Al revisar el perfil de un escritor cuya obra no se ha leído, el interés que dicho texto despierte dependerá enteramente de la capacidad del biógrafo para hacerte cómplice de su obsesión. Un texto de estas características narra mucho más que la vida del biografiado pues, aunque esta esté llena de hechos grandiosos, espectaculares o morbosos, un perfil es el relato de una búsqueda en la que el lector es testigo de una cadena de elecciones: qué resaltar, a quién preguntar, qué contar, qué ignorar. Qué narrar. Cómo compartir esa fijación por una historia al mismo tiempo que se la descifra y, en consecuencia, contagiar la curiosidad por todo lo que este autor o autora haya escrito, con el conocimiento de las circunstancias en que dicha obra se gestó.
La obra de María Luisa Bombal ya es un clásico en los planes lectores de las escuelas chilenas, pero su nombre no está tan presente (aún) en el imaginario de los lectores peruanos, más allá de una reciente reedición de Seix Barral publicada hace unos años. Este perfil de Diego Zúñiga (Iquique, 1987) no solo explora los hitos biográficos de la autora, originaria de Viña del Mar, sino que también revela una cartografía de relaciones, influencias, amistades y conexiones que nos acerca a una época germinal para libros clave en la literatura latinoamericana del siglo XX.
Bombal, perteneciente a ese club de los denominados ‘escritores Bartleby’, como Josefina Vicens o Juan Rulfo, tuvo una producción literaria tan corta como grandiosa. ¿Por qué tan breve? ¿Era todo lo que tenía que decir? ¿Cuáles fueron los desafíos y experiencias que enfrentó durante su irrupción artística siendo una mujer chilena en la primera mitad del siglo XX? ‘El teatro de los muertos’ nos revela una vida tan trágica como estruendosa, cubierta por una niebla de prejuicios y olvidos planificados, en la que el machismo juega un rol clave para que la figura de María Luisa Bombal se disipe.
Zúñiga identifica a la muerte de su padre a temprana edad, el vacío que supuso este hecho y las figuras masculinas con las que se relacionaría en su juventud y adultez como los episodios gatilladores de la desdicha y la locura de Bombal. Hechos que provocaron las fracturas emocionales que incidirán en sus textos, permeando su sintaxis de una intensidad que busca revelar el mundo interior de sus personajes, como se sugiere en el libro:
“Sin embargo, lo que sobresale es la atmósfera que construye y que será indistinguible de su estilo: la idea de que narrar no significa, necesariamente, avanzar. Su escritura se detiene, revolotea, va hacia atrás, fija su objetivo en el paisaje, en el territorio, en los detalles que le permiten ingresar en la interioridad de sus personajes, en aquello intangible que define las vidas que ha decidido narrar”. (pág. 50)
Uno de los méritos de Zúñiga es explorar potenciales vínculos entre vida y obra, es decir, cómo esta última es una respuesta a la primera, una forma de hacerle frente a la tragedia. De esto dan cuenta los fragmentos de entrevistas que el autor inserta en el libro y en la que deja colar cómo su narrativa revela en la ficción los tormentos que yacían en su espíritu:
“La verdadera tragedia es así -responde María Luisa- profunda y aparentemente cubierta por un manto de indiferencia. Cada uno lleva en el fondo de su alma una tragedia que se empeña en ocultar al mundo…” (pág. 68)
Pero no todo es drama, pues el perfil también da cuenta de las amistades que Bombal sostuvo con escritores de su época, una lista abrumadoramente masculina en la que resaltan nombres como el de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges u Oliviero Girondo. Salvo Gabriela Mistral, no serían muchas las conexiones con otras escritoras hasta años después cuando se convirtió una gran inspiración para escritoras como la uruguaya Armonía Somers, cuya identificación con la obra de Bombal da pie a uno de los pasajes más emotivos del libro:
“(…) María Luisa recibe una carta de la escritora uruguaya Armonía Somers. Se la envía desde Montevideo, en junio de 1971, junto a un ejemplar de su novela ‘La mujer desnuda’. Es una carta hermosa que devela una genealogía latinoamericana, la escritura escurridiza de una serie de narradoras del siglo XX, una hermandad que se forja en contra del costumbrismo y del realismo y de cualquier noción conservadora de la literatura (…) Novelas, cuentos escritos para el futuro, textos que no fueron comprendidos en su momento: la poesía, los deseos, las imágenes oníricas, la intimidad, la vida privada, los afectos que se desbordan y en los cuales indagan estas narradoras con un ímpetu brillante, político en muchas de ellas”. (pág. 97)
La vida rodeada de una lengua ajena en Estados Unidos y la vuelta a un Chile a punto de iniciar su período más oscuro, son eventos que definen los años finales de Bombal. En estos años, el hálito del desamparo se solidifica alrededor de ella y corroe su confianza: premios que no se dan, deudas que acechan, rupturas familiares insalvables. Llega el reconocimiento de los lectores, pero eso no resulta suficiente para vivir decentemente, ni para aliviar los remordimientos que empiezan a acechar intensamente. El silencio narrativo es definitivo, tal vez el único eco posible a una aparición tan brillante.
«(…) y un amor que va a tratar de borrar con el lenguaje privado que inventó para sus ficciones, aunque al final de estos años de gracia, al final de estos años intensos, creativos y misteriosos, de todas formas, le explotará en la cara: ese amor, esa tragedia, esa historia que parece que no se va a acabar nunca». (pág. 35)
Y este, en efecto, no se acaba, pues, como sugiere Lucía Guerra, una de las entrevistadas por Zúñiga, al margen de sus declaraciones y su posicionamiento político e ideológico, Bombal no dejó de pertenecer a una sociedad patriarcal en la que terminó perdiéndose, más allá del espejismo de inclusión que este sistema aparentó otorgarle.
‘El teatro de los muertos’ es el retrato de una autora que a través de su obra intentó despejar la bruma que le impedía vivir en coherencia con su sentir. Que en su ficción dio cuenta de una pasión cuyo vigor derribaba la moralidad conservadora de la época. Este perfil es un homenaje y una invitación a leer (o releer) a Bombal y deslumbrarse por la fuerza atemporal de su literatura, un lenguaje capaz de sobrevivir a las adversidades que vivió su autora y que resistió el olvido. Una obra que no puedo esperar a descubrir al mismo tiempo que termino estas líneas.
Lanzamiento editorial: Paterson City de Omar Guerrero
¿Qué es ser peruano? ¿Qué es la peruanidad? Estas preguntas son abordadas en Paterson City de Omar Guerrero, colaborador habitual de la revista. La novela fue publicada por primera vez en el 2010 con el sello Estruendomudo, y toma como locación la ciudad de Paterson, New Jersey, lugar que alberga una buena cantidad de peruanos que han trasladado sus costumbres y su «peruanidad». Se trata de la historia de un niño peruano que llega a los Estados Unidos para obtener un mejor futuro sin dejar de lado todo lo que representa su país, cuyo pasado reciente, lleno de conflictos y violencia, formará parte de un duro aprendizaje.
Esta edición incluye un prólogo del catedrático Giancarlo Stagnaro de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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Aquí algunos comentarios:
«Guerrero revela muy bien en su novela –Paterson City– un detalle importante: que toda esta peruanidad imaginada está atrapada en una cápsula del tiempo». Américo Mendoza Mori. Jugo de caigua.
«Historias que se cruzan y se hacen muy cercanas, migrantes que cargan pasados que prefieren enterrar. Todo esto tiene Paterson City». Gonzalo Galarza Cerf. El Comercio.
Cinco apuntes breves sobre cinco poemarios del 2023
Por Cristian Briceño
Una sana insularidad
Parece que fue ayer cuando el colectivo Poesía Sub25 infestó las redes con poemas lo-fi de manifiesta aura juvenil y convirtió al hipervínculo en un tropo determinante. ¿El problema? El acelerado agotamiento de una estética que fue asimilada por jóvenes amateurs como una moda y no como un campo de batalla digno de ser ampliado para construir en él un proyecto a largo plazo. ¿Lo bueno? Lo genial, diría yo, fue cómo el colectivo, en su afán por establecer una comunidad, dio a conocer a varios autores de todo el territorio peruano con los que no necesariamente guardaban vínculos estilísticos. Otros autores, alineados con algunas premisas del colectivo, iniciaban una mudanza de esa primera piel, iban dejando aquel sendero común para dar con hallazgos importantes en sus propuestas poéticas.
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Carmen Balcells, traficantes de palabras (Debate, 2022) es una biografía bastante extensa sobre la agente literaria más exitosa del mundo hispano. Son más de quinientas páginas con información detallada sobre su vida familiar y laboral (508 páginas para ser más precisos). La autora de este libro es la escritora española Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948), quien trató de manera directa con la propia Carmen Balcells (1930-2015). Cabe resaltar que la amistad entre ambas data de un lapso de cuarenta años por lo que la información es de primera mano. Aunque, como indica la sinopsis de este libro, para cumplir con este ambicioso proyecto, Riera también se vio en la obligación de entrevistar a familiares, amigos, editores, agentes y muchas personas relacionadas con el mundo del libro, quienes han dado testimonio de una mujer que fue muy querida y, a la vez, bastante temida, además de ser muy poderosa y polémica, y cuyo mayor logro fue representar y formar un extenso catálogo con escritores asombrosos, a los que también se les puede considerar como excepcionales. Lo más curioso es que la mayoría son de habla hispana, entre ellos sobresalen tres Premios Nobel de Literatura.
El libro está compuesto por treintaitrés capítulos junto a un dossier de fotos bastante interesantes. Se suma un apéndice, además de los agradecimientos y un extenso bloque de notas (775 notas para seguir siendo precisos), y otro largo bloque correspondiente al índice alfabético donde se encuentran los principales nombres de la literatura universal como coprotagonistas de esta inmensa biografía que, a la vez, sirve como testimonio de una época dorada para las letras en español (no es descabellado llamarlo “el otro siglo de oro”). Me atrevería a decir que también puede servir como modelo para quienes se aventuren en la tarea de convertirse en agentes literarios, pues Carmen Balcells es el mejor ejemplo de ello. Esta misma recomendación recae sobre escritores y editores profesionales debido a que el legado de Balcells continúa debido a que su agencia se mantiene vigente como una de las más importantes del medio, lo que resulta valioso para saber las implicancias de un contrato y sus cláusulas, los beneficios y los inconvenientes que pueden traer consigo el cumplimiento o incumplimiento de estas. Incluso, es una lectura válida para que su competencia la lea, porque a partir del trabajo desarrollado por Balcells se llegó a formar una especie de escuela (o alumnos, o alumnas) lo que ha dado lugar a otras agencias literarias con mucha participación en el mercado literario en la actualidad.
En este libro es imposible no mencionar a uno de los más importantes Premios Nobel de Literatura de las últimas décadas, y que no ha quedado en el olvido porque sus libros se siguen vendiendo y leyendo por millones, dando paso a grandes producciones cinematográficas. Me refiero a Gabriel García Márquez, quien no sólo representó un porcentaje considerable en la facturación de la agencia, sino que también formó parte del círculo íntimo de la agente, además influir en muchas decisiones para ella. Así se detalla en la introducción: “García Márquez, por ejemplo, no representó solo el 36.2 por ciento de la facturación de la agencia, sino algo mucho más importante: fue el espejo en el que muchas veces Carmen se miró, y en ese espejo destacaba el sentido del humor, la capacidad de sorprender, de quebrar la expectativa del interlocutor, la seguridad no exenta de cierta arrogancia y, muy especialmente, la fascinación por el poder y por quienes lo ejercen” (p.19).
Por supuesto que esta relación también era mutua. El mismo García Márquez también expresó admiración sobre su agente, sobre todo porque se encargaba de tratar temas que él prefería evitar: “Me gusta decir cuánto dinero gano y cuánto pago por las cosas, porque sólo yo sé el trabajo que me cuesta ganármelo, y me parece injusto que no se sepa. La única excepción a esta norma es que nunca hablo de dinero con los editores y los productores de cine, porque tengo un agente literario que habla por mí mejor que yo; primero, porque es mujer, y después, porque es catalana. Muchos editores la detestan por la ferocidad con que defiende los centavos de los escritores, sobre todo de los jóvenes y más necesitados, y el día que no la detesten empezaré a sospechar que se pasó al bando contrario” (p.24).
Y es que eran tan conocidas estas discusiones (llámese también peleas) que ella sostenía con editores y gerentes muy poderosos como Carlos Barral, de Seix-Barral, o José Manuel Lara, fundador de Editorial Planeta, quienes llegaron a perder la compostura y el respeto que exigen sus puestos al punto de llegar a insultarla. Aunque estas situaciones Balcells sabía manejarlas muy bien, ya sea con drama o a través de su férreo carácter. Y en todas siempre salía airosa. Lo hacía tan bien que el escritor español Manuel Vásquez Montalbán, representado también por la agencia Balcells, se animó a llamarla “la superagente literario 009, pero todavía sin licencia para matar” (p.25).
Lo cierto es que Balcells sabía convivir muy bien con el poder. Se relacionaba con quien lo ostentaba o con quien pudiera ayudarla en distintas situaciones. Y vaya que fue mucha gente importante con la que tuvo cercanía. Así es como se especifica en estas páginas: “Conocer e incluso mantener relaciones de amistad con Fidel Castro, Salinas de Gortari, Belisario Betancourt, Andrés Pastrana, Felipe González, José María Aznar o con los reyes Felipe y Letizia, no sólo le encantaba, sino que además sabía hasta qué punto, como ocurrió con Aznar, le podían ser útiles a ella y a sus representados. En este sentido, también se parecía a su querido Gabo, quien, a partir del éxito de Cien años de soledad, se valió de la fama para acercarse al poder” (p.34). Un ejemplo simple de ello es cómo Balcells lograba cosas imposibles como conseguir un avión o helicóptero que pudiera rescatar a uno de sus escritores varados para que pudieran cumplir con su trabajo de promoción de libros.
Esta misma relación con el poder la confirmó su hijo Lluís Miquel Palomares, heredero del imperio que formó su madre y director actual de la agencia Balcells: “La obsesión por el poder fue uno de los motores de la vida de mi madre” (p.35). Aquí es necesario mencionar que Lluís Miquel Palomares es hijo único de Carmen Balcells y en su niñez se caracterizó por poseer una extremada timidez, problema que enseguida fue solucionado por su madre al pedirle al mismo García Márquez que le diera consejos a su hijo, además de brindarle una que otra experiencia propia de los varones como si Gabo fuese un segundo padre o un padrino para el pequeño y retraído Lluís Miquel, quien, sí o sí, estaba destinado a heredar el imperio que Balcells estaba forjando. Y vaya que sirvió.
La figura de la agente fue adquiriendo una imagen mítica con el transcurrir de los años y más aún con los triunfos de sus representados. Fue entonces que su imagen pasó a ser casi religiosa, como si se tratara de una verdadera madre para los suyos, quienes seguían alcanzando la tan ansiada consagración. Lo curioso es que estas grandes personalidades se encomendaban a ella porque su grandiosidad no tenía límites. Era algo muy similar a la convivencia perfecta entre divinidades. Y ni qué decir del temor que podía producir en quienes se encontraba en la otra orilla, que también tenían y ostentaban grandiosidad y hasta cierta divinidad. Era como un choque de poderes: “Muchos escritores no dan un paso sin consultar con ella. Dicen que García Márquez se encomienda a Balcells cuando contrae un catarro o tiene que tomar un avión. Tres cuartos de lo mismo hacen Cela, Vargas Llosa, Isabel Allende y docenas de consagrados. Las editoriales tiemblan al escuchar su voz por teléfono. Es terrible como un John Wayne. Y además lista, voluntariosa, implacable y lúcida» (p.49).
Muchas personalidades, que no pertenecían a su agencia, pero que llegaron a conocerla dan fe de la imponencia que ella ostentaba. Así lo comenta Julio Ortega, quien llegó a ser su vecino: “[…] su energía era de una claridad arrebatada, a la vez intuitiva y, a veces, feroz. Uno terminaba haciendo para ella lo que no habría hecho por uno mismo” (p.57).
Otros autores, que sí estuvieron bajo su cargo en la agencia, también dan fe de su férreo carácter y su habilidad para tener siempre el control de las cosas. Así lo mencionó José Donoso, quien muchas veces se vio sucumbido por las duras decisiones de su representante: “Carmen Balcells parecía tener en sus manos las cuerdas que nos hacían bailar a todos como a marionetas, y nos contemplaba, quizás con admiración, quizás con hambre, quizá con una mezcla de ambas cosas, mientras contemplaba también a los peces danzando en su pecera” (p.59).
Ante todas estas definiciones y testimonios cercanos es fácil deducir que ella fue el artífice del prolongado y sepulcral silencio que existe hasta el día de hoy sobre las razones de por qué Mario Vargas Llosa golpeó a Gabriel García Márquez. Se asume que como buena “madre” (o agente) no se inclinaría por ninguno de sus dos “hijos” (o representados) bastante predilectos a pesar de los hechos (o errores) que se cometieron antes de desencadenarse este suceso. Su imparcialidad y su silencio fueron su última decisión con respecto a este tema: “De manera aún más especial, fue discretísima en lo que atañe al puñetazo que Gabo recibió de Mario Vargas Llosa el 12 de febrero de 1976 en el vestíbulo del teatro del Palacio de las Bellas Artes de México DF, adonde ambos habían sido invitados para asistir al estreno de la película La Odisea de los Andes, con guion de Vargas Llosa. Balcells incluso sabía quién, entre los que se atribuían haber corrido a comprar el filete sangrante para ponérselo a Gabo sobre la mejilla golpeada -tratando así de aliviar el hematoma, que le cubría parte del ojo izquierdo, según las fotos que le realizó Rodrigo Moya dos días después- decía la verdad” (p.140).
En cuanto al boom, Balcells sabía muy bien que este se centraba en unos cuantos grandes escritores quienes capturaban la atención de muchos interesados. Era como uno de los mayores tesoros que tenía en manos y que siempre debía de cuidar: “Mucho antes, en 1974, Manuel Vázquez Montalbán recogía unas palabras de Balcells sobre la explosión del boom, al que la agente califica como el descubrimiento de un pozo de petróleo que atrae a las compañías explotadoras» (p.168).
Por otro lado, las mujeres escritoras nunca estuvieron fuera de su protección. Balcells era como una pitonisa que sabía muy bien que tarde o temprano el rol de las mujeres dentro de la literatura cambiaría, tal como se ha visto en los últimos años. Quizá por eso siempre estuvo pendiente de las necesidades de Isabel Allende, a quien atendía engriéndola con flores, tan igual como lo hacía con García Márquez, y hasta con grandes cenas donde nunca faltaba el caviar, pues Balcells sabía del inmenso potencial que había en Isabel Allende y en otras escritoras como Nélida Piñón, a quien visitaba por largas temporadas en su natal Brasil: “Nélida fue probablemente, después de su madre y tras Lola Carmona, la mujer más importante de la vida de la agente, por cuya carrera literaria luchó a brazo partido y con un gran éxito, avalado por los importantes premios conseguidos” (p.163).
Balcells era una personalidad importante, muy similar a sus representados, por lo que nunca faltaba a las grandes reuniones o fiestas literarias de Barcelona. Para ese momento ya se consideraba a esta ciudad como el epicentro del mundo editorial y literario en español. Así lo testifican los medios periodísticos y culturales: “El grupo había sido bautizado por Joan de Sagarra como la gauche divine en un artículo de Téle/eXprés a propósito de los asistentes a la fiesta de inauguración de la editorial Tusquets en el barcelonés Gran Price. Sus componentes se reunían en un nuevo local nocturno, Bocaccio, inaugurado en 1967, propiedad de Oriol Regás, que representaba, en cierta manera, el nuevo modo desinhibido y mucho más libre de entender la vida, la cultura y las relaciones humanas” (p.178).
En cuanto a las disputas con las grandes editoriales siempre continuaban, más aún si había mucho dinero de por medio. Incluso hasta se agravaban como el juicio que le entabló a Plaza & Janés por la publicación de unos títulos de García Márquez en determinados formatos que no se incluyeron en el contrato, motivo suficiente para que Balcells y su representado lograran más ganancias de las que obtenían con las ventas de los libros (p.219). Otro altercado conocido fue el que ocurrió con Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid de Tusquets por la segunda novela de Javier Cercas después del éxito de Soldados de Salamina. La nueva novela era La velocidad de la luz (2005), por lo que se pidió un anticipo de un millón de euros (p.205). Al no recibir este monto por parte de sus editores, Cercas publicó su segunda novela con Random House Mondadori (nombre anterior de Penguin Random House Grupo Editorial). Y esta decisión para la gente de Tusquets se consideró como una triple traición.. Primero, de Javier Cercas, a quien consideraban un amigo. Segundo, de Claudio López Lamadrid, sobrino de Toni, director de Random House. Y tercero, de Carmen Balcells, agente literaria de Cercas y persona cercana para los directores de Tusquets (p.206).
En cuanto a las viudas de los escritores sí es preciso reconocer que Balcells no tuvo la suerte de salir airosa ante sus requerimientos. Es más, hasta llegó a tener diferencias con algunas de ellas. Sucedió con las viudas de Cabrera Infante y de Bolaño, quienes decidieron pasar los derechos de sus maridos a la Agencia Wylie en 2009. Lo mismo pasó con la viuda de Jorge Edwards.
Otros hechos importantes en la vida de Balcells fueron los viajes. Sobresale, en especial, el viaje que realizó a Perú junto con Mario Vargas Llosa en 1967 después de que recibiera el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde. En este viaje también los acompañaría el escritor y crítico literario catalán Josep María Castellet, quien calificó a Lima como una ciudad triste y pobre, propia del retrato que hace Vargas Llosa en sus novelas (p.262). Luego pasaron por Iquitos, lugar al que consideró como un pueblo miserable, al que llegaron sólo para recabar información para lo que luego sería Pantaleón y las visitadoras. Lo único rescatable de este viaje fue una sesión de ayahuasca donde a la agente le dio un ataque de risa que nunca pudo controlar en todo el tiempo que le duró los efectos de la ingesta. Otro viaje que quedaría como recuerdo junto a su estimado Mario sería uno que hicieron a Cusco, en especial a la ciudadela de Machu Picchu.
Otros viajes importantes para la agente fueron los realizados a La Habana, con García Márquez como intermediario, sólo con la intención de obtener las tan ansiadas memorias de Fidel Castro, a quien Balcells admiraba por ser uno de los principales protagonistas de la segunda mitad del siglo XX. La revolución cubana también había cautivado a la agente literaria (p.271).
Parte de su legado es haber creado una escuela de agentes donde destacan otros nombres como Antonia Kerrigan y Silvia Bastos, quienes trabajaron primero para la agencia Balcells, logrando cercanía y confianza con la superagente, además de muchos conocimientos en el mercado del libro, aunque estas relaciones no duraron mucho tiempo debido al fuerte carácter de cada una de estas importantes mujeres en el medio literario español, lo que terminó en grandes peleas y, por tanto, en la creación de estas otras agencias que terminaron siendo competencia de Balcells.
También es importante mencionar las relaciones de amor-odio que sostenía con los editores, o jefes editoriales de grandes corporaciones. El primer ejemplo, ya mencionado al inicio de esta reseña, es con Carlos Barral, quien, en realidad, fue el creador de Balcells, pues ella trabajó para él en Barral Editores. Y porque fue él quien le recomendó que mejor se dedicara a ser agente literaria, puesto nulo o inexistente en ese momento. Gran error, y al mismo tiempo, gran consejo dado por el mítico editor. Otro ejemplo de esta relación es con Jorge Herralde, de Anagrama, con quien siempre se encontraba en las grandes fiestas que se realizaban en la discoteca Bocaccio de Barcelona, además de coincidir en varias ocasiones en las más importantes ferias del libro alrededor del mundo. O con Claudio López Lamadrid, de Random House por quien sintió un grandísimo afecto, no sólo por ser sobrino de su antiguo amigo Tony López Lamadrid, de Tusquets, sino también por haber sido el jefe-editor de buena parte de la obra de sus representados.
Se pueden seguir mencionando más hechos importantes que aparecen en este libro, pero son interminables. Sólo concluyo con la presencia de Balcells en la premiación del Nobel de Literatura. Ella acudió en tres ocasiones a Estocolmo. Primero con García Márquez en 1982, donde el escritor colombiano alteró el protocolo al no usar el clásico frac que se requiere para esta ceremonia sino su típico traje blanco caribeño colombiano sólo para demostrar que su nombre ya había pasado a la historia. En esa ocasión, Balcells también deslumbró con un caftán persa reservado sólo para ocasiones especiales. Y vaya que lo era. La segunda vez fue en 1989 con la premiación de Camilo José Cela, que no estuvo exceptuada de polémica, más aún al conocerse la inclinación política que tuvo el escritor español en el pasado. Y la tercera fue en 2010 cuando se lo dieron a Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Balcells estuvo presente entre los primeros asientos, no sólo por ser la agente literaria del galardonado sino por su avanzado estado de edad, sobre todo por su dificultad para trasladarse. Aun así, se le veía como una madre orgullosa que no podía evitar las lágrimas, más aún al saber el delicado estado de salud de su esposo Lluís Palomares, quien fallece en Barcelona tres días después de que Mario Vargas Llosa pronunciara al mundo su emotivo discurso.
Sin duda, Carmen Balcells es la Mamá Grande de la literatura en español. Y no por la referencia del personaje de García Márquez, sino porque en realidad fue como una mamá para muchos de sus escritores, y porque también fue grande (muy grande) en todo el sentido de la palabra.
Para más información existe un documental que ya se ha convertido en un clásico. Se llama “La cláusula Balcells” y se puede ver en el siguiente enlace:
Toda exploración del amor comienza por una pregunta sobre el lenguaje. Ambas implican el examen de la forma en que nos comunicamos y, por ende, nos relacionamos con nosotros y los demás. ¿Cómo expresar lo que sentimos y, al mismo tiempo, ahondar en lo que somos, lo que nos rodea y los lazos que nos vinculan? Diario de Koro puede leerse como un registro de esta búsqueda. Un diario que busca alejarse de su naturaleza, al oponer la forma de medir el tiempo con el nacimiento de una cronología personal. Una que gira en torno a la unión entre un poeta y un felino.
La relación de Gastón Carrasco (Santiago, 1988) con Koro empieza cuando este último tiene un mes de nacido y viaja maullando en una caja de zapatos, y se desarrolla a lo largo del confinamiento que vivimos en la pandemia. Durante dicho periodo, que hoy nos puede parecer lejano, Carrasco empieza a indagar en la intimidad del hogar y las dinámicas entre los seres que la habitan, comenzando por sí mismo:
“El vecino de arriba golpea, se sienten golpes de bastón: un recluso mandando mensajes sobre fugas. Pierdo el interés, sigo el ejemplo de Koro y me enrollo en mí mismo para dormir”. (p. 16)
Este acto podría ser una declaración de principios que se vislumbrará a lo largo del libro, compuesto por anotaciones sobre las nuevas rutinas que se originaron, las reflexiones que estas provocaron y los hallazgos sobre lo que uno llevaba a cuestas hasta dicho momento. De ahí que se entremezclen desde citas de libros leídos hasta películas vistas, pasando por las más simples acciones de Koro deambulando por los ambientes de la casa, confluyendo en una nueva percepción de la dinámica que rodea e interviene en el narrador.
La horizontalidad de la relación entre ambos, como contraposición al vínculo común de amo-mascota, crea un nuevo lenguaje en el que confluyen poesía y naturaleza, lecturas y maullidos. Tanto Koro como Carrasco se aproximan al teclado tanteando con la posibilidad de romper la quietud de este y así escribir letras palabras, frases, textos, pensamientos y emociones. Más que interrupción, hay una irrupción felina: el lenguaje que se está formando no se corta ni se detiene, sino que se expande y enriquece con cada gesto de Koro, desde el más nimio al más extraño:
“Ahora duerme sobre el teclado, escribe con el cuerpo, prescinde de las palabras, no importa el vínculo ni las relaciones, escritura automática de signos, predilección por las consonantes, como ese sonido que hace al ver una polilla: kkkkkkkkkk”. (p. 66)
De esta manera, puede decirse que Diario de Koro es una ruptura con la monotonía del lenguaje que nos rodea a diario al impregnar lo que se escribe con matices bárbaros, salvajes e inesperados, llenos de errores que dislocan el automatismo. Una marca particular que se refleja en el texto, para así “sonar juntos”. Un principio de unión y cooperación, como se menciona en una de las anotaciones, que diluye la individualidad y el encierro, tanto físico como emocional.
“Acariciarse es apretar el lenguaje. Constriño y uno palabras como en un neologismo. Una forma simple de unirse a otro. Las letras juntas componen el follaje”. (p. 26)
La existencia de Koro, ese ser libre y lúdico, nos remite a la corporalidad como un mecanismo de afirmación y supervivencia. Sobre cómo la ternura que provocan sus gestos y huellas (o, incluso, sus pelitos) permitió resistir en un escenario copado por la desolación y la congoja, y que parece no haber desaparecido del todo. El libro de Carrasco es una invitación a abrir el lenguaje, a impregnarse y enriquecerse de otras formas de existencia y así, escapar, salvar nuestros sentimientos de la peligrosa recarga del circuito cerrado de una mente ensimismada por completo.
¿Es posible mantener la conciencia tranquila cuando se ejerce la política? ¿Cómo? ¿Cómo resistir un sistema de gobierno programado para ahogar cualquier iniciativa que amenace la acumulación de la riqueza de quienes ya son dueños de ella? Belén Gopegui (Madrid, 1963) erige su novela Acceso no autorizado en dos conceptos clave: resignación y resistencia.
Acceso no autorizado es un retrato político que deja entrever el carácter inercial del quehacer gubernamental, así como la poca o nula libertad en la toma de decisiones. En esta historia no hay lugar para el idealismo. La narración cierra la ventana a cualquier aire de cambio que intenta colarse. Todo está ya programado, el sistema se defiende. Es en esos momentos donde la resignación y la culpa –aunadas en el personaje de la vicepresidenta de España– aparecen, crecen, se desbordan y buscan una salida, una filtración a través de las palabras.
La novela superpone muchas acciones que suceden en simultáneo, pero sobre las que destaca una en particular: la vicepresidenta de España comunicándose por su computadora con un hacker. Una hoja en blanco a la que acude cual oráculo a expresarle sus temores, sus miedos, sus remordimientos y también, por qué no, a disfrutar del placer del coqueteo cómplice. Confiar en un desconocido, del que no se conoce más que las palabras que escribe, podría ser considerado como irracional, pero ¿qué tanto lo es en realidad?, se pregunta la protagonista. Con círculos políticos contaminados de traiciones y pullas, y una red de comunicaciones pinchado por completo, la idea de confiar en un anónimo no resulta tan descabellada
Gopegui pone su prosa al servicio del sentido de la urgencia de lo que está contando. El accionar de sus protagonistas (la vicepresidenta y el abogado devenido en hacker), determinado por situaciones de presión pública, paranoia, conspiraciones y lealtades movibles, se transmite adecuadamente con frases y diálogos cortos, austeros. El lenguaje usado dosifica las reflexiones y las cavilaciones, sin restarles densidad, como se puede apreciar en líneas como las siguientes:
«…nos saludamos entre nosotros, sonreímos, nuestra presencia afirma que estamos satisfechos con las cartas recibidas, que estas reglas de juego nos parecen bien; llegado el momento, mataríamos, sí, mataríamos, pero no para cambiarlas sino para que todo siga como ahora, aunque sepamos y, no podemos negarlo, lo sabemos, que bastaría un empujón para mandarnos al abismo de los desatendidos, los sospechosos, los tristes, los que no tienen horizonte. Esperamos morir sin que eso ocurra, y nos llamarán socialdemócratas y sonreiremos, y nos parecerá bien». (p. 263)
Y también:
«¿No es revelador que el único gesto verdaderamente significativo de un político occidental, el único momento en que parece mostrarse como individuo que se atiene a unos principios y no fluye en la corriente, sea la dimisión? ¿No dice esto que el rechazo sería el único espacio para el factor humano en nuestras democracias?». (p. 313)
En Acceso no autorizado, el lector siente empatía por la comunidad de los hackers porque no le temen al fracaso social dado que ya viven en él. Sus acciones de reprogramación tienen un aire de resistencia y revolución, silenciosa y lúdica. Importa, sí, el dinero, el poder comer a diario, porque muerto ya no da tanta gracia invadir la computadora de otros:
“Los putos ricos son libres, es lo que más me jode. Los putos ricos inspiran admiración porque se pueden permitir jugársela, decir que no, dejar un trabajo, que más les da si no lo necesitan para vivir”. (p. 157)
Pero hay más que eso. Hay un sentido de contrapoder tecnológico (y, también, económico social) en el hecho de resistir y lograr dar algunos golpes informáticos: mucha adrenalina y la posibilidad de nivelar el juego, al menos en la dimensión de lo virtual, pero con consecuencias en el mundo real. Inmiscuirse en los círculos de las élites del poder e intervenir en esferas a las que por otros medios nunca se sería invitado.
Belén Gopegui
¿Cómo lidiar con un tejido social donde la avaricia corporativa ha encumbrado a la indolencia como su eje? ¿Cómo se despierta uno con la consigna de querer sobrevivir al día, sin certeza alguna sobre lo que vendrá el siguiente? La novela de Gopegui muestra caminos para subvertir la abulia diaria a través del accionar de estos guerrilleros informáticos. “Cuando no se le habla a nadie, ¿a quién se le habla? Las palabras son código, existen para ser intercambiadas” (p. 270) se dice en la novela y ahí se encuentra la clave para resistir y dar pelea: el lenguaje. ¿Qué son los códigos de programación sino un lenguaje? ¿Y qué es este sino un campo en constante evolución? Uno cuya reciente aparición da la oportunidad de hacerle frente a los dueños del tablero. Alterar la sintaxis para alterar la realidad. He ahí no solo una propuesta subversiva, sino también un estilo.