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Reseña: El nervio óptico (2014) de María Gainza

Un museo de la mirada

Por Eliana Del Campo

Cuando Joan Didion evoca lo que la llevó a escribir, recuerda sus ensoñaciones universitarias y cómo estas flotaban de forma inevitable hacia las imágenes. Desde un árbol de pera en flor, hasta un acelerador de partículas en el campus de Berkeley, Didion reconoce, en la nitidez de estos objetos, un instinto primigenio de plasmar en palabras la belleza física del mundo y su «reverberación», de descubrir la razón por la que algunos fotogramas se mostraban de forma más incandescente que otros. Se pregunta: «¿Qué está sucediendo en esas imágenes que tengo en la mente?».1 

Esto es lo que parece pensar la protagonista de El nervio óptico, una curadora de arte, cada vez que ve enfrentados el recuerdo de un lienzo y un recuerdo suyo. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué ha sucedido? Una clave de lectura nos es ofrecida cuando, a las pocas páginas, escuchamos: «Y no sé qué hacer con esa muerte tan tonta, tan gratuita, tan hipnótica, y tampoco sé por qué lo estoy contando ahora, pero supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa» (p. 20). Para María Gainza, en este libro, esa «otra cosa» viene incrustada de imágenes, un lenguaje tan fresco como estético, y una reflexión sobre el lugar de la escritura luego de la pérdida de la inocencia del narrar.

El origen de la escritura a menudo se sitúa entre un destello de luz y lo que esta ilumina, sea un objeto, una persona o un recuerdo. Se llega a la raíz del recuerdo a través de la narración, esa disposición de hechos que nos permite ubicar los elementos en un marco temporal. Todas las historias crean imágenes que se van adhiriendo a nuestros imaginarios con la misma naturalidad que nuestra propia mirada. Sin embargo, «la mirada» como sentido unívoco ha sido cuestionada a lo largo de los años, tanto desde las ciencias como desde el arte, y la literatura no ha sido la excepción. Cada vez es menos común que se hable de la mirada «…como mecanismo de precisión, como una especie de ojo técnico que todo lo controla, al que nada se le escapa, hasta el más nimio detalle».2 ¿Qué tanto mi visión del mundo está mediada por mi «yo»? ¿Podemos ver las cosas conforme son? Si la mirada fue «el sentido dominante de la era moderna», su lugar se desmoronó a medida que la modernidad llegó a su fin.

Las vanguardias, sin duda, conformaron la banda sonora de esta destitución. En este escenario, Gainza entra con pasos quietos pero firmes y truena la batuta como un mondadientes. Escribe no solo un libro sobre la mirada, sino «el» libro sobre la mirada. En El nervio óptico, a través de su protagonista, Gainza admite la derrota de la mirada como sentido primordial de captación y representación del mundo que habitamos. El punto de vista ya no funciona como una cámara flotante. Exhibe cómo aquella mirada elige de forma arbitraria y sumamente subjetiva. La mirada descarta y visibiliza sus exclusiones en las imágenes evocadas a través del deseo. La imagen, en cambio, es simultánea; es la mirada la que genera el discurso.

«Las cenizas caen con pereza, restándole nitidez a la realidad» (p. 24) describe la narradora en un momento. Como lectores, son detalles así los que nos sumergen en el paraje invernal de Buenos Aires a través de la voz de una crítica de arte de mediana edad («Soy una mujer parada en el ecuador de su vida…», p. 132). La voz que nos habla es –por decir lo menos– pulida, por momentos, hipereducada. La voz nos lleva a través de saltos temporales entre la vida propia y las biografías de gigantes de la historia del arte como El Greco, Rothko, Toulouse-Lautrec, Courbet y otros nombres no tan vistosos. Pese a eso, todo lo que cuenta dista de sonar enciclopédico. ¿Qué fibras humanas toca esa voz, cuyo esnobismo no es tan fácil de rechazar a priori?

Quizás la empatía surge en el momento en el que la voz camufla sus marcas de clase con el mismo pudor que una malformación hereditaria. En los momentos en que la primera persona cambia a una segunda, lo hace en el tono de reclamo de quien se observa en soledad frente al espejo para decirse algo que nunca llegará de nadie más:

Pertenecés a una clase que durante generaciones ha dado por sentado que todas las noches tendría un plato de comida caliente sobre la mesa. Hay mucho de bendición en eso, y algo de maldición también: la falta de hambre te vuelve haragana. (p. 41)

O, con respecto a su matrimonio: «Diez años después, él sigue siendo la persona más maravillosa que conocés, pero vos sos una inmadura que cree que sin intensidad la cosa no sirve. Incluso en el corazón del amor, no pensás más que en vos misma» (p. 113). La curiosidad despierta en nosotros como lectores cuando intentamos ubicar en qué mirada escudriñó a esta persona en la infancia para que, en su madurez, se contemple sin conmiseración. O para que se sienta más como en casa en un museo, al pie de un lienzo, que en la casa propia.

Y es que El nervio óptico es, también, desde cierta perspectiva, una novela familiar. La protagonista es el punto focal alrededor del cual las sombras familiares realizan su danza macabra. Casi un siglo antes, Freud define a la novela familiar como aquella historia que nos contamos sobre la realidad social y psicológica de la familia en la que nacemos.3 Gainza, a través de su narradora, revive la noción a través de los pasadizos fantasmales de la mansión de la infancia:

Nada más subterráneamente opresivo que una leyenda familiar. Es la piedra basal sobre la que se levanta una familia, lo que le da a la relación entre padres e hijos esa sensación de clan cerrado a expensas de ignorarlo casi todo los unos de los otros. (p. 148)

Una vez más, la mirada es expuesta como fatua. En este caso, la mirada familiar que, en la contemplación de sus tesoros, perdió de perspectiva del futuro y se relame las cenizas del pasado glorioso. La narradora, versada en arte, nombra a su estética familiar y, de paso, a su estilo narrativo: «la poética de la ruina» (p. 43). La escritura de Gainza se convierte así en una esquela de melancolía, una arqueología de linajes perdidos.

Porque ahí donde los jardines esconden mármoles cercenados para darle una apariencia de ciudad perdida, los nombres propios encierran su razón de estar en esas páginas, tan grandilocuentemente citados. En Gainza, las historias de los pintores son las excusas para narrar las historias que realmente nos interesan: la humanidad que nos hermana. «Nos contamos historias para poder vivir», también escribía Didion en uno de sus ensayos más famosos.4 Hacemos esas extrapolaciones con gente célebre e historias aparentemente únicas para encontrarle un hilo conductor a la vida propia. Que se presenta de la nada, con sus matices y tragedias. Como si la genialidad fuese el antídoto, la excusa para las compulsiones. Como si hilvanar ayudara a ponerle orden al caos, cuando, en realidad, lo humano no distingue de lo genio. Ninguna anécdota artística en El nervio óptico es inocente, pues todas guardan la preciosidad del instante en el que el alma humana mira directo al abismo de la incertidumbre. Bien acierta Gainza en citar a Cyril Connolly cuando la narradora menciona: «A quien los dioses desean destruir al inicio llaman promesa» (p. 150). La autora reconoce lo autobiográfico en una crítica de arte (o, por qué no, en una crítica literaria) y lo expone en forma de otra obra de arte.

Foto: Rosana Schoijett

Es difícil descifrar lo que un solo cuadro puede encerrar para distintas personas. Aún más difícil es imaginar cuáles son las historias que generan esas reacciones. En un museo de arte, ¿cómo interpretamos aquellos gestos que surgen casi como por acto reflejo? El suspiro ahogado del caminante distraído que se detiene en seco, la mano que cubre la boca del turista ansioso. La pareja que camina entrelazada y de pronto se suelta en tácito acuerdo. ¿Qué vieron? ¿Qué es aquello que el arte genera en uno que es tan difícil de traducir en palabras no sin valerse primero de algunas historias? Para Siri Hustvedt, el arte se adentra en la experiencia.5 Para Gainza, uno narra algo siempre para contar otra cosa. Atrás ha quedado la noción ilustrada que descarta la subjetividad propia como parte del conocimiento, a la mirada como una cámara flotante carente de cuerpo. Gainza narra desde esta crisis, haciendo la genealogía de quien reconoce la humanidad de tanto genios como gentiles. Recorre, con su narración rebosante en símiles, la galería personal de una mujer que maldice su educación al mismo tiempo que le agradece la belleza. Que, en ese instante de tragedia, como solo el verdadero arte puede, cobra vida.

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Datos del libro reseñado:

María Gainza

El nervio óptico

Laurel Editores, 2016, cuarta reimpresión, 2021

159 pp.

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Referencias bibliográficas

1 Didion, J. (2021). Por qué escribo. En Lo que quiero decir (pp. 53-61). Literatura Random House.

2 Tabarosvky, D. (2018). Literatura de izquierda (p. 57). Ediciones Godot.

3 Hirsch, M. (1989). The Mother/Daughter plot. Narrative, psychoanalysis, feminism (p. 9). Indiana University Press.

4 Didion, J. (2012). El álbum blanco. En Los que sueñan el sueño dorado (pp. 131-164). Literatura Mondadori.

5 Hustvedt, S. (2022). Algo vivo. En Madres, padres y demás. Apuntes sobre mi familia real y literaria (pp. 267-271). Seix Barral.

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Junto al Sena

Notas en un pasaporte, relatos de Félix Terrones

Por Carlos Germán Amézaga

La feria del libro de Lima, en su versión de 2022, nos ha traído muchas sorpresas. Más allá del reencuentro con antiguas amistades, casi todos hombres y mujeres de letras o vinculados a la escritura o la edición, hemos asistido a la presentación de libros muy variados. Uno de ellos nos ha llamado la atención, precisamente porque su autor es un viejo amigo, conocido en París, y porque su presentación se ha hecho de manera virtual, a la una de la mañana hora local de Francia, aunque a las 6 de la tarde hora local limeña. Se trata del conjunto de relatos Notas en un pasaporte, de Félix Terrones, quien vive actualmente en la ciudad de Tours y es profesor asociado de la Universidad de Berna, en Suiza.  

Foto: Ulises Gutiérrez Llantoy

Conocí a Félix hace unos cuantos años cuando aún era profesor en una universidad de París. Recuerdo que almorzamos juntos una o dos veces y descubrimos que compartíamos muchas inquietudes literarias como, por ejemplo, nuestro gusto por la micro ficción, pues ambos habíamos publicado obras en ese género. Posteriormente, nos seguimos viendo en presentaciones de libros y actividades literarias e, incluso, Félix fue uno de los presentadores de mi libro de relatos Itinerario en la Casa de América Latina en París. El periodo de la pandemia, como a todos, nos distanció un poco, pero, aun así, Félix organizó en noviembre de 2021 el Tercer Encuentro de Escritores Peruanos en París, en el marco de la Quincena Cultural organizada por la Embajada del Perú en Francia. Precisamente, el título de ese encuentro era «Las literaturas, los exilios, las migraciones».

No cabe duda de que estos temas son realmente muy cercanos al sentimiento interior de Félix. El libro que comentamos va dirigido precisamente hacia la condición del exilio y la migración de los diversos personajes que van construyendo los relatos que forman parte del volumen, y, en conjunto, expresan el sentimiento de desarraigo y, en ciertos casos, la marginación que sufre el extranjero en tierras ajenas; los recuerdos y las añoranzas del país que se dejó atrás serán en ciertos casos un aliciente para los que insisten en volver, pero los sueños sobre aquello que alguna vez fue en el pasado, difícilmente, podrán ser verificados en la realidad del presente.

Por ejemplo, en «Valientes muchachos», un grupo de jóvenes compiten en un certamen literario para ganarse un viaje a París; el ganador, Antonio Carneiro, es despedido con todos los honores antes de su partida. El narrador, quien recibió la mención honrosa, decide no participar en la publicación junto con el cuento de Carneiro. Luego se sabe que precisamente el ganador lo detesta pues este le había quitado a la mujer de sus sueños. Después de la partida de Antonio el grupo se desintegra y solo se reúnen muy de vez en cuando para rememorar historias de sus tiempos universitarios. Años después Carneiro regresa y todos van a recibirlo, pero encuentran a un hombre totalmente distinto, gordo y desgarbado, pidiendo que le inviten cerveza y cigarrillos, claramente un perdedor, no el hombre exitoso que pensaban todos cuando viajó a París, fruto quizás del desarraigo.

Presentación en la FIL Lima 2022 – Foto: Carlos Germán Amézaga

En «Todos vuelven», una mujer regresa al Perú después de 30 años luego de que su padre, quien nunca la visitó ni respondió sus mensajes, ha fallecido. La recibe Leandro, su medio hermano, con quien no ha tenido mayor acercamiento. Estando en Lima recuerda los últimos momentos que pasó con su padre, poco después que su madre viajara para siempre a Francia. Entre esos recuerdos está el momento en que su padre la llevó a conocer la casa de sus abuelos en los cerros cercanos a la capital; luego ella también viajaría para encontrarse con su madre. Leandro le cuenta que ha tenido que vender la casa de los abuelos para pagar las deudas de su padre y le pide una foto que se tomaron juntos con él hace treinta años en una cabina y ella se la da.  Al regresar a su hotel la mujer se da cuenta que, al haber perdido a su padre, sin tener la casa de los abuelos y ya ni siquiera contar con la foto, no tiene ningún sentido permanecer en el país, ya no hay nada que lo una a él, puede regresar de nuevo a Francia, sin remordimientos, siguiendo el ejemplo de Flora Tristán, cuya vida estuvo leyendo en el avión.

Luego, en «Castillos de humo ascienden en el aire», sucede algo que suele ocurrir en nuestros viajes: se pierde o, más bien, nos roban una maleta. El narrador, después de ser abandonado por su novia, viaja al Perú y comete el error de dejar cuidando su maleta a una persona mientras entra al baño en el aeropuerto de París, y esta desaparece. La maleta contenía unos platos para la colección de su madre, así como unas salchichas de las que «se venden por allí». En el Perú, siente el agobio de los «carnavales familiares», entre otros el de su hermano gemelo, por lo que intentan verlo como al personaje exitoso que no es necesariamente. Por no comentar su error, compra en Lima unos platos y unas salchichas que se las ofrece a su mamá y a los parientes reunidos en una gran fiesta en su honor. Tiempo después, al regresar a París, descubre que su superchería no había pasado desapercibida por su familia.

Así, en los demás relatos, encontraremos a un protagonista, a su familia y amigos, tanto en el país de origen como en el país de acogida, enfrentando a los problemas del desencuentro o de quiebre, motivado por la partida a un nuevo destino que no en todos los casos es lo esperado. Habrá siempre la expectativa de volver, pero definitivamente eso no resolverá los principales problemas, porque estos se mantienen con uno a donde uno vaya, y las complicaciones que uno dejó no resueltas en el pasado no se resolverán en un nuevo país, ni tampoco al revés.

Foto: Javier Calvete

La lectura de Félix Terrones es siempre estimulante, porque, con un lenguaje sencillo, pero muy eficaz, permite al lector compenetrarse completamente con los personajes y sus tribulaciones, permitiéndonos, además, extraer conclusiones que pueden ser válidas para nuestra propia existencia. Para todos aquellos que hemos dejado alguna vez nuestra tierra en busca de nuevos horizontes, una ojeada a Notas en un pasaporte resulta casi indispensable.

Agosto de 2022

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Reseña: Quiénes somos ahora (2022) de Katya Adaui

El mundo abisal de Quiénes somos ahora

Por Fiorella Moreno

En Quiénes somos ahora (Literatura Random House, 2022) de la escritora Katya Adaui, la muerte, el gran tema de la novela, apela a los símbolos de la tierra y el océano. La madre, de nombre Luisa, tiene los ojos del mar; el padre, Alberto, los ojos de la tierra. Y es precisamente aquí donde la narradora, como Shiva, el dios del panteón hindú, con la benevolencia que, a veces lo caracterizaba, transforma a los seres, a sus padres, incluso a la propia Mara, el pequeño animal de alas transparentes y longevidad inaudita; es decir, los destruye narrativamente en su materialidad sin abolir su fundamento: la esencia. ¿Y a qué fundamento nos referimos? A los actos, los vicios, las manías o las pulsaciones, los rencores y los brotes de ternura que nunca se olvidan y flotan en el espacio, en todos los espacios, aún cuando las ausencias de estos no sean más una prórroga.

Foto: Cuenta de Twitter de Katya Adaui

La muerte, nos dice la autora, es natalicia. Es decir, nace con nosotros desde que somos embrión encarnado. Por ello es uterina. Por ello es oceánica. Por ello es memoriosa, de allí nuestra tendencia a volver al mar desde niños, otro gran tópico de la novela. Los episodios más esplendorosos de esta historia acontecen entre la arena, el sol, las playas de La Herradura, de Máncora, de Pucusana, de La Punta. Pinceladas, trazos tornasolados, del cuadro de la vida de una familia.

Sin embargo, en esa escritura evocativa y resignificativa, encontramos otro gran recurso, otro gran símbolo, que justamente apela a esa benevolencia de la narradora, el Escarabajo del padre, un auto-cuerpo como un cómplice más que, de acuerdo con la mitología egipcia, esta criatura, y todas sus formas que la repliquen, encarna la vida eterna, el renacer a través de la gramática del amor, del mundo, que emplea Adaui.

Esta novela también es una oda a la reconciliación. Una reconciliación que solo es posible a través de la justicia del ojo narrativo, aquel que dibuja un personaje transparente y opaco a la vez, la madre, la madre como sinónimo de imperfección, de violencia en la sangre, de arrebato, de irreflexión. Ella, como la gran creadora de almas, se convierte también en la Medea de su reino, en la bruja del cuento de hadas. Transforma el primer mundo que habitan sus crías, su infancia, luego su adolescencia, incluso su juventud, en una suerte de caos emocional, de vorágine, donde la luz insoportable de sus ojos azules, índigo sin clemencia, provoca la caída de la casa-maqueta donde los muñecos, sus hijos, su marido, huyen o son desterrados sin consuelo. Es, por lo tanto, un perfil humano de la madre de todos los tiempos. Una maternidad socavada, a través del rastrillo imaginario de la narradora. La madre ludópata, cleptómana, agresiva, la Hestia que utiliza el fuego para hacer arder la casa.

Foto: Alejandra López

Pero también este libro, con sus artificios, su claroscuro, da paso a la reflexión sobre la dimensión del arte poético. El lenguaje que se sirve de la memoria para entregarnos una historia tan bella como funesta. O, mejor dicho, la memoria que se sirve del lenguaje y del océano, y de los primeros dioses en la vida que cualquier individuo, los padres, para conjurar una penumbra rutinaria, donde el deslumbramiento, la revelación, la conciencia metafórica, como astros en el universo de un espacio familiar, gravitan, chocan, colapsan, hasta transformarse en una amalgama, una dispersión de hechos, de partículas vivientes sin calor, salvo el que otorga el recuerdo. Dicen que uno nunca muere hasta que lo olvidan. Los personajes de esta galería indescifrable no mueren; pese a la Gran Implosión, están allí, en La Punta, como pequeñas cajitas náufragas, buceando entre algas, arrecifes de coral y primitivos ojos de peces abisales. No obstante, la luz negada de su nuevo hogar es contravenida con la luz iridiscente de una pluma, por demás, clarividente.

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Datos del libro reseñado:

Katya Adaui

Quiénes somos ahora

Literatura Random House, 2022

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Reseña: ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (2021) de Michel Nieva

Costumbres ciberargentinas

Por Sebastián Uribe

«Porque me da risa».

Aunque pueda sonar como una razón menor, es lo primero que respondería si alguien me pregunta por qué recomiendo la novela ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (Colmena Editores, 2021) de Michel Nieva (Buenos Aires, 1988). Y es que más allá de sus escenas de sodomización robótica o la espeluznante descripción anatómica de un expresidente conservado en formol, un aspecto que resalta del libro es cómo posee un ingenio ficcional y un tono paródico que aúna un humor no exento de hondura al explorar los sentimientos de sus personajes, condenados a lidiar con su existencia artificiosa.

Nieva crea un universo en el que contextualiza arquetipos ya clásicos de la ciencia ficción —como lo son los androides y los zombis— dentro de una atmósfera argentina (o de la idea que se tiene de “lo argentino”). Mejor dicho: de los gauchos a las crisis económicas (el corralito del 2001 como epítome[1]), pasando por la hiperlocuacidad de los libreros porteños y la vehemencia con la que estos son capaces de defender una posición ideológica, en la poética de Nieva, existe un sincretismo exhuberante de elementos disímiles. ¿Cómo, entonces, Nieva logra que una mezcla así no se sienta impostada?

En ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, el lector conecta con una propuesta de lo que podría ocurrir si efectivamente existiera un mercado de androides basado en idiosincrasias, y estos decidieran asumir una posición bartlebyana («¡Y habría preferido no hacerlo!», exclama constantemente) contraria a las funciones para las que fueron programados. Con el ascenso y la meteórica debacle de un joven inventor que, de la noche a la mañana, saborea el rotundo éxito y la consecuente traición, en una estupenda ridiculización de las cansinas historias de vida que buscan validar al emprendedurismo como dogma: «La verdad, a veces me sorprende que los acontecimientos más importantes de la vida obedezcan a razones tan estúpidas, a azares sumamente vulgares» (p. 29), expresa uno de los personajes en este cuento.

¿Qué ocurriría si el monstruo de Frankenstein deambulara por Buenos Aires? Mi relato favorito de este conjunto es «Sarmiento zombi», donde Nieva recrea la desolación de un chico ninguneado amorosamente: «y ¿cuándo uno está enamorado no es, en el fondo, todo el tiempo, toda experiencia vivida sin esa persona que nos obsesiona, un pretexto, una necesidad de traducirla en anécdota con el único objetivo de poder compartírsela?» (p. 65). Luego, nos sumerge en el delirante deseo de una secta (cuando Emiliano, el protagonista, se une a esta) que busca revivir a Domingo F. Sarmiento, obviando los nefastos efectos que un evento así puede provocar.

Nieva reactualiza el mito de la bestia desprovista de control que arrasa con la naturaleza que le rodea, rechaza la condición que le ha sido impuesta, y que además se ve obligada a combatir los tormentos sobre qué significa albergar sentimientos, como bien lo expresa Bodoque, uno de los artífices del nuevo monstruo:

Y ansí la tosca criatura

Injustamente agraviada

Entendió que el mundo finito

Extenso como el chorizo

No estaba aún preparau pa

Los zombis o muertos vivos

(…)

Todavía corre el pobre monigote

Buscando el resto que aún falta

A su cuerpo pa ser hombre

¿Será ausencia tal vez de alma?

¿O bien este el mismo es

Sentimiento de insipidez

Que a todo hombre corroe? (pp. 84-85)

Empatía que se logra generar también con el llanto desconsolado y adolorido del gauchoide del primer relato, en lo que es una muy buena revitalización del conocido soliloquio de la criatura creada por Mary Shelley:

¡Qué daría yo por tener

un caballo en que montar

y una pampa en que correr!

¡Diga, patrón, si tal vez,

De otro gauchoide gimiente

Deba yo hacerme padre y juez

pa no ser tan contingente!

¡Soledá, patrón, soledá! (p. 13)

Foto: Simbiosis Cultural

Una ruptura de la cuarta pared por parte de los personajes, unas referencias a la propia obra de Nieva, un uso lúdico de distintas tipografías y, sobre todo, un humor ácido que hace que dichos elementos converjan de buena manera son los aspectos que destaco de un volumen muy recomendable. Una lectura como para reírse de las ficciones con posturas nacionalistas, sosas y solemnes, que cunden en buena parte de la narrativa realista actual.

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Datos del libro reseñado:

Michel Nieva

¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?

Colmena Editores, 2021, 100 pp.


[1] Para mayor referencia, sugiero escuchar este episodio de «El hilo»: «Argentina, 20 años del corralito y la crisis interminable».

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Reseña: Exercício do olhar / Ejercicio de la mirada (2020) de Tanussi Cardoso

Las miradas de Tanussi Cardoso

Por Juan Valle Quispe

Exercício do olhar / Ejercicio de la mirada (Amotape Libros, 2020), de Tanussi Cardoso (Río de Janeiro, 1946), es una de las últimas entregas de traducción hecha en el país sobre poesía brasileña y llega a cargo del vate Óscar Limache. Afortunadamente, la simbiosis entre los esfuerzos de Limache y la editorial Amotape por continuar la inserción de nuevos autores extranjeros en nuestro idioma no se ha visto interrumpida. Ya en anteriores oportunidades, dicha labor ha traído las propuestas de clásicos como Rabindranath Tagore o Carlos Drumond de Andrade, así como las voces contemporáneas de Ademir de Marchi, Paulo de Toledo, entre otros. Visto de esa manera, el camino para acceder a estas lecturas imprescindibles, en buena parte, se nos allana gracias al reto asumido por Limache (sin olvidar a otros traductores de este sello como han sido Renato Sandoval o Jorge Nájar) y la tarea de difusión que, en casi una década, ha logrado Amotape. Ahora bien, tan igual que con otros títulos del catálogo impulsado por su editor Alfredo Ruiz, creemos que el poemario que nos ocupa también es capaz de ofrecer una variada riqueza en claves de lectura a dilucidar.

Tanussi Cardoso: Foto Archivo Fan page Centro Cultural Trilce)

Aunque la elección del texto a traducir, tal como lo expresó Limache en un diálogo virtual con Cardoso, correspondió por un lado al desafío que el libro implicaba, también señaló un aspecto que notó a lo largo de su lectura: “¿Por qué elegí este [poemario]? … Porque había misterio, creo que un poemario debe tener misterio, y no digo que haya un crimen que resolver ni un fantasma que va a aparecer sino un misterio en las palabras, las palabras ocultan algo” (Feria Internacional del Libro de Huánuco, 2021, 25:32 – 25:47). Por nuestra parte, consideramos conveniente sumar a esta característica puntualizada por el traductor otras coordenadas que contienen sus páginas.

Una vez hemos ingresado al poemario, como podría sugerirnos el propio paratexto del título elegido por Cardoso, es posible adelantar que aquí no se habla necesariamente de una postura contemplativa o pasiva, sino de sugerir la labor incesante a la que el poeta se entrega, desprendida por el sustantivo ejercicio —tomando en cuenta, además, la interacción del concepto de mirada con los conceptos de vista y ojo—. El poema homónimo, por su parte, en su vertiginosidad, en su opción por “no dar concesiones”, como describe el traductor al estilo de Cardoso, va de lleno a objetos, autores y discursos sobre los que posa su reflexión y da cuenta de lo que como poeta continuamente recoge en la cotidianidad y en el ejercicio reflexivo.

Dividido en tres secciones, el caso de sus paratextos nos indica también la opción por determinados absolutos (“EL TIEMPO”, “LOS DÍAS”, “LAS NOCHES”) que, a su vez, el poeta hace dialogar entre sí al indagar constantemente en el tiempo y el viaje. Se trataría de un viaje que se desdobla en el viaje interior y en el terreno de los sentidos y el cuerpo. De aquí es posible emparentar los títulos del poema con el que inicia el libro (“óvulo I”) y el último (“óvulo II”), que, aunque podrían dar la apariencia de un viaje circular, cuentan con sus propias reglas.

Cabría también hacer un énfasis en lo que a la idea del tiempo refiere el poemario, ya que parece alentar en Cardoso diferentes búsquedas en relación con la vejez, la labor poética, el diálogo con la tradición, el cuerpo, la religión y los lazos familiares. Como ejemplo, podríamos tomar el poema “ciertas respuestas”, que sin problemas podría considerarse un arte poética expresada a través de una extensa relación de elecciones en el quehacer poético del autor, así como sus implícitos rechazos. Ante esa declaración de principios a lo largo del poema, nos encontramos así con un autor cuyos temas y expectativas en torno de la poesía no espera agotar. Más incluso, intuimos que permanece atento a dejar una interrogante sobre cada una de ellas toda vez que le sea posible.

Mención especial requeriría el poema “sobre el nombre de las cosas”, quizá uno de los más logrados del conjunto por su poder evocativo. El tema que bien podría traer a colación vendría a ser el lenguaje como herramienta para construir el mundo y la realidad, y de cuyos límites (aquella “prisión”, como la calificaba Nietzsche) no nos es posible huir. En esa línea, el poeta refiere la búsqueda de un origen: “cuando caminábamos/ en la arena,/ los nombres no existían” (p. 37), “eran noches/ y días indefinibles, las/ cosas” (p. 39). Otro poema al respecto vendría a ser “génesis”, donde también se establece una relación con la sensibilidad y el cuerpo. Empero, las once partes que compone el poema guardan otros matices. El tiempo se presenta aquí como otro eje al interior de varios de los versos. Reflexionar sobre él y su naturaleza nos devuelve a lo que llegó a decir Borges, ya que en su opinión representaba

… el misterio esencial, es la perplejidad esencial, ya que es el problema de nuestra identidad personal. Si yo pienso en mí, no soy solamente el que existe en este momento… yo soy también mi pasado, pero ese pasado en su mayor parte ya está olvidado y sin embargo hay algo que persiste. Ahí está todo el misterio del tiempo. (BillEvansArquivo, 2019, 28:42 – 29:12)

Recordemos otras interrogantes que el argentino añadió a este respecto: “¿Quién soy yo? ¿Quién es cada uno de nosotros? ¿Quiénes somos?” (como se citó en Johnson, 2016).

En esa línea, vemos en el poema los cuestionamientos que hace Cardoso sobre la repercusión del tiempo y la identidad: “¿cuántas caras tenemos?/ ¿cuál de ellas se llama amor?/ ¿quién en nosotros se dice la/ muerte?/ ¿cuál enciende la vela del/ templo?” (p. 49) o el diálogo con la tradición: “¿quién nos carga en los hombros?” (p. 41). El mismo Borges, incluso, es mencionado por el autor en el poema homónimo “ejercicio de la mirada”.

Cabría un señalamiento similar sobre el tiempo para el poema “fiat lux” o el poema “gerais”, donde al tema de la identidad personal se adhiere el de la identidad local, así como a una suerte de mantra cuya figuración sobre el tiempo en cinco de las seis partes del poema también es notoria: “Todo pasa/ nada pasa”. En la constante sobre la tradición, hacen acto presente en otros momentos del poemario autores fundamentales de la literatura brasileña: “[Monteiro] Lobato me enseñó/ las letras/ y la tierra de las cosas” (p. 69). También se puede ver esto en el poema “cántico para guimarães rosa” o “el río dentro de mí”, dedicado al poeta João Cabral de Melo Neto.

De igual manera, encontramos a lo largo del libro la opción por el tono del ensayo (otro sinónimo que quizá podría asociarse al de ejercicio), lo cual podemos ver al fijarnos en otros paratextos de los poemas (“sobre las horas”, “sobre el mar”, “de la esperanza”, “de los misterios”, “del aprendizaje del aire”, “de la poesía”, “sobre el oficio”, “del placer de la escritura”, “sobre lo humano”). Su empleo reiterativo nos daría a entender la intención cuestionadora, no cerrada al debate por parte del autor. Cabe esperar, entonces, en este recorrido, que la habilidad del poeta nos lleve a ver los objetos y discursos una y otra vez, pero haciendo diferente la experiencia.

Otro punto para rescatar del poemario de Cardoso es el juego de la mirada como redescubrimiento. La poesía muchas veces busca el reverso de la realidad a la que estamos habituados, busca el paralelo de las cosas para así convertirlo en belleza. A nuestro criterio, esto es posible de comprobar especialmente en poemas como “los ojos de los desvanes”, “fotografía”, “sobre el mar”, “huésped de las aguas” o “legado”.

Asimismo, los temas en torno a los lazos familiares como el padre y la madre tienen lugar en poemas como “tiempo de espera”, “retoque en el retrato” o “el hilo tenue del tiempo”. Otro tema trasversal que puede desprenderse en el poemario, que tendrá más ejemplos en la parte final del libro, vendría a ser la muerte y cómo, al hablar de ella, la intención de percibir de una manera distinta no se agota, sino que se hace más presente. Lo podemos ver en los poemas “como si no fuera un adiós”, “sobre el mar” o “de la esperanza”.

Menos amplio, al igual que la sección final, en “LOS DÍAS”, si bien figuran poemas con definiciones que ensaya el autor (véase “poesía” y “de la poesía”) o en torno al propio instrumento empleado por el poeta (“las palabras”), encontramos un trabajo sobre todo con el tópico del cuerpo (véase “en la carne”), especialmente en el poema más extenso de dicho apartado, “rutas”, donde a un elogio del cuerpo del sujeto amado paralelamente vemos un reconocimiento del hablante lírico en relación a su propio logos, reconocimiento al que la experiencia vital lo ha llevado y da cuenta de ello, así como sus propias limitaciones frente a un mundo que no ha dejado de observar: “nada sé de lo que suele llamarse vida” (p. 175), “pero sé de las horas/ en que las palabras se olvidan de existir/ cuando todo se abre en silencio” (p. 177), para terminar destacando un elemento como el mar y los objetos afines a este: “y sé que el mar es el que me ama/ es el que resiste en el vientre/ del abismo que me acecha” (p. 181).

Si para “LOS DÍAS” aparecen poemas ubicados en torno al ejercicio escritural y el cuerpo, en “LAS NOCHES”, vemos temas con un tono en apariencia crepuscular como es la muerte. Además de los poemas “legado”, “canción para quien se queda”, “suerte”, “casa”, “casi parábola” y “óvulo II”, donde se puede percibir este tópico, encontramos una relación de convicciones que surgen de la relación con la poesía, tal como puede notarse en el poema “el río dentro de mí”. Igualmente, otro poema a destacar en este apartado sin duda vendría a ser “las sombras son”.

Cabe detenerse por unos instantes más en torno al tópico de la muerte. Si atendemos a la cronología del autor (quien llegaba a los sesenta años cuando apareció la edición original de este libro en el 2006), podríamos tal vez entrar en lo trabajado por Edward Said respecto del estilo tardío, concepto con el cual postulaba que, en los grandes creadores, frente a la proximidad de la senectud y el deterioro natural del cuerpo, con la cercanía de la muerte, su obra “determina un nuevo sentido, o una reubicación del valor de todas las cosas” (Ródenas de Moya, 2010, p. 32). Sería de gran provecho establecer si este libro presenta una nueva dimensión respecto de anteriores propuestas o si es una reafirmación de sus primeras búsquedas. Esto se podría comprobar con la aparición en nuestro idioma del resto de libros que precedieron a Ejercicio de la mirada. Tengamos en cuenta, a su vez, que este título le valió a Cardoso el reconocimiento al mejor libro de poesía por el Congreso Latinoamericano de Literatura.

Como invitación al lector, citamos también algunos de los comentarios de parte de Cardoso sobre el trabajo de Limache, quien, además, es fundador del Proyecto Tabatinga de Traducción Literaria:

… sus traducciones hicieron sobresalir lo mejor de mis poemas en la sintaxis, ritmo, rima y armonía, pero sobre todo porque mis poemas no perdieron en ningún momento su sentido original… Pienso que, en algunos momentos, algunas cosas han cambiado en imágenes tan preciosas, tan ricas, tan bellas, quizás solo posibles en la lengua española. Sabemos que es muy difícil traducir portugués, pero la habilidad de Óscar en encontrar soluciones es fantástica. Muchas veces lanzando nuevas luces a mi poema original… Por su puesto, lo pienso así, solo un gran poeta como es Óscar Limache podría hacerlo con tanta perfección. (Feria Internacional del Libro de Huánuco, 2021, 22: 10 – 23:49)

Poeta y traductor Óscar Limache: Foto Archivo Óscar Limache

Es más que una fortuna leer en una edición bilingüe y al alcance de librerías locales la poesía de un país tan próximo y a veces tan alejado en el conocimiento de su producción literaria como es Brasil. El reto de su edición es a todas luces enorme, pero no podemos dejar de señalar el trabajo discreto y firme como el de Amotape Libros. En esta ocasión, vemos concretado uno de sus variados esfuerzos gracias al financiamiento de los Estímulos Económicos para la Cultura (otorgados por el Ministerio de Cultura), el cual obtuvo en la categoría de traducción para el poemario de Cardoso en el 2019.

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Referencias

BillEvansArquivo. (2019). Borges – Encuentro con las Artes y las Letras -1976 RTVE [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yQqWohB45x8

Feria Internacional del Libro de Huánuco. (2021). EJERCICIO DE LA MIRADA DE TANUSSI CARDOSO [Video]. Facebook. https://www.facebook.com/104317525002613/videos/2877925215759339

Johnson, D. E. (2016). El can de Kant. En torno a Borges, la filosofía y el tiempo de la traducción. Ediciones/ metales pesados.

Ródenas de Moya, D. (2010). El estilo tardío y la autorrepresentación. Revista de Occidente, (344), 23-41. https://ortegaygasset.edu/wp-content/uploads/2018/07/02_Domingo-Rodenas.pdf

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Datos del libro reseñado:

Tanussi Cardoso

Exercício do olhar / Ejercicio de la mirada

Edición bilingüe

Traducción de Óscar Limache

Editorial Amotape Libros, 2020, 251 pp.

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Reseña: La vía del futuro (2021) de Edmundo Paz Soldán

Inventando de nuevo a Dios

“La tragedia moderna es el intento vano de la adaptación del hombre al estado de cosas que él creó”.

-Clarice Lispector en ‘Cerca del corazón salvaje”

Por Sebastián Uribe

Mientras más nos adentramos en los misterios del universo, más insignificantes nos sentimos dentro de este. ¿Cómo lidiar con esta sensación de desamparo, de soledad y prescindibilidad? ¿Cómo permanecer con los pies en la tierra en tiempos más vertiginosos? Ya no solo son descubrimientos científicos o avances tecnológicos los que asombran y causan estupor, sino las herramientas que una élite va diseñando y arrojando al mundo. ¿De qué sirve tanto progreso técnico, entonces? ¿De dónde viene esa obstinación?

Ya en 1925[1], César Vallejo distinguía instrumentos de progreso «que no se dejan sentir (…) que no nos angustian, ni nos dan de trompicones, ni nos dominan, ni obstruyen el libre y desinteresado juego de nuestros instintos de señorío sobre las cosas; en una palabra, que no nos hacen desgraciados» (p. 24). Casi cien años después, Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) nos entrega La vía del futuro (Páginas de Espuma, 2021), un libro de cuentos conformado por ocho historias en donde ese discernimiento es más complejo, y en donde el futuro se lee desde una situación de zozobra constante. En estos relatos, la relación del ser humano con sus creaciones coexiste con una sensación de desgracia que se extiende aceleradamente en la sensibilidad de sus personajes: en sus líneas –cada vez más apesadumbradas–, se hace evidente la imperiosa necesidad de evadirse, acompañada por la menguante esperanza de una realidad mejor. Deseando que ese progreso que tanto se pregona en los medios masivos llegue, por fin, a sus vidas.

«La vía del futuro», el relato que abre el volumen, a través de distintas voces (periodistas, estudiantes, niñeras, CEOs), nos muestra las consecuencias de un sistema de Inteligencia Artificial, el cual, así como a un culto adherido a este sistema, funge de secta. Ante la complejidad para entender el funcionamiento de dicha creación, se forma una fe inquebrantable hacia esta (la fe no exige explicaciones). Se entrega el control de uno mismo ante el desconocimiento. La sensación de misterio que guarda toda religión, ahora configurada para adorar a una máquina, es alimentada por el miedo de lo que esta pueda hacer en el futuro con la Humanidad. Dado que el hombre no está siendo capaz de sobrevivir a su entorno, ¿por qué no entregarle el control de las máquinas?[2]. Como dice uno de los personajes:

«Coincidían el hombre y la máquina en el tiempo y el espacio, mientras el universo giraba hacia su desintegración. Me sentí triste por nuestra especie finita, por esos chicos tan jóvenes que algún día no estarían más ahí, por ese yo que algún día desaparecería. Nos iríamos pero esas máquinas con las que nos fusionábamos día a día se quedarían. Entendía que debíamos cuidarlas, quererlas y respetarlas para que ellas nos permitieran subsistir». (p. 27)

Tras este inquietante inicio, «El señor de la palma» y «Mi querido resplandor» siguen explorando esas búsqueda de amparo en alguna fe para lidiar con la precariedad. En el primero, mediante el dominio usurero de una comunidad de agricultores a través de un aplicativo móvil; y en el segundo, jugando con la posibilidad de realizar avistamiento de ovnis. Aunque parezcan disímiles, la devoción –en ambas piezas– juega un rol fundamental como vía de escape a esa precariedad que asfixia y no permite imaginar otra vía, abrirle la puerta a otro universo.

Y es en esa capacidad de imaginar un futuro mejor (¿o quizás un presente?), que se ha visto menoscabada en los últimos años, donde Paz Soldán encuentra una oportunidad: a través del desmoronamiento de una relación amorosa debido a la irrupción de una androide  paraguaya, copia pirata a su vez de una japonesa, y la obsesión que esta causa en el protagonista («La muñeca japonesa»); las confusiones entre lo virtual lo físico («Las calaveras»); o la drogadicción y la violencia como virus («En la hora de nuestra muerte»). Aquí encontramos ficciones que avizoran un camino donde las sociedades parecen haber priorizado su ambición digital por encima de la resolución de sus males sociales, al punto de heredar los horrores de las anteriores generaciones y nacer «con la droga en el cuerpo» (p. 130).

Foto: Páginas de Espuma

El último relato, «Bienvenidos al nuevo mundo», es un buen cierre para este volumen, con una historia de campus, que muestra el lado b del culto mencionado en el primer relato (‘El Profundo’). Aquí se imagina: ¿cuál es una alternativa a la felicidad cuando esta no es una posibilidad ni una vía? Ante el constante estado de paranoia en el que se vive, se expande el deseo por desvanecerse del sentido de conciencia. Se opta por entregarse a esos nuevos Prometeos que representan algunos avances tecnológicos:

«Para mí Dios es el GPS (…) Una máquina que te dice cuál es el mejor camino a seguir, nunca te falla y está encendida las veinticuatro horas. ¿Qué otro Dios quieres?» (p. 133)

 En La vías del futuro, Paz Soldán plasma, con un estilo particular y una habilidad notable, la angustia de una sociedad que se encuentra varada entre el artificio y la fatalidad que este provoca. En estas historias, existen situaciones imaginarias, pero que no se sienten, en absoluto, imposibles. Son retratos sobre cómo se va quebrando el mundo interior de cada uno de sus personajes debido al miedo provocado por estos nuevos dioses inventados, unos que, como toda invención humana, no están tardando mucho en ponerse en contra nuestra.

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Datos del libro reseñado:

Edmundo Paz Soldán

La vía del futuro

Páginas de Espuma, 2021, 176 pp.


[1] En ‘Wilson y la vida ideal en la ciudad’, crónica de diciembre de 1925 recogida en Del siglo al minuto. Crónicas sobre máquinas y ciencias (Casa de la Literatura, 2021)

[2] La sensación de temor sobre las posibilidades de replicarse en la vida real la trama de este relato se vio catalizada por la siguiente noticia de hace unas semanas: «El ingeniero de Google que asegura que un programa de inteligencia artificial ha cobrado conciencia propia y siente» (https://www.bbc.com/mundo/noticias-61787944).