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Entrevista a Sofía Troncoso

No puedo concebir mi vida sin la escritura

Entrevista de Matías Saa

Sofía Troncoso (Santiago de Chile, 1997) creció en Antofagasta, en una ciudad que recuerda a la vez hermosa y triste, y donde armó, con libros que le llegaban de Santiago y del extranjero, la biblioteca personal que todavía conserva. Estudió Licenciatura en Artes y Humanidades en la Pontificia Universidad Católica de Chile y cursó el Magíster en Escritura Creativa de la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 obtuvo el Premio Roberto Bolaño de novela inédita por Funerales, que al año siguiente se convirtió en el primer título del catálogo de la editorial Trazos de Aves. Recientemente, ha sido elegida por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como parte de una lista de 26 autores, de hasta 40 años, cuyas obras amplían los horizontes de la novela contemporánea en nuestro idioma[1]. También pinta.

Funerales está narrada por una mujer que ha escapado de su propio nombre. Traductora de libros infantiles, encerrada en un departamento, disociada de todo, la protagonista atraviesa el duelo con una honestidad que no se detiene ante nada —incluida la incomodidad de no tener ropa adecuada para un funeral en verano—, mientras su hermana Mariana, más agresiva y más contenida, intenta devolverla al mundo. Es un libro sobre el duelo, la soledad y el confinamiento en el que, sin embargo, siempre queda un resabio de optimismo.

Conversamos con ella sobre las lecturas prematuras de la adolescencia, sobre lo que significa escribir una voz sin filtro, sobre la sensibilidad entendida no como estar a flor de piel sino como mirar desde otro prisma, sobre la salud mental en Chile y sobre la novela que viene: un retrato del deseo que terminó siendo, también, un retrato de la carencia.

¿Cómo fue tu infancia en Antofagasta? ¿Cómo empezaste a leer allá, en bibliotecas, en librerías?

Mi colegio tenía una muy buena biblioteca y aprovechaba de estar ahí durante los recreos y los tiempos libres. Cuando, por ejemplo, no llegaba un profesor o quedaba algún espacio, nos mandaban a la biblioteca, así que yo aprovechaba de leer. Pero más que nada, me traían libros de Santiago y del extranjero. Entonces fui armando una especie de biblioteca personal, que todavía tengo acá, ahora en Santiago.

Me llama la atención porque en el libro la narradora es traductora de libros infantiles. ¿Tú leías libros infantiles cuando eras niña?

Leía harto a Roald Dahl, pero yo creo que tuve lecturas un poco prematuras. Ya a los trece o catorce años me había leído El extranjero y La campana de cristal[2], entonces mis lecturas no eran muy adecuadas para la edad, creo yo. Leí, claro, todos los libros que teníamos que leer en el colegio, pero no me dediqué especialmente a la literatura infantil. Hasta el día de hoy no es algo en lo que me centre.

La narradora de Funerales es demasiado honesta, como cuando dice que se murió en verano y que no hay ropa para ir al funeral. Es una honestidad muy visceral. ¿Qué opinas tú cuando lees o escribes una narradora así? Leí también que habías escrito el libro muy rápido. ¿Cómo fue escribir una narradora que prácticamente todo lo que pasaba por su cabeza lo escribía, sin filtro?

Para mí resultó muy natural, porque encajaba con lo que yo intentaba hacer con la historia. Este personaje, esta protagonista, es una persona que está casi completamente disociada de la realidad, por lo que su filtro era muy distinto al de un personaje quizá más conservador, alguien que cuidara más su presencia, las distancias o las palabras.

Esta narradora fue tan visceral que llegó un punto en que yo también me volví visceral. Me quité algunas restricciones al escribirla. Esa fue una experiencia distinta a la que tuve con Mariana, que es la hermana de la protagonista. Mariana tiene una energía un poco más agresiva, pero contenida.

Entonces ahí hay un poco de la experiencia de trabajar con estas dos voces femeninas. Una salió muy visceral, muy honesta y muy disociada al mismo tiempo. Es extraño tener esas tres características juntas: visceralidad, honestidad y disociación. La otra voz, en cambio, fue mucho más contenida, con más restricciones. Era más agresiva, pero también más responsable. Que fueran voces que parecían opuestas, pero que al mismo tiempo pertenecieran a la misma familia, me permitió jugar bastante con los tiempos y con las voces.

Me llamó la atención que en entrevistas y en tu taller se habla mucho de la palabra sensibilidad. ¿Cómo fue escribir un libro sobre el duelo siendo una persona sensible?

Soy una persona sensible, pero esa sensibilidad no necesariamente significa estar a flor de piel con el mundo. También tiene que ver con percibirlo de otra manera, con mirar las cosas desde otras formas.

Es algo que rescato mucho de mi sensibilidad, porque siento y he visto que para ser escritor o escritora tienes que tener un ojo más afinado hacia la realidad. Por ejemplo, los cuentos que siempre destacan, los microcuentos, suelen ser los que están escritos desde otro prisma. Entonces, cuando uno escribe, tiene que afinar esa sensibilidad para ver cosas que los demás no ven.

Por un lado, la sensibilidad me acomoda, me gusta. Pero escribir sobre el duelo sí fue bastante desgastante, porque también significaba tener en mente la historia y, por otro lado, preguntarme quién soy yo escribiendo esa historia.

Como tú dices, el libro se escribió en un periodo de tiempo muy corto. La producción fue bastante intensa y creo que eso se debió a que yo no podía haber dado más. Si hubiera escrito un libro sobre el duelo durante cinco años, me imagino que habría sido mucho más desgastante.

No sé si he vuelto a tocar directamente el tema del duelo en mis escritos, pero siempre estoy trabajando con temas similares. Siempre escribo desde la carencia, desde la soledad, desde el confinamiento. Entonces quizás es la misma sensibilidad mirando otros prismas.

La narradora pasa mucho tiempo encerrada, pero eso no hace que el libro sea oscuro. Siempre hay como un resabio de optimismo. ¿Cómo hiciste para equilibrar ese dolor y ese optimismo en la novela?

Creo que equilibrar el optimismo con lo restrictivo, el confinamiento y lo doloroso que fue relatar una historia como Funerales tiene mucho que ver con que yo soy una persona muy optimista. No podía concebir una historia en que todo fuese tragedia y miseria. Para mí tenía que haber algo que apuntara hacia un futuro mejor, como una meta. No podía ser que todo fuese grave.

Es algo que también aplico en mi vida diaria. Trato de ser una persona optimista, de buscar el pasto más verde, digamos. Cuando uno escribe, obviamente lleva partes de uno. Creo que llevé mi parte de optimismo a la novela, pese a que el panorama que se presenta es bastante desolador.

En ese caso, ¿cómo podría uno hacer el luto de una forma más suave?

En esa pregunta creo que hay un par de cosas que señalar. Uno no elige cómo hacer el luto, entonces, por defecto, ya es muy difícil pensar cómo hacerlo de una forma más suave o quizás de una forma más dura. El luto elige por ti, eso es lo que pienso principalmente.

Ahora, si uno tuviera el poder de elección, quizás algunas personas lo tienen, siempre pienso en la compañía y en el entendimiento. No necesariamente en entender completamente lo que la otra persona siente o piensa, sino en un entendimiento como contención, mejor dicho. Más que la persona que está acompañando a alguien que está sufriendo un luto tenga que conocer cada uno de sus pensamientos, creo que simplemente se trata de estar.

Con respecto a esto, ¿tú cómo ves el tema de la salud mental en Chile?

Yo veo en eso un panorama desolador, porque siento que tratar la salud mental es algo tan etéreo, tan maleable y tan difícil de manejar de forma concreta que hace mucho más difícil aplicar medidas públicas, generar políticas institucionales o acciones desde el gobierno. Entonces, al final, quedamos las personas en nuestras propias manos, que tampoco parecen ser suficientes. Y ahí vuelvo al tema de los suicidios[3], de todas estas tragedias que pasan todos los días en Chile y que siento que desvalorizan, tal vez, todo lo que implica para una persona llegar a un punto así.

En la novela lo abordo y se ve un poco como algo inminente, como una profecía que se tiene que cumplir, pero eso no tiene por qué ser así. Hay mucho trabajo que hacer. Yo pienso un poco en lo público como un marco: las medidas sociales, de desarrollo y de cuidado de la salud mental a nivel nacional. Y en eso todavía hay muchísimo trabajo por hacer.

También tenemos que practicar la compasión, el entendimiento y la contención del otro y, por ende, lo mismo hacia una misma. Pienso en ese ejemplo que dan en los aviones cuando dicen que, en caso de emergencia, primero tienes que ponerte la mascarilla tú y después ayudar a los niños o a las personas que están al lado. Es lo mismo. También tenemos que comenzar desde muy, muy en casa.

¿Por qué no decidiste nombrar a la narradora hasta ya bien avanzada la novela? ¿Tiene alguna razón?

Yo estaba tan concentrada en que ella fuera un ente sin presencia, digamos, que no me parecía que darle un nombre al inicio aportara a la historia. De hecho, creo que quitarle el nombre al comienzo aportaba más a la historia que dárselo.

Y también, cuando finalmente se lo doy dentro de la novela, hay un giro, un clic que cambia algo. Creo que eso era algo que yo estaba buscando crear y, cuando los lectores llegaron a ese momento, se produjo el efecto que yo quería.

En un tema más personal, sobre eso de ser multidisciplinaria, de pintar y hacer otras cosas fuera de la escritura. ¿Cómo te ha ayudado pintar a escribir? ¿Te ha liberado de alguna forma?

Sí. Mi trabajo como escritora es muy mental y, a través del tiempo, me he dado cuenta de que sostenerse solamente en lo mental no es tan positivo para una persona. Es muy fácil agotarse y es un tipo de agotamiento distinto al de alguien que hace cosas manuales, que usa su cuerpo o que utiliza quizá otra parte de su cerebro. Entonces, para mí ha sido fundamental hacer otras cosas fuera de escribir. Tener otra vida aparte de la escritura, digamos.

Para mí la escritura es un eje en mi vida. No puedo concebir mi vida sin ella, pero necesito otras cosas que me apoyen y que también me separen de la escritura para poder mantenerme escribiendo.

Ahí entra, por ejemplo, la pintura. La pintura es también un descanso visual. Es una forma de abordar el mundo a través de los colores y las formas. Para mí siempre ha sido una forma de expresión. Los colores son una forma de expresión. Yo no trato de retratar la realidad.

También lo hago en la escritura, pero este es otro medio. Y, por supuesto, están otras cosas: caminar, hacer ejercicio, nadar, un montón de actividades que ocupan el cuerpo. Porque, en mi experiencia, si estás escribiendo todo el día, pensando todo el día y leyendo todo el día, te vas a cansar tan rápido y tan fácilmente que vas a llegar al burnout y no vas a poder hacer lo que quieres hacer. Así que, para mí, ha sido fundamental complementar la escritura con otras cosas.

¿Qué se viene ahora? ¿De qué se trata tu nueva novela?

Esta novela que viene comenzó como una especie de retrato del deseo, que fue un cambio importante respecto de la primera novela que escribí y publiqué. Supongo que quería retratar algo distinto. Como hemos hablado, tú me conoces y yo me conozco a mí misma como una persona multidisciplinaria, entonces no quería quedarme fijada en un mismo tema constantemente. No quería llegar a escribir dos, tres, cuatro o cinco libros sobre el duelo, porque, primero, sería agotador y, segundo, siento que puedo dar más que un solo tema.

Entonces traté de abordar, y creo que lo logré bastante bien, el deseo. Pero el deseo tiene un giro: cuando deseas algo es porque careces de algo. Entonces la novela también tomó un tono más oscuro cuando empecé a ver que, dentro de los personajes y de lo que sucede en ella, no solo estaba el deseo puro, amoroso, romántico o sexual, sino también una carencia. ¿Qué me falta? ¿Qué no tengo? ¿Qué quiero en mi vida? ¿Y qué pasa cuando finalmente lo obtengo?

Ahí tenemos a una protagonista mujer que se encuentra en esta dicotomía: desea tanto algo, ser algo o tener a alguien, pero al mismo tiempo está completamente vacía.

Entonces tenemos una nueva novela que saldría pronto. Todavía no hay una fecha asignada, pero será muy pronto, dentro de estos meses.

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Libros de la autora:

Funerales

Trazos de Aves, 2023. 120 pp.

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Lo que mata es la humedad

Provincianos Editores, 2026. 240 pp.

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[1] La FIL de Guadalajara incluyó a Troncoso en “26 en el 26”, la selección de veintiséis novelistas menores de cuarenta años con la que celebrará su cuadragésima edición, del 28 de noviembre al 6 de diciembre: https://www.fil.com.mx/prensa/boletin.asp?ids=2&id=3340

[2] Se refiere a El extranjero (1942), de Albert Camus, y a La campana de cristal (1963), de Sylvia Plath.

[3] En 2024, Chile registró 1207 víctimas de homicidio, según el Informe Nacional de Víctimas de Homicidios Consumados de la Subsecretaría de Prevención del Delito (https://subprevenciondeldelito.gob.cl ), frente a cerca de dos mil muertes por suicidio. La tasa chilena de suicidio, algo por encima de 10 por cada 100 000 habitantes, supera el promedio mundial que estima la OMS, aunque queda por debajo de la de Uruguay o Estados Unidos.

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