Instrucciones para construir una ciudad
Por Cristhian Briceño
El vínculo entre ciudad y conflicto tiene larga data. “Gran ramera” llama San Juan a Babilonia en el Apocalipsis (aunque bien podría estarse refiriendo a Jerusalén o Roma, supuestas capitales del pecado y del cuestionamiento al dios de los hebreos), con todos las alcances epitéticos que ello supone; Thomas Chatterton, indispuesto por el desprecio de sus congéneres, se refiere a Bristol, su lugar de nacimiento, como una “inmunda ciudad de ladrillos” poco antes de cometer suicidio; supongo que Antonio Cisneros aludía a Lima con su famosa metáfora de la ballena, si consideramos, por supuesto, la humedad sempiterna, la gris oscuridad, el frío envolvente, el hedor a sargazo y a manada de peces. Diego Otero (Lima, 1973), por su parte, hace uso de un sistema político extranjero para enunciar su especulación poética: el califato. Si bien este régimen se emparenta naturalmente con el elemento religioso, Otero ha decidido sintetizar esta simbología hasta quedarse con el componente restrictivo. Al insertar a su yo poético en un ámbito ajeno desata el conflicto, el cual propicia los cuestionamientos sobre su relación con el entorno y los mecanismos que debe emplearse para establecer una conexión saludable con él. Son elocuentes y periódicas las imágenes de estrechez dentro de la geografía urbana; los edificios, por ejemplo, se vuelven espacios reducidos únicamente a la circulación dentro de ellos, a las galerías por donde el individuo suele transitar, pero parece no haber espacio para el establecimiento o el descanso:
Una cerviz flexible, que
nos permite asentir
y desplazar el cuerpo
por las zonas en que el edificio se vuelve
angosto como la madriguera
de un topo o el ojo
de una cerradura. (p. 47)

De una forma reiterativa, se nos habla de ductos o de espacios estrechos e impracticables, por referirse a la cuota alienante con la cual el individuo se enfrenta en su cotidianeidad; la estrechez de esos espacios abruma a quien se ve obligado a ocuparlos con su presencia, a refugiarse en ellos mientras va perfeccionando su capacidad de adaptarse al entorno anómalo o que se percibe como tal. Para mayores luces, en el fragmento anterior, encontramos la imagen de la cerviz flexible, que nos indica un estado de apocamiento, pero también de capitulación, por lo menos circunstancial: se puede rastrear la referencia en la ya famosa (y cancelada) estrofa de nuestro himno nacional que nos habla de la sumisión y de una humillada cerviz que se levanta, venciendo el poder que hasta entonces la mantuvo encorvada. A partir de esto, se podría conjeturar que el yo poético se ve retornar a una fase ya superada de su historia, que puede ser la personal, la íntima, o englobar, por qué no, lo nacional, lo comunitario. El califato, desde una interpretación sencilla y quizá antojadiza, es un retorno a lo ya superado; se retorna no precisamente a un régimen político caduco, despótico y que va de la mano con la religión, sino, más bien, al miedo previo al fortalecimiento del carácter, a la duda, al cuestionamiento implacable de la vida y de sus actores, como cuando uno vuelve la cabeza, con sana curiosidad, para ver lo que ha quedado atrás, pero, al igual que la esposa de Lot, acusa un cambio a menudo desagradable:
A decir verdad nuestros ojos son los ojos
de las cerraduras,
y cada vez que alguien
introduce la llave
resultamos heridos.
O tuertos. (p. 53)
La cerradura retoma el tropo de la estrechez, pero aplicado en el fragmento es también un indicio de la inaccesibilidad del yo poético, del costo que supone establecer vínculos cuando el medio ha revelado la alteración de su orden. Se enuncia a Lima como una ciudad en conflicto con el individuo, y por momentos esta se encuentra tan alejada de la percepción del yo poético que se tiende a la invención de un carácter exótico para así explicar su discapacidad en cuanto a hallarse a sí mismo o a ubicarse dentro de. Estar en la ciudad implica una exploración excesiva del fenómeno, al punto de percibirse únicamente la estrechez, el elemento opresivo ejemplificado con los ductos o las cerraduras; para sobrellevar esta deficiencia, el yo poético procura elevarse, esto es, tomar distancia de todo, afianzar su individualidad, alejarse hasta donde la ciudad se vuelve inteligible debido, posiblemente, a una ilusión de totalidad y de tolerable imprecisión:
El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:
desde tan arriba todo es hermoso, incluso Lima. (p. 50)
Y también en:
Lima casi no es y es
hermosa
desde tan alto. (p. 55)
Mientras la ciudad sea una imagen detenida, hay una oportunidad para hacerla suya y arrebatarle significado; es la paradoja de la lejanía: cuando hemos tomado distancia podemos apreciar a cabalidad el hecho, comprender su funcionamiento y nuestro lugar dentro de él. No obstante, el lugar del yo poético parece encontrarse en las zonas inferiores, de donde ocasionalmente asciende, aunque esta es la excepción. Por ello, nada queda claro o, en todo caso, su necesidad por acertar y hallar una respuesta produce una proliferación de interpretaciones que lo llevan a la angustia debido a una abundancia de interrogantes:
Qué es El Califato de Lima. ¿Un chiste? ¿Una caricatura de la opresión y el fundamentalismo que asoman sus cabezas de papel maché por encima de una nomenclatura de dudosa incorrección geopolítica? ¿Se debe presumir que en algún lugar, encaramado sobre algún púlpito o alguna bóveda, hay algo así como un califa? ¿O el califa es ese energúmeno que ya hemos conocido? (p. 49)
Hasta ahora me he referido a la sección homónima y final del libro. Si revisamos los apartados precedentes encontraremos elementos similares. Por mencionar uno, tenemos nuevas menciones a los lugares cerrados, reclusivos o asfixiantes: “Todos queremos salir de un lugar al que solo se puede entrar” (p. 13); “Lima parece una ciudad, pero en verdad es un taxi” (p. 19); “El mal es una ciudad parecida a Los Ángeles o a Lima … El mal tiene tentáculos invisibles que agarran del cuello a todas las personas honorables” (p. 35). Es en estos poemas previos donde vamos descubriendo que si bien hay una angustia concentrada en la parte final, el yo poético ha encontrado un antídoto en el humor. Y este humor está construido en torno a imágenes muy alejadas de cualquier solemnidad; al contrario, se precisa del apunte irónico, incluso es necesario extirpar el carácter sagrado de los símbolos para que se alcance a construir un ambiente libre de las coacciones y/o límites, en parte distinto al que se establece en la sección final, como si en esta antesala se hallaran las respuestas, unas respuestas que no se emplean porque es necesario establecer el escenario especulativo donde el yo poético pueda ser indagado:
Un país
arrasado.
Un país o una pepa de palta
que debería seguir girando
en el aire del departamento, cada vez
más lentamente hasta el punto de convertirse
en la única excepción del mundo
a la ley de la gravedad. (p. 10)
Y también en:
¿saben ustedes
para qué puede servir un ángel
si no es para lanzarse
a las turbinas
de los aviones de guerra? (pp. 28-29)
Lo especulativo, incluso, alcanza los dominios de la poesía en dos poemas que son representativos de este libro: “Nuevos deberes de la poesía peruana” y “César Vallejo en el siglo XXV”. En ambos se explora la función de la poesía fuera de su espacio temporal, donde el ambiente ya no es el mismo donde alguna vez floreció su influencia. En el primer poema, además, se alude al régimen que se explora en la sección final (“Si tenemos que decir que vivimos en Lima, debemos decir que vivimos en el Califato de Lima”), estableciéndose una alteración en los parámetros con que se mide el acto poético. Nuevamente estamos ante un poema que se resuelve con una imagen poderosa, aquella en la que los hologramas de Antonio Cisneros y Washington Delgado, poetas de promociones disímiles, se fusionan en un abrazo, procreando un ser que deja de ser inmaterial y que implica el sincretismo de sus propuestas estéticas, de sus emociones, de sus personalidades como metáfora de la persistencia de una tradición que encuentra tierra fértil en las generaciones ulteriores que toman la posta a pesar de presentárseles un escenario tan enrevesado que no se sabe si se está asistiendo a “una fiesta o la guerra”. En el segundo poema se refresca la imagen adusta de Vallejo y se lo traslada imaginativamente en un tiempo que no es el suyo, para profundizar en su verdadera trascendencia, intentando responder con esto aquella manida suposición de entender a la poesía como un acto atemporal. El ejercicio no es vano, ya que entendemos que el trasfondo, el objetivo encubierto, es situar al yo poético en el lugar del poeta y ser partícipe de esa exploración, de la misma forma que, más adelante, se situará en el supuesto califato limeño:
(…) Vallejo estaba apoyado en un muro, con una bolsa transparente de canchita en la mano. A su lado había un tipo de jean y saco, que parecía admirarlo con fervor. (…) El punto es que lo interrogaba con entusiasmo y vehemencia sobre versos específicos de Trilce IX, Trilce XXVII. Y Vallejo sonreía con cierta sorpresa y decía que ya no se acordaba de esos poemas. Que había pasado demasiado tiempo. (p. 39)

El carácter indagatorio de este par de poemas marca una pauta significativa para la colección. Nos lleva a pensar en un yo poético no solamente en constante cuestionamiento de su entorno, sino también en una continua averiguación de sus posibilidades, como si ingresara voluntariamente a sus especulaciones esperando hallarse en el contraste, hacer resaltar su humanidad en medio de la realidad alterada que él mismo se ha inventado: la gran metáfora del califato se convierte, entonces, en una desacostumbrada, estrambótica tonalidad donde, con suma nitidez, consigue hacer descollar su normalidad.
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Datos del libro reseñado:
Diego Otero
El Califato de Lima
Álbum del Universo Bakterial (AUB), 2021