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Reseña: El volumen del tiempo (2024) de Solvej Balle

Cronología de un día eterno

Por Alessandro Campos

Tara Selter escribe un diario: le urge registrar y desahogar un laberíntico 18 de noviembre que revive constantemente. En El volumen del tiempo de Solvej Balle, se entrelazan los comentarios de una librera de antigüedades sobre su inusual circunstancia temporal con un intento de explicación que incluye variadas reflexiones sobre el tiempo y su vínculo con los sentidos humanos.

La historia enumera la cantidad de veces que Tara Selter lleva viviendo el mismo día. El diario que escribe la narradora es la respuesta automática, catártica y voluntaria de estar atrapada en este bucle temporal, lo cual justifica la escritura con gran verosimilitud. En dicho registro, leemos cómo Tara Selter va descubriendo, con la recolección de acontecimientos y hechos, el funcionamiento del tiempo y las reglas que rigen en esta nueva realidad.

“Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo. Ya ha sucedido: somos inverosímiles, procedemos de una nube de increíbles coincidencias.” (p.41)

La cotidianidad, la sucesión de días, la rutina y la repetición llevan a que olvidemos que muchas de estas situaciones son realmente extraordinarias. Esta novela ofrece una crítica a la cultura que glorifica lo novedoso, lo cual, si bien nos sorprende con facilidad, omite el hecho de que hay milagros en lo cotidiano y muchos eventos que serán irrepetibles, rigurosa y objetivamente excepcionales.

El universo de la protagonista se desarrolla, espacialmente hablando, en dos lugares: un hotel en París y su casa. Cada pensamiento y acción de Tara se realiza con una consideración absoluta hacia su esposo Thomas. La intención de la autora es la de ofrecer paradojas continuamente. Una de estas habla del amor como bendición y maldición. No hay día en que Tara no se apoye en Thomas, quien nunca duda de lo que su esposa le cuenta; es más, toma la iniciativa para investigar el hecho y poder ayudarla a salir de este desfase temporal. Juntos mantienen reuniones en donde Tara “pone al tanto” a Thomas.  Ambos se esfuerzan mucho en encontrar la causa. Agotan y comparten explicaciones, que van desde lapsus de memoria, alucinaciones, la opción plausible de una imaginación divina o el control onírico absoluto. Durante estas citas con Thomas las emociones de Tara oscilan entre tristeza y esperanza, escenas realmente conmovedoras.

Lo más interesante de la novela son las digresiones aleatorias respecto a la noción de tiempo que se narran en vivo.

“Lo que en principio empieza siendo una comunicación significativa y coherente se trastoca convirtiéndose en un intercambio de secuencias difusas que no forman oraciones ni transmiten información alguna: palabras sueltas y sonidos que, si bien en teoría deberían mantener viva la conexión entre nosotros, sin embargo, no hacen sino poner aún más de manifiesto lo lejos que nos encontramos en ese momento.” (p.18)

La relación de Tara y Thomas, su vínculo y sus riesgos, bien podría ser de apego, el cual William Egginton define como: “…una relación prolongada en el tiempo. Y una relación con algo que se prolonga en el tiempo conlleva inevitablemente a la posibilidad de perderlo”[1]. Lo constante de ese vaivén entre la presencia o ausencia de un apego, como el amor o la curiosidad, es lo que nos empuja y define.

“Pero yo no puedo cultivar la tierra. Dispongo de un solo día lluvioso. No voy a recoger ni sembrar nada. Nada va a germinar ni crecer. Me he quedado sin estaciones. Los días no fructifican. Simplemente pasan, y yo los acompaño mientras engullo mi mundo y presto atención al fantasma de la casa.” (p.127)

Kant señala, en su Crítica de la razón pura, que la consciencia es la unidad de un torrente de sensaciones de identidad a lo largo del tiempo. Para percibir y articular nuestras percepciones algo debe conectar ahora mismo, luego después y así sucesivamente construyendo la realidad. Ese “algo” de Tara Selter es su esposo Thomas.

Otro rasgo muy interesante de la novela es cómo explora las maneras que tiene la mente para adecuarse a la prisión del tiempo. Tara Selter tiene como prioridad identificar esa grieta que le permita llegar al día siguiente. Por ello, no escatima energías en analizar cada instante que su cerebro pueda procesar. En consecuencia, su mente descarta recuerdos de días previos y los coloca en un cuarto plano, haciendo que su memoria se centre en el 18 de noviembre. Dicho de otra forma, la vida entera de Tara Selter ahora solo lo abarca este día bucle y, si bien duda y teme de esta modalidad, entiende que necesita olvidar para recordar mejor. Aun así, no es ajena a los efectos de la reiteración excesiva, como la frustración frente al fracaso. Para confrontar lo mencionado, la protagonista descarta información no esencial que desemboca en datos válidos para teorizar una explicación medianamente razonable. De esta manera, ella podrá volver a toparse con este descubrimiento como si fuese nuevo permitiéndose una reinterpretación, si bien no nueva, al menos, fresca.

“He escrito que está esperando y que es a mí a quien espera. He escrito que el tiempo se ha roto. Empiezo a hacerme a la idea. He escrito que empiezo a hacerme a la idea y que en cierto modo las frases son sanadoras. A lo mejor.” (p.31)

Uno de los grandes aciertos en la prosa de Balle –que es prudente con los vaivenes de memoria, los cuales le suman a la verosimilitud al relato– es que, en la historia, de manera calculada, muchos eventos se repiten, así como las descripciones, oraciones, pequeñas frases e invocación de términos, demostrando así que Tara Selter también está entrampada en su propio uso del lenguaje. Pese a esto, ella escribe porque es su salvavidas; sabe que el papel tiene la propiedad de preservar recuerdos, entiende que la pérdida de cordura es la forma de resistencia de su lucidez, y cuyo mecanismo de expresión son las palabras de su fuero más íntimo.

A lo largo de la novela, la veremos, poco a poco, sentirse más segura. Cuando Tara Selter tiene plena noción de lo que acontecerá, puede alcanzar la calma con la naturalidad de respirar, ya que está convencida de que nada la puede dañar, al menos físicamente. Esta certeza desemboca en un pánico, pues la rutina y el aburrimiento van de la mano. Es en estos instantes cuando Solvej Balle juega con las contingencias de la mente a expensas de proteger a su protagonista como guardar sensaciones en lo más recóndito de su consciencia. Sus sentidos se agudizan, unos se apagan para potenciar otros, y así sucesivamente, como entrenándose. De esta forma, puede garantizar identificar las características que validan a esa realidad como la verídica.

Al conocer la historia de Tara Selter, pensé en Shereshevski, el prodigioso memorista ruso, quien al llevar al máximo su don, llegó a un límite de cuánto podía recordar. Entonces, aprendió a olvidar, lo cual trajo inconvenientes como cruces sensoriales tan fuertes que su percepción del presente se distorsionaba trayendo consecuencias insalvables para su comunicación; también, en «Funes el memorioso», personaje de Borges, quien posee la memoria infinita y perfecta. En el caso de Tara Selter, tal vez, su cerebro sólo sea capaz de reproducir ese día. Es decir, recordar un día a la perfección le toma el mismo tiempo. Así como uno no puede decidir si sale o no el sol, ella no puede declinar no vivir otra vez ese día desde cero, al punto que su memoria se ha vuelto el 18 de noviembre, recolectando todos los patrones e irregularidades. Dejo el resto de las hipótesis a los personajes.

Kant consideraba que los seres humanos, al igual que el resto de la naturaleza, estamos regidos por los mismos mecanismos causales de las leyes de la física. De igual manera, un mínimo de abstracción de la inmersión en el mundo natural dota de libertad a los individuos para decidir sobre líneas de acción y juzgar o recapacitar sus decisiones. Lo anteriormente señalado es uno de los ejes principales de la obra de Borges: la colisión de irresolubles paradojas frente a la razón y la emoción. Esta es una característica muy presente en El volumen del tiempo. La autora nos recuerda con este libro que la observación nos brinda libertad, que la praxis humana puede variar de un instante a otro, que la imaginación no tiene restricción alguna y siempre somos partícipes activos del universo que vamos descubriendo.

Solvej Balle mantiene en vilo la expectativa de escape y lo combina con estrategias narrativas que avivan la esperanza en el lector. Logra llevarnos de la serenidad de predecir el ángulo de los primeros rayos del sol, al pavor que genera pensar en las probabilidades de las coincidencias, desde la concepción de la vida a escala universal hasta su prisión de tiempo personal. El terrible cansancio causado por el esfuerzo de acumular observaciones lógicas de causa y efecto. Y, finalmente, consigue que el lector siga en primera fila con la vista puesta sobre Tara Selter, quien está condenada a no rendirse. Ella sigue su propio consejo: dejarse mecer por lo que proponga el tiempo, cuyo recorrido ilimitado abruma la frágil duración de toda forma vida. Las consecuencias pueden ser la desintegración total de su cordura o, por el contrario, volverla indestructible.

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Datos del libro reseñado:

Solvej Balle

El volumen del tiempo

Anagrama, 2024. 184 pp.

Traducción de Victoria Alonso


[1] De “El rigor de los ángeles” de William Egginton

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Reseña: La clase de griego (2023) de Han Kang

El lenguaje de los sentidos

Por Eliana Del Campo

Escribir puede ser, de cierto modo, una exploración de los sentidos, y si hay una obra signada por dicha búsqueda es la de Han Kang (Gwangju, 1970). En La clase de griego rastrea la difusa frontera entre el silencio y la palabra. Entre aquello que se nombra y lo que permanece inaccesible. El lenguaje se percibe como un corredor infinito en el que sombras y espejos se persiguen sin tregua. Un lugar desde donde Kang observa la penumbra de los días.

La trama se presenta como una armonía a dos voces: por un lado, la historia de una mujer quien intenta recuperar la capacidad del habla asistiendo diligentemente a clases de griego antiguo como alumna libre. Kang invita al lector a ser una especie de guía invisible de la protagonista, acompañando con cautela sus pasos a medida que se nos brinda pinceladas de su vida íntima a través la historia de sus pérdidas: duelos, separaciones y la pugna por la custodia de su hijo, eventos derivados en gran parte a su mutismo absoluto y, en apariencia, irreversible.

Como contraparte a dicha historia se nos presenta la del profesor de griego, devenido en un  portavoz del desarraigo. Se trata de un coreano que, al haber pasado la mayor parte de su vida en Berlín, ha perdido la sensación de familiaridad en su tierra natal. Auto percibido como extranjero en todas partes, el profesor halla en esta lengua agonizante un refugio. Sin embargo, este escenario se ve amenazado por una ceguera que avanza lenta e inevitablemente hacia un mundo sin imágenes y sin recuerdos.

“Los fragmentos de la memoria se mueven y crean formas. Lo hacen sin un patrón, sin plan ni sentido alguno. Se dispersan y, de pronto, se unen con determinación. Parecen incontables mariposas dejando de aletear al mismo tiempo; parecen bailarinas impasibles con los rostros cubiertos” (p.97)

La novela traza un mapa de sensibilidades donde las palabras flotan cual canela sobre agua, sin mezclarse del todo, suspendidas en un espacio que es memoria y vacío en simultáneo. Han Kang se apoya en el griego antiguo para ahondar en las posibilidades del lenguaje y convocar el poder de las palabras, devenidas en fantasmas evasivos. La lengua se convierte así en la encarnación de los sentimientos de ausencia, pérdida y duelo por aquello que jamás se pudo pronunciar. De ahí que uno de los mayores aciertos de la autora sea el retrato de sus personajes y los padecimientos que los aquejan: nadie valora más el sonido que quien no puede pronunciar palabra alguna; nadie siente más la ceguera que quien pierde su visión lentamente. Kang caracteriza a sus protagonistas como seres que habitan el silencio, sostienen lo que se deshace y aprenden a vivir con la estela de las palabras que se alejan.

“Por muy insignificante que fuera la frase, dejaba traslucir, con la fría claridad de un trozo de hielo, la perfección y la imperfección, la verdad y la mentira y la belleza y la fealdad. Sentía vergüenza de las oraciones que se desprendían de su lengua y de sus dedos como blancos hilos de telaraña. Le daban ganas de vomitar. Y de gritar” (p.15)

En La clase de griego la duda irrumpe como una lluvia copiosa, lacerante y fría, y debilita toda certeza. Como el vidrio transparente que engaña a un ave atrapada, el ojo de la mente se aferra a cada imagen con codicia, temeroso de que se extingan los recuerdos y los días. Y, como en el cuento de su admirado Borges, Kang detiene el tiempo de lo narrado y  lo suspende en un punto equidistante entre el amor y el dolor, entre la soledad y la quietud. En un instante en el que se pone en tensión la vulnerabilidad de lo humano y el tesoro irrepetible del presente.

Han Kang no escribe para quienes temen olvidar, sino para aquellos que  no desisten de indagar sobre lo que nos hace humanos. Su literatura nos permite  contemplar cómo las palabras,  frágiles y luminosas, nos otorgan sentido incluso en medio del silencio. Aproximarse a su obra es una invitación a reflexionar sobre nuestras formas de comunicarnos, a alejarnos del ruido cotidiano y observarnos bajo la luz del yo.

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Datos del libro reseñado:

Han Kang

La clase de griego

Random House, 2023. 174 pp.

Traducción de Summe Yoon.

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Entrevista: Amaury Colmenares

Amaury Colmenares: “Me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira”

Por Sebastian Uribe y Eliana Del Campo

Amaury Colmenares (Ciudad de México, 1986) fue uno de los escritores invitados de Feria Internacional del Libro de Lima 2025. Radicado en Cuernavaca, se ha dicho que su obra explora la relación entre la magia, el humor, la ciudad y la literatura. Es co-director del colectivo cultural Ruina Tropical, con el que ha organizado eventos como bailes multitudinarios de sonidero, exposiciones efímeras en edificios abandonados y proyecciones de cine en balnearios. En el 2024 obtuvo el Premio de Narrativa Las Yubartas en su primera edición por su novela Acequia, la misma que fue publicada por distintas editoriales independientes de Latinoamérica y España. La edición peruana estuvo a cargo de Pesopluma. A propósito de esta publicación, fue que tuvimos la siguiente entrevista:

En Acequia la risa se percibe como un medio para desconcertar al lector de la solemnidad cotidiana, no como una negación del tedio sino como un propósito que va más allá de ello ¿Podemos considerar el humor como una experiencia de celebración dentro de tu narrativa?

Más bien considero que es una dimensión de la realidad que uno elige ver o ignorar. Todo tiene algo de sublime, algo de horrible, algo de muy gracioso, y cada quien decide si le va a poner atención a ese aspecto o no.

En mi novela he procurado destacar muchos de los aspectos absurdos o graciosos de la realidad de cada personaje y ocurren eventos que normalmente tendrían un signo grave, sublime o incluso erótico, pero en la narración están recreados en clave humorística. Pero no pienso al humor como un consuelo o una burla, sino simplemente como una posibilidad.

Las descripciones de la geografía de Cuernavaca y sus derivas históricas y políticas son como “lados-b” de la historia oficial que a menudo se impone ¿Cómo fue esta exploración desde la literatura?

Estudié historia como carrera profesional y desde la academia me enteré de ese pasado de mi ciudad. Si se pone en perspectiva, realmente se aprecia la tendencia muy clara de esta urbe de ser una especie de escenario paralelo y discreto de la historia del país. Conforme pasaron los años, me fue posible dar cuenta de ese proceso en la novela, fui imbricando en el tejido narrativo los eventos que me parecen interesantes del pasado ilustre de Cuernavaca. Quería entregar una ciudad en alto contraste, seleccionando sus rasgos más interesantes y exagerarlos hasta borrar todo lo que tiene de soporífera y anodina (como cualquier otro lugar del mundo) para que pareciera un jardín exótico del que digamos que suprimí los elementos más simples, como el césped bien cortado o los geranios, para crear un lugar estrambótico.

En la historia, las mentiras diseñadas por parte de la editorial El Helecho son una vuelta de tuerca al tema de los bulos, al mostrarlo con un matiz creativo distinto, incluso como un guiño a la docilidad de las sociedades para no cuestionar la información que se recibe. ¿Cuál es tu perspectiva sobre este tema? ¿Hay una exageración con los efectos de un de un fenómeno que existe desde la época de la Conquista?

Vivimos en una civilización fundamentada en la objetividad y la verdad científica, pero nuestra realidad se basa en nuestra percepción, lo que elimina de hecho cualquier posibilidad de conocer el mundo tal cual es. Sólo podemos observarlo y medirlo, pero siempre desde nuestra perspectiva y percepción humana, que es limitada. Siempre me ha parecido muy interesante cómo de un mismo hecho pueden crearse numerosos relatos, y cómo el discurso genera realidades diferentes. En Acequia me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira. Creo que la gente tiene mucha maña para moldear la realidad a su conveniencia y en la novela presento algunos ejemplos.

La leyenda del “Ronald McDonald” que cobra vida es uno de los momentos más significativos de la novela, sobre todo al indagar sobre su ocurrencia “real”. ¿Cómo crees que se tejen las relaciones sociales alrededor de rumores y leyendas como esas? ¿Qué identidad social se puede conformar a partir de ficciones así?

Durante varios días, el evento del “Payaso diabólico”, como se le conoció en los medios, fue real. Cuernavaca se paralizó. La gente estaba en shock. Según he podido averiguar, el origen de este evento fue el espionaje entre medios. Un empleado de un periódico le vendía las noticias importantes de su medio, las exclusivas, a su competencia, y así fue como una portada ya hecha para imprimirse el día de los santos inocentes fue pasada como verdadera y otro periódico la imprimió antes de tiempo sin saber que se trataba de una broma. No importa. Lo importante es que, durante una semana, mi ciudad vivió una realidad en la que un payaso de fibra de vidrio cobró vida y asustó de muerte a dos hombres. Esto ocurrió en verdad y es un claro ejemplo de la débil frontera entre realidad y ficción.

Y creo que ahora, con los medios digitales entrando en la era de la inteligencia artificial, vamos a volver al empirismo, porque no habrá manera de saber si algo es cierto o no a menos de que vayas y lo veas. Y ni eso. Una fantasía absoluta es lo que nos espera así que consumir arte es la mejor manera de ir entrenando capacidades importantes para el carnaval que nos espera.

Los libros de la editorial El Helecho nacen a partir de un juego borgiano de trastocar una obra y alterar, de forma extrema, su autoría, forma y fondo. ¿Cómo surgió esta idea en la novela? ¿Qué representa Borges en tu modo de leer y escribir?

Me pasa todo el tiempo que leo mal cosas en la calle y durante un momento las cosas más extrañas están ahí, en un anuncio del gobierno o en el nombre de un negocio. Luego del estupor o la maravilla inicial, leo de nuevo y me doy cuenta de que soy idiota y simplemente leí, una vez más, mal. Pero durante unos segundos, así como durante unos días Cuernavaca vivió la psicosis de que había un payaso asesino diabólico suelto, durante unos segundos mi realidad es otra. Y ese interregno es el que me apasiona y el que busco recrear en mi literatura. Me parece muy borgiano y también muy cortazariano. Momentos en los que queda patente que la realidad es muy endeble. Y esto pasa todo el tiempo. Quizás a mí con mayor frecuencia de la debida para un adulto.

Es inevitable pensar en Perec durante la lectura de Acequia, por ello queríamos consultarte por el desafío de escribir una novela donde fluyen tantas historias a la vez. ¿Cómo fue el ejercicio de ordenarlos y dotar de un ritmo propio a cada una?

Me tomó mucho tiempo porque fue un proceso más de imaginación que de estrategia racional. Me interesaba mucho que las historias se retroalimentaran con la naturalidad en la que en nuestra realidad ordinaria todo está conectado. No quería forzar nada en el mundo de la novela. Entonces fue necesario dejarlo fluir en mi imaginación durante muchos años para que las historias fueran creciendo a su ritmo y se fueran mostrando los puntos de contacto.

Quizás un poco como los esquejes, que hay que dejarlos crecer hasta que ya es posible cortarlos sin que mueran. Son la misma planta y sólo se convierten en dos plantas en el momento en el que se corta la unión original. Pasas de una sola planta a dos plantas en el instante de un corte, pero esto es posible porque durante un tiempo dejaste que el esqueje creciera. Así pasó con la novela, pero a la inversa.

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Datos del libro publicado:

Amaury Colmenares

Acequia

Pesopluma, 2024. 278 pp.

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Reseña: El barón Wenchkeim vuelve a casa (2024) de László Krasznahorkai

Apocalipsis cotidianos

Por Sebastián Uribe

«Si se ha de vivir que sea sin timón y en el delirio», dice un verso de Mario Santiago Papasquiaro. Esta es una consigna que bien podría aplicarse a los personajes de László Krasznahorkai (Gyula, 1954) en su última novela traducida al español. ¿Cómo termina una comunidad entera sumida en la locura? ¿A qué responde dicho comportamiento colectivo? Como en la mayor parte de su obra, el escritor húngaro explora los andamiajes que sostienen a los regímenes autoritarios. En el caso de esta novela, recurre a una elevada dosis de humor que funge de música de fondo en el descenso a los infiernos de los personajes.

Tras varios años de exilio en Argentina, Béla Wenckheim, barón caído en desgracia tras haber dilapidado su fortuna en el vicio de los juegos de azar, vuelve a tierras húngaras sin imaginar el nivel de histeria colectiva con el que sus paisanos lo esperan. Este contexto inesperado obstaculiza el anhelado reencuentro con su enamorada de juventud quien, cree él, es su última esperanza de redención y la única posible respuesta a la necesidad de seguir existiendo. La revelación de su intencionalidad de reencontrarse con Marika, la destinataria de su afecto, afectará la percepción social que recae sobre ella. Esta situación ­–que gatillará una serie de rumores y chismes que circularán por toda la ciudad– también ocasionará que muchas personas, comenzando por el alcalde, intenten sacar provecho de la supuesta holgura económica del barón.

Krasznahorkai recrea el delirio colectivo de un pueblo entero mediante la superposición de un testimonio tras otro, concatenados en una serie desesperada de cada uno por afirmar su existencia. A modo de entremés, se intercala la historia principal con la subtrama de un personaje, denominado Profesor, quien, tras ser víctima de los periodistas locales al iniciar la novela, deviene en rival de una pandilla de neonazis, con uno de los pasajes más cómicos del libro. A la narración, se le suma un tétrico pasaje, cuya conexión con la historia del barón y su pueblo se revelará solo hacia el final de las casi quinientas páginas de la novela.

La prosa característica del húngaro, con sus frases extensas y que por momentos parecen infinitas, requieren la atención total del lector. Este ejercicio resulta tan arduo como placentero: es una invitación a expandir todos nuestros sentidos para lograr atisbar la locura del mundo actual, en el que más allá del avance tecnológico –presente en los dispositivos que usamos a diario o la inmediatez de las comunicaciones– no dejamos de reproducir comportamientos primitivos motivados por el miedo a morir:

 «(…) durante un buen rato nadie se atrevió a abandonar su domicilio, sólo intentaban pensar, pero resultaba imposible hacerlo de forma razonable, comprender qué era eso y cosas semejantes, todo esto parecía a primera vista la culminación de cuanto había sucedido en los últimos tiempos, el miedo se había asentado muy en lo hondo de todos, miedo a salir y ser los siguientes en acabar asesinados, violados, humillados, secuestrados, en desaparecer sin dejar rastro, de manera que nadie, ni un solo habitante se atrevía a salir, permanecían agazapados tras las ventanas y miraban por los huecos que dejaban las cortinas lo que ocurría allá fuera, de modo que realmente resultó difícil explicar por qué luego salieron a pesar de todo, no fue porque ya todo les diera lo mismo, a buen seguro, para eso no estaban todavía del todo desquiciados, sino precisamente por el miedo…» (pág. 473).

Las últimas cien páginas del libro dan cuenta sobre cómo el mesianismo, eterno refugio de las sociedades en tiempos de crisis, se convierte en una extensión de lo más abyecto de los seres humanos al no otorgar la anhelada salvación y acaba por mutar en una fascinación por aquellos que infunden y propagan el terror. Tras el abrupto giro narrativo que sufre la historia del protagonista, Krasznahorkai nos reinstala en un presente tan absurdo como posible. Un desvarío que produce el nacimiento de demonios entre nosotros. Una risa espantosa que retumba más y más fuerte al terminar de leer esta novela, y que los lectores latinoamericanos, más allá de las distancias geográficas y las diferencias socioeconómicas o culturales, reconoceremos como cercana. 

Por estos días, se ha escrito mucho sobre cuál es la mejor puerta de entrada a la obra del nuevo premio nobel. Algunos críticos recomiendan iniciar por sus novelas canónicas, como Tango satánico o Melancolía de la resistencia. Otros, sugieren, en cambio, comenzar por su narrativa breve.  En lo personal, me encuentro en este segundo grupo. Sin embargo, opino que El barón Wenckheim vuelve a casa se erige como una opción intermedia.  Esta novela, con su oscilación entre el horror y la comedia, es una donde el lector puede encontrar una sofisticada narrativa que invita a resistir a la inmediatez que demanda el lenguaje del día a día y nos hace caer en cuenta que el apocalipsis no está por llegar: está sucediendo.

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Datos del libro reseñado:

László Krasznahorkai

El barón Wenchkeim vuelve a casa

Acantilado, 2024. 512 pp.

Traducción de Adán Kovacsics

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Reseña: Semilla (2023) de Bora Chung

Germinar la incertidumbre

Por Alessandro Campos

En los relatos reunidos en el presente volumen, Bora Chung (Seúl, 1976) trenza la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Historias vertebradas por un carácter extraordinario e impredecible.  La autora coreana aborda los problemas de la civilización actual que conducen a un futuro incierto.

Su prosa se desenvuelve con solvencia en cada diferente narrador que introduce. El rasgo que comparten todos ellos es la urgencia de contarnos lo vivido. Existe una necesidad de desahogo que se percibe en la tensión constante de su sintaxis.

«Un matrimonio ordinario» es narrado por un esposo que ya no resiste guardar más el secreto en torno a lo que pasó con su esposa, específicamente con sus manos. Este relato explora el paralelo de dos soledades que se compenetran para toda la vida y los límites de la intimidad. Lo que empieza con extrañas llamadas en horas de madrugada termina siendo una revelación que involucra a su relación, su familia y a toda la humanidad en su conjunto. Como lectores, podemos optar por dejarnos llevar por lo fantástico y creerle a la esposa, confiar en la desesperación del esposo, o admitir la pérdida total de la cordura de ambos.

En «Maria Gratia Plena» la narradora es la encargada de recuperar los extractos de la memoria de “Ella”, una mujer que tiene un brazo biónico y comercializa drogas. Aquí asistimos a la fundición de la memoria real, los recuerdos manipulados, el sueño y las realidades posibles. Uno se puede preguntar cuánta compasión es necesaria, al vivenciar los recuerdos del otro, para justificar la drástica pérdida de la propia humanidad con tal de proteger el recuerdo más original que se posee.  Así es cómo Bora Chung hilvana empatía con ternura, sin librarnos de la tenaza de tensión.

«Semilla» muestra las consecuencias de un cataclismo ecológico centrado en la agronomía. Las plantas son los protagonistas mientras que los humanos, nuevamente al borde del colapso, buscan descifrar la causa de la prosperidad de las plantas. En este cuento se concibe a la naturaleza como una programación sabia en adaptarse a la  vasta cantidad de variables que la componen. El relato explora la perseverancia de la vida, la posibilidad de una sólida unión sin egoísmo al momento de proteger lo esencial porque ahí yace la esperanza de revivir el verdor con una sola eclosión. Es el esfuerzo primigenio el que hace que la unidad más pequeña contenga la historia de todo. Esto se condensa en una narración que sintetiza muy bien por qué ideas como progreso o modernización no se pueden aplicar a los bosques.

«El final del viaje» es un soliloquio donde la narradora nos cuenta cómo perdió a su amigo y se quedó sola en la galaxia. Apreciando un mundo ya inerte, narra la debacle de la civilización a través de un virus que canibaliza a las personas. Como lingüista y militar, es convocada a ser parte de la tripulación que busca sobrevivir navegando las estrellas y, como si de una distopía épica se tratase, somos testigos de cómo el conflicto surge entre ellos. Se desarrolla un duelo de motivaciones entre el nihilismo de la narradora y la esperanza racional del amigo que es ingeniero mecánico, con descripciones explícitas que dan cuenta de cómo escala la violencia hasta llegar a la aniquilación.

Todas estas historias nos envuelven con su originalidad y su peculiar extrañeza. Sus arranques encapsulan calculadamente la ebullición de su fruto, una sorpresa que nos interpela y cuyo efecto permanece por largo tiempo. Esa es la victoria narrativa de Bora Chung: nosotros, sus lectores, nunca salimos indemnes de sus finales.

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Datos del libro reseñado:

Bora Chung

Semilla

Vestigio, 2023. 206 pp.

Traducción de Cammy Cho y Yoonhee Kim

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Entrevista: Mario Calabresi

Mario Calabresi: «Lo más importante fue recordar y mostrar a todos que mi padre era una persona íntegra»

Por Alessandro Campos

Periodista y escritor italiano, Mario Calabresi empezó como cronista en la ANSA y dirigió los diarios la Repubblica y La Stampa. Ha publicado: Spingendo la notte più in là (2007) Non temete per noi, la nostra vita sarà meravigliosa (2015), La mattina dopo (2019), Quello che non ti dicono (2020), Una volta sola (2022), Sarò la tua memoria (2023) y Alzarsi all’alba (2025). Estuvo de paso por Lima como uno de los autores invitados de la delegación italiana la FIL LIMA 2025 y hablar sobre Salir de la noche, títulopublicado en España por Libros del Asteroide, que también comentamos en nuestra web.

Mario Calabresi / ©Anna Casellato

¿Cómo fue para ti crecer en un país, en una sociedad que ya había dado por derrotadas las ideas? Pensamos en la imagen de Giuseppe Memeo que aparece en el libro y a la que Umberto Eco señaló como símbolo de la desesperanza.

Para mí no fue fácil entender la violencia política que había cuando era niño. Cuando ya estaba en la escuela superior, muchos días no iba a clases, sino que iba a una librería o a una biblioteca a leer los periódicos de los años 70, tratando de entender lo que había pasado en Italia. Durante muchos años, en esa librería, solo encontraba libros que daban respuestas, pero todos estaban escritos por ex terroristas. Entonces sentí que había una necesidad de contar esa historia desde otro punto de vista: el de las víctimas. Esperé mucho tiempo por ese libro, pero nunca llegaba. Al final, decidí escribirlo yo mismo.

Salir de la noche es una crónica, una biografía, también parece un diario, y además contiene historia real italiana y de tu familia. ¿Cómo se fue formando ese estilo? ¿Cómo definiste la estructura?

Creo que se puede decir que este libro es una memoria, un memoir familiar. Es un libro de investigación histórica, pero también de memorias personales y familiares. Intenté hacer un libro muy asciutto, esencial, sin adornos. Al inicio era más largo, tenía entre 40 y 50 páginas más, pero lo fui reduciendo porque pensaba que tenía que ser un libro indispensable, no un libro demasiado grande y en el que estén las cosas más importantes. Todo está resumido. No solo está lo esencial, sino también está condensado.

El libro fue publicado en el año 2007 ¿Hubo algún descubrimiento o dato nuevo en estos dieciocho años que te hubiera gustado incluir en el libro y que tal vez cambia alguna percepción que ya está plasmada?

Esta edición española tiene un texto adicional al de la versión italiana, y algunas historias están actualizadas. Este libro sigue vendiendo muchas copias cada año en Italia porque se lee mucho en las escuelas, superando el medio millón de ejemplares vendidos. Cuando salió en Italia, en 2007, hubo un gran debate sobre la necesidad de una pacificación después del terrorismo, de pasar la página. Y cuando se publicó en España, hace un par de años, ocurrió el mismo debate. Por eso creo que también tuvo éxito, porque reflejaba ese tipo de discusión acerca de problemas similares.

Cuando eras niño hubo una especie de desacreditación hacia tu familia, hacia su memoria y el nombre de tu padre ¿Cómo se defendieron de dichos ataques?

Mi madre nos enseñó a mí y a mis hermanos a no cultivar la rabia y el odio, sino a buscar la verdad y la justicia, y a mantener viva la memoria. Nosotros hemos hecho esto, y lo más importante fue recordar y mostrar a todos que mi padre era una persona íntegra, un hombre vertical, que no tenía culpa y que fue injustamente asesinado.

Profundizando un poco en ese aspecto de no tener rabia u odio, en el libro, cuando recoges los testimonios mencionas que algunas víctimas se llegaron a reunir con los terroristas. ¿Cómo se permite ese tipo de encuentro? ¿Existen condiciones para el perdón?

Mi madre ha hecho un largo camino de reconciliación y ha perdonado a los asesinos de mi padre. Es un proceso que ha durado 50 años, un camino muy largo. Yo y mis hermanos hemos hecho un camino distinto, no uno de perdón, sino uno centrado en la memoria, en la importancia de la memoria y en la capacidad de pasar la página y mirar hacia adelante. Y no, no hemos tenido una relación con los exterroristas.

¿Cuánta participación tuvo tu mamá en la creación del libro?

No, para mi madre hablar de mi padre siempre fue un problema. Si empezaba a hablar de él, empezaba a llorar como si fuera ayer. Entonces, durante años traté de entrevistar a muchas personas, pero no a ella. Usé la memoria de mi abuela, de los amigos de la familia, leí diarios, cartas, pero mi madre leyó el libro por primera vez cuando ya estaba impreso.