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Entrevista a Tamara Tenenbaum

Hay un alivio en saber que uno no es especial

Por Eliana Del Campo

¿Qué le queda al amor cuando se le retira la excusa de ser un asunto privado? Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) lleva años respondiendo esa pregunta desde la filosofía, el periodismo y la ficción. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, donde enseña, y docente de escritura en la Universidad Nacional de las Artes, es autora del poemario Reconocimiento de terreno, del libro de relatos Nadie vive tan cerca de nadie —Premio Ficciones 2018 del Ministerio de Cultura argentino— y de la novela Todas nuestras maldiciones se cumplieron. Su primer ensayo, El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI, se convirtió en un éxito y fue adaptado a la televisión.

El punto de partida de esta conversación es Un millón de cuartos propios. Ensayo para un tiempo ajeno (Paidós, 2025), el libro con el que ganó la primera edición del Premio Paidós, entre doscientos siete originales llegados de dieciocho países, y que nació del encargo de traducir Un cuarto propio, de Virginia Woolf. Conversamos con ella, durante su paso por la Feria Internacional del Libro de Lima 2025, sobre las éticas amorosas que los feminismos están construyendo hoy, sobre el alivio de descubrir que uno no es especial, sobre las tradwives y la “manosfera” como fantasías publicitarias de una vida fácil, y sobre el ridículo como el arma más eficaz contra las masculinidades reaccionarias. Tenenbaum piensa el feminismo como una perspectiva, como un lente que nos ayuda a mirar la subjetividad y cómo esta se crea en el mundo que habitamos.

Tamara Tenenbaum – ©Eugenia Kais

Deseo empezar por El fin del amor. En ese libro sugieres que el amor romántico funciona como una forma de rebelión femenina históricamente aceptada, pero individual y no colectiva. ¿Crees que los movimientos feministas actuales están logrando articular una versión colectiva y política del amor como resistencia, o más bien seguimos mayormente en la dimensión personal e individualista del deseo?

Yo creo que el amor y el deseo siempre son cuestiones individuales y personales; siempre tienen una parte que se trata de eso. Y después, por supuesto, tienen, como todo en la vida, una parte que se trata de vivir en sociedad y tratar de construir éticamente junto a otras personas. Creo que no hay forma de anular la dimensión personal y caprichosa del asunto, pero sí hay la posibilidad de pensar una ética. Así como durante años hubo una ética de la monogamia, de cómo funcionaba en el siglo XX, hoy hay otras éticas circulando de cómo debería funcionar una relación monogámica. Y en ese sentido creo que sí, los feminismos están contribuyendo a construir esas éticas.

También propones en El fin del amor que el verdadero desafío feminista no pasa solamente por liberar a las mujeres del mito del amor romántico, sino por revelar los vínculos profundos entre amor, economía y política. En tu experiencia personal, y también de escritura, ¿cuáles han sido las resistencias más grandes —sociales o internas— al tratar de romper la ilusión de que el amor puede existir fuera de las estructuras económicas y políticas?

Yo creo que la resistencia siempre tiene que ver con pensar los vínculos entre lo privado y lo público. A todos nos cuesta pensar que los aspectos de nuestra vida que consideramos más caros, más queridos, más cercanos, muchas veces no son tan especiales, muchas veces son parte de algo más grande. Y en ese sentido creo que esa es la resistencia: todo el mundo quiere pensar que es especial. Y a la vez hay un alivio en saber que uno no es especial. Hay un alivio también en saber que las cosas que nos pasan le pasan a mucha más gente.

Analizas también cómo el amor romántico no es solamente una experiencia personal, sino un fenómeno político atravesado por estructuras de poder y control. Releyendo el libro, noté que hablabas de la narrativa de los años cuarenta y cincuenta, de toda una mitología construida alrededor de eso. En ese contexto, ¿cómo ves la relación entre la crisis contemporánea de las masculinidades, la nostalgia por el orden tradicional —las tradwives, el fenómeno “Roro”, ese tipo de contenido— y el auge de movimientos políticos de extrema derecha que apelan directamente al resentimiento masculino contra la emancipación femenina?

Yo creo que hay un intento de ofrecerles a los varones una fantasía de poder y de omnipotencia que no deja de ser una fantasía. O sea, lo que ofrece por ejemplo Roro es una fantasía. Ella es una muchacha que gana muchísimo dinero; si no entiendo mal, vendía otro tipo de contenido antes de vender lo que vende ahora. O sea, vende una cosa una semana y vende otra cosa otra semana. Todo lo que venden los influencers es una fantasía.

En cualquier caso, la pregunta es por qué hay tanta gente demandando esa fantasía. Y yo creo que es una fantasía de una vida fácil, tanto para los hombres como para las mujeres. A las mujeres les ofrece que, como no trabajan, todo es muy fácil; y a los hombres les ofrece que ganan un muy buen salario y que todas las mujeres mueren por ellos. Son todas fantasías. La vida de nadie fue nunca así: la vida de las mujeres que trabajaban en sus casas sin salir, en los años cincuenta, cuando no había ni siquiera lavarropas, era muy difícil. Y la vida de los hombres era fácil tal vez en algunos sentidos y difícil en otros, pero hoy definitivamente no es probable que la mayoría de los hombres sea un hombre rico al que lo persigan las mujeres.

Entonces son todas fantasías, como las que siempre ofrece la publicidad. Lo interesante quizás es que ahora esas fantasías se relacionan de alguna manera con alguna idea de pasado. En ese sentido, vivimos una época muy nostálgica.

¿De qué manera crees que el feminismo puede enfrentar narrativas políticas que instrumentalizan las frustraciones amorosas y sexuales de los hombres para movilizar apoyo hacia posturas conservadoras, o abiertamente fascistas?

Yo creo que el feminismo, por un lado, lo que tiene que hacer es insistir en criticar y también, de alguna manera, no tomar muy en serio ese tipo de fantasías masculinas. Creo que el humor y el ridículo son estrategias muy claras para encarar fantasías que son ridículas. Realmente, frente a gente que hace circular fotos de Milei caracterizado como un superhéroe, no hay nada que hacer más que reírse. Y me parece que en eso hay que insistir: en no tomárselo muy en serio, pero no porque no sea una amenaza seria, sino porque realmente el ridículo es evidente y el humor es un arma en ese sentido.

Deseo hablar sobre Un millón de cuartos propios. Virginia Woolf afirmó que, para escribir literatura, una mujer necesitaba dos cosas: dinero y un cuarto propio. En tu libro sugieres que hoy, más que nunca, eso parece aplicarse no solamente a las mujeres, sino a todas las personas que intentan sostener proyectos creativos o intelectuales; es el tema de la precariedad. ¿De qué forma esta ampliación del problema, más allá del género, puede nutrir o quizás debilitar el discurso feminista contemporáneo?

Yo pienso que debilitar, seguro que no. Cuando pienso en lo que debería estar haciendo el discurso feminista contemporáneo, en general pienso que el acento no tiene por qué estar puesto solamente en las mujeres, en lo que se entiende por mujeres heterosexuales. Por supuesto que hay un montón de problemas que son muy específicos de las mujeres heterosexuales en general: tienen que ver con la repartición de las tareas del hogar o con la repartición de las tareas familiares, y esos son problemas muy específicos. Pero creo que el feminismo hoy debería ser un lente para pensar la relación entre lo público y lo privado, mucho más allá de las mujeres como sujeto, y que las fuentes del feminismo y los conceptos del feminismo pueden usarse para todo eso. Y un poco eso es lo que quise hacer: mostrar que el feminismo es un lente para pensar eso para cualquier subjetividad, y no solo para las mujeres.

Uno de los aspectos más interesantes del ensayo son las analogías que haces con contextos antiguos: citas a Virginia Woolf, la Biblia, la Odisea, el Talmud, y eso te sirve para iluminar la comprensión del presente. ¿En qué medida piensas que la tradición, a menudo criticada por su potencial conservador, puede paradójicamente ofrecer herramientas radicales para interpretar las crisis políticas y culturales actuales?

Yo creo que la tradición ofrece otras formas discursivas, y eso, en un momento tan plano discursivamente hablando, ya es un montón. En un momento en que se habla tanto de contenido porque a nadie le importa cómo viaja ese contenido, volver a los clásicos, en los que había mucho más que contenido, es muy nutritivo. Y por otro lado creo que las fantasías conservadoras en general no vienen del conocimiento de la tradición: vienen de la ignorancia, vienen de la proyección de fantasías sobre la ignorancia. Si uno no sabe nada, uno puede imaginar cualquier cosa sobre el pasado, y en general tanto la evidencia histórica como las fuentes literarias nos muestran versiones más reales y más honestas de cómo era el pasado. En ese sentido creo que el conocimiento de fuentes más anticuadas, digamos, desarticula las fantasías sobre el pasado.

Exploras cómo Virginia Woolf funciona como oráculo e inspiración, especialmente en un contexto donde dedicarse al arte o al pensamiento se percibe casi como un lujo. ¿Cómo dialoga esa noción con la precariedad contemporánea específica de las escrituras jóvenes latinoamericanas? ¿Cómo crees que se puede sostener el proyecto feminista de Un cuarto propio, que parece cada vez más precario?

Yo creo que la precariedad latinoamericana no afecta sobre todo a las escritoras; de hecho, afecta sobre todo al resto del mundo. Y pienso que Virginia Woolf tuvo la ambición de preguntarse por toda esa gente: no por las latinoamericanas en específico, pero sí por gente más desaventajada que ella. Y en ese sentido pienso que el acento en lo material que hace Virginia Woolf sigue siendo muy importante.

Cuando todavía la gente se pregunta… bueno, ya nadie se pregunta por qué no hay escritoras mujeres, o por qué hay menos, o por qué ganan menos premios, porque eso ya no pasa: sobre todo en América Latina, el boom de las escritoras es muy grande. Pero digamos que sí se pregunta la gente por qué no hay escritoras de ciertos sectores, y siempre hay que contestar por las condiciones materiales. No hay diferencias de talento ni entre razas ni entre clases sociales: hay diferentes posibilidades. Y lo único que importa sobre la literatura de mujeres es que haya más mujeres escribiendo, no pensar la esencia femenina o cosas por ese estilo. Creo que en ese sentido el texto de Virginia Woolf sigue siendo importante.

Finalmente, ¿Hay alguna película o algún disco que te haya sorprendido últimamente que quieras recomendar a nuestras y nuestros lectores?

Sí, estoy escuchando mucho el último disco de Natalia Lafourcade, que se llama Cancionera. Es muy bello. La mayoría de las composiciones son de ella, lo cual me sorprendió, porque parecían canciones tradicionales y la mayoría eran trabajos suyos. Y a la vez está grabado con ese mismo método con el que ella graba en los últimos años, que es en una sola toma, de una manera bastante artesanal, y entonces se escucha como el sonido vivo y a la vez se escuchan desajustes, y eso es muy bonito. Es una forma mucho menos electrónica y mecánica de grabar que la de otros discos. Además de que las composiciones son muy lindas, creo que ella está haciendo una carrera increíble y cada vez me sorprende más. Así que ese es el disco que tengo en loop en este momento.

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Libros de la autora:

El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI

Seix Barral, 2021. 312 pp.

Un millón de cuartos propios. Ensayo para un tiempo ajeno

Paidós, 2025. 256 pp.

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