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Reseña: Surte. El sonido de los sueños (2022) de Percy Encinas y Carlos Gonzales

Teatro y migración, una apreciación a Surte. El sonido de los sueños

por Henry Rivas Sucari[1]

El tema de la migración global ha estado presente en muchos géneros literarios, entre ellos el teatro. Surte. El sonido de los sueños constituye un caso singular, pues la focalización de su concepción aporta una interacción eficaz entre el plano argumental y la puesta en escena. En suma, ambas interacciones confluyen para construir un mensaje sólido sobre su propuesta. La puesta en escena transcurrió entre los meses de abril y mayo del 2022 en la Alianza Francesa de Miraflores, Lima.

El eje argumental narra la historia de Facundo, un músico que tiene el sueño de triunfar en el país más grande e industrializado del mundo. La quimera sobre la carrera musical es construida a partir de la idea que se tiene sobre el éxito contemporáneo. El arte conduce al éxito comercial y a la fama. Este tipo de sueño, que está en la mente de la mayor parte de jóvenes y que es muy común, conduce al protagonista a una dura travesía. El sujeto migrante y sus sueños deben enfrentarse a otro tipo de cultura, de realidad e idioma. La travesía de los migrantes está representada en Facundo. Su mayor cómplice es su abuela, Abi, quien comparte los sueños de su nieto como si fuesen suyos.

Los migrantes suelen idealizar el país al que desean viajar. Creen de manera ingenua que su realidad puede cambiar radicalmente en ese nuevo lugar y que los problemas que tienen en los países que viven no se reflejarán en esa nueva patria. Esta quimera sobre el paraíso ha sido la trama de muchas obras literarias y de muchos personajes. El viaje en sí mismo constituye una aventura. La fortuna aguarda al viajero.

Surte constituye una excelente representación sobre estos dramas. El de la migración consiste en que los personajes que llegan a otro país no tienen los mismos derechos que los de origen. Esto le ocurre a Facundo y también a otros personajes que aparecen en escena, como en la escena 4, “El trámite indebido”. En él sucede un diálogo entre una burócrata y una mujer. La burócrata es impasible ante los ruegos de la mujer, una migrante que debe abandonar el país. No importa que ha construido su vida de nuevo y que ha tratado de trabajar muy duro, y obedecido a las leyes. Cualquier error cometido, por más que sea pequeño, servirá para que el aparato burocrático expulse y castigue al infractor. La idea de un porvenir maravilloso en una patria nueva queda reflejada en lo que hemos denominado como una quimera, una idea, un sueño que no podrá realizarse. Los migrantes constituyen seres inferiores en una sociedad supuestamente democrática y moderna. Los migrantes solo viven de sus sueños, pero la realidad los conduce a reconocer que no son sujetos con los mismos derechos y privilegios que los nativos. En realidad, casi todos los personajes de este diálogo son extranjeros, migrantes que han llegado a un gran país en busca de sus sueños. Las dos mujeres narran haber sido acosadas por hombres mayores. La burócrata al final confiesa que tuvo que casarse con uno de ellos para tener sus “papeles en regla” y poder ver a sus hijos. Fue “práctica”.

Este tipo de escenas constituyen una representación grave de la realidad de muchos personajes que emigran a distintos lugares y son objetos de persecución, acoso, violencia y explotación. En el caso de las mujeres, la situación suele ser más trágica.

Otro de los temas transversales en la obra es la ideología política de la que habían sido presos Passano y Abi en su juventud. La escena 6 de la Plaza de fiesta reconstruye el pasado de ambos, de sus ideas políticas y el romance frustrado por la militancia guerrillera. De este modo, se entiende el pasado de Abi en lo concerniente a su esposo, el nombre de su hijo y la ilusión que le despierta su nieto artista. Los personajes no pueden escapar de su contexto histórico, social y político. Son hijos de una época. Y también han pagado el precio de ser víctimas de esta. El pasado político de Passano se muestra ahora como una mala herencia y el impedimento para que hubiera podido constituir una vida con Abby. Los proyectos de vida individuales no suelen conciliar con los fines políticos. Las reflexiones contemporáneas sobre un pasado con decisiones erradas los sume de una nostalgia.

La política y la ensoñación de la juventud constituyen en esa otra quimera propia de una generación y la idealización de la guerrilla que podría situarse en los años 70. El hijo de Abi y su nuera, también, fueron víctimas de la violencia política de su época. Los protagonistas como Passano, Ilsa y Aby son testigos y sobrevivientes de una época convulsa. La tragedia de la migración involucra un desprendimiento familiar y cultural, y, a la vez, afectivo.

El infortunio mayor lo lleva Aby. No solo ha perdido a su hijo y nuera, sino, más adelante, a su propio nieto. Los sueños nunca se realizan. Sin embargo, todavía existen historias de esperanzas como la de los finales y situaciones de algunos migrantes, además de la música que finalmente es disfrutada y cantada por otros jóvenes de la generación de Facundo. El arte logra vencer a la muerte. El éxito finalmente no se ubica en la fama o el dinero obtenido en algún país del norte, sino en la trascendencia que puede tener en cualquier lugar.

Son los jóvenes, al final de la obra, los que experimentan, apoyados en la música y la tecnología, la herencia de la voz y la música de Facundo. Su voz y su arte no mueren. Por el contrario, alimentan la esperanza y el amor de su abuela.

El gran logro de Surte no solo reside en la increíble trama que condensa distintas historias y saltos en el tiempo, sino también en la forma cómo incorpora una performance con elementos musicales, videos y tecnología. La música en vivo agregada a los otros componentes se relaciona con los hechos contextuales y añaden a la trama una significación mayor. La música que se ejecuta en escena destaca para aportar una poética sólida a la obra. 

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Datos de la obra reseñada:

Surte. El sonido de los sueños

Dramaturgia: Percy Encinas C. y Carlos Gonzales V

Música original: Estéfano Encinas y Rafael Arenas

Asistencia del proyecto: Nathalie Piñán


[1] Henry César Rivas Sucari es bachiller y licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa; magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus líneas de investigación abarcan la literatura peruana contemporánea, novela peruana del siglo XX y XXI, teorías y poéticas de la ficción, la narrativa de José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique, entre otros. Ha publicado artículos académicos en revistas académicas del Perú y del extranjero, como Letras, Tesis, Apuntes Universitarios,  Psychology and Education, Revista Latinoamericana de ensayo y Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Ha ganado concursos de investigación en las universidades Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y la Universidad Tecnológica del Perú. Integró el colectivo literario Náufrago. Su poema Fuego obtuvo el Diploma Mención Especial del «I PREMIO DE POESÍA KATHARSIS 2008” en Málaga, España.  Actualmente, es doctorando en Literatura Peruana y Latinoamericana de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Además, ejerce la docencia en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Correo: henryrivas2001@gmail.com

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Reseña: Cuentos completos (2019) de Mario Levrero

Fiebre levreriana

Por Sebastián Uribe

¿Por qué uno se vuelve levreriano? ¿Cuándo es que el apellido se vuelve un adjetivo que describe un estilo capaz de impulsar y formar una fervorosa comunidad de admiradores de una obra que conecta a lectores de distintas latitudes y generaciones? Una respuesta a esta última cuestión puede ser la diversidad de caminos que existen para acceder a su escritura. La vía más común sería abordar como punto de inicio El discurso vacío y La novela luminosa, sus novelas más elogiadas, ambas épicas de la cotidianeidad y la trascendencia del ocio. Pero el lector también podría optar por la ruta más onírica con la llamada «Trilogía involuntaria» (conformada por las novelas La ciudad, El lugar y París) y Fauna/ Desplazamientos. Sugiero una tercera vía, un híbrido entre ambos caminos: El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos; o sus deliciosas observaciones vitales recopiladas en sus Irrupciones, textos imposibles de adscribir a un solo género en particular. Afortunadamente, la publicación de sus Cuentos completos conecta todas las vías anteriores.

Propongo empezar leyendo el relato «La calle de los mendigos», donde una ligera y aparentemente inocua alteración de la rutina diaria, como lo es la falla de un encendedor, lleva a una búsqueda desesperada por desentrañar un misterio que no hace más que crecer hasta el punto de desviarnos de lo absurdo de la situación, para situarnos en el laberinto de la curiosidad. En «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris. «Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de esos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega», menciona en «Capítulo XXX» (p. 320), sugiriendo su resistencia a «la opacidad cotidiana, a este frío y a este apego insensato a las cosas. Yo no puedo darme ese lujo» (p. 337, «Surkville»)

El retorno a una capacidad de asombro infantil, aparentemente perdida en las batallas diarias de la adultez, se entremezcla con la urgencia sexual y el humor. En los cuentos de Levrero existen ambientes cargados de tabúes y reglas, cuyos límites son transgredidos mediante un lenguaje aparentemente desmesurado y descontrolado («La casa de pensión»). Esta transgresión no es sino la solución frente a tanta solemnidad impuesta, a la que Levrero golpea sin pudor, apelando a escenas que si bien podrían escandalizar en un primer momento, poseen un efecto que va más allá de la impresión superficial. Son metáforas de la libertad del ejercicio de la ficción. El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el uruguayo encontró una herramienta invaluable. Una síntesis de ello puede ser la respuesta que brinda a un divertido cuestionario formulado por nada menos que él mismo: «Yo utilizo la imaginación para traducir a imágenes ciertos impulsos —llámalos vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo preferís de mi “biografía”. Las imágenes bien podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes, a su vez, representadas por palabras, una idea de esa experiencia íntima, para la cual no existe un lenguaje preciso» (p. 589, «Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero»).

Levrero prefería denominar relatos a este tipo de narraciones para escapar a las fórmulas repetitivas que se le asignan al cuento, como se puede constatar en las 59 piezas que conforman el presente volumen. A diferencia de la concepción tradicional, el relato para el autor representa una oportunidad para romper con ideas preconcebidas de causa-efecto-solución, para tomar opciones más azarosas y delirantes, pero no por ello menos atrapantes. «Los ratones felices» y «Espacios libres» son prueba de ello, con episodios donde lo que menos hay es la lógica en detrimento de la vitalidad. Esto confirma que uno no lee a Levrero para descifrar un enigma, sino para emocionarse durante la persecución de este. Desde la angustia inquietante y asfixiante de «El inspector» al cuestionamiento existencial de «Diario de un canalla», pasando por la melancolía de «Algo pegajoso», el humor de «Confusiones cotidianas», el horror fantástico de «Aguas salobres» o la sensación de aventura de «La cinta de Moebius» y «Alice Springs», el lector reconoce que está frente a verdaderas obras maestras. Cabe decir que algunos textos contienen una mayor dosis de densidad en contraste con los otros relatos, como ocurre con «Ya que estamos» y «La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna», lo cual podría confundir al lector. Sin embargo, al menos habrá un párrafo o frase que denote la genialidad del escritor que en una segunda o tercera lectura permita transportarlo a planos de conciencia desconocidos, tal como anota Nicolás Varlotta, la persona que estuvo a cargo de esta edición.

Retomo mi pregunta inicial, ¿Por qué uno se vuelve levreriano? Ensayo una respuesta: porque al leer a Levrero, uno se percibe cómplice, como quien lee a un amigo (según mencionaba Diego Otero)[1]. Su literatura irrumpe en nuestras rutinas, hipnotizándonos con escenas que ensanchan nuestras experiencias y nos sumergen por completo en una materia artística formada por diversas fuentes. Todas ellas conjugadas de tal manera que uno se olvida que está leyendo. Leer a Levrero no solo es una forma de escapar a la realidad, es una invitación a desarmarla y volverla a armar. «Cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar» (p. 208, «Todo el tiempo») La recopilación de estos relatos nos sigue atrapando con una obra de irradiación incombustible, una nueva oportunidad para empezar.

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Datos del libro reseñado:

Mario Levrero

Cuentos completos

 Literatura Random House, 2019. 656 pp.


[1] En Buensalvaje N° 10, marzo del 2014 https://revistabuensalvaje.wordpress.com/2014/03/20/las-bromas-espirituales/

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Reseña: Línea Nigra (2021) de Jazmina Barrera

Escribiendo lo inexorable

Por Eliana Del Campo

¿Cómo abordar la necesidad individual –y al mismo tiempo, colectiva– de dar cuenta de la maternidad, un tema tan universal como silenciado por el canon literario? ¿Con qué lenguaje abordarlo? Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) resuelve en ‘Línea Nigra’, optar por una estructura fragmentaria para abordar su experiencia. El resultado es un libro íntimo escrito desde las grietas que surgen tras el choque entre la urgencia personal de hacerlo y la ausencia de un lenguaje para captar todas las emociones en la totalidad de su sentir.

“En mi panza se ha ido dibujando una línea oscura. Linea nigra, la llaman. Dicen que es para que el bebé, que ve en alto contraste, suba por el estómago y sepa encontrar los pezones. Mi cuerpo se va llenando de señales para alguien más, señales que tienen que explicarme porque yo misma no sé descifrarlas.” (p. 44)

Barrera se ocupa de las palabras que contienen a la maternidad apoyándose en la escritura como herramienta para decodificar lo que encierran. Examina con profundidad las metáforas que son usadas para hablar de las diferentes etapas que va atravesando, del alumbramiento a la lactancia. Escribe: “Nunca se me había ocurrido pensar en el parto como el momento de una partida: cuando alguien parte de ti. El momento de una partida y el momento de una partición. El momento de partirse en dos” (p. 26). Presta atención a los verbos, a los versos, sin descuidar el lugar del cuerpo, la dimensión física de la experiencia. “De mi cuello para abajo todo mi cuerpo es un desastre: desgarres, suturas y sangrados. Como si hubiera explotado” (p. 79). El relato rehúye el misticismo. En el texto de Barrera, el cuerpo se nombra en sintonía con la experiencia que lo atraviesa y lo transforma para siempre, literalmente, a nivel físico y psíquico. En un momento, la narradora admite: “Tanto de lo que asociaba con mi descripción, con mi narrativa personal, está cambiando.” (p. 23)

Barrera plasma, sin idealización, los conflictos entre la creación artística y la atención a las necesidades de un recién nacido. ‘Línea nigra’ es un libro que transmite ternura, sin divinizarla, pues evita camuflar las sombras que también aparecen en su trayecto como nueva madre y escritora. Se exponen momentos en el que el dilema se aborda en frases como: “¿Cuándo voy a escribir después del parto? ¿A qué hora? Claro que voy a seguir escribiendo, le dije a mi madre, cuando me preguntó si estaba dispuesta a abandonar mis proyectos durante los dos años siguientes.” (p. 17). Escenas en el que el mismo es desenmascarado como falaz y Barrera cita oportunamente a Alicia Ostriker: “Que las mujeres deben tener bebés en vez de escribir libros es la opinión generalizada de la civilización occidental. Que las mujeres deben escribir libros en vez de tener hijos es otra variante de lo mismo” (p. 137). Línea Nigra, desde su existencia, ya es un desafío a la dicotomía entre ‘maternidad versus vocación’. La escritura de Barrera ilumina las costuras mal enhebradas de este mito, exponiendo los discursos para denotar su matiz de obsolescencia.

Podría asociarse la escritura de este libro con la evocación de la Quimera, aquel ser mitológico conformado por partes de diferentes animales, –que la ciencia actual usa para explicar el proceso de intercambio celular entre la madre y el feto durante el embarazo (p. 155) –– para explicar la complejidad de su hechura. El libro posee una voz que a su vez es otras voces y aleja esta propuesta de ser mero diálogo o polifonía. Cada frase citada en el momento preciso es más que una referencia. Muestra de buena forma una previa aprehensión de la autora citada a la experiencia y a la poética de Barrera. Una asimilación in-situ que ocurre en el proceso de disolución del “yo” y su flotamiento en el éter del “no-tiempo”. “Es un lugar sin tiempo, el lugar de las madres” (p. 133) se menciona, luego de describir cómo vive en un eterno presente desde el nacimiento de su hijo. Línea Nigra no sólo se “lee”: su lectura nos ocurre y nos zambulle al mismo instante del cual habla. No somos meros testigos de la narración, pues la sucedemos junto a la autora en cómplice simultaneidad.

También, ‘Línea nigra’ esboza genealogías, transportándonos a la época de su madre artista, quien retrata su propio embarazo, pero que al mismo tiempo sentencia haber dejado de pintar por completo durante dos años para dedicarse de forma exclusiva al cuidado de su hija (p. 104). En paralelo, ocurre otro viaje a la historia de la de la abuela materna, dedicada a asistir partos. Se delinea un trazo de mujeres entregadas a la creación, registrado ahora por la hija escritora a punto de convertirse en madre. Un retrato de sus oficios y sus dolencias: La pérdida de memoria de la abuela, el cáncer de ovario de la madre. Momentos en los que las palabras ceden ante la incertidumbre y el dolor. Pero la construcción de una genealogía sobre la maternidad demanda una poética, un lenguaje con el cual narrarse, una senda literaria formada por distintas autoras que atraviesan la barrera del idioma y exhiben la universalidad de la experiencia. De Rosario Castellanos a Úrsula K. LeGuin, pasando por Sylvia Plath, Zadie Smith y Maggie Nelson, Barrera dibuja una cartografía de la maternidad, mostrando sus relieves contradictorios.

A la par de la vivencia del embarazo, ocurre un desastre: el terremoto en Ciudad de México en el 2017. La autora registra ese momento y evoca sus clases de profilaxis: “La ciudad está medio derrumbada. Hay muchas personas todavía bajo los escombros. Las mujeres lloran en el curso de preparto. Se sienten culpables de tener miedo o tristeza. Qué tortura tan tonta reprimir esos sentimientos.” (p. 45). Capta la vulnerabilidad en la incertidumbre. Nombra la maternidad, que no se encuentra exenta de este miedo, pero acompañada también por la culpa. Barrera la desafía al inhibirla, acudiendo a la literatura para señalar este hartazgo.

Jazmina Barrera

’Línea Nigra’ es un testimonio ofrecido a la literatura para plantarle cara a las tinieblas que rodean a la maternidad y así crear otro lenguaje: uno propio. El resultado es un mosaico coral que ayuda a disipar las brumas en torno a este tema, y nos une con el misterio de la propia vida. “Sabemos mucho más acerca del aire que respiramos o de los mares que atravesamos, que acerca de la naturaleza y del significado de la maternidad” escribió Adrienne Rich alguna vez. Libros como este expanden el universo de lo inexorable, nos enternecen. En fin, nos humanizan. 

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Datos del libro reseñado:

Jazmina Barrera

Línea Nigra

Editorial Montacerdos, 2021, 166 pp.

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Reseña: Jardín zen (2022) de Miguel Sanz Chung

Las palabras beben del mismo manantial. Sobre Jardín zen de Miguel Sanz Chung

Por Cristhian Briceño

Los poemas de este libro se ubican entre el observar y el decir, en ese instante donde la contemplación diseña su estrategia, revela su potencial y anticipa su efecto, pero sin desatar el artificio de la enunciación cuantiosa; sucede como en ese famoso haiku de Yosa Buson: «Ante el crisantemo blanco, las tijeras dudan un instante». A lo largo de la obra de Sanz Chung encontramos algunos precedentes. En Quién las hojas, el elemento poético presente ya en el título duda de su naturaleza: es la hoja de un árbol, pero también el papel en blanco o el afilado acero que acaricia una barbilla; en su Diccionario elemental, las palabras dudan también de su valor semántico, de sus etimologías, y terminan revelando significados surgidos de la ironía y de la imaginación. Si bien esta estrategia podría asumirse, sin más, como metáfora o símil, yo diría que el autor toma otro camino: muchos de sus personajes inician una lenta trasformación que se interrumpe cuando empieza a atisbarse un destino. En Jardín zen, la evolución de los personajes y de las emociones es cuestión de una decena de versos depurados con una técnica excelente: «Ahora el dolor no necesita de tantos versos» (p. 23); al final, el tiempo parece ralentizarse hasta adquirir una dureza sentenciosa. Sin embargo, en este arco evolutivo siempre es posible reconocer cómo el yo lírico se inserta a sí mismo dentro la naturaleza y él mismo se vuelve naturaleza viva, o, en todo caso, asume las características de lo vegetal:

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Reseña: Incendiar la ciudad (2002) de Julio Durán

INCENDIAR LA CIUDAD, VEINTE AÑOS DESPUÉS▶

Por Cristhian Briceño

El narrador es un adolescente que va idealizando una revolución siempre diferida; sus emociones, como es natural, no están calibradas, exceden su capacidad de reflexión: está siempre dispuesto a hacer lo imposible con nula materia intelectual. Parece nadar contra la corriente de manera voluntaria; quizá de aquí parte su sempiterno sentimiento de culpa cuando se compara con los miembros menos favorecidos del grupo al que intenta pertenecer. En las primeras páginas de la novela se nos da a entender una búsqueda de su identidad dentro de la sociedad limeña de principios de los noventa, época —tildada hasta la náusea— de cambios, decisiva. No hay duda de su fascinación por huir de lo prestablecido: va cultivando una suerte de fobia al establishment, pero que conforme avanza nuestra lectura podemos justificar por su acercamiento a ciertos personajes que avivan estas inquietudes y fortalecen sus intuiciones. Su formación cultural se basa en literatura antiacadémica, en la música y la ideología que consume de bandas de rock subterráneo, en discursos clandestinos avivados por el alcohol y las drogas, aunque en cierto momento iniciático menciona haber leído a Henry Miller y, en otro, es inducido a lecturas de índole más bien comunista, en un pequeño arco donde tiene un acercamiento a cierta facción terrorista que se resuelve de manera precipitada. Tiene trazado un itinerario casi de rutina: la avenida Tacna, Colmena, Wilson, la plaza Francia, Camaná, la avenida Arequipa, el paseo Colón… Esta constancia topográfica no es sino un grito destemplado que nos pide que confiemos en su narración, como si quisiera decirnos en todo momento: «yo estuve ahí». La ciudad que ve es aquella restringida a un supuesto criterio revolucionario. Su identidad nunca se nos hace explícita, y accedemos a él, como otros tantos personajes de la novela, a partir de un alias, con la diferencia que en su mancha subte se le conoce como el Chibolo (es decir, se le atribuyen cualidades de aprendiz, de iniciado), mientras que con sus amigos «normales» es el Loco (debido a su desplazamiento hacia ese otro margen no visitado por los ciudadanos, digamos, respetables, insertados en ese marco llamado, orwellianamente, Sistema). Cuando le llega el momento de enamorarse se muestra torpe, entregado a lo no correspondido, aunque hacia el final de la novela devela una madurez emocional que quizá exceda su edad cronológica y, también, cómo no, a sus aspiraciones de rebelde. Pero el narrador no es la pieza clave de la novela, sino el Chusko, una suerte de guía o modelo que va amplificando sus talentos a lo largo del relato; primero se nos presenta como uno de los líderes de un colectivo que tiene como centro de operaciones un lugar llamado El Hueco, luego se nos dice que es el bajista de un grupo de rock, que sabe escribir canciones, que es una gurú ocasional y, finalmente, se le otorgan cualidades literarias, de tal forma que el narrador, ya entregado a ese vínculo basado en el respeto y la admiración, es merecedor de ser el albacea de las cuartillas donde el Chusko ha pergeñado varios cuentos, su aparente legado. Pero lo más interesante, según veo, es que el interés amoroso del narrador, Irene, nos revela, hacia el final, que amaba al Chusko, con lo cual su influencia es total, devastadora, no ha dejado piedra sobre piedra en el mundo interior de quien nos narra la historia. Para esto, el Chusko ya ha muerto atropellado por un bus en una desbocada huida luego de que los integrantes de un grupo subversivo intentaran acabar con su vida, pero el narrador nada dice sobre este particular ante Irene, etc.

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Reseña: Pulsaciones (2022)

En que doy cuenta y repaso de la colección Pulsaciones, aparecida el año pasado, 2022 ▶

Por Cristhian Briceño

En los últimos 25 años podemos encontrar algunos antecedentes a este conjunto, en particular por el carácter heterogéneo de la muestra. Quizá el más obvio vendría a ser la colección Piedra/Sangre aparecida en el año 2009, la cual, aunque el extenso estudio realizado por J. C. Yrigoyen intenta unificar, adolece de una cohesión temática o estética (el elemento unificador quizá sea la tapa dura con la cual están encuadernados los folios, la tipografía, el arte de las portadas, etc.); por el contrario, los libros que la componen exploran sus posibilidades con resultados disímiles. Otro ejemplo es la publicación de Tetramerón. Cuatro poetas del último día, que nos aproximaba a la obra incipiente de los entonces jóvenes integrantes del taller de poesía de la Universidad de Lima. También tenemos la plaquette homónima del colectivo Inmanencia, un breve volumen encargado de dar a conocer el trabajo de un puñado de nuevas voces poéticas de la Universidad Católica de finales de los noventa. Existen más ejemplos, pero quedémonos con estos por ahora.

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