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Reseña: Montevideo (2022) de Enrique Vila-Matas

Literatura, ciudades, hoteles, habitaciones y puertas contiguas

Por Omar Guerrero

Montevideo (Seix Barral, 2022) del escritor español Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es una novela (o tratado) donde la literatura, los escritores y el acto mismo de escribir (precisamente literatura, como ya es costumbre, y también predilección como sucede en la mayoría de sus libros) se presentan como los principales hechos o puntos de atención en esta trama que es bastante singular. Aunque, cabe añadir, y también advertir, que el estilo narrativo es otro elemento que no pasará desapercibido para el lector.

La historia se reduce a la visita a la habitación 205 del emblemático hotel Cervantes ubicado en la ciudad de Montevideo, Uruguay, donde transcurre un cuento de Julio Cortázar titulado «La puerta condenada» incluida en el libro El final del juego (1956). Cabe aclarar que este hotel en la actualidad ya no se llama así, pero que en esta misma habitación estuvo hospedado el mismo Cortázar entre noviembre y diciembre de 1954 convocado a unas reuniones de la Unesco, por lo que la idea de la metaficción, e incluso de la autoficción, se vuelven una recurrente a lo largo del libro, más aún para el protagonista que no deja de ser tan Vila-Matas, y a la vez, tan Sterne (Shandy), tan Melville (Bartleby), tan Cortázar (La puerta condenada), y tan, pero tan literario. Y esta es su mayor ventaja.

La novela está dividida en seis capítulos, cada una correspondiente a distintas ciudades: París, Cascais, Montevideo, Reikiavik (bastante breve), Bogotá y (otra vez) París. En el primer capítulo, un migrante español nacido en Barcelona llega a la Ciudad Luz con inclinaciones literarias; para ser más exacto, con deseos de desarrollar una escritura, pero allá, en París, se relaciona con el lado oscuro y sórdido de la ciudad, que aún así, muestra cierto encanto o atractivo, poque, a fin de cuentas, es París. Lo curioso es que en medio de estas vivencias surge la posibilidad de dejar de escribir a pesar de no haber escrito aún nada:

En París, en todo caso, no fui tan idiota de dejarme embaucar por el vacío absoluto, que era algo que ya había reventado en Barcelona la primera juventud, y me limité a permitir que me absorbiera un sinsentido controlado, rayando en lo fingido, dedicándome casi exclusivamente a recorrer a fondo, de arriba abajo, el París más canalla, el París brutal, el genial París que describe Luc Sante en The Other Paris (unos barrios repletos de flâneurs apaches, estrellas de chanson, clochards, valientes revolucionarias y artistas callejeros), el París de los marginados, el París de los exiliados antifranquistas con su bien organizada red de venta de drogas, el París de los destrozados, el París del gran vértigo social. (p. 10)

[…]

Mi mundo en París se redujo a un modesto espacio en el que reinaban traficantes de poca monta y a algunas fiestas de vez en cuando con decaídos exiliados españoles, fiestas baratas, pero con bastante vino tinto, y de las que únicamente recuerdo que adquirí la costumbre de despedirme diciéndoles a los pseudoamigos o conocidos, a todos, sin excepción:

               ¿Ya sabéis que he dejado de escribir?

               Y casi siempre alguien saltaba enseguida para corregirme:

               ¡Pero si tú no escribes! (p. 11)

Y esta «extraña» decisión de dejar la escritura se presenta como una contradicción porque en París todos quieren escribir. Para eso se cita una aseveración textual del mismo Ciorán: «Los franceses ya no quieren trabajar, todos quieren escribir» (p 13). Y ante estas variantes sobre la escritura, toma la palabra el personaje, que es muy deductivo, sólo para enumerar cinco tendencias (o formas de escritura o de escritores) en torno a esta labor:

  1. Quienes no tienen nada que contar.
  2. Quienes deliberadamente no narran nada.
  3. Quienes no lo cuentan todo.
  4. Quienes esperan que Dios algún día lo cuente todo, incluido por qué es tan imperfecto.
  5. Quienes se han rendido al poder de la tecnología que parece estar transcribiéndolo y registrándolo todo y, por tanto, convirtiendo en prescindible el oficio de escritor.  (p. 16)

Cada una de estas tendencias es el registro de lo que se verá en las siguientes páginas, donde lo literario, y más aún, la escritura, con la presencia de otros elementos, como escritores y/o personalidades (sobre todo culturales), junto a otros hechos, entre ellos muchos viajes, encuentros y desencuentros, quienes se presentan como los componentes que va contando una historia que gira sobre la literatura y más aún sobre el estilo que se desarrolla en ella (o que se busca desarrollar). Un ejemplo de ello es Antonio Tabucchi, a quien el personaje de este libro-novela-tratado-ensayo presenta como un artífice de lo innovador, sobre todo con un libro como Dama de Porto Pim:

«maravilloso libro fronterizo publicado en Palermo y traducido en Barcelona en febrero de 1984, libro tan dispar como unitario que reunía en muy pocas páginas cuentos breves, fragmentos de memorias, diarios, de traslados metafísicos, notas personales, una breve biografía de Antero de Quental, astillas de una historia cazada casualmente en la cubierta de un barco, recuerdos inventados, mapas, bibliografía, abstrusos textos legales, canciones de amor: toda una serie de elementos, algunos a primera vistas enemistados entre sí y sobre todo enemistados con la literatura, pero transformados por una firme voluntad literaria en ficción pura». (p. 25)

Con la cita sobre Tabucchi hay otro indicio revelador (y anticipatorio) de lo que está por venir en las siguientes páginas, pues los fragmentos que conforman cada capítulo contienen una serie de deducciones sobre sobre eso mismo que le concierne al personaje del libro y que invita al lector a convertirse en cómplice bajo el efecto de tanta fascinación y apego y que no es más que la literatura. De esta manera empiezan a desfilar y a mencionarse nombres como Melville, Kafka, Voltaire, Hemingway, Monterroso, Bárbara Jacobs, Robert Walser, James Joyce, Laurence Sterne, Roberto Bolaño, Julio Cortázar, Lezama Lima, Mallarmé, Clarice Lispector, Julian Gracq, Ida Vitale, Felisberto Hernández, Borges, Macedonio Fernández, Madeleine Moore (calificada como un artista que metaboliza referencias literarias y cinematográficas, arquitectónicas y musicales, científicas y pop. Y que crea como nadie «habitaciones», «interiores», «jardines» y «planetas») (p. 67), John Banville, Rodrigo Fresán (cita de referencia de estos dos últimos: Conecta también Fresán con un estilista genial, John Banville. Ambos son escritores más comprometidos con el lenguaje y sus ritmos que con la trama, los personajes o el ritmo de la historia) (p. 77), etc, etc.  Y es que conglomerar a toda una serie de nombres, citas, referencias, experiencias, vivencias y demás cosas en torno a la escritura es precisamente eso que se define como escribir. Aquí un ejemplo de esta misma definición demostrada a lo largo de estas páginas:

Escribir es, como decía el doctor Johnson, expresarse por medio de letras, es grabar, es imprimir, es ejecutar la escritura, es actuar como autor, es hablar en los libros, es reírse de las moscas de origen belga, es expulsar a la Tierra fuera del Sistema Solar, es extraer algo de la nada, es hablar sin que nadie te interrumpa… (p. 73)

Otro elemento que se presenta en el libro es el cine. En el capítulo dos, titulado «Cascais», se cuenta sobre un festival y el acercamiento a ciertas personalidades como David Cronenberg, las lecturas del emblemático Cahiers du cinéma y la presencia de viejos actores que han quedado en el imaginario fílmico (antes de finalizar el capítulo previo también se hace mención sobre una película y personaje de Michelangelo Antonioni).

En el tercer capítulo titulado «Montevideo» se aborda de manera directa la visita a la habitación 205 del hotel Cervantes en Uruguay. Ahí se hace una intertextualidad con la historia del cuento de Cortázar, que se parece mucho, por coincidencia, a otro cuento de Bioy Casares: «Un viaje o El mago inmortal», donde lo fantástico se vuelve un elemento predominante (mención aparte de llantos de niños, llaves, maletas y arañas). Por supuesto que al abordar la ciudad de Montevideo se toma en cuenta otros referentes de la ciudad como la parte vieja, la librería de Mario Levrero, los versos de Idea Vilariño o los cuentos de Juan Carlos Onetti.

En el capítulo titulado «Bogotá» es imposible no dejar de mencionar la visita que hace el personaje a la Biblioteca Nacional de esta ciudad, fundada en 1777, donde muchos años después, según la información recabada por guías e informadores, aparecería un joven Gabriel García Márquez (Gabo para los amigos) sólo para refugiarse ahí y estudiar en silencio. En este mismo capítulo, lo fantástico se hace presente con menciones a puertas invisibles o pasadizos conectores con otros espacios y tiempos, sobre todo si se encuentran dentro de algún hotel.

En el último capítulo titulado «París» se vuelve reiterativa la frase de «levantarse para volver a ser», y que se presenta como una continuación a este viaje o periplo que no se agota, pues la literatura supera cualquier vicisitud de la realidad, de la vida misma, e incluso, de los propios misterios del universo, ya sea a través de la ficción. Sólo de esta manera se determina que este viaje continúa, de una u otra manera, y ahí radica su mayor fascinación. La lectura de este libro es una invitación a ello, lo que resulta ya imposible de rechazar. 

*****

Datos del libro reseñado:

Enrique Vila-Matas

Montevideo

Seix Barral, 2022

Puntaje: 4.5/5

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Reseña: Caperucita se come al lobo (2012) de Pilar Quintana

Ciertas perversiones

Por Omar Guerrero

Caperucita se come al lobo (2012) (La Travesía Editora, 2021; Random House, 2020) de la escritora colombiana Pilar Quintana (Cali, 1972),[1] es un libro de cuentos que reúne ocho relatos (seis correspondientes a la primera edición del 2012 y dos adicionales tomados de la edición del 2020). La mayoría de estos relatos tienen en común lo femenino, pero no el lado trágico ni sufriente, mucho menos en lo subyugante y abnegado. En ellos encontramos una serie de impulsos y situaciones placenteras que podrían remitir a cierto tipo de perversiones donde lo sexual siempre se impone.

En el primer cuento titulado «Olor» una mujer siente una atracción hacia un hombre que le resulta apuesto, pero que peculiarmente le huelen mal las axilas. Ella es escritora. Él también es escritor, pero ensayista, de nacionalidad española. Todo transcurre en las inmediaciones de una feria del libro con entrevistas y presentaciones, entre ellas, una con el escritor brasileño Rubem Fonseca, en cuya obra lo sexual también es explícito.[2] Ambos protagonistas intercambian primero algunas palabras. Poco a poco sus conversaciones se vuelven más extensas mientras observan una ciudad que podría ser mexicana: hay tacos y enchiladas. Llega la noche y las luces de neón les resultan curiosas y atrayentes. Ambos se emborrachan y hablan de escritores y libros. El impulso es mutuo. Es imposible frenar el deseo, a pesar del mal olor de las axilas del hombre, que curiosamente no produce rechazo ni distancia. El lenguaje explícito usado en torno al sexo también sorprende:

Me senté en la cama. Miguel tenía una verga gorda y rosada. La acaricié con mi cara. Olía a leche cortada. Lamí, tenía un gusto salado. Lamí un poco más, me la metí en la boca y empecé a chupar. (p.18).

En el cuento «El hueco» se aborda una historia extremadamente violenta contada desde una voz masculina. Al inicio solo se sabe que hay dos personas en un par de celdas contiguas dentro de un hueco, que en realidad no es un hueco, sino una estructura de paredes altísimas de concreto y sin techo. La persona que acompaña al personaje que cuenta la historia es una mujer llamada Mariángela. Ambos están ahí por una traición hacia un hombre que bien podría ser un narcotraficante que no duda en comportarse de manera vengativa y sanguinaria. Esta traición obedece a un impulso sexual que no es perdonado por Víctor, el hombre millonario y poderoso que decide castigar a este par de amantes de la peor manera. Este es el origen de la venganza cuyas descripciones no son aptas para lectores sensibles:

No nos dijimos nada. Todo lo hicimos con desesperación y abandono, y no creo que fuera solo por el peligro o porque fuera nuestra primera vez, sino también porque sabíamos que era la última. Pero fuimos felices, nos mirábamos a los ojos, más bien nos comíamos con los ojos, y sonreíamos. (p. 28)

El cuento «violación» bien podría tener referencias a Lolita de Nabokov. Trata la historia de un hombre que solo consigue erecciones blandas con su pareja. Todo indica que son de la misma edad. Esta señora tiene una hija de un anterior compromiso. La niña tiene trece años. Los tres viven en la misma casa. La presencia de la niña consterna al hombre. No puede evitar mirarla. La posibilidad de una cercanía con ella, e incluso, una intimidad, resulta imposible, hasta que se da la oportunidad con la ausencia repentina de la madre. Entonces su erección se vuelve contundente. Lo que sorprende es la decisión de la niña antes, durante y después del encuentro íntimo con su padrastro, lo que produce otro hecho inesperado con respecto a la madre. A continuación, cito un fragmento que parece una referencia directa a la novela de Nabokov:

La niña sí le producía erecciones como debían ser. Le bastaba con verla salir de la ducha envuelta en su toallita blanca o paseándose por la sala con su piyama de pantalón corto y blusa de tiras.

Vivía con ellas desde que la niña tenía siete años. Ahora tenía trece y le decía papá. Los senos ya le estaban brotando. Pero la regla todavía no le había llegado. […] (p.33)

El cuento «Caperucita se come al lobo» es el mejor de todo el libro. Está narrado en primera persona por un personaje femenino bastante joven. Toda la historia tiene referencia al clásico cuento Caperucita. Los personajes y hechos son los mismos. Hay una niña, una madre, unos pastelitos, una abuelita y un sujeto apodado «el lobo». Incluso también hay un personaje que bien podría ser el leñador justiciero. Por otro lado, el barrio donde ocurre esta historia se llama El Bosque. Todos los hechos son similares al clásico cuento infantil con la diferencia de que este cuento contiene sexo explícito dado entre los dos personajes antagonistas. Lo más curioso es que la perversión no viene del lobo sino de la caperucita. Aquí el acto de «comer» corresponde a lo evidentemente sexual:

Le cogí la verga y sentí en mis dedos el cosquilleo de un fluido que le subía. Eso me enloqueció, se le había puesto durísima. Él metió la mano por el impermeable. Me acarició las tetas y me pellizcó un pezón. Eso me enloqueció más. Me monté entres sus piernas, él buscó por debajo de mi falda y me corrió el calzón. Le apreté la verga, me la inserté. Solté un gemido y nos empezamos a mover. El polvo fue desesperado. Fue ávido. Fue duro. Fue delicioso. Nos vinimos juntos en una explosión como de juegos pirotécnicos. Y fue liberador: había cumplido una perversión. (pp. 44-45)

El cuento «Amiguísimos» trata sobre dos amigos ya adultos: Juan Diego y Roxana. Juan Diego no tiene reparos en presentarle a Roxana sus nuevas amigas, que en realidad son sus enamoradas o parejas de turno. Esto no parece molestarle a Roxana, más aún si esto ocurre en reuniones en bares nocturnos donde los tragos y conversaciones pueden disimular cualquier tipo de sentimiento. Aunque la atracción entre ambos es inevitable, siempre y cuando no quede ningún compromiso de por medio. Ellos son «amigos con derechos» a pesar de la sinceridad y la ternura. Aquí el sexo otra vez se muestra de manera explícita. La mujer, una vez más, toma el control:

Roxana le quita la ropa y se termina de quitar la ropa ella. Lo lleva al sofá. Lo sienta. Juan Diego se ha puesto dócil, a todo se somete. Roxana se le monta encima y se mete en su verga. Se quedan muy quietos y se miran. Pero no se besan. Ellos nunca se besan. Él se recuesta en el espaldar y ella echa el cuerpo hacia atrás, cierra los ojos y empieza a moverse despacio. (p. 56)

En el cuento «Una segunda oportunidad» surge un hecho insólito a partir de la ingesta de un brebaje otorgado por un hombre indígena en un espacio rural. Antes de este hecho, se cuenta la llegada de una mujer policía en lancha a una isla. Allí, en su cabaña, ella es recibida por su pareja, un hombre llamado Donaldo, que a su regreso siempre le pregunta si le sigue siendo fiel. La mujer le dice esta vez que no y le menciona, ante tanta insistencia, el nombre de su amante. Esto desemboca en la ira y violencia de Donaldo. Después de lo ocurrido, ella busca ayuda no sin antes entablar comunicación con su amante, a quien no le dice nada de lo que ha sucedido. Ella está golpeada y adolorida. Él, en cambio, le menciona que lo que ha sucedido entre ambos no puede saberlo su esposa. La mujer policía parece arrepentirse de haber sido sincera con Donaldo. También parece arrepentida por la infidelidad cometida. Es ahí que ocurre lo insólito sin saber siquiera que esto vaya a suceder. Solo la presencia del hombre indígena y el ámbito rural hacen posible lo increíble. Por supuesto que aquí otra vez el sexo es motivo de los hechos que solo lo insólito logra remediar:

[…] Se rio otra vez y me dijo entonces hablemos. ¿La tiene grande?, exigió. No le respondí. Me estalló contra la pared y me volvió a preguntar con los dientes apretados si la tenía grande. Le dije que sí. […] (p. 62)

En el cuento «El estigma de Yosef» se encuentran referencias bíblicas. Así como en el cuento «Caperucita se come al lobo» se recrea el clásico infantil, aquí se recrea la concepción de una mujer tal como sucedió con la Virgen María. El dilema reside en la esterilidad del personaje narrador, un hombre que pone en duda su paternidad ante el embarazo de su pareja Miriam. Aquí otra vez el tema de la infidelidad rodea en la cabeza del protagonista masculino. Lo sexual ya no es tan evidente, aun así, quedan sombras de lo que se asume como una falta o pecado:

Yo le había mentido, era cierto, pero lo que ella pretendía hacerme a mí, endilgarme el hijo de otro, seguro del tal Gabriel que metió a nuestra casa y la dejó perturbada, era mucho peor que una mentira. (p. 71)

En el último cuento «Hasta el infinito» lo insólito vuelve a presentarse de una manera mucho más prolongada. Una mujer sufre un accidente de avión, pero sobrevive. También sobrevive a otros hechos como una malaria o un marido maltratador. Después del accidente, ella llega a recobrar el sentido, pero no logra tener conciencia del tiempo transcurrido. Tampoco de la ciudad donde se encuentra. Solo sabe que está en un hospital. Las enfermeras y la psicóloga son personas grises y desleídas. La mujer se siente atrapada, como si estuviese en una cárcel. Logra abrir una ventana del edificio y se avienta. No muere, tampoco sale herida. Simplemente rebota en un suelo gelatinoso. Entonces lo insólito comienza a tomar matices propios de la ciencia ficción. Ella camina por la ciudad que se parece mucho a Bogotá. En su camino se encuentra con Hache, quien reside en Nueva York, pero que está ahí, con ella. Hache la lleva a su departamento donde vive con su esposa, pero la mujer que ha sobrevivido a tantas cosas no se relaciona con la esposa de Hache. Ellas no se hablan ni se miran. Una parece el reflejo de la otra, como un desdoblamiento. Sin embargo, el único contacto se da con Hache. Mientras tanto, ella recuerda a su segundo esposo y a su hijo de tres años. En esta (extraña) convivencia con Hache y su esposa se llega a conocer una infidelidad del pasado. También vuelve a presentarse el sexo como un acto necesario. Aun así, todo parece mantenerse en otra dimensión.

Pilar Quintana – Foto: Hablemos, escritoras

Sin duda se trata de un relato atípico respecto a los anteriores. Solo el sexo, cuya iniciativa corresponde a los personajes femeninos, parece mantener un parangón con los relatos antecesores:

Al instante la puerta se abrió y entró la mujer con las llaves en la mano y la cartera al hombro. La silla de Hache era de ruedas y él se dio la vuelta hacia la puerta. La mujer no saludó ni dijo nada. Dejó sus cosas sobre el comedor y caminó hacia él. Bajé la cabeza para no verle la cara. La mujer se le plantó enfrente y Hache, que seguía sentado y tampoco decía nada, le desató los pantalones.

Hicieron el amor en la silla, sin desvestirse del todo, ella encima y él con los ojos cerrados. Yo, mientras él respiraba fuerte y gemía, mientras se movía, le decía al oído es conmigo que lo estás haciendo, Hache, es conmigo. […] (pp. 91-92).

Se concluye que Caperucita se come al lobo es un buen libro de cuentos donde predomina lo sexual y lo femenino sin ninguna intención de juzgar los impulsos y las decisiones de sus personajes. Estos, simplemente, obedecen a su naturaleza.

*****

Datos del libro reseñado:

Pilar Quintana

Caperucita se come al lobo (2012)

La Travesía Editora, 2021; Random House, 2020

Puntaje: 4/5


[1] Pilar Quintana ha escrito cinco novelas y un libro de cuentos. Fue parte de la primera lista de Bogotá 39 en el 2007 organizada por el Hay Festival. Su novela Coleccionista de polvos raros recibió el Premio de Novela La Mar de las Letras en España. Su novela La perra ha sido traducida a quince idiomas y ha sido finalista del Premio Nacional de Novela y del National Book Award. También ha ganado el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana y un PEN Translates Award. Con su novela Los abismos ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2021.   

[2] Sugiero la lectura de los Cuentos Completos en tres tomos de Rubem Fonseca donde se menciona lo explícitamente sexual. Sucede lo mismo con su novela La cofradía de los espadas.   

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Reseña: La más recóndita memoria de los hombres (2022) de Mohamed Mbougar Sarr

La pasión literaria

Por Omar Guerrero

La más recóndita memoria de los hombres (Anagrama, 2022) del escritor senegalés-francés Mohamed Mbougar Sarr (Dakar, 1990) fue la novela ganadora del prestigioso Premio Gouncourt en el 2021. Su título proviene de una cita larga tomada de los Detectives salvajes y que es utilizada precisamente en el epígrafe. De la sinopsis de la contratapa se deduce de inmediato la línea que sigue el autor al presentarnos esta novela donde la literatura también es protagonista. Aquí un fragmento de la mencionada sinopsis: Novela de iniciación, thriller literario, juego de cajas chinas con un libro dentro de otro libro, exploración de las heridas del colonialismo, celebración del poder de las ficciones… Estamos ante una novela total, de estirpe bolañesca, que habla de la escritura y de la vida. Y así como el personaje de Arturo Belano y compañía se sumergen en la búsqueda de la desaparecida poeta Cesárea Tinajero, aquí surge un joven llamado Dégane Latyr Faye, escritor senegalés que vive en París, y que, además, se encuentra obsesionado por la obra de un escritor, compatriota suyo, llamado T.C Elimane, también conocido como el «Rimbaud negro» (llamado así por un crítico de L´Humanité). T.C Elimane es autor de un único libro titulado El laberinto de lo inhumano publicado en el año de 1938 y que se convertirá en el origen y eje de toda esta historia.

La primera vez que Faye escucha sobre Elimane es a partir de un encuentro con una mítica mujer que le brinda uno de los pocos ejemplares de esta novela desconocida y casi desaparecida. A partir de este momento, y más aún después de su lectura, Faye empieza sus pesquisas detrás del autor también desaparecido. Solo lo empuja el valor que encuentra en sus palabras. Así lo testimonia:

Una sola de sus páginas bastaba para transmitirnos la certeza de que leíamos a un escritor, un hápax, uno de esos astros que no aparecen más que una vez en el cielo de una literatura. (p.10)

A partir de ese momento se despliega una búsqueda incesante para recabar toda información sobre Elimane, más aún por lo que significa y representa su novela, entendida como un objeto preciado muy al estilo de un manuscrito encontrado o un libro único y extraviado que de pronto (o por fin) es hallado. Por eso se le define de esta manera:

El laberinto de lo inhumano pertenecía a la otra historia de la literatura (que quizá sea la verdadera historia de la literatura): la de los libros perdidos en un pasadizo del tiempo, ni siquiera malditos sino simplemente olvidados, y cuyos cadáveres, osamentas y soledades se desparraman por el suelo de cárceles sin carceleros y balizan infinitas y silenciosas pistas heladas. (p.14)

Sin embargo, en las investigaciones, se descubre un posible plagio de la historia contada en la novela de Elimane correspondiente a un antiguo mito africano del que Faye, por sus orígenes, no es tan ajeno. Lo mismo sucede para los allegados a la cultura africana, sobre todo para quienes viven fuera de África, más aún en Europa. De ahí que este autor desaparecido cause tanta admiración y odio. Aunque para algunos su verdadero valor radicaba en otros elementos o hechos:

Yo a quien buscaba era al hombre y no a la continuación de El laberinto de lo inhumano, como tú. El escándalo del plagio no me interesaba mucho. Lo que me interesaba de él, lo que me atraía hacia él, era su silencio. (p.208)

Y al mencionarse ese «silencio» de Elimane como escritor es imposible no tomar en cuenta a los «bartlebys» de Enrique Vila-Matas. Sí, esos mismos escritores que de pronto deciden dejar de escribir por distintas razones. Pero ¿por qué dejó de escribir T.C Elimane? ¿Tanto le afectó la crítica y que lo hayan acusado de plagio? Esta incógnita hace que Faye continúe sus investigaciones en otras ciudades fuera de París, como Ámsterdam, Argentina y de nuevo en Senegal. Es ahí que se conoce la historia de los padres de Elimane, incluso mucho antes de que el escritor naciera. Aquí se cuenta la relación de los hermanos Assane y Ousseynou Koumakh junto a la joven Mossane. Este triángulo amoroso está lleno de decepciones y tragedias, incluidas la pobreza, el machismo, el racismo y la guerra. Solo el actuar ruin de uno de los hermanos será motivo suficiente para que Elimane deje de lado la escritura. No importa que hayan pasado los años en las vidas de estas tres personas que son el punto de origen del escritor desaparecido. Lo cometido trasciende como una herida que intenta curarse con las siguientes generaciones.  

Y mientras se avanza en estas investigaciones, Faye intenta hacerse un nombre en la literatura francesa a pesar de ser un joven migrante. Lo que encuentra es un ambiente literario cerrado muy parecido a un establishment. Esta situación no es nueva. Proviene desde mucho antes. Incluso llegó a afectar a Elimane cuando logró publicar su única novela en Francia. Es precisamente este círculo, sobre todo los críticos, quienes quedan descubiertos como los otros causantes de la desaparición de un escritor como Elimane a pesar de quedar remecidos por la calidad de su obra:

No obstante, el tono de su artículo hace pensar que se alegró de que el ambiente literario oficia (ese que, en otros términos, menosprecia la literatura policíaca por juzgarla vulgar y buena solo para divertir a la plebe inculta) se viese un poco sacudida por Elimane. (p.291).

Estos críticos son quienes recibirán una especie de castigo por su proceder que no reside solo en su subjetividad como lectores, como conocedores y/o académicos, sino también por un prejuicio al marcar diferencias y subvaloraciones hacia otras personas que no consideran iguales por distintas circunstancias. Y al decir la palabra «castigo» nos remitimos a los hechos sobrenaturales que envuelven a la cultura africana donde lo mágico y lo oscuro cobran protagonismo a través de la creencia y hasta en la religión tal como ocurre en la obra de otros escritores africanos como Ngũgi wa Thiong´o:

Sería horrible que Elimane hubiese empujado a aquellos pobres críticos franceses al suicidio por medio de sus poderes mágicos. Pero en medio de aquel horror posible, lo vería cómico. ¿Tú no? Un escritor que se considera incomprendido, mal leído, humillado, comentado desde un prisma para nada literario, reducido a una piel, un origen, una religión, una identidad, y que se pone a matar a los malos críticos de su libro por venganza: es pura comedia. (p.300)

Ante estos hechos, la novela toma un matiz policial, pues ya no solo se busca un escritor que dejó de escribir y que de pronto quedó en silencio para finalmente desaparecer, sino que dejó a su paso una serie de supuestas víctimas a las que fue necesario «castigar» por su vil manera de ser. La contraparte de estos críticos son los editores, quienes muestran un aura distinta, mucho más benevolente, todo lo contario a la vileza. Uno de estos editores quedará en la memoria de Elimane. Y en esta coyuntura, los libros siguen siendo los protagonistas y reguladores entre lo bueno y lo malo de todas las personas que se encuentran a su alrededor:

Entonces ¿cuál es esta patria? Tú la conoces: evidentemente, es la patria de los libros: los libros leídos y amados, los libros leídos y despreciados, los libros que soñamos con escribir, los libros insignificantes que hemos olvidado y que ya no sabemos siquiera si llegamos a abrir alguna vez, los libros que fingimos haber leído, los libros que no leeremos nunca pero de lo que no nos separaríamos por nada del mundo, los libros que esperan su hora en una noche paciente, antes del crepúsculo deslumbrante de las lecturas del amanecer. (p.312).

Otra parte resaltante de la novela son los viajes de Elimane a otras latitudes. Uno de sus destinos fue Argentina, donde entabló amistad con reconocidos personajes de la literatura porteña. No solo eso. También dejó huella en muchos de ellos. Claro, todo es ficticio. Pero, así como Bolaño y Vila-Matas ficcionalizaron sobre personajes reales, y más aún sobre escritores e intelectuales, Mbougar Sarr también hace lo mismo. Aquí una muestra:

Tenía pocos amigos. Admiraba la obra de Borges; pero sus amigos más íntimos eran Gombrowicz y Sabato. Creo que se acostó con todas las mujeres hermosas de la intelligentsia porteña, y con las feas también. Estoy convencida de que se acostó con Victoria Ocampo, pero también con Silvina Ocampo, quizá con las dos hermanas a la vez. Era un ermitaño muy paradójico. No andaba por los lugares donde había que estar: Pero cada vez que aparecía, ejercía como quien no quiere la cosa, sin forzarlo, dando la impresión de que le molestase o le irritase aquel efecto de su presencia del que parecía excusarse con todo su ser, con un encanto espiritual; un encanto no solamente físico, sino espiritual, incluso diría mental si eso significara algo. Sin embargo, no era muy hablador. No se volvía el centro de atención. No pretendía deslumbrar por su mente y desconfiaba de todos los artificios retóricos, de todas las maneras, de todas las seducciones de la inteligencia. (p.331).

Estos viajes de Elimane causan intriga en Faye. También causan intriga en el lector. Estos viajes son como periplos que dejan rastro, que buscan una causante, pues no solo Argentina es mencionada como destino sino también otros países de Latinoamérica

Entretanto, Gombrowicz y Sabato aparecieron de vez en cuando por el salón de mis padres. Yo les preguntaba si su amigo aún me guardaba rencor. Uno de ellos siempre respondía que Elimane no estaba enfadado. Solo estaba ausente, de viaje ¿Dónde? Por Latinoamérica. Lo mismo estaba en Chile, como en Brasil, o en México, en Guatemala, Uruguay, Colombia o Perú. Ni Gombrowicz ni Sabato sabía el motivo de aquellos frecuentes viajes. Desde que lo conocemos, siempre ha viajado mucho, me dijo un día Sabato. Pero no sé qué busca, ni siquiera si busca algo. (p.352)

¿Qué es lo que buscaba Elimane en cada uno de sus viajes? ¿Esto estaba relacionado a su silencio como escritor? ¿Buscaba, acaso, a alguna persona en especial o varias personas? ¿Buscaba una venganza? Y al intentar responder estas preguntas todo se vuelve trepidante con el correr de las páginas.

Otro tópico que se encuentra en esta novela que ya tiene la estructura de unas cajas chinas es el tema del coloniaje. Entendido como parte del prejuicio hacia un escritor como Elimane donde la raza, el color de piel, la procedencia, la cultura y las creencias son juzgadas como parte ineludible de una obra y de una identidad:

En el fondo, ¿quién era Elimane? El producto más logrado y trágico de la colonización. El triunfo más esplendoroso de esta empresa, más que las carreteras asfaltadas, el hospital y la catequesis. ¡Más que nuestros antepasados los galos! ¡Menudo crimen de leso Jules Ferry! Pero Elimane simbolizaba también lo que la misma colonización había destruido con su horror natural hacia los pueblos que la sufrieron. Elimane quiso convertirse en blanco y le recordaron no solo que no lo era, sino que jamás lo sería a pesar de todo su talento. Pagó todos los peajes culturales de la blanquitud y solo consiguió que lo mandasen de vuelta a su negritud. Probablemente, dominaba Europa mejor que los europeos. ¿Y dónde acabó? En el anonimato, la desaparición, el ninguneo. Tú lo sabes: la colonización siembra entre los colonizados la desolación, la muerte, el caos. Pero también siembra en ellos -y en su triunfo más diabólico- el deseo de convertirse en quien los destruye. Fíjate en Elimane: toda la tristeza de la alienación. (pp. 416-417).

Mohamed Mbougar Sarr – Foto: El Periódico

Uno de los últimos descubrimientos sobre Elimane se sitúa en Senegal, su lugar de origen y también de su final. Todo trasciende ya en lo espiritual. Su nombre ya no es el mismo. La literatura ha sido reemplazada. Él se ha convertido en un vidente cuyas palabras siguen manteniendo belleza y relevancia. De esta manera se completan todos los testimonios recabados por Faye cuya consigna ha quedado cumplida.

De esta manera se concluye que La más recóndita memoria de los hombres es una novela que toma el legado de la obra de Bolaño cuya función metaliteraria ha continuado viajando a otros continentes y lenguas. Y no por eso deja de ser enriquecedora y a la vez muy valorativa. Y es que la pasión literaria no tiene límites.

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Datos del libro publicado:

Mohamed Mbougar Sarr

La más recóndita memoria de los hombres

Anagrama, 2022

Puntaje: 5/5

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Reseña: 1821. El año de la esperanza del Perú (2022) de Alejandro Neyra

El año de la independencia

Por Omar Guerrero

1821. El año de la esperanza del Perú (Ediciones B, 2022) del escritor peruano y diplomático Alejandro Neyra (Lima, 1974) es un libro de temática histórica que se conjuga con la novela debido a la recreación de diálogos -a modo de ficción, pero muy cercano a lo que en realidad se pudo haber dicho-, además de incluir las deducciones o pensamientos -también cercanos a la realidad- de los principales protagonistas de la gesta de la independencia del Perú. El libro transcurre durante un periodo de tiempo de un año, precisamente el año 1821. Aunque, para ser más exactos, empieza con un capítulo titulado «1820, año 0», donde se presenta a su personaje principal: José Bernardo de Tagle y Portocarrero, conocido también con su título nobiliario de marqués de Torre Tagle, cuya imagen corresponde a la portada del libro en mención. En 1820 Torre Tagle regresa a Lima después de haber vivido en España realizando diversas labores, primero en las Cortes de Cádiz, y luego realizando negocios personales que afianzaron su fortuna, reafirmando -a la vez- su título familiar de marquesado iniciado por su abuelo desde 1732.  

El 8 de agosto de 1820, Torre Tagle sale de Lima rumbo a la costa norte como nuevo intendente de Trujillo. En el camino intenta reconocer ciertos poblados y personas como parte de este territorio llamado Perú que seguía siendo colonia de España. Sus deducciones son como las de cualquier criollo noble de buena posición. El 24 de setiembre de ese mismo año, Torre Tagle juró fidelidad a la Constitución de Cádiz de 1812 como una forma de obediencia al virrey Pezuela. Por esa misma fecha, le confirman la noticia de que ya hacía tres semanas que el general don José de San Martín, el libertador, había desembarcado en la bahía de Paracas con varios soldados argentinos y chilenos como parte de su tropa, a los que luego se sumaron varios esclavos negros peruanos con la idea de lograr la tan ansiada libertad. Es a partir de ese momento que los rumores de la independencia empiezan a sonar cada vez más fuerte. Estos rumores se confirman el 27 de noviembre de 1820 cuando San Martín juró la independencia desde el balcón de una casa en Huaura. 

Después de los acontecimientos en Huaura, empiezan las correspondencias entre San Martín y Torre Tagle con el único fin de llegar a un acuerdo ante la necesidad de una independencia. En una carta fechada el 2 de diciembre de 1820, Torre Tagle acepta la invitación de San Martín de apoyar la causa libertadora, por lo que realiza un par de maniobras políticas que terminan por confirmar su decisión. De esta manera se desenvuelven los primeros pasos de la independencia del Perú. El autor así lo testifica:

La independencia de Trujillo, así como en tantos otros casos, literalmente se escribió primero en una correspondencia entre hombres de palabra que poco a poco iban decidiendo el destino de la libertad para los peruanos… (p. 27)

La independencia de la ciudad de Trujillo se llevó a cabo el 29 de diciembre de 1820 con Torre Tagle a la cabeza y con el apoyo de una parte de las tropas de San Martín que llegaron un día antes a Huanchaco para darle su respaldo. Ese día se declaró a Trujillo como la primera ciudad dentro de territorio peruano en obtener la independencia. Así es como se especifica:

En Huanchaco, a donde el 28 de diciembre había llegado la goleta Constanza con parte de las tropas de San Martín, aquel mismo 29 muy temprano habían partido al exilio el exobispo y una decena de españoles; mientras, la ciudad se preparaba para escuchar las palabras de Torre Tagle y ver un hecho sin precedentes en territorio peruano. Por primera vez, se arrió la bandera realista y fue reemplazada por aquella de paños triangulares rojiblancos, ideada por San Martín y bordada por las delicadas manos de damas trujillanas. (p. 33)

Una situación similar se vivió en Piura el 4 de enero de 1821 sin la presencia de Torre Tagle ni mucho menos de San Martín. Igual se celebró durante dos días y sus noches con mucha chicha, aguardiente y pisco. Ese era el inicio del año 1821 cuando ya se escuchaba el grito contundente de libertad.  

Lo que sucedió ese año ya es conocido en buena parte por muchos, sobre todo en el Perú: el virrey Pezuela huye de Lima por Chorrillos en dirección a España; La Serna asume el mando realista y se refugia en la sierra, precisamente en Cusco; San Martín llega a Lima y declara la independencia del Perú el 28 de julio, a su vez, también declara el día siguiente de este acontecimiento como día festivo patriótico; al mismo tiempo, el libertador se asume como protector del Perú hasta que se determine su futuro político o sus nuevos gobernantes. San Martín también funda la Biblioteca Nacional del Perú porque estaba totalmente convencido de que para forjar una nueva nación era necesario tener como referencias los hechos escritos del pasado, que, a su vez, propusieran ideas para establecer un futuro. Parte de esta fundación fue donar sus propios libros. Y mientras todo esto ocurría, entran a tallar otros participantes (o personajes) que la historia oficial no los ha tomado en cuenta. La presencia de estos nombres sí es un punto a favor en el libro de Neyra, pues aquí aparecen o se les hace mención, sobre todo a las mujeres, cuyo apoyo fue fundamental para la independencia, incluso desde antes como es el caso de Maria Valdizán, quien murió valientemente en Pasco en 1820 ejecutada por las tropas realistas. Otros nombres femeninos que se pueden citar son los de Rosa Campusano o Mariana Echevarría de Santiago y Ulloa, esposa de Torre Tagle. Por otro lado, el capítulo dedicado al himno nacional y el protagonismo de Rosa Merino resulta magnífico. También se citan personajes transgresores y, a la vez, tradicionales que existieron en esa época, pero que quedaron fuera de la historia oficial como es el caso de Juan José Cabezudo (aquí Neyra comete un pequeño error al llamarlo con el nombre de José Luis)[1]:

De entre los que se colocaban en el portal de Escribanos, a pocos metros del palacio virreinal, había un jovencísimo vendedor de tamales de nombre José Luis Cabezudo -quien poco a poco se venía haciendo el maricón más famoso de Lima-, que vendía las mejores viandas envueltas en cubiertas de maíz, al tiempo que prodigaba en zalamerías a los hombres que se acercaban y de chanzas hirientes a las mujeres que se atrevían a reclamarle algo. (p. 61)

Otros personajes sobresalientes en esta historia real son Bernardo de Monteagudo, quien siempre acompañó a San Martín en su expedición libertadora y que, incluso, fue parte de las decisiones políticas de los días que siguieron a la independencia. Este personaje también tomó relevancia en nuestra historia por haberse convertido en la primera víctima de un asesinato que nunca se esclareció y que bien podría adjudicarse a un asesinato político pero que terminó mezclándose con las indagaciones de un asesinato pasional (1825).[2]

Otro punto resaltante del libro es la constante mención de Lima como una ciudad donde sus habitantes pueden mostrar una completa hipocresía y hasta una total hostilidad sin dejar de lado su conservadurismo. Así es como se detalla:

-[…] Los limeños somos veletas que seguimos los vientos de la novedad, pero, en el fondo, preferiríamos que todo siga igual mientras pudiésemos conservar nuestros privilegios.

-Eso puede ser cierto. No he encontrado en Lima la convicción de los chilenos, por ejemplo.

-Ha llegado usted al centro conservador de lo que alguna vez fue un gran imperio. Vivimos anclados en el pasado. Las tradiciones peruanas son más fuertes que los deseos de quienes queremos la verdadera libertad para nuestros ciudadanos… (p. 84).

El autor le dedica luego un capítulo que titula «Hipocresía», sobre todo al describir al comportamiento de la prensa limeña, la élite académica y de la aristocracia de esos años:

El frío agosto estuvo lleno de manifestaciones de cariño auténticas, y muchas otras que dejaron en San Martín el sabor agridulce de saber que todo aquello que veía y vivía en el Perú no era más que una pantomima por parte de quienes pocas semanas antes lo trataban de monstruo infernal o terror de dios en las páginas de El Depositario, el más procaz de todos los medios de prensa en el Perú, dirigido por Gaspar Rico y Angulo; era aquel un comerciante devenido en periodista, pero principalmente en difamador y especialista en manchar honras de cualquier peruano siempre que sus ideas se opusieran a lo que quería su amo de turno -en este caso, La Serna, a quien acompañó con su propia imprenta en su huida de la capital-.

[…] Estaba seguro de que no podría confiar por mucho tiempo en aquellos miembros de la élite académica o en los aristócratas que, tras denostar por meses a la escuadra libertadora, habían corrido raudos a firmar el acta de independencia del cabildo, y, finalmente, lo perseguían llenándolo de lisonjas y solicitudes. Lima era una ciudad hipócrita, se lo habían advertido, pero nunca pensó que pudiese serlo de tal modo. (pp. 95-96). 

Finalmente, llama bastante la atención la forma de pensar y hablar del mismo Torre Tagle al referirse a sus compatriotas ya liberados, quienes «supuestamente» deberían tener los mismos derechos que cualquier peruano. Su título nobiliario y sus antecedentes sociales y familiares, como se mencionó al inicio de este texto, lo hacen caer un prejuicio que poco a poco se va haciendo evidente:

[…] Lo cierto es que aquello siempre le había llamado la atención, la cantidad de pueblos de indios tan diferentes entre sí que se agrupaban en el virreinato, con nombres y costumbres distintos, con vestidos y usos diversos. ¿Todos ellos conformaban también el Perú? ¿Todos esos indios podrían llamarse alguna vez peruanos como pregonaban quienes querían verlos -y reconocerlos- como hombres libres? (p. 20).

Este prejuicio sale más a la luz en las conversaciones que tiene con el mismo San Martín:

-Cuando hablamos de libertad no podemos limitarla, marqués, espero que se entienda bien eso. Yo no vine a darle la libertad solo a ustedes, los que manejan los hilos del país. El verdadero cambio es el que involucra la libertad para todos los hombres y mujeres nacidos en estas tierras. Si no llega a comprender eso, estaremos muy lejos de la independencia real del Perú.

-Los cambios seguramente son justos y necesarios, protector, pero creo que nadie está dispuesto tampoco a hacer que se den de la noche a la mañana.

-¿Cree usted que los indios o los negros no quisieran cultivar sus propias tierras, y dejar de sufrir el castigo de crueles látigos y de las broncas cadenas que le imponen sus dueños? ¿Qué no quisieran hablar sin reparos como lo hacemos aquí, nosotros, al aire libre, y no tener que cuchichear sigilosos en sus barracas y en las cocinas, en los potreros y en las chacras?

-Por supuesto que eso quisieran. Libertad tras la revolución, y la tierra para sus hijos. Y quién sabe qué podrían hablar si tuvieran el suficiente seso para hacerlo…, pero creo también que un cambio radical en este momento podría quitarle a usted el favor de los comerciantes y de los nobles que esperan mantener sus privilegios.

-¿Eso piensa usted también, marqués? ¿Que los indios y los negros son incapaces de pensar y de merecer el goce de una vida que nosotros, los blancos y criollos, sí podemos? (pp. 99-100)

Este prejuicio trasciende al final en un innato racismo por parte de Torre Tagle al darse sus últimas conversaciones con el libertador:

-Es la tiranía del mérito, don Bernardo. ¿No lo cree así? Tiene miedo de que los negros, indios y mestizos, elijan por su propio destino. Pues le digo que llegará el día en que incluso ellos puedan tener ese derecho…

-Creo que falta mucho para ese entonces… y, en cualquier caso, prefiero no llegar a ver un día como ese. Imagínense que estos esclavos -dijo refiriéndose a dos negros que estaban un poco más allá, esperando una orden de los señores- pudieran sentarse a la mesa con nosotros y discutir aquí sobre qué es lo mejor para ellos. Eso es contrario a las leyes naturales. Recuerden Haití… (p. 122)

Alejandro Neyra – Foto: El Comercio

No es tan descabellado pensar que ante estas muestras de execrable racismo junto a la hipocresía de los limeños haya uno de los tantos motivos para que San Martín tomara la firme decisión de irse cuanto antes del Perú sin concretar la independencia en todo el sentido de la palabra. Lo que sucedió después también es conocido, aunque valdría la pena recordarlo en más de una ocasión, ya sea a través de la extraordinaria pluma de Neyra o de otros autores. En cuanto a Torre Tagle, no hay duda de que, como personaje histórico, su loable actuar por la independencia quedó ensombrecido por sus taras y prejuicios. Quizá por eso terminó falleciendo de la manera como sucedió su muerte, lejos de su título nobiliario y de su fortuna familiar. 

Conclusión: este libro es una lectura necesaria para todos los peruanos, especialmente para nuestros escolares y/o estudiantes, sobre todo para sentir orgullo por nuestros verdaderos héroes de la independencia, sean nacionales o extranjeros, y para no repetir los mismos errores ni arrastrar las mismas taras ni prejuicios.

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Datos del libro reseñado:

Alejandro Neyra

1821. El año de la esperanza del Perú

Ediciones B, 2022

Puntaje: 4.5/5


[1] El nombre correcto de Juan José Cabezudo es mencionado en el libro La Mariscala de Claudia Núñez: «De todos los personajes maricas de la plaza central, el más concurrido será el puesto de Juan José Cabezudo, un cocinero negro que será la estrella más brillante de la escena travestida limeña. Cabezudo es descrito con un cuerpo amplio, de barriga prominente y beneficiado por la genética de no poseer pelo en la cara» (p. 88).  

[2] Este asesinato fue motivo para que Ricardo Palma escribiera la tradición «María Abascal» donde presenta a Bernardo de Monteagudo como un hombre con una fuerte debilidad por las mujeres.

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Reseña: Temporada de huracanes (2017) de Fernanda Melchor

Violencia y horror

Por Omar Guerrero

Temporada de huracanes (Random House, 2017) de la escritora mexicana Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) es una novela que expone la violencia y el horror de una región que bien puede corresponder a la realidad de un país o de un continente. La historia gira alrededor de un feminicidio. A partir de este hecho, tan violento y horroroso, se van mencionando otros sucesos igual de truculentos adjudicados a los otros personajes de esta historia. Estos se relacionan, de una u otra manera, con este crimen y más aún con la víctima, cuya principal característica es haber sido una bruja, según el imaginario o creencias de los habitantes de un pueblo llamado La Matosa. 

A través de ocho capítulos se hace un recuento, a modo de crónica, con efectivos saltos de tiempo, y con la voz cedida -por momentos- de manera trepidante a cada personaje trabajado en cada capítulo, con el uso de un lenguaje propio de la oralidad mexicana, para dar testimonio sobre este asesinato y sobre la violencia y el horror que se multiplica y que se vuelve recurrente al punto de que ya parece normal. Es más, estos personajes ni siquiera muestran luego un arrepentimiento, a excepción de uno de ellos, cuya aparente inocencia no es del todo cierta. Lo más asombroso es que la mayoría de sus personajes, o casi todos, terminan siendo abyectos e insensibles ante los delitos o males que se cometen. Sucede lo mismo cuando estos mismos se vuelven testigos o cómplices, quedando como sobrevivientes de lo sucedido sin saber que en cualquier momento también pueden sucumbir ante la desgracia o la muerte.

El primer capítulo, que es bastante breve, cuenta el hallazgo de un cadáver degollado en las aguas de un canal ubicado en las afueras de este pueblo llamado La Matosa. Este encuentro se realiza por parte de un grupo de muchachos. Así es como se inicia esta historia llena de violencia y horror:

Pero el líder señaló el borde de la cañada y los cinco a gatas sobre la yerba seca, los cinco apiñados en un solo cuerpo, los cinco rodeados de moscas verdes, reconocieron al fin lo que asomaba sobre la espuma amarilla del agua: el rostro podrido de un muerto entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía.

En el segundo capítulo, se cuenta la historia de la Bruja, desde su oscuro origen hasta su muerte. A ella, en un comienzo, le dicen la Bruja Chica, debido a que su madre era la Bruja Vieja, esta última conocida y temida entre los pobladores por sus curaciones, maleficios y también por la extraña muerte de quien fue su esposo, con quien no tuvo descendencia. Después siguieron las muertes trágicas e inexplicables de los hijos del primer compromiso del esposo de la bruja, quienes solo buscaban desalojarla de la casa que pertenecía a su padre. Todo ello creó un aura de misterio y respeto hacia esta Bruja Vieja que se le acusaba a escondidas de realizar orgías con el diablo. De estos supuestos hechos nace la Bruja Chica, a quien en muchas ocasiones su madre llegó a afirmar que, en efecto, era la hija del mismísimo demonio. Esta Bruja Chica crece y se convierte simplemente en la Bruja a secas. Ella viste siempre de negro, sobre todo después de la desaparición de su madre, a quien ya creen fallecida una vez que sucedió el deslave que enterró buena parte del pueblo. A esta Bruja Chica también se le acusa de hacer fiestas en su vieja casa con los muchachos del pueblo a quien les paga sus favores sexuales:

Le decían la Bruja, igual que a su madre: la Bruja Chica cuando la vieja empezó el negocio de las curaciones y los maleficios, y la Bruja a secas cuando se quedó sola, allá por el año del deslave. Si acaso tuvo otro nombre, inscrito en un papel ajado por el paso del tiempo y los gusanos, oculto tal vez en uno de esos armarios que la vieja atiborraba de bolsas y trapos mugrientos y mechones de cabello arrancado y huesos y resto de comida, si alguna vez llegó a tener un nombre de pila y apellidos como el resto de la gente del pueblo fue algo que nadie supo nunca, ni siquiera las mujeres que visitaban la casa los viernes oyeron nunca que la llamaran de otra manera.     

En el tercer capítulo, cuenta la historia de Yesenia, también conocida como la Lagarta, apodada de esta manera tan despectiva por su propia abuela, doña Tina, madre del tío Maurilio (ya fallecido) y abuela del chamaco, un muchacho malcriado y atrevido que se convierte en la obsesión de su prima Yesenia. Es así como se conoce la historia de esta familia llena de tragedias. Ellos también son habitantes de La Matosa. No tienen ninguna relación con la historia de Bruja, hasta que ocurre su asesinato. Aun así, las desgracias no le son ajenas como la enfermedad y muerte del tío Maurilio o la ausencia de las hijas de doña Tina, la Negra y la Balbi, a quienes doña Tina acusa de prostitutas. Ellas abandonan el hogar de la madre sin importar dejar a Yesenia y a sus otras hijas a cargo de su abuela, quien no oculta su predilección por su hijo Maurilio, a quien se le presenta como un hombre atrapado en la perdición, aunque esto no es juzgado por doña Tina. Sin embargo, la vida de Maurilio termina marcada por una mayor tragedia al relacionarse con una mujer llamada Chabela, que también es prostituta en un bar de la carretera, y de cuya relación nace el chamaco, que no se parece en nada a Maurilio pero que lleva su nombre. Este mismo muchacho al crecer es apodado como Luismi (en referencia al cantante) y es acusado por su prima Yesenia de haberlo visto merodear la casa de la Bruja antes de su asesinato. Todas estas noticias no hacen más que amilanar la salud y la vida de doña Tina, quien en su lecho de muerte no dejará de maldecir por la herencia que deja:

Para entonces ya no lloraba, ni de rabia ni de tristeza, nomás oía en silencio cómo la abuela se lamentaba por el nieto en su recámara, y cada sollozo, cada gemido de la vieja era como una daga helada que se enterraba en el corazón de Yesenia. Aquel pinche chamaco tenía la culpa de todo, pensaba; aquel cabrón terminaría por matar a la abuela, la mujer que bien que mal era como una madre para Yesenia ahora que ni la Negra ni la Balbi llamaban nunca ni mandaban dinero ni parecían nunca acordarse de ellas.      

El cuarto capítulo cuenta la versión de los hechos a través de la voz de Munra, el padrastro de Luismi, quien es conocido en el pueblo por andar con una muleta debido a un accidente de moto en el pasado y por manejar una camioneta de características peculiares. Munra da sus declaraciones como un atestado policial. Para eso menciona todo lo sucedido desde antes de la muerte de la Bruja como es el caso de su relación con Chabela, su cercanía con Luismi y con otro muchacho llamado Brando con quienes comparte el gusto por el alcohol y por los bares de mala muerte. Munra también es cómplice del asesinato de la Bruja. La presencia de su camioneta es un indicio ineludible:

Yo pensé que nomás iban a transar con la Bruja, que iba yo a pensar que lo que querían era matarla, yo ni me bajé de la camioneta, me quedé todo el tiempo ahí detrás del volante, esperando a que salieran, porque los cabrones se tardaron bastante ahí dentro de la casa […].

En el quinto capítulo (uno de los mejores), se cuenta la historia de Norma, quien llega a La Matosa después de abandonar su pueblo y la casa de su madre al sentirse culpable por haber quedado embarazada de su padrastro, Pepe, con quien se acostaba presionada por él, además de ser consciente de las constantes recomendaciones de su madre para que no cometa el mismo error que ella. Sin embargo, Norma sale con «su domingo siete», cuya frase e historia popular también se cuenta en este capítulo. Al huir, Norma llega a La Matosa y conoce a Luismi, quien la acoge en su cuarto y la hace su mujer sin saber que ella ya está embarazada. Para salir de este problema, Norma recurre a Chabela, mamá de Luismi, quien la lleva donde la Bruja para que le dé un brebaje que la ayudará a solucionar el problema que tiene. Chabela le comenta que ella ya ha hecho esto otras veces y nunca le ha pasado nada, pero con Norma sí pasa algo. Ella se pone mal, queda muy grave. Luismi la lleva al hospital donde se le intenta acusar de aborto, más aún cuando se da a conocer la verdadera edad de Norma (13 años). En este capítulo, además de contar la tragedia de una joven (casi niña), también se muestra el lado más cruel y machista de una sociedad. También se hace una mención al narcotráfico y a la situación de las mujeres en un país como México (la mención del Cuco Barrabás y su relación con Chabela así lo confirma). En este capítulo, también se muestra al único personaje de todos que muestra un arrepentimiento por sus actos. Me refiero a Norma:   

Quería tocarse los pechos para aliviar las punzadas que los atravesaban; quería apartarse el cabello empapado de sudor de la cara, rascarse la comezón desesperante que sentía en la piel de su vientre, arrancarse el tubo plástico enterrado en el hueco de su antebrazo: quería tirar de aquellas vendas hasta romperlas, escapar de aquel lugar donde todos la miraban con odio, donde todos parecían saber lo que había hecho; estrangularse las manos, degollarse a sí misma en un grito elemental que, al igual que la orina, ya no pudo contener por más tiempo: mamá, mamita, gritó a coro con los recién nacidos. Quiero irme a casa, mamita, perdóname todo lo que te hice.  

En el sexto capítulo, se cuenta la historia de Brando, amigo de Luismi, y uno de los principales sospechosos de la muerte de la Bruja, quien, para este momento, ya ha dejado de lado su imagen recurrentemente femenina para adjudicarle una identidad travestida, queer, propia de un homosexual, a fin de cuentas, su verdadera identidad nunca es esclarecida. Es precisamente el tema (homo)sexual el que abunda en este capítulo, no solo con la bruja sino también con el mismo Brando y con Luismi, cuya identidad y gustos varían a pesar del extremado machismo que poseen. Ellos tienen cercanías con otros hombres solo para obtener dinero y así seguir drogándose y emborrachándose. Lo mismo hacen con la Bruja. Es este mismo dinero el que creen que ella (o él) posee dentro de una habitación de su casa y al que nadie puede tener acceso (y cuya verdad es el mejor secreto guardado de la novela). Este es el móvil que tiene Brando para asesinar, sin duda. Aunque el móvil de Luismi más obedece a su ira y al deseo de venganza al saber el origen del daño ocasionado en Norma y que proviene de la misma Bruja. Se añade la cercanía que ocurre entre estos dos personajes varones. Quizás por eso existe en Brando una atracción y un deseo de asesinar a su amigo Luismi. Lo mismo le sucede cuando consume pornografía. Le atrae y al mismo tiempo le repulsa:

[…] o la parte de aquella película en donde una chinita lloraba y ponía los ojos en blanco como las endemoniadas de las misas del padre Casto mientras que dos batos se la cogían amarrada a la cama. Escenas que le aburrían pronto y de las que se cansaba muy rápido, hasta que un día, por pura chiripa, por un error del Willy o de la gente que pirateaba los videos en la Capital, vio por primera vez aquella escena que lo cambiaría todo, el video que para él marcaría un antes y un después en la vida de sus fantasías: el clip ese que apareció metido entre dos escenas de películas distintas, y en donde salía una muchachita muy delgada, de pelo corto y cara de niño […].

En el capítulo siete, que es bastante corto, ya no se aborda el asesinato de la Bruja ni los involucrados. Sin embargo, se siguen mencionando toda una serie de hechos donde ya no hay ni siquiera valores, y que siguen ocurriendo como algo cotidiano y que no hacen más que remitir a las desgracias de un pueblo, de una región, de un país:

Dicen que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados, embolsados, que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades. Muertos por balaceras y choques de auto y venganzas entre clanes de rancheros; violaciones, suicidios, crímenes pasionales como dicen los periodistas. Como aquel chamaco de doce años que mató a la novia embarazada del padre, por celos, allá en San Pedro Potrillo. O el campesino que mató al hijo aprovechando que andaban de cacería y le dijo a la policía que lo confundió con un tejón, pero ya se sabía desde antes que el viejo quería quedarse con la mujer del hijo y que se entendía a escondidas con ella […].

En el capítulo ocho, a modo de epílogo, se menciona un personaje que lleva el nombre del Abuelo, quien se encarga de enterrar a los muertos que llegan al lugar donde él trabaja. Entre tantas víctimas, solo queda una forma de huir ante estos huracanes inacabables de violencia y horror: 

El primer muerto entero que bajaron claramente parecía un indigente: tenía la piel percudida y apergaminada de quien se ha pasado media vida delirando sin rumbo bajo el sol inclemente. Después siguió una muchacha descuartizada; por lo menos no iba desnuda, pobrecilla, sino envuelta en celofán azul cielo, para que sus miembros cercenados no se desparramaran sobre el piso de la ambulancia, supuso el Abuelo. Luego siguió la recién nacida, la criaturita con la cabeza diminuta como una chirimoya, a la que seguramente sus padres abandonaron en alguna clínica del rumbo antes de que la pobre criatura terminara de morirse. Y, por último, el más pesado y engorroso de todos, el que los empleados tuvieron que sujetar con retazos de sábanas por la forma en como la piel se le desprendía cada vez que trataban de sujetarlo de pies y manos; el que seguramente iba a darle más lata al Abuelo que todos juntos, incluso más que la pobrecita descuartizada, porque además de haber muerto a cuchillo y con violencia, el cabrón todavía estaba entero; podrido pero entero, y esos eran siempre los que daban más trabajo: como que no se resignaban a su suerte, como que la oscuridad de la tumba los aterraba. 

Fernanda Melchor – Foto:  Maja Lindströem

Ante lo mencionado, se llega a la conclusión de que Temporada de huracanes es una novela poderosa por sus historias y por su lenguaje. También lo es por la violencia y el horror que demuestra en cada una de sus páginas. Puede resultar chocante y pesimista, pero es una forma de retratar a la perfección una realidad igual de cruenta. Tal vez pueda herir susceptibilidades, pero no se puede dejar de recomendar tan magnífica novela.

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Datos del libro reseñado:

Fernanda Melchor

Temporada de huracanes

Literatura Random House, 2017

Puntaje: 6/5 (excepcional)

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Reseña: Un buen taxista es difícil de encontrar (2022) de Aarón Alva

Desesperanza urbana

Por Omar Guerrero

Un buen taxista es difícil de encontrar (Colmillo Blanco, 2022) del escritor peruano Aarón Alva (Lima, 1987) es un libro de cuentos compuesto por cuatro relatos largos que tienen en común mostrar el desánimo y la desilusión de sus personajes a partir de sus (malas) experiencias dentro de su entorno familiar, sentimental y laboral. Todos estos hechos que desaniman y frustran solo pueden ser remediados a través de una idealización hacia otro espacio llamado Iliana que, a comparación de Lima (ciudad que habitan), se presenta como una posible salida ante tanta desesperanza.

Este segundo libro de cuentos de Aarón Alva se ubica dentro del marco de la literatura peruana urbano-marginal que coloca a la ciudad de Lima como su principal escenario donde, además, prima el realismo sucio y la violencia urbana. La diferencia con sus antecedentes es precisamente el contrapunto con Iliana que, a partir de sus referencias o menciones, se logra saber que reúne toda una serie de elementos opuestos a lo que se vive en la capital del Perú, y que, tal vez, podría garantizar una mejora en las vidas de sus personajes. Entre estos anhelos se encuentra la felicidad, tan esquiva e inexistente.  

El primer cuento, que lleva el mismo título del libro, muestra a un personaje femenino marginal que no tiene reparos en decir que es una prostituta. Ella acaba de salir de un encuentro íntimo en un hotel con un cliente que no es un desconocido. La narración es en primera persona, por lo que la voz de la mujer va dando detalles de lo vivido, de lo que piensa y de lo que está ante sus ojos. Ella llega a un local con barra al aire libre en medio del frío de la noche con la idea de tomar algo que le ayude amilanar o desaparecer el mal sabor que lleva en la boca. Allí entabla conversación con el señor que atiende, que es un poco mayor, y que bien podría ser el dueño del local. Este señor le comenta que ella le hace recordar a su hija, no por ser prostituta sino sus por rasgos. Enseguida se cuenta parte del pasado de esta hija, de su trabajo y de lo que se espera de ella. Aquí la añoranza paternal es evidente. La prostituta lo escucha con atención hasta que son interrumpidos por un hombre joven que se sienta a su lado. Este hombre pide algo de comer y empieza a buscar conversación con la mujer que, para esas horas, lo que menos desea es otro tipo de encuentro o cercanía. Tanta es su insistencia que ella se muestra reacia. Su lenguaje es agresivo y hasta vulgar, hasta que él le muestra una foto íntima con su cliente anterior llamado Martín, quien ha viralizado su identidad e intimidad. Ella se molesta, salta sobre este hombre y lo agrede. Lo que sucede después con el impertinente es una consecuencia del hartazgo y la violencia. Ella luego busca un taxi que la aleje de este lugar. Dentro del auto empieza otra conversación con el taxista, quien también muestra su lado humano, sobre todo al contar la historia de su madre. Todo esto sucede a lo largo de la madrugada. Entre estos diálogos y deducciones, y justo antes del amanecer, surge el nombre de Iliana.     

En el segundo cuento, titulado «Concurso de música», un profesor escolar de esta materia no puede ocultar su desánimo por la falta de interés del director del colegio en renovar o mejorar los instrumentos musicales que utilizan sus alumnos, quienes están a punto de participar en un importante concurso. Se suma la falta de interés de los escolares, quienes prefieren otros géneros (más actuales y populares) tan ajenos a los clásicos. Por otro lado, para este personaje no hay mayores logros, sobre todo en lo profesional y en lo sentimental, incluso en lo sexual. No se siente feliz como profesor de música a pesar de que su pasión es precisamente la música. Anteriormente ha trabajado en orquestas y grupos musicales, pero no basta o no alcanza. La situación del artista es una triste realidad. Esto se sabe a partir del monólogo interior que se presenta fragmentado con saltos de tiempo y espacio para relacionar hechos distintos pero comunes en su vida. Aquí sobresale el dominio de una técnica que le otorga puntos a la narración y al autor. El mayor momento del cuento surge cuando se le acusa al profesor de música dentro del concurso de no ser parte de la institución que lo respalda como conocedor en su materia. La decisión del protagonista ante este hecho mantiene en vilo al lector hasta antes del punto final.  

En «Una segunda primera vez», se cuenta la historia de una familia que ya no se podría considerar como tal. Úrsula es una anciana casi ciega que sueña con terminar de construir el segundo piso de su casa. Este sueño también era de su difunto esposo. Busca la manera de que este anhelo se cumpla, pero todo resulta difícil e inalcanzable. Úrsula vive con su hijo Ernesto, un adulto fracasado que se pasa la mayor parte del tiempo bebiendo. Aun así, ella todavía guarda esperanzas en él. También está su hija Paula, quien vive en Iliana junto a su esposo e hijos. Todo indica que esta vida es muy distinta a la de Úrsula y Ernesto. Y esta diferencia trae consigo muchos más problemas sin importar que Paula siempre mande dinero a su madre y hermano para que puedan subsistir. Lo más resaltante de este cuento es el uso de la técnica del diálogo intercalado (pp. 74-76) que pone en contraparte dos momentos y espacios distintos. Se trata, sin duda, de otro logro de un autor con dominios narrativos.

Cierra el libro «Relatos de bicicleta». A mi gusto, es el mejor de todos. Aquí el personaje cuenta tres hechos con personas distintas donde su bicicleta también es protagonista. Todo sucede en Lima, sobre todo en el centro, donde se muestra la sordidez, los peligros y la violencia de sus inmediaciones. Estas tres personas se relacionan con el protagonista a través de lo sentimental, familiar y amical. Se trata de una ex enamorada, un tío y un amigo del colegio, respectivamente. Cada hecho es una aventura. También es un aprendizaje, sobre todo por la juventud del personaje. Aquí la nostalgia se conjuga muy bien con el arrojo del protagonista junto a su inexperiencia y honestidad. Sobresale, además, el uso del lenguaje deductivo. Aquí un ejemplo:

Ir en bicicleta, sea por paseo, al trabajo o de compras, representaba en mí una de las formas más sublimes de abordar la soledad. En el fondo -así algunos lo encuentren contradictorio- recorrer el mundo en dos ruedas impulsadas con tu propia energía tiene mucho más de colectivo que de personal.

En mis paseos nocturnos disfrutaba ver el trajín diario amainar como gotas de lluvia luego de una potente tormenta. No tenía ruta de ida ni hora de regreso. De madrugada, la ciudad se apagaba en un mutismo agradable. A pesar del silencio y el viento frío, lo último que soportaba era la sensación de soledad; o en todo caso, aquella soledad mortal que degenera la cordura. Me acompañaba el recuerdo de sonrisas, discusiones, miedos crudos y hasta peleas irresolubles. Pero de alguna forma era feliz, como si ese inclemente huracán de sensaciones confluyera en el amparo de sentirme vivo. (p. 129)

Aarón Alva – Foto: Lucía Portocarrero

De esta manera se concluye que Un buen taxista es difícil de encontrar es un buen libro de cuentos, sobre todo por sus historias, personajes, temáticas y más aún por las técnicas a las que recurre el autor. Aunque el uso del lenguaje en algunos de sus personajes, tan nimio y ordinario, sobre todo en sus respuestas y diálogos, no resulta siempre favorable por más que se aborde el realismo marginal y la violencia urbana como retrato de una ciudad.

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Datos del libro reseñado:

Aarón Alva

Un buen taxista es difícil de encontrar

Colmillo Blanco, 2022

Puntaje 4/5