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Reseña: Desubicados (2014) de Maria Sonia Cristoff

Cuando ser humano cansa

Por Sebastián Uribe

‘Tengo el ritmo de las máquinas’ cantaban Los Prisioneros[1] con un pulso siniestro e irónico. Una canción sobre jornadas cronometradas hasta el mínimo, responsabilidades fijadas. Una tranquilidad forzosa, disimulada bajo la creencia de que adaptándose uno logra la estabilidad interior. Es así que cualquier interrupción se vuelve un fastidio, algo que suprimir a la mayor celeridad posible. La protagonista y narradora de Desubicados comienza a padecer insomnio tras ver interrumpido sus sueños por la aparición de nuevos vecinos y sus sonidos sexuales cerca de las tres de la mañana (macho y hembra, los califica). Lo que al inicio valora como un acontecimiento positivo para su propio matrimonio, deviene en un incordio insuperable, especialmente, al no poder identificar con exactitud de dónde provienen los ruidos. Ante ello, la única salida que concibe es dormir en una banca de zoológico alejada de los seres humanos, lo cual calma su ánimo al transformarse voluntariamente en un bicho. Una situación tan banal y hostil provoca que dicha solución no se perciba tan descabellada.

Maria Sonia Cristoff

Los libros de Maria Sonia Cristoff (Trelew, 1965) interrumpen y frenan el vértigo de la rutina. Uno podría, de forma superficial, definir a sus personajes como desequilibrados y asociales –¿Lo son realmente? –. La exploración de esa pregunta es la que lanza a uno a develar capa por capa lo narrado en sus novelas. ¿Hay de verdad tanta distancia entre uno y esa protagonista que duerme en zoológicos y se siente más cercana a los animales que a los seres humanos? ¿Por qué no podríamos tomar la decisión de arrancar y optar por ese camino? En medio de esas interrogantes, un pasaje:

“¿Tendré miedo de comprobar que no es cierto que la inadecuación es una cuestión de orden geográfico? Porque saber lo sé: siempre es sencillo reconocer la falacia de los lugares comunes, lo que no es tan sencillo es comprobar cómo a pesar de eso, de ese saber, un día el lugar común hizo carne en nosotros, nos convirtió en sus súbditos. ¿Será el pánico a vivir en un lugar sin zoológico?” (p. 73)

A lo largo de la novela, la narradora viaja con la mirada atenta al comportamiento animal en cautiverio y recrea cómo el hombre va dejando su huella, negativa por lo general, en la existencia de estos seres con cuya vulnerabilidad se ve identificada y comprendida. Las imágenes de ciudad, el invento humano por excelencia, son de aturdimiento y zozobra, una cadena de extirpación de aquello que escapa de la norma humana, capaz de mellar toda voz y aplastar todo gesto de incomodidad.

 “De todas las cosas que los animales van perdiendo a medida que se integran a un zoológico, los sonidos propios son una ¿Será que ya no hay nada que avisar? ¿Qué ya no hay a quien avisarle?” (p. 34)

‘Resaca existencial’ se repite en varias páginas y vaya sustantivo. Resaca. Molestia, escozor, esa sensación molesta tras tanto ruido y celebración a la que se nos empuja en la contemporaneidad. ¿Celebración por la explotación disfrazada de ‘hiperproductividad’ como medida máxima de eficacia y éxito? ¿Por la disminución de horas de ocio? Cristoff, como en ‘Inclúyanme afuera’ y ‘Mal de época’, logra captar los sentimientos de desajuste interno e inadecuación en la mirada respecto al resto. Expone el momento en que el disfraz de heterogeneidad que se propugna como emblema moderno esconde un exotismo controlado, un zoológico de puertas abiertas en las que ser humano, cansa.

“Salgo a caminar entre las jaulas, a moverme un poco tal vez me ayude a pensar mejor. Solo que no puedo sacarme de encima este sueño, este sopor. Lo cubre todo, me absorbe, no me deja terminar de entender nada. ¿Será este el estado de aturdimiento del que hablan algunos filósofos contemporáneos cuando analizan la cuestión de lo animal y lo humano? ¿Cómo puede alguien tomar una decisión adecuada -y no solo eso: trascendental- en este estado?” (p. 67)

Y es que, ¿quién define lo humano hoy? ¿Desde dónde se hace? Son preguntas que inciden en los derechos sobre cuya ausencia se erigen las prisiones que nos encierran, asfixian; construidos cual espejos que nos motivan a la reflexión y –en última instancia– a atormentarnos. A removernos y desubicarnos.

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Datos del libro reseñado:

Maria Sonia Cristoff

Desubicados

Libros del Laurel, 2014. 140 pp.


[1] En ‘Otro Día’, track n° 12 de La cultura de la basura (1987)

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Reseña: Cometierra (2019) de Dolores Reyes

Visiones, horror y muertes

Por Omar Guerrero

Cometierra (Sigilo, 2019) de la escritora argentina Dolores Reyes (Buenos Aires, 1978) es una novela escrita en primera persona con el uso de un narrador femenino. Mejor dicho, de una narradora cuya voz pertenece al personaje central de esta historia: una muchacha argentina que vive en el cono urbano (periferias de la ciudad o márgenes de una provincia) y que se le conoce por la extraña peculiaridad de comer tierra, lo que le permite ver o vaticinar ciertos hechos truculentos llenos de violencia. Gran parte de lo que ella logra ver son feminicidios.

La historia comienza con la muerte de la madre y la ausencia del padre prófugo. Las razones de este hecho se revelan ante la protagonista, quien aún es una niña. Sucede en el momento exacto del entierro de la madre, justo cuando ella siente el impulso de comer la tierra del cementerio, muy cerca del lugar donde es colocado el féretro. Es ahí que el dolor y la verdad se manifiestan como una visión:

Cierro los ojos para apoyar las manos sobre la tierra que acaban de taparte, mamá, y se me hace de noche. Cierro los puños, atrapo y la llevo a la boca. La fuerza de la tierra que te devora es oscura y tiene el gusto del tronco de un árbol. Me gusta, me muestra, me hace ver.

[…]

La sacudieron. Veo los golpes aunque no los sienta. La furia de los puños hundiéndose como pozos de carne. Veo a papá, manos iguales a mis manos, brazos fuertes para el puño, que se enganchó a tu corazón y en tu carne como un anzuelo. Y algo, como un río, que empieza a irse. (p. 10).  

A partir de este descubrimiento, a esta muchacha se le conoce con el sobrenombre de «Cometierra», quien pasa a vivir su orfandad junto a su hermano mayor llamado Walter. Aunque al inicio, después de lo ocurrido en su familia, ambos hermanos se encuentran bajo el cuidado de la tía paterna, quien se caracteriza por ser violenta y vulgar, y cuya paciencia termina de agotarse ante el descubrimiento que logra hacer Cometierra con la desaparición de una maestra de su escuela, la seño Ana, a quien llega a ver en sus visiones. Se trata de otro feminicidio. Lo hace porque la policía ha dejado de buscarla. Ella come la tierra del colegio sin importar que su guardapolvo blanco se ensucie. Luego dibuja a la maestra tal como la ha visto, incluso brinda información de un lugar determinado:

Era la seño Ana, la cara así, como me la acordaba yo, pero no como cuando estaba en la escuela. Yo la había dibujado como la tierra me la mostró: desnuda, con las piernas abiertas y un poco dobladas para los costados, que hacían parecer su cuerpo más chico, como si fuera una ranita. Y las manos atrás, atadas contra uno de los postes del galpón donde unas letras pintadas decían «Corralón Panda». (p. 18).

Una vez que es encontrado el cuerpo de la maestra violentada, la tía paterna decide abandonar a sus sobrinos sin ninguna culpa. Desde ese momento, la protagonista y su hermano empiezan a vivir y a crecer solos. También empieza de manera irremediable su fama de visionaria que se extiende a otros barrios sólo por el hecho de ver o presenciar el horror cometido que aún se desconoce y que ella puede revelar comiendo tierra. Para cumplir este cometido, ella llega a cobrar por estas «consultas». En otras ocasiones, lo hace por piedad o como consuelo. Por supuesto que este horror del que ella se vuelve testigo corresponde a una serie de delitos y atrocidades como asesinatos, violaciones, raptos y accidentes. Se suma el hecho de que ella puede oír la voz de los muertos que le dejan pistas o que le exigen que revele la verdad por más dolorosa y espeluznante que sea.

Nunca había llorado con los ojos cerrados. Yo veía a la Florensia agusanada como un corazón enfermo, el pelo, una tela de araña vieja desprendiéndose del cráneo. (p. 49).

La novela está dividida en tres partes y en 53 capítulos donde no sólo se abordan los feminicidios. También se describe la forma de vida de unos chicos que crecen en la marginalidad y que se hacen adolescentes como si fuese una forma de sobrevivir. Ellos, en sus ratos libres juegan Play station, gustan de oír y bailar determinado tipo de música, comen cualquier comida, o lo que esté disponible, acuden a ciertos lugares nada seguros y su comportamiento (junto a sus decisiones) los pone siempre bajo riesgo, sobre todo por la violencia que circunda, no sólo por las víctimas y sus victimarios (estos últimos resultan ser unos más despiadados que otros), sino también por las amenazas, intento de venganzas, peleas y balas.

Otro tema que se desarrolla en la novela es el policial, de mucha tradición en la literatura argentina. Se presenta como una forma de intentar contrarrestar la violencia que se desborda y que se vuelve cotidiana. O también para retratarla: la descripción de las víctimas y sus cuerpos son parte de cualquier investigación. Ahí aparece un policía llamado Ezequiel, quien recurre a Cometierra para descubrir el paradero de un familiar desaparecido. Resulta curioso que este interés se deba a partir de lo ocurrido con un pariente, pues en los anteriores casos se evidencia la desidia de los miembros del orden para encontrar a los desaparecidos o resolver estos casos que son verdaderos crímenes, muchos de ellos impunes. Esta mala actitud de la autoridad no es más que una crítica severa de lo que ocurre en la realidad:

-Pensé que siendo policía iba a ser fácil -dijo- pero pasaron muchas cosas. Le alcancé otro mate. Me pareció que ya había dicho demasiado. No quería escucharlo más, pero el flaco agregó:

            -Terminé dándome cuenta de que en esta estaba solo.

[…]

Me imaginé a los otros policías diciéndole: «Ya va a volver, seguro que se fue con el novio», y me dio bronca de él y de todos.

-Esto sale plata -le dije, sin pestañear.

Si a la policía le pagaban por buscar y no hacer nada, ¿por qué no iban a pagarme a mí? (p. 60). 

El tiempo de la novela se da en un intervalo de diez años, desde que Cometierra es una niña hasta que se hace adolescente. Mejor dicho, una mujer joven que ha sabido convivir con el horror. En esta etapa se dan otros descubrimientos como el sexo. Esto sucede como ingrediente ineludible en el policial, sobre todo en el noir, pues los encuentros íntimos de la protagonista, que son bastante detallados, se dan con este policía con el que va intentado resolver cada caso. En ellos surge un romance propio de dos héroes que más tienen de antihéroes:

[…] Tiró de mí. Sacó su pija por encima del bóxer y me la acercó a la boca. Me dejé llevar a un beso tan suave como si lo que besaba fuese una lengua. Le bajé el bóxer del todo. La piel que tocaba me gustaba. Podía apretarla con los labios mientras la pija jugaba en mi boca y se iba hundiendo. Ezequiel me miró chupar y yo también lo miré a él. Me agarró la cabeza con las dos manos. Mantuvo un rato la presión, hasta que de un movimiento sacó su pija de mi boca y sus manos buscaron mi cadera. Me llevó hacia él. (p. 103).

Esta experiencia también se da en su hermano Walter, aunque no de manera detallada, quien llega a relacionarse con una muchacha que se hace llamar «Miseria», cuyo carácter y visión de la vida resulta bastante singular. Ella será otro referente en la vida de Cometierra. Al mismo tiempo, seguirán manifestándose otros hechos como el machismo, el racismo, el miedo y una violencia que no cesa, al punto de que ya parece imposible soportarla, o, por lo menos, mantenerla cerca. De ahí que se tome una resolución, no sin antes volver a encontrarse con parte de ese pasado con el que empezó eso mismo de lo que Cometierra ha sido testigo. 

Dolores Reyes – Foto: Malena Q

Por último, es necesario hacer mención del uso del lenguaje, intercalado entre el habla cotidiana y juvenil de estas zonas urbanas marginales junto al lirismo que surge de pronto para describir el horror y la muerte. También resulta imposible no relacionar los hechos sobrenaturales o fantásticos de la novela con la obra de dos grandes referentes en la literatura latinoamericana como Gabriel García Márquez y Juan Rulfo. Me refiero al acto de comer tierra y escuchar a los muertos. Sucede con el personaje de Rebeca, la huérfana de Cien años de soledad que tiene la facultad de comer tierra y cal; y también con los personajes que oyen las voces de los muertos en Pedro Páramo. Por todas estas razones se determina que Cometierra es una novela que tiene gran influencia del realismo mágico, además del policial, ambas circunscritas en una cruda realidad de muchos países de este continente.

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Datos del libro reseñado:

Dolores Reyes (Buenos Aires, 1978)

Cometierra

Sigilo, 2019

Puntaje 5/5

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Reseña: Incendiar la ciudad (2002) de Julio Durán

INCENDIAR LA CIUDAD, VEINTE AÑOS DESPUÉS▶

Por Cristhian Briceño

El narrador es un adolescente que va idealizando una revolución siempre diferida; sus emociones, como es natural, no están calibradas, exceden su capacidad de reflexión: está siempre dispuesto a hacer lo imposible con nula materia intelectual. Parece nadar contra la corriente de manera voluntaria; quizá de aquí parte su sempiterno sentimiento de culpa cuando se compara con los miembros menos favorecidos del grupo al que intenta pertenecer. En las primeras páginas de la novela se nos da a entender una búsqueda de su identidad dentro de la sociedad limeña de principios de los noventa, época —tildada hasta la náusea— de cambios, decisiva. No hay duda de su fascinación por huir de lo prestablecido: va cultivando una suerte de fobia al establishment, pero que conforme avanza nuestra lectura podemos justificar por su acercamiento a ciertos personajes que avivan estas inquietudes y fortalecen sus intuiciones. Su formación cultural se basa en literatura antiacadémica, en la música y la ideología que consume de bandas de rock subterráneo, en discursos clandestinos avivados por el alcohol y las drogas, aunque en cierto momento iniciático menciona haber leído a Henry Miller y, en otro, es inducido a lecturas de índole más bien comunista, en un pequeño arco donde tiene un acercamiento a cierta facción terrorista que se resuelve de manera precipitada. Tiene trazado un itinerario casi de rutina: la avenida Tacna, Colmena, Wilson, la plaza Francia, Camaná, la avenida Arequipa, el paseo Colón… Esta constancia topográfica no es sino un grito destemplado que nos pide que confiemos en su narración, como si quisiera decirnos en todo momento: «yo estuve ahí». La ciudad que ve es aquella restringida a un supuesto criterio revolucionario. Su identidad nunca se nos hace explícita, y accedemos a él, como otros tantos personajes de la novela, a partir de un alias, con la diferencia que en su mancha subte se le conoce como el Chibolo (es decir, se le atribuyen cualidades de aprendiz, de iniciado), mientras que con sus amigos «normales» es el Loco (debido a su desplazamiento hacia ese otro margen no visitado por los ciudadanos, digamos, respetables, insertados en ese marco llamado, orwellianamente, Sistema). Cuando le llega el momento de enamorarse se muestra torpe, entregado a lo no correspondido, aunque hacia el final de la novela devela una madurez emocional que quizá exceda su edad cronológica y, también, cómo no, a sus aspiraciones de rebelde. Pero el narrador no es la pieza clave de la novela, sino el Chusko, una suerte de guía o modelo que va amplificando sus talentos a lo largo del relato; primero se nos presenta como uno de los líderes de un colectivo que tiene como centro de operaciones un lugar llamado El Hueco, luego se nos dice que es el bajista de un grupo de rock, que sabe escribir canciones, que es una gurú ocasional y, finalmente, se le otorgan cualidades literarias, de tal forma que el narrador, ya entregado a ese vínculo basado en el respeto y la admiración, es merecedor de ser el albacea de las cuartillas donde el Chusko ha pergeñado varios cuentos, su aparente legado. Pero lo más interesante, según veo, es que el interés amoroso del narrador, Irene, nos revela, hacia el final, que amaba al Chusko, con lo cual su influencia es total, devastadora, no ha dejado piedra sobre piedra en el mundo interior de quien nos narra la historia. Para esto, el Chusko ya ha muerto atropellado por un bus en una desbocada huida luego de que los integrantes de un grupo subversivo intentaran acabar con su vida, pero el narrador nada dice sobre este particular ante Irene, etc.

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Reseña: Pulsaciones (2022)

En que doy cuenta y repaso de la colección Pulsaciones, aparecida el año pasado, 2022 ▶

Por Cristhian Briceño

En los últimos 25 años podemos encontrar algunos antecedentes a este conjunto, en particular por el carácter heterogéneo de la muestra. Quizá el más obvio vendría a ser la colección Piedra/Sangre aparecida en el año 2009, la cual, aunque el extenso estudio realizado por J. C. Yrigoyen intenta unificar, adolece de una cohesión temática o estética (el elemento unificador quizá sea la tapa dura con la cual están encuadernados los folios, la tipografía, el arte de las portadas, etc.); por el contrario, los libros que la componen exploran sus posibilidades con resultados disímiles. Otro ejemplo es la publicación de Tetramerón. Cuatro poetas del último día, que nos aproximaba a la obra incipiente de los entonces jóvenes integrantes del taller de poesía de la Universidad de Lima. También tenemos la plaquette homónima del colectivo Inmanencia, un breve volumen encargado de dar a conocer el trabajo de un puñado de nuevas voces poéticas de la Universidad Católica de finales de los noventa. Existen más ejemplos, pero quedémonos con estos por ahora.

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Reseña: Montevideo (2022) de Enrique Vila-Matas

Literatura, ciudades, hoteles, habitaciones y puertas contiguas

Por Omar Guerrero

Montevideo (Seix Barral, 2022) del escritor español Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es una novela (o tratado) donde la literatura, los escritores y el acto mismo de escribir (precisamente literatura, como ya es costumbre, y también predilección como sucede en la mayoría de sus libros) se presentan como los principales hechos o puntos de atención en esta trama que es bastante singular. Aunque, cabe añadir, y también advertir, que el estilo narrativo es otro elemento que no pasará desapercibido para el lector.

La historia se reduce a la visita a la habitación 205 del emblemático hotel Cervantes ubicado en la ciudad de Montevideo, Uruguay, donde transcurre un cuento de Julio Cortázar titulado «La puerta condenada» incluida en el libro El final del juego (1956). Cabe aclarar que este hotel en la actualidad ya no se llama así, pero que en esta misma habitación estuvo hospedado el mismo Cortázar entre noviembre y diciembre de 1954 convocado a unas reuniones de la Unesco, por lo que la idea de la metaficción, e incluso de la autoficción, se vuelven una recurrente a lo largo del libro, más aún para el protagonista que no deja de ser tan Vila-Matas, y a la vez, tan Sterne (Shandy), tan Melville (Bartleby), tan Cortázar (La puerta condenada), y tan, pero tan literario. Y esta es su mayor ventaja.

La novela está dividida en seis capítulos, cada una correspondiente a distintas ciudades: París, Cascais, Montevideo, Reikiavik (bastante breve), Bogotá y (otra vez) París. En el primer capítulo, un migrante español nacido en Barcelona llega a la Ciudad Luz con inclinaciones literarias; para ser más exacto, con deseos de desarrollar una escritura, pero allá, en París, se relaciona con el lado oscuro y sórdido de la ciudad, que aún así, muestra cierto encanto o atractivo, poque, a fin de cuentas, es París. Lo curioso es que en medio de estas vivencias surge la posibilidad de dejar de escribir a pesar de no haber escrito aún nada:

En París, en todo caso, no fui tan idiota de dejarme embaucar por el vacío absoluto, que era algo que ya había reventado en Barcelona la primera juventud, y me limité a permitir que me absorbiera un sinsentido controlado, rayando en lo fingido, dedicándome casi exclusivamente a recorrer a fondo, de arriba abajo, el París más canalla, el París brutal, el genial París que describe Luc Sante en The Other Paris (unos barrios repletos de flâneurs apaches, estrellas de chanson, clochards, valientes revolucionarias y artistas callejeros), el París de los marginados, el París de los exiliados antifranquistas con su bien organizada red de venta de drogas, el París de los destrozados, el París del gran vértigo social. (p. 10)

[…]

Mi mundo en París se redujo a un modesto espacio en el que reinaban traficantes de poca monta y a algunas fiestas de vez en cuando con decaídos exiliados españoles, fiestas baratas, pero con bastante vino tinto, y de las que únicamente recuerdo que adquirí la costumbre de despedirme diciéndoles a los pseudoamigos o conocidos, a todos, sin excepción:

               ¿Ya sabéis que he dejado de escribir?

               Y casi siempre alguien saltaba enseguida para corregirme:

               ¡Pero si tú no escribes! (p. 11)

Y esta «extraña» decisión de dejar la escritura se presenta como una contradicción porque en París todos quieren escribir. Para eso se cita una aseveración textual del mismo Ciorán: «Los franceses ya no quieren trabajar, todos quieren escribir» (p 13). Y ante estas variantes sobre la escritura, toma la palabra el personaje, que es muy deductivo, sólo para enumerar cinco tendencias (o formas de escritura o de escritores) en torno a esta labor:

  1. Quienes no tienen nada que contar.
  2. Quienes deliberadamente no narran nada.
  3. Quienes no lo cuentan todo.
  4. Quienes esperan que Dios algún día lo cuente todo, incluido por qué es tan imperfecto.
  5. Quienes se han rendido al poder de la tecnología que parece estar transcribiéndolo y registrándolo todo y, por tanto, convirtiendo en prescindible el oficio de escritor.  (p. 16)

Cada una de estas tendencias es el registro de lo que se verá en las siguientes páginas, donde lo literario, y más aún, la escritura, con la presencia de otros elementos, como escritores y/o personalidades (sobre todo culturales), junto a otros hechos, entre ellos muchos viajes, encuentros y desencuentros, quienes se presentan como los componentes que va contando una historia que gira sobre la literatura y más aún sobre el estilo que se desarrolla en ella (o que se busca desarrollar). Un ejemplo de ello es Antonio Tabucchi, a quien el personaje de este libro-novela-tratado-ensayo presenta como un artífice de lo innovador, sobre todo con un libro como Dama de Porto Pim:

«maravilloso libro fronterizo publicado en Palermo y traducido en Barcelona en febrero de 1984, libro tan dispar como unitario que reunía en muy pocas páginas cuentos breves, fragmentos de memorias, diarios, de traslados metafísicos, notas personales, una breve biografía de Antero de Quental, astillas de una historia cazada casualmente en la cubierta de un barco, recuerdos inventados, mapas, bibliografía, abstrusos textos legales, canciones de amor: toda una serie de elementos, algunos a primera vistas enemistados entre sí y sobre todo enemistados con la literatura, pero transformados por una firme voluntad literaria en ficción pura». (p. 25)

Con la cita sobre Tabucchi hay otro indicio revelador (y anticipatorio) de lo que está por venir en las siguientes páginas, pues los fragmentos que conforman cada capítulo contienen una serie de deducciones sobre sobre eso mismo que le concierne al personaje del libro y que invita al lector a convertirse en cómplice bajo el efecto de tanta fascinación y apego y que no es más que la literatura. De esta manera empiezan a desfilar y a mencionarse nombres como Melville, Kafka, Voltaire, Hemingway, Monterroso, Bárbara Jacobs, Robert Walser, James Joyce, Laurence Sterne, Roberto Bolaño, Julio Cortázar, Lezama Lima, Mallarmé, Clarice Lispector, Julian Gracq, Ida Vitale, Felisberto Hernández, Borges, Macedonio Fernández, Madeleine Moore (calificada como un artista que metaboliza referencias literarias y cinematográficas, arquitectónicas y musicales, científicas y pop. Y que crea como nadie «habitaciones», «interiores», «jardines» y «planetas») (p. 67), John Banville, Rodrigo Fresán (cita de referencia de estos dos últimos: Conecta también Fresán con un estilista genial, John Banville. Ambos son escritores más comprometidos con el lenguaje y sus ritmos que con la trama, los personajes o el ritmo de la historia) (p. 77), etc, etc.  Y es que conglomerar a toda una serie de nombres, citas, referencias, experiencias, vivencias y demás cosas en torno a la escritura es precisamente eso que se define como escribir. Aquí un ejemplo de esta misma definición demostrada a lo largo de estas páginas:

Escribir es, como decía el doctor Johnson, expresarse por medio de letras, es grabar, es imprimir, es ejecutar la escritura, es actuar como autor, es hablar en los libros, es reírse de las moscas de origen belga, es expulsar a la Tierra fuera del Sistema Solar, es extraer algo de la nada, es hablar sin que nadie te interrumpa… (p. 73)

Otro elemento que se presenta en el libro es el cine. En el capítulo dos, titulado «Cascais», se cuenta sobre un festival y el acercamiento a ciertas personalidades como David Cronenberg, las lecturas del emblemático Cahiers du cinéma y la presencia de viejos actores que han quedado en el imaginario fílmico (antes de finalizar el capítulo previo también se hace mención sobre una película y personaje de Michelangelo Antonioni).

En el tercer capítulo titulado «Montevideo» se aborda de manera directa la visita a la habitación 205 del hotel Cervantes en Uruguay. Ahí se hace una intertextualidad con la historia del cuento de Cortázar, que se parece mucho, por coincidencia, a otro cuento de Bioy Casares: «Un viaje o El mago inmortal», donde lo fantástico se vuelve un elemento predominante (mención aparte de llantos de niños, llaves, maletas y arañas). Por supuesto que al abordar la ciudad de Montevideo se toma en cuenta otros referentes de la ciudad como la parte vieja, la librería de Mario Levrero, los versos de Idea Vilariño o los cuentos de Juan Carlos Onetti.

En el capítulo titulado «Bogotá» es imposible no dejar de mencionar la visita que hace el personaje a la Biblioteca Nacional de esta ciudad, fundada en 1777, donde muchos años después, según la información recabada por guías e informadores, aparecería un joven Gabriel García Márquez (Gabo para los amigos) sólo para refugiarse ahí y estudiar en silencio. En este mismo capítulo, lo fantástico se hace presente con menciones a puertas invisibles o pasadizos conectores con otros espacios y tiempos, sobre todo si se encuentran dentro de algún hotel.

En el último capítulo titulado «París» se vuelve reiterativa la frase de «levantarse para volver a ser», y que se presenta como una continuación a este viaje o periplo que no se agota, pues la literatura supera cualquier vicisitud de la realidad, de la vida misma, e incluso, de los propios misterios del universo, ya sea a través de la ficción. Sólo de esta manera se determina que este viaje continúa, de una u otra manera, y ahí radica su mayor fascinación. La lectura de este libro es una invitación a ello, lo que resulta ya imposible de rechazar. 

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Datos del libro reseñado:

Enrique Vila-Matas

Montevideo

Seix Barral, 2022

Puntaje: 4.5/5

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Coyuntura Nota de prensa Presentación de libro

El Hablador N° 24

  • En su edición N° 24, sale a la luz un homenaje al Bicentenario del Perú
  • Lo acompañan artículos académicos, reseñas, cuentos, poesía y fragmento de novela

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La revista de literatura El Hablador sale con una nueva edición, que refresca en amplitud el debate sobre el panorama literario en el país. Sale a tiempo, además, para aunarse a las celebraciones del Bicentenario y todo lo que motivó la reflexión cultural y literaria en torno a la COVID-19. En ese sentido, El Hablador aborda tópicos como la Independencia, el valor de uso de la enfermedad a lo largo de nuestra historia republicana, las generaciones literarias de 1950 en adelante, la violencia política y la reflexión académica contemporánea en general.

En ese sentido, destacan los artículos de Henrique Júdice Magalhães en relación con «La literatura peruana entre la historia oficial y el contrarrelato» y otro de Ulises Juan Zevallos Aguilar titulado «Oswaldo Reynoso, teoría de los afectos y guerra interna». Le siguen un texto de Omar Guerrero, «Lujuria y muerte de Bernardo de Monteagudo. Dos hechos en la tradición “María Abascal” de Ricardo Palma», otro de Basilio Ventura, «El realismo popular de Antonio Gálvez Ronceros» y finalmente otro de Grober Jara, «Muerte de la infancia y mudez de la locura. Análisis de Los niños muertos de Richard Parra».  Lo complementan un apunte de Louis-Ferdinand Bats en francés: «La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes: quel roman historique?», así como dos textos de crítica cultural: «Ecología, neofeminismo… ¿son las nuevas ideologías del presente?» de Mari Paz Rodríguez Diéguez y «El futuro de la vivienda: ¿cuáles son los desafíos del estándar Passivhaus?» de Mauricio Ugarte Izquierdo.

Entre nuestros entrevistados, comparten la marquesina dos invitados de lujo: el académico sanmarquino Marcel Velázquez Castro, autor de Hijos de la peste, libro aparecido en pleno auge de la pandemia (2020) y que ocasionó un revuelo en el medio por lo apropiado de su aparición; y el escritor argentino Sergio Chejfec, en una conversación con Erick Abanto ocurrida antes de su deceso, en abril de 2022. 

En esta ocasión, las reseñas se realizan sobre diversos libros, entre ellos, textos académicos, poemarios y novelas: La república agrietada, de Carmen McEvoy, por Rómulo Torre Toro; Miguel Gutiérrez (1940-2016). Libro de homenaje, editado por Aníbal Meza, por Basilio Ventura; Identidades del español andino. Estudio sociológico en Huancayo de Eunice Cortez, por Álex Hurtado. Su seguro servidor, de Christian Briceño, por Manuel Navazar; El sonido de las olas (tres novelas cortas), de Margarita García Robayo, por Eliana del Campo; Un verdor terrible, del chileno Benjamín Labatut, por Omar Guerrero; Fiesta, de Denise Vega Farfán, por Lisandro Solís; y No hay más ciudad, de Francisco Izquierdo Quea, por Sebastián Uribe.

Finalizan el número relatos de Lenin Lozano Guzmán y del propio Francisco Izquierdo Quea; poesía de Ana Carolina Quiñónez Salpietro, Pablo Salazar Calderón y Marco Gonzales; y un adelanto de la última novela de Carlos Germán Amézaga.

En las próximas semanas, compartiremos la convocatoria de las colaboraciones para el siguiente número de El Hablador (N° 25), el cual se publicará en el último trimestre del 2023.