“Un cuerpo en la calle es un cuerpo político”
Por Sebastian Uribe y Eliana Del Campo
¿Cuáles son las historias que no caben en los libros de Historia? ¿Qué experiencia íntima se daba en los rincones de una gran urbe hace sesenta años? Una serpiente deambula por las calles de Santiago: de esa imagen parte Serpiente (Alfaguara, 2025), la primera novela de Alfredo Andonie (Santiago, 1989), que sigue a Baltazar, un joven que se prostituye en las plazas y los bares del Santiago de fines de los sesenta, en los años en que el país se encaminaba al quiebre. Andonie estudió economía y filosofía en Columbia y después un máster en escritura creativa. La Tercera puso el libro entre los mejores del año.
Conversamos con él por Zoom el domingo pasado, ahora que la novela circula en América Latina y España gracias al Mapa de las Lenguas de Penguin Random House. Hablamos del trabajo casi arqueológico de desenterrar una ciudad dentro de otra; de los hitos que encontró investigando y que no esperaba encontrar; de por qué prefiere hablar de erotismo antes que de deseo; de la sorpresa de descubrir que el progreso no es una línea recta sino algo cíclico; y de cuánto de ese Santiago se respira todavía en las calles de hoy.

Hay una escena en la que Baltazar, el protagonista, está en un bar con don Rigoberto, don Eladio y don Mauro, personajes ya en el otoño de la vida, y el narrador describe la escena de la siguiente manera: “Los cuentos de los viejos los hacen soñar y desprenderse de la ciudad; les permiten, por esta noche, caer de vuelta a la infancia para ser niños con pretensiones de adultez. Como si se conocieran de años tristes y ensueños, vuelven a creer en el juego y la nostalgia”. Hay algo en ese encuentro entre las viejas generaciones y este joven Baltazar que llega con toda su juventud llena de energía y vitalidad. La novela transcurre en 1969, cuando está por acabar el gobierno de Frei Montalva y está a punto de entrar Salvador Allende. ¿Por qué ese año en particular? ¿Qué factores sociales crees que ya anunciaban lo que venía?
Lo que me atrajo de esos años fueron distintas cosas: algunas se dieron de forma un poco fortuita, no planeada, y otras se fueron desarrollando a medida que investigaba, mucho antes incluso de que yo situara a los personajes en esa época. Por un lado, de forma casi local, me pasaba que para mí, y en verdad para el país entero, la dictadura marcó un antes y un después. Y yo estaba muy familiarizado, por lo menos en términos de literatura y de estudio, incluso de forma más académica, con el periodo del durante y el después. Pero había un vacío que me faltaba, el del antes, y quería explorar ese punto previo al quiebre. Yo nací en Santiago, crecí acá, siempre mantuve una relación muy estrecha con mi ciudad, y siempre sentía que había una parte de mis raíces que no lograba entender en profundidad. De forma muy intuitiva, sentía que ese vacío tenía que ver con lo previo: cómo existía, qué era ese Santiago, qué era esa ciudad que yo tanto conocía pero que de alguna forma quería desenterrar de la misma urbe que me rodeaba.
Entonces empecé a investigar, y en el camino me fui encontrando con hechos que corroboraban que sí era una ciudad muy distinta, que tenía un atractivo que yo desconocía; por mucho que conociera Santiago, había una gran parte de su historia que se me escapaba. Para ser más concreto: en Santiago, en la Plaza de Armas, fue la primera marcha de disidencia sexual del país y una de las primeras en toda Latinoamérica[1]. En Santiago se hizo también la primera cirugía de reasignación de sexo de toda Latinoamérica, en el hospital San Borja, de manera gratuita[2]. Chile era un país que tendría, para 1971, dos premios Nobel, uno del norte y uno del sur[3]. Y yo me preguntaba qué tipo de sociedad éramos, qué tipo de país, para que se pudieran dar este tipo de hitos. Ahí empecé a sentir una intriga mucho mayor por descubrir esta ciudad.
Mucho más allá de la gran historia, de los grandes hitos políticos, quería entender cómo se vivía esa ciudad, cuál era la experiencia íntima que se daba en sus rincones, más que ese telón de fondo que era la gran política del país, o el contexto global de la Guerra Fría. Son cosas que uno al final puede rescatar de los libros de historia y de los tratados académicos, pero que no narran la intimidad, cómo se vivía. Eso es lo que quería recrear en la novela: un trabajo casi arqueológico, tratando de desenterrar una ciudad que yo creía muerta dentro de esta ciudad viva. Y en la investigación, y con la escritura, me di cuenta de que había muchísimos ecos de esa ciudad, que al final no estaba muerta. Yo sigo viendo ese Santiago de los sesenta; lo empecé a reconocer en este Santiago de los dos mil veinte, en lo chileno, en la arquitectura; las calles de alguna forma se me reactivaron una vez que me puse a escribir.
Una de las cosas que más me gusta de la novela es cómo Santiago se vuelve una ciudad en la que existe una posibilidad de ser feliz. Hay tramos que se leen con mucho vértigo, y el estilo ayuda a eso: hay cierta poesía en recorrer la ciudad, los edificios, las luces. Pero quería centrarme en el deseo, que se describe en ciertos pasajes con un lenguaje críptico, como un impulso que a veces desborda al propio ser. En el debate actual sobre las inteligencias artificiales, la capacidad de desear parece ser uno de los rasgos que siguen siendo exclusivamente humanos, y es algo que en tu novela está muy retratado¿Qué tan presente encuentras el deseo en la narrativa de ficción de hoy, y qué aspectos crees que falta explorar?
Para contestar lo primero: tú planteabas esta ciudad de Santiago muy ecléctica, y la forma de relacionar eso con el deseo, por lo menos lo que yo vi y traté de explorar en la novela, es la manera en que el deseo genera un plano paralelo. En este Santiago convergen en los mismos lugares una burguesía, artistas, delincuentes, prostitutas; es todo un mundo que, impulsado por el deseo, termina en los mismos sitios. Y ese rasgo me interesaba mucho: cómo se expresa, cómo se manifiesta socialmente, cuál es la forma en que el deseo mismo tiene la capacidad de moldear relaciones sociales y, por consecuencia, una sociedad.
Lo otro: yo creo que toda literatura tiene, inevitablemente, rasgos de erotismo y de política, y ese era otro aspecto que me interesaba muchísimo explorar, cómo convergen la política y el erotismo en el cuerpo. Creo que toda literatura tiene eso casi en esencia; hay una cosa muy sensorial en la palabra. Y prefiero hablar de erotismo más que de deseo, en el sentido de que el deseo para mí no se remite netamente a la cama, al acto sexual. Me pasa lo mismo con la política: tampoco se remite netamente a la urna. Hay formas en las cuales un cuerpo que se planta en la calle ya es un cuerpo que expresa un erotismo y también una política. Son formas que me interesaba muchísimo explorar a través de la novela; creo que toda escritura las tiene, pero en la mía yo quería hacerlo extremadamente patente.
Es curioso lo que dices, porque es una perspectiva muy marcusiana: la forma en que Eros produce estos cuerpos y no se rige solo en el ámbito de lo íntimo, sino que se manifiesta en todas las formas de producir de la sociedad. A mí me impresionó mucho la lectura porque permite mostrar, en la historia, la forma en que en efecto somos una sociedad sexuada y producimos cuerpos, relaciones, energías a través de eso.
Exacto. Para mí un cuerpo en la calle es un cuerpo político, un cuerpo que se intercambia con una sexualidad en particular, con un erotismo que se expresa desde el lenguaje corporal hasta la mirada; desde cosas muy tangibles, como los gestos, hasta las más intangibles. Me interesaba mucho esa parte. Yo me hice muchas preguntas a lo largo de la novela, no necesariamente las contesté, pero para mí era un campo de exploración de cosas que iba descubriendo en el camino. Y esto del erotismo y del deseo fue una pregunta muy importante que al final me di cuenta de que no podía desligar de una pregunta política: para mí están íntimamente ligadas.
Esa unión entre política y erotismo se ve en el caso de Carlos, cuya posición socioeconómica dista mucho de la de Baltazar, que es más marginal y además se prostituye. Y me da curiosidad porque estamos en 1969, poco después del mayo del 68 y de la Revolución Cubana, y ahora, casi sesenta años después, hay una ola que en las antípodas del socialismo pregona una cosa muy de ultraderecha ¿Cuánto percibes que lo que narra la novela se sigue dando? ¿Qué sientes que todavía palpita y qué ha cambiado?
Primero, con lo que decías sobre Carlos y Baltazar: creo que es un muy buen ejemplo de lo que hablábamos antes. Carlos está en una situación muy acomodada, de clase alta, y en esa misma relación el poder se revierte a través del erotismo, del sexo. Baltazar, a lo largo de la novela, ejerce un poder sobre Carlos muy distinto, que es a través del cuerpo, y de alguna manera logra borrar las divisiones sociales entre ambos.
Con respecto a lo otro: una de las cosas que me ocurrieron durante la escritura es que yo entré a la novela, o por lo menos a la época, a la investigación, con una perspectiva muy lineal del tiempo, de los avances, de los derechos ganados; lo estaba mirando como si hubiera un progreso lineal en el cual estamos más arriba. Y esperaba encontrar una sociedad mucho más represiva, una sociedad a la que le faltaba mucho camino para llegar a donde estamos nosotros. Y fue una sorpresa encontrarme con que no es tan así. Me ha costado mucho: cuando trato de trasladar términos contemporáneos a esa época, se vuelven muy anacrónicos, quedan obsoletos, no tienen el mismo peso ni la misma realidad al aplicarlos en ese tiempo. La sexualidad seguía una forma muy distinta, y la manera en que el deseo se transaba en el espacio público también era muy distinta. Esa diferencia me vuelve un poco reacio a comprender esas formas desde nuestro lenguaje de hoy.
Para ser más concreto con lo que me preguntabas, sobre el conservadurismo, sobre qué se ha ganado y qué no: yo creo que siempre hay que estar atentos, especialmente ahora, con los gobiernos que tenemos en Latinoamérica, con lo que pasó en Brasil, con los resultados de la primera vuelta entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, con las cosas que se vienen. Uno nunca puede tomar por sentado lo que se ha ganado; los derechos, las peleas, la lucha, no se pueden tomar por sentado, porque son mucho más frágiles de lo que uno piensa. Por eso me ha costado verlo como un progreso en general; creo que es mucho más cíclico, se van ganando algunas cosas y se van perdiendo otras. En las entrevistas que hice a personas que vivieron esa época y que transitaban el mundo que recreaba la novela, me impresionaba que muchas no lo miraran con esa mirada de “uy, vivíamos en una represión y ahora estamos mucho más libres”. Incluso con el debate que hay ahora sobre las personas trans: cuando investigué los medios de la época, uno miraba los diarios y se trataba a las mujeres trans de forma femenina, había casi un cierto tipo de respeto, formas tácitas de entendimiento. Y ahora, con este debate, me cuesta mucho verlo como un progreso ganado netamente; creo que también ha habido cierto retroceso en algunas partes, y que es un ejemplo de que todo puede estar en juego.
Me gusta también que estén las complejidades de las relaciones, porque no son personajes arquetípicos. La novela comienza con Ernesto y la esposa que lo sigue, con ese sincretismo entre el que sale y lo que tiene que ocultar; pero también está el coro de voces que acompaña a Baltazar, que a mí me recordó mucho a Las malas, de Camila Sosa Villana ¿Cuál de los personajes te supuso un mayor desafío al retratarlo, y cuál sientes que en el camino te pidió otra historia?
Yo tenía un plan para la novela y lo tuve que ir desarmando completamente a medida que avanzaba, porque al final los personajes eran aquello por lo que yo me guiaba: ellos fueron guiando la historia. Si de repente los quería llevar de un punto A a un punto B, muchas veces los mismos personajes me rechazaban capítulos enteros, porque yo decía “Baltazar no haría esto”, y tenía que eliminarlos. Fue una novela, diría, en su mayor parte llevada por los personajes. Y en ese sentido tuve que abstraerme mucho, tuve que salir como autor, ir ausentándome de la escritura, de la página: a medida que escribía, casi que me iba borrando para que los personajes pudieran entrar. Creo que también es una forma de que entre el lector. Cuando hay una voz autorial demasiado fuerte en una novela, no se le permite el espacio al lector para entrar de forma activa, y la escritura se vuelve un poco dogmática. Yo obviamente soy una persona que tiene sus propias creencias, su política, pero creo que eso a una novela no le sirve tanto. Uno tiene que dejar que el lector haga su propio juicio a partir de lo que está leyendo, y para eso el autor tiene que removerse de la página, tiene que encontrarse en los márgenes de la escritura y no en el centro.

Rita Indiana menciona en la contraportada que Serpiente es una novela donde “asistimos al nacimiento de un virtuoso barroco, que podría insertarse en la mejor literatura queer cubana del siglo XX”, y uno da cuenta de ello a lo largo del libro. De estasoltura, de este lirismo que se expresa a partir de la imagen de la serpiente, y que me recuerda mucho a Lezama Lima, a Virgilio Piñera ¿Hubo ahí una influencia directa? ¿Y cuál es tu relación con la poesía, con esa especie de desborde que está presente en Serpiente?
Me encanta el barroco. El primer escritor que me enseñó la plasticidad del lenguaje fue Vallejo, el peruano; lo encuentro impresionante. Fue el primer autor que leí que me enseñó que uno podía distorsionar las palabras, que el lenguaje no era una cosa rígida e inmutable sino algo mucho más flexible, algo que tenía una plasticidad muy distinta. Y de ahí vinieron otros autores, como los que mencionabas, Lezama Lima, y también Néstor Perlongher, muchísimo. Me encanta la poesía; ahora estoy escribiendo un libro de poemas, es lo que estoy tratando de hacer en este momento, antes de la segunda novela. Esos autores tuvieron una gran influencia en la forma en que escribo y en lo que planteo a través de la forma más que del contenido.
El tipo de lenguaje creo que imita un poco la lengua de los sueños, tiene un componente onírico; los personajes casi que flotan en esta bruma de palabras. Para eso yo necesitaba un lenguaje que pareciera casi un magma, como una lava que va sosteniendo a estos personajes, para poder mover las situaciones, hacer que se precipiten una sobre otra, dramatizarlas con ese lenguaje. Y, por muy paradójico que suene, este sobrepoblar de palabras la escritura me permitía también codificar silencios, de nuevo para dejar entrar a ese lector de forma más activa, más crítica.
Hay también una conexión de Serpiente con cierta tradición: Donoso, Camila Sosa Villada, Mauricio Wacquez. Pero en una entrevista mencionabas la influencia de Alfredo Gómez Morel[4], el de El río, y de Luis Rivano[5]. A Rivano no lo he leído, pero El río sí, y es crudísimo, muy oscuro, y creo que Serpiente conversa con él en ese sabor del margen, porque Baltazar nunca deja de ser marginal. ¿Nos podrías comentar sobre estos dos autores, que acá en el Perú no son tan conocidos?
Yo llegué a ellos específicamente por la novela, porque me puse a investigar qué literatura había previo al golpe, y previo también a los años sesenta, en la que se mencionara o hubiera referencias a personajes homosexuales, a disidencias. Aparte están, por ejemplo, los libros de Augusto d’Halmar,[6] que son de mucho, mucho antes; estos otros son un poco más contemporáneos, pero estamos hablando de contemporáneos de los cincuenta. Eran libros que retrataban a personajes homosexuales de la época, y a mí me interesaba explorar eso mucho más desde la literatura que desde una perspectiva académica, desde un libro de historia o un tratado. Por eso llegué a esos dos libros, que claro, retratan la marginalidad, pero lo que a mí me interesaba era encontrar, dentro de ese contexto, qué representaban los personajes homosexuales y las disidencias, y cómo era el trato, la forma. De un libro uno puede notar más o menos cuáles son las convenciones sociales, y yo quería leer entre líneas a ver cómo eran. De eso saqué a estos dos autores. El río[7] es increíble.
Para terminar: queríamos saber si le puedes recomendar a nuestros lectores algún disco, película, serie u obra que te haya volado la cabeza últimamente.
Hace poco vi una chilena que me gustó mucho, que se llama La misteriosa mirada del flamenco de Diego Céspedes. Y otra colombiana que se llama Un poeta, que es muy divertida pero que la vi hace poco y también la encontré muy buena. Y vi una serie que se llama Half Man, que también me gustó. De música no les podría decir nada, porque pongo puras cosas, lo que me salga, lo que me aparezca nomás. Mi lista de música es muy, muy caótica.
+++++
Libros del autor:
+++++
Serpiente
Alfaguara, 2025. 416 pp.
[1] “Un domingo 22 de abril de 1973, durante el gobierno de la Unidad Popular, un grupo de homosexuales, travestis y minorías sexuales de origen popular, se congregaron en la Plaza de Armas de Santiago para exigir el fin a los abusos de la policía. La constante amenaza y acoso de las fuerzas de orden, que los castigaban por afectar la moral y buenas costumbres con sólo verlos en la calle, fueron el motor para que las disidencias sexuales se organizaran en la primera protesta en Chile por los derechos LGTBI” https://www.biobiochile.cl/noticias/artes-y-cultura/actualidad-cultural/2020/04/22/22-de-abril-de-la-primera-protesta-en-chile-disidencias-por-derechos.shtml
[2] La primera cirugía de reasignación sexual en Chile se realizó en marzo de 1973 en el Hospital San Borja Arriarán en Santiago, a cargo del urólogo Antonio Salas. https://www.lacuarta.com/cronica/noticia/a-50-anos-de-la-primera-operacion-de-cambio-de-sexo-en-chile-ya-no-son-necesarias-este-tipo-de-operaciones/HNTV2U7UUFBQJBMSXQJOOKIPZI/
[3] Gabriela Mistral nació en Vicuña, en el Valle del Elqui (Región de Coquimbo). Pablo Neruda nació en Parral (Región del Maule)
[4] Alfredo Gómez Morel (Santiago de Chile, 1917 – 1984) fue un escritor chileno conocido por su narrativa autobiográfica ligada a la marginalidad y el hampa.
[5] Luis Rivano Sandoval (1932–2016), fue un destacado escritor, dramaturgo y librero autodidacta. Su obra se caracteriza por retratar la vida nocturna, la delincuencia y los ambientes marginales de la sociedad chilena con un lenguaje directo, visceral y auténtico.
[6] Augusto d’Halmar (seudónimo de Augusto Jorge Goeminne Thomson; Santiago de Chile, 1882 – 1950) fue un destacado escritor, cronista y diplomático chileno, ampliamente reconocido por ser el primer galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1942.
[7] Actualmente circulan ediciones de Cabaret Voltaire (España, 2024) y Tajamar Editores (Chile, 2014)