Hijos de la peste: experiencias históricas e imágenes de las epidemias
Por Javier Garvich
A finales de 2019, nos llegaba de China la noticia de un nuevo virus. En el Perú, no se le dio mucha importancia hasta cuando se expandió hacia Europa con inusitada velocidad y, además, empezó a causar numerosas víctimas y alterar radicalmente la vida cotidiana de las sociedades. El 6 de marzo, el virus llegó al Perú de la mano de un viajero internacional; para fines de mes, ya contabilizábamos 30 fallecidos. En mayo, se superaban las 3000 víctimas mortales y en agosto se alcanzaron las 25 000. La cifra, lejos de amainar, continuó con un crecimiento escalofriante. Se inició entonces un capítulo inédito en la historia del Perú: confinamiento general, cierre de fronteras, suspensión de escuelas, negocios, reuniones sociales, irrupción exponencial del desempleo, implantación del miedo y la desesperanza. La COVID-19 ya estaba con nosotros.
Luego, una sucesión de paisajes pintorescos, insólitos, apocalípticos. Fueron los días del colapso casi total de los sistemas públicos de salud: bolsas de cadáveres apiladas en los rincones de hospitales, cientos de moribundos yaciendo en pasillos y zaguanes esperando poco más que un milagro mientras en los extramuros sus familiares pujaban por alguna información frente a burocracias abrumadas. Por las redes nos llegaban mensajes de médicos desesperados, quienes paradójicamente nos indicaban que los hospitales eran el peor lugar donde acudir entonces. Cuadrillas disfrazadas de astronautas bajaban ataúdes de los cerros de la Lima en extrema pobreza mientras, allá abajo, las clínicas privadas cobraban tarifas obscenas, sea por ocupar una cama UCI, sea por cobrarte un analgésico. No se sabía casi nada del virus: unos decían que era poco más que una gripe, para otros era Chernóbil. La paranoia encerraba a la gente que, bombardeada por noticieros sensacionalistas que cazaban a borrachos y fiesteros durante el toque de queda, salía a las calles como si se enfrentaran a un episodio de Guerra Mundial Z. Vírgenes haladas por helicópteros, recital de fantasiosos remedios caseros, mandos policiales lucrando con los implementos sanitarios de sus subordinados y un congresista afirmando que el virus era esparcido por avionetas. En ese clima irreal, el ensayista Marcel Velázquez se dedicó a escribir un libro sobre las pandemias en el Perú.

Hijos de la peste es una reflexión académica que ha intentado responder —desde la historia, la sociología y los estudios culturales en general— a los desgarramientos, las incompetencias y las insólitas conductas que el virus ha desnudado en la sociedad peruana. Como el libro establece un continuo diálogo entre el pasado y el presente, de ahí una recurrente conclusión: las respuestas sociales ante la pandemia de la COVID-19 (sean desesperadas, tardías, trágicas o hilarantes) tienen profundas raíces históricas, marcan patrones que parecen haberse heredado hace siglos. Para este diálogo no solamente ha sido necesaria la investigación histórica de nuestras plagas. Además, resultó casi imprescindible el Archivo COVID-19 de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, un polícromo repositorio letrado, audiovisual y digital de los más diversos testimonios y manifestaciones culturales construidas en plena pandemia. Este archivo ha sido el otro extremo del diálogo que mencionamos.
Velázquez nos plantea su trabajo empezando por una revisión de las epidemias de mayor trascendencia en nuestra historia: la viruela y otros virus traídos por los conquistadores españoles, lo cual fue uno de los factores más importantes —sino el más importante de todos— en el desmoronamiento de la sociedad y la cultura andina de entonces. En el periodo republicano, se revisa la fiebre amarilla de 1868, la peste bubónica en 1903 (Lima y Callao); y en 1907 (en la costa norte), el cólera de 1991 y el actual flagelo de la COVID-19.
Es en los casos republicanos donde percibimos una reiteración de conductas y tics que parecen trasladarse de epidemia en epidemia: la desconfianza y la resistencia popular frente a las exigencias higiénicas y médicas, una persistente recurrencia a ritos mágicos y sustancias milagrosas, inevitables conflictos entre intereses empresariales y el cumplimiento de las medidas científicas de prevención, o el despliegue de respuestas demagógicas por parte del poder.
Así, comprobamos que la resistencia a las vacunas y a las restricciones y normativas sanitarias de prevención viene de lejos, o que el carácter religioso de la sociedad peruana impregnada de ritos y fórmulas tiene profundas raíces, parece impermeable en los cambios técnicos y se manifiesta con plenitud precisamente en las crisis sanitarias: el vuelo en helicóptero de la virgen de Chapi sobre la segunda ciudad más importante del Perú o las reiteradas escenas de autoridades peruanas de todo tipo prosternándose ante crucifijos no son atavismos de una sociedad ignara, sino conductas consecuentes de formas culturales arraigadas históricamente y que, lejos de difuminarse ante las transformaciones sociales, se aggiornan y muestran un dinamismo que engarza con las necesidades y las expectativas de gran parte de los peruanos.
El libro centra este diálogo en cuatro esquinas: primero, la historia que nos remite a la experiencia que el Perú ha tenido en sus epidemias; segundo, el miedo que se convierte en la gran actitud social frente a estas enfermedades que, cuando resultan nuevas, generan respuestas insólitas, a veces terribles; tercero, la violencia, con niveles aparentemente irracionales y hasta gratuitos, que inevitablemente aparece cuando la epidemia acelera su expansión; cuarto, el humor, a veces como sustituto peruano de la rebeldía (Pablo Macera díxit) o como una forma popular de encarar y resistir a las plagas. Una suerte de caleidoscopio diseñado para entender mejor los comportamientos sociales que las epidemias han generado en el Perú.
Pese a la recurrencia de imágenes bizarras que atraviesan —y abundan— en el libro, el autor evita regodearse en ellas. Por ejemplo, el miedo no es una tara ni un ejemplo de ignorancia infantil, es una reacción lógica en una sociedad muy desigual, bastante discriminadora, tremendamente desinformada. Las escenas de violencia, incluso las más chocantes, tienen explicaciones bastante plausibles. El humor —que en el Perú es proverbialmente clasista, racista y hasta xenófobo— se colige siempre con el contexto social del momento. El enfrentamiento entre las exigencias de la autoridad médica y la resistencia de las clases populares no es tanto un conflicto de “modernos versus tradicionales”, sino la evidencia de una sociedad jerárquica que alimenta la discriminación que coexiste con la ignorancia, tiende más al autoritarismo que al (siquiera) reconocimiento del otro, mientras estigmatiza y racializa a las víctimas de la enfermedad. En el Perú, el enfermo termina siendo el miserable, el pobre, el indio, el afrodescendiente o el asiático.

Finalmente, cabe mencionar que buena parte del éxito de este libro se debe a un estilo que evita la solemnidad académica, que busca siempre retomar el hilo con la experiencia viva de los lectores (de las supersticiones del pasado a las teorías conspiranoicas actuales) y que aborda otros registros como el tono claramente autobiográfico al narrar la experiencia del cólera a principios de los años noventa o la evocación poética como la imagen fatalista de Vicente Maldonado, el carretero de la muerte, quien debe recoger los cadáveres de la peste mientras es recibido a pedradas desde las esquinas temerosas, lo que lo convierte en una trágica mezcla del mitológico Caronte y el bíblico jinete del Apocalipsis, que anuncia y propaga las desgracias.
Hijos de la peste contribuye a que conozcamos mejor una parte de nuestra historia, de nuestra sociedad y de nosotros mismos en cosas tan cotidianas como la enfermedad y la muerte. Ojalá aparezcan trabajos del mismo calibre que sigan interrogándonos desde otros aspectos igualmente cotidianos como el sexo, las adicciones, el deporte o la risa.
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Datos del libro reseñado:
Marcel Velázquez
Hijos de la peste
Taurus, 2020