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Reseña: Fábula de los cuerpos calientes de Gimena Vartu

En el umbral del cuerpo

Por C. Briceño Ángeles

Si bien es antigua la hermandad entre poesía y erotismo, aún más remota e íntima debe ser la hermandad entre erotismo y violencia. Ejemplo de lo primero vendrían a ser los poemas de Kalidasa (como “El cántaro roto” o “El curso de las estaciones”, siglo VI d.C.) o el más accesible Cantar de los cantares de la tradición hebrea, donde el erotismo es disfrute, contemplación, apacible unidad y desenfrenada (aunque grácil) consumación. En lo segundo encajaría un poema de Teócrito del siglo II a.C. titulado “La hechicera”, donde se nos narra la historia de Simetha, una joven que ha sido abandonada por Delfis tras el encuentro amoroso. Inflamada de resentimiento y amor, Simetha ejecuta un rito negro para que su amante pague por el dolor ocasionado; arroja al fuego el manto que Delfis ha olvidado en su casa mientras pronuncia sortilegios y ruega para que la carne de él se incendie de la misma forma. De esta alianza entre erotismo y violencia nacen gran parte de los relatos que Gimena Vartu (Lima, 1986) ha incluido en su más reciente publicación, Fábula de los cuerpos calientes. En ellos, el cuerpo suele representarse como un ente cuya aparente inocencia luego se verá contrastada cuando asuma, por completo, una sexualidad enfurecida, desvelada sin ningún tipo de progresión que nos pueda advertir de su proximidad y, por ende, crea un efecto de confusión, de desorden dentro de los límites del relato. Los personajes, si bien poseen, en la mayoría de casos, un nombre establecido, podrían muy bien prescindir de ellos, ya que se trata de emociones más que de personas, de personalidades cuyos cuerpos buscan hacerse un espacio en otros cuerpos, probar sus límites, intentar contradecir el dolor a partir del sinsentido o de su misma multiplicación; no en vano tres de los relatos nos presentan a mujeres embarazadas, pero el estado en que se encuentran es una forma de relegarlas, de volverlas indescifrables, seres que se diluyen en la espera de una promesa originada sin propósito alguno. En todo caso, uno de los rasgos distintivos de estos relatos es la oscuridad donde proliferan las pasiones de los personajes, no una oscuridad material, verificable por medio de los sentidos, sino una oscuridad a la que nos vemos arrastrados por los constantes giros en el discurso, como si se pretendiera crear una maraña donde el lector pueda verse absorbido por emociones que le son difíciles de comprender, pero sin embargo ocurren y dan paso al presentimiento, a la posterior interpretación. Todo ello se ve favorecido por el lenguaje con el que la autora ha buscado darle forma a sus ficciones. No es precisamente poético, sino más bien híbrido: por momentos fluye, es introspectivo y va acumulando imágenes con una facultad bastante cercana al logro poético; en otros, el lenguaje se vuelve funcional, descriptivo, hace de la narración un espacio para el evento, para su urgencia, incluso aparecen diseminadas algunas cuantas jergas. Es provechoso, también, el empleo de breves fragmentos para narrar, para darle empuje y velocidad a los hechos, algo que consigue relatos de poca extensión, ajustados a sus convicciones pero que nos dejan sin conocer el final de la madeja argumental, algo que ciertamente es un acierto y potencia el establecimiento de atmósferas oníricas. Sin embargo, los relatos que más han llamado mi atención (entiéndase, los que más me han gustado) prescinden, creo yo, de las características del resto del conjunto, o por lo menos se quedan con unas cuantas y las extralimitan, produciéndose un efecto favorable para el triunfo de la propuesta de la autora. Como esta reseña no pretender ser formal ni mucho menos pormenorizada, voy a terminarla mencionando los tres relatos que considero por encima de los demás y haré un breve comentario de ellos.

“El niño sagrado de Puchi”

Aquí el argumento se reduce a una búsqueda. El narrador va detrás del objeto del deseo en un recorrido que nos resulta análogo al de Akakiy Akakiyevich en “El capote” de Gogol, es decir, algo que fue suyo en el pasado, pero en el presente se encuentra fuera de su alcance aunque exista la promesa de su recuperación. En el caso de “El niño sagrado de Puchi”, la búsqueda del objeto del deseo empieza en el espacio familiar, donde se supone debería estar o donde podrían tener información de él. En efecto, el narrador va a la casa en la que antes habitara aquel a quien busca, pero no encuentra a nadie, excepto a los padres de él, quienes le informan que ya no se encuentra ahí sino en otro lugar, donde se celebrará una fiesta patronal y él, precisamente, será el mayordomo, es decir, quien la organice. En el tránsito entre estos dos espacios, la casa familiar y el lugar donde se celebra la fiesta, parece ocurrir una distorsión temporal, ya que el narrador, cuando da con él, lo encuentra cambiado, distinto a como lo recordara, como si el tiempo hubiera avanzado de una manera precipitada (recuérdese también la aparente celeridad con que pasa el tiempo para Odiseo dentro de la isla de Calipso -siete años, según Homero, aunque el número es variable- en la Odisea, esa otra historia de búsqueda en la que el objeto del deseo es la patria), siguiendo patrones que escapan de lo real y lo emparentan con lo vivido durante un sueño:

Nunca te vi con barba, ni con camisa, ni con pantalón de vestir. ¿Cuándo pasó? ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo sucedió que empezó a salirte barba y yo no me enteré porque ya no estaba ahí, contigo? Estás grande, podría decir que hasta eres adulto. (pp. 59-60)

Corrobora este ambiente onírico el final del relato, en el cual el objeto del deseo es elevado en unas andas, «alzadas por unos hombres voluntarios y fuertes», quedando, en definitiva, fuera del alcance del narrador, en otra dimensión, donde, al parecer, se ha convertido él mismo en una divinidad fuera del alcance de los mortales, algo que nos recuerda a esas pesadillas donde siempre estamos a un paso de aquello que buscamos con frenesí, pero nunca llegamos a alcanzar.

“Leche asada”

El narrador de este relato presencia dos eventos traumáticos que lo llevan a reflexionar sobre el cuerpo y su caducidad. El primero es un accidente de tránsito cuyo resultado es la muerte de gran cantidad de personas; el segundo es la incineración masiva de cuerpos en un lugar impreciso de la selva, cuerpos que han encontrado una muerte violenta. Ambos hechos tienen algo en común: despiertan la sensibilidad del narrador por medio del sentido del olfato. A través del olor de la carne quemada, el narrador puede reconocer el retorno a una materia primordial, generadora de vida y también remanente de lo físico, su estado final, un símbolo del ciclo cumplido:

La muerte avanza despacio, con una combustión muy fina, como una reacción en cadena; quema cada rincón, y va soltando ese olor a despedida. ¿Por qué? ¿Por qué leche asada? Creo que es por toda la leche que bebimos cuando éramos bebés. La muerte la rastrea, la encuentra, hasta en la última célula de nuestro organismo, y la quema. (p. 75)

El relato cumple su cometido; sobrecoge sin llegar al patetismo, inquieta sin entorpecer/falsear el hilo narrativo con la exposición de una violencia explícita, sin función alguna; por el contrario, las descripciones son logradas, dan pie al estado contemplativo del narrador, la justifican y a medida que se suceden nos hacen partícipes de las circunstancias moldeadoras de su carácter, de sus reflexiones y de las conclusiones a las que llega gracias a la ayuda de sus sentidos:

Ayudé a sacar muertos, vivos y también tibios. Estos tibios eran del peor tipo. Se aferraban a tu carne caliente con todas las uñas, temblando, agitándose. Sus ojos ya no te miraban, se velaban de una lámina nebulosa, como si antepusieran sus propias imágenes y en ellas depositaran la esencia de lo que fueron. (p. 72)

“La vieja y el pescador”

Este es mi favorito del conjunto, por mucho. Como en otros relatos de Fábula de los cuerpos calientes, el argumento es accesorio y el verdadero protagonista es el lenguaje, tan lleno de sugerencias y coloraturas. Para resumir, se trata de la conversación entre dos personajes, una anciana y un jovencito, sentados en la orilla del mar. Entre los diálogos, a modo de islas, se nos presentan breves descripciones del entorno, del más mínimo movimiento que llegan a realizar los personajes, de los silencios que preceden a sus palabras:

El tiempo era el vencedor en la playa, se deslizaba sutilmente a lo largo de todo el azul y el cobre, cada segundo era cada granito de arena y quedarse quieto daba lo mismo que moverse. Ambos lo sentían en sus pies calientes y descalzos. (p. 65)

Pero el punto fuerte son los diálogos. Me han recordado a ciertos pasajes de Primeras historias de Guimarães, al desorden aparente con que se expresan los personajes de los cuentos de Lispector. Si bien construir un buen diálogo es tarea harto difícil, la autora ha conseguido darle a cada uno de los dos personajes de este relato una voz particular, pero que conforme van interactuando parece confundirse, ir una tras de la otra, alterándola, descomponiendo la sintaxis y logrando que los significados se vuelvan misteriosos, que las palabras sean insinuación, indicios de sensualidad trascendiendo lo corporal, lo temporal:

-¿En qué época de tu vida te gustaría estar ahora?

-Aquí, nomás, de aquí no me muevo, sólo me despierto esperando estar aquí. Ahora tú, tarde.

-A mí también me gusta estar aquí, no sé si estaré tarde o temprano, pero estoy. -Y otra vez la espontánea risa.

-Sonrisa, ¿ves?, yo y sonrisa tuya. (p. 65)

Ahora que leo la cita anterior me doy cuenta de que este es uno de esos textos que no toleran mutilaciones, sino deben leerse en su integridad a riesgo de verse disminuidos. Casi todo el sentido queda relegado al mostrar solo una parte del todo, y ello, al igual que en un buen poema (un haiku de Issa, una canción de Eguren, por ejemplo), tal vez defina, en ciertos casos, lo que es un buen relato.

Datos del libro:

Gimena Vartu

Fábula de los cuerpos calientes

Dendro, 2021

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