquez Rial, trad.). Debolsillo.
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La sagrada beligerancia de Germán Carrasco

La sagrada beligerancia de Germán Carrasco

Por Luis López Aliaga

El homenaje y su halo solemne e institucional tiende a esconder, con buenas o malas intenciones, los aspectos más incómodos del homenajeado. Sobre todo si está muerto o ha muerto recientemente, como es el caso del poeta chileno Germán Carrasco, fallecido el 9 de febrero de 2026. Por eso quizás si la mejor forma de homenajear a Carrasco sea, precisamente, desarticular esa idea de homenaje y buscar su sentido en aquello que se le atribuye a Gustav Mahler respecto a la tradición: “no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”.

Ese fuego insoslayable que es la dimensión beligerante de Germán Carrasco, quien puso el punto de mira, sobre todo, en el campo literario chileno. Por eso Carrasco siempre fue una figura incómoda para ese pueblo chico que es nuestra escena literaria. Pero hay que tener demasiada imaginación y ganas para obviar esa dimensión que atraviesa su obra y su persona de principio a fin, como una misma energía sediciosa que se expresa en sus crónicas, en sus poemas y en sus intervenciones públicas y privadas.

No soy un estudioso de su obra, pero en mi biblioteca tengo su primer libro publicado por allá por 1994, una obra premiada en un concurso de poesía organizado por la Universidad de Chile.  Se llama Brindis, es de pequeño formato, y contiene un poema llamado “Comidilla de pueblo”, donde de alguna manera inaugura el tópico de Chile como un pueblo chico convertido en un infierno grande gracias al cahuín y las habladurías. Idea que irá desplegando en diversos brazos que confluyen todos sobre la planicie de nuestra parcela literaria; ocurre en Kermesse, un poema de Calas (2001), que es una suerte de psicofonía que capta las voces del chisme, la mala leche del pelambre, en un mismo flujo con ciertos lugares comunes de la crítica literaria.

En A mano alzada (2013) y Prestar ropa (2019), sus principales libros de crónica, Carrasco desarrolla sus ideas en torno a lo que llama el “inmensismo” o la alharaca de ciertos gestores culturales —más que poetas— que imponen el presupuesto para validar su obra, charlatanería y filisteísmo de una elite endogámica que carece de la emulsión y el swing de la calle.  En ambos libros aparece también “Danny Q y los años noventa”, una crónica indispensable para entender el entramado complejo de esos años y la ramificación de sus raíces hasta el día de hoy. 

Un antecedente poco visualizado de esas crónicas, donde la pulsión beligerante de Carrasco alcanza el brillo penetrante del estoque, ocurre en los primeros años del siglo, en el espacio prehistórico del blog, donde Germán inauguró un género en sí mismo: el de los comentarios o posteos en los blogs de los autores chilenos del momento. No era solo el gesto anómalo en Chile de decir sin cortapisas lo que muchos pensaban sin decirlo, era el destello de la invectiva, de los poetas yámbicos, la sátira romana, un despliegue de humor y rabia que bien valdría el esfuerzo de una recopilación sistemática.   

Desde ahí hasta llegar a su último libro publicado, la novela B&B&V (editorial Aparte, 2025), un melodrama clásico latinoamericano que se deshace y desborda en digresiones del narrador, Antonio Vielma, que es el ángulo más fino de una relación amorosa de a tres. Ahí, por ejemplo, describe a cierta élite de nuestra parcelita local: “Le llamaban Club Liguria-Tavelli a un grupo de gente gentelindista, quizás alguno tenía cierta audacia como editor, pero la mayoría eran conservadores y de un esnobismo muy propio de la provincia, porque Santiago es otra provincia, cosa que siempre trato de decirles a algunas personas monótonas en su antisantiaguismo, o quizás Santiago son varias provincias, es casi como la Sudáfrica del Apartheid.”  Quizás sea un exceso pensar que la mención de los padrastros (aquellas extensiones de piel de la cutícula de los dedos) hacia el final de la novela tenga una intencionalidad específica, pero para mí la referencia es clara y por eso alguna vez, medio en broma y medio en serio, catalogué B&B&V como el Poeta chileno de los pobres.

De todos modos, en Carrasco nunca hay inocencia o ingenuidad en sus juegos referenciales y espejeos. Y su beligerancia, vale decirlo, es siempre la de un púgil que danza ligero sobre el cuadrilátero. Nunca es solemne ni maletero, es Muhammad Ali, el más grande, un peso pesado que flota como una mariposa y pica como una avispa. De ahí el goce de su lectura, el swing del verso y la frase punzante, la emulsión del humor que suaviza los uppercut sobre los egos más grandes de la comarca.  

Lo que me interesa establecer, en todo caso, es que su obra está atravesada de principio a fin por esta dimensión agonística, de lucha frontal contra el campo literario chileno, el que ahora, desde su jerarquía institucional, intenta empujarnos a que hablemos de la inmanencia de la obra de Germán Carrasco, la trascendencia inmaculada de su poesía capaz de trascender el fango espurio de lo humano. Es lo más cómodo para todos, sin duda, pero aparte de impreciso, es injusto con la propia figura de Germán Carrasco. Porque la operación parte con omitir la contienda aclamando su poesía, y se completa con el pase, en algún sentido magistral, que establece que la batalla ocurría en una sola dirección: desde Germán Carrasco, el personaje molesto y sobregirado, hacia nuestra ecuánime ciudad letrada.

Y es en este punto donde se vuelve necesario, ahora más que nunca, mostrar la otra dirección de la batalla: la patología de nuestro campo literario que le declaró la guerra al mejor de nuestros poetas.  Una guerra muda, soterrada, a la chilena, que, con la táctica de la omisión, de la sonrisita sobradona o complaciente, logra siempre esquivar el conflicto y silenciar cualquier disidencia.

Pero si asumimos que Germán Carrasco es el síntoma y no el problema, lo siguiente es reflexionar sobre aquello que manifiesta su obra y que acusó de distintas formas en su vida.   ¿Acaso nuestra república de las letras ya no es aquel infierno grande donde prima la impostura, el espectáculo vacío, el deseo de figuración y se impone el carpetazo de los filisteos? ¿No perdura el enclaustramiento defensivo y soporífero de la academia?  ¿Ya no existe el conservadurismo formal, la sonetitis, que convierte la poesía en un ejercicio limpio y cómodo para la élite, aquel bálsamo que sirve para moderar el conflicto social? Revelar estas vigencias, los poderes que están detrás y quienes los administran, para al menos hacer saber que, en este caso, muerto el perro no se ha acabado la rabia.

El perro, el quiltro hermoso, que salía a morder en base a dos convicciones que se retroalimentan. La convicción de que la poesía y los poetas deben ocupar un lugar relevante en una sociedad medianamente saludable, un oficio modesto y sagrado como el de un albañil o un jardinero; un rigor que se ejerce sin alharacas ni grandilocuencias, con una mística cotidiana que sostiene la respiración y el ritmo mántrico de la calle y que, en algún punto vital, se funde con la naturaleza, la natura, el sol sobre los ríos, la nieve en las montañas, los pumas, las golondrinas, los pudúes. Y, por otro lado, la autoconciencia de su propio valor literario, de los saberes y recursos naturales que Germán Carrasco trabajó con la disciplina de un samurái, como aprendió de aquella cuadrilla de ángeles guardianes, Pound, Auden, Mistral, Coltrane, de la que ahora él también forma parte.

Luis López-Aliaga, abril 2026

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Coyuntura Entrevista Miscelánea

Entrevista a Camila Fabbri

­“Tener una biblioteca es una especie de recordatorio de la vida”

 Por Eliana Del Campo

Hay, en la escritura de Camila Fabbri, una atención sostenida a ese instante en que lo cotidiano pierde estabilidad y deja ver su costado más extraño. Sea a través del accidente, del temor difuso, de la vulnerabilidad afectiva o de los materiales que ofrece la cultura contemporánea, su obra compone un universo donde la tensión nunca desaparece del todo. En esta entrevista conversamos con la autora sobre la relación entre ficción, memoria generacional, cultura pop y los desplazamientos de una escritura que sale del centro de gravedad del yo sin dejar de interrogarse por las experiencias colectivas.

Camila Fabbri – ©Marcos Huisman

Nacida en Buenos Aires en 1989, Camila Fabbri es escritora, directora y actriz. Escribió y dirigió las obras teatrales Brick, Mi primer Hiroshima, Condición de buenos nadadores,  En lo alto para siempre y Recital Olímpico! , y publicó el libro de relatos Los accidentes (Almadía), la novela de no ficción El día que apagaron la luz  (Almadía | Anagrama) y Estamos a Salvo (Temas de hoy |  Almadía). Formó parte del catálogo de la selección de los 25 mejores autores jóvenes de habla hispana según la revista Granta y su novela ‘La reina del baile’ (Anagrama, 2023) fue finalista del Premio Herralde. Además de ello publica textos con regularidad en La Agenda Revista.

Tienes una obra que está compuesta por cuentos, obras de teatro, novela y un trabajo de no ficción. Un punto en común en en tus historias es cómo estas parten de eventos inesperados, como elementos disruptores de la cotidianidad. Por ejemplo, en El día que apagaron la luz, se recuerda la tragedia del incendio en la discoteca de Cromañón, un evento que me imagino en Argentina marcó a toda una generación. ¿Eventos así como este, el 11 de septiembre y, más recientemente la pandemia, generan sensaciones de incertidumbre e inseguridad al crecer? ¿Es algo que tienes presente al momento de escribir?

Sí, bueno, más allá de los eventos universales y mundiales catastróficos, yo creo que todo el tiempo pasan cosas que uno no contempla o desearía que no pasen. Vivimos con la incertidumbre, solo que no lo pensamos. Lo mismo que decir, “Bueno, nos vamos a morir”, pero que realmente no lo pensamos. Entonces creo que sí, que algo de esa incertidumbre o el dato poco preciso o lo que puede llegar a pasar, creo que es algo que a mí me moviliza bastante para escribir. No solo lo que pasa, sino lo que podría pasar.

Como la circunstancia “fantasma” para ponerle algún nombre. En el caso de El día que apagaron la luz, escribí puntualmente sobre una tragedia que ocurrió en Buenos Aires en el 2004, cuando yo tenía 15 años, con la que tuve un vínculo directo, pero después en los otros libros de ficción no hablo de cosas reales y aún así siempre está como esa sensación, ¿no?, de que algo puede pasar. En Los accidentes creo que pasa, en Estamos a salvo es algo un poco más contenido, en lo no dicho y, bueno, en La reina del baile es como un elemento gatillador, porque por ahí comienza todo.

En tus libros de ficción el peligro parece ser un gatillador para tus personajes, con escenas cargadas de adrenalina. ¿Hay algo atractivo en jugar con la adrenalina como un recurso creativo o de poner unos personajes en el límite en lo que no sucede?

Yo creo que sí. Es un factor con el que me gusta trabajar, aunque no sé si lo calificaría como adrenalina real, digamos, porque no son personajes que hagan cosas extremas, que se inmolen, sea en deportes de riesgo o en actividades que sí o sí tengan un peligro, pero aún así hay adrenalina. Yo creo que va más por dentro esa impresión del borde, de todo o nada.

Para poner un ejemplo, pienso en Meteoro, el cuento de Estamos a salvo sobre una chica que se sube a un taxi una noche y el taxista la empieza a pasear y la lleva a cualquier lado. Ese es un terror cotidiano, sobre todo de las mujeres. Y eso sí me parece que es una situación extrema, pero que no es buscada. Después el cuento va como por otros lugares más raros, pero creo que eso quizás es encontrar la adrenalina en lo ordinario, en lo cotidiano.

Hablando de tu novela, otro elemento que destaco de La reina del baile es la exploración de la intimidad, a través de quiebres y silencios. Lo leo como una exploración a las relaciones afectivas a un nivel moderno, quizás. ¿Cómo es el proceso? ¿Cómo determinas hasta dónde llegar con la vulnerabilidad de tus personajes? ¿Es algo como que tienes premeditado o que ocurre a medida que vas descubriendo?

No creo que haya nada premeditado cuando escribo. Quizás algunas intuiciones por ahí de lo que no quiero hacer. Creo que siempre lo más claro es lo que uno no quiere,  al menos en la escritura. En el caso de La reina del baile, sí sabía que tenía esta imagen disparadora, que es esta mujer que se despierta en un accidente, el que ella iba conduciendo el auto que choca. Y me parece que ahí, digamos, claramente hay un límite.

Luego, me parecía como que la historia, si seguía, tenía que ir para atrás, que es como un poco lo que pasa en esa reconstrucción de cómo venía su vida hasta que llega a esa situación. Esa idea de que el accidente siempre tiene algún vínculo con el orden establecido del que uno viene. No siempre igual, ¿no?, pero hay como una idea así que, qué sé yo, por ahí es más fantasiosa. Creo que el personaje de Paulina, a partir de esa situación, cambia. De una manera muy sutil, ¿no?, pero creo que esa es una inflexión.

Más que nada trabajo con los personajes y con lo que me parece que cuaja un poco con la estructura que les voy construyendo.

Como escritora que ha publicado novelas, cuentos y también con la variedad de trabajos que tienes porque también has sido directora de cine y de teatro. ¿Cómo influye en lo visual, al momento de escribir ficción, dada esta experiencia? ¿Hay elementos cinematográficos que tomas en cuenta?

Empecé escribiendo teatro y después dirigí obras de teatro. Evidentemente sí, hay algo de la dirección que me atrae muchísimo. Luego vino en este proyecto audiovisual de estos años pasados que hice esta película, que fue mi primera película (Clara se pierde en el bosque, 2023). No sé si seguiría haciendo películas, pero como primer proyecto, un poco te diría por encargo, es algo que me gustó mucho hacer. Yo creo que igual, para mí, el ejercicio primario, donde siempre me siento más cómoda es en la escritura de narrativa.

Quizás sí tomo recursos del cine para escribir narrativa, pero creo que eso lo hacemos todas las que escribimos. Yo me considero alguien que mira mucho cine, me gusta mucho. No hago distinciones. Puedo ver una película como Mi pobre angelito veinte veces y también puedo ver, no sé, digamos, cine de autor, y todo sirve para escribir. Lo miro como televidente y también lo miro como si estuviera estudiando un poco las estructuras narrativas y demás como una especie de memoria fotográfica que después me sirve para escribir. Entonces creo que ese es un poco el recorrido. En el caso del cine, como a ver qué puedo tomar del cine para la narrativa.

En Argentina, particularmente en Buenos Aires, hay una cultura fuerte de talleres literarios. Estuviste en el taller de Romina Paula en un inicio y luego también en el de Leila Guerriero, y no sé si esta experiencia del taller fue antes o después del perfil que ella hizo de ti. ¿Cómo fue la experiencia del taller? ¿Cómo te sentiste cuando leíste este perfil que escribió Leila sobre ti?

El perfil de Leila creo que surge por Granta, ahora no recuerdo bien si fue en el mismo momento, pero fue más o menos por ahí, en pandemia. Yo empecé a hacer taller con Leila en el 2020, así que fue un poquito antes del perfil y ella conoció mi escritura por mi asistencia a su taller y después también leyó mis libros. En ese momento yo había sacado recién Estamos a salvo, entonces fue un poco por ahí el vínculo.

Soy una gran admiradora de Leila, así como la gran mayoría de la gente que conozco. Y me parece que esa experiencia tuvo que ver con eso, una conversación extendida sobre mi trabajo como escritora y también sobre mí, como ciudadana de a pie. Creo que Leila tiene eso de encontrar elementos muy en el margen para mencionar sobre una persona. Ella no cuenta lo que contaría cualquier otra persona, no va al lugar común. En ese sentido, para mí, tener un diálogo extenso con ella, que era mi docente, pero también una persona muy querida, estuvo bueno y me sirvió mucho.

Perteneces a una generación que ha atravesado transformaciones vertiginosas en la tecnología, la comunicación y las formas de producción y consumo cultural. En ese contexto, ¿cómo percibes hoy el acto de escribir frente al de generaciones anteriores? ¿De qué manera han cambiado, para tu generación, no solo el hábito de la escritura, sino también la relación con la cultura en general?

Creo que, en esta época, esta generación está un poco en el medio entre lo virtual y lo analógico, o sea, somos los hijos de ese parteaguas, y aún así, somos los que todavía queremos tener los libros en papel y todavía no somos conquistados por los kindles. A la siguiente ya está. Ojalá que no, pero yo me resisto mucho a que mi vínculo con la lectura sea tan fugaz, como que: un libro, listo, lo elimino del celu y ya está, ya lo leí. Sobre todo porque yo si no tengo los libros en mi biblioteca, no me acuerdo qué leí. Uno se olvida. Eso es una pena a la vez que es una necesidad, imagínate si uno se acordara de todo lo que lee y todo lo que hace.

Es como una especie de recordatorio de la vida, tener una biblioteca. En ese sentido, el hábito de la lectura  lo pienso por ahí. Después en la escritura, no sé. No tengo mucha idea de cuáles son las diferencias. Sí sé que estamos todo el tiempo, atravesados por todo lo que pasa en todos lados, digamos, como que uno no puede vivir al margen de nada.

Quizás en otras épocas sí, solo sabías lo que te pasaba a vos y lo que le pasaba al vecino. No había como una forma de controlarlo todo, pero ahora sabemos lo que pasa acá, lo que pasa en China, lo que pasa en los Juegos Olímpicos, lo que pasa en todos lados, todo el tiempo. Yo creo que eso seguramente atraviesa de distintas formas el imaginario para escribir. No sé si mejores o peores, pero son distintas, seguro.

Hablando sobre la incapacidad para desconectar y que nos lleguen noticias sobre el tiempo, hay un espacio tuyo en La Agenda, Anatomía de un instante, donde abordas una variedad de temas desde reality shows como Gran Hermano hasta festivales de música, artistas, cantantes. ¿Cómo ves la relación entre este tipo de escritura que te demanda como que muy estar al tanto de lo que pasa y tu trabajo de ficción? ¿Hay una separación o se nutren mutuamente?

En dicho espacio no es que me informo para escribir, sino que parece que es al contrario. Suelo estar bastante al tanto de la farándula argentina, de lo que pareciera ser a priori algo desechable o poco importante. A mí me encanta porque ahí hay un montón de personajes que después me sirven para escribir. Son personajes súper contradictorios, a los que les pasan cosas reales y súper profundas. A la vez de que quizás van y cuentan algún chisme, pero no sé, hay algo de esos personajes tan tridimensionales que me interesan muchísimo. En los reality shows hay algo del comportamiento humano que también me interesa. Entonces, si puedo tener ese espacio y escribir sobre esas cosas, para mí está buenísimo.

Me parece importante eso, escribir cosas que la gente pueda leer sabiendo que son recientes. También, para separarme un poco del relato personal, de lo que me pasa a mí o de lo que me pasó a mí en la infancia. Ocurrió que varios empezaron como a separarse un poco de ello —del relato más personal— para hablar de lo que pasa alrededor, de la realidad política también. Es como quitar algo del mundo real para armar otra cosa.

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La dependienta (2018) de Sayaka Murata

Cuerpos extraños

Por Sebastian Uribe

Cinco días a la semana durante dieciocho años. Cuatro mil seiscientos ochenta y días. Ese es el tiempo aproximado que Keiko Furukura lleva trabajando como dependienta en un konbini¸ un minimarket japonés abierto las veinticuatro horas del día. El dato por sí solo es impactante, pero no tanto como cuando ella, a los treinta y seis años, afirma que: “La vida que llevaba antes de ‘nacer’ como dependienta de una tienda está envuelta en una nebulosa y no la recuerdo claramente” (pág. 14)¿Qué personalidad puede resistir a un trabajo así? La novela de Sayaka Murata (Inzai, 1979) es protagonizada por una joven que no logró encajar entre sus pares ni en la infancia ni en la adolescencia y que en la adultez sobrevive a dicha marginación sin aspavientos, evitando preguntarse cómo relacionarse con los demás, en gran parte por estar absorbida por un régimen de procesos estandarizados orientado a rendir y vender, día tras día, año tras año.

Murata esboza con calma a su protagonista, retratándola, en primera persona, desde que despierta y siente que los engranajes del mundo comienzan a girar en torno al konbini, hasta su disciplinado régimen de sueño, pensado en la mejor forma de atender a los clientes el siguiente día. Así han transcurridos casi dos décadas para Keiko en una vida confeccionada en torno a su empleo por horas, el mismo que durante los últimos años ha preocupado a su familia y las pocas amigas que frecuenta. ¿Cómo se llega a una situación así?

Entre los pocos recuerdos de su vida antes de ser dependienta, hay dos que ejemplifican el extrañamiento de Keiko. El primero de ellos ocurre cuando, de niña, encuentran un pajarito muerto y su respuesta ante ese hecho es proponer que se lo coman, afirmando que no había razón para llorarlo cuando tranquilamente podían hacerlo. El segundo tiene lugar cuando detiene la pelea entre dos niños golpeando a uno de ellos con una pala. Era lo más práctico, dice. Una afirmación que se condice con la vía de escape frente a las miradas juiciosas de quienes la rodean:

“A medida que fui creciendo, mi silencio empezó a preocuparles. Pero para mí era la mejor opción, la forma más racional de sobrevivir. “¡Deberías hacer amigos y salir a jugar!”, me anotaban los profesores en el boletín de notas, pero yo nunca hablaba más de lo que era estrictamente necesario”.  (pág. 19)

Pasados los treinta años, Keiko Furukara empieza a extrañarse de su propio cuerpo, al punto de concebir el uniforme que se coloca a diario como una extensión de este y luego, como la única vestimenta posible.  Un pedazo de tela que simboliza el hecho de no pertenecer a sí misma, sino al trabajo que cumple de forma cotidiana y que denota a su vez cómo la esclavitud sigue operando en el mundo contemporáneo de forma más sutil pero no menos trágica, pues supedita todo deseo y afecto a la capacidad de producir para la sociedad. Cualquier desvío de ello puede implicar consecuencias fatales para los clientes, la empresa y el propio trabajador, en ese orden.

De ahí que el aislamiento de la protagonista adquiera sentido conforme avanza la lectura de la novela, sobre todo durante las interacciones de Keiko con sus amigas o, más aún, con las parejas de estas. La manera agresiva con la que se juzga su soltería o su falta de ambición profesional muestra cómo la misantropía de Keiko es un mecanismo de defensa frente a las exigencias sociales, que, en su concepción, sólo representarían distractores de sus funciones. Murata ilustra cómo la deshumanización producida por su trabajo como dependienta, si bien la condena a un destino vacío en espiritualidad, la ha protegido también de las más comunes presiones sociales. Por ejemplo, cuando, ante la insistencia de su hermana y sus padres, intenta cambiar de empleo, pero descubre que ya era tarde: nadie la contrata para otra función que no sea la de ser dependienta, y sin embargo ello no la irrita en demasía, puesto que ya tiene uno que ejercerá hasta la extenuación.

Dicho entrampamiento de años parece interrumpirse con la aparición de Shiraha, personaje tan patético como vil, quien, tras un errático paso por la tienda de Keiko, es despedido por su terrible desempeño. El hombre es acogido por ella luego de que, a los pocos días, lo encuentre incomodando clientas y en un lamentable estado de abandono. La empatía de Keiko es correspondida con la manipulación de Shiraha, quien cuestiona su situación social y le propone una convivencia que facilite la vida de ambos. Y, en efecto, parece que Keiko finalmente empieza a encajar a los ojos de su hermana y de sus colegas. Murata expone la hipocresía social de la familia y los colegas de Keiko a través de sus reacciones desaforadas ante su nuevo estatus social: no importa cómo o con quién sino cumplir con el rol asignado. La dependienta es una novela que explora cómo la valía, en nuestros tiempos, está supeditada a la función laboral que realizamos, agotando en el camino cualquier resistencia a pensar en la posibilidad de un afuera del trabajo, más aún cuando este se percibe como un refugio para impedir que sobrevenga otra situación desagradable. Y esa incapacidad de imaginarse en un contexto diferente, de mayor bienestar, es la tragedia que Murata retrata entre escenas cómicas que se van tornando desesperantes con el transcurrir de las páginas:

“Me he dado cuenta. Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea defectuosa, aunque pueda morir de hambre si no tengo dinero para comer, no puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda” (pág. 160)

La novela no resuelve la pregunta de si existe una salida a esta problemática, pero sí invita a que al menos nos la formulemos. Y ese gesto, aunque sencillo, podría ser un paso hacia recuperar nuestra identidad.

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Datos del libro reseñado:

Sayaka Murata

La dependienta

Duomos ediciones, 2018. 176 pp.

Traducción de Marina Bornas