“Hemos decidido que esa debilidad sea nuestra marca”
Por Sebastian Uribe y Eliana Del Campo
Fernando Barrientos (Tarija, 1977) fundó El Cuervo en 2008 casi por accidente: quiso hacerle bien un libro a un amigo, el poeta Julio Barriga, que hasta entonces se autopublicaba, y de ese cuidado salieron un logo con el rostro de Edgar Allan Poe, un nombre y una editorial. Casi dos décadas después, el sello boliviano reúne más de noventa títulos con distribución en más de una docena de países. Sociólogo de formación y editor de oficio, Barrientos armó su catálogo publicando los primeros libros de una generación de autores nacionales que entonces rondaba los veinte años —Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Giovanna Rivero— y que desde entonces ha sido traducida, premiada y llevada al cine. A esa apuesta, sumó después la circulación en Bolivia de autores del resto del continente: Mariana Enríquez, Álvaro Bisama, Gabriela Alemán, Nona Fernández, Fabián Casas, Patricio Pron. Sus portadas, que se reconocen a primera vista, le han valido distinciones como el Schönste Buchproduktion de la Stiftung Buchkunst en la Feria de Frankfurt.
Barrientos visitó el Perú como invitado a la segunda edición del Foro Internacional de Redes Editoriales (FIRE), celebrado en la ciudad de Arequipa, donde dictó un laboratorio sobre cómo definir la línea y la identidad de un catálogo. Aprovechamos su paso por el país para preguntarle sobre el origen de esa obsesión adolescente por la literatura, sus primeras apuestas literarias, los retos del oficio de editor y sobre la posición de Bolivia en la geopolítica del libro y la construcción de una identidad editorial reconocible en todo un continente.
Empecemos por el nombre. El Cuervo es un homenaje a Edgar Allan Poe y, según has contado, una muestra de tu “obsesión” por la literatura. Casi dos décadas después, ¿qué queda de esa obsesión y en qué se ha convertido?
Así es: tener el rostro de Poe como logo quería significar una obsesión por la literatura, una obsesión compartida con otras personas. Un par de ejemplos: editar en 1997 un par de cuentos de Boris Romero Yakovenko —un soviético que había llegado a Bolivia a los doce años— para el mítico suplemento Presencia Literaria, que dirigía Jesús Urzagasti; y Juan Gonzales, acusado injuriosamente de ser la carne de un seudónimo en una larga y patética polémica literaria —un género extinto en estos tiempos— en el año 2000, y todas las lecturas que compartió conmigo en su breve paso por La Paz. Entonces hay en el origen, éramos muy jóvenes, una obsesión por la literatura, pero también asociada a una posición de perturbación del orden y las buenas costumbres.
Eres sociólogo de profesión. En tu labor diaria, ¿qué le debe el editor al sociólogo? ¿Quizá una manera de leer manuscritos, de pensar el catálogo o de entender el campo literario boliviano?
En verdad, ni cuando estudiaba la carrera me sentía sociólogo. Siempre estuvo la literatura como escape y refugio. Pero agradezco y valoro mucho las enseñanzas de la carrera, sobre todo una visión más ampliada de mi país y también un entrenamiento de lectura para mi oficio de editor, que es, por suerte, el que ejerzo todos los días.

El Cuervo nació con Cuaderno de sombra, de Julio Barriga, un poeta que hasta entonces se autopublicaba. ¿Cómo un favor a un amigo terminó convertido en editorial, y qué aprendiste con ese primer libro que sigas aplicando hoy?
Creo que siempre sentí que quien recibía el favor era yo. Diría, además, que aún mantenemos ese rigor que exigía la obra de Julio para presentarse como creíamos que era debido, pero también en las maneras, siempre cambiantes, de introducir un texto a la discusión de una comunidad de lectores.

¿Hubo editores o proyectos editoriales que te sirvieron de modelo cuando empezabas? ¿Con quiénes sientes que dialoga El Cuervo dentro de la edición independiente latinoamericana?
Claro, hasta ahora. Al inicio, los mitos como Anagrama, pero también El Cuenco de Plata, Interzona, Estruendomudo, la cartonera de Cucurto, Sexto Piso, Almadía, Godot, Hueders, Caja Negra, Sigilo, Hotel de las Ideas, Cohete. La verdad, son muchísimas más. Y también sigo, admiro y aprendo lo que hace gente más joven en editoriales como Laguna, Concreto, Lava, Elefanta, y muchas otras.
Buena parte del catálogo boliviano de El Cuervo se armó con autores que publicaron entre los veinte y los treinta años. ¿Qué implica apostar por escritores tan jóvenes en un mercado tan pequeño, y cómo respondieron los lectores, dentro y fuera de Bolivia?
Todo confluía para que conectáramos con esos autores, y al inicio hubo que enfrentarse con cierta resistencia en la crítica o en los medios, que se fue abriendo por la potencia de las obras de estos nuevos escritores, que con el tiempo encontraron sus lectores primero en Bolivia y luego publicados en editoriales extranjeras, traducidos a diversas lenguas, adaptados al cine, etcétera. Hay una variedad de voces en la literatura boliviana actual, y nos llena de orgullo haber acompañado la carrera de algunas de las más importantes.

¿Cuál fue el mayor obstáculo de los primeros años? ¿Hubo algún momento en que pensaste seriamente en cerrar?
El 2012 fue un año crítico, porque yo tenía otro trabajo y publicamos doce títulos ese año. Eso fue mucho en energía y en dinero. Y fue también el año en que decidí que solo iba a dedicarme a la edición. Así que, cuando estamos en crisis, como ahora, recuerdo cómo sobrevivimos ese año apocalíptico.
Otra marca de la editorial es hacer circular en Bolivia a autores de países vecinos: Álvaro Bisama, Mercedes Halfon, Gabriela Alemán, Fabián Casas. ¿Cómo se negocian esos derechos desde una editorial pequeña, y cómo los reciben los lectores bolivianos?
Es muy difícil, desde hace tres años, pagar a agencias, autores y traductores desde Bolivia, por las terribles situaciones generadas por nuestros gobernantes. La verdad es que Bolivia es un mercado muy complejo, y creo que los autores latinoamericanos contemporáneos que hemos publicado nosotros, pero también nuestros colegas, no han tenido la recepción que merecen. La adquisición de derechos desde Bolivia, además, nos enfrenta con la realidad geopolítica de la industria editorial, donde jugamos muy atrás. Pero hemos decidido que esa debilidad sea nuestra marca, y estamos armando, por ejemplo, una colección de teoría, que serán libros teóricos producidos desde regiones, vamos a decir, no centrales.

Las portadas de El Cuervo se reconocen a primera vista, y la editorial mantiene una conversación constante con sus lectores en redes. ¿Cómo se decide una portada en El Cuervo, y qué lugar ocupa esa comunidad de lectores frente al catálogo mismo?
Por esta dedicación a las portadas, alguien me dijo una vez, y no como halago, que si hacíamos portadas de libros o libros. Es una etapa del proceso editorial en la que me involucro mucho, a veces demasiado. Hemos trabajado con distintos diseñadores e ilustradores. Es todo un desafío mantener el nivel de sueño y la identidad.
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Sobre la editorial:
El Cuervo
La Paz, Bolivia. Fundada en 2008.
Actualmente cuenta con más de 90 títulos publicados.
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