Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Coyuntura Crítica teatral Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Surte. El sonido de los sueños (2022) de Percy Encinas y Carlos Gonzales

Teatro y migración, una apreciación a Surte. El sonido de los sueños

por Henry Rivas Sucari[1]

El tema de la migración global ha estado presente en muchos géneros literarios, entre ellos el teatro. Surte. El sonido de los sueños constituye un caso singular, pues la focalización de su concepción aporta una interacción eficaz entre el plano argumental y la puesta en escena. En suma, ambas interacciones confluyen para construir un mensaje sólido sobre su propuesta. La puesta en escena transcurrió entre los meses de abril y mayo del 2022 en la Alianza Francesa de Miraflores, Lima.

El eje argumental narra la historia de Facundo, un músico que tiene el sueño de triunfar en el país más grande e industrializado del mundo. La quimera sobre la carrera musical es construida a partir de la idea que se tiene sobre el éxito contemporáneo. El arte conduce al éxito comercial y a la fama. Este tipo de sueño, que está en la mente de la mayor parte de jóvenes y que es muy común, conduce al protagonista a una dura travesía. El sujeto migrante y sus sueños deben enfrentarse a otro tipo de cultura, de realidad e idioma. La travesía de los migrantes está representada en Facundo. Su mayor cómplice es su abuela, Abi, quien comparte los sueños de su nieto como si fuesen suyos.

Los migrantes suelen idealizar el país al que desean viajar. Creen de manera ingenua que su realidad puede cambiar radicalmente en ese nuevo lugar y que los problemas que tienen en los países que viven no se reflejarán en esa nueva patria. Esta quimera sobre el paraíso ha sido la trama de muchas obras literarias y de muchos personajes. El viaje en sí mismo constituye una aventura. La fortuna aguarda al viajero.

Surte constituye una excelente representación sobre estos dramas. El de la migración consiste en que los personajes que llegan a otro país no tienen los mismos derechos que los de origen. Esto le ocurre a Facundo y también a otros personajes que aparecen en escena, como en la escena 4, “El trámite indebido”. En él sucede un diálogo entre una burócrata y una mujer. La burócrata es impasible ante los ruegos de la mujer, una migrante que debe abandonar el país. No importa que ha construido su vida de nuevo y que ha tratado de trabajar muy duro, y obedecido a las leyes. Cualquier error cometido, por más que sea pequeño, servirá para que el aparato burocrático expulse y castigue al infractor. La idea de un porvenir maravilloso en una patria nueva queda reflejada en lo que hemos denominado como una quimera, una idea, un sueño que no podrá realizarse. Los migrantes constituyen seres inferiores en una sociedad supuestamente democrática y moderna. Los migrantes solo viven de sus sueños, pero la realidad los conduce a reconocer que no son sujetos con los mismos derechos y privilegios que los nativos. En realidad, casi todos los personajes de este diálogo son extranjeros, migrantes que han llegado a un gran país en busca de sus sueños. Las dos mujeres narran haber sido acosadas por hombres mayores. La burócrata al final confiesa que tuvo que casarse con uno de ellos para tener sus “papeles en regla” y poder ver a sus hijos. Fue “práctica”.

Este tipo de escenas constituyen una representación grave de la realidad de muchos personajes que emigran a distintos lugares y son objetos de persecución, acoso, violencia y explotación. En el caso de las mujeres, la situación suele ser más trágica.

Otro de los temas transversales en la obra es la ideología política de la que habían sido presos Passano y Abi en su juventud. La escena 6 de la Plaza de fiesta reconstruye el pasado de ambos, de sus ideas políticas y el romance frustrado por la militancia guerrillera. De este modo, se entiende el pasado de Abi en lo concerniente a su esposo, el nombre de su hijo y la ilusión que le despierta su nieto artista. Los personajes no pueden escapar de su contexto histórico, social y político. Son hijos de una época. Y también han pagado el precio de ser víctimas de esta. El pasado político de Passano se muestra ahora como una mala herencia y el impedimento para que hubiera podido constituir una vida con Abby. Los proyectos de vida individuales no suelen conciliar con los fines políticos. Las reflexiones contemporáneas sobre un pasado con decisiones erradas los sume de una nostalgia.

La política y la ensoñación de la juventud constituyen en esa otra quimera propia de una generación y la idealización de la guerrilla que podría situarse en los años 70. El hijo de Abi y su nuera, también, fueron víctimas de la violencia política de su época. Los protagonistas como Passano, Ilsa y Aby son testigos y sobrevivientes de una época convulsa. La tragedia de la migración involucra un desprendimiento familiar y cultural, y, a la vez, afectivo.

El infortunio mayor lo lleva Aby. No solo ha perdido a su hijo y nuera, sino, más adelante, a su propio nieto. Los sueños nunca se realizan. Sin embargo, todavía existen historias de esperanzas como la de los finales y situaciones de algunos migrantes, además de la música que finalmente es disfrutada y cantada por otros jóvenes de la generación de Facundo. El arte logra vencer a la muerte. El éxito finalmente no se ubica en la fama o el dinero obtenido en algún país del norte, sino en la trascendencia que puede tener en cualquier lugar.

Son los jóvenes, al final de la obra, los que experimentan, apoyados en la música y la tecnología, la herencia de la voz y la música de Facundo. Su voz y su arte no mueren. Por el contrario, alimentan la esperanza y el amor de su abuela.

El gran logro de Surte no solo reside en la increíble trama que condensa distintas historias y saltos en el tiempo, sino también en la forma cómo incorpora una performance con elementos musicales, videos y tecnología. La música en vivo agregada a los otros componentes se relaciona con los hechos contextuales y añaden a la trama una significación mayor. La música que se ejecuta en escena destaca para aportar una poética sólida a la obra. 

*****

Datos de la obra reseñada:

Surte. El sonido de los sueños

Dramaturgia: Percy Encinas C. y Carlos Gonzales V

Música original: Estéfano Encinas y Rafael Arenas

Asistencia del proyecto: Nathalie Piñán


[1] Henry César Rivas Sucari es bachiller y licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa; magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus líneas de investigación abarcan la literatura peruana contemporánea, novela peruana del siglo XX y XXI, teorías y poéticas de la ficción, la narrativa de José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique, entre otros. Ha publicado artículos académicos en revistas académicas del Perú y del extranjero, como Letras, Tesis, Apuntes Universitarios,  Psychology and Education, Revista Latinoamericana de ensayo y Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Ha ganado concursos de investigación en las universidades Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y la Universidad Tecnológica del Perú. Integró el colectivo literario Náufrago. Su poema Fuego obtuvo el Diploma Mención Especial del «I PREMIO DE POESÍA KATHARSIS 2008” en Málaga, España.  Actualmente, es doctorando en Literatura Peruana y Latinoamericana de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Además, ejerce la docencia en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Correo: henryrivas2001@gmail.com

Categories
Crítica teatral

Homo pandemicus y artes escénicas

Por Gabriela L. Javier Caballero y Karlos López Rentería

El impacto del COVID-19 en todas las esferas de nuestra vida es agobiante: en planos más mundanos y privilegiados —por qué no— no podemos salir, ver a familiares, interactuar con amigos y demás; en las esferas más inmediatas, existen familias que no pueden salir a trabajar, que no pueden afrontar los gastos básicos: que se ven privadas de condiciones mínimas de vida, expuestas constantemente al contagio. Frente a estas preocupaciones vitales —porque vaya que lo son—, ¿qué viene pasando con las Artes Escénicas? En primera instancia, dado que toda reunión convocante —aspecto natural al hecho escénico— ha sido cancelada, canceladas también fueron los estrenos, ensayos, funciones, talleres y clases. Esta situación, sin duda, afecta emocional y —sobre todo— económicamente a quienes, con todas las dificultades que significa hacer arte en nuestro país, trabajan en actividades relacionadas: productores, músicos, actrices, actores, directores, directoras, escenógrafos, etc. Son ya varios los encuentros desde distintos espacios, que se han venido gestando para lograr articular voces y solicitar medidas concretas de parte del Estado para este sector. Estos intentos parten de artistas y gestores culturales y están dirigidos a solucionar, al menos de manera provisional, los medios de sobrevivencia económica de los artistas escénicos. Sin embargo, nos preguntamos, ¿existe demanda de creación artística en tiempos de COVID? ¿Dónde hemos quedado los espectadores?

En estos días de coronavirus, cuarentena e infodemia, la imagen de la “palta emocionada” es un simpático ejemplo de cómo la representación ficcional emerge y se produce aun en los escenarios más desoladores. Atravesando el día mundial del teatro, la danza,  día del trabajo y el día de la madre (todas ficciones que nos sirven para la celebración, el encuentro, la memoria histórica) nos toca preguntarnos si la ficción actuada, acumulada en la web, alcanza para el consumo de ahora y después como paliativo a la imposibilidad del encuentro teatral y si en algún momento, el desquicio se organizará en elencos mínimos desde los techos, balcones, patios compartidos, calles, para espectar desde las ventanas hogareñas o de automóviles. Del mismo modo que el “apague su celular” hoy es reformulado, el discurso bélico se renueva, propaga y valida, pasando por la autarquía y economías de guerra que no contemplan el subsidio universal, impuesto a la riqueza mediante. Nunca como en este tiempo, la totalidad emerge con la fuerza de lo inasible. Somos parte de ella y notamos sus consecuencias mano a mano. Este tiempo requiere acciones concretas de parte del Estado,  mientras los laboratorios chinos, suizos o chiclayanos descubren la cura. Eso o, de una vez, nos preparamos a convivir con el virus.

La cuarentena viene sobrestimulando nuestra condición de espectadores múltiples que ya veníamos padeciendo antes del encierro. Quizá lo nuevo es el aumento de productores de entretenimiento desde casa, pero, esta ascendente curva también es preCOVID-19. Las crisis que hoy rajan la delgada mascarilla cotidiana, son anteriores a la pandemia y atentan contra la industria del entretenimiento que, en sintonía con el orden mundial, evidencia las precarias condiciones en que venía funcionando gran parte del sector. En ese sentido, ¿somos los espectadores parte de esta precaria situación? ¿Qué parte del sector somos? Como individuos, hemos venido adaptándonos a lo que el mercado de las Artes Escénicas nos ofrece y respondiendo (precariamente también, eso sí) a la multiplicación de espacios artísticos que han visto la luz durante los últimos años. “Mucha oferta, mucho por ver, imposible verlo todo” son frases que oímos y/o decimos constantemente en las habituales tertulias pre y post función. Pero, ¿qué hay para quienes hicimos de ir a ver teatro cada fin de semana un hábito, para quienes investigamos artes escénicas? ¿Somos un público que demande espectáculos?, ¿qué hay para quienes eran/son consumidores del teatro local? ¿Piensan en nosotros los miembros de la comunidad artística?

Todas las formas del mundo compartido ahora deben ser adecuadas a las plataformas que otorga internet (primera opción para este homo pandemicus) y sobre esto se viene discutiendo mucho, con el pesar de que todo lo dicho será transitorio. Palabras, afortunadamente. Las acciones, en cambio, podrían estar condenadas a ser irremediables. “¡Es mejor quedarse en casa!” rezan las palabras del eslogan de turno. Sin embargo, esto último también es transitorio y dependerá de cuánto se agoten las arcas o cuán afectada esté nuestra producción. Lo pongo más claro: quedarse en casa es un privilegio que además de la voluntad está condicionado por la capacidad de generar riqueza desde el propio hogar, talento que no depende exclusivamente del artista, sino también (quizá fundamentalmente) de sus virtudes tecnológicas y  posesiones entre las que destacan internet, cámara, celular, computadora y, por supuesto, tener luz. De la comida, salud y techo, no hablemos.

Fuente: Archivo de El Comercio

En estas horas oscuras del partido, el complejo gremio cultural, no exclusivo de las artes, dentro de las cuales el rubro “escénico” (desglosado en danza, circo, teatro y un escurridizo etc.), que enfoca en “teatro“ las subdivisiones para lo callejero, objeto, pantomima, narración, impro, stand-up y otro inabarcable etcétera, coincide, este gremio amplio y generoso, en la suspensión/cancelación de los proyectos de funciones, ensayos, giras, festivales que, a la vez, son  atravesados por el rubro “talleres”, pared con la que el sector de las artes ha jugado históricamente ante el desamparo estatal. La problemática se particulariza en ese misterioso etcétera, en el que los trabajadores del sector podrían dividirse en roles visibles (artistas, productores y gestores) y roles invisibles (técnicos, mantenimiento, limpieza, promotores, y administradores de salas independientes). La prueba de emergencia del sector golpea distinto de acuerdo al lugar en el que uno se encuentre (antes de la pandemia, también) y debería considerar lo específico de propuestas, en las que Perú es rico, y que no podrán participar de las soluciones online.

Mientras, como espectadores, nos preguntamos, ¿en qué espacio queda el impulso creador? Si bien la preocupación inmediata de quienes crean es la sobrevivencia, ¿hacia dónde va el movimiento invisible que articula imaginación y arte? ¿Podemos, en tiempos de pandemia, preocuparnos por algo que ya ha sido declarado como no de primera necesidad? Podemos, en efecto. Aquello que nos hace humanos no es solo la convivencia, la interacción con el otro, la emoción del espacio compartido y la risa en simultáneo. Lo que nos termina de humanizar es nuestro natural instinto por contar y por oír historias. La necesidad de narrativizar la vida y de crear ficciones es un mecanismo de sobrevivencia también. Las Artes Escénicas, en ese sentido, con su capacidad intrínseca de convocar y de contar no solo con palabras, sino con espacios, objetos, cuerpos, música, etc, se hacen más que necesarias en estos momentos. Ya iremos hallando las maneras de juntarnos y de virtualizar para seguir contando.

En otro ámbito, la tarea de agremiación, o empadronamiento al menos, es titánica en nuestro país y, lo que es peor, va contra reloj. Al igual que en los laboratorios que persiguen la vacuna, las manos que organizan estos esfuerzos, saben que deben hacerlo antes que los ahorros familiares se agoten, porque cuando eso pase, el peligro de llevarse el coronavirus de yapa, no detendrá a nadie. El sector cultural experimenta en carne propia el horror del capitalismo globalizado, desbordante, sin fronteras. Horror del que pueden dar cuenta los territorios que siguen siendo invadidos por mineras, los hábitats destruidos y el mundo, en pleno, depredado. Estos territorios ya sabían, antes de la pandemia, que la categoría » todos» siempre margina a muchos. Hoy, que no formamos parte de «las primeras actividades en volver a funcionar», lo sabemos. Y entre nosotros, sospechamos que no todos podrán «adaptarse» ni «reiventarse». Unos por muy viejos, otros por exceso de juventud y otros por derecho a exigir que su oficio sea considerado con el mismo respeto que se contempla al turismo, la gastronomía y otras industrias (con mismo nivel de riesgo) atendidas en el regreso a la «normalidad».

Mientras, las burocracias, científica y gremial, se esmeran en hacer funcionar sus procedimientos. Los que pueden quedarse en casa ensayan mundos posibles a pesar del horror y para después de él. Deberemos considerar la caducidad de algunos tópicos desde la escena. El mundo ya no será el mismo para nosotros, los espectadores. Del mismo modo, el espectador pandémico ha sido sobre estimulado con acceso a contenidos de extensión, estilo y densidad que antes no habría observado por disponibilidad de tiempo. Seguramente sus estándares habrán sido reorientados y aquello que antes rechazaba, ahora le atrae. Seguramente, nuestros estándares cambiarán, y nuestro modo de espectar el arte/de mirar la vida hallará nuevas formas de entendimiento y de valoración. Ojalá así sea.