“Prefiero confesar mis influencias antes que disimularlas”
Por Sebastian Uribe
Irene Reyes-Noguerol (Sevilla, 1997) publicó su primer libro de cuentos a los dieciocho años, Caleidoscopios (Ediciones en Huida, 2016), y a los veintitrés fue incluida en la lista de los 25 mejores escritores jóvenes en español de la revista Granta el 2021. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y profesora de secundaria, publicó después De Homero y otros dioses (Maclein y Parker, 2018) y Alcaravea (Páginas de Espuma, 2024), doce relatos que le valieron el Premio Cálamo Otra Mirada, el Javier Morote a la autora revelación y el Premio Andalucía de la Crítica.
La alcaravea es una planta que inspira el título de este último libro por su mezcla de luz y sombra presentes en cada una de sus historias donde, aún en las situaciones más duras y tristes, hay espacio para la claridad. Conversamos al respecto con ella en Lima, adonde llegó invitada a la 29 Feria Internacional del Libro, el año 2024. Hablamos del cuento que nació de una escultura de Degas, del lenguaje de la infancia como un territorio sin fronteras, de su relación con la poesía, las influencias a lo largo de su obra y la oralidad de su madre como la vía por la que llegaron a estos cuentos Van Gogh, Lope de Vega y Antonio Machado.

Es tu primera vez en el Perú y me contabas, antes de empezar esta entrevista, que hiciste un recorrido largo por el país antes de estar venir a Lima. ¿Qué tal esta experiencia?
Es un gusto estar aquí. Tienen un país apasionante y precioso, así que es un auténtico placer. Sí, es mi primera vez en el Perú, y he tenido la oportunidad de visitar Arequipa, Cusco, Machu Picchu y Lima. De verdad, creo que es una suerte inmensa, me siento muy afortunada de poder estar aquí, además en un sitio donde se rinde homenaje a autores tan importantes como Vallejo, que para mí siempre ha sido fundamental. Y de Vargas Llosa también tuve la suerte de poder visitar su casa natal allí en Arequipa.
Uno de mis cuentos favoritos es “Petit rat”, donde conviven la rutina agobiante a la que se somete esta chica —los ensayos de ballet y algo turbio que ocurre en paralelo— con la fábula de El cascanueces, que flota en su imaginario, y además tiene una escena de ratas caminando, que pueden leerse como algo muy oscuro, pero también como una presencia en la sombra. ¿La literatura funciona ahí como una manera de evadir la realidad que ella está sufriendo o como una forma de reinterpretarla?
En este cuento lo que se puede leer es la historia de esta chica, que inspiró además una escultura de Degas[1], que siempre ha sido uno de mis artistas favoritos. Y lo que sucede, como decías tú, es una historia en paralelo. Se ve en primer lugar la rutina de la niña, tanto en el piso con su madre como en sus clases de ballet, donde se la ve tranquila, donde ella disfruta. La madre a la que parece que idolatra, a la que ama por encima de todo. Y luego el mundo de la danza clásica, donde ella parece encontrar algún tipo de consuelo o alivio frente a algo que no se explicita desde un primer momento, pero que sí se va entreviendo, que se va sugiriendo a lo largo de esa presencia de las ratas que acompañan a esta chica de barrio marginal, de barrio sin nombre, como aparece citado en el texto.
Y ese es el destino terrible al que ella se está enfrentando, que es el de la prostitución, el de la explotación sexual, donde se puede comprobar cómo su madre es esta persona que, aunque parezca la figura protectora, esa figura que está para ella —porque se ve cómo pasan momentos preciosos juntas—, al mismo tiempo es la persona que la está hundiendo, que la está sumiendo poco a poco en esta espiral de abyección, de depravación, para de alguna manera mantenerse económicamente, salir a flote. Pero, claro, al mismo tiempo es este pozo donde se está sumiendo esta chica que ni siquiera es adolescente todavía y que, sin embargo, tiene que enfrentarse excesivamente pronto a una situación absolutamente terrible.
Hablando de adolescencia: muchos de tus protagonistas, de tus voces, están transitando entre la infancia y la adolescencia. No sé si por ahí hay una relación con que ese espacio permite que el lenguaje sea un poco más desmesurado, que haya asociaciones más inesperadas, en contraposición a cierta adultez de hoy en nuestros días, que está estandarizando un lenguaje que en un primer momento vital es exagerado, se va por las ramas y es más poético.
Sí, es cierto. Siempre tenemos este primer momento de la infancia donde el lenguaje es mucho más libre, donde la concepción de la palabra en general es abierta, no tiene límites, no tiene ataduras. Y es cierto, como comentas, que va llegando un momento en que todo eso se va estandarizando, se va anquilosando, por decirlo de alguna manera; nos vamos sintiendo mucho más ligados a las fronteras de la gramática, la sintaxis, el vocabulario. Y sin embargo ahí tenemos el vocabulario de los niños, ese tipo de lenguaje que a mí también me gusta explorar porque siento que es mucho más diverso, más abierto, y también, si lo comparamos con el del mundo adulto, mucho más cercano a la música y a la poesía, que son dos conceptos que me interesan particularmente cuando estoy escribiendo cuentos.
Y quizás precisamente por eso, como mencionabas tú, este lenguaje que tienen los personajes que aquí aparecen, que muchas veces son niños y otras adolescentes, son personas siempre en un momento de tránsito vital. Incluso cuando aparecen adultos o personas mayores, a veces son ancianos que pueden llegar a estar perdiendo la cabeza, como es el caso de la madre de Antonio Machado en el cuento de la primera mitad del libro. Creo que en todos los cuentos se mantiene este esfuerzo, este trabajo formal: la exploración de las posibilidades del lenguaje. La palabra, tanto oral como escrita, siempre ha sido algo que me ha resultado muy atractivo, y por eso disfruto especialmente investigando cómo la palabra puede dar cuenta y dar cabida de todo el universo de aquello que se está contando, en este caso situaciones particularmente difíciles, trágicas en algunos casos.
Me gusta ahondar en esa virtud que tiene la palabra para condensar todo aquello que nos interesa comunicar, y al mismo tiempo para darle a lo narrado una entidad particular que siento que no tendría sin ese estilo concreto. Un estilo que, en mi caso, está muy enlazado quizá con el barroco, vinculado también a mi tierra: Andalucía, Sevilla, una ciudad muy barroca. Este intento siempre de tender a la música, a la poesía, a la estética, a la búsqueda de belleza también dentro del horror, dentro de situaciones muy difíciles. Es algo que siempre me ha interesado explorar y que me gustaría seguir investigando.
Relaciono eso que mencionas con la poesía: hay una parte en el cuento “Cuando los reyes poetas” en la que más o menos se afirma lo siguiente, “frente a la rigidez, la blandura; frente a la norma, el verso”. A partir de ahí, quería preguntarte si en la escritura has intentado alguna vez la poesía, porque tus tres libros son de relatos.
He intentado alguna vez la poesía, pero no hubo buen resultado, por desgracia. [risas] Creo que no soy una persona dotada para la poesía pura. Lo que sí me interesa es que mis relatos, en la medida de lo posible, se acerquen a la lírica, que tengan cierta capacidad poética, musical, rítmica, casi como si la concepción del cuento estuviera más cercana a la poesía, o a la composición de una partitura, que a la narrativa tradicional, canónica, como tradicionalmente la entendemos. Pero, como te digo, nunca he sido ni creo que llegue a ser nunca una buena poeta. Es curioso cómo, a pesar de que ya no entendamos la poesía de la manera tradicional, con su rima y su medida, sino que ya entendemos que existe el verso libre, aun así me resulta bastante difícil ceñir mi manera de expresión al límite del verso.
Además, es curioso porque no lo considero realmente un límite, pero cuando he intentado escribir poemas sí me resulta algo que de alguna manera me corta, que no me permite expresarme libremente. El cuento, en cambio, aun dentro de su brevedad, tiene esto que yo considero una virtud: me da más libertad de expresión, una escritura que quizá en algún momento puede resultar incluso torrencial, en el sentido de que los personajes dejan fluir con absoluta libertad todo su pensamiento, sus emociones, sus inquietudes, sus alegrías, sus tristezas. Me resultaría bastante complicado condensar todo eso en un único poema, que siento que es algo más conceptual o más abstracto que un cuento. El cuento, por lo menos en la idea que yo tengo de él, está a medio camino entre la poesía y la narrativa, y quizá por eso lo siento como algo más natural, más espontáneo a mi manera de entenderlo y de escribirlo.
Sobre el estilo, encontré esa lírica dentro de la narración breve y puentes con Clarice Lispector, con Armonía Somers, incluso con Cristina Sánchez-Andrade, que es más contemporánea. Durante la escritura de Alcaravea ¿estuvo flotando por ahí alguna lectura que sientas presente en el libro y que no hubiera estado antes, o que quizás reapareció?
Yo siempre he pensado que dentro de lo que uno escribe hay inevitablemente influencias de autores previos, y es una idea que me gusta mucho defender. La perspectiva adánica de que uno escribe desde cero, sin tener ninguna vinculación con el pasado, me parece absurda e ilógica, porque siempre vamos a tener esa influencia. Además, es muy importante constatar todo ese influjo, todo ese mérito que esos autores han tenido sobre nosotros, que al final somos como eslabones dentro de una inmensa cadena de la historia de la literatura. Por eso creo que es particularmente relevante confesar quiénes han sido nuestras influencias, directas o indirectas, porque creo en la importancia de ambas.
En ese sentido yo suelo mencionar mucho la capacidad lírica, la potencia y la intensidad de Federico García Lorca, que siempre ha sido uno de mis autores de cabecera y que me han señalado en algunas ocasiones, no solamente en este libro sino también en los anteriores: hay personas que se han dado cuenta de que es un autor que siempre está ahí, precisamente por esa fuerza que le imprimía a cada uno de sus textos. Pero pienso también, en ese mismo sentido de la potencia, de la fuerza, de la pasión, en otro poeta que me apasiona como es Miguel Hernández, que me gusta muchísimo y al que disfruto inmediatamente. Luego también escritores que se centran más en el monólogo interior o en el flujo de conciencia: Virginia Woolf, una autora que me gusta muchísimo, pero también Proust, con esa saga increíble que es En busca del tiempo perdido, y Clarice Lispector, que mencionabas antes, con La pasión según G. H., que es algo que me conmocionó, que me impactó muchísimo. Creo que todos estos autores, y por supuesto muchísimos más que me gustaría mencionar y que no soy capaz de ir rememorando uno por uno, han formado parte inevitablemente de este libro. Pero sí es cierto que me interesa siempre que esté esa conciencia de que uno no escribe desde la nada, sino que siempre han estado y estarán todos los autores anteriores.
Otra cuestión que me causó intriga: mencionabas al inicio la figura de estas bailarinas francesas que fueron abusadas desde niñas, alrededor de las cuales se creó una estatua y una mitología, pero también están la madre de Antonio Machado y otros personajes históricos relegados. ¿Cómo fue abordarlos desde la narrativa? ¿Sentiste algún tipo de aprensión al restituirlos desde la ficción?
A todos los personajes de ese primer bloque del libro, centrado en personas que han tenido una relevancia histórica o artística importante, los conocí justamente gracias a narraciones orales, en la mayoría de ocasiones. Yo siempre defiendo muchísimo la oralidad, porque me parece que es la primera vía que nos permite acceder a la literatura y también una de las más importantes. Y en este caso, estas historias de Van Gogh, de Lope de Vega, de esta bailarina de Degas, de Al-Mutamid, todas las conocí precisamente gracias a historias que me había ido contando mi madre a lo largo de los años, y que me permitieron acercarme a estos personajes no desde la distancia con que los tomamos en la mayoría de ocasiones —siempre desde el respeto, por supuesto, eso sí—, pero no desde la frialdad.
Es decir, a mí lo que me interesaba aquí no era insistir aún más en todas aquellas virtudes, méritos y hazañas que ellos habían tenido a lo largo de su vida artística, sino aproximarme a ellos mediante la sensibilidad, mediante la emoción, entendiendo que todos compartimos esta humanidad radical que nos permite identificarnos, precisamente porque tenemos las mismas alegrías, las mismas tristezas, las mismas pasiones. Me ha gustado en este libro considerar que todos estos personajes, que habitualmente hemos mirado desde lejos, casi como si no formaran parte de nuestro mismo universo, también fueron realmente personas, y que compartieron esta psique, esta sentimentalidad con la que podemos identificarnos hoy en día perfectamente.
A raíz de ello nacen estos personajes y estos cuentos, realmente; no de un estudio particularmente riguroso. Por supuesto hay un proceso de investigación detrás, pero no soy una persona que suela escribir, como sí hacen otros novelistas, desde el rigor absoluto o con la investigación como centro de todo. Lo que me interesa en la mayoría de ocasiones es, a partir de determinados pormenores biográficos, intentar entenderlos desde su intimidad, desde ese ámbito más pequeño y más cercano, que permita al mismo tiempo entenderlos ya no como personajes de la historia mayúscula, sino como personas de esa historia minúscula que somos nosotros.
Otro de mis relatos favoritos es “La primera piedra”, en el que se confrontan dos narrativas: la de la madre desesperada por la salud de su hijo y la del lenguaje médico, mucho más frío, más determinista. Me parece muy logrado ese enfoque microscópico, porque hoy siempre se habla de narrativas a nivel macro, derecha contra izquierda, conservadores contra liberales, y aquí en cambio es una situación tan particular que resulta más universal o transversal. ¿Qué otras confrontaciones narrativas te interesan?
Efectivamente, en ese cuento hay una confrontación muy evidente entre el discurso de la madre, que parte de la raíz emocional, y ese discurso médico al que ella se opone en todo momento, porque lo considera, si no hipócrita, por lo menos inmaduro, en el sentido de que algo tan frío como puede ser la medicina ella siente que no es capaz de condensar ni de acercarse mínimamente a la experiencia humana que está viviendo con su hijo.
Siento que en este libro también hay otro tipo de confrontaciones, en concreto con los discursos de poder, y pienso en el cuento de “Cuando los reyes poetas”. Ahí se están oponiendo de manera muy clara el discurso de la poesía, la libertad, la apertura, frente al poder, frente a todo aquello que viene desde arriba, que si pensamos en el contexto político y religioso de la época a la que se refiere el relato —el Al-Ándalus de ese momento— era algo particularmente relevante. Cuando hablan estos personajes, tanto desde la perspectiva de Al-Mutamid como desde la de Abenámar[2], los dos están defendiendo la misma idea: que frente al límite, frente a la norma, a la ley, a la rigidez, frente a todo aquello que no les permite ser ellos mismos ni expresarse ni buscar más allá ni centrarse en la trascendencia, frente a todas esas convenciones y limitaciones que encontramos en el día a día, se impone otra cosa. Ahí también se ve de manera muy clara esa confrontación: la poesía frente al poder, la libertad frente a todo aquel límite que nos viene impuesto desde arriba.
Creo que esa sería también una de las claves que aparecen en este libro, y que no suelo tratar en la mayoría de entrevistas porque no suelen preguntarme mucho por esto: creo que hay una conciencia social importante en Alcaravea. Pensando en el relato de “Petit rat”, ahí se ve de manera muy clara cómo esta chica está intentando refugiarse en esos mundos de fantasía, cuando recurre a la historia del Cascanueces o a los mundos de la música y de la danza clásica. Todo aquello al final es una especie de consuelo frente a esta circunstancia terrible que le está siendo impuesta y que, sin embargo, no tienen que sufrir sus otras compañeras de clase, que pertenecen a una élite social. Entonces creo que en este libro sí hay oposiciones constantes, aunque también es cierto que hay un tono que permanece, que es el de la ternura redentora, de alguna manera. Pero ahí están, cotidianamente, esos contrastes: tanto de clase económica o social como de ley, de todo lo que es impuesto desde arriba.

Para cerrar siempre pedimos una recomendación para nuestros lectores, y no tiene que ser literaria. ¿Qué libro, disco o película te ha impactado últimamente?
Pues hay una película que me encanta, ya que no estamos hablando solamente de literatura, cuyo nombre es Deseando amar, de Wong Kar-wai. Es una película hermosísima, no solamente en cuanto a su argumento, a su narrativa, que también es una historia preciosa de infidelidades que no se terminan de confesar abiertamente y de amores platónicos que no terminan de culminar en nada. También la manera en que se nos presenta es de una forma tan bella que casi parece un poema: la banda sonora es absolutamente hermosa, las imágenes, la fotografía, los colores, la delicadeza, la elegancia también oriental en este sentido. Todo eso hace que sea una de las películas que más recomiendo.
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Libros de la autora:
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Caleidoscopios
Ediciones en Huida, 2016. 110 pp.
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De Homero y otros dioses
Maclein y Parker, 2018. 172 pp.
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Alcaravea
Páginas de Espuma, 2024. 160 pp.
[1] La pequeña bailarina de catorce años es la única escultura que Edgar Degas expuso en vida: la presentó en 1881, modelada en cera y vestida con un tutú de tela, zapatillas y una cinta de raso en el pelo, lo que escandalizó a la crítica del momento. La modelo fue Marie van Goethem, alumna de la escuela del ballet de la Ópera de París, donde a las niñas de familias pobres que entraban a los siete u ocho años se las llamaba petits rats [pequeñas ratas].
[2] Abenámar es la forma castellanizada de Ibn Ammar: aben es la versión romanceada del árabe ibn, “hijo de”, el mismo elemento que aparece en Abenjaldún o Abenarabi. Poeta nacido en Silves, fue visir de Al-Mutamid, el último rey de la taifa de Sevilla y uno de los grandes poetas de Al-Ándalus.