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Crítica teatral

Homo pandemicus y artes escénicas

Por Gabriela L. Javier Caballero y Karlos López Rentería

El impacto del COVID-19 en todas las esferas de nuestra vida es agobiante: en planos más mundanos y privilegiados —por qué no— no podemos salir, ver a familiares, interactuar con amigos y demás; en las esferas más inmediatas, existen familias que no pueden salir a trabajar, que no pueden afrontar los gastos básicos: que se ven privadas de condiciones mínimas de vida, expuestas constantemente al contagio. Frente a estas preocupaciones vitales —porque vaya que lo son—, ¿qué viene pasando con las Artes Escénicas? En primera instancia, dado que toda reunión convocante —aspecto natural al hecho escénico— ha sido cancelada, canceladas también fueron los estrenos, ensayos, funciones, talleres y clases. Esta situación, sin duda, afecta emocional y —sobre todo— económicamente a quienes, con todas las dificultades que significa hacer arte en nuestro país, trabajan en actividades relacionadas: productores, músicos, actrices, actores, directores, directoras, escenógrafos, etc. Son ya varios los encuentros desde distintos espacios, que se han venido gestando para lograr articular voces y solicitar medidas concretas de parte del Estado para este sector. Estos intentos parten de artistas y gestores culturales y están dirigidos a solucionar, al menos de manera provisional, los medios de sobrevivencia económica de los artistas escénicos. Sin embargo, nos preguntamos, ¿existe demanda de creación artística en tiempos de COVID? ¿Dónde hemos quedado los espectadores?

En estos días de coronavirus, cuarentena e infodemia, la imagen de la “palta emocionada” es un simpático ejemplo de cómo la representación ficcional emerge y se produce aun en los escenarios más desoladores. Atravesando el día mundial del teatro, la danza,  día del trabajo y el día de la madre (todas ficciones que nos sirven para la celebración, el encuentro, la memoria histórica) nos toca preguntarnos si la ficción actuada, acumulada en la web, alcanza para el consumo de ahora y después como paliativo a la imposibilidad del encuentro teatral y si en algún momento, el desquicio se organizará en elencos mínimos desde los techos, balcones, patios compartidos, calles, para espectar desde las ventanas hogareñas o de automóviles. Del mismo modo que el “apague su celular” hoy es reformulado, el discurso bélico se renueva, propaga y valida, pasando por la autarquía y economías de guerra que no contemplan el subsidio universal, impuesto a la riqueza mediante. Nunca como en este tiempo, la totalidad emerge con la fuerza de lo inasible. Somos parte de ella y notamos sus consecuencias mano a mano. Este tiempo requiere acciones concretas de parte del Estado,  mientras los laboratorios chinos, suizos o chiclayanos descubren la cura. Eso o, de una vez, nos preparamos a convivir con el virus.

La cuarentena viene sobrestimulando nuestra condición de espectadores múltiples que ya veníamos padeciendo antes del encierro. Quizá lo nuevo es el aumento de productores de entretenimiento desde casa, pero, esta ascendente curva también es preCOVID-19. Las crisis que hoy rajan la delgada mascarilla cotidiana, son anteriores a la pandemia y atentan contra la industria del entretenimiento que, en sintonía con el orden mundial, evidencia las precarias condiciones en que venía funcionando gran parte del sector. En ese sentido, ¿somos los espectadores parte de esta precaria situación? ¿Qué parte del sector somos? Como individuos, hemos venido adaptándonos a lo que el mercado de las Artes Escénicas nos ofrece y respondiendo (precariamente también, eso sí) a la multiplicación de espacios artísticos que han visto la luz durante los últimos años. “Mucha oferta, mucho por ver, imposible verlo todo” son frases que oímos y/o decimos constantemente en las habituales tertulias pre y post función. Pero, ¿qué hay para quienes hicimos de ir a ver teatro cada fin de semana un hábito, para quienes investigamos artes escénicas? ¿Somos un público que demande espectáculos?, ¿qué hay para quienes eran/son consumidores del teatro local? ¿Piensan en nosotros los miembros de la comunidad artística?

Todas las formas del mundo compartido ahora deben ser adecuadas a las plataformas que otorga internet (primera opción para este homo pandemicus) y sobre esto se viene discutiendo mucho, con el pesar de que todo lo dicho será transitorio. Palabras, afortunadamente. Las acciones, en cambio, podrían estar condenadas a ser irremediables. “¡Es mejor quedarse en casa!” rezan las palabras del eslogan de turno. Sin embargo, esto último también es transitorio y dependerá de cuánto se agoten las arcas o cuán afectada esté nuestra producción. Lo pongo más claro: quedarse en casa es un privilegio que además de la voluntad está condicionado por la capacidad de generar riqueza desde el propio hogar, talento que no depende exclusivamente del artista, sino también (quizá fundamentalmente) de sus virtudes tecnológicas y  posesiones entre las que destacan internet, cámara, celular, computadora y, por supuesto, tener luz. De la comida, salud y techo, no hablemos.

Fuente: Archivo de El Comercio

En estas horas oscuras del partido, el complejo gremio cultural, no exclusivo de las artes, dentro de las cuales el rubro “escénico” (desglosado en danza, circo, teatro y un escurridizo etc.), que enfoca en “teatro“ las subdivisiones para lo callejero, objeto, pantomima, narración, impro, stand-up y otro inabarcable etcétera, coincide, este gremio amplio y generoso, en la suspensión/cancelación de los proyectos de funciones, ensayos, giras, festivales que, a la vez, son  atravesados por el rubro “talleres”, pared con la que el sector de las artes ha jugado históricamente ante el desamparo estatal. La problemática se particulariza en ese misterioso etcétera, en el que los trabajadores del sector podrían dividirse en roles visibles (artistas, productores y gestores) y roles invisibles (técnicos, mantenimiento, limpieza, promotores, y administradores de salas independientes). La prueba de emergencia del sector golpea distinto de acuerdo al lugar en el que uno se encuentre (antes de la pandemia, también) y debería considerar lo específico de propuestas, en las que Perú es rico, y que no podrán participar de las soluciones online.

Mientras, como espectadores, nos preguntamos, ¿en qué espacio queda el impulso creador? Si bien la preocupación inmediata de quienes crean es la sobrevivencia, ¿hacia dónde va el movimiento invisible que articula imaginación y arte? ¿Podemos, en tiempos de pandemia, preocuparnos por algo que ya ha sido declarado como no de primera necesidad? Podemos, en efecto. Aquello que nos hace humanos no es solo la convivencia, la interacción con el otro, la emoción del espacio compartido y la risa en simultáneo. Lo que nos termina de humanizar es nuestro natural instinto por contar y por oír historias. La necesidad de narrativizar la vida y de crear ficciones es un mecanismo de sobrevivencia también. Las Artes Escénicas, en ese sentido, con su capacidad intrínseca de convocar y de contar no solo con palabras, sino con espacios, objetos, cuerpos, música, etc, se hacen más que necesarias en estos momentos. Ya iremos hallando las maneras de juntarnos y de virtualizar para seguir contando.

En otro ámbito, la tarea de agremiación, o empadronamiento al menos, es titánica en nuestro país y, lo que es peor, va contra reloj. Al igual que en los laboratorios que persiguen la vacuna, las manos que organizan estos esfuerzos, saben que deben hacerlo antes que los ahorros familiares se agoten, porque cuando eso pase, el peligro de llevarse el coronavirus de yapa, no detendrá a nadie. El sector cultural experimenta en carne propia el horror del capitalismo globalizado, desbordante, sin fronteras. Horror del que pueden dar cuenta los territorios que siguen siendo invadidos por mineras, los hábitats destruidos y el mundo, en pleno, depredado. Estos territorios ya sabían, antes de la pandemia, que la categoría ” todos” siempre margina a muchos. Hoy, que no formamos parte de “las primeras actividades en volver a funcionar”, lo sabemos. Y entre nosotros, sospechamos que no todos podrán “adaptarse” ni “reiventarse”. Unos por muy viejos, otros por exceso de juventud y otros por derecho a exigir que su oficio sea considerado con el mismo respeto que se contempla al turismo, la gastronomía y otras industrias (con mismo nivel de riesgo) atendidas en el regreso a la “normalidad”.

Mientras, las burocracias, científica y gremial, se esmeran en hacer funcionar sus procedimientos. Los que pueden quedarse en casa ensayan mundos posibles a pesar del horror y para después de él. Deberemos considerar la caducidad de algunos tópicos desde la escena. El mundo ya no será el mismo para nosotros, los espectadores. Del mismo modo, el espectador pandémico ha sido sobre estimulado con acceso a contenidos de extensión, estilo y densidad que antes no habría observado por disponibilidad de tiempo. Seguramente sus estándares habrán sido reorientados y aquello que antes rechazaba, ahora le atrae. Seguramente, nuestros estándares cambiarán, y nuestro modo de espectar el arte/de mirar la vida hallará nuevas formas de entendimiento y de valoración. Ojalá así sea.

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