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Coyuntura

Las condiciones de salud y las epidemias en la historia peruana

Por Carlos Carcelén Reluz

Antes de la llegada de los españoles a nuestras costas, sus enfermedades ya estaban matando a miles de súbditos del Imperio Inca. El mismo inca Huayna Capac fue una de las innumerables víctimas de la mortal viruela, enfermedad viral, como muchas otras llegadas de Europa, a la que los pobladores andinos de esos años no tenían ninguna defensa. Esta epidemia provocó la crisis política del Imperio Inca que desencadenó la guerra civil entre sus hijos, lo que facilitó la derrota de sus ejércitos.

Ya desde fines del siglo pasado los historiadores consideramos que la historia de la Conquista española es también la historia de la despoblación de América como producto de sucesivas epidemias que azotaron por oleadas todos sus territorios. La viruela, el sarampión, la influenza y otras más fueron la causa principal del colapso demográfico con un cálculo de un 90% de muertes desde la llegada de Colón hasta en las últimas décadas del siglo XVI.

Durante la época colonial, las sucesivas epidemias, además de provocar el despoblamiento de diversas zonas del país, permitieron el reordenamiento del territorio en beneficio de los conquistadores y sus herederos creando haciendas o latifundios que explotaban el territorio y la mano de obra indígena. Los españoles lo tenían claro: sin mano de obra indígena era imposible mantener su dominio en el Perú. 

Por ello, las autoridades coloniales hicieron todo lo posible para la protección de la población indígena porque su mano de obra era la base de su riqueza reflejada en la explotación de minas, haciendas, obrajes y construcción de infraestructura civil o religiosa. Sin embargo, nunca hicieron nada en lo referente al cuidado de su salud o prevención de desastres. La poca infraestructura hospitalaria fue dedicada a la atención de la población urbana, especialmente las élites blancas. Y en cuanto a prevención de desastres las autoridades españolas tampoco construyeron una infraestructura que se asemejara a los sistemas de preparación, previsión y almacenamiento de las culturas prehispánicas que nos dejaron los restos arqueológicos de sus tambos y colcas.

Ante este desamparo real la población indígena mantuvo sus usos y costumbres en lo referente a la salud pero, ante las enfermedades importadas, poco o nada podían hacer las hierbas medicinales, los rituales de sanación o los famosos takis. Por esta razón, en la colonia, los desastres socioambientales provocaron diversas oleadas de epidemias, teniendo como las más importantes en el espacio del Virreinato del Perú, las sucedidas en la primera mitad del siglo XVIII. El pico de la mortandad se alcanzó entre los años de 1719 a 1722, con enfermedades como el cólera y el tifus que avanzaron desde el Altiplano hasta Lima. Estas provocaron la muerte de unas 20 mil personas en la zona del Cuzco y unas 70 mil en el ámbito del Arzobispado de Lima, que incluía los actuales departamentos de Lima, Áncash, Ica, Junín, Pasco, Huancavelica y Huánuco.

A fines del siglo XVIII, el incremento de la temperatura provocado por el Mega Niño de 1791 demostraron la desastrosa situación de los sistemas sanitarios en las ciudades peruanas. En el caso de Lima, los sabios ilustrados como Hipólito Unanue exigieron medidas urgentes ante la contaminación provocada por el mal manejo de los desagües y residuos sólidos que consideraban como el origen de las diversas enfermedades propias de los efectos de las altas temperaturas, constantes inundaciones, desbordes de acequias y canales.

Esta situación no cambió en la época republicana. Las condiciones de salud siguieron siendo las mismas y los desastres naturales azotaron a la población en ciudades caracterizadas por el hacinamiento y el mal manejo de los desagües y residuos sólidos. En 1868, Lima y el Callao fueron azotados por una epidemia de fiebre amarilla asociada a un incremento de la temperatura y humedad propias de un Niño fuerte. No obstante, esta epidemia se caracterizó por la terrible costumbre de culpar a los extranjeros de nuestros males: las víctimas no solo fueron los enfermos, sino también los inmigrantes chinos, quienes fueron culpados de traer la enfermedad, razón por la cual se les aplicaron diversas medidas de aislamiento cercanas a la xenofobia.

Fuente: Utopística, 2015

Otro caso que merece ser resaltado es el de la epidemia de cólera en 1991, que se expandió desde Chimbote a la costa del país en una coyuntura histórica caracterizada por lo que se denomina catástrofes convergentes, es decir, crisis económica, colapso de los sistemas de salud y salubridad, escasez de productos alimenticios, desempleo generalizado, terrorismo, un Niño fuerte y, en general, la crisis del Estado peruano. Fue este panorama el que sirvió de justificación para las reformas neoliberales y dictatoriales del fujimorato.

En este año, las condiciones se mantienen, no se han modificado en nada. El sistema de salud continúa colapsado, al igual que los pésimos sistemas de desagües y manejo de residuos sólidos, la ausencia de educación ambiental y políticas sanitarias, y una enorme ignorancia por parte de las autoridades y la ciudadanía. Pero las circunstancias no son, ni remotamente, las mismas. Desde enero se expande una nueva pandemia que ya lleva varios miles de muertos en países que cuentan con sistemas de salud modernos como China, Italia o España, y que, al compararse con el nuestro, parecen de otro mundo. Frente a esta amenaza, el actual gobierno ha tomado medidas de emergencia para frenar el contagio del Covid-19, las cuales, a pesar de los argumentos oficiales, constituyen un reconocimiento, por parte de este, de la debilidad y precariedad de su sistema de salud y, en especial, de su propia incapacidad para reorganizarlo y hacer frente a la pandemia. Temeroso de que esta se salga de control y que termine por colapsar su servicio, ha elegido el aislamiento social como forma de reducir los niveles de contagio.

En términos históricos las condiciones de salud en la actualidad siguen siendo deficitarias y elitistas, y no cumplen con las condiciones básicas para enfrentar cualquier tipo de desastres socioambientales que, además de destruir la infraestructura, acaban con la vida de muchos peruanos. Pero no solo es el sistema de salud, es la misma estructura del Estado en todos sus niveles la que no planifica políticas de previsión a mediano y largo plazo ante cualquier situación de emergencia, lo que demuestra que, desde la época colonial, las autoridades siguen aplicando lo que se denomina medidas de enfrentamiento de situaciones.

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Nuevos tiempos, nueva bitácora

Por Rómulo Torre Toro

Hace algunos años atrás se suspendió la publicación de la Bitácora de El Hablador. Las razones de dicha suspensión no son importantes, pero sí es necesario resaltar que, desde ese momento, el debate cultural y literario se quedó sin uno de sus principales espacios de encuentro y difusión. Ahora, en paralelo al relanzamiento de la revista y la publicación de su último número, se ha hecho necesario recuperar este blog para intentar, una vez más, impulsar la discusión de ideas en nuestro medio.

Sabemos, sin embargo, que esta nueva etapa no puede estar libre de ciertos cambios. La situación actual exige de nosotros un esfuerzo diferente, una voluntad por entender el fenómeno humano desde diferentes perspectivas que permitan ubicarlo en determinadas coordenadas políticas, sociales y culturales. Creemos que solo a partir del diálogo de distintas disciplinas será posible la comprensión de lo que solemos llamar realidad con amplitud. Por esa razón,  la Bitácora de El Hablador presenta una nueva organización de contenidos.

Sin más demoras, veamos las secciones que les ofreceremos en las próximas semanas.

Coyuntura: se analizarán distintos temas políticos o sociales que estén en medio del debate público, no solo a nivel nacional, sino también global. Las personas que estarán a cargo son Carlos Carcelén, Anouk Guiné, Andrés Sampayo (Colombia), Edder Pino Ponce (Chile) y Marité Bustamante.

Reflexión: las columnas que integran esta sección abordarán distintos temas vinculados a la literatura, el quehacer literario o al análisis de distintas manifestaciones culturales. De este modo, se evaluará su relevancia y su trascendencia. Aquí participarán Giancarlo Stagnaro, Jack Martínez y Juan Carlos Rojas.

Reseñas: las tradicionales reseñas de narrativa, poesía y ensayo estarán a cargo de algunos miembros antiguos y algunas nuevas incorporaciones. Entre los primeros destacan Lisandro Gómez y Lenin Pantoja. Por su parte, entre los nuevos reseñistas están David Villena, Jhonny Pacheco, Helen Garnica, Sebastián Uribe y Karen Calle.

Crítica teatral: la creciente oferta de puestas en escena, y de festivales internacionales que acercan la producción y la reflexión sobre esta disciplina, hace necesario el examen del espectáculo teatral desde la mirada de Gabriela Javier y Alejandra Mory.

Películas, series y más: el consumo masivo de material audiovisual y la proliferación de plataformas que lo ofrecen han provocado que el análisis del cine, televisión y el internet sea fundamental. Los redactores para esta sección son Santiago Ruesta, Zoraida Rengifo y Carlos Esquives.

Como suele ser una costumbre en esta bitácora, pretendemos que el debate sea constante y fluido entre autores y lectores. Por esa razón, estamos siempre dispuestos a recibir cualquier réplica o comentario que enriquezca el diálogo y la crítica, y difumine la separación entre productores de contenido y consumidores.

No hace falta señalar, pero igual lo hacemos, que cada colaborador se hace responsable de las ideas y opiniones que plantee.  

Nota: estén atentos, porque el miércoles 18 se publicará la primera columna del historiador sanmarquino Carlos Carcelén, sobre las condiciones de salud y las epidemias en la historia peruana.

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El centro del Cusco

Imagen tomada de Perú Grand Travel

Por Mario Granda

Hace diez años que no iba al Cusco (después de haber ido como cinco veces seguidas, allá en sus tiempos) y la imagen que me había quedado de la ciudad era la de la típica capital andina hecha solo para el turismo internacional. Los comentarios de quienes iban para allá –aparte de las maravillas de Machu Picchu— eran las de siempre: precios muy altos, dificultades para el alojamiento y poco tiempo para completar el city tour que requiere toda visita al lugar. Pero el tiempo que pasó no fue en vano.


Es cierto que lo de los turistas no es inventado. Decenas de miles de ellos entran y salen de la ciudad a diario, al punto que ya forman parte de la vida cívica cusqueña, pues cuando las autoridades cusqueñas realizan algún acto oficial en la plaza de armas –como pasó el 28, cuando fui— la mitad de los espectadores eran muy atentos extranjeros. Del mismo modo, el habla del Cusco es múltiple: carteles en inglés, francés y hebreo, grupos inmensos de alemanes, chilenos o brasileros. No obstante, los grupos de turistas de hace unos años han cambiado. Ya no vienen los jóvenes y adinerados ingleses del 2000 sino grandes grupos de jóvenes americanos (casi escolares, en realidad) que no tienen tanta lana en sus bolsillos. También está la ola de turistas brasileros, que, al parecer, gustan de las ciudades frías.


Pero el centro del Cusco ha cambiado en gran parte para bien. Hay más orden y control en sus calles y las vías peatonales se han ampliado. Debido a la considerable población turística que llega para caminar, una parte de la calle Mantas ha sido convertida en un ancho jirón que integra la Plaza de Armas con la fresca y arboleada Plaza de San Francisco, donde se encuentra el Colegio de Ciencias. Una vez aquí, y camino a la Iglesia de San Pedro, ya no se encuentran los ambulantes que antes ocupaban los alrededores del mercado y se convertían en un límite para el visitante. Hoy la reemplaza una feria de libros usados, la entrada al mercado es muy cómoda y la vista de la Iglesia Santa Clara (hermana de la de San Francisco, que se encuentra en la mencionada plaza) se abre a la izquierda. Por otro lado, y ya en otra dirección, la Dirección Regional de Cultura del Cusco ha acondicionado el antiguo palacio incaico del Kusicancha para que los peatones puedan mirar, con sus llamas y vicuñas, los interiores del antiguo recinto, mientras que el Convento de Santo Domingo-Coricancha ha renovado por completo su propuesta museística. A la tradicional visita a los cuartos de piedra fina, los cuadros de la escuela cusqueña y el amplio jardín que mira a la Avenida El Sol, los frailes del convento han añadido una propuesta integral de arte contemporáneo. Los pasillos interiores de la nave de la iglesia cuentan con innovadores cuadros de artistas cusqueños sobre la pasión de Cristo y, desde hace unos cuatro años, convocan al prestigioso concurso de artes plásticas Predicarte. Los ganadores de las ediciones anteriores del concurso (cuyo tema central es el religioso) se pueden encontrar en el segundo piso del templo, donde también se encuentra una moderna galería de arte. Pero no es solamente la Municipalidad o los religiosos quienes tienen ideas sino también las iniciativas de algunos que, por propia cuenta, han comenzado proyectos nuevos. Así lo demuestra la reciente aparición del Museo de Plantas Sagradas, Mágicas y Medicinales, donde se puede encontrar la historia y la cultura de la coca y la ayahuasca, entre muchas otras, o el ChocoMuseo, donde se encuentra la historia del chocolate y se realizan actividades de preparación de cacao.

El Cusco del centro ha cambiado el rústico de los noventas por los finos acabados de moda de hoy. Así lo demuestran los restaurantes y tiendas del centro que, siguiendo la moda limeña, se han preocupado por hacer más atractiva la visita a sus locales. No obstante, aún la oferta podría ser mayor. No es fácil en estas calles encontrar comida cusqueña típica, y para comer un cuy, tomar un sancochado o visitar una picantería para comer un buen chicharrón hay que salir del circuito que se ofrece al visitante que tiene poco tiempo. Los lugares se encuentran, pero no están todavía conectados con el centro. Además, es muy fácil encontrar casonas que, como las de Saphi, se encuentran muy descuidadas. El “centro” del Cusco parece privilegiar algunos lugares y no abrir distritos o calles que, como en la calle Pardo, pueden llevar al caminante a una relación más próxima con el Cusco moderno, aquél del siglo XIX y comienzos del XX. A pesar de ello, sin embargo, los avances han sido muchos. Ciudad de piedra, casonas y tejas, no solo hay que valorarla por su pasado.

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Entradas anteriores del blog

Las entradas anteriores de la Bitácora de El Hablador se encuentran en el siguiente enlace .