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Reseña: Morir en mi ley (2021) de Lenin Heredia Mimbela

Inauguración de un nuevo cosmos peruano

Por Cesar Augusto López Nuñez

Es posible creer que la novela de la tierra es un asunto “superado” en la narrativa peruana, pero creemos que eso dista de ser cierto. Habitar, desplegar la vida y su deseo, siempre ha implicado marcas de violencia y la ocupación del espacio, en términos prácticos, siempre ha transformado lo humano, porque los primeros signos de sedentarismo generaron las primeras máquinas de guerra, las ciudades, el engaño, la mentira, el asesinato. Que las formas de poblar el mundo se hayan, más o menos, modificado no significa que, en su lógica elemental, sigan agenciando potencias en tensión.

Morir en mi ley, primera novela de Lenin Heredia, emerge del agenciamiento de lo humano y lo espacial, siempre entendido como un complejo entramado que se traduce en las idas y vueltas de sus personajes, en sus destrucciones y posibilidades. Las vidas de Lidia, personaje principal de la propuesta narrativa; Paco, su degradado amor juvenil y padre de su única hija; Rebeca, la inocencia en medio del tráfago de la ciudad y los dilemas de sus padres, sin olvidar a la anciana Matilde, se encuentran enlazados por un sistema mayor que insiste en lo ancho y ajeno del mundo.

No es ociosa ni manida esta última figura, porque las tensiones de la infancia y adolescencia frustradas de Lidia son producto de un trasfondo político que marca su cuerpo y la necesidad de migrar. La transformación de Paco, por otra parte, es efecto de su pliegue y asimilación a las formas subrepticias del poder de la modernización. Podríamos calificarlo como un engranaje salvaje de lo moderno junto a sus compinches, el Trinchudo y el Gordo Anselmo. De aquí uno de los grandes ejes que abre la novela: el combate entre la comunidad campesina, sus líderes y sus ancianos firmes, y la maquinaria que despliega la inasible constructora.  Sin duda, esta última procura la abstracción de la diferencia con su lema publicitario “La vida que usted se merece” (p. 226).

El vértigo, a veces cinematográfico de la novela, con su inicio in medias res, por ejemplo, responde a la urgencia por transformar el desierto piurano en un mundo amurallado, una tierra que deje atrás el “inútil” sujeto comunal, la relación íntima con la tierra, para dar paso a los condominios, a la verticalidad dominante que solo se preserva en el aplanamiento y la homogeneización de los deseos programados por los “pitucos”. En ese sentido, Lidia, Paco, Rebeca y Matilde son el efecto de fuerzas mayores enmarcadas en intereses que rebasan su capacidad de comprensión. Lidia lo plantea con la claridad y cotidianidad que cualquiera ha empleado alguna vez: “Una vive nomás, sin pensar si hace bien o no” (p. 63).

El ritmo de destrucción de los personajes y sus decisiones dependen de una exterioridad no precisada, aún, en este paso narrativo dado por Heredia, el cual nos parece de mayor envergadura. Incluso, para corroborar nuestra intuición lectora, que la novela nos presente pinceladas de la década de los noventa, nos anuncia un recorrido mayor de los personajes que recién conocemos, pero que se caracterizan por encontrarse sobre dimensiones vitales que les exigirán ir entendiendo su lugar en el mundo propuesto por el joven novelista. Y así como el Perú sufrió cambios drásticos desde el primer gobierno de Fujimori, a través de la narrativa creada por la Constitución del 93, es posible que nosotros nos encontremos en un momento textual cero de la experiencia modernizadora no limeña. Rebeca no será la única niña de la narración, sino todos los personajes asaltados por una nueva lógica colonial.

Entendida como una puerta de entrada hacia un plan mayor, Morir en mi ley transita entre diversos planos como la resistencia femenina, el machismo, el hampa, la vejez, el reclamo popular en toda su fragilidad contra un régimen que asciende sobre ellos, irremediablemente, y que se alimenta de sus singularidades sin que se puedan percibir los rasgos de su rostro. Por este motivo, las diez partes y el epílogo de esta historia, en los que se conjugan el flujo de conciencia de Lidia, la voz del narrador que trenza su historia y la de Paco, mientras el mundo sigue con su curso inevitable, se nos presentan recomendables. Incluso, es necesario mencionar que existe la posibilidad de que el lector pueda percibir los titubeos narrativos de Heredia, sus primeros pasos hacia una posible consolidación y la duda del creador que busca regular un tejido que procura transmitir más de un ritmo vital en su reclamo por su justo lugar en el mundo.

No cabe duda de que seguir a este nuevo novelista, desde ya, podría permitirnos entender la creación literaria en una clave de calidad y sin la dependencia de Lima como tótem espacial. Además, tenerlo en cuenta podría aproximarnos a los procesos de afianzamiento expresivo a los que nosotros mismos, lectores, nos debemos cuando nos permitimos entender nuestro lugar en el amplio círculo del arte verbal peruano. En esta ocasión, a través de un proyecto que se muestra nada despreciable, por su prometedora ambición y oficio estético, nos es grato afirmar que recorrer las líneas de Morir en mi ley nos permitirá aprender de Piura, el Perú y el vigor de la literatura peruana.

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Datos del libro reseñado:

Lenin Heredia Mimbela

Morir en mi ley

Sietevientos Editores, 2021, 237 pp.