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Entrevista a Nona Fernández

“Conversar es enredarse con otros”

Por Sebastián Uribe

Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971) es actriz y escritora. Ha publicado el volumen de cuentos El Cielo (2000); las novelas Mapocho (2002), Av. 10 de Julio (2007), Fuenzalida (2012), Space Invaders (2013), Chilean Electric (2015) y La dimensión desconocida (2016), distinguida con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la Feria del Libro de Guadalajara; y los ensayos Voyager (2020) y ¿Cómo recordar la sed? (minúscula, 2024). Es autora también de las obras de teatro El taller (2012) y Liceo de niñas (2016), ambas estrenadas por su compañía, La Pieza Oscura, y en julio último fue parte del elenco de la adaptación teatral de La dimensión desconocida, dirigida por Marcelo Leonart. Algunos de sus libros han sido traducidos al italiano, el francés, el alemán y el inglés.

Nona Fernández – ©Sergio Lopez Isla

Su obra vuelve una y otra vez sobre los materiales que un país preferiría no tocar: los archivos de una dictadura que empezó cuando ella tenía dos años, los expedientes, los testimonios de quienes ejecutaron el horror y de quienes lo padecieron. Con esos materiales —rudos, difíciles de digerir, dice ella— construye libros luminosos, atravesados por el universo, las estrellas, el más allá. Su más reciente novela, Marciano (Random House, 2025), es el resultado de cuatro años de conversaciones con Mauricio Hernández Norambuena en la cárcel de alta seguridad: sin grabadora, con una libreta, un lápiz y lo que la memoria de ambos quisiera retener.

Aprovechando su paso por Lima como invitada de la 30.ª Feria Internacional del Libro, conversamos con ella sobre ese ensayo y esa novela, sobre la constitución como el guion más importante que tiene una sociedad, sobre la fractalidad de nuestras vidas en la era del algoritmo, sobre la escucha paciente como método creativo y sobre por qué, como Ursula K. Le Guin, los héroes le aburren.

En ¿Cómo recordar la sed? haces énfasis en cómo uno de los instrumentos primordiales de la dictadura de Pinochet fue la constitución. Como escritora, ¿qué implica que un texto pueda ser capaz de establecer los límites de millones de vidas?

Las palabras pueden ser una fuente de expresión, de belleza, de conocimiento. Como escritora son mi alegría y mi instrumento de trabajo. Y por lo mismo sé que, como herramientas que son, no tienen ética, y depende de quien las ocupe si sirven para abrir o para clausurar. Para sanar o para herir. Según la estrategia que sigan van configurando un lenguaje. En términos políticos, esos lenguajes son los que se usan para escribir los guiones en los cuales nos movemos socialmente. Esos guiones se apropian de las palabras, las resignifican o las vacían. Lo podemos observar en los medios de comunicación y en la discursividad de los políticos. Pensemos en el uso actual de la palabra seguridad, por ejemplo. O genocidio. O libertad. Esas palabras no nos dicen lo mismo que nos decían hace veinte años atrás porque los guiones han ido cambiando.

El guion más importante que tiene una sociedad es su constitución, el conjunto de leyes de más alta jerarquía, normas respaldadas por la ciudadanía —en el caso de ser votada democráticamente— y por el poder institucional. Un libro, un conjunto de palabras que, además de ser la hoja de ruta de un país, es también su declaración de principios. En el caso de la chilena, una constitución escrita en dictadura, que recoge la discursividad y la ética de ese momento autoritario. Ilegítima porque fue votada en un referéndum intervenido por la dictadura. Ha sido parchada, ha sido maquillada, y tuvimos dos intentos de cambio que fracasaron. Es una especie de trampa de la que no hemos podido salir. En ese guion se realiza toda nuestra vida.

Una idea que recorre dicho ensayo y se extiende hasta Marciano es la caracterización de nuestras identidades como formas fractales viviendo vidas fractales. ¿Qué efectos ha tenido en los últimos años la virtualidad dentro de dicha concepción? ¿Cómo operan en el orden de nuestras historias el internet y las redes sociales?

El papel de las redes sociales en la fragmentación del presente, en esta extraña ficción de realidad que cada una cree vivir, es fundamental. Salimos a la calle y vemos a cientos de personas observando su celular, y por cada una de esas pantallas se asoman infinitos insumos que van diseñando el guion de realidad de cada una de nosotras según toda la información que les hemos entregado con nuestros likes. El trabajo de las empresas detrás de esas redes es poner en nuestra mente contenidos que antes no estaban. Activadores que nos seducen a hacer algo, a ver algo, a comprar algo, a pensar algo, a creer algo, a votar algo. Consumimos grandes cantidades de contenidos elegidos específicamente para nosotras y así cada quien vive su propia trama virtual pensando que es la única. El llamado efecto burbuja generado por el algoritmo. Leemos nuestro timeline como si fuera la portada del diario y no como lo que es, un contenido creado a nuestra medida, gracias a los datos que hemos regalado con nuestros likes, en el que participan empresas de marketing y política con oscuros intereses. Esta distorsión afecta a todo aquel que tenga un celular. Y todas y todos en el mundo, tenemos uno.

“No seré el que soy, seré el que puedas escribir” se afirma en Marciano, en alusión a las infinitas posibilidades que se abren a través de la ficción para aproximarse al sentido de nuestras historias. ¿Cómo fue el proceso de entrecruzar registros, como documentos reales, testimonios y conversaciones, para explorar la vida de Mauricio Hernández?

Ha sido uno de los procesos más desafiantes que he asumido porque el relato de una vida es imposible. Solo asumiendo esa imposibilidad uno puede hacer un intento. Pese a haber trabajado siempre con archivos, con testimonios, esta ha sido la experiencia más intensa porque mi archivo tiene nombre y apellido, es de carne y hueso, y estuve con él manteniendo una conversación durante cuatro años. Escuchándolo, observándole, prestándole toda la atención. Ese fue el secreto, poner oído y dejar que en ese trance los materiales se fueran organizando en mi cabeza y en el papel. No dirigir nada, no tener una idea preconcebida de lo que el libro sería, dejar que este se encontrara en la escucha.

En un momento en que todo es opinión y monólogo desesperado, el ejercicio de la escucha paciente fue una experiencia iluminadora como proceso creativo. Abandonar el yo, para dejarse intervenir, para modificarse. Creo que en estos años de conversación Mauricio y yo salimos intervenidos el uno con la otra. Pese a los desacuerdos y a las incomprensiones. Yo un poco marciana, él un poco yo. Un enredo. Conversar es enredarse con otros. Supongo que escribir un libro también.

Al narrar el escape de la cárcel, el protagonista confiesa que cuando huyó en helicóptero, más allá de alguna imagen de valentía y coraje proyectada durante este evento, lo que sintió fue dolor y terror por el brazo agarrotado, sin epifanías ni gloria, una idea que conecta con el epígrafe de Ursula K. Le Guin sobre la novela como contenedora de personas, no de héroes. ¿Existe una proliferación de épica forzada en las narrativas que circulan en nuestro presente? ¿Qué peligros pueden desprenderse de ello?

Los relatos históricos están llenos de una épica que, a mi juicio, solo nos distancia de ellos. Se insiste en transformar a sus protagonistas en héroes o en villanos y, en esa lógica binaria en la que todo gira, se pierden los matices, los claroscuros, las grietas que configuran la riqueza y el misterio del alma humana. Se deja afuera lo más sabroso, lo que más conmueve. Y en ese ejercicio nos dejan como lectoras fuera de la Historia, porque en ella parece que nunca circulan las personas, solo estas entelequias de valentía o maldad. En el caso de Mauricio me interesó siempre relevar su humanidad, la trastienda de su devenir, sus contradicciones, sus silencios, sus errores. Como lectoras nos vemos mucho más desafiadas al seguir el relato de una persona común y corriente, como nosotras, que toma opciones que la van llevando a establecer un camino que podemos admirar o no, pero un camino posible porque lo construyó un ser de carne y hueso. En la retórica de muchos sectores de la izquierda esto de la súper épica es común, pero creo que es una mirada muy añeja y gastada de analizar y aproximarse a la historia. Todo siempre se trata de personas. Y eso es lo lindo. Al igual que a Ursula, a mí los héroes me aburren.

Si bien en la historia se superponen distintas personas que rodearon a Mauricio a lo largo de su vida, entre personajes muertos o vivos, nunca dejan de irrumpir la voz de él (M) y la narradora (N), en un juego entre la primera y la segunda persona en el que se diluyen las fronteras entre ambas. ¿Cómo se dio esta decisión creativa? ¿En qué momento los recuerdos dejaron de pertenecer a cada uno de los protagonistas de manera exclusiva?

El régimen de presidio de Mauricio es muy estricto, yo no podía entrar con grabadora, sólo tenía una libreta, un lápiz y mi pésima memoria, para registrar nuestros encuentros que, por lo demás, eran muy desordenados porque el tiempo del encierro es puro desorden. O quizá otro tipo de orden. Uno muy distinto al que estamos acostumbradas. Desde el inicio supe que todo lo que circularía en el libro sería lo que mi memoria retendría de nuestras conversaciones. Todo estaría mediado por eso. Primero por la memoria de Mauricio y luego por la mía. Que, ya te dije, es pésima. No seré el que soy, seré el que puedas escribir.

Asumí rápidamente que esta escritura sería un enredo entre su voz y la mía, entre su memoria y la mía, entre su punto de vista y el mío. Y visto ya desde otra perspectiva, me gusta creer que nada nos pertenece del todo, los recuerdos y las vivencias no son propiedad privada de nadie, están al servicio, se ofrendan, la memoria de una colectividad, de una sociedad, de un país, en un gran enredo entre todas.

“Teníamos veinte años y todavía no sabíamos que el sueño de la revolución no era inocente. Eso lo vinimos a entender después. Un poco después” (pág. 81) es una de las afirmaciones de los personajes. Esto se inscribe en una lógica que se ha arraigado en el imaginario público junto a un cinismo mayor en las nuevas generaciones en comparación con anteriores. ¿Cómo se puede combatir la atmósfera de resignación y derrota que parece campear en el escenario político?

Me gustaría tanto tener esa respuesta. Evidentemente pasamos por un momento de desánimo tremendo. Pero quiero creer que la respuesta a tu pregunta, que insisto en que no la tengo, está sintonizada con nuestra posibilidad de imaginar nuevas perspectivas. Y esto no tiene que ver con literatura, sino con nuestro lugar como ciudadanas del mundo. Alimentar la imaginación política, tan decaída, tan frustrada, tan falta de pasión en la actualidad, para encontrar un proyecto que levante nuestros corazones y nuestro futuro. Un proyecto que probablemente no tiene que ver con formas añejas, usadas y reusadas. Disponernos a ese invento con esperanza. Una esperanza que no debemos entender como un ejercicio naif, sino como una voluntad, una decisión, convicción política que vaya iluminando estos tiempos, aparentemente, sin perspectiva.

En una entrevista[1] comentabas sobre tu empeño en hacer de la literatura algo bello, y generar esta belleza a partir de materiales que parece que no la tienen. ¿Cómo ha evolucionado esta idea desde entonces?

La literatura es una experiencia estética, así la entiendo. No es solo la narración de una historia, que ya es bastante, es por sobre todo la artesanía de la lengua y la estructura, para la construcción de un artefacto estético. En mi trabajo literario me he visto convocada por materiales de archivo rudos, difíciles de digerir, y el desafío siempre ha sido transformarlos en objetos luminosos, en libros a los que podamos entrar y permanecer. Recopilar las imágenes brillantes que ellos contienen, cruzarlos y tensarlos con materiales aparentemente exógenos a sus historias, el universo, las estrellas, el más allá, insuflarles humanidad, liviandad, escribirlos con hilos de aire. Ese desafío se ha ido configurando, con el tiempo y la experiencia, como uno de los más importantes en el proceso de escritura. Es ahí donde todo se juega.

¿Cómo fue la puesta en teatro de La dimensión desconocida[2]? ¿Hay algún aspecto que te haya impactado de manera particular que recuerdes?

El texto deja de ser mío cuando emprendemos un proceso escénico. Todas y todos se lo apropian y comienzan a ejercer su autoría desde el arte, la luz, la música, la interpretación y, por supuesto, la dirección. Ese borramiento de mis límites autorales es lo más apasionante del trabajo teatral, todo se profundiza en la mirada colectiva. Creo que un aspecto fundamental de la puesta en escena fue la decisión de que al protagonista, un ex agente de inteligencia de la dictadura que decidió desertar, lo encarnaríamos las tres intérpretes del elenco. Se construyó en equipo, de a tres, con la certeza de que un personaje así es irrepresentable. Sólo juntas podíamos hacer el intento. Lo compusimos como a un verdadero Frankenstein, con aportes de cada una. De a poco fuimos armando al monstruo arrepentido. Jugando con nuestra propia monstruosidad, poniéndola al servicio, pero comprendiendo, como decía, que nunca llegaremos ni a asomarnos al verdadero horror que padeció y ejecutó Andrés Valenzuela, el protagonista de la novela y la obra.

Finalmente, ¿Nos podrías recomendar una película, serie, disco u obra de teatro que te haya llamado la atención últimamente?

La misteriosa mirada del flamenco[3] (2025), película escrita y dirigida por Diego Céspedes, joven, y muy joven, director chileno.

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Libros de la autora:

¿Cómo recordar la sed?

minúscula, 2024. 80 pp.

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Marciano

Random House, 2025. 520 pp.

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La dimensión desconocida

Random House, 2016. 240 pp.

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[1] Se trata de «Nona Fernández: “En Chile no hemos salido del espacio fatal de la dictadura”», publicada en El País el 9 de noviembre de 2020. Disponible en https://elpais.com/babelia/en-pocas-palabras/2020-11-09/nona-fernandez-en-chile-no-hemos-salido-del-espacio-fatal-de-la-dictadura.html

[2] Adaptación teatral de la novela homónima, publicada por el sello Random House en 2016. La puesta en escena se desarrolló entre el 10 y el 26 de julio de 2026 en el Centro GAM de Santiago de Chile, a cargo de la compañía La Pieza Oscura.

[3] Ópera prima de Diego Céspedes (Santiago, 1995), ganadora del Un Certain Regard en el Festival de Cannes 2025. Disponible en la plataforma Mubi.

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Entrevista

La escritura estelar de Nona Fernández

Foto: Mario Téllez / La Tercera

Por Diana Hidalgo Delgado

En el lomo de su mano derecha tiene tatuados cuatro puntos negros pequeñitos. A simple vista, pueden parecer hormigas, bichitos, o esas marcas de tinta que quedan impregnadas por el roce del lapicero; pero si uno se fija bien, son estrellas. Mientras escribía Voyager (2019), un homenaje a las estrellas, las constelaciones, la memoria y la gente chiquitita que nos mira desde el cielo, la escritora chilena Nona Fernández se tatuó cuatro estrellas de la constelación de Cáncer –su signo regente– allí en la mano, muy cerca a los dedos con los que escribe. «Estaba en el proceso de escribir el libro y me lo hice como regalo de cumpleaños. Es el único tatuaje que tengo. Quería que sea ahí porque escribo con la mano derecha y quiero que las estrellas estén involucradas en mi escritura», cuenta Nona, desde Santiago de Chile, aún en tiempo de pandemia. «Las estrellas están hechas del polvo estelar de sus muertos», se lee en la página 53 de Voyager.

Nona, además, es madrina de una estrella. Algo que ocurrió también, mientras escribía Voyager. Estrella HD89353: Mario Argüelles Toro. Una de las 26 de la constelación de los caídos, víctimas de la Caravana de la Muerte en su paso por la ciudad de Calama. El 19 de octubre de 1973, durante la dictadura militar de Pinochet, miembros del ejército de Chile fusilaron a 26 personas en Calama y luego las enterraron en el desierto de Atacama. Una de ellas era Mario Argüelles Toro. Era comerciante, taxista, dirigente socialista; y tenía treinta cuatro años cuando fue detenido y asesinado. Recién en mayo de este año, meses después de la publicación de Voyager y casi 47 años luego de los 26 asesinatos, la Corte de Santiago condenó a 8 militares en retiro por el delito de homicidio calificado a las 26 víctimas de Calama. «Hola, estamos aquí, somos la gente chiquitita, no se olviden de nosotros», escribe Nona en Voyager, página 19.

Las obras de Nona son una caja de Pandora. No están definidas en ningún género, ni clasificación, ni etiqueta, ni en un solo tipo de lenguaje. Por una parte, son brutales, cuando narran lo más cruento de la dictadura pinochetista; por otra, están llenas de ternura, esperanza y luz. Tienen poesía, testimonio, canciones, ensayo, novela, prosa, verso. No sabes lo que encontrarás al abrirlos. Ella lo sabe y se siente más cómoda escribiendo así, sin encasillarse. Después de escribir La dimensión desconocida (2016) y Voyager (2019), sus dos últimos libros publicados, que sin duda están atravesados por la memoria histórica reciente de Chile, Nona se ha tomado estos meses de confinamiento para preparar un libro al que considera un artefacto literario. Digo considera, porque tampoco es una definición. Con ella no hay definiciones.

«Estamos viviendo un tiempo fragmentado, que mezcla temporalidades. He creado un artefacto literario que intenta dar crónica de las vivencias en las que estamos instalados gracias a la pandemia. Es una ficción mezclada con crónica, en distintas texturas», cuenta Nona. La escritora adelanta que, aunque aún no hay un nombre definido para el libro, está previsto publicarlo probablemente en octubre, en Chile, bajo el sello editorial independiente Alquimia.

En estos meses de encierro, además de escribir este libro, Nona, cuenta, ha aprovechado para leer mucha poesía, como la de la chilena Rosa Betty Muñoz y el clásico Walt Whitman; ver teatro por Zoom, asistir a reuniones virtuales sobre política, además de revisar películas y documentales de André Tarkowski y Agnes Varda. «El género documental me gusta mucho. En Chile un referente muy importante que tengo instalado en mi memoria es Patricio Guzmán», dice Nona. De alguna forma, se plantea, Voyager es como un documental hecho libro.

Tus libros son muy difíciles de definir. Los has calificado como híbridos, pero, ¿qué son?

Originalmente yo partí escribiendo cuentos y novelas muy en la tradición y de a poco, sin planearlo, los libros empezaron a transformarse en contenedores de varias cosas: de documentos, de crónica, mezcladas con ficción. Me he ido entregado a esa pulsión que es muy orgánica, mía; y con el tiempo la he podido observar, también. Los últimos libros que escribí son libros muy híbridos, que no tienen género. Yo misma no sé qué son. Son un poco de todo. Y con el tiempo también me he ido sintiendo más cómoda en ese género sin género, que también por lo demás me parece que ha adquirido una postura que me parece muy interesante en términos políticos, porque vivimos un momento donde pareciera que se nos imponen muchos límites. Y en general siempre hemos vivido muy limitados: en géneros, en naciones, en razas, incluso con países que establecen muros para separar los límites y creo que toda esa concepción de humanidad limitada está haciendo agua en este momento. Creo que estos libros también obedecen a tratar de traducir eso en términos estéticos y en términos artísticos. Decir que no tenemos límites y no tenemos por qué ponernos límites; decir que la literatura y que la creación en general está muy lejos de eso. Hay tantas posibilidades de personalidad como infinitos somos los seres humanos en el mundo, por lo tanto, las creaciones artísticas también. Y en este momento de mi vida me acomoda mucho ese tipo de trabajo que va acorde también a una posición epocal, histórica y política.

Sin embargo, en toda esta mezcla que confluye en tus obras hay un tema que conduce e hilvana todos tus escritos: la memoria y la dictadura. Y una especie de conducción entre pasado, presente y futuro, donde los hechos se pueden repetir justamente si no recordamos lo malo del pasado para no volver a repetirlo.

Toda mi obra está completamente vinculada a la memoria histórica reciente de Chile. Primero en un origen, la pulsión fue más bien investigar una época en la que yo nací y crecí. Mi infancia y mi primera juventud están instaladas en la dictadura; y era un momento donde todo era interrogante. No había claridad en nada. Y luego cuando fui mayor, cuando llegó la democracia, cuando encontré este oficio que es la escritura, quise investigar sobre ese tiempo pasado porque es un tiempo que había quedado lleno de oscuridad, muy nebuloso. Tampoco lo planeé, fue lo que salió. Mis obsesiones estaban instaladas ahí. Entonces comencé a investigar y a reflexionar. Para mí la escritura es eso, una manera de convocar la realidad y reflexionarla para tratar de entender un poco lo que había vivido. No entendí nada. O no mucho. Y aparecieron más interrogantes. Ya con el tiempo, con más oficio y libros en el cuerpo, empecé a entender que además de querer reflexionar, quería dejar un documento de todo aquello que no estaba todavía escrito en la historia oficial (de Chile), sobre todo aquello que no estaba visibilizado. Sentí que de una u otra manera la literatura también era un espacio para entregarle visibilidad a historias, a hechos y a reflexiones que no se habían hecho en términos históricos. Creo que también buscaba dejar un archivo. Registrar y archivar. Pero la historia es tan extraña, que de pronto el tiempo comienza a pisarse la cola y hemos vivido en Chile, diría que en los últimos años, tiempos que también están muy cercanos a la dictadura y donde toda esa historia que yo pensé que era un archivo del pasado instalado en la literatura para no olvidar y para no repetir los mismos hechos, comienza a tener una actualidad que es aterradora. Esos documentos del pasado comienzan a ser espejos del presente. Nos empezamos a mirar ahí como en un espejo. Y ha sido un poco la vivencia de estos textos ahora, que no fue lo que busqué, sin duda. Pero es la experiencia que estoy teniendo yo ahora con estos textos dado el estallido social que está viviendo Chile desde octubre del año pasado, más la pandemia. Estamos en un momento sociopolítico muy intenso, con violaciones a los derechos humanos, con impunidad, con un montón de cosas que se están repitiendo, desgraciadamente. Y es ahí donde los libros empiezan a tomar un carácter como de espejo, como que espejean la realidad.

Fuente: CNN Chile

Esta imagen que has planteado de tus libros como un archivo histórico de registro de la realidad, es también como un contenedor de memoria, como las sondas exploratorias Voyager.

Sin duda eso. Concebí mis libros como un espacio donde se registrara todo aquello que no había sido del todo registrado. Sin sacar conclusiones claras. Sino un trabajo de sonda exploratoria que registra y que fija un espacio de memoria para que en un futuro se pueda seguir observando.

Decías que en esto de que la historia es tan extraña, el tiempo se pisa la cola y ahora en Chile están ocurriendo hechos similares a los de la dictadura que registraste en tus libros. Hay un modelo económico muy desgastado, un descontento social muy profundo y una crisis que parece no haber concluido; que la pandemia es solo una especie de pausa hacia el exterior. ¿Cómo se está viviendo esta crisis sociopolítica ahora en medio de la pandemia y cómo ves que va a continuar una vez que la ciudadanía pueda volver a salir a las calles?

Ha sido lo más intenso que he vivido yo como ciudadana de este país, la verdad. Y eso que viví la dictadura y el pase a la democracia. Pero creo que desde ese momento no hemos vivido momentos de tanta intensidad. Vivimos en un estado como de planicie. Pensamos por mucho tiempo que ya no había vuelta, que habíamos fracasado y que no era posible un cambio. La historia estaba escrita y ya la ciudadanía no podía escribir nuevos capítulos en esa historia. De verdad sentíamos mucho eso. Pero a partir de la revuelta de octubre del año pasado eso se sacudió completamente y lo hizo sin que nadie lo hubiera propagado. Esto es muy interesante de observar. No hay ningún partido político, ninguna organización política que haya gestionado esto. Simplemente ocurrió y fue muy natural y vino de la ciudadanía. Una ciudadanía muy agotada de un sistema neoliberal muy desatado donde el mercado lo regula todo y con un sistema público muy precario, muy pobre, demasiado frágil. La ciudadanía ha vivido abusada por mucho tiempo sin un Estado mínimo que lo proteja. Eso reventó y ha sido muy fuerte. La pandemia ha obligado a que esa revuelta tome otro carácter, que es un carácter íntimo; pero la revuelta no se acabó. No se llegó a un fin. Simplemente tuvimos que entrar a nuestras casas, pero esto no ha acabado. Y lo que viene ahora, lo que yo observo, es que en cuanto la pandemia termine, cuando podamos volver a la calle, esto se va a reanudar con mucha más fuerza. Es lo que vemos en las asambleas virtuales, en redes, lo que la televisión permite mostrar. Hay mucha indignación, hay mucha pena y mucha rabia.

En el tercer mes de protestas, los chilenos volvieron a salir a las calles para demandar reformas estructurales, en Santiago de Chile, el 17 de enero de 2020.
Fuente: France 24

Al leer Voyager pensé mucho en el documental La Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán, en ese mismo nexo que hace Guzmán con la tierra (el desierto de Atacama), los desaparecidos de la dictadura, y el cosmos. Es también una película muy dura, pero a la vez muy tierna, como tus libros. ¿Hay un guiño a Guzmán en este libro?

Patricio Guzmán ha sido para mí un referente absoluto, importantísimo. Y si bien no lo tenía muy puesto en la cabeza cuando partí la escritura del libro, cuando me vi en Atacama, por supuesto que apareció la película. Y su obra en general. Entonces, evidentemente que su trabajo y en específico esa película está presente en la escritura de Voyager. Como un guiño, o casi como un homenaje también.

Varios sucesos ocurrieron en tu vida mientras escribías Voyager: el tatuaje de estrellas que te hiciste en la mano derecha, pero también hay otro muy importante que igualmente dura para toda la vida. ¿Cómo es ser madrina de una estrella?

Fue una tremenda experiencia y sigue siéndolo. El madrinazgo es algo que nos une por toda la vida. Debo decir que yo ya estaba escribiendo el libro sobre estrellas y memoria, cuando se me cruzó en la vida esta campaña de Amnistía Internacional Chile, que buscaba cambiar el nombre de 26 estrellas y ponerle el nombre de las 26 víctimas de la Caravana de la muerte en Calama, llamándola la Constelación de los caídos. Cuando me enteré del proyecto, que me llegó en un correo, para firmar una carta, lo encontré realmente hermoso. Muy muy hermoso y sentí que tenía todo que ver con lo que estaba haciendo. Inmediatamente quise participar. No sabía si lo iba a escribir o no. Simplemente quería participar de lo que me parecía un acto poético, hermosísimo. Entonces fui. Las compañeras de Amnistía fueron muy generosas y me dejaron estar allí, participar con ellas, ser una más de ellas, participar de la gestión y creación de todo el proyecto y la ceremonia. La Unión Astronómica Internacional no autorizó formalmente el cambio de los nombres de las 26 estrellas. Le pareció hermoso el proyecto, pero argumentaban que si tuviesen que cambiar los nombres de las estrellas por cada víctima que la humanidad ha generado, no alcanzaría el firmamento. Entonces decidimos hacer una ceremonia simbólica. Fuimos a Calama. Estuvimos con las familias de las víctimas. Tuve la oportunidad de conocerlas, de compartir, de estar con ellas, de regalarle algunos textos que hicimos en la ceremonia. Fue muy muy emotivo. Tuve la oportunidad de estar con Violeta, la compañera de la estrella que yo amadriné, Mario Argüelles. Estuvimos juntas, fui a su casa, conversé con ella. Mi intención como madrina fue, y lo entendí estando allá, escribir la vida de Mario. Traspasar la luz de esa estrella a un libro para que no se pierda, para que se observe, para que siga iluminando desde otro lugar, que en este caso es un libro. Mi misión como madrina se redujo a eso. A contar la historia de Mario, para que nunca nadie la olvide.

Fuente: El Mostrador

La dimensión desconocida es quizá menos tierna que Voyager. Hay pasajes muy brutales de secuestros, torturas y asesinatos de la dictadura. ¿Dirías que hay una dimensión del terror o terrorífica en ese libro?

Creo que los contenidos del libro son súper terroríficos, sin duda que sí. Son horrorosos. Pertenecen a un pasado completamente feroz que quise iluminar y observar justamente con la fantasía de que quizá fijándolo en un libro esas cosas puedan llegar a no repetirse. No es un libro de género en ningún caso. Yo creo que ahí la que ha hecho maestría en ese género es Mariana (Enríquez), que ha logrado hacer ese cruce entre la historia política argentina y el género. Y ha construido los libros que ha construido, de manera maravillosa. Este libro se aleja de eso (del género), aunque evidentemente es terrorífico. Lo que pasa es que mi intención siempre es intentar, pese a que los contenidos son muy duros, narrarlos de manera cariñosa, para que nadie se espante. Para que nadie abra la primera página y no sea capaz de llegar hasta el final, sino todo lo contrario, quiera y se arriesgue a llegar hasta el final. Entonces, insisto, si bien los contenidos son muy terroríficos, creo que el libro intenta no serlo del todo. Trata de vagar por ese lugar oscuro, por esa dimensión desconocida siempre llevando al lector de la mano, cuidándolo. Esa fue mi intención, que fuese un libro, pese a todo, amable. Y siempre tuve la idea de contarlo como se lo podría contar a un niño, con ese criterio. Con el criterio de estar narrando algo tremendo, pero con las herramientas necesarias para poder leérselas a un niño.

Acabas de terminar de escribir un libro registrando estos tiempos tan extraños de la pandemia. ¿Cómo es esta nueva obra?

Así es. Se va a publicar probablemente en octubre en Chile, en mi editorial pequeñita que se llama Alquimia. Es una especie de artefacto literario, muy en la línea de Chilean Electric (2015). Casi como todos mis libros, que mezclan, crónica, ficción, archivo, ensayo y materiales de la realidad. De una u otra manera lo que he estado haciendo es registrar; construir una especie de ficción registrando documentalmente mucho del día a día en este encierro. Y el resultado de este libro es una especie de reflexión en vivo sobre todo lo que hemos estado viviendo acá como sociedad. Para mí la escritura es una manera de analizar y convocar la realidad, por lo tanto, es imposible encerrarme y no escribir. Creo que enloquecería. No lo hago como una manera de sanear mi cabeza, sin duda, pero he estado escribiendo como una manera de entender esto. Por supuesto estoy segura de que este libro no es la respuesta para entender lo que hemos vivido, pero creo que es un testimonio y un intento. Como todos mis libros, son intentos. Intentos de iluminar, de entender, de reflexionar. Intentos que después llaman a otros intentos, que son otros libros. Y este libro es eso también.