El epicentro del desastre o la maldición de Zavalita
Por Luis López-Aliaga
- ¿Es necesario irse del Perú para convertirse en escritor?
Hace algunas semanas se produjo una suerte de polémica en torno al podcast de dos escritores peruanos que viven en Estados Unidos, Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, quienes plantearon como título y tema del primer capítulo la pregunta: ¿Es necesario irse del país para convertirse en escritor?
El podcast se llama Otras tardes, como el extraordinario libro de relatos del extraordinario Luis Loayza, y allí se mencionó El Informe. Pequeña novela burocrática, de Ezio Neyra, como uno de los detonantes al momento de elegir el tema.
La pregunta tiene un flanco odioso, incluso frívolo, asociado a la lógica de la planificación estratégica de la carrera de un escritor. Un flanco vargasllosiano, sobra decirlo, quien en el primer Contra viento y marea instala esta mirada sobre el asunto, no como pregunta, sino como afirmación: es necesario irse del Perú para convertirse en escritor, esto es, tener éxito, ser cosmopolita y escribir para el mundo; tesis de la cuál él mismo resultaba ser la mejor confirmación.
Es evidente, además, que esta visión caló muy hondo en muchas generaciones de escritores, peruanos y no peruanos, posteriores a él, quienes en busca de la quimera fáustica del “escritor profesional” escaparon del Perú o de cualquier rincón del llamado “subdesarrollo” para rentabilizar la vocación.
Es paradójico, pero revelador, que Vargas Llosa se sirva en su ensayo de la figura de Sebastián Salazar Bondy para establecerla como una anomalía suicida e irrepetible o, más bien, como la representación del fracaso que le espera a quien decide quedarse. Y el contraste fundacional lo encuentra en la figura del Inca Garcilaso, un mestizo que en el siglo XVI se fue a España para escribir sus Comentarios Reales, una crónica autobiográfica sobre el Perú y su pasado incaico. Desde ahí se arma toda una tradición, que pasa por Bryce Echenique, por Ribeyro, por el mismo Loayza, y donde se podría incluir, por supuesto, al propio Ezio Neyra, quien también ha vivido en Estados Unidos, y ahora en Chile, donde presentó esta novela.

2. Formas de volver a casa
Pero más allá de las biografías de los autores, la pregunta refiere también a un tópico narrativo, un tópico clave de la literatura peruana, que es el Perú mismo, o la manera en que se escribe y se describe el Perú. Asunto propio de técnica narrativa, porque tiene que ver con el punto de vista desde dónde se narra esta historia, esto es, la distancia emocional, temporal y física desde donde se cuenta el Perú.
Se puede plantear, entonces, que la literatura del exilio es siempre la literatura del regreso. Sea que se regrese con la memoria y la imaginación, para reconstruir desde la nostalgia un pasado perdido; o que el regreso sea concreto, físico, un hilo argumental que se despliega en la novela. Es el caso de El informe, de Ezio Neyra, que se inserta en esta tradición con algunas formas propias en las que vale la pena reparar.
En la novela, el protagonista, Felipe Document, regresa al Perú después de vivir 20 años en los Estados Unidos, para trabajar en el aparato burocrático del país, en un principio en el área de los Museos, luego en el Ministerio de la Producción, a cargo de la repartición de Pesca Artesanal. El periplo comienza con Felipe abordando el avión de regreso al Perú, a Lima, para ser más precisos, con esa sensación de vulnerabilidad que supone siempre volar a 10 mil metros de altura.
3. La maldición de Vargas Llosa
A esa altura, Felipe comienza a leer las noticias sobre el Perú en un iPad. Y rápidamente recuerda, deduce o proyecta, que abajo las cosas están tan inestables como siempre.
Felipe se prepara para lo peor desde el principio; no asistimos a ningún momento de entusiasmo o de expectación alegre y festiva por el reencuentro. En este sentido, la progresión de la novela es la de la caída constante y hasta predecible. Felipe llega derrotado al Perú (“el epicentro del desastre”, dictamina en las primeras páginas), y se revela, así, como un personaje asustadizo, agringado, aplastado por sus condicionamientos de clase, de los que parece no tener demasiada conciencia.
Cuando ya está por aterrizar, al atardecer, en una de esas “otras tardes” de Loayza, contempla por la ventana una imagen que podría ser hermosa, esperanzadora, incluso, estimulante: el horizonte bañado de un rojo profundo. Pero lo que ve Felipe es una amenaza que le recuerda “los incendios de las protestas que había visto en las noticias”.
Vuelve con una marca, Felipe, una marca que trae quizás desde mucho antes de ese viaje de regreso, quizás si antes de la partida incluso, cuando decidió aceptar una beca deportiva para estudiar Gestión Pública en Estados Unidos. Felipe lleva la marca de lo que, a estas alturas, podríamos llamar “la maldición de Vargas Llosa”, expresada tan hábilmente en esa pregunta retórica de Zavalita, que todos repetimos tantas veces, y que los escritores peruanos y muchos peruanos también, usan casi como eslogan o coartada: ¿En qué momento se jodió el Perú?
Es una trampa retórica, porque parte de un supuesto que no está sometido a discusión, y es que el Perú se jodió y para siempre. Una maldición que conduce a una especie de pesimismo adquirido en el caso de algunos escritores, políticos e intelectuales peruanos. Pesimismo de la razón y pesimismo de la voluntad.
4. La espesa niebla de la burocracia
Un dato que no se puede obviar es que Felipe desembarca en Lima, o sea, lo recibe esa niebla constante que lo impregna todo, símbolo y marca país, que parece puesta ahí para confirmar todas sus aprensiones. No se trata solo de un fenómeno climático, sino también de un estado del alma, un velo que cubre el paisaje físico y moral y que impide ver más allá de Lima, el peso centralista que no deja transformar la realidad.
La niebla como la definición misma de la burocracia, en su particular versión peruana. El informe dialoga también con esta otra tradición literaria que surge con el Estado moderno y la complejización creciente de la administración pública, cuyo eje fundacional es, por supuesto, Kafka.
Aunque se desarrolla, sobre todo, en Europa Central, vale la pena mencionar dos ejemplos notables de esa parte del mundo. Bartleby, el escribiente, la pequeña novela de Melville, muestra el lado privado de la burocracia, ahí en un estudio de abogados en Nueva York, y marca la necesaria rebeldía del funcionario con un simple y perfecto: “Preferiría no hacerlo”. Y Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, en la que Diego de Zama espera un papel oficial que debe emitir el poder central para que él pueda partir de esa remota y marginal gobernación colonial a la que ha sido relegado.
En cuanto a la literatura peruana, cabe mencionar un hito instaurador en el siglo XVII, con la Nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, donde, en el formato de una extensa carta al rey, Guamán Poma narra su lucha interminable contra el aparato colonial, la administración y los funcionarios, exponiendo la frustración por el sistema implementado desde España. Acá también el centralismo parece ser el Gran Mal, símbolo de opresión, de absurdo, de alienación.
Como la niebla limeña, esa niebla que Felipe lleva metida adentro, y que en la novela de Ezio Neyra aparece perfectamente representada como problemática. La niebla horrible a la que refiere Salazar Bondy, cuando escribe que en Lima “no ocurren revoluciones, sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio. La juventud imaginativa, iconoclasta y desordenada termina por sentar la cabeza. Los racistas suelen atribuir esta plana uniformidad incolora al ingrediente indígena, pero da la casualidad que es el indio el que, como lo enseña la historia, ha llevado su descontento a la acción —reprimida ferozmente por la autoridad limeña—, y el que constituye el elemento dionisíaco de nuestra composición nacional. En tanto, el limeño sigue siendo quien acepta, con apenas una ironía en los labios o un chascarrillo contingente, los abusos de los poderosos, la impúdica corrupción de los políticos, la absolutista voluntad de la minoría voraz”.
A esa patria regresa Felipe. La patria asimilada o cooptada por la burocracia centralista.
5. El factor Roncagliolo
Antes de seguir, un breve desvío que, en rigor, no lo es tanto. A propósito del podcast de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, en el que se plantean la pregunta aquella de si es necesario irse del país para convertirse en escritor(pregunta, ahora que lo pienso, tan retórica e intencionada como aquella otra de Zavalita), otro escritor, más joven, más “imaginativo, iconoclasta y desordenado”, para usar las palabras de Salazar Bondy, respondió con un lúcido y reconfortante artículo titulado “Escritores que se alejan”1. Ahí, Giacomo Roncagliolo, el autor del texto (también autor de Pesopluma)2, desarticula la idea de estos padres literarios, nombres y hombres que dejaron el Perú para escribir y hacer carrera. Roncagliolo hace ver cómo esa idea evidencia una antigua complacencia frente a Europa y Estados Unidos, sus academias, sus mercados editoriales, sus gustos, intereses y exigencias; e invita a no plegarse ni someterse a la idea de que el Perú “es un hoyo literario del cual hay que escapar cuanto antes”.

6. El regreso a la matria
Más allá del argumento burocrático —o adherido a este argumento central— hay en El informe una dimensión particular que le otorga a la trama un sutil interrogante activo que la sostiene, y desde donde emerge un flanco conmovedor que termina por imponerse.
Felipe Document vuelve al Perú donde está la madre, enferma y sin memoria, y su regreso a ella es también un trámite que con los días se vuelve absurdo en su postergación, una sombra opresiva a la que Felipe parece entregarse con la resignación vital que lo caracteriza. “¿De verdad quiero verla?”, se pregunta una y otra vez, rendido a una culpa que lo paraliza.
El ingreso a la burocracia y el eterno aplazamiento de la madre, como un “pendiente” al que inconscientemente se le teme, se instala así como una clave inquietante en la novela. Es, de alguna manera, la impugnación del regreso a la patria-patriarcal, el tópico clásico que no le deja sacar la voz y expresarse. El padre no se menciona nunca en la novela, o solo a la pasada, cuando se describe que Felipe es “hijo único de papá fallecido”.
Se trata de una variante del regreso, que Watanabe representa con particular belleza en su poema “Regresando al Perú en barco”
“Y otra vez voceo:
Yo soy el que voy, y salto
para que las inmensidades me vean. Mírenme
trayendo mis brazos mi propio cuerpo
para entregarlo a sus dueñas, mi madre
y mi esposa
que me esperan
sabiendo
que nada puede cambiar: ir y volver, un giro
dentro de la misma fuente de salmuera”
Felipe le teme al deterioro, al olvido, y está atrapado en la niebla de su propia biografía. “¿Existe el hijo sin una madre que lo recuerde?”, se pregunta, y esta sí podría ser una pregunta relevante para un podcast sobre literatura y escritores. Porque Felipe fue como esos escritores que se alejan, a los que refiere Roncagliolo, y pierden contacto con aquello esencial que puede convertir lo que hacemos —trabajar en el Estado o escribir un libro— en algo realmente importante.
El encuentro con la madre ocurre solo en la dimensión del sueño, esa otra realidad en la que Felipe parece escapar del agobio de la niebla limeña, la marca de Zavalita, el peso oscuro de Vargas Llosa. Un presente en la novela que, hacia el final, se vuelve primera persona, la voz de Felipe que aparece y se desborda. Y escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe disparates.
Entonces estalla el epígrafe de Salazar Bondy que precede la novela: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de casa, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite”.
Se puede decir o deducir entonces que, luego de toda esta experiencia burocrática, Felipe ha comenzado a ser, sin saberlo, un escritor peruano en el Perú, un escritor que se asoma al abismo de una verdad que lo supera y, por lo mismo, se vuelve urgente y, como una madre, demanda su presencia.
Referencias:
1 Roncagliolo, G. (2025, 21 de noviembre). Escritores que se alejan. Jugo.pe. https://jugo.pe/migracion-literaria-identidad-escritor/
2 Giacomo Roncagliolo publicó en Editorial Pesopluma la novela Ámok (1.ª ed., 2018).
Datos del libro:
Ezio Neyra
El informe. Pequeña novela burocrática
Pesopluma, 2025. 210 pp.