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Coyuntura Entrevista Miscelánea

Entrevista a Consuelo Ferrer

“Llegué a la literatura del duelo por necesidad”

Por Matías Saa

Consuelo Ferrer Durán (Chillán, 1993) es periodista y escritora. Trabaja en el equipo de Comunicaciones de la Rectoría de la Universidad de Chile, forma parte de la revista digital de política y cultura La Raza Cómica y es cocreadora del pódcast Club de Duelo. En 2023, obtuvo la Beca de Creación Literaria del Ministerio de las Culturas de Chile y en 2026 publicó Siembra de cristal (Ediciones Overol), su primer libro, en el que vuelve a Chillán para reconstruir la historia de su padre, Vicente Ferrer, que trabajó 61 años en IANSA[1]: desde los 19 hasta su muerte, a los 80. A través de fotografías, recuerdos familiares, escenas de infancia y documentos, la autora reconstruye también una forma de vida vinculada a la industria azucarera y a una ciudad marcada por ella. El resultado cruza memoria familiar, crónica y autobiografía.

Antes de publicar, Ferrer ya había desarrollado una escritura vinculada al periodismo narrativo y a la literatura; ella misma se ha definido como más narradora que periodista, y ha señalado su interés por encontrar historias que realmente quiera ser la persona encargada de contar. En sus textos aparecen con frecuencia la muerte, la memoria y las relaciones familiares, asuntos que también forman parte de su trabajo periodístico y de sus lecturas. En ese sentido, Siembra de cristal puede leerse como la culminación de una preocupación que atraviesa su escritura: qué puede hacer la palabra frente a una ausencia. En Consuelo, escribir sobre la muerte no significa únicamente escribir sobre lo que termina. También implica preguntarse qué permanece. Su escritura trabaja precisamente en ese lugar: entre la pérdida y aquello que todavía puede ser convocado mediante las palabras.

El texto sobre tu papá ya lo habías publicado antes, ¿no?

Sí, varias veces.

¿En qué momento te diste cuenta de que todo este material tenía una historia y que podía convertirse en un libro? ¿Cuándo apareció esa idea de que había una cronología que seguir?

Llevo caleta de tiempo escribiendo sobre eso. Una vez estaba revisando notas antiguas del celular y encontré una que decía «El hombre más dulce del mundo». Pensé al tiro que era sobre mi papá. Revisé la fecha y coincidía con la primera vez que lo hospitalizamos por el cáncer. No me acordaba de haberla escrito, pero probablemente se me ocurrió durante esa hospitalización, quizás porque estábamos viendo algo relacionado con su diabetes. La había anotado y después la olvidé.

Cuando la encontré fue como: “Loco, escribí un libro sobre esto”.

Después recordé que había entrevistado a mi papá sobre su trabajo dos años antes de que se enfermara. Encontré esa grabación un mes después de su muerte y fue muy fuerte volver a escuchar su voz. Además, como murió durante la pandemia, no tuvo funeral y yo sentía que mucha gente habría querido despedirse de él.

Entonces decidí escribir algo con ese audio y publicarlo para que la gente supiera que mi papá había muerto. Lo subí a Medium con el título «Mi papá sabía hacer azúcar», porque sentía que esa frase decía mucho de él y de su vida. El texto circuló bastante, sobre todo entre sus colegas, y llegó a unas mil visitas. Ahí sentí que había logrado darle voz a una parte muy importante de mi papá y pensé que nunca más iba a volver a tocar esa historia.

Después la dejé dormir y empecé a escribir sobre el duelo y la muerte. Hice textos bastante oscuros. Me parecían lindos, pero no me sentía cómoda publicándolos.

¿Y qué hizo que volvieras a esa historia?

Cuando la IANSA cumplió 70 años, en 2023. Un día, además, prendí la televisión, cosa que nunca hago porque ni siquiera tengo tele, y apareció un comercial que decía algo como «70 años haciendo azúcar para Chile». Y pensé: «¿Cómo van a ser 70 años si mi papá trabajó 61?». Mi papá había trabajado prácticamente toda la historia de IANSA y había muerto hacía tres años.

Entonces volví a revisar el archivo de la conversación que había tenido con él y confirmé que había entrado a IANSA en 1959, en Linares. Después descubrí que la planta de Linares había abierto ese mismo año. Ahí pensé: «Guau, mi papá fue uno de los primeros trabajadores que entraron a IANSA».

Todavía no formaba parte de La Raza Cómica, pero le conté la idea a la Fran y me animé a hacer algo con el material que tenía: el audio de mi papá y algunos videos que él mismo había grabado. Un amigo de La Raza, que estudiaba cine en México, me ayudó a editar un reel con su voz y esas imágenes. Lo publicamos el día del aniversario de IANSA y, nuevamente, sentí que había cumplido con ese hito. Pensé que la historia estaba cerrada.

¿Y cuándo apareció la posibilidad de convertir todo eso en un libro?

Cuando me gané el Fondo del Libro con otro texto. Yo sabía que no quería publicarlo, pero igual lo mandé y me lo gané. Entonces me escribió Overol, porque les había enviado material hacía tiempo y teníamos pendiente revisarlo.

Me junté con Daniela [Escobar] y Andrés [Florit] y estuvimos como dos horas conversando de cualquier cosa, hasta que finalmente hablamos del libro. Me dijeron que les gustaba mucho cómo escribía, mi voz y el texto que había mandado, pero que, por el catálogo de la editorial, ese material se acercaba más a la crónica que trabajábamos en La Raza Cómica. Andrés me dijo que, si no era lo que yo quería escribir, no había ningún problema y que incluso podían ayudarme a encontrar otra editorial.

Yo ya tenía unas treinta páginas porque quería escribirlo con acompañamiento editorial. Creo mucho en el proceso de edición. Y ahí fue como: «Nunca pensé que esto diera para un libro». Yo sabía que había una historia, pero sentía que ya había agotado las formas que había encontrado para contarla.

Entonces entendí que tenía mucho sentido. Con el azúcar, IANSA y el trabajo de mi papá como columna vertebral, podía sacar la historia de la esfera privada y convertirla en algo más grande: hablar de un país, de una forma de construirlo y de una memoria colectiva.

Además, era una manera más abordable de escribir sobre su muerte. Cuando intentaba hacerlo directamente, no sabía por dónde agarrarlo y siempre terminaba en lugares muy oscuros. En cambio, esto tenía algo periodístico: hablar con gente, reunir material y después hilarlo. Era como: «Esto sí lo puedo hacer».

¿Cómo fue hablar con personas que habían sido compañeras de trabajo de tu papá?

Fue muy emocionante. La persona que más me ayudó fue Arturo Tornvall, que aparece citado en el libro y que también nos acompañó a visitar IANSA. Era amigo de mi papá, pero yo nunca lo había conocido. Se había alejado de su vida antes de que mi papá se casara con mi mamá, así que tenía acceso a una versión de él que yo no conocía. Fue muy generoso al compartir sus recuerdos y ayudarme a contactar a otras personas.

Mi mamá también conservaba algunos contactos, principalmente por Facebook. Después aparecieron amigos y excompañeros de mi papá de maneras muy casuales. A veces conocía a alguien en un cumpleaños, le contaba lo que estaba haciendo y terminaba descubriendo que su abuelo o algún conocido había trabajado con mi papá. Una vez entrevisté a alguien que ni siquiera sabía que se había casado o que tenía más hijos. Tenía recuerdos de él que nadie de mi familia conservaba. Fue muy bonito y sentí que alcancé a llegar justo a tiempo a algunos de esos testimonios.

También tenía mucho vértigo. Pensaba: «¿Con qué me voy a encontrar?». Me preparé para descubrir que mi papá había sido una persona distinta durante los años que yo no lo conocí, incluso que alguien pudiera contarme algo muy negativo sobre él.

Pero pasó lo contrario. Después de hablar con muchas personas y tratar de ser lo más exhaustiva posible, descubrí que todos los testimonios coincidían. Mi papá había sido la misma persona desde el principio. Eso también fue muy bonito.

Pensaba mucho en Stories We Tell, de Sarah Polley, donde ella reconstruye a su madre a partir de los recuerdos de distintas personas y descubre versiones muy diferentes de ella. Yo me preguntaba qué iba a encontrar en mi propia investigación. Y al final me encontré con que mi papá era exactamente la persona que yo recordaba.

¿Qué sentiste cuando viste la placa de tu papá?

En uno de los ejercicios del taller, Belén Fernández nos pidió pensar en un inicio que resumiera la historia, pero que no fuera conclusivo, que abriera la cuestión. Yo ya había comenzado un texto con la escena del carro fúnebre de mi papá pasando por IANSA y el homenaje que le hicieron sus amigos, pero no quería volver a partir desde la muerte. Quería moverme hacia el legado y la memoria. Pensé mucho qué imagen podía resumir que mi papá había sido querido, que la gente lo recordaba y que había dejado una huella. Y de repente me acordé de la placa.

Fue como: «Obvio que es la placa». Qué heavy que ese lugar donde pasó tanto tiempo de su vida tenga su nombre. Cuando escribí esa escena y terminé la primera versión, que era de una plana, pensé: «Así va a empezar mi libro». Después fuimos a IANSA con mi familia. Antes habíamos reconstruido la escena a través de entrevistas y videos, pero estar ahí fue distinto. Ver su nombre escrito en la fábrica materializaba algo. A mí me pasa que no siento que mi papá esté en el cementerio, pero cuando vi su nombre en medio de IANSA pensé: «Esta es la lápida de mi papá. Este es el testimonio de su vida». Estaba al lado de una máquina que siguen usando todos los días, no en un lugar apartado.

También pensé en la gente nueva que entra a trabajar: «¿Sabrán quién es este caballero que tiene una placa?». Y después, cuando fui a la población de IANSA de Linares y vi que la planta estaba en el piso, pensé: «Para allá va». En algún momento voy a tener que ir a rescatarla, porque esto no va a ser eterno.

Nos sacamos fotos con la placa y también con un cartel de mi papá que todavía está en la fábrica, dando consejos de seguridad. Mi mamá y el amigo de mi papá quisieron fotografiarse con él. Era como su pequeño Paseo de la Fama de la IANSA.

No sé si tú te concibes una experta ahora en literatura del duelo, pero tengo una duda: ¿qué vino primero, la muerte de tu papá o tu acercamiento a esta?

Creo que llegué a la literatura del duelo por necesidad. Mi papá murió, nos fuimos a Chillán a enterrarlo y una amiga, Camila Gutiérrez, me dijo que no sabía qué hacer conmigo. Ella sabía que yo era súper regalona de mi papá y me dijo que lo único que entendía que teníamos como forma de comunicarnos eran los libros. Dudó entre regalarme un libro que no tuviera nada que ver con el tema o uno que tuviera todo que ver con él. Como sabe que me gusta entrar de lleno en las cosas para entenderlas, decidió regalarme uno.

Me regaló una versión ilustrada preciosísima de El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Y ese libro me llegó de una manera que nunca me había pasado. Apenas lo abrí pensé: «Esto es lo que estoy viviendo». Nunca había sentido un nivel de conexión así con un texto. Me había emocionado muchas veces con la literatura, pero nunca había sentido que un libro estuviera hablando directamente de mí.

Después empecé a buscar otros libros sobre duelo. Estábamos en pandemia, así que conseguía recomendaciones por Twitter y me dedicaba a leer. Encontré textos sobre la muerte de hijos, parejas y otros familiares, pero no tantos sobre la muerte del padre.

También me regalaron Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie. Me lo devoré en un día porque es muy corto, pero, contra todo pronóstico, no me gustó. Lo encontré demasiado crudo. Me impresionó saber que habían pasado apenas dos meses entre la muerte de su papá y la escritura del texto. Yo pensaba: «Guau, empezaste muy pronto a escribir».

Ese fue uno de los primeros libros que recuerdo haber leído sobre la muerte de un padre. Aunque se me empiezan a mezclar los libros, porque la verdad es que durante el duelo la cabeza te funciona delulu.

¿Y cuándo empezaste a escribir sobre tu papá?

Empecé a escribir al tiro. Incluso antes de que mi papá muriera. Yo tengo notas de cuando íbamos a hacer la quimioterapia, por ejemplo. De ver gente mucho peor que mi papá y pensar: «¿Cómo se va a ver mi papá más adelante?».

Porque mi papá no alcanzó a estar mal una semana. Estaba perfecto y en una semana se murió. Entonces yo veía gente en muy mal estado y pensaba en cómo iba a estar él después. Tenía cosas escritas por todas partes.

¿Esas primeras notas las escribías pensando en que algún día podían convertirse en algo?

Tenía ese registro como una bitácora para no olvidar lo que habíamos vivido, pero nunca pensando en publicarlo. Era más bien: «Algún día esto me va a servir para hacer otra cosa». De hecho, nada de eso terminó en el libro. No era eso lo que quería que quedara inmortalizado.

Después empecé a acumular muchos libros sobre la muerte: autobiografías, novelas, poesía, ensayos. Mis amigos ya sabían que me interesaba, así que constantemente me recomendaban cosas. Hasta tengo una nota con los libros que todavía me faltan por comprar.

No sé si me considero una experta, porque siento que todavía me falta muchísimo por leer, pero sí tengo un interés muy específico por la literatura del duelo. Si alguien quiere leer sobre el tema, tengo hartas recomendaciones y siempre las estoy compartiendo.

En algún momento incluso le pregunté a ChatGPT por libros sobre la muerte del padre y me recomendó El año del pensamiento mágico. Y yo pensé: «Esta recomendación me la hicieron en 2020». Al menos sé más que ChatGPT.

Pero empecé a acumular tanto conocimiento sobre el tema que me pregunté qué podía hacer con él y cómo podía ponerlo a disposición de otras personas. También tiene que ver con mi formación, con esa idea de hacer disponible el conocimiento. No llegaba a ninguna idea concreta hasta que apareció la posibilidad de hacer el pódcast.

Quería saber cuál es tu relación con la IANSA después de escribir el libro.

Tengo miedo de la IANSA, igual. No sé muy bien qué decirte. Siento que estoy tan metida dentro de la historia que no puedo evaluar si es un buen libro para la IANSA o un mal libro para la IANSA. No puedo verlo desde afuera.

También tenía un poco de miedo de que me demandaran o algo así. Porque, igual, ni cagando traté de ocultar el nombre. No podía. La historia se trataba de eso.

Yo soy periodista y conozco los métodos para hablar de empresas. Entrevisté, por ejemplo, al gerente de Chillán, pero jamás hablé con el área de comunicaciones ni pedí autorización a la empresa en Santiago para ir. Porque sabía que no me la iban a dar.

¿Preferiste pedir perdón antes que permiso?

Exacto. No pedí permiso. Dije: «Estoy lista para pedir perdón, pero permiso no voy a pedir». Y la IANSA no me ha dicho nada oficialmente desde que salió el libro. Nada. No me han dicho nada bueno ni malo. Hasta donde yo sé, nadie me ha demandado. Lo que sí sé es que desde Overol me contaron el otro día que hicieron una compra de varios ejemplares para regalárselos a trabajadores muy antiguos. Y ahí pensé: «O sea, a la IANSA le gustó el libro». Pero no lo sé. También siento que la IANSA de hoy no es la IANSA de la que yo escribo. Está la IANSA estatal y la IANSA privatizada. Yo no conocí la estatal. Nací en 1993 y ya estaba privatizada.

El libro habla mucho de la comunidad de la IANSA, de la ciudad de la IANSA, de lo que significaba esa empresa para las personas que trabajaban ahí. Pero hoy no sé cómo será. Sin duda no es así. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que los amigos de mi papá en la IANSA eran gente muy joven. De la edad de mi hermano. Porque la empresa podía pagarles a personas que querían hacer carrera ahí. Si mi papá hubiera tenido una carrera profesional, quizás habría seguido ascendiendo y después se habría ido a otra empresa donde le pagaran mejor. Pero su techo era el que ya había tocado. Eso fue todo. Después de que murió, revisé su teléfono porque yo estaba a cargo de sus cosas y de las comunicaciones. Encontré un video que había grabado sin querer, como un selfie. Estaba sentado comiendo con sus compañeros de trabajo.

Se escucha que pregunta: «¿Por qué dice REC?», y uno de sus amigos le dice que está grabando. Y tú ves la mesa y es pura gente de mi edad, y mi papá. Entonces me imagino que él debe haber pensado muchas veces: «Esto ya no es lo que era». No queda nada de lo que era. Él hablaba mucho de cómo habían cambiado los métodos de seguridad. Antes podían hacer un asado dentro de la fábrica y hoy eso sería imposible. Y él decía: «Ya, está bien. En verdad, mejor». Pero también sentía que antes había otro brillo, otro valor. Yo no conozco gente que trabaje en la IANSA ahora. Y además, con todo el tema de que ya no van a hacer azúcar de remolacha, realmente no sé cuánto queda de la IANSA que yo conocí.

Si hoy la IANSA me contactara, ni siquiera sé de qué manera me relacionaría con los dueños. Es por el cariño al nombre. Porque esa empresa no es la que yo visitaba cuando era chica, cuando iba a jugar a la oficina de mi papá y escribía «Te amo, papá» en la pizarra. Y, por lo demás, él nunca lo borró. Hasta que le cambiaron la oficina.

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Libros de la autora:

Siembra de cristal

Ediciones Overol, 2026. 128 pp.

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[1] La Industria Azucarera Nacional (IANSA) fue creada por la CORFO en 1953, dentro del plan de industrialización que también levantó empresas como ENDESA, para producir azúcar chilena a partir de remolacha y dejar de importarla; abrió plantas en Los Ángeles, Llanquihue, Linares, Chillán, Rapaco y Curicó, y fue privatizada en 1988. En abril de 2026 anunció que dejaría de comprar remolacha para importar azúcar cruda de caña y refinarla en Chile, una decisión que afecta a 230 productores y que la propia Ferrer cubrió como periodista en una crónica para The Clinic.