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Reseña: ¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú (2023) de Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

La ciudad letrada leyendo su exterioridad

Por Cesar Augusto López

La lógica de las grandes ciudades es crear su negatividad, su sombra. Esto significa la “creación” de lo que no se puede pensar o decir e, incluso, aceptar. Sin embargo, esta especie de imposibilidad no es del todo cierta, ya que, por ejemplo, fuera de la metrópoli hay pensamiento, hay arte o, en términos generales existen estéticas. El asunto de fondo es que no se condiga con los rígidos parámetros de la ley escrita como suma orden de verdad. Lo que acabamos de indicar como anticipo a nuestra reseña acaece sobre la buena voluntad, qué duda puede caber, del libro ¡Lloverá! ¡Lloverá!, a cargo de Antonio Chumbile y Rodrigo Vera como compiladores y prologuistas. En otros términos, procuraremos ser fieles a la propuesta y a las paradojas que se originan en mencionado libro.

El texto cuenta con un prólogo, y cincuenta y un poemas, según lo indicado por el título, agrícolas del Perú. Bajo este criterio inmediato, es ineludible pensar o esperar encontrarse con textos que apelen a la cercanía al agro, a esa práctica que alimenta la ciudad y que implicaría una sensibilidad no citadina. Sin embargo, no tenemos poemas anónimos recopilados de la faena agraria o incluso cantos que se relacionan con ella. Todos los textos pertenecen a la ciudad letrada, una que siempre ha dictaminado, hasta sin interesarse en la vida de las personas encargadas de la siembra y cosecha, sobre las verdades que deben atenderse de su mundo. Bajo este criterio, sería difícil asumir el subtítulo de la publicación, ya que sería más preciso indicar “sobre lo agrícola” o “visiones de lo agrícola” o “la letra dice de la tierra”. Desde este punto de vista, nuestra observación recaerá en la dinámica de la letra y la proposición de quienes se encargaron de su factura. Dicho sea de paso, quien escribe es un letrado y formado en la universidad, en un espacio propio de la dinámica colonial y, por esa razón, puede detenerse en la lectura paciente en busca de reconocer los mecanismos que la conforman.

En primer lugar, ciñéndonos al prólogo, el primer criterio se corresponde a la escritura como base de la recolección poética. Esto quiere decir que la oralidad o lo iletrado no tienen cabida en sus páginas. ¿Es posible prometer realmente lo agrícola en un texto que no contempla el discurso de quien vive y se desenvuelve íntimamente con la tierra? Parafraseando un texto canónico, sobre el asunto, la pregunta sería ¿puede hablar el campesino? A todas luces, la respuesta es no, aunque mencionamos, líneas arriba, que aquello no es tan cierto. Es difícil que no haya, pues, recopilaciones sobre composiciones ligadas directamente a la agricultura y que no puedan ser ofrecidos con el valor estético que se merecen. Pero podemos estar equivocados. En todo caso, la coherencia de la selección se preserva en el imperio de la letra, la cual puede ser cuestionada si se hubiese considerado empezar por un cuestionamiento de su poder, desde su propio y, muchas veces, intransigente territorio.

Pensamos que el asunto de fondo se remite a la perspectiva o al intento de descentrar la misma. Esto nos conduce, por ejemplo, a que se considera, en el prólogo del libro, que la visión de Guaman Poma, en El primer nueva corónica y buen gobierno,es holística (p. 9, 19). Término un poco dudoso que casi afirmaría la validez de todo sobre la página.  Sin embargo, el intento del cronista, exitoso o no, fue invertir la lógica administrativa hispana por andar desubicada en su rol administrativo, ya que no comprendía las dinámicas de estas tierras. Así, Guaman Poma no pretendía mezclar elementos dispares para confundir al lector, sino instruirlo en la diferencia administrativa y política. La heterogeneidad de su texto no era producto de su holismo, sino de su postura subversiva. En ese sentido, ¡Lloverá! ¡Lloverá! podría caracterizarse por su poca carga crítica, debido a que no permitiría saber qué dicen, qué cantan, qué hablan, qué piensan los campesinos y deja nuestro conocimiento al qué dicen nuestros letrados sobre el asunto de la vida externa a la ciudad. Por este motivo, podemos encontrar en varios poemas, el tono de denuncia del indigenista sobre el dolor de las vidas próximas a la siembra, cuidado y cosecha, pero jamás los oímos, ni por susurro, a ellos. Insistimos, ¿en verdad no poseen palabra? Si pensamos en la imaginación o “reimaginación” de los “modos de producción e intercambio” (p. 10), entonces sería interesante aproximarnos a la mirada, vívida, sin falta, de las comunidades que se relacionan de manera próxima con la verdad vegetal.

Quizá otro subtítulo para el texto hubiera sido “sobre la vida del campesino”, tal como se indica en la página diez del prólogo citado. Quizá hubiera sido más preciso, porque, de esta forma, no se renunciaría a la figura humana como el centro de la actividad agrícola (p. 19). Y es que también está en juego el diálogo sincero, horizontal o de amplio espectro estético y de saberes que presentaría una mirada agrícola. La ciudad, la letra y la episteme occidental vencen en el libro, desde su concepción. Esto no quiere decir que falten poemas retadores sobre ello, pero no en cuantía. En breve pasaremos a ese aspecto. No se crea que nuestra reseña tiene algún interés moralista; por el contrario, su razón es crítica, también para la reflexión de quien la escribe. Detengámonos en una prueba en la que se hace referencia a los indigenistas y su perfil ilustrado, puesto que ellos operan como “traductores culturales de sujetos en su mayoría iletrados, y por tanto excluidos de la posibilidad de poetizar por escrito su propia historia (p. 11). ¿Es necesario repetir la historia del silencio? ¿El libro no estaría volviendo, sin querer, a la lógica colonial? La poetización y la historia de la que se habla está condenada por no poder ser escrita. Retorno a una pregunta mencionada de otra forma: ¿No existe material transcrito de la misma experiencia agrícola? ¿No se podría contrastar esos dos modos en un texto o simplemente abandonar a los letrados y recurrir a compilaciones que no cuentan con nombres o apellidos de nuestra tradición literaria? Con esto ni, mucho menos, se crea que la desdeñamos.

En resumidas cuentas, consideramos que ¡Lloverá! ¡Lloverá! pertenece a la ciudad letrada, a sus prerrogativas y limitaciones; sobre todo a estas últimas. Las implicancias de nuestra afirmación tienen que ver con que no cumpliría con su promesa de ser discurso agrícola del Perú, sino aproximación poco polémica en torno a este asunto vital de nuestro país. Es probable que a los compiladores no les haya interesado los aspectos mencionados por quien reseña, pero es posible, también, que se haya perdido una oportunidad importante en la que el descentramiento del citadino o de lo antropocéntrico haya sido expuesto desde un espacio relevante como la Casa de la Literatura, a modo de lente de aumento para expresiones poco visibilizadas o consideradas de “carácter inferior” para la “alta cultura”.

Pasando a los poemas, es importante anotar que el campo de lo agrícola también es bastante laxo en alguno de ellos. Incluso en los textos que abren el conjunto, la óptica tiene que ver con el hambre o la duda alimenticia (p. 29) y el incumplimiento de la ley, mas no con el tema fundamental del libro, a pesar de la palabra clave aparezca en el título de la composición perteneciente a Carlos Germán Belli (p. 30). De esta forma, la tónica de los poemas será la constante del hambre, la imprecación y el problema de la tierra como hostil. Estos tópicos son clásicos del indigenismo en su marcada línea ontológica de naturaleza versus cultura. ¿No hay alegrías en esta relación? ¿Acaso condenados siempre viven los hombres del ande? ¿No sería bueno constar un prejuicio en este tipo de tópico literario cercano, además, al modernismo? Tal parece que no existiera más que una visión pesimista, cuantitativamente hablando, en el conjunto. Esto no depende de los compiladores, sino también de la materia ofrecida por el letrado, quien, al parecer, no capta, no siente, las dimensiones mayores del pensamiento campesino o indígena. Salvedades tenemos como el último poema, el clásico arguediano “Llamado a algunos doctores” (126-133) que, antes que agrícola, es un cuestionamiento de la configuración del sentir occidental que podría ser aplicado a muchos doctos. En esa misma línea, un poema que consideramos paradigmático en el cuestionamiento de la ignorancia y atrevimiento del letrado es “Trocha entre cañaverales” de José Watanabe, con el cual coincidimos plenamente.

Hay mucho qué discutir en torno a cómo nuestros parámetros de interpretación condicionan nuestras lecturas y acciones. De este modo, la invitación a la lectura de ¡Lloverá! ¡Lloverá! gira en torno a que el lector pueda descubrir cómo la capital, Lima, el centro de poder, entiende todo un conjunto de prácticas que excede sus capacidades de comprensión. En ese sentido, dentro de su lógica, el centro de poder domesticaría, insistimos que, sin querer, el valor revolucionario de perspectivas que se asientan en otra estética, una que iría más allá del solo reclamo (validísimo, por supuesto), de la exacerbación del malestar y de la imposibilidad de lo andino o selvático frente a la modernidad, como si esta no dependiera de la producción de quienes conocen la tierra en intimidad.

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

En este punto, consideramos que doce poemas cumplen con su cometido, cabalmente, mientras que los demás son aledaños o preservan una prédica que podría lindar con una mirada ajena, urbana, de mistis o wirakochas, por decirlo de alguna forma. No obstante, eso sería caer en algún tipo de esencialismo y el punto es valorar que existe una mirada “no letrada” a la espera de ser valorada en su dimensión estética, así no sintonice con las formas metropolitanas. Ese es el riesgo que se podría asumir en oportunidades librescas, como la reseñada, en franca apertura sobre la peruanidad como hecho actual enlazado a prácticas milenarias y no solo a su embellecimiento bucólico, sometido al llanto o a la revolución venida de Occidente. Creemos que el abanico es más amplio, pero a los especialistas habría que consultar sobre esos materiales que destacarían por presentar un mundo diverso del repetido abuso con el fin de enriquecer la lectura de un país en el que no siempre la tristeza triunfa, sino que hay siempre un más acá de lo peruano. Al lector del libro, le queda el juicio de nuestra reseña y podrá discutir, acompañar o matizar el efecto de lectura que causó en nosotros y que hemos querido compartir.  

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Datos del libro reseñado:

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú

Casa de la Literatura Peruana, 2023, 133 pp.

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