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Crónica: Salman Rushdie en Cartagena

Salman Rushdie en Hay Festival Cartagena 2025

Por Omar Guerrero

Salman Rushdie (Bombay, 1947) fue uno de los escritores estelares del Hay Festival Cartagena de Indias 2025, que en esta edición celebró sus 20 años. Y a pesar de la alta demanda e interés que suscitaba él y su obra, sólo tenía programada una presentación. Esta se realizó el viernes 31 de enero a las 7:30 pm en el Auditorio Getsemaní del Centro de Convenciones de Cartagena, la sede más grande del festival. Como era de esperar, el auditorio esa noche estaba repleto, a tal punto que los periodistas tuvieron que escucharlo entre los pasadizos y las escaleras. Una hora antes la cola ya se había formado en las afueras llegando a más de una cuadra de distancia, justo en el lado del malecón. Lo curioso es que en esta cola se encontraban otros escritores e invitados del festival. Y es que todos querían ver y oír a Salman Rushdie. Algunos transeúntes ajenos al evento, sean locales o extranjeros, observaban asombrados y se preguntaban si se trataba de la presentación de una estrella de cine o de la música. No, no era nada de eso. Se trataba de un escritor cuya única presentación ocasionó que muchos revendedores ofrecieran el costo triplicado de la entrada, porque en realidad sí que había bastante gente interesada en escuchar el testimonio de Salman Rushdie después de haber sufrido un ataque donde recibió más de diez puñaladas y donde casi pierde la vida. Este hecho ocurrió el 12 de agosto de 2022 en Nueva York en un anfiteatro donde se realizaba un conversatorio literario.

Todo lo ocurrido durante y después del ataque se cuenta en su último libro titulado Cuchillo (2024). Aun así, y a pesar de que muchos los presentes ya lo habían leído, no se podía dejar de lado la expectativa y curiosidad por lo que él iba a decir. Todos, además, querían aplaudirlo y demostrarle su admiración. Y es que no cualquier persona, sobre todo un escritor, recibe un ataque, quedando al borde de la muerte, se recupera y vuelve al ruedo como si nada, llegando a presentarse en público. O, mejor dicho, ante una multitud donde podía correr el mismo riesgo. Por tal razón se colocaron las debidas medidas de seguridad a pesar de que eran imperceptibles a primera vista. Sucede que en la primera visita de Salman Rushdie a Cartagena en 2009, él pidió que no se le pusiera ningún resguardo porque quería pasear tranquilo por la ciudad amurallada como lo haría cualquier turista. En aquella ocasión, apenas pisó el aeropuerto, y al ver una enorme presencia policial, enseguida quiso tomar un avión de regreso. Por suerte los organizadores lograron convencerlo de que ya no tendría a nadie más siguiéndolo. Entonces la policía colombiana derivó la responsabilidad al festival ante cualquier hecho que pudiera suceder. Por suerte no sucedió nada malo en esa primera visita ni tampoco en su segunda participación en el festival ocurrida en 2018. Para esta tercera visita se esperaba lo mismo. Igual había que tener cuidado. Aunque ya de por sí, al ingresar al Centro de Convenciones, el público debía pasar por un detector de metales. Y a pesar de este control, se implementó otra medida para el final del evento: Salman Rushdie firmaría libros en el mismo escenario del auditorio bajo la supervisión de los organizadores y sus voluntarios.  

Salman Rushdie en conversación con Juan Gabriel Vásquez (Créditos: Ana Velásquez).

El conversatorio empezó a la hora exacta. Salman Rushdie ingresó al escenario acompañado por el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, con quien ya había conversado en una de sus anteriores presentaciones en Cartagena. Se sentó y observó a la multitud que abarrotaba el auditorio. Se le notaba tranquilo y despreocupado. También se le notaba contento de que el público haya llenado todas las butacas. En el borde del escenario había muchos fotógrafos, entre ellos, Daniel Mordzinski. También había cámaras de televisión. Había mucha prensa colombiana y extranjera. Todos querían tener registro de esta presentación.

En la primera intervención de Juan Gabriel Vásquez se mencionó justo eso. El interés de la gente en querer ver y oír a Salman Rushdie al punto de ocasionar una reventa que elevaba el precio de la entrada, incluso en dólares. Salman Rushdie agradeció este gesto del público de Cartagena que siempre se ha mostrado interesado en su obra. Por esta razón aceptó participar de esta 20° edición del Hay Festival a pesar del atentado que había sufrido. Y al hacer mención de este ataque, cuya noticia dio la vuelta al mundo, Juan Gabriel Vásquez empezó a preguntarle sobre los detalles del mismo y las consecuencias que provocó. La más visible es la pérdida de su ojo derecho, lo que le obliga a usar gafas de distinto color. El lente que corresponde a la vista perdida es de color negro. 

Salman Rushdie en conversación con Juan Gabriel Vásquez (Créditos: Ana Velásquez)

Salman Rushdie confesó que nunca vio el cuchillo con el que le atacaron, por lo que hasta el momento no sabía precisar el tamaño ni la forma que tenía. Sólo recuerda lo que ocurrió después, y que está muy bien detallado en el libro. Eso sí, mencionó que fue un milagro que él sobreviviera. Fue un mayor milagro que el cuchillo que le hizo perder el ojo derecho por poco y no llegó a la cavidad del cerebro, sino hubiese perdido cualquier movilidad y hasta su estado de conciencia. Es decir, se hubiese convertido en un vegetal, por lo que esto significa otro milagro a pesar de que él no se asume como creyente. También confesó que la idea de escribir este libro provino de su agente Andrew Wyllie, y que él acató más como una terapia, muy aparte de las que llevaba en la clínica, y que le producían mucho dolor. Allí también comentó que durante la escritura surgió la intención de su parte de querer entrevistar a su atacante, que es presentado como un personaje del libro llamado con la letra A, que puede corresponder a la inicial de palabras como “asesino” o “atacante”, o de cualquier otro adjetivo que el lector quiera brindarle. Por supuesto que recibió una negativa contundente por parte de su esposa, la también escritora Rachel Eliza Griffiths, que estaba presente a un lado del escenario. (Ella también tenía una siguiente presentación en el festival por el lanzamiento de su novela Promesa).

Salman Rushdie en conversación con Juan Gabriel Vásquez (Créditos: Ana Velásquez)

Es justo ella quien toma relevancia en la segunda parte del libro como soporte emocional, y también de mucha fuerza, para que Salman Rushdie pudiera recuperarse. Por eso él considera que más que un libro de no ficción sobre la violencia y la venganza, Cuchillo es un libro que aborda el amor. Se trata del amor que revierte lo imposible, porque después de lo que le sucedió hubiese sido muy difícil que él volviera a escribir, mucho menos que regresara a los escenarios. Sin embargo, allí estaba él, en un inmenso auditorio lleno hablando de un nuevo libro suyo; y todo gracias a su esposa, a quien calificó como la persona que tomaba las decisiones más importantes de su vida.       

Otro tema que se tocó en la conversación fue la política de Donald Trump, con quien Salman Rushdie no congenia en nada. Es más, confesó que él considera una mayor amenaza a sus seguidores, quienes son capaces de las peores atrocidades. Por otro lado, también habló de la necesidad de escribir siempre con humor, pues varias veces ha dejado de leer a grandes escritores que carecen de eso: de humor. Tampoco dejó de lado la importancia del libro, que desde su aparición siempre ha sido sentenciado a desaparecer, más aún con la creación de nuevos objetos tecnológicos que con el tiempo van quedando en la más completa obsolescencia. Sin embargo, el libro, como objeto creado, mantiene su vigencia a pesar del tiempo transcurrido, y eso siempre habría que considerarlo, y también celebrarlo. 

Después de casi una hora de conversación, Juan Gabriel Vásquez pidió los respectivos aplausos para Salman Rushdie, quien otra vez observó a la multitud que lo aplaudía de pie y que ya estaba dispuesta a hacer una interminable cola para la firma de sus libros. Para ello se instaló una mesa y una silla en el medio del escenario para que él pudiera firmar con total comodidad a todas las personas que estaban dispuestas a quedarse hasta muy tarde con tal de recibir la firma y dedicatoria de este escritor al que se le puede considerar un sobreviviente de la violencia y la locura humana.

Salman Rushdie en firma de libros (Créditos: Ana Velásquez)

Al día siguiente, sábado 01 de febrero, se había programado una conferencia de prensa con Salman Rushdie. Allí estuvo presente la Revista Virtual El Hablador de Perú compartiendo espacio con otros medios importantes como El Espectador y RCN de Colombia, y El Heraldo y El Universal de México.

Antes de que él llegara se nos pidió formular una pregunta. La nuestra consistió en la siguiente: En Cuchillo haces mención de amigos colegas escritores como Martin Amis, Hanif Kureishi y Paul Auster que tenían problemas de salud mientras te recuperabas del ataque sufrido. Sucedió luego la muerte de Milan Kundera, otro amigo tuyo. ¿Cómo asumes esta nueva etapa de tu vida con amigos que ya no están?

Salman Rushdie en conferencia de prensa (Créditos: Ana Velásquez)

Salman Rushdie escuchó con atención esta pregunta. Se quedó pensativo, suspiró y luego procedió a responder: Dijo que él ya tenía 77 años. Y que esta era una edad cuando uno ya empieza a perder a amigos y a personas cercanas a su generación. Era inevitable. Era la ley de la vida, por lo que terminaba siendo algo triste, muy triste.

Y un gesto lleno de melancolía terminaba por confirmar el sentido de sus palabras.

Sus respuestas a las otras preguntas de los colegas presentes en esta conferencia consistieron en su negativa a la política de Trump, en la merecida sentencia que recibió su atacante (al que ya no tiene nada que decirle), sobre cómo sigue disfrutando del fútbol, de la vida y del amor (que ahora más que nunca resulta ser un tema interminable para él); y más aún de la literatura, sobre todo cuando confronta a la muerte y la supera. Para dar un ejemplo de ello mencionó a Federico García Lorca. Después de muchos años de su muerte, su obra sigue viva. Se le lee y se le admira. En cambio, a sus asesinos les sucede todo lo contrario. Ellos quedaron en el completo olvido.

Salman Rushdie en conferencia de prensa (Créditos: Ana Velásquez)
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Reseña: Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (2024) de Salman Rushdie

Un segundo intento de vida

Por Omar Guerrero

Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (Random House, 2024) del escritor hindú Salman Rushdie (Bombay, 1947) es un libro de no ficción donde el autor brinda en primera persona, a modo de testimonio, y de manera muy íntima, lo sucedido el 12 de agosto del 2022 cuando fue agredido y casi asesinado en el auditorio del Instituto Chautauqua al norte del estado de Nueva York por parte de un joven de veinticuatro años que salió entre el público asistente y se presentó ante él armado con un cuchillo. Fueron quince puñaladas que cayeron sobre Rushdie, primero en la mano izquierda, luego en el cuello, en el ojo derecho y en el resto del cuerpo. La intención era asesinarlo tal como lo solicitaba la fetua emitida por el ayatolá Ruhollah Jomeini de Irán en 1989 como sentencia y veto a la novela Los versos satánicos por parte del islamismo. Después de treinta y tres años de haberse dado este cuestionable decreto, parecía cumplirse esta sentencia por parte de un joven fanático de origen libanés, quien, una vez que fue detenido, llegó a confesar que sólo había leído las dos primeras páginas de la novela de Rushdie, además de ver una serie de videos en Youtube donde se le calificaba de “farsante”, con lo que quedó convencido que debía de cumplir con esa orden tan absurda.

Lo que más sorprende de Cuchillo es que el autor cuestiona muchas cosas, sobre todo a su persona. Lo mismo hace con su agresor, a quien nombra sólo con la letra A. De él intenta entender su despropósito para luego describirlo, aunque también busca humillarlo y dejarlo en ridículo por sus creencias. Es el recurso más inmediato y el más efectivo que tiene para desatar su indignación y cólera por lo sucedido. No es para menos si se trata del punto de vista de la víctima. Por otra parte, para demostrar el miedo y el dolor sufrido, de él y de sus familiares, toma como ejemplos a libros y a autores que han desarrollado temáticas como la vida, el peligro, la muerte y la ceguera. Esta última de mayor repercusión por las consecuencias irreversibles de un acto tan condenable.

Miro en retrospectiva a ese hombre feliz -yo- bañado en luz de luna estival un jueves de agosto por la noche. Se siente dichoso porque la escena es bella; y porque está enamorado; y porque ha terminado su novela -acaba de hacer lo último que se hace: corregir las galeradas- y las primeras personas que la han leído están entusiasmadas. La vida le sonríe. Pero nosotros sabemos lo que él ignora. Sabemos que ese hombre feliz junto al lago corre peligro de muerte. Y el hecho de que él no sepa nada hace que nuestro temor sea más grande aún.

A este recurso literario se lo conoce como prefiguración. Uno de los ejemplos más citados de ello es el famoso comienzo de Cien años de soledad. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…». Cuando nosotros, como lectores, sabemos lo que el personaje ignora, quisiéramos advertirle. «Corre, Ana Frank, mañana descubrirán tu escondite». Al pensar en esa última noche de despreocupación, la sombra del futuro se topa con mi memoria. Pero yo no puedo advertirme a mí mismo: demasiado tarde para eso. Lo único que puedo hacer es contar la historia. (pp. 22-23).  

Llama la atención el uso de la ironía al relatar todos estos hechos. El autor brinda detalles de lo que sintió una vez que estuvo tendido en el piso mientras se desangraba. Hasta llega a mencionar las pertenencias que llevaba consigo como su billetera con algo de dinero y tarjetas de crédito, además de un cheque como pago por su asistencia a este conversatorio donde iba a hablar de la seguridad que existe en un país como Estados Unidos para los autores extranjeros. El tema llevaba por título “Más que un refugio: Redefinir el hogar norteamericano”. Lo cierto es que este refugio resultó vulnerable por completo, lo que se entiende como un indicio más de su ironía. Rushdie también recuerda que llevaba un traje Ralph Laurent que fue cortado en tiras y despojado de su cuerpo para detectar la gravedad de sus heridas y así poder asistirlas. Y mientras esto sucedía él se lamentaba por el triste destino de su traje de marca. Este mismo pesar recayó también sobre el cheque que llevaba consigo y que terminó manchado con su sangre, el cual quedó como evidencia para la policía con el fin de incriminar al culpable de este ataque.  

El libro está divido en dos partes. Cada uno está compuesto por cuatro capítulos. Uno de estos capítulos está dedicado a su esposa Eliza, quien cobra un papel preponderante en su internamiento y recuperación, además de brindarle todas las fuerzas para afrontar lo sucedido hasta el final. Por supuesto que también se menciona al resto de su familia y a los amigos. Entre estos amigos sobresale su agente literario Andrew Wilye, conocido en el medio editorial con el apelativo de “El Chacal” por su implacable actitud y rudeza al momento de negociar los derechos de sus representados. Sin embargo, en esta ocasión se le menciona como una persona sensible capaz de llorar ante un hecho tan alarmante:

Ella habló con nuestros agentes literarios, Andrew Wylie y Jin Auh. Andrew estaba llorando. Éramos amigos desde hacía treinta y seis años, y en el huracán que me alcanzó tras la publicación de Los versos satánicos y la fetua Jomeini, él había sido mi mayor y más leal aliado. Habíamos librado juntos aquella guerra, ¿y ahora esto? Era demasiado. Pero tocaba pasar a la acción, no a las lágrimas. […] (p.59).

[…]

La primera visita que recibí, familia aparte, fue la de mi agente y amigo Andrew Wilye. Andrew parece un hombre adusto pero es muy sentimental, y cuando nos abrazamos casi rompió a llorar. Andrew es una persona leal, cariñosa, muy inteligente y muy divertida, nada que ver con ese apodo que ha colgado el mundillo editorial, «el Chacal». (Creo que a él le gusta. Le hace parecer peligroso). Me dejó clara su idea sobre cómo salir adelante. (p.96).

A lo largo de estos capítulos el autor se refiere al lector como si fuese su confidente. Sucede, sobre todo, cuando tiene que describir el dolor de las intervenciones quirúrgicas (la del párpado de su ojo derecho lo considera como uno de los dolores más insoportables que ha tenido en su vida). El dolor que secunda a estas confidencias corresponde a las terapias, tanto físicas como psicológicas. Aquí Rushdie confiesa que lograr movilizar su mano izquierda fue casi una tortura. Su único consuelo para estas sesiones es que su fisioterapeuta era una lectora asidua de su obra, pues ya había terminado Grimus y tenía muy avanzada Hijos de la medianoche. En cuanto a lo psicológico sus heridas parecían ser mucho más profundas, incluido el miedo, sobre todo con la presencia de otros males como un posible cáncer de próstata que requería ser descartado.

Y al mencionar este mal tan temido es inevitable no relacionarlo con lo que en ese momento estaban padeciendo otros amigos y colegas de las letras. Su condición de enfermos, no sólo de cáncer sino también de otras dolencias, le hace entender al propio Rushdie de la vulnerabilidad del hombre junto a la brevedad del paso del tiempo y, más aún de la vida, sobre todo si esto afecta a escritores cuyas obras ya los han convertido en seres inmortales, aunque no en un sentido literal:

Martín (Amis) llevaba dos años luchando contra un cáncer de esófago, el mismo tipo de cáncer que había acabado con su mejor amigo, Christopher Hitchens. La quimioterapia había funcionado, la cosa estaba remitiendo, pero luego el tumor volvió, más quimioterapia, esta vez sin resultados, hasta que le operaron y le dijeron que había habido suerte. Cuando vimos a Martín en casa de Morgan y Rachel estaba tan flaco que daba pena, y hablaba con un hilillo de voz, pero su inteligencia no había menguado un ápice y se mostró muy cariñoso conmigo. […] (p.133).

[…]

Hanif Kureishi perdió el conocimiento en Roma y cuando volvió en sí no podía mover los brazos y las piernas. Ha estado escribiendo -mejor dicho, dictando- un blog hermosamente valiente, sincero y divertido en la plataforma Substack sobre sus penurias. Al parecer su movilidad ha mejorado un poco, pero hoy por hoy no está claro cuándo (o si) recuperará el uso de su mano derecha, la de escribir. A los cuatro días de conocer lo de Hanif, me entero de que Paul Auster tiene un cáncer de pulmón. Paul y su mujer, Siri Hustvedt, habían participado en el acto de apoyo a mi persona en los escalones de la biblioteca, pero ahora se enfrentaban a su propia crisis. […] (p.134).     

En cuanto a lo psicológico, el temor parecía menguar, más no los deseos de confrontar al agresor, entendido como un anhelo de querer encontrar una explicación por lo sucedido y, más aún, por lo sufrido. Su anhelo también es querer conocer el origen de tanto odio. Y al no poder acceder a este requerimiento, Rushdie recurre a la ficción para recrear una entrevista tan igual como lo hizo Beckett en la vida real con el proxeneta que le asestó un par de puñaladas sin llegar a matarlo. En esta entrevista se evidencia la humillación hacia su agresor por sus absurdas respuestas y también ante la negativa de responder. 

Otra mención relevante es el fallecimiento de Milan Kundera mientras Rushdie se reponía de sus heridas. Y al enterarse de esta muerte, Rushdie llega a recordar la imposibilidad de experimentar una segunda vida, cuya idea se puede deducir al leer La insoportable levedad del ser y los otros libros de Kundera. Por supuesto que también recuerda un poema de Raymond Carver escrito a partir del diagnóstico de un cáncer letal:

Estaba teniendo lo que Kundera creía imposible: un segundo intento de vida. Había sobrevivido contra todo pronóstico. Ahora la pregunta es: Cuando te dan una segunda oportunidad, ¿qué uso le das? ¿Qué haces con ella? ¿Qué deberías hacer igual y qué podrías hacer diferente? Me vino a la cabeza Raymond Carver, concretamente su poema «Chollo», que iba sobre el momento en que le dijeron que le quedaban seis meses de vida, aunque luego viviría diez años más. El poema fue escrito tras saber que finalmente el tiempo se le había acabado. El cáncer de pulmón lo tenía entre sus garras y ya no lo iba a soltar. (pp. 168-169).  

Después de todo lo sucedido no es ningún secreto de que Salman Rushdie ha perdido el ojo derecho. En la primera solapa del libro aparece su foto con sus clásicas gafas, aunque el lente del lado derecho se presenta oscuro en su totalidad para cubrir el ojo dañado. Sin embargo, Rushdie en esta foto estira la comisura de los labios de manera muy leve, de una forma casi imperceptible. No es una sonrisa en todo el sentido de la palabra como lo hizo García Márquez cuando mostró su ojo amoratado después del famoso golpe que recibió, que, en sí, fue otra forma de agresión, pero no tan desmedida. Lo de Rushdie es un gesto diminuto, muy sutil. Se podría decir que no es una sonrisa de triunfo. Aunque tal vez sí lo sea. Es su manera de decir que aún está vivo, que ha sobrevivido y que seguirá escribiendo, pese a quien le pese. Esa es su revancha. Es su segundo intento de vida.

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Datos del libro reseñado:

Salman Rushdie

Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato

Random House, 2024