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Neguijón (Fernando Iwasaki)

El libro de barro y otros poemas (Blanca Varela)

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Neguijón

por: Francisco Ángeles Menacho

 

Fernando Iwasaki
Neguijón
Madrid: Alfaguara, 2005.

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Gregorio de Utrilla, sacamuelas sevillano de inicios del siglo XVII, vive obsesionado con atrapar al neguijón. Según las creencias de la época, el neguijón era un gusano que habitaba en las encías del hombre y era el culpable de la corrupción de la cavidad bucal y, en especial, de los dientes.

La última novela de Fernando Iwasaki se desarrolla en dos escenarios y en dos momentos claramente diferenciados: en 1598, durante un motín en la cárcel de Sevilla; y en 1617, en Lima, donde Utrilla se empeña en su vano intento de capturar un neguijón. Uno y otro episodio son relatados de forma paralela, de acuerdo a una estructura de capítulos intercalados. En la cárcel de Sevilla, un grupo de reclusos se ha refugiado en la enfermería de los peligros que va ocasionando el motín. El caballero Valenzuela, el librero Linares, don Iñigo de Tomares y un curioso presidiario conocido como “Muñones” custodian la entrada de la enfermería junto a Tortajada, capellán de la prisión, y al adolescente Gregorio de Utrilla, aprendiz de cirujano. La mayoría de estos personajes tienen una historia personal con el dolor y las miserias del cuerpo: “Muñones” es manco; Linares, tuerto; Tortajada, cojo; y Valenzuela sufre de terribles cólicos renales.

Las paredes de la enfermería cobijan una larga historia de hombres accidentados, miembros gangrenados y extremidades listas a ser amputadas, y los males que sufren los personajes son sólo una muestra que intenta condensar los terribles niveles a los que llegaba la enfermedad (y, sobre todo, su tratamiento) durante el Siglo de Oro. Neguijón surge bajo la premisa de que el realismo mágico latinoamericano tiene un antecedente en el barroco español, y en este sentido Iwasaki no se limita a ofrecer un muestrario de la enfermedad, sino que busca poner en evidencia las falsas creencias, los mitos y supersticiones que dominaban la cultura popular, y también la ciencia, de la época.

Hasta aquí todo bien. Pero el planteamiento, sin duda interesante, se ve entorpecido cuando, al intentar desarrollarse, apenas si avanza a trompicones. Neguijón se lee con placer y sin pasión. Siendo esquemáticos, y siguiendo la anacrónica pero a veces útil distinción de forma y contenido, debemos señalar, que en orden de méritos, el lenguaje ocupa el primer lugar en Neguijón . Iwasaki ratifica su extraordinario manejo de la lengua y en repetidas ocasiones alcanza un insólito brillo verbal. Durante las primeras páginas el lector queda deslumbrado por el ingenio y la calidad de la prosa, por la manera en que el autor ha sabido asimilar a su estilo los arcaísmos necesarios que, bajo su escritura, brota con naturalidad. Por otro lado, la enorme cantidad de enfermedades y alusiones a lo escatológico que desfilan a lo largo de la historia se integran a la perfección dentro del tono de fino humor que destila la novela. Sin embargo, a medida que pasan las páginas el entusiasmo va decayendo. La brillantez de la prosa sigue intacta, pero da la impresión de ser puro artificio. La historia no avanza; las anécdotas, muy vagas, parecen puestas a la fuerza para justificar la escritura, para crear un pasado a los personajes y cumplir con el precepto básico de contar una historia. Pero, más allá de contados episodios en los que, provisto de monstruosas herramientas, Utrilla se aventura a las bocas de sus pacientes, no hay nada que atrape al lector, nada que produzca en él la emoción, la expectativa, de estar viviendo una historia.

Algunos han señalado que la prosa de Neguijón es una adaptación de la de Quevedo; otros, que los personajes y las situaciones son caricaturescas. Por ello, la novela pudiera correr al amparo de la discusión en torno a la posmodernidad (el pastiche, la parodia) para caer mejor parada, pero siempre cabe preguntarse en qué medida esto es relevante para un lector que busca lo que quizá hasta hoy, y a pesar de la revolución técnica del siglo pasado, sigue siendo la esencia de la literatura: una historia bien contada. En Neguijón esto último no se cumple. Es un libro para admirar el talento y la capacidad verbal del autor; un libro que, leído a fragmentos, sabe producir el mágico placer de la palabra. Pero en conjunto, después de los primeros cuatro o cinco capítulos, inevitablemente se cae de las manos

© Francisco Ángeles Menacho, 2005

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