Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Junto al Sena

No hay más ciudad, novela de Francisco Izquierdo Quea

Por Carlos Germán Amézaga

Un gato muy achorado, atento a todo lo que pasa a su alrededor; una chica guapa, elegante y sexi, que sabe lo que quiere y cómo lo quiere; y un hombre a ratos descarriado, sin una conciencia fija en su destino, son las figuras centrales de la novela No hay más ciudad, en la que su autor retrata, en poco más de 160 páginas, los años 90 y principios del siglo XXI en el Perú, en algunos distritos de Lima, en particular: Chorrillos, Breña y algunos otros lugares más específicos como la Universidad de San Marcos y los bares del centro de Lima. 

Héctor es un gato, un minino, pero, al mismo tiempo, parece muy humano, pues piensa y actúa como tal. Con sus pares, los gatos del barrio, procede como lo haría cualquier muchacho con sus amigos; tiene, además, un affaire con su amiga Telma, una bella gata del vecindario de Chorrillos, donde vive con Claudia y Germán. Ellos lo tratan muy bien, pero entre ellos se llevan mal y terminarán separándose.

Claudia es enfermera y lleva una doble vida; estudia en la universidad y dos veces por semana atiende en un establecimiento para hombres. Se siente superior a las otras chicas del bar y aprovecha su talento para conocer algunos personajes interesantes y ganar mucho dinero, pero sin llegar necesariamente al sexo. A este lo conoce con las otras chicas, con quienes comparte orgías y realiza intercambio de parejas. Sale del bar cuando se pelea con una de sus compañeras. Su vida con Germán, a veces plácida, no resulta del todo buena y comienza a engañarlo con un compañero del hospital, hasta que un día Germán los descubre y se pelean entre ellos, lo cual marca el final de la relación.

Germán vive con su madre y su padre, quien viene a Lima de vez en cuando. Entra a la universidad, cambia de carrera y al final la deja. Siempre ha querido filmar y su sueño es ser director de una película cuya historia sea también suya. En esa época conoce a Claudia y se van a vivir juntos a Chorrillos, donde conviven con Héctor y, al principio, les va muy bien juntos.

Germán tiene dos amigos, Matsahuide y Bautista, gordos los dos, poetas, medio desadaptados (al estilo de Lima y Belano, los realistas viscerales de Los detectives salvajes), con quienes se junta en su casa para conversar, ver películas, beber y comer. Ambos son muy categóricos en sus gustos poéticos. Esta posición irreductible los llevará en algún momento a pasar a la acción y serán los autores de un incendio en el que desaparecen a toda una serie de poetas y críticos.

Esta es, a grandes rasgos, el argumento de la novela  de Francisco Izquierdo, en la cual el autor nos va develando poco a poco una cierta idea de destrucción: se destruye la vida de pareja de Germán y Claudia; se destruyen los sueños de Germán de querer hacer su película con su propio guion; se destruye la vida de Héctor, quien había logrado pasar lo mejor de su existencia con una pareja que luego se separa; y, por supuesto, esa gran hecatombe que significa el incendio final, será un poco la catástrofe que representará ese quiebre en las vidas de los personajes: Germán perderá a sus amigos, se quedará solo, sin Claudia y sin Héctor y su destino se presentará sombrío; Claudia habrá encontrado quizás el amor en su nuevo novio y probablemente dejará una vez más su casa, pues tomará a Héctor para llevárselo; y, finalmente, Héctor, luego de recuperarse de una atroz pelea con otros gatos, empezará una nueva vida con Claudia, pues se va con ella a un lugar desconocido, pero supuestamente mejor.

La novela, dividida en cinco capítulos, es narrada por los distintos personajes, incluso por el gato Héctor, lo cual hace posible que cada uno de ellos sea visto desde la propia perspectiva del actor, pero también desde el punto de vista de los demás, lo cual, como suele ocurrir, no siempre genera coincidencias. De allí que los sueños de uno y las ambiciones de la otra terminen chocando entre sí y determinen una separación que afectará a todos: hombre, mujer y gato, aunque de manera diferente.

La novela de Francisco Izquierdo Quea me ha gustado, porque sus protagonistas son seres reales de carne y hueso que viven, se desarrollan y construyen relaciones entre sí, en una sociedad de clase media limeña de finales de los 90, en medio de los problemas y sinsabores de aquella época. Además, de manera muy original, Izquierdo le da una voz propia al gato de la pareja, lo cual ofrece un colorido especial a la narración desde un plano en general inusitado.

Germán es el que pierde más a lo largo de la novela, tal vez porque nunca pudo ubicarse plenamente en lo que quería lograr; de allí que en algún momento se dice de él: «Volvió tras sus pasos y tuvo la sensación que el ambiente estaba más frío que hacía instantes. Sintió ganas de beber algo caliente, un té o un café, pero desechó rápidamente la idea. No quería volver a hablar con los policías. La cabeza le dolía. Se instaló en la silla dejándose caer por el respaldar. ¿Quién es quién en todo esto, Germán? ¿Quién eres tú?».

Esa sensación reflejada en las preguntas que se hace el protagonista, de ausencia de definición, de melancolía, aunque también de cierto optimismo en el futuro, es aquella que al final nos deja la lectura de No hay más ciudad. Seguiremos esperando con entusiasmo una nueva entrega del autor.

*****

Datos del libro comentado:

Francisco Izquierdo Quea

No hay más ciudad

Animal de Invierno, 2021

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: El Califato de Lima (2021) de Diego Otero

Instrucciones para construir una ciudad

Por Cristhian Briceño

El vínculo entre ciudad y conflicto tiene larga data. “Gran ramera” llama San Juan a Babilonia en el Apocalipsis (aunque bien podría estarse refiriendo a Jerusalén o Roma, supuestas capitales del pecado y del cuestionamiento al dios de los hebreos), con todos las alcances epitéticos que ello supone; Thomas Chatterton, indispuesto por el desprecio de sus congéneres, se refiere a Bristol, su lugar de nacimiento, como una “inmunda ciudad de ladrillos” poco antes de cometer suicidio; supongo que Antonio Cisneros aludía a Lima con su famosa metáfora de la ballena, si consideramos, por supuesto, la humedad sempiterna, la gris oscuridad, el frío envolvente, el hedor a sargazo y a manada de peces. Diego Otero (Lima, 1973), por su parte, hace uso de un sistema político extranjero para enunciar su especulación poética: el califato. Si bien este régimen se emparenta naturalmente con el elemento religioso, Otero ha decidido sintetizar esta simbología hasta quedarse con el componente restrictivo. Al insertar a su yo poético en un ámbito ajeno desata el conflicto, el cual propicia los cuestionamientos sobre su relación con el entorno y los mecanismos que debe emplearse para establecer una conexión saludable con él. Son elocuentes y periódicas las imágenes de estrechez dentro de la geografía urbana; los edificios, por ejemplo, se vuelven espacios reducidos únicamente a la circulación dentro de ellos, a las galerías por donde el individuo suele transitar, pero parece no haber espacio para el establecimiento o el descanso:

         Una cerviz flexible, que

nos permite asentir

y desplazar el cuerpo

por las zonas en que el edificio se vuelve

angosto como la madriguera

de un topo o el ojo

de una cerradura. (p. 47)

De una forma reiterativa, se nos habla de ductos o de espacios estrechos e impracticables, por referirse a la cuota alienante con la cual el individuo se enfrenta en su cotidianeidad; la estrechez de esos espacios abruma a quien se ve obligado a ocuparlos con su presencia, a refugiarse en ellos mientras va perfeccionando su capacidad de adaptarse al entorno anómalo o que se percibe como tal. Para mayores luces, en el fragmento anterior, encontramos la imagen de la cerviz flexible, que nos indica un estado de apocamiento, pero también de capitulación, por lo menos circunstancial: se puede rastrear la referencia en la ya famosa (y cancelada) estrofa de nuestro himno nacional que nos habla de la sumisión y de una humillada cerviz que se levanta, venciendo el poder que hasta entonces la mantuvo encorvada. A partir de esto, se podría conjeturar que el yo poético se ve retornar a una fase ya superada de su historia, que puede ser la personal, la íntima, o englobar, por qué no, lo nacional, lo comunitario. El califato, desde una interpretación sencilla y quizá antojadiza, es un retorno a lo ya superado; se retorna no precisamente a un régimen político caduco, despótico y que va de la mano con la religión, sino, más bien, al miedo previo al fortalecimiento del carácter, a la duda, al cuestionamiento implacable de la vida y de sus actores, como cuando uno vuelve la cabeza, con sana curiosidad, para ver lo que ha quedado atrás, pero, al igual que la esposa de Lot, acusa un cambio a menudo desagradable:

A decir verdad nuestros ojos son los ojos

de las cerraduras,

y cada vez que alguien

introduce la llave

resultamos heridos.

                                   O tuertos. (p. 53)

La cerradura retoma el tropo de la estrechez, pero aplicado en el fragmento es también un indicio de la inaccesibilidad del yo poético, del costo que supone establecer vínculos cuando el medio ha revelado la alteración de su orden. Se enuncia a Lima como una ciudad en conflicto con el individuo, y por momentos esta se encuentra tan alejada de la percepción del yo poético que se tiende a la invención de un carácter exótico para así explicar su discapacidad en cuanto a hallarse a sí mismo o a ubicarse dentro de. Estar en la ciudad implica una exploración excesiva del fenómeno, al punto de percibirse únicamente la estrechez, el elemento opresivo ejemplificado con los ductos o las cerraduras; para sobrellevar esta deficiencia, el yo poético procura elevarse, esto es, tomar distancia de todo, afianzar su individualidad, alejarse hasta donde la ciudad se vuelve inteligible debido, posiblemente, a una ilusión de totalidad y de tolerable imprecisión:

El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:

desde tan arriba todo es hermoso, incluso Lima. (p. 50)

Y también en:

Lima casi no es y es

hermosa

desde tan alto. (p. 55)

Mientras la ciudad sea una imagen detenida, hay una oportunidad para hacerla suya y arrebatarle significado; es la paradoja de la lejanía: cuando hemos tomado distancia podemos apreciar a cabalidad el hecho, comprender su funcionamiento y nuestro lugar dentro de él. No obstante, el lugar del yo poético parece encontrarse en las zonas inferiores, de donde ocasionalmente asciende, aunque esta es la excepción. Por ello, nada queda claro o, en todo caso, su necesidad por acertar y hallar una respuesta produce una proliferación de interpretaciones que lo llevan a la angustia debido a una abundancia de interrogantes:

Qué es El Califato de Lima. ¿Un chiste? ¿Una caricatura de la opresión y el fundamentalismo que asoman sus cabezas de papel maché por encima de una nomenclatura  de dudosa incorrección geopolítica? ¿Se debe presumir que en algún lugar, encaramado sobre algún púlpito o alguna bóveda, hay algo así como un califa? ¿O el califa es ese energúmeno que ya hemos conocido? (p. 49)

Hasta ahora me he referido a la sección homónima y final del libro. Si revisamos los apartados precedentes encontraremos elementos similares. Por mencionar uno, tenemos nuevas menciones a los lugares cerrados, reclusivos o asfixiantes: “Todos queremos salir de un lugar al que solo se puede entrar” (p. 13); “Lima parece una ciudad, pero en verdad es un taxi” (p. 19); “El mal es una ciudad parecida a Los Ángeles o a Lima … El mal tiene tentáculos invisibles que agarran del cuello a todas las personas honorables” (p. 35). Es en estos poemas previos donde vamos descubriendo que si bien hay una angustia concentrada en la parte final, el yo poético ha encontrado un antídoto en el humor. Y este humor está construido en torno a imágenes muy alejadas de cualquier solemnidad; al contrario, se precisa del apunte irónico, incluso es necesario extirpar el carácter sagrado de los símbolos para que se alcance a construir un ambiente libre de las coacciones y/o límites, en parte distinto al que se establece en la sección final, como si en esta antesala se hallaran las respuestas, unas respuestas que no se emplean porque es necesario establecer el escenario especulativo donde el yo poético pueda ser indagado:

Un país

arrasado.

Un país o una pepa de palta

que debería seguir girando

en el aire del departamento, cada vez

más lentamente hasta el punto de convertirse

en la única excepción del mundo

a la ley de la gravedad. (p. 10)

Y también en:

¿saben ustedes

para qué puede servir un ángel

si no es para lanzarse

a las turbinas

de los aviones de guerra? (pp. 28-29)

Lo especulativo, incluso, alcanza los dominios de la poesía en dos poemas que son representativos de este libro: “Nuevos deberes de la poesía peruana” y “César Vallejo en el siglo XXV”. En ambos se explora la función de la poesía fuera de su espacio temporal, donde el ambiente ya no es el mismo donde alguna vez floreció su influencia. En el primer poema, además, se alude al régimen que se explora en la sección final (“Si tenemos que decir que vivimos en Lima, debemos decir que vivimos en el Califato de Lima”), estableciéndose una alteración en los parámetros con que se mide el acto poético. Nuevamente estamos ante un poema que se resuelve con una imagen poderosa, aquella en la que los hologramas de Antonio Cisneros y Washington Delgado, poetas de promociones disímiles, se fusionan en un abrazo, procreando un ser que deja de ser inmaterial y que implica el sincretismo de sus propuestas estéticas, de sus emociones, de sus personalidades como metáfora de la persistencia de una tradición que encuentra tierra fértil en las generaciones ulteriores que toman la posta a pesar de presentárseles un escenario tan enrevesado que no se sabe si se está asistiendo a “una fiesta o la guerra”. En el segundo poema se refresca la imagen adusta de Vallejo y se lo traslada imaginativamente en un tiempo que no es el suyo, para profundizar en su verdadera trascendencia, intentando responder con esto aquella manida suposición de entender a la poesía como un acto atemporal. El ejercicio no es vano, ya que entendemos que el trasfondo, el objetivo encubierto, es situar al yo poético en el lugar del poeta y ser partícipe de esa exploración, de la misma forma que, más adelante, se situará en el supuesto califato limeño:

(…) Vallejo estaba apoyado en un muro, con una bolsa transparente de canchita en la mano. A su lado había un tipo de jean y saco, que parecía admirarlo con fervor. (…) El punto es que lo interrogaba con entusiasmo y vehemencia sobre versos específicos de Trilce IX, Trilce XXVII. Y Vallejo sonreía con cierta sorpresa y decía que ya no se acordaba de esos poemas. Que había pasado demasiado tiempo. (p. 39)

Foto: Alessandro Currarino / El Comercio

El carácter indagatorio de este par de poemas marca una pauta significativa para la colección. Nos lleva a pensar en un yo poético no solamente en constante cuestionamiento de su entorno, sino también en una continua averiguación de sus posibilidades, como si ingresara voluntariamente a sus especulaciones esperando hallarse en el contraste, hacer resaltar su humanidad en medio de la realidad alterada que él mismo se ha inventado: la gran metáfora del califato se convierte, entonces, en una desacostumbrada, estrambótica tonalidad donde, con suma nitidez, consigue hacer descollar su normalidad.

*****

Datos del libro reseñado:

Diego Otero

El Califato de Lima

Álbum del Universo Bakterial (AUB), 2021

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Morir en mi ley (2021) de Lenin Heredia Mimbela

Inauguración de un nuevo cosmos peruano

Por Cesar Augusto López Nuñez

Es posible creer que la novela de la tierra es un asunto “superado” en la narrativa peruana, pero creemos que eso dista de ser cierto. Habitar, desplegar la vida y su deseo, siempre ha implicado marcas de violencia y la ocupación del espacio, en términos prácticos, siempre ha transformado lo humano, porque los primeros signos de sedentarismo generaron las primeras máquinas de guerra, las ciudades, el engaño, la mentira, el asesinato. Que las formas de poblar el mundo se hayan, más o menos, modificado no significa que, en su lógica elemental, sigan agenciando potencias en tensión.

Morir en mi ley, primera novela de Lenin Heredia, emerge del agenciamiento de lo humano y lo espacial, siempre entendido como un complejo entramado que se traduce en las idas y vueltas de sus personajes, en sus destrucciones y posibilidades. Las vidas de Lidia, personaje principal de la propuesta narrativa; Paco, su degradado amor juvenil y padre de su única hija; Rebeca, la inocencia en medio del tráfago de la ciudad y los dilemas de sus padres, sin olvidar a la anciana Matilde, se encuentran enlazados por un sistema mayor que insiste en lo ancho y ajeno del mundo.

No es ociosa ni manida esta última figura, porque las tensiones de la infancia y adolescencia frustradas de Lidia son producto de un trasfondo político que marca su cuerpo y la necesidad de migrar. La transformación de Paco, por otra parte, es efecto de su pliegue y asimilación a las formas subrepticias del poder de la modernización. Podríamos calificarlo como un engranaje salvaje de lo moderno junto a sus compinches, el Trinchudo y el Gordo Anselmo. De aquí uno de los grandes ejes que abre la novela: el combate entre la comunidad campesina, sus líderes y sus ancianos firmes, y la maquinaria que despliega la inasible constructora.  Sin duda, esta última procura la abstracción de la diferencia con su lema publicitario “La vida que usted se merece” (p. 226).

El vértigo, a veces cinematográfico de la novela, con su inicio in medias res, por ejemplo, responde a la urgencia por transformar el desierto piurano en un mundo amurallado, una tierra que deje atrás el “inútil” sujeto comunal, la relación íntima con la tierra, para dar paso a los condominios, a la verticalidad dominante que solo se preserva en el aplanamiento y la homogeneización de los deseos programados por los “pitucos”. En ese sentido, Lidia, Paco, Rebeca y Matilde son el efecto de fuerzas mayores enmarcadas en intereses que rebasan su capacidad de comprensión. Lidia lo plantea con la claridad y cotidianidad que cualquiera ha empleado alguna vez: “Una vive nomás, sin pensar si hace bien o no” (p. 63).

El ritmo de destrucción de los personajes y sus decisiones dependen de una exterioridad no precisada, aún, en este paso narrativo dado por Heredia, el cual nos parece de mayor envergadura. Incluso, para corroborar nuestra intuición lectora, que la novela nos presente pinceladas de la década de los noventa, nos anuncia un recorrido mayor de los personajes que recién conocemos, pero que se caracterizan por encontrarse sobre dimensiones vitales que les exigirán ir entendiendo su lugar en el mundo propuesto por el joven novelista. Y así como el Perú sufrió cambios drásticos desde el primer gobierno de Fujimori, a través de la narrativa creada por la Constitución del 93, es posible que nosotros nos encontremos en un momento textual cero de la experiencia modernizadora no limeña. Rebeca no será la única niña de la narración, sino todos los personajes asaltados por una nueva lógica colonial.

Entendida como una puerta de entrada hacia un plan mayor, Morir en mi ley transita entre diversos planos como la resistencia femenina, el machismo, el hampa, la vejez, el reclamo popular en toda su fragilidad contra un régimen que asciende sobre ellos, irremediablemente, y que se alimenta de sus singularidades sin que se puedan percibir los rasgos de su rostro. Por este motivo, las diez partes y el epílogo de esta historia, en los que se conjugan el flujo de conciencia de Lidia, la voz del narrador que trenza su historia y la de Paco, mientras el mundo sigue con su curso inevitable, se nos presentan recomendables. Incluso, es necesario mencionar que existe la posibilidad de que el lector pueda percibir los titubeos narrativos de Heredia, sus primeros pasos hacia una posible consolidación y la duda del creador que busca regular un tejido que procura transmitir más de un ritmo vital en su reclamo por su justo lugar en el mundo.

No cabe duda de que seguir a este nuevo novelista, desde ya, podría permitirnos entender la creación literaria en una clave de calidad y sin la dependencia de Lima como tótem espacial. Además, tenerlo en cuenta podría aproximarnos a los procesos de afianzamiento expresivo a los que nosotros mismos, lectores, nos debemos cuando nos permitimos entender nuestro lugar en el amplio círculo del arte verbal peruano. En esta ocasión, a través de un proyecto que se muestra nada despreciable, por su prometedora ambición y oficio estético, nos es grato afirmar que recorrer las líneas de Morir en mi ley nos permitirá aprender de Piura, el Perú y el vigor de la literatura peruana.

*****

Datos del libro reseñado:

Lenin Heredia Mimbela

Morir en mi ley

Sietevientos Editores, 2021, 237 pp.

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Un verdor terrible (2020) de Benjamín Labatut

La paradoja de la ciencia

Por Omar Guerrero

Un verdor terrible (Anagrama, 2020) del escritor chileno Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980) se le puede definir como un libro inclasificable. En palabras de su editora Silvia Sesé, se trata de un artefacto literario donde el principal protagonista es la ciencia. Es decir, aquí se hace literatura a partir de una exploración del ámbito científico. El medio para llevarlo a cabo es la narrativa, a pesar de que no se trata específicamente de una novela. Tampoco corresponde con exactitud al género del cuento. Sin embargo, se recurre de alguna manera a su estructura para presentarnos cuatro relatos y un epílogo donde lo científico es visto desde su lado más perturbador. Se trata de unos textos de no ficción que desarrollan lo biográfico, lo histórico y -por supuesto- también el ensayo, sobre todo para sustentar las teorías científicas que se crearon a favor (y también en contra) de la humanidad. Aunque cabe resaltar que, para su autor, sí se trata de un libro de ficción basado en hechos reales. De ahí su paradoja, sobre todo al presentar estas historias de la vida real, con sus protagonistas y contextos, solo para mostrar los resultados de sus trabajos e investigaciones, muchos de ellos terribles y escalofriantes, más aún cuando se establece la presencia de la locura, la enfermedad y hasta de la misma muerte.

En el primer relato titulado “Azul de Prusia” su protagonista es el químico judío-alemán Fritz Haber, padre de la guerra química, quien usó por primera vez el cianuro de hidrógeno como una verdadera arma de destrucción masiva, pues en cuestión de minutos acababa con la vida de los soldados enemigos de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Esto sucedía después de propalarla por los campos de batalla, causando asfixias e irritaciones dolorosas en las vías respiratorias hasta llegar al inmediato colapso. Este veneno se expandía como un gas de una coloración verdosa que acababa con cualquier forma de vida que se encontraba a su paso (de ahí el título del libro). Era tan efectiva como veneno que los principales mandatarios germanos condecoraron a Fritz Haber por los logros obtenidos hasta el momento en la guerra. Incluso hasta llegó a ganar el Premio Nobel de Química en 1918. Sin embargo, sus méritos como científico no causaron ningún tipo de orgullo en su familia, quienes se avergonzaron de él a tal punto de tomar decisiones radicales como una forma de mostrar su disconformidad ante tanto horror creado. Lo peor vendría después para el científico. Lo más irónico en esta historia es que en la Segunda Guerra Mundial los nazis utilizaron una variante de este cianuro (pesticida Zyklon) para acabar con la vida de los judíos en los campos de concentración. Muchos de ellos eran familiares de Fritz Haber.

El segundo relato es “La singularidad de Schwarzschild” donde se aborda la vida y peripecias del físico, matemático y astrónomo alemán Karl Schwarzschild, cuyo estado de salud se va deteriorando al punto de sufrir grandes e indescriptibles dolores en medio de las detonaciones de la Primera Guerra Mundial. Su diagnóstico era una extraña enfermedad llamada “pénfigo”. Su desarrollo es el siguiente, tal como lo resume el autor: “Su enfermedad comenzó con dos ampollas en la esquina de su boca. Al mes cubrían sus manos, pies, garganta, labios, cuello y genitales. En dos, estaba muerto”. Pero antes de este lamentable desenlace ocurre su verdadera singularidad, sobre todo con el contenido de la carta que le hace llegar a Einstein con la explicación y solución de las ecuaciones de la relatividad y el primer augurio de los agujeros negros. Como es de suponer, este descubrimiento resulta toda una fascinación.

El tercer relato se llama “El corazón del corazón”, cuyo principal protagonista es el matemático apátrida nacionalizado francés Alexander Grothendieck, quien desarrolló sus estudios estructurales en medio de un solitario retiro espiritual lleno de extravagancias y misticismo. Su aspecto y figura fue cobrando un total deterioro al punto de considerarlo como un indigente. Sin embargo, la decadencia de su aspecto físico contrastaba con la lucidez con la que desarrollaba sus investigaciones, al punto de trascender fronteras y admiraciones como le sucedió al matemático japonés Shinichi Mochizuki, quien veló por estas teorías hasta el último momento de vida de Grothendieck.     

El cuarto relato, y el más extenso de todos, se titula “Cuando dejamos de entender el mundo” que, a su vez, contiene cinco subcapítulos que se centran -en su mayoría- en la vida del físico austriaco Erwin Schrödinger, cuya vida personal estuvo marcada por una enfermedad que lo seguiría hasta al final de sus días. Esta misma enfermedad motivó para que él se recluyera en un sanatorio en Suiza sin importarle conocer las innumerables infidelidades de su esposa, quien se relacionaba inclusive con gente cercana a él. En cambio, Schrödinger aprovechó su internamiento para desarrollar a fondo sus investigaciones. En esos días de reclusión y tratamiento, él conoció a la hija del doctor dueño del sanatorio, una niña de trece años también enferma de lo mismo. Lo curioso en esta niña es que su enfermedad acentuaba su belleza, a pesar de su corta edad. Esta pálida belleza fascinaba y trastornaba a Schrödinger, quien no podía controlar sus erecciones ante la tentación de esta niña que siempre buscaba su cercanía bajo la forma de una inocencia y a la vez de cierta malicia. Parte de esta cercanía corresponde a un interés intelectual que solo puede ser cumplido por Schrödinger, hasta que surge de pronto un extraño erotismo en medio de un aura de muerte que solo puede causar un determinado tipo de respuesta. En la parte final de este texto también estarán presentes las diferencias y enfrentamientos entre Schrödinger y el físico alemán Werner Heisenberg debido a sus postulados en el desarrollo de la teoría cuántica y al principio de la incertidumbre. A ellos se suma la presencia de otros grandes genios como el príncipe De Broglie, Niels Bohr y Einstein. Todos juntos en un mismo encuentro internacional.  

El último texto corresponde a un epílogo titulado “El jardinero nocturno” donde un hombre, común y corriente y padre de familia, encuentra junto a su pequeña niña unos perros muertos producto de un envenenamiento por el uso de cierto tipo de sustancias. Él vive en un pueblo apacible rodeado de montañas y de vegetación. Se trata de un espacio que puede representar mucha vida. Sin embargo, debido a una serie de circunstancias provenientes de la ciencia solo se puede pensar en más incertidumbres o en la misma destrucción o muerte. Pues como el mismo autor menciona al citar a Einstein: “es imposible creer que los hechos del mundo obedecieran a una lógica tan contraria al sentido común”.

A partir de lo expuesto, el lector, sin necesidad de un profundo conocimiento científico, podrá sacar sus propias conclusiones.

*****

Datos del libro reseñado:

Benjamín Labatut

Un verdor terrible

Anagrama, 2020         

Categories
Comentario sobre textos Reseñas de libros

Reseña: Oídos sordos (2021) de Julio Benavides Parra

Oídos sordos: la novela espejo de la sociedad peruana

Por Manuel Alonso Navazar

En su libro La era del vacío (1983), el filósofo francés Gilles Lipovetsky sostiene que el sistema capitalista posmoderno trajo consigo un culto a una nueva forma de individualismo, hedonista y circunscrito a los límites impuestos por la búsqueda de la satisfacción personal. Sobre la base de dicha condición, el ideal que ha llegado a imperar en la sociedad moderna occidentalizada es el de que cualquier acto destinado a la obtención de un beneficio propio está justificado, aun si compromete el bienestar de los demás. Esta condición es la que precisamente subyace en la trama de Oídos sordos, la primera novela de Julio Benavides Parra (Lima, 1977), publicada este año en el sello editorial Vicio Perpetuo. En el libro, es la búsqueda de la autosatisfacción, sea cual fuere el medio utilizado para conseguirlo, la que se erige como el eje temático principal en torno al cual giran los acontecimientos narrados.

Foto de portada: Vicio Perpetuo

La historia, expuesta a través de una prosa fragmentada, se teje principalmente alrededor de tres personajes, distanciados por espacios y tiempos distintos: Melquíades Arona, Alcides Chinchorro y doña Genoveva. El primero, obsesionado por la sed de venganza, busca ajusticiar con sus propias manos a José, un joven de costumbres libertinas que ha embarazado a María, la hija de aquel. La persecución que Arona lleva a cabo para ubicarlo y darle muerte es narrada a través de un discurso que refleja el acentuado pensamiento machista que determina el comportamiento y la psicología de Arona, para quien la honra de su hija (y, en extenso, la de la familia) solo puede depender de la preservación de su castidad. Chinchorro, por su parte, es un hombre que, motivado por la experiencia de haber vivido los gobiernos militares de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez, decide participar en política con el objetivo de restaurar la democracia. No obstante, en su empeño por ocupar un escaño en el círculo de poder — para lo cual no dudará en hacer uso de impostaciones y máscaras sociales — desvía su atención del drama conyugal que vive Anita, su hija, de carácter sumiso y apocado. Por otro lado, doña Genoveva es una viuda entrada en años que debe enfrentar las no pocas querellas judiciales que el mujeriego Fidel, su difunto marido, le ha dejado a cuestas. La zalamería que utiliza para mantener en buen estado su relación con Sosa y Zañartu, los abogados que no dudan en recurrir a artimañas para esquilmar su fortuna, se erige como antípoda de la relación que mantiene con Katia, su sobrina, sobre quien busca ejercer una autoridad amparada en sus ínfulas de dama distinguida.

La prosa, matizada por momentos con breves discursos que nos remiten al ámbito futbolístico (es recurrente la mención a la selección peruana y al equipo de Alianza Lima), está construida con un lenguaje directo y que muestra por momentos un uso del sarcasmo, el cual funciona en este libro como un sello narrativo. No obstante, a pesar de su lenguaje frontal y carente de tapujos y eufemismos, Benavides se las ingenia para proponer reflexiones en torno a temas que, por lo general, suelen quedar relegados por el discurso oficial, a saber: las relaciones sexuales, el afán de poder, la homosexualidad y, sobre todo, el mantenimiento de una sociedad machista en la que la imagen de la mujer es construida desde una perspectiva que la condena a situarse en una posición de inferioridad respecto al varón, quien es el que, al fin y al cabo, determina su posición en la sociedad y su conducta sexual. De este modo, se explica que Melquíades, luego de enterarse del “agravio” sufrido por María por parte de José, opte por encerrarla en un convento, o que Anita, aun sabiendo de las inclinaciones sexuales de un esposo que no le presta la más mínima atención, deba resignarse a seguir cumpliendo el papel de cónyuge devota para así evitar las habladurías de una sociedad acusatoria y pacata.

No se puede dejar de mencionar un aspecto importante relacionado con la brevedad del libro. Benavides, consciente de que el lector promedio de estos tiempos suele rehuir de las novelas extensas, sintetiza su historia en una prosa precisa y puntual, y evita, de este modo, cualquier digresión que pueda terminar siendo insustancial e innecesaria.

Finalmente, Oídos sordos se constituye como una novela estimable y correcta, en vista de que sabe exponer con acierto esa condición característica de la sociedad peruana: su tendencia a repetir errores y estancarse en hábitos que le impiden toda posibilidad de progreso.

*****

Datos del libro reseñado:

Julio Benavides Parra

Oídos sordos

Vicio Perpetuo, 2021

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Hijos de la peste (2020) de Marcel Velázquez

Hijos de la peste: experiencias históricas e imágenes de las epidemias

Por Javier Garvich

A finales de 2019, nos llegaba de China la noticia de un nuevo virus. En el Perú, no se le dio mucha importancia hasta cuando se expandió hacia Europa con inusitada velocidad y, además, empezó a causar numerosas víctimas y alterar radicalmente la vida cotidiana de las sociedades. El 6 de marzo, el virus llegó al Perú de la mano de un viajero internacional; para fines de mes, ya contabilizábamos 30 fallecidos. En mayo, se superaban las 3000 víctimas mortales y en agosto se alcanzaron las 25 000. La cifra, lejos de amainar, continuó con un crecimiento escalofriante. Se inició entonces un capítulo inédito en la historia del Perú: confinamiento general, cierre de fronteras, suspensión de escuelas, negocios, reuniones sociales, irrupción exponencial del desempleo, implantación del miedo y la desesperanza. La COVID-19 ya estaba con nosotros.

Luego, una sucesión de paisajes pintorescos, insólitos, apocalípticos. Fueron los días del colapso casi total de los sistemas públicos de salud: bolsas de cadáveres apiladas en los rincones de hospitales, cientos de moribundos yaciendo en pasillos y zaguanes esperando poco más que un milagro mientras en los extramuros sus familiares pujaban por alguna información frente a burocracias abrumadas. Por las redes nos llegaban mensajes de médicos desesperados, quienes paradójicamente nos indicaban que los hospitales eran el peor lugar donde acudir entonces. Cuadrillas disfrazadas de astronautas bajaban ataúdes de los cerros de la Lima en extrema pobreza mientras, allá abajo, las clínicas privadas cobraban tarifas obscenas, sea por ocupar una cama UCI, sea por cobrarte un analgésico. No se sabía casi nada del virus: unos decían que era poco más que una gripe, para otros era Chernóbil. La paranoia encerraba a la gente que, bombardeada por noticieros sensacionalistas que cazaban a borrachos y fiesteros durante el toque de queda, salía a las calles como si se enfrentaran a un episodio de Guerra Mundial Z. Vírgenes haladas por helicópteros, recital de fantasiosos remedios caseros, mandos policiales lucrando con los implementos sanitarios de sus subordinados y un congresista afirmando que el virus era esparcido por avionetas. En ese clima irreal, el ensayista Marcel Velázquez se dedicó a escribir un libro sobre las pandemias en el Perú. 

Hijos de la peste es una reflexión académica que ha intentado responder —desde la historia, la sociología y los estudios culturales en general— a los desgarramientos, las incompetencias y las insólitas conductas que el virus ha desnudado en la sociedad peruana. Como el libro establece un continuo diálogo entre el pasado y el presente, de ahí una recurrente conclusión: las respuestas sociales ante la pandemia de la COVID-19 (sean desesperadas, tardías, trágicas o hilarantes) tienen profundas raíces históricas, marcan patrones que parecen haberse heredado hace siglos. Para este diálogo no solamente ha sido necesaria la investigación histórica de nuestras plagas. Además, resultó casi imprescindible el Archivo COVID-19 de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, un polícromo repositorio letrado, audiovisual y digital de los más diversos testimonios y manifestaciones culturales construidas en plena pandemia. Este archivo ha sido el otro extremo del diálogo que mencionamos.

Velázquez nos plantea su trabajo empezando por una revisión de las epidemias de mayor trascendencia en nuestra historia: la viruela y otros virus traídos por los conquistadores españoles, lo cual fue uno de los factores más importantes —sino el más importante de todos— en el desmoronamiento de la sociedad y la cultura andina de entonces. En el periodo republicano, se revisa la fiebre amarilla de 1868, la peste bubónica en 1903 (Lima y Callao); y en 1907 (en la costa norte), el cólera de 1991 y el actual flagelo de la COVID-19.

Es en los casos republicanos donde percibimos una reiteración de conductas y tics que parecen trasladarse de epidemia en epidemia: la desconfianza y la resistencia popular frente a las exigencias higiénicas y médicas, una persistente recurrencia a ritos mágicos y sustancias milagrosas, inevitables conflictos entre intereses empresariales y el cumplimiento de las medidas científicas de prevención, o el despliegue de respuestas demagógicas por parte del poder.

Así, comprobamos que la resistencia a las vacunas y a las restricciones y normativas sanitarias de prevención viene de lejos, o que el carácter religioso de la sociedad peruana impregnada de ritos y fórmulas tiene profundas raíces, parece impermeable en los cambios técnicos y se manifiesta con plenitud precisamente en las crisis sanitarias: el vuelo en helicóptero de la virgen de Chapi sobre la segunda ciudad más importante del Perú o las reiteradas escenas de autoridades peruanas de todo tipo prosternándose ante crucifijos no son atavismos de una sociedad ignara, sino conductas consecuentes de formas culturales arraigadas históricamente y que, lejos de difuminarse ante las transformaciones sociales, se aggiornan y muestran un dinamismo que engarza con las necesidades y las expectativas de gran parte de los peruanos.

El libro centra este diálogo en cuatro esquinas: primero, la historia que nos remite a la experiencia que el Perú ha tenido en sus epidemias; segundo, el miedo que se convierte en la gran actitud social frente a estas enfermedades que, cuando resultan nuevas, generan respuestas insólitas, a veces terribles; tercero, la violencia, con niveles aparentemente irracionales y hasta gratuitos, que inevitablemente aparece cuando la epidemia acelera su expansión; cuarto, el humor, a veces como sustituto peruano de la rebeldía (Pablo Macera díxit) o como una forma popular de encarar y resistir a las plagas. Una suerte de caleidoscopio diseñado para entender mejor los comportamientos sociales que las epidemias han generado en el Perú.

Pese a la recurrencia de imágenes bizarras que atraviesan —y abundan— en el libro, el autor evita regodearse en ellas. Por ejemplo, el miedo no es una tara ni un ejemplo de ignorancia infantil, es una reacción lógica en una sociedad muy desigual, bastante discriminadora, tremendamente desinformada. Las escenas de violencia, incluso las más chocantes, tienen explicaciones bastante plausibles. El humor —que en el Perú es proverbialmente clasista, racista y hasta xenófobo— se colige siempre con el contexto social del momento. El enfrentamiento entre las exigencias de la autoridad médica y la resistencia de las clases populares no es tanto un conflicto de “modernos versus tradicionales”, sino la evidencia de una sociedad jerárquica que alimenta la discriminación que coexiste con la ignorancia, tiende más al autoritarismo que al (siquiera) reconocimiento del otro, mientras estigmatiza y racializa a las víctimas de la enfermedad. En el Perú, el enfermo termina siendo el miserable, el pobre, el indio, el afrodescendiente o el asiático.  

Créditos: El Foco

Finalmente, cabe mencionar que buena parte del éxito de este libro se debe a un estilo que evita la solemnidad académica, que busca siempre retomar el hilo con la experiencia viva de los lectores (de las supersticiones del pasado a las teorías conspiranoicas actuales) y que aborda otros registros como el tono claramente autobiográfico al narrar la experiencia del cólera a principios de los años noventa o la evocación poética como la imagen fatalista de Vicente Maldonado, el carretero de la muerte, quien debe recoger los cadáveres de la peste mientras es recibido a pedradas desde las esquinas temerosas, lo que lo convierte en una trágica mezcla del mitológico Caronte  y el bíblico jinete del Apocalipsis, que anuncia y propaga las desgracias.

Hijos de la peste contribuye a que conozcamos mejor una parte de nuestra historia, de nuestra sociedad y de nosotros mismos en cosas tan cotidianas como la enfermedad y la muerte. Ojalá aparezcan trabajos del mismo calibre que sigan interrogándonos desde otros aspectos igualmente cotidianos como el sexo, las adicciones, el deporte o la risa.

*****

Datos del libro reseñado:

Marcel Velázquez

Hijos de la peste

Taurus, 2020