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Ensayo sobre Juan Parra del Riego

Juan Parra del Riego: la revalorización

del poeta expatriado

Por Manuel Alonso Navazar

Actualmente, en los círculos literarios uruguayos, hablar de Juan Parra del Riego significa hablar de un poeta nacional. No obstante, este poeta de vida breve —fallecido a los treinta y un años— nació en la ciudad peruana de Huancayo un 20 de diciembre de 1894 (dos años después de Vallejo) y el escaso interés que su obra ha suscitado en los críticos e investigadores que se han ocupado en forjar nuestra tradición literaria lo convierte en un claro ejemplo de aquel apotegma —incuestionable para muchos— que sostiene que “nadie es profeta en su tierra”.

Si bien sus dos poemarios más importantes los publicó en Montevideo, la relevancia artística de Parra en el proceso de construcción de nuestra identidad literaria es innegable. A los dieciocho años —llegó a Lima cuando tenía ocho— obtuvo el primer lugar en un certamen poético organizado por la Municipalidad de Surco gracias a su Canto a Barranco, un poema integrado por doce sonetos de estilo modernista que cantan al ambiente melancólico y a la vez seductor de aquel histórico distrito: “Mar de Barranco, mar meditabundo, / mar triste, mar sin velas, mar dormido, / mi dolor es amargo y es profundo / porque al verte tu pena he cogido”. A los veintiún años, estrenó en un teatro de Barranco una obra satírica de su autoría titulada La verdad de la mentira, a la par que colaboraba en algunas publicaciones periódicas (como la revista Balnearios) y participaba activamente en diversas tertulias artístico-literarias. Asimismo, animado por su hermano Domingo, llegó a formar parte de algunos cenáculos literarios organizados por el Grupo Norte, junto a personalidades como César Vallejo, Antenor Orrego y Alcides Spelucín, siendo, incluso, quien llegó a bautizar a dicho grupo como “La Bohemia de Trujillo”. Sin embargo, a pesar de ir haciéndose de un nombre en el contexto literario de su tiempo, su espíritu aventurero e inconformista lo llevó a salir del Perú en busca de nuevas experiencias y fue así que en 1916 enrumbó a Chile (en donde conoció y trabó amistad con Gabriela Mistral), para luego dirigirse hacia Argentina y Uruguay, país en el que decidió afincarse. Respecto a ese afán de abandonar el país para adentrarse en nuevas vivencias, es importante tener en consideración que Parra se caracterizó por tener una actitud inconformista. Hombre dado a la aventura, el poeta sintió siempre esa necesidad de vivir a plenitud, inspirado tal vez por esa misma actitud vital que definió también a su ídolo José Santos Chocano (1875-1934), quien llegó a tener una vida casi novelesca. Los siguientes versos correspondientes a “Mañana con el alba”, poema perteneciente a sus Himnos del cielo…, son un reflejo de esa actitud que Parra tuvo frente a la vida: “Maquinista o acróbata, marinero o ladrón / yo partiré mañana, madre mía. Es pasión. / Es instinto este loco deseo de partir”.

Es conocido, asimismo, el viaje que hizo a Europa en 1922. Allí, de todos los países que llegó a visitar, eligió Francia para establecerse por unos días con la intención de conocer de cerca el impacto de los movimientos de vanguardia y, en especial, el propiciado por el futurismo, al cual lo introdujo el también poeta Jules Supervielle (1884-1960), su amigo y mentor que se encargó incluso de brindarle alojamiento. Fue así que en adelante adoptaría ciertos rasgos de la estética futurista para llevar a cabo la renovación de su estilo poético. Paradójicamente, su estadía en París no solo lo llevaría a nutrir sus cualidades artísticas, sino que también coincidirá con el padecimiento de los primeros síntomas de la tuberculosis, enfermedad que llegaría a minar sus pulmones hasta llevarlo a la muerte tres años después.

Tras su regreso a Montevideo se ocupa en la redacción de artículos y crónicas para diversas publicaciones como Calibán y Boletín de Teseo, y edita sus dos poemarios más significativos: Himnos del cielo y de los ferrocarriles (1924) y Blanca Luz (1925). Ya antes, entre 1922 y 1924, había publicado en distintas revistas una serie de poemas conocidos con el nombre genérico de Polirritmos, en los cuales hizo uso de una métrica y una rima irregulares que, no obstante, no los privaron de hacer ostensible ese carácter musical que desde entonces llegaría a erigirse como una característica constante de su obra poética (destaca el polirritmo dedicado a Isabelino Gradín, futbolista uruguayo por quien llegó a profesar una gran admiración). En 1925, de la mano de una actividad literaria constante, alimentada por la consciencia de una muerte cercana, llegó también su unión en matrimonio con la joven poeta Blanca Luz Brum, once años menor que él y a quien ya había conocido cuatro años atrás, antes de su viaje a Europa (se cuenta que Parra tuvo que raptarla del convento en el que su familia la había recluido, para así poder consumar su amor). Aquella mujer, quien habría de convertirse en el gran amor de su vida, llegó a darle un hijo de nombre Eduardo, al que Parra pudo conocer solo seis días debido a la inminente llegada de la muerte. Esta habría de llevárselo consigo a sus cortos treinta y un años, a poco menos de un mes de cumplir los treinta y dos.

Precisamente fue Blanca Luz quien inspiró la creación de su último poemario del mismo nombre. En este libro, de corte casi confesional, Parra edifica sus versos a partir de una reflexión hecha en torno a ese amor que profesa hacia la amada. En el prólogo del libro, fechado el 2 de septiembre del año de la muerte del poeta, confiesa que su escritura significó un paliativo frente al horror de la muerte cercana, a la vez que afirma que los versos inscritos en él son un reconocimiento a la significación que el amor de Blanca ha tenido en su vida. En “La calle está muerta”, tal vez el poema más conmovedor del libro, confiesa:

La calle está muerta desde que te vi,

Nada miro … paso … voy soñando en ti.

Pasan mis amigos,

las mujeres cruzan,

fantasmas extraños

que se desmenuzan.

Y llegando y nunca llegando

ando …

Vivo en otra calle del desvanecer

y el ir sollozando

con mi corazón

como una caja de música que no sé adónde poner.

La calle está muerta desde que te vi

nada miro. . . paso. . . voy soñando en ti.

En este poema podemos notar que subyace el tópico romántico que concibe al amor como una vía de acceso hacia una realidad en la que solo la imagen de la amada es capaz de adquirir un sentido, diluyendo todo aquello que exista alrededor. No obstante, a pesar del lugar común, la voz lírica logra conmover gracias a la musicalidad que el poeta impregna en sus versos y a la destreza con la que exhibe ese carácter intimista que le es peculiar y que se erige como uno de los rasgos preponderantes del libro.

El deceso de Parra conllevó a que el presidente uruguayo José Serrato decretara duelo nacional. Hoy, en el corazón de Montevideo, hay una calle y una plaza que llevan su nombre. En esta última, un busto del poeta recibe a los visitantes que, de seguro, en su gran mayoría, imaginan al hombre que sirvió de modelo como un uruguayo de pura cepa, sin tener en cuenta que, hacia el oeste, a casi 4700 kilómetros de distancia, hay un país que nunca se preocupó por rescatar su memoria para hacerla parte de una tradición literaria conformada por otros poetas que en su momento optaron también por abandonar el país (Vallejo, Eielson, Moro) para ampliar sus universos creativos o lograr el reconocimiento anhelado.            

No obstante, considero que Parra, antes que poeta, merecería ser recordado como un hombre que supo vivir y que decidió afrontar con valentía la responsabilidad de forjarse una vida plena a pesar de las limitaciones que su precaria salud le imponía. Tal vez, de habérsele llegado a ocurrir la elección de un epígrafe para ser inscrito en su lápida, habría optado por aquel verso que incluyó en el poema que dedicó a Walt Whitman, perteneciente a su libro Himnos del cielo…: “¡la fuerza es ir locos de confianza hasta el fin!”

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