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Reseña: “Chicas muertas” de Selva Almada

El pantano de lo siniestro

Por Eliana Del Campo

¿Cuál es el camino fácil para narrar la violencia? ¿Existe? Quizás el más transitado tenga recursos comunes que provoquen la conmoción instantánea: un panegírico de la víctima, el recuento de los actos que la conducen a las fauces del asesino, relatar el remedo de vida de los padres luego de la tragedia, describir cómo aún se le llora, entre otras maneras. Selva Almada (Argentina, 1973), en su libro Chicas muertas (Random House, 2015), rechaza de forma tajante esta vía. Huye de todo lugar común y convencionalismo sobre el horror para abrirse paso entre las espesuras de la Argentina rural. Siega, de forma sensible y precisa, los matorrales entre los cuales se esconden los detalles del asesinato de tres muchachas de provincia, durante los años ochenta, y recobra estas historias para sacar a la luz una verdad tan incómoda como universal: no hay lugar seguro para una mujer.

En Chicas muertas, no hay morbo de la desgracia ni superioridad moral. En cambio, hay tres hechos trágicos y un vaho pestilente de misterio e indiferencia. Si bien este libro es escrito muchos años después de los crímenes, Almada no adopta la clásica fórmula detectivesca. La forma en la que su prosa va hilvanando los hechos cautiva al lector por la ausencia de supuestos o juicios de antemano. Su mirada acompaña, mas no pontifica. Sus descubrimientos son, a menudo, atravesados por reflexiones de su dolorosa subjetividad. Se evidencia la pérdida de la inocencia al vislumbrar ese mundo que apenas comienza a conocer y ya se vuelca cruel con las mujeres: “Yo tenía trece años y esa mañana, la noticia de la chica muerta me llegó como una revelación. Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El horror podía vivir bajo el mismo techo que vos” (p. 17).

Almada se convierte en la persona que ensambla un coro trágico de voces disonantes. Como periodista, recoge los testimonios de los familiares afectados, forenses, vecinos y testigos. Con ellos teje un relato que no pretende ser, de ninguna forma, algo terminado: el grado de atrocidad y la ausencia de justicia no lo permiten. En vez de ello, la autora reproduce la cotidianeidad de los discursos entre los que la violencia discurre. Recuerda a un mirón del barrio de su infancia: “Era inofensivo. Sólo le gustaba engordar la mirada con esos cuerpos jóvenes y hermosos que se movían en los dormitorios, preparándose para ir a dormir” (p. 139). Reconstruye el habla de chicos que justifican una violación grupal: “A esas calientabraguetas habría que enseñarles” (p. 20). Narra su experiencia con una vidente a quien consulta por los casos: “Cuando la llamo para pedirle una cita, le explico que mi pedido tal vez le resulte inusual: no es por mí por quien quiero verla, sino por tres mujeres que están muertas. Me dice que es más habitual de lo que pienso y arreglamos día y hora” (p. 46). Almada convoca, enfrenta y ofrece estas voces sin adornos: no las exhibe exóticas, no es indulgente. No muestra condescendencia. Lo que muestra es la violencia, tan ubicua como el aire que se respira. Tan áspera como el viento norte que arrasa y, de vez en cuando, descubre una pista esperanzadora: una mandíbula, un testigo clave.

“Sucedieron cosas como estas” es, según Susan Sontag, la clave o el objetivo de Goya al retratar lo macabro en Los desastres de la guerra. “Cosas así suceden” nos susurra Almada en cada página. En Ante el dolor de los demás, Sontag ya advertía sobre los peligros de la sobreexposición de la violencia: la desaparición de la conmoción. O peor incluso: la apetencia por contemplar la degradación. Almada parece plenamente consciente de ello, pues no compromete los principios del buen periodismo, la decencia ni la buena literatura. Muestra sin tapujos el horror que se inscribe en los cuerpos en los momentos en que la historia exige una fotografía: “Estaba semidesnuda y en avanzado estado de descomposición, le habían cortado los pezones y extirpado la vagina y el útero, y la yema de la mayoría de los dedos” (p. 67). Y cuando no, le otorga un silencio. Un paisaje. Una conversación: “No, le pregunto por otra chica: María Luisa Quevedo. ¿También arrojaron su cuerpo acá? –Ah no. A la Quevedo la dejaron por allá” (p.174). Las historias se hacen parte de la misma narradora mientras va recogiendo los huesos de las víctimas, pero también sus sospechas y las ambigüedades que, por siempre, guardarán la incógnita de sus últimos momentos.

Hay instantes en la vida de uno que cambian de forma radical la manera de ver las cosas. Acaso Selva Almada de chica escuchó por la radio la noticia de una joven asesinada en su cama y, sin saberlo, comenzó a escribir este libro. Acaso la lectura de Chicas muertas le proporcione a cada lector una turbación similar, ya sea aquella del reconocimiento de la violencia en uno mismo o la conmoción ante las historias y la frecuencia con que esto sucede. De forma personal, debo aceptar que me produce la admiración por una autora que no solo se aleja del camino fácil, sino que se zambulle en el pantano de lo siniestro y emerge con un libro inolvidable.

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Datos de la publicación:

Selva Almada

Chicas muertas

Literatura Random House, 2015, 187 pp.

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Eliana Del Campo (Trujillo, 1993) es escritora e investigadora social. Estudió la Maestría en Estudios de Género en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es licenciada en Turismo y bachiller en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Trujillo. Ha publicado artículos en diversos medios culturales de La Libertad como el Diario La Industria y la Revista Livin. Aparece en Relatos selectos, escritores y escritoras de La Libertad (Revuelta, 2020), en la antología Cómo Narrarnos (Biblioteca Bicentenario, 2021) y, próximamente, en la antología Ellas cuentan (Orem, 2021).

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Junto al Sena

Play it again, Chick

Por Carlos Germán Amézaga

A mediados de los años 70 nos reuníamos en casa de Moshé, en San Isidro, con Lucho, Miguel, Andrés, Liana, Roberto y otros amigos más, todos amantes de la música. En aquella casa que todos seguimos recordando, en la pieza donde estaba el piano de media cola, encontrábamos casi siempre los mejores y los últimos discos de moda, que en esa época había que buscarlos fuera de nuestras fronteras, pues el gobierno de la época impedía esa clase de importaciones.

Escuchábamos un poco de todo: rock progresivo (Yes, Genesis, Emerson-Lake-Palmer, Pink Floyd); rock (David Bowie, Led Zeppelin, Sui Generis, Jethro Tull, Rolling Stones, Beatles,  Santana, The Who, Deep Purple,…); jazz latino (Irakere, Gato Barbieri, Mongo Santamaría); Jazz Fusión (Miles Davis, Return to Forever, Mahavishnu Orchestra, Weather Report, Pat Metheny) y  por ahí también algo de la buena salsa que ya hacía sus pininos en Nueva York.

Todos teníamos nuestros preferidos: a mi me gustaba Yes; a Miguel, Emerson-Lake-Palmer; a Lucho, Led Zeppelin; a Andrés, David Bowie; a Moshé, Sui Generis; aunque todos disfrutábamos de todo. Pero había algunos músicos en los que había consenso, uno de ellos era Chick Corea. En esa época escuchábamos Return to Forevercon fervor: “Fiesta”, “Spain” y “Romantic Warrior” eran algunas de esas canciones que con el paso de las décadas se convertirían en standards, es decir, piezas que el tiempo recompensa otorgándoles ese estatus.

Es que, además de sus melodías, Chick Corea era simpático y nos caía bien. Claro, no lo conocíamos personalmente, pero sus fotos y las carátulas de sus discos nos mostraban a un tipo alegre, jovial, amante de la vida y vestido siempre de una elegancia muy cool, sin poses ni ademanes desmesurados.  Y eso era un reflejo de su música, siempre diáfana y colorida, cargada de sentido musical y abierta a distintas tendencias a lo largo de su dilatada carrera.

Chick tocó siempre rodeado de músicos magníficos. Empezó con Mongo Santamaría, muy ligado al latin jazz; siguió con el gran Miles Davis, con quien participó en su mejor época de fusión. Luego vendría Return to Forever, con Stanley Clarke y Airto Moreira. Seguiría esa magnífica asociación con Gary Burton, con quien grabó el maravilloso Crystal Silence, y luego con otro grande del piano como Herbie Hancock. También grabó My Spanish Heart con el violinista eléctrico Jean-Luc Ponty.

Más adelante, realizó giras por todo el mundo con sus bandas Acústica y Eléctrica. Entonces, ya hacia el final de los ochentas y en los noventas, fueron las ocasiones en que pude verlo por fin en concierto, con ambas bandas, en Bruselas, La Haya y en Viena. La última vez que lo escuché en vivo fue en Lima, el 2014, acompañado nada menos que por Eddie Gómez en el contrabajo. Esas presentaciones fueron un deleite para mis oídos, en los que se mezclaron su maestría en la ejecución con mis recuerdos indelebles de las horas que habíamos pasado escuchándolo.

Por eso, hoy, cuando los diarios nos han traído la noticia de su fallecimiento, solo he podido dolerme en silencio, escuchar su música y hacer remembranza de los amigos de entonces, quienes seguro me acompañarán en el sentimiento. ¡Gracias, Chick! Tu música y sus sensaciones nos acompañarán por siempre.

París, 12 de febrero de 2021

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Crónica sobre Charles Bukowski

El legado de un viejo indecente

Por Manuel Alonso Navazar

Descubrí a Charles Bukowski (1920-1994) cuando tenía alrededor de 20 años de edad. En una de esas circunstancias maravillosas e imprevistas con que la vida nos suele sorprender, quiso el azar que aquella tarde la mujer que me vendía una edición de los cuentos completos de Faulkner arrojara al suelo, en un descuido, un libro que llevaba por título La senda del perdedor. La portada llamó de inmediato mi atención. En ella, aparecía un hombre con sombrero delante de un extenso camino (de esos que parecen que conducen a la nada o, en todo caso, a un destino siempre incierto). Le pregunté a la mujer sobre el libro. Me dijo que no lo había leído, pero que muchos jóvenes, universitarios bohemios en su mayoría, solían visitar su puesto —ubicado en el desaparecido boulevard de Quilca— para preguntar por libros de ese autor. No lo pensé dos veces y llevé el ejemplar conmigo.

Ese mismo día, ya en casa, terminé de leer el libro de un tirón. No es habitual que eso llegue a ocurrirme con un libro. Casi siempre me detengo en alguna parte para continuar con su lectura al día siguiente o cuando encuentro algún tiempo disponible, pero con Bukowski el asunto fue distinto. Su lenguaje directo, crudo y, por momentos, procaz capturó por completo mi atención, y fue así que inicié mi relación con aquel “Viejo indecente” de quien poseo ya una nutrida colección que preservo en mi biblioteca personal como si se trataran de piezas invaluables. Fue así, también, que descubrí el germen de esa personalidad irreverente y autodestructiva que lo caracterizó siempre, hasta el día en que su luz se apagó en el año 94 a raíz de una leucemia cuando contaba con 73 años de edad.

Hijo único de una pareja de inmigrantes alemanes, su niñez estuvo marcada por un autoritarismo extremo y recalcitrante por parte del padre, quien solía golpearlo diariamente con una badana de cuero, casi siempre sin alguna justificación razonable de por medio. Su madre, siempre indiferente y fría (nunca se preocupó por profesarle al hijo la más mínima muestra de afecto), solo atinaba a decirle que su padre tenía siempre la razón. En Born into this, un documental realizado en el 2003 en torno a la vida de este escritor nacido en Norteamérica —y que puede uno encontrar íntegro en YouTube—, se hacen ostensibles las palabras que el viejo Charles llegó a decir con respecto a su progenitor: “Era tan gilipollas como cobarde […] y su sangre corre por la mía. A veces siento la sangre de mi padre en mis venas, su puta sangre de gallina que llevo dentro”. Aparte de esa difícil y distante relación que llegó a tener con el padre, le tocó, asimismo, padecer las secuelas de un acné severo, experiencia que lo llevó a auto marginarse de los círculos sociales que los chicos de su edad tenían por costumbre forjar y frecuentar. Fue así que hastiado de esa realidad que poco o nada le ofrecía decidió buscar refugio en la lectura. Sinclair Lewis, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, John Dos Passos, Sherwood Anderson, entre otros, fueron sus primeras influencias literarias (descubiertos en libros que, a falta de dinero, tenía que pedir prestados de la biblioteca pública) y, especialmente, Hemingway, quien no tardó en convertirse en su máximo ídolo: “Y entonces vino Hemingway. ¡Qué subyugante! Sabía cómo escribir una línea. Era puro gozo. Las palabras no eran abstrusas sino cosas que hacían vibrar tu mente. Si las leías y permitías que su hechizo te embargara, podías vivir sin dolor, con esperanza, sin importarte lo que pudiera sucederte”.

Hace unos días me hice con una edición de Cartero, su primera novela. La escribió en un mes, a instancias de John Martin, su editor, quien le ofreció darle cien dólares mensuales con la condición de que abandone su agobiante trabajo en la central de correos y se pusiera a escribir a tiempo completo. Hasta el momento en que la concibió, solo había publicado algunos relatos y poemas en diversos periódicos y revistas (su columna “Escritos de un viejo indecente”, publicada semanalmente en un diario de Los Ángeles, se convirtió en la más leída y así empezó a tomar cuerpo una fama que llegaría a cimentar poco tiempo después).

En esta novela, el narrador (identificable con el autor del libro) nos cuenta las vicisitudes que le tocó vivir en todo ese tiempo (nada más y nada menos que once años) que trabajó como empleado en el Servicio Postal de los Estados Unidos, un trabajo que, cual novela kafkiana, no hacía otra cosa que deshumanizarlo. Al respecto, llegaría a decir: “Mis mareos se fueron haciendo más continuos. Los sentía llegar. La caja del correo empezaba a dar vueltas. Duraban alrededor de un minuto. No podía entenderlo. Las cartas se iban haciendo cada vez más y más pesadas. Los empleados comenzaban a adquirir aquel aspecto gris mortecino. Empezaba a deslizarme por mi taburete. Mis piernas apenas podían sostenerme. El trabajo me estaba matando”. Asimismo, hace referencia al nacimiento de Marina Louise, su única hija, fruto de su unión con Fay Smith, una hippie que terminó dejándolo para irse con un camionero. Tal vez, fue aquella circunstancia la que llegó a rescatarlo del vacío absoluto. Al respecto, casi al final de la novela y en una de sus partes más emotivas, dice: “Empecé a notar la falta de descompresión. Me emborrachaba y me quedaba más borracho que una mierda podrida en el purgatorio. Incluso una noche estaba con un cuchillo de carnicero puesto en la garganta cuando pensé, tranquilo viejo, a tu niñita le gustaría que la llevaras al zoo. Helados, chimpancés, tigres, aves verdes y rojas y el sol descendiendo sobre la cabeza de ella y colándose entre los pelos de tus brazos. Tranquilo viejo”.

Me gusta pensar que, a pesar de esa dureza, rebeldía y actitud orientada casi siempre al constante flagelo de sí mismo, el viejo Charles poseía una sensibilidad capaz de emanar cierta ternura y simpatía, nada fácil para un hombre que rehusaba el tener que mostrarse con alguna careta. De este modo, me quedo con aquellas palabras que llegó a decir en torno a la esperanza, la cual nunca desterró de sí mismo a pesar del tortuoso camino que le tocó recorrer: “No la abandones […] debes quedarte con una pequeña ascua, una chispa y nunca se la des a nadie, porque mientras conserves esa chispa podrás encender siempre el fuego más grande”.

Sobre el autor:

Manuel Alonso Navazar (Lima, Perú). Es bachiller en Literatura, y magíster en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus relatos han sido publicados en diversas revistas, como Ibidem (México), El Narratorio (Argentina), Ibis (Colombia), Pluma (Argentina), Espejo Humeante y Molok (Perú). Asimismo, ha formado parte de antologías como Ecofuturismo. Cuentos Sci – Fi (Speedwagon Media Works, Lima, 2020) y Desde mi ventana (Fundación Amares, Chile, 2020). Ha publicado el libro Para leer en invierno (Mesa Redonda, Lima, 2020).

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Los anteojos de azufre

Et in Arcadia ego

Por Mario Granda Rangel

En estos momentos, Atenas se encuentra cercada por el fuego y el humo que desde hace poco menos de una semana se ha desatado en los bosques cercanos. A la fecha, han muerto dos personas, veinte han resultado heridas y hay ciento cincuenta casas destruidas. Lo mismo ocurre en Olimpia, la antigua cuna de los juegos olímpicos, ciudad que se encuentra mucho más desprotegida que la capital. Mientras que en Tokio se celebran los juegos, el pueblo que los vio nacer se encuentra en plena lucha con un incendio forestal.

La acción del fuego nunca es predecible. En pocos minutos, la fuerza del viento puede cambiar de dirección y transformar un pueblo en cenizas. Así sucedió en la ciudad de Matti, otra ciudad griega, en el 2018. Las muertes superaron las cien personas y hasta ahora -después del “Sábado Negro” en Australia, en el 2009, que casi alcanzó las doscientas- es considerado como el segundo incendio más mortal del siglo XXI. Las imágenes que recibimos de los incendios forestales son cada vez más comunes. Si no es en el hemisferio norte, es en Brasil, Argentina, Chile o también en nuestro país. Mientras escribimos estas líneas, el fuego ya ha devorado cien hectáreas en la provincia de Quispicanchis.

Incendio forestal en el distrito de Quispicanchi | Fuente: RPP

Noticias como las de Grecia o el Cusco nos hacen pensar en las víctimas y en las pérdidas materiales, pero también deben hacernos reflexionar sobre el peligro que corren los lugares arqueológicos del país. En el 2017, un incendio dañó gran parte de la huaca Ventarrón, y el año pasado hubo incendios cercanos a Kuélap, Sacsayhuamán, Ollantaytambo y Machu Picchu. Y aunque no se sabe todavía cuáles fueron las razones, es muy probable que se hayan originado por la mano del hombre y el cambio climático, como ahora sucede en Grecia. La costumbre de quemar terrenos para volver a sembrar se produce con conocimiento de las autoridades, pero estas no manifiestan interés en tomar alguna decisión. Es preciso recalcar que no hablamos aquí de terrenos alejados de las ciudades, sino de campos muy cerca o incluso dentro de ellas mismas. En cualquier suburbio de ciudades como Cusco, Huamanga o Cajamarca se pueden observar fuegos “controlados” que pueden convertirse en tragedias. Tragedias no solo para el hombre de hoy, sino para la memoria del hombre antiguo.

Con gran satisfacción, y una vez apagado el fuego, los jefes de las brigadas contra incendios informan a la prensa que el fuego no alcanzó las fortalezas de los incas o las ciudades de los chachapoyas. Sin embargo, esta conclusión no hace sino aumentar la preocupación, pues el valor del material arqueológico que hoy apreciamos no se encuentra solo en los mismos edificios, sino en el entorno que la rodea. Hace unos años, en la misma Olimpia, el fuego consumió todo el Monte de Cronos, el mismo que dominaba la antigua polis. Al hacerse polvo, todo el espacio quedó igual de dañado, y nadie se atrevió a decir que Olimpia se había salvado.

No se trata, por tanto, de salvar la ciudad, como si solo se tratara de salvar la joya más preciada de la casa, sino de cuidar el paisaje natural y humano que lo rodea. La mirada idílica de nuestro pasado muchas veces nos lleva a olvidar que nuestro presente lo pone en riesgo. En lugares tan hermosos también llega la muerte.

NOTA 1: “Ni GRUPORPP ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.

NOTA 2: Este artículo fue publicado en la web de RPP Noticias el 10 de agosto de 2021.

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Publicación: “Historia de las literaturas en el Perú vol. III: De la Ilustración a la modernidad (1780-1920)”

El siglo del Bicentenario: literatura, política y un presente que no nos abandona

Por Giancarlo Stagnaro

Hoy es el día. El proyecto inicialmente concebido por Raquel Chang-Rodríguez y Marcel Velázquez Castro ve finalmente la luz, en el año del Bicentenario: el volumen III de la colección Historia de las literaturas en el Perú, dedicado al siglo XIX, subtitulado De la Ilustración a la modernidad (1780-1920). El contenido de este volumen, coeditado tanto por la profesora Francesca Denegri como por Velázquez Castro, se ubica temporalmente entre dos hechos puntuales en la historia del país: el levantamiento de José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II) y el fin de la denominada “República Aristocrática”, con la asunción de Augusto B. Leguía a la presidencia (1919-1930) y el fin de los regímenes civilistas, respectivamente. Sobre estos dos hechos, se trazaría el arco argumental que abarcaría desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del XX. Le corresponde, entonces, a los autores incluidos en el volumen revisar los presupuestos iniciales concebidos acerca de la literatura de la Emancipación, el costumbrismo, las novelas de folletín, la poesía y las leyendas románticas, los primigenios indigenismos, las novelas escritas por mujeres, el neocostumbrismo, la literatura obrera y las narrativas modernistas; y ofrecer una perspectiva más adecuada con los tiempos que corren.

¿Por qué este período histórico marca el derrotero de las literaturas peruanas? Denegri y Velázquez aluden, en la introducción del libro, a la existencia de un “largo siglo XIX”, siguiendo la tradición anglosajona, en que las convulsiones ocasionadas en tiempos virreinales más la divulgación de las ideas ilustradas dieron origen a un país desintegrado, disgregado y heterogéneo. No obstante, incluso bajo esas condiciones, como la sensación de anarquía que muchos percibieron todo el siglo XIX, desde las guerras de independencia hasta el desastre tras la Guerra del Pacífico, la disciplina literaria casi siempre asumió un carácter principalmente pedagógico y fundacional, a la vez traspasada por una oralidad que se iba a sentir con mayor ahínco en el siglo subsiguiente. En este punto, quiero resaltar la figura inicial de Ricardo Palma, quien se dedicó en sus Tradiciones peruanas a recopilar por escrito una parte importante de la memoria oral de los peruanos de ese entonces; lo cual ubicaban a las Tradiciones como parte del romanticismo histórico y literario, en el sentido amplio del término. Si la idea consistía en fundar un Perú “de papel”, parafraseando a Velázquez, Palma lo logró y de qué manera. En cambio, la idea de Manuel González Prada consistía en renovar el ámbito de lo literario para acercarlo ya no a discursos pasadistas, como el de Palma, sino a un modernismo literario y, sobre todo, a una modernidad en ciernes, la cual se produciría ya entrado el siglo XX con el movimiento obrero y de raigambre popular, principalmente en la música barrial y su expresión máxima, el vals. Para ello, según González Prada, al igual que para Rubén Darío y José Martí, es necesario mirar hacia otras latitudes —ya no España— y refundar la expresión escrita en Hispanoamérica. En el caso que mencionamos, habría que incluir el factor ya no europeo, sino estadounidense, cuya influencia a comienzos del siglo XX ya se hacía sentir en la economía y en inventos como la luz eléctrica, el auto, el fonógrafo y el teléfono, entre otros.

En este concierto de voces, no podían faltar las escritoras, quienes incluso por su “atrevimiento” al momento de escribir también trazarían una divergencia que abriría las puertas de la modernidad a las letras peruanas, lo cual se reflejaría, en parte, dado que las escritoras en el siglo XIX se vuelven protagonistas ellas mismas de sus propios avatares textuales. Clorinda Matto de Turner, Juana Manuela Gorritti y Mercedes Cabello de Carbonera, entre muchas otras, se convertirían en las adalides de movimientos literarios renovadores, como las veladas en casa de Gorritti durante el período que vivió en Lima. Además de ello, novelas como Aves sin nido (1889), de Matto de Turner, y El conspirador (1892), de Cabello de Carbonera, constituirían los ejes de cambio de la inicial oleada romántica hacia posiciones que reivindican al indígena o que adoptan puntos de vista naturalistas, respectivamente. Como se puede apreciar, la presencia femenina en la literatura peruana ha formado parte de un fenómeno progresivo de toma de conciencia y que no solo involucra a un segmento de la población, sino que abarca a los sujetos subalternos de la República peruana, tanto de las propias mujeres como de los indígenas, quienes son “descubiertos” cada guerra de límites que el Perú libra, según González Prada en su ensayo “Nuestros indios” (1904). De hecho, la producción novelística de las autoras mencionadas alcanza sus mayores logros en los últimos decenios del siglo XIX, aunque sin perder el rigor pedagógico y fundacional. Por lo anterior, se vuelve importante atender dicha producción novelística.

Los nuevos entendimientos que arroja el volumen III de Historia de las literaturas en el Perú resultan completamente significativos para todo el país en general, no solo para los estudiosos del tema, en términos ya no solo literarios, sino simbólicos. Ahora que estamos cumpliendo 200 años como República —en construcción, aún permanente—, reflexionar sobre nuestros problemas a partir de la literatura peruana puede convertirse en un resguardo gratificante: hasta cierto punto, toda la problemática política, social o económica que notamos en la actualidad resulta la misma que hace 200 años. Al respecto, puedo mencionar dos cosas: o no hemos aprendido de la historia, o estamos condenados a repetir los mismos traspiés. Lo que la literatura peruana de esos años demuestra es que es posible romper el inefable círculo de inequidad, racismo y desigualdad que nos caracteriza desde la fundación de la República y sobre lo cual han reflexionado todos los escritores, historiadores e intelectuales peruanos en general. No dejemos que esa reflexión caiga en saco roto y hacia esto ayuda De la Ilustración a la modernidad (1780-1920).

Datos de la presentación del libro Historia de las literaturas en el Perú vol. III: De la Ilustración a la modernidad (1780-1920)

Día: jueves 12 de marzo

Hora: a las 18:00 horas

Lugar: a través del Facebook Live del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y de la Casa de la Literatura Peruana

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Presentación: “No hay más ciudad”, la novela de Francisco Izquierdo Quea

La presentación de No hay más ciudad, la novela de Francisco Izquierdo Quea se realizará el viernes 30 de julio a las 5:00 pm, a través del Facebook live de la Cámara Peruana del Libro. Este lanzamiento se enmarca en la Feria del Libro de Miraflores. Además del autor, participarán, con sus comentarios, la escritora Silvana Carrillo y el escritor Francisco Ángeles. En su nota de prensa, la editorial dice que Francisco Izquierdo Quea “nos sumerge a través de un crisol de miradas en la vorágine de las relaciones de pareja, el abandono y los sueños latentes por virar hacia un destino capaz de llenar la medianía con la tan ansiada conciencia de trascender”. Más detalles en el site del evento: https://www.facebook.com/events/205427594924370/?ref=newsfeed.

Les compartimos el comentario del escritor Francisco Ángeles sobre esta nueva novela:

Me ha alegrado muchísimo leer la primera novela de Francisco Izquierdo-Quea, quien publica por primera vez desde su ya lejano debut literario en 2007. Más que eso: leerla me ha conmovido, me ha sorprendido, me ha perturbado. Leerla me ha llevado de regreso a Lima y a los años 2000, esa década que sobrevive sigilosa entre los más llamativos 90s (modernidad, globalización) y 2010s (crisis global, tecnología, hiperconectividad), como una versión envejecida de una sin aún insinuar del todo a la otra. Y sin embargo, a pesar de tanta palidez, los 2000 existieron, y para muchos fue la época en que todavía éramos jóvenes y también la década en que dejamos de serlo; la época en que la vida comenzaba a golpear y ya no con problemas inventados; los años en que se revelaba que nuestros sueños adolescentes ya no eran más que una anacrónica prolongación de otro tiempo que se había terminado. NO HAY MÁS CIUDAD trata sobre ese tiempo y también ese espacio: ese Perú precario y desgastado, escabroso sin llegar a trágico, un Perú post-Fujimori y pre-Marca Perú; post-terrorismo y pre-Mistura/Asu Mare. En ese contexto en que parecía que todos esperábamos que algo ocurriera –y sí, ocurrió mucho, mucho más de lo que hubiésemos previsto—, Germán, Claudia, Bautista, Matsahide, todos los personajes de este libro pasan por ese tránsito simbolizado por dos destrucciones simultáneas: el final de una relación que creíamos madura, y el derrumbe del sueño de vivir del arte cuando la época de estudiante ya se había terminado. De todo eso habla NO HAY MÁS CIUDAD: de los símbolos anacrónicos de una época perdida, de la amistad masculina, de los traumas familiares. Y todo eso bajo ese telón de fondo de nuestra propia post-dictadura, la historia cíclica que nos volvía a imponer, como para despedir nuestra juventud, al mismo presidente de nuestra niñez. Para todos los que aún fuimos jóvenes en la década pasada, y para quienes dejamos de serlo; para quienes prolongamos más de lo aconsejable los sueños adolescentes, y para quienes alguna vez nos cuestionamos cuál era el sentido de nuestras vocaciones, esta novela los va a reencontrar con ese yo del pasado que, aunque pensemos lo contrario, nunca dejará de estar ahí esperando una oportunidad para volver a recordarnos lo que fuimos (y aun somos).