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Reseña: Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (2024) de Salman Rushdie

Un segundo intento de vida

Por Omar Guerrero

Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (Random House, 2024) del escritor hindú Salman Rushdie (Bombay, 1947) es un libro de no ficción donde el autor brinda en primera persona, a modo de testimonio, y de manera muy íntima, lo sucedido el 12 de agosto del 2022 cuando fue agredido y casi asesinado en el auditorio del Instituto Chautauqua al norte del estado de Nueva York por parte de un joven de veinticuatro años que salió entre el público asistente y se presentó ante él armado con un cuchillo. Fueron quince puñaladas que cayeron sobre Rushdie, primero en la mano izquierda, luego en el cuello, en el ojo derecho y en el resto del cuerpo. La intención era asesinarlo tal como lo solicitaba la fetua emitida por el ayatolá Ruhollah Jomeini de Irán en 1989 como sentencia y veto a la novela Los versos satánicos por parte del islamismo. Después de treinta y tres años de haberse dado este cuestionable decreto, parecía cumplirse esta sentencia por parte de un joven fanático de origen libanés, quien, una vez que fue detenido, llegó a confesar que sólo había leído las dos primeras páginas de la novela de Rushdie, además de ver una serie de videos en Youtube donde se le calificaba de “farsante”, con lo que quedó convencido que debía de cumplir con esa orden tan absurda.

Lo que más sorprende de Cuchillo es que el autor cuestiona muchas cosas, sobre todo a su persona. Lo mismo hace con su agresor, a quien nombra sólo con la letra A. De él intenta entender su despropósito para luego describirlo, aunque también busca humillarlo y dejarlo en ridículo por sus creencias. Es el recurso más inmediato y el más efectivo que tiene para desatar su indignación y cólera por lo sucedido. No es para menos si se trata del punto de vista de la víctima. Por otra parte, para demostrar el miedo y el dolor sufrido, de él y de sus familiares, toma como ejemplos a libros y a autores que han desarrollado temáticas como la vida, el peligro, la muerte y la ceguera. Esta última de mayor repercusión por las consecuencias irreversibles de un acto tan condenable.

Miro en retrospectiva a ese hombre feliz -yo- bañado en luz de luna estival un jueves de agosto por la noche. Se siente dichoso porque la escena es bella; y porque está enamorado; y porque ha terminado su novela -acaba de hacer lo último que se hace: corregir las galeradas- y las primeras personas que la han leído están entusiasmadas. La vida le sonríe. Pero nosotros sabemos lo que él ignora. Sabemos que ese hombre feliz junto al lago corre peligro de muerte. Y el hecho de que él no sepa nada hace que nuestro temor sea más grande aún.

A este recurso literario se lo conoce como prefiguración. Uno de los ejemplos más citados de ello es el famoso comienzo de Cien años de soledad. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…». Cuando nosotros, como lectores, sabemos lo que el personaje ignora, quisiéramos advertirle. «Corre, Ana Frank, mañana descubrirán tu escondite». Al pensar en esa última noche de despreocupación, la sombra del futuro se topa con mi memoria. Pero yo no puedo advertirme a mí mismo: demasiado tarde para eso. Lo único que puedo hacer es contar la historia. (pp. 22-23).  

Llama la atención el uso de la ironía al relatar todos estos hechos. El autor brinda detalles de lo que sintió una vez que estuvo tendido en el piso mientras se desangraba. Hasta llega a mencionar las pertenencias que llevaba consigo como su billetera con algo de dinero y tarjetas de crédito, además de un cheque como pago por su asistencia a este conversatorio donde iba a hablar de la seguridad que existe en un país como Estados Unidos para los autores extranjeros. El tema llevaba por título “Más que un refugio: Redefinir el hogar norteamericano”. Lo cierto es que este refugio resultó vulnerable por completo, lo que se entiende como un indicio más de su ironía. Rushdie también recuerda que llevaba un traje Ralph Laurent que fue cortado en tiras y despojado de su cuerpo para detectar la gravedad de sus heridas y así poder asistirlas. Y mientras esto sucedía él se lamentaba por el triste destino de su traje de marca. Este mismo pesar recayó también sobre el cheque que llevaba consigo y que terminó manchado con su sangre, el cual quedó como evidencia para la policía con el fin de incriminar al culpable de este ataque.  

El libro está divido en dos partes. Cada uno está compuesto por cuatro capítulos. Uno de estos capítulos está dedicado a su esposa Eliza, quien cobra un papel preponderante en su internamiento y recuperación, además de brindarle todas las fuerzas para afrontar lo sucedido hasta el final. Por supuesto que también se menciona al resto de su familia y a los amigos. Entre estos amigos sobresale su agente literario Andrew Wilye, conocido en el medio editorial con el apelativo de “El Chacal” por su implacable actitud y rudeza al momento de negociar los derechos de sus representados. Sin embargo, en esta ocasión se le menciona como una persona sensible capaz de llorar ante un hecho tan alarmante:

Ella habló con nuestros agentes literarios, Andrew Wylie y Jin Auh. Andrew estaba llorando. Éramos amigos desde hacía treinta y seis años, y en el huracán que me alcanzó tras la publicación de Los versos satánicos y la fetua Jomeini, él había sido mi mayor y más leal aliado. Habíamos librado juntos aquella guerra, ¿y ahora esto? Era demasiado. Pero tocaba pasar a la acción, no a las lágrimas. […] (p.59).

[…]

La primera visita que recibí, familia aparte, fue la de mi agente y amigo Andrew Wilye. Andrew parece un hombre adusto pero es muy sentimental, y cuando nos abrazamos casi rompió a llorar. Andrew es una persona leal, cariñosa, muy inteligente y muy divertida, nada que ver con ese apodo que ha colgado el mundillo editorial, «el Chacal». (Creo que a él le gusta. Le hace parecer peligroso). Me dejó clara su idea sobre cómo salir adelante. (p.96).

A lo largo de estos capítulos el autor se refiere al lector como si fuese su confidente. Sucede, sobre todo, cuando tiene que describir el dolor de las intervenciones quirúrgicas (la del párpado de su ojo derecho lo considera como uno de los dolores más insoportables que ha tenido en su vida). El dolor que secunda a estas confidencias corresponde a las terapias, tanto físicas como psicológicas. Aquí Rushdie confiesa que lograr movilizar su mano izquierda fue casi una tortura. Su único consuelo para estas sesiones es que su fisioterapeuta era una lectora asidua de su obra, pues ya había terminado Grimus y tenía muy avanzada Hijos de la medianoche. En cuanto a lo psicológico sus heridas parecían ser mucho más profundas, incluido el miedo, sobre todo con la presencia de otros males como un posible cáncer de próstata que requería ser descartado.

Y al mencionar este mal tan temido es inevitable no relacionarlo con lo que en ese momento estaban padeciendo otros amigos y colegas de las letras. Su condición de enfermos, no sólo de cáncer sino también de otras dolencias, le hace entender al propio Rushdie de la vulnerabilidad del hombre junto a la brevedad del paso del tiempo y, más aún de la vida, sobre todo si esto afecta a escritores cuyas obras ya los han convertido en seres inmortales, aunque no en un sentido literal:

Martín (Amis) llevaba dos años luchando contra un cáncer de esófago, el mismo tipo de cáncer que había acabado con su mejor amigo, Christopher Hitchens. La quimioterapia había funcionado, la cosa estaba remitiendo, pero luego el tumor volvió, más quimioterapia, esta vez sin resultados, hasta que le operaron y le dijeron que había habido suerte. Cuando vimos a Martín en casa de Morgan y Rachel estaba tan flaco que daba pena, y hablaba con un hilillo de voz, pero su inteligencia no había menguado un ápice y se mostró muy cariñoso conmigo. […] (p.133).

[…]

Hanif Kureishi perdió el conocimiento en Roma y cuando volvió en sí no podía mover los brazos y las piernas. Ha estado escribiendo -mejor dicho, dictando- un blog hermosamente valiente, sincero y divertido en la plataforma Substack sobre sus penurias. Al parecer su movilidad ha mejorado un poco, pero hoy por hoy no está claro cuándo (o si) recuperará el uso de su mano derecha, la de escribir. A los cuatro días de conocer lo de Hanif, me entero de que Paul Auster tiene un cáncer de pulmón. Paul y su mujer, Siri Hustvedt, habían participado en el acto de apoyo a mi persona en los escalones de la biblioteca, pero ahora se enfrentaban a su propia crisis. […] (p.134).     

En cuanto a lo psicológico, el temor parecía menguar, más no los deseos de confrontar al agresor, entendido como un anhelo de querer encontrar una explicación por lo sucedido y, más aún, por lo sufrido. Su anhelo también es querer conocer el origen de tanto odio. Y al no poder acceder a este requerimiento, Rushdie recurre a la ficción para recrear una entrevista tan igual como lo hizo Beckett en la vida real con el proxeneta que le asestó un par de puñaladas sin llegar a matarlo. En esta entrevista se evidencia la humillación hacia su agresor por sus absurdas respuestas y también ante la negativa de responder. 

Otra mención relevante es el fallecimiento de Milan Kundera mientras Rushdie se reponía de sus heridas. Y al enterarse de esta muerte, Rushdie llega a recordar la imposibilidad de experimentar una segunda vida, cuya idea se puede deducir al leer La insoportable levedad del ser y los otros libros de Kundera. Por supuesto que también recuerda un poema de Raymond Carver escrito a partir del diagnóstico de un cáncer letal:

Estaba teniendo lo que Kundera creía imposible: un segundo intento de vida. Había sobrevivido contra todo pronóstico. Ahora la pregunta es: Cuando te dan una segunda oportunidad, ¿qué uso le das? ¿Qué haces con ella? ¿Qué deberías hacer igual y qué podrías hacer diferente? Me vino a la cabeza Raymond Carver, concretamente su poema «Chollo», que iba sobre el momento en que le dijeron que le quedaban seis meses de vida, aunque luego viviría diez años más. El poema fue escrito tras saber que finalmente el tiempo se le había acabado. El cáncer de pulmón lo tenía entre sus garras y ya no lo iba a soltar. (pp. 168-169).  

Después de todo lo sucedido no es ningún secreto de que Salman Rushdie ha perdido el ojo derecho. En la primera solapa del libro aparece su foto con sus clásicas gafas, aunque el lente del lado derecho se presenta oscuro en su totalidad para cubrir el ojo dañado. Sin embargo, Rushdie en esta foto estira la comisura de los labios de manera muy leve, de una forma casi imperceptible. No es una sonrisa en todo el sentido de la palabra como lo hizo García Márquez cuando mostró su ojo amoratado después del famoso golpe que recibió, que, en sí, fue otra forma de agresión, pero no tan desmedida. Lo de Rushdie es un gesto diminuto, muy sutil. Se podría decir que no es una sonrisa de triunfo. Aunque tal vez sí lo sea. Es su manera de decir que aún está vivo, que ha sobrevivido y que seguirá escribiendo, pese a quien le pese. Esa es su revancha. Es su segundo intento de vida.

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Datos del libro reseñado:

Salman Rushdie

Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato

Random House, 2024

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