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Reseña doble: sobre Memorias de la Guerra del 79 y Recuerdos de la Campaña de la Breña

Las memorias

Por Cristhian Briceño

Si un diario íntimo puede leerse como un artefacto pretendida o convenientemente literario, no veo por qué con unas memorias de guerra no pueda hacerse otro tanto. Si convenimos que un parte de batalla es un cuerpo caliente, de una urgencia que, de ser oral y no escrita, podría caer en el tartamudeo, convengamos que unas memorias son un cuerpo tibio, sosegado, siendo su atributo central una prolongada meditación cuyo final suele lindar con la extensión de la vida de quien recuerda. Ambos, parte de batalla y memorias, tienen en común la contaminación al momento de narrar los hechos: en el primero es la conmoción de las recientes circunstancias, la desorientación y la información fragmentada a la luz del fragor de la contienda; en el segundo es la distancia, la idealización de lo vivido. Difícilmente un parte de batalla aspire al logro estilístico cuando su función es meramente utilitaria, a diferencia del diario íntimo, en el que puede acariciarse cada letra que uno va escribiendo bajo el cálido resplandor de una lámpara de escritorio o recostado en un árbol luego de cortar leña, a la manera de Emerson (siempre hay excepciones: las trincheras en los diarios de Jünger, las lóbregas guaridas en el de Ana Frank, etc.). Si el deseo de unan memorias es el de acercarse al documento histórico y que se la valide como una fuente confiable, ¿se haría escaso favor presentándose como un conjunto de aciertos literarios? Si este fuere el caso, las Memorias de la Guerra del 79 del mariscal Cáceres cumplirían holgadamente tal objetivo, el de no resaltar por su calidad literaria, sino por su provecho documental. Caso distinto es el de Recuerdos de la Campaña de la Breña, las memorias de su esposa, Antonia Moreno, las cuales funcionan como un contrapunto mucho mejor construido y ameno, un texto que podemos leer incluso como una novela de trasfondo bélico donde también hay lugar para el suspenso, para el apunte costumbrista y, desde luego, para el amor en tiempos convulsionados. Ambos testimonios, cabe resaltar, no fueron escritos de puño y letra por los involucrados, sino por terceros a quienes les fueron referidos, un detalle no menor, aunque ignoro si este particular los aleje aún más del grado cero de la preciada verosimilitud histórica. Empecemos por el mariscal.

La estructura de sus memorias coincide con los momentos estelares de su carrera en la milicia. Luego del inicio de las hostilidades con Chile, hace un breve recuento de la campaña naval que concluye con la caída del Huáscar, sigue con la campaña del sur, la fallida resistencia de San Juan y Miraflores, su huida a la sierra peruana para rearmar algo parecido a un ejército de sufridos amateurs, las victorias, derrotas, las miserias, los adioses en la Breña, el cese de las hostilidades tras el Tratado de Ancón y la guerra civil que lo enfrentó con Iglesias, que dio paso al Segundo Militarismo. Cáceres, por cierto, aparece como una personalidad persuasiva; no requiere gastar muchas palabras para convencer a los demás de que lo más sensato es ponerse bajo sus órdenes y acometer su arriesgada empresa. Aunque ha pasado a la historia como el “tayta” o “el Brujo de los Andes”, lo cierto es que tenía un sobrenombre más antiguo, “el tuerto”, ya que, durante sus correrías en favor a Castilla, en 1858, una bala le entró cerca de un ojo y le salió por la oreja, desfigurando esa zona de su rostro. Su semblante, por ende, no daba lugar a la duda: para la soldadesca debía tratarse de un hombre curtido, acostumbrado a habitar en la línea de fuego, alguien en quien se podía depositar la fe en pos de una victoria que expulsara, sin contemplaciones, al odiado invasor. Al parecer se trataba de un ser nacido para la batalla, pletórico de un ferviente patriotismo decimonónico, aquel que cada vez nos parece más absurdo, a menos que el combate sea un partido de fútbol. Era capaz de balancearse sobre su caballo mientras atravesaba la escabrosa geografía del Perú profundo, así tuviera el hígado inflamado, producto de las miserias propias de la guerra, de la dieta irregular impuesta por vivir siempre a salto de mata, aunque en sus memorias encontramos que, cuando había ocasión, gustaba de comer bien y tras el esfuerzo sobrehumano solía dormir cuarenta y ocho horas, sin interrupciones, luego de haber supervisado que su tropa haya dado cuenta también de alimentos. Podemos saber que su presencia en la contienda contra los chilenos fue casi ubicua, si exceptuamos los episodios marítimos y el asalto al Morro, que tienen como protagonistas excepcionales a Grau y al coronel Bolognesi, aunque aun así tuvo la dicha de estar presente en eventos memorables de nuestra historia, como la ocurrida frente a la bahía de Iquique, cuando el Huáscar y la Independencia llegan a romper el bloqueo impuesto por la Esmeralda y la Covadonga, produciéndose los hechos tan bien conocidos por todos nosotros. La figura de Cáceres es ciertamente providencial en varios pasajes de sus memorias, parece estar siempre a la vanguardia de todo y anticiparse a cualquier otro ser humano en cada eventualidad que sale al paso, con una sapiencia que excede, incluso, su propia edad; así, las pequeñas anécdotas insertas en el libro son las que lo insuflan de una trascendencia que nos revela, en el mínimo detalle, en el acercamiento casi cinematográfico, una prueba más de su reputación:

(…) la sensación de sed fue tal durante la marcha, que los soldados tuvieron que ponerse en la boca piedrecillas o una bala de plomo, por indicación mía, para humedecerla y mitigar así un tanto la sed, provocando la secreción de la saliva. Por casualidad, llevaba yo un limón en el bolsillo, y cortando rebanadas muy delgadas se las daba a algunos muchachos de la banda de guerra del Zepita, que se ahogaban materialmente de sed. Y algunos viéronse tan acosados por ésta, que llegaron a beber sus propios orines. (p. 32)

Si bien la narración es fluida, también es necesario apuntar que a veces se entorpece por completo cuando Cáceres hace recuento de sus tropas, en una operación similar al inventario de naves homérico. Con esto nos queda claro que una de las cualidades del mariscal es la de ser un sagaz estratega, pero aún más un administrador de sus fuerzas, y esto es lo que probablemente lo haya llevado a resistir con bien durante tan prolongado periodo, teniendo a la mano un “ejército” de hombres armados con rejones, hondas y palos, sobrellevando la escasez de todo. No es necesario decir que, en varios pasajes de sus memorias, viéndose enfrentado a las heridas propias de las sangrientas trifulcas, siempre encuentra otro poco de fuerza y voluntad para recuperarse mientras va elucubrando la forma de rearmar lo deshecho, con un instinto tan poco común que todos alcanzan a ver en él una transfiguración de aquella emoción patriótica que debía ser el combustible de tantos hombres sufridos, viudas recientes y recientes mutilados:

Solo y acosado por fuertes dolores de la herida, seguí por el camino que conduce a Lima. En el trayecto encontré al comandante Zamudio, quien me alcanzó un poco de agua en su kepis y me vendó la pierna con un pañuelo (…) La gran cantidad de dispersos que abandonaba el campo, me sugirió la idea de que aún podía improvisar con ellos un ejército, trasladándolos a la sierra, para continuar allí la resistencia contra el invasor. Animado con esta idea, apuré el paso a mi caballo y llegué a la plaza de la Exposición, a eso de las siete de la noche. Aquí fui reconocido por los soldados dispersos, quienes agrupáronse en mi alrededor, pidiendo a gritos que me pusiera a la cabeza para seguir la lucha. (p. 86)

Cuando ya la figura de Cáceres se ha establecido y elevado en sus memorias por encima de la del hombre común es cuando la narración empieza a debilitarse. Si bien el dato anecdótico regresa con cierta periodicidad no puede negarse que el recuento de las hostilidades y altercados con los chilenos se vuelve bastante monótono, aunque Cáceres (o el transcriptor de sus memorias) no escatima en la erudición geográfica ni en las cifras de almas que se van enfrentando a lo largo de este último tramo de la guerra del Pacífico. En este punto se hace evidente las falencias de las memorias de Cáceres si es que el lector espera encontrar en ellas entretenimiento a la par de información. Más le valdría leer otros libros donde lo bélico se nos presenta en forma de alta literatura, como en varias páginas de La Cartuja de Parma o Guerra y paz. Aunque las memorias de Cáceres inciden una y otra vez en que nos hallamos dentro de las peripecias de una guerra, parecen prescindir de la violencia propia de ella. Tal vez no le falte razón. Si alguien cercano al mariscal muere, su muerte es sentida durante poquísimas frases, pues el objetivo de la victoria aún es posible; ergo, la muerte, aunque trágica o injusta, es prontamente borrada de un plumazo por este sentimiento envolvente, el patriotismo. Al ser la muerte un asunto necesario, la violencia no es explorada, a pesar de que el libro es un campo minado de enfrentamientos en verdad inhumanos y la piedad es exclusiva de quien nos cuenta la historia. Nada de lo narrado hace explícita la sangre, las vísceras, ni la agonía, algo que no se le puede exigir a esta clase de textos que privilegian el informe y el recuento, quizá porque no pretenden ser literatura; en caso contrario se parecería a otras obras donde la muerte alcanza a que se narren incluso las exequias del héroe caído, sería semejante, por poner un ejemplo, al diario de la Guerra Civil de Whitman, en el cual una pierna gangrenada y plagada de larvas es motivo de contemplación por parte del diarista, la respiración esforzada del moribundo motiva a una compasión infinita durante una noche de alaridos en el hospital de campaña. Uno de los pocos incidentes que motivan a esta clase de sentida reflexión es el ocurrido durante la huida de Huamachuco, tras la derrota, y tiene como protagonista al caballo del mariscal:

(…) debía continuar mi viaje para evitar ser capturado. Como mi caballo se encontraba en lamentable estado, el señor Santa María me ofreció una buena bestia para reemplazarlo. Hube, pues, de dejar mi caballo el “Elegante” recomendándole a mi amigo Santa María que le cuidase bien. Tras mi reiterada recomendación, mandé que trajeran mi caballo al patio; estaba completamente despeado, que apenas podía caminar; pero al acercárseme irguió la cabeza y luego la inclinó estirándola hacia mí. Le acaricié, como tenía por costumbre, hablándole cariñosamente. Ya jinete en el nuevo caballo, el mío me siguió con la vista, reflejando en sus grandes ojos su tristeza. “Adiós, Elegante”, le grité desde el zaguán, y el caballo alzó la cerviz orgulloso, dando un fuerte relincho, como respondiéndome. (p. 235)

En otros lugares de las memorias de Cáceres hay espacio para las meditaciones y los grandes cuestionamientos respecto a la realidad nacional:

Un pueblo que quiere vencer con el incompleto instrumento de guerra de un ejército improvisado, a más del caudillo militar, requiere de una buena, activa y vigorosa dirección política, un gobierno que, lleno de un apasionado amor a la patria, sepa entusiasmar a las masas por la causa y el ideal que persigue la guerra, ahogando sin consideración alguna todo síntoma de debilidad. Pero tal gobierno no existía y yo anhelábalo intensamente. (p. 116)

Las memorias, por lo menos en aquellos episodios donde el país se encontraba sumergido en la acracia, no  parecen el lugar idóneo para reflexiones de este tipo; por el contrario, el párrafo anterior es una forma de anticipo de la guerra civil y el ingreso de Cáceres a la vida política, lo cual acabó por rebajar en algo su prestigio, bien ganado en el campo de batalla, al punto de que algunos llegaron a decir que su destino de héroe estaba en las alturas de Huamachuco, junto a Leoncio Prado y otros tantos soldados anónimos, donde debió haber perecido con gloria. Cáceres, sea como fuere y luego de haberse leído íntegramente sus memorias, recuerda a aquel Moisés irremplazable de Éxodo 17: 11-13, o al Cid, quien aún después de haber fallecido continuaba cabalgando sobre su caballo Babieca, embalsamado y vestido con mallas y yelmo de acero reluciente, un símbolo cuya sola presencia, cuya sola mención, bastaba para levantar el ánimo en sus mesnadas y asegurar la victoria sobre los infieles.

La propia Antonia Moreno, en sus Recuerdos, no pierde ocasión de mencionar que los indios se hincaban ante el tayta y le hacían una y mil muestras de su estimación, un besamanos, en ocasiones, indigno, rayano con el servilismo: se postraban de rodillas ante Cáceres, dice, “igual que antes lo hacían en presencia del Inca”. Ella misma llama “Cáceres” marcialmente a su marido, de la misma forma que Georgette Philippart, con aires de solemnidad, se dirigía al suyo como “Vallejo”. Sus Recuerdos no hacen sino elevar aún más la efigie del mariscal; como he dicho antes, su testimonio me ha gustado, en verdad; he logrado hacerlo encajar en mis expectativas literarias. Cuando no está alabando a Cáceres, nos narra sus desventuras a la par de la soldadesca, los malabares que hace para mantener no solo unida a su familia, sino también con vida, siempre escapando del cautiverio que habría significado caer en manos de los chilenos, a todas luces desventajoso para los propósitos del mariscal. Su narración, a diferencia de la estrategia de Cáceres, prescinde de las anotaciones numéricas y pormenorizadas que implican las jerarquías dentro del ejército, lo cual es natural, ya que no es su tema. Por el contrario, su fuerte es el detalle, en apariencia, insustancial, pero que revela sus indagaciones como madre, como regente del bienestar de las hijas de Cáceres:

(…) bajamos de los caballos y nos recostamos bajo los hermosos árboles que nos daban sombra. Allí descansamos dos horas. El suelo era duro, pero el sueño nos rendía. A las seis de la madrugada, los pollos que por allí circulaban vinieron a despertarnos, picoteando el cabello de mis hijas. (p. 33)

Este acercamiento bastante visual es moneda corriente también en las descripciones que hace de las personas que va conociendo en sus correrías, un rastro que delata sus inclinaciones estéticas. En una parte tiende a mencionar el cabello rubio de sus hijas; luego, al describir a tal o cual persona, alaba el color de su piel, su porte gallardo, la apariencia de uno que le hace parecer inglés, el bigote castaño de aquel, el aire aristocrático de estotro. Si esta no fuera la visión de una mujer del siglo diecinueve, posiblemente sería algo escandaloso. Como dije antes, siempre deja en claro la posición de los indios, se compadece maternalmente de ellos, con una piedad que bien podría ser admiración ante lo exótico. Dice:

Las indias ayacuchanas tienen la piel más clara que las de otros lugares de la sierra y son de mejor tipo. (p. 18)

Y más adelante:

Las indias del Perú tenían culto por Cáceres (…) Entre estas, había algunas muy inteligentes y listas; fingían no saber castellano, cuando iban a, campamento chileno, de manera que los enemigos no se cuidaban de ellas, y mientras les vendían fruta, escuchaban todo lo que aquellos decían. (pp. 35-36)

Dice luego:

El indio, a pesar de su incultura, se daba cuenta de que todos los sacrificios nuestros en la ruda campaña de La Breña los sufríamos también por ellos, para libertarlos del yugo de los enemigos, quienes talaban sus sembríos, incendiaban sus tristes chozas, ultrajaban a sus mujeres, sembrando el dolor y la miseria. (pp. 56-57)

Más allá de estas estampas propias de la época (me quedo pensando en cuánto alterarían la sensibilidad en nuestra cultura de la cancelación), lo que sacamos en claro es que, al igual que su marido, Antonia Moreno siente también que el virus del patriotismo habita en ella y es superior a cualquier sacrificio, todo sea por un fin mayor, el de salvaguardar la patria y a las figuras que, entonces, representaban su redención. Así, ni siquiera la vida de un niño inocente es motivo de mayor reflexión si es que ésta va a servir para que la resistencia ante el invasor llegue a buen puerto. Tras perder a su hijo recién nacido por las inclemencias de la campaña (“un hermoso niño, muerto casi al nacer, cuyo alumbramiento me hizo sufrir cruelmente”), queda anémica y bastante debilitada; en tales circunstancias, una mujer le ofrece a su hijo, también recién nacido, para que lacte de sus pechos, evitándose así cualquier complicación que podría haber empeorado su situación, a pesar de que el niño sufriera por esto o incluso acabara falleciendo: “Primero es la vida de la mama grande”, responde la patriota, “aunque mi hijo se muera”. Este culto patriótico que, como he dicho antes, nos podría parecer una suerte de salvajismo desfasado, es uno de los motivos que hacen conmovedoras estas evocaciones y le dan cierto aura de ficción saludable y lograda, como la gustosa sumisión de los esclavos negros en las novelas que retrataban el Deep South en el siglo diecinueve, precisamente. Este naturalismo de las emociones y los sacrificios va de la mano con una violencia que en las memorias de Cáceres es dejada de lado, quizá porque es su normalidad y no considera necesario nombrarla ni buscar significados en ella, de la misma forma que uno no consigna las veces que respira o que parpadea a lo largo del día. La contraparte se encuentra en las páginas de su mujer, en esos momentos donde la violencia es presentada sin rebajar y es un acontecimiento que remece las entrañas:

Como consecuencia del desborde chileno, la indiada estaba enfurecida. Relataban los incendios de sus pobres chozas, el robo de su ganado, el ultraje a sus mujeres así como la feroz venganza ejercida por los indios, pues habían decapitado a los chilenos muertos en batalla y ensartado las cabezas en sus rejones, colocándolas a la entrada del pueblo, como escarmiento para todos los enemigos. (…) y, después de relatarme sus hazañas en represalia por los daños sufridos, se empeñaban en mostrarme sus trofeos de guerra. Orgullosos y fieros, me decían: “Ven, mamay, para que veas cómo hemos castigado a los ‘chalinos’ que nos han asaltado; ven a ver sus cabezas en las picas. Las hemos puesto afuera del pueblo, para que todos sepan lo que haremos con los enemigos de nuestra tierra”. Esta espantosa escena me horrorizaba y, hablándoles suavemente, les pedí que me excusaran de presenciar tal espectáculo, porque estaba muy enferma. (p. 76)

Estos Recuerdos le sirven a Antonia Moreno, asimismo, para saldar viejas deudas con aquellos que se negaron a poner el hombro durante su “triste vida de campaña”. Naturalmente, estos momentos son también de gran disfrute, pues se reconoce en ellos el genuino carácter de la esposa de Cáceres, como cuando rememora la vez que, en su accidentado retorno a Lima, luego de haber sido despachada ella y sus hijas por su marido debido a la inminencia de la sangrienta cita de Huamachuco, se le niega el albergue en una hacienda, temiendo la dueña que los chilenos fueran a tomar represalias por haber socorrido a tan significativa mujer. No menos elocuente se muestra cuando le reclama a una tal Margarita Lozano el haber sido tan avara para ofrecerle una mísera “sopa de agua con pan remojado”, algo que me recordó a cierta descripción que hace Quevedo en su Buscón sobre un similar caldo de aguas (“tan claro que en comer uno dellas peligrara Narciso más que en la fuente”).

Pero la relevancia de Antonia Moreno queda establecida en sus Recuerdos sobre todo por esa extraña capacidad que tiene para salir bien librada de los más inminentes peligros. No es descubierta cuando viaja camuflada entre los bultos de una carreta, el caballo que monta es salvado de despeñarse cuando está a punto de perder el equilibrio, el frío de la puna no la enferma, incluso se contagia de tifus y ella, aunque padece un verdadero infierno, consigue salvarse, a diferencia de mucha gente a su alrededor. Su fortaleza es milagrosa, por momentos uno no consigue explicarse cómo esa mujer acostumbrada a una vida sosegada de la capital puede salvar todos los obstáculos para los cuales no estaba preparada; esta circunstancia, según veo, acerca su relato más a  lo que podría ser una versión novelada de su vida. Ella y el mariscal Cáceres, como los clásicos protagonistas, sobreviven contra todo pronóstico, si bien el azar muchas veces juega un papel importante.

Hace poco un amigo me preguntó si se puede aprender historia leyendo El pez en el agua. Ensayo una respuesta sin ninguna pretensión de acertar. Si el objetivo es querer abordar la historia como una disciplina rigurosa, es obvio que unas memorias podrían estar a medio camino entre la invención y la realidad de los hechos. Pero quien ve en la historia un depósito de acciones ejemplares o la construcción de temperamentos apreciables, de idiosincrasias reveladoras y que despiertan nuestro sentido crítico, entonces bienvenidas sean las memorias, de la misma forma que leemos ahora a Herodoto o a Tucídides sin importarnos la validez de los hechos consignados. De cualquier forma, el libro de Cáceres es un documento relevante que nos permite acercarnos más ese hombre casi mítico que, a diferencia de muchos de sus pares, tuvo la dicha (otros dirían la desgracia) de trasponer la barrera de su siglo y vivir para enterarse del destino del país que creyó defender. Estoy de acuerdo en muchas cosas con él. Por ejemplo, en culpar a Piérola de la carnicería perpetrada en San Juan y Miraflores.

Datos de los libros reseñados:

Andrés Avelino Cáceres. Memorias de la Guerra del 79. Biblioteca Militar del Oficial Nº40, Lima, 1976.

Antonia Moreno de Cáceres. Recuerdos de la Campaña de la Breña. Biblioteca Militar del Oficial N.41, Lima, 1976.