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Reseña: “Después de la luz” de Benjamín Labatut

Un fervor pospunk

Por Erick Abanto López

Después de la luz (2016) de Benjamin Labatut es un libro magistral. Realmente, se trata de la literatura del futuro. No hay una sola página que no produzca la sensación de estar al borde del éxtasis, conmovido por la gran historia que se cuenta y por el tono religioso y trágico en que se transmite. Es inevitable no sentir en cada una de sus páginas cómo Labatut corta la maleza y abre, línea por línea, párrafo por párrafo, el surco de una nueva ruta (totalmente insólita pero de vieja estirpe) en la narrativa contemporánea, la abertura de una nueva forma de plasmar el vínculo y la armonía entre ficción y realidad, segando los enredos de la autoficción y las sombras del realismo, abriendo trocha con la suficiente pasión y energía para reestablecer, en pleno siglo XXI, un viejo tono sagrado.


Labatut crea un collage rítmico e intercalado de algo así como tres grupos de elementos: las historias míticas y religiosas del mundo (sumerias, judías, cristianas, mayas, budistas, guaraníes, hinduistas, griegas, romanas, etc.); las anécdotas breves pero desgarradoras de un sinfín de seres humanos que experimentaron la frontera de lo cognoscible y lo que hay más allá; y las escenas de la vida del protagonista-narrador en el Chile actual, antes, durante y después de que experimentara la fragilidad ontológica de su realidad, los sueños lúcidos junto al ahogo y el pánico de saberse vulnerable frente a la inmensidad de lo insondable, del abismo, o de «la luz».


El resultado es una galería prolífica y aciaga de las veces en que, como género humano, nos hemos aproximado al fin de nuestras certezas más profundas y a la aparición de algo indescifrable que no podemos ni siquiera comunicar o nombrar. Pero también de cómo esa imposibilidad nos llevó a construir y edificar, a lo largo de la historia, cientos de lenguajes, discursos y técnicas de todo tipo (religiosas, científicas, poéticas, musicales, pictóricas, matemáticas, etc), en un intento permanente de búsqueda y creación de un idioma, una técnica o una fe capaz de capturar sus destellos y, a la vez, protegernos de su luz.


El círculo se completa con una organización sugestiva y pertinente (cuatro capítulos titulados con los nombres alquímicos de las cuatro fases de la transmutación de la materia, desde la putrefacción hasta la iluminación) y con una escritura minuciosa y discreta, sin rodeos ni alargamientos, breve y directa, sobria, abrigada en un tono parco y lúgubre, que a medida que avanza la lectura va haciéndose más nítido y ubicuo. Quizá esa sea una de las principales diferencias con Un verdor terrible, la tercera y más reciente entrega de Labatut. Ambas son indesligables una de la otra y el universo y la perspectiva que ofrecen se complementan profundamente (hasta el punto de conformar dos episodios o dos volúmenes de una misma intención narrativa), pero una contiene matices que la otra aligera.


Junto a Después de la luz, Un verdor terrible aparece como una narración más estandarizada y homogénea, rendida al uso masivo de la hipérbole y del escándalo, donde el foco no está en aumentar la nitidez de la atmósfera, sino elevar su intensidad grotesca, quizá para hacer más emocional la lectura. Después de la luz es todo lo contrario. No es una misa de cantos, glorias y alabanzas. Es una larga y solitaria plegaria, un susurro piadoso y lacerante. Así, lo que en Un verdor terrible está contenido y predefinido, aquí está libre, oscilando entre la desmesura y la tristeza, entre el pánico y el éxtasis, entre los datos, la historia y lo inventado, entre la escritura conocida y sus infinitas posibilidades aún inexploradas. Después de la luz es el movimiento, la curiosidad, el desborde. Un verdor terrible es ya su versión equilibrada y pulida.


La operación original está en Después de la luz. Esta es la propuesta sin filtro de Labatut, su verdadera proeza. Aquí es donde comienza a reconstruir el esmalte religioso y mítico, ya perdido, de la literatura antigua, la funda sagrada que está en los orígenes mismos de la ficción, esa ligazón antiquísima entre magia y poesía tan ampliamente estudiada; y lo hace recurriendo a los únicos recursos disponibles que aún mantienen cierta legitimidad de sentido, las formas desencantadas y corroídas que sobrevivieron al siglo XXI: el fragmento y el collage. Esta es su maestría y la razón por la que este libro es el futuro, pues en él, como tantas veces en la historia moderna, Labatut recrea el tono mítico ya perdido de la literatura originaria, juntando los restos del naufragio para componer una versión contemporánea de esa melancolía. Reestablece el lamento romántico por la música sagrada de la vieja tragedia, la tragedia antigua y original, y lo hace con un rosario de anécdotas de quienes padecieron la tragedia más perfecta y la más literaria de todas: la imposibilidad de contar lo vivido, de comunicar lo atestiguado, de transformar la experiencia en lenguaje.

Sobre esta imposibilidad también transita este libro, y lo hace una y otra vez, insistiendo y replegándose como las olas en la arena, dejando cada vez un vestigio nuevo de algún lejano naufragio, pero sin poder todavía traer el barco y los cuerpos e inundar de una vez toda la playa.

Datos del libro:

Benjamín Labatut

Después de la luz

Editorial Hueders, 2016, 132 pp.

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