“Entre independientes, ningún catálogo se parece a otro”
Por Eliana Del Campo y Sebastian Uribe
¿Cómo se aprende a hacer libros cuando nadie enseña a hacerlos? Simón Ergas (Santiago, 1983) salió de la universidad con una licenciatura en Letras, el deseo de trabajar cerca de la literatura y ninguna idea de cómo se fabrica un libro. De ese desconcierto nació La Pollera, primero como una revista cultural digital que pagaba a sus columnistas con pizzas y después como una de las editoriales independientes más reconocibles de Chile, con un catálogo que combina rescates patrimoniales —inéditos de Juan Emar, la obra secreta de José Edwards, el Poema de Chile de Gabriela Mistral— con apuestas por las nuevas voces de la narrativa chilena. Hoy es magíster en Edición, editor del sello y productor general de La Furia del Libro.
Pero Simón también es también escritor. Publicó De una rara belleza (autoedición, 2011; La Pollera, 2016), biografía novelada de su abuelo, un judío macedonio que huyó de la ocupación nazi; Tierra de aves acuáticas (Oxímoron, 2016), mención honrosa del Premio de Narrativa Francisco Coloane; y Delitos de poca envergadura (La Pollera, 2017), cuarenta relatos breves ilustrados por Rafael Edwards que ganaron el Premio a la Edición de la Cámara Chilena del Libro. Conversamos con él durante su paso por Arequipa, en octubre del 2025, sobre las cajas de manuscritos que duermen en los clósets de los herederos, el concurso de cuentos de terror que le abrió la puerta a la narrativa contemporánea, y lo que significa equivocarse muchísimo cuando el error es la mejor escuela disponible.

Bienvenido al Perú y a Arequipa. ¿Es tu primera vez por acá?
Muchas gracias por esta conversación. Yo vine al Perú muchas veces. En 2006 estuve un mes en la selva, en Iquitos, viví más adentro.
¿Con la familia?
No, explorando la selva, conociendo las bondades. En realidad teníamos un proyecto bien ingenuo con unos amigos: ese año los Rolling Stones hicieron un concierto en Copacabana[1] y nosotros queríamos subir de Chile a Iquitos, cruzar el Amazonas, bajar por Brasil y llegar al concierto. Por supuesto que salimos, y cuando llevábamos ya un mes de viaje ocurrió el concierto; ese día yo justo estaba cruzando la frontera de Perú y Brasil en el Amazonas. Estaba lejísimos, pero como crucé lo vi por la tele, en la televisión brasileña. La mitad de mis amigos no siguieron, se quedaron en Iquitos, encantados, porque hay mucho que hacer. Y bueno, se nos acabó el tiempo. Es una larga historia, pero estuve mucho tiempo en el Perú esa vez. Y a Arequipa había venido en 2003.
Queremos comenzar explorando tu faceta como editor. ¿Cómo surge La Pollera? ¿Qué es lo que no había en el panorama editorial y que ustedes dijeron: nosotros lo vamos a hacer?
El primer impulso fue que se nos acabó la universidad, éramos escritores y queríamos trabajar cerca de la literatura. En esa época no había editoriales como hay ahora, no había aún posgrados de edición, y uno salía de una licenciatura en Letras sin saber cómo se hace un libro, sin saber que se pueden hacer libros. Armamos una revista cultural digital, que se llamó La Pollera, el 2007. Eso funcionó unos cuatro años, hasta que tratamos de profesionalizarla; incluso tuvimos un banner de una pizzería que nos pagaba en pizzas.
Los primeros pagos eran en pizzas, entonces
Y yo les pagaba en pizza a los columnistas [risas]. Y ahí, siguiendo el cómo era trabajar cerca de la literatura, nos encontramos con las obras completas de un autor fantasma chileno: famoso, pero fantasma, es decir, alguien de quien se sabía que había escrito mucho pero que nunca había publicado. Encontramos una caja en un clóset llena de sus papeles y con eso nos ganamos un fondo público para publicar las obras completas, que fueron tres libros.
Fue muy extraño, porque si bien las editoriales más chicas partimos como jugando, como un hobby un poco, ese primer año tuvimos sueldo gracias a ese fondo, y trabajamos, y metimos al equipo a un diseñador, y pudimos equivocarnos muchísimo, que fue lo que más nos enseñó. Y así partió. Después de ese proyecto dijimos: ¿qué hacemos ahora?
¿Quién era el autor fantasma?
José Edwards[2].
Ah, José Edwards. No sé por qué pensé en Juan Emar.
No, Juan Emar[3] vino después. Fue nuestro segundo proyecto.
¿Y dónde encontraron la caja? Perdón, es que es una anécdota muy curiosa.
La caja estaba en la casa de un hijo suyo. Es que todas estas cosas se conservan así. Es muy extraño. Después publicamos un inédito de Juan Emar que también estaba en una caja, en el clóset del presidente de la fundación. Digamos que son fundaciones jurídicas, que no tienen una sede, porque solo cuidan los derechos de autor. Entonces el presidente tenía una caja con los manuscritos en su casa, humedeciéndose. Eran papeles del año treinta. Le sacabas un clip y se empezaban a desintegrar.
Claro, porque antes guardaban sus manuscritos así, y ahora es un PDF que puede encontrarse por ahí.
O uno se imagina una bóveda, ¿no? Hay autores más modernos, como Carlos Droguett. ¿Lo conocen? Hay un fondo en una universidad en Francia, la Universidad de Poitiers, que se llama Fondo Carlos Droguett. Ahí están guardados sus papeles, catalogados y súper bien. Pero con estos autores más viejos no pasa eso.
Justo esta mañana te mostraba este libro de Constanza Gutiérrez, Incompetentes. Hay una historia, porque ese fue el primer libro que alguna vez me llamaron a presentar en una feria. Me acuerdo de cuando ella llegó con sus libros de La Pollera, y para mí recién sonaba el sello. ¿Cómo surgieron esas ganas de publicar también nuevas voces, autores actuales? ¿Cómo partió ese proyecto?
¿Cómo dejamos a los muertos? Que no los dejamos, pero claro, partimos con eso, y era como nuestra guía, y era lo que el público esperaba.
Porque, por lo general, ocurre el caso inverso: las editoriales comienzan con la apuesta del autor novel y luego pasan al rescate de archivos.
Claro. Bueno, llevábamos algunos rescates patrimoniales, después nos metimos con Gabriela Mistral de quien también encontrábamos unas joyas que no estaban publicadas. Y ya después de tres o cuatro proyectos dijimos: bueno, parece que esto es una editorial, estamos haciendo algo. Había ocurrido ya la primera Furia del Libro[4] en la que estuvimos, habíamos conocido otras editoriales y habíamos aprendido un poco de la industria. Entonces dijimos: quizás podemos seguir en esto, quizás podemos hacerlo nuestro trabajo.
Al hacernos conscientes de eso, también te pones a pensar en tu rol como editor, como publicador. No podemos hacernos los tontos: vivimos ahora, acá, no en el pasado. Entonces dijimos: trabajemos con autores vivos. ¿Pero quién? Bueno, estaba mi libro, que había salido antes, pero no.
¿De una rara belleza?
De hecho, la primera edición de ese libro salió antes que todo el resto de La Pollera. Salió sin código de barras, sin lomo, sin contratapa. Era una edición familiar. Ese ejemplar que tienes ahí es es la segunda edición, de 2016, creo. La otra es de 2011, antes de todo lo demás. Y bueno, entonces hicimos un concurso. Un concurso literario que consistía en escribir cuentos de terror en torno a la ley 20.000[5], que estaba muy de moda en esa época: la ley de persecución de los fumadores de marihuana. Era un concurso muy específico. Lo que apostábamos era que fumar marihuana era inofensivo y que la ley lo criminalizaba, y entonces hacía que la gente viviera un terror, pero no hacía que la gente dejara de fumar. Ese era el llamado del concurso.

Nos lo tomamos muy en serio: hicimos ilustraciones, conseguimos auspiciadores, conseguimos un jurado bien bueno, estaba Alejandro Zambra y había un diputado muy famoso porque era abogado a favor de la marihuana. Fue muy divertido. Y ese concurso lo ganó Constanza Gutiérrez. Publicamos un libro con los diez mejores relatos y ella estaba ahí. Así la contactamos y nos conocimos. Y después de publicar ese libro nos dice que tenía una novela[6]. Ahí trabajamos con ella. Fue la primera vez que editábamos a un autor vivo. Peleábamos. Y nada, nos fue súper bien. Súper bien.
De hecho, cuando empezamos a diseñarlo no teníamos colección de narrativa, y se le ocurrió a ella ocupar el cuadro de un pintor. Ese pintor es mi primo, entonces fue muy fácil gestionarlo para el de Incompetentes. Amigo mío, hermano mío. De hecho, en el de De una rara belleza la portada también es de él, pero esa ya es una ilustración digital. De ahí en adelante, ahora tenemos más de veinte libros de narrativa y son todos cuadros de pintores. Lo inventó Constanza en el primero. Así que así fue. Y fue medio accidental, pero bueno. Y ahí, cuando ella llegó, ya teníamos distribuidor, entonces ya sabíamos un poco más del tema de prensa. Así que se distribuyó, y ella tuvomucha audiencia.
Entonces ya tenían el archivo histórico y la narrativa de autores contemporáneos. Por último, queríamos consultarte por el catálogo de poesía, porque tienen a Anne Carson, que la tradujeron, pero también hemos visto libros de Rosamel del Valle y Eunice Odio.
Pero nunca nos tiramos a abrir una línea de poesía, porque en la editorial yo soy narrador y se nos hacía difícil editar poesía sin estar seguros de saber hacerlo. Y además, sin conocer los circuitos de difusión. Entonces no abrimos línea de poesía: esos libros los sacamos en la línea de rescate patrimonial. Está Rosamel del Valle, de quien de hecho publicamos su narrativa, que no se conocía. Y lo de Eunice Odio y Lezama Lima viene en esta línea más de rescate patrimonial, y es una colección curada por Vicente Undurraga, que es un editor genial de poesía. Es un personaje que sabe.
Con respecto a las colaboraciones que se dan entre editoriales, ¿cómo percibes el ambiente en Chile? Porque la Furia del Libro es una iniciativa que nosotros, desde otro país, vemos como un modelo de red que se apoya y que le hace un contrapeso a la hegemonía de las transnacionales en el mercado editorial. ¿Cómo sientes que es el clima entre las independientes chilenas? ¿Hay colaboración? ¿Hay una sana competencia?
¿Cómo no? Entre independientes, ningún catálogo se parece a otro. Todo es muy particular y es muy difícil competir. Entonces terminamos colaborando. Al final, la fundación de la Furia fue compartir público entre todos: yo traigo diez, tú traes diez, tú traes diez, y empiezan a aportar a los otros mesones. La Furia yo siento que es muy colaborativa. De hecho, cuando la conocí eso me fascinó, porque entré a hacer libros sin saber que iba a tener que vender libros. Y de repente veo a un montón de personas tratando de hacer lo mismo sin saber cómo hacerlo, y juntándose para poder hacerlo mejor. Ahí yo empecé a perseguir al organizador de la Furia para que me dijera cómo. Así me metí.

Ahora también abren espacio a independientes de otros países para que formen parte de esa red, y eso ha diversificado. Nosotros, como lectores, vemos la diversidad de publicaciones que hay en Chile a raíz de este clima tan benéfico. Es un modelo bonito que esperamos se contagie un poco más acá.
Es muy raro lo que pasa con la Furia. La Primavera del Libro es otra feria, es la del gremio de editores. Está ocurriendo ahora; de hecho me van a odiar un poco porque me vine y no voy a ver nada. La Furia grande ocurre en invierno y la Furia chica en verano. La Furia chica es la de siempre, pero se quedó pequeño el espacio y abrimos la fecha de invierno en la Estación Mapocho, para que ahí ya quepa todo el mundo. Y si viene más gente, se pueden acercar más personas a ver.
Como autor, hemos leído Delitos de poca envergadura. ¿Cómo nace esa idea loca de hacer un libro de microhistorias ilustrado?
Fue idea del ilustrador. A él se le ocurrió.

¿Tenías las historias ya escritas? ¿Te dio una consigna, un precepto de hagamos esta línea? Porque normalmente alguien escribe y después busca un ilustrador, pero en este caso ¿cómo se generó?
Fue un trabajo muy sinérgico entre los dos. Yo empecé a ejercitar: hice algunos relatos buscando el tono, buscando la voz, se los mandaba, él los ilustraba, me los devolvía, después yo los borraba, escribía de nuevo. Fuimos así como pimponeando hasta encontrar el estilo, el estilo de los dos, porque igual se retroalimentan las ilustraciones con los relatos. Entonces, cuando encontramos eso, ya nos liberamos y empezamos a trabajar, a juntarnos a tomar café y a reírnos de los temas que se nos ocurrían.
A mí me divirtió mucho, como te contaba antes de empezar, que sea tan misceláneo: algunos cuentos son muy crueles, otros más jocosos, como el del partido de fútbol. Fue un poco como ver los videoclips de 31 Minutos, el de “Señora devuélvame la pelota”. Hay unos parecidos.
Sí, eso era como una especie de hambre que yo tuve al escribir esto, porque son cuarenta relatos breves, todos con la misma consigna, y la dificultad está en la variedad. No solo temática, sino de género: hay unos distópicos también. Entonces traté de agarrarme de todo.

Fue un ejercicio medio de Oulipo, ¿no? A mí me da curiosidad porque me acuerdo de que Constanza Gutiérrez contaba que, cuando nació Pelusa Baby, ella también se dijo: voy a escribir veinte historias y esa va a ser mi consigna.
Fue un libro bien bonito de hacer. Se agotó. Es un libro que no creo que reimprimamos, porque es carísimo: por el color, por el grosor del papel. Pero también estuvo bueno porque lo trabajé muy de cerca con mi socio, que ya no es editor, ahora es encargado de marketing y distribución, pero hasta ese momento era un gran editor. También él me editó el primero, el de De una rara belleza. Lo trabajamos muy de cerca, y eso yo creo que jugó a favor: ser autor y editor y trabajar adentro del equipo de edición. Hicimos un libro súper unitario, un proyecto muy cerrado. Y por eso se ganó el Premio a la Edición[7], precisamente.
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Libros del autor:
De una rara belleza
La Pollera Ediciones, 2016. 60 pp.
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Tierra de aves acuáticas
Editorial Oxímoron, 2016. 312 pp.
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Delitos de poca envergadura
La Pollera Ediciones, 2017. 180 pp.
La oficina del agua
Alquimia, 2021. 195 pp.
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[1] El concierto gratuito de los Rolling Stones en la playa de Copacabana, dentro de la gira A Bigger Bang, fue el 18 de febrero de 2006 y reunió a cerca de un millón y medio de personas.
[2] José Edwards (1914-1980) fue un narrador chileno que escribió toda su vida sin publicar una sola línea. La Pollera editó su obra completa en tres volúmenes a partir de los papeles que se conservaban en casa de uno de sus hijos.
[3] Seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi (1893-1964), autor de Umbral, novela de varios miles de páginas que su autor nunca vio publicada.
[4] Feria de editoriales independientes fundada en Santiago en 2009, de la que Ergas es productor general. Tiene dos ediciones al año: la de verano, en el Centro Cultural Gabriela Mistral, y la de invierno, en la Estación Mapocho, la antigua terminal ferroviaria convertida en centro cultural.
[5] La ley chilena de drogas, vigente desde 2005. Los diez relatos ganadores de aquel concurso se reunieron en el volumen 20.000: diez relatos espeluznantes (La Pollera, 2013).
[6] Incompetentes, publicada por La Pollera el 2014.
[7] El Premio a la Edición de la Cámara Chilena del Libro 2017, en categoría ficción. Delitos de poca envergadura fue además finalista del Premio Municipal de Literatura de Santiago 2018 en la categoría edición.