El miedo en el Perú (Siglos XVI al XX)(Claudia Rosas Lauro)

Flama y respiración (Carlos López Degregori)

Los Andes: cincuenta años después (1953-2003). Homenaje a John Murra (Ana María Lorandi, Carmen Salazar-Soler y Nathan Wachtel)

Neguijón (Fernando Iwasaki)

El libro de barro y otros poemas (Blanca Varela)

 

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Miedos nacionales

por Christian Bernal Méndez

 

Claudia Rosas Lauro (editora)
El miedo en el Perú (Siglos XVI al XX)
Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú / Seminario Interdisciplinario de Estudios Andinos, 2005.

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Los estudios interdisciplinarios se tornan cada vez más necesarios para cualquier rama de los estudios humanísticos y sociales. En El miedo en el Perú. Siglos XVI al XX lo comprobamos, asistiendo a una grata confluencia entre diversas disciplinas, principalmente la historia y la psicología social pero también la sociología, la filosofía y el psicoanálisis; las cuales se articulan alrededor de un eje común: el miedo como inevitable experiencia de vida colectiva, entendido no como un tema sino como un perspectiva de análisis (teoría derivada del clásico La peur en Occident de Jean Delumeau). Asimismo, todos los artículos del libro si bien parten de un afán histórico acaban por construir hipótesis dirigidas hacia el estudio de algunas de las mentalidades que se desarrollaron en el Perú en los últimos cinco siglos de su historia.

En el primer artículo, “El miedo en la historia: lineamientos generales para su estudio” de Fernando Rosas Moscoso, se desarrolla una breve introducción teórica a la perspectiva del miedo en el devenir de la historia (postura, como ya mencionamos, surgida de las pioneras investigaciones de Delumeau). Se señala la ominipresencia del miedo como uno de los resortes fundamentales y determinantes en las formas de conducta (mentalidades) del hombre; y enfatiza que si los estudios históricos modernos pretenden lograr este nuevo giro (más bien ampliación) de su episteme, deben acercarse a algunas herramientas y categorías de la psicología —estados colectivos de miedo, el temor y la ansiedad—. Finalmente, se desarrolla una taxonomía operativista sobre las diversas clases de miedo posibles. Así, partiendo de la subversión como variable tenemos: subversiones del orden natural (fuerzas naturales y siniestros); de la salud (enfermedades, discapacidades, hambre y muerte); sociopolíticas (de la autoridad, o en contra de ella, del marginal y la delincuencia); espirituales (de la religión o la ideología); de la realidad (mundos y seres inventados, o fantasmas); y de la goblalización (nuclear, ecológica y terrorista).

“El enemigo frente a las costas. Temores y reacciones frente a la amenaza pirata, 1570-1720” de Ramiro Flores Guzmán, nos aproxima a una temática poco conocida en nuestro imaginario histórico colonial: la amenaza pirata; no obstante, la significación de la misma radica en las diversas reacciones que este hecho produjo en los diferentes estratos sociales de la comunidad virreinal. En un primer momento el pirata es visto por la jerarquía política y eclesiástica como un agente extranjero contaminador (la peste hereje) que amenazaba con despojarlos del virreinato, para luego representar un problema público de pillaje y saqueo sistemático. Pero si consideramos que se invirtió sólo lo necesario para fortificar los principales puertos, la verdadera preocupación era el temor que se sentía por un posible levantamiento indígena y afroperuano, en consonancia y alentado por los piratas. Esto fue un motivo para aumentar y justificar la rigidez en el control social no sólo con la “república de indios” sino también con la “república de españoles” —el auge de la Inquisición es paralelo al peligro de filibusteros aunque paradójicamente no se llegó a condenar a ninguno de éstos. A su vez, la presencia de los corsarios también beneficio a una élite comercial que pudo encubrir el contrabando creando una pseudoarmada de defensa contra aquéllos.

En el artículo, “El miedo a la excomunión en la sociedad colonial. Huamanga en el siglo XVII” de Miriam Salas Olivari, encontramos una vasta investigación documental que sobrepasa el tema de la excomunión, más bien apunta que el manejo del miedo, en este caso religioso, era una de las armas que se utilizaba a inicios de la colonia para el ascenso social. En Huamanga, ciudad de avanzada frente a los incas de Vilcabamba, las familias cerraban filas y competían entre sí por los mejores puestos de poder; las familias de encomenderos, luego criollas, monopolizaban la vida política y económica, usualmente eran “vecinos-cabildantes-hacendados-mineros-obrajeros”; sin embargo, las relaciones con las autoridades virreinales no eran las mejores, las reformas legales de inicios del siglo XVII contra las encomiendas parecen confirmar esta rivalidad. En medio de estas tensiones de fondo, existía una vía de contrapeso: el poder religioso. Un ejemplo paradigmático lo constituye los Oré. Su fundador, Antonio de Oré, bisnieto de conquistadores de las islas Canarias, estableció una línea de conducta que se prolongó por casi dos siglos: conseguir el poder a través de la religión. Determinó a la fuerza que la mayoría de sus hijos e hijas tomaran los hábitos para dedicarse a obras “pías” legitimadoras (acabó su vida en olor a santidad) como la construcción del monasterio de Santa Clara, donde sus hijas llegaron a ser abadesas. Por su parte, algunos de su hijos alcanzaron a ser importantes religiosos como Luis Jerónimo de Oré, gran evangelizador y uno de los primeros obispos criollos. Esta conducta seguida por décadas los condujo a un enfrentamiento con otros grupos: cuando los obrajes textiles de las monjas clarisas (regidas por las de Oré) se apropiaron no sólo de tierras indígenas sino también de otros hacendados, estos empezaron a cuestionar la autoridad y poder de la iglesia; como los Gutiérrez de Quintanilla que ignorando la excomunión lograron recuperar sus tierras con el veredicto del gobierno —anuncio final para esta forma de vida, rematada en las reformas borbónicas.

El cuarto artículo “Miedo reverencial versus justo miedo: presiones familiares y vocación religiosa en Lima (1650-1700)” de Bernard Lavallé, revela un aspecto oscuro de la vida familiar durante la colonia a través de los trámites para conseguir nulidad de profesión en las ordenes religiosas. Según estos documentos existían diversas excusas que inmediatamente lo anulaban. Por ejemplo, recursos de forma: ingresar con menos edad que la requerida, profesar sus votos ante prelados que ya no pertenecían a la orden, ocultar enfermedades crónicas, incluso haber testificado ante notario que ingresaban en contra de su voluntad. Algunos revelaban secretos familiares (ser hijo ilegítimo o mestizo). Otros apelaron a que su ingreso fue motivado por la búsqueda de un refugio (huyendo de deudas, deserciones, robos y asesinatos) o como único recurso ante la pobreza, orfandad o presión familiar. A menudo eran obligados con maltratos (golpes, cepos y el destierro a Chile). Aquí es donde interactúan dos conceptos de la época: el miedo reverencial (que todo hijo debía a los padres) y el justo miedo (los excesos de la violencia en sí misma). Ambos nos permiten comprender el ambiente de violencia opresiva en que se desenvolvía la sociedad colonial (tanto en la vida pública como privada), que sin embargo, estaba autorregulada a través de los procesos jurídicos.

En “Del gran temblor a la monstruosa conspiración. Dinámica y repercusiones del miedo limeño en el terremoto de 1746” de Susy M. Sánchez Rodríguez, hallamos interesantes imbricaciones entre los miedos naturales y los sociales. Se propone que el terremoto de 1746, que destruyó Lima y desapareció al Callao, no sólo produjo miedo a las fuerzas de la naturaleza sino fundamentalmente a la plebe (principalmente negros) que estando “descontrolada” se entregó al saqueo y pudo haber incendiado toda la ciudad. Resulta sintomático que a partir de esta fecha se constituyó el culto y procesión del Señor de los Milagros como un medio de canalización de masas subversivas. Se temía que los grupos marginales se sublevaran, algo que efectivamente ocurrió en 1750 con la conspiración de los líderes indígenas que sólo unos años antes estuvieran en Lima desfilando como incas en las ceremonias por la coronación de Fernando VI. Luego de estos sucesos se prohibieron desfiles con representaciones y simbologías incas al mismo tiempo que se reconstruía la ciudad con espacios públicos de control social, proyecto propio de las reformas borbónicas, como el Coliseo de Comedias (que no tuvo mucha aceptación) y la fortaleza del Real Felipe.

El artículo “La construcción del miedo a la plebe en el siglo XVIII a través de las rebeliones sociales” de Scarlett O'Phelan Godoy, amplia lo expuesto en el anterior artículo sobre los temores sociales de la élite virreinal; pero se pone el énfasis en los alcances de la oralidad —a través del rumor— en la propagación de este miedo, incluso los propios pasquines luego eran difundidos de boca en boca. Obviamente el espacio de la oralidad también funcionaba en la difusión del miedo en la propia plebe, como en la rebelión de 1730 en Cochabamba cuando se propagó el rumor de que los mestizos iban a convertirse en tributarios como los indígenas. Igualmente el artículo estudia las múltiples estrategias simbólicas que utilizaron las sublevaciones indígenas de finales del siglo XVIII, incluidas las dos etapas de la revolución de Túpac Amaru: cercar ciudades, destruir aduanas, liberar presos, quemar iglesias y asesinar corregidores y otras autoridades. En este sentido fue paradigmático el cerco de La Paz por Túpac Catari en 1781 durante ciento nueve días en donde se hizo uso de todo este arsenal de herramientas de terror y amedrentamiento que provocó una mayor represión por parte del poder virreinal.

En el sexto artículo “El miedo a la revolución. Rumores y temores desatados por la Revolución Francesa en el Perú, 1790-1800” de Claudia Rosas Lauro, se encuentra un análisis de las diferentes actitudes tomadas por el poder colonial ante los sucesos ocurridos en la Revolución francesa; esto es, las múltiples estrategias discursivas y políticas de control social que se llevaron a cabo en medio de un verdadero conflicto ideológico contra los principios de la Ilustración. Ante la difusión y circulación oral de rumores y pasquines en las calles, cantinas y prisiones, se inició una campaña oficial ( la Gaceta de Lima ) y no oficial (el Mercurio Peruano ) en contra de hechos y documentos revolucionarios. Principalmente se criticaba a la Revolución en el regicidio, el anticlericalismo y el terror con que ejercía su poder. Asimismo la iglesia también apoyó sustancialmente a esta campaña contrarrevolucionaria; podemos citar, por ejemplo, el celo que la Inquisición tomó contra la circulación de documentos subversivos y las múltiples rogativas y colectas públicas para apoyar la guerra en contra de la atea república francesa.

En el siguiente artículo “El miedo a la revolución de Independencia del Perú, 1818-1824” de Cristina Mazzeo de Vivó, asistimos al estudio de las actitudes que tomaron los diferentes grupos sociales en medio de la guerra de la Independencia. Por un lado el gobierno colonial pasó de un discurso triunfalista (sustentado en la sugestión y la persuasión) a una desilusión plasmada en las abundantes deserciones y la huida y abandono de la capital —que causó desolación y temor entre su población. Lima en su mayoría no estaba proclive a ningún tipo de cambios drásticos (por razones de ventajas económicas y políticas) a diferencia de otras regiones periféricas del imperio español. La intelectualidad temía los abusos de la revolución y eran más reaccionarios incluso que algunos religiosos que participaron en diversos alzamientos. Los rumores negativos crecían a pesar de las proclamas oficialistas que divulgaban la pronta venida de refuerzos peninsulares que nunca llegarían; y el pánico llegó a su clímax cuando el ejército realista desamparó a la capital, provocando que algunos ciudadanos huyan al Real Felipe. Por su parte, el ejercito libertador manejaba a su favor los rumores para aturdir y desgastar a su enemigo, objetivo que logró al entrar en la capital, fracasando así las expectativas reformistas de la élite limeña que aunque se quejara de la soberbia hispana deseaba realmente una conciliación pacífica entre ambas partes.

En “Cuando la patria llegó a la capital: el miedo ante el advenimiento de la Independencia , 1820-1821” de Arnaldo Mera Ávalos, hallamos una ampliación del tema anterior pero ahora desde una perspectiva que enfatiza las experiencias dentro de la capital ante la inevitable llegada del ejército libertador. Lima por estar sujeta directamente al poder centralizado era un punto difícil para el desarrollo del pensamiento y acción independentista; cuando se produjo el arribo de la expedición libertadora hubieron acciones de desborde social, tal como el asesinato de marinos de habla inglesa luego de que la fragata española Esmeralda fuera capturada por el almirante patriota de origen inglés, Lord Cochrane. Ante la inoperancia de las autoridades virreinales San Martín amenazó con la ley del talión a los españoles si no se garantizaba una adecuada investigación. En medio de este clima adverso de derrotas, epidemias y deserciones se produjo el sorpresivo, para la población limeña, motín de Aznapuquio en donde La Serna fue proclamado como nuevo virrey y luego tomaría la decisión de abandonar la capital. Esto último acentuó el temor de la población capitalina; algunos incluso escaparon a la fortaleza del Real Felipe en el Callao —que más adelante se rendiría—. Finalmente todos soportaron la puesta en marcha de la nueva política republicana: el hostigamiento económico y social a aquéllos, tanto civiles como clérigos, que no apoyaran abiertamente al nuevo gobierno, aunque encubierto en una política de respeto de derechos ciudadanos y un adecuado control de la plebe que conformaba el ejército patriota, con lo que se procuraba disipar los temores que el advenimiento de la “patria” podía producir.

El séptimo artículo “Las urnas temibles. Elecciones, miedo y control en el Perú republicano, 1810-1931” de José F. Ragas Rojas, analiza las diferentes condiciones y cambios electorales que se dieron en el Perú desde el siglo XIX, empezando con las liberales Cortes de Cádiz y continuando con la progresiva y sistemática restricción del voto hasta inicios del siglo XX. Las elecciones por ser un elemento legitimador de los gobiernos eran inevitables, como tales constituían espacios de lucha de poderes. Primeramente, debido a la larga duración de la votación indirecta (de cuatro a cinco días) el uso de la violencia, centrado en lo físico y verbal, era algo común; no obstante, siempre había una buena cantidad de votantes, ya que el uso de este derecho era visto como una forma de autolegitimación social por los grupos marginales; por otro lado, el saber leer y escribir no eran todavía requisitos excluyentes, sólo eran usados con fines de legitimación por el pueblo, lo que provocaba el rechazo de la élites aristocráticas. Sin embargo, esta situación cambió y se pasó a una violencia discursiva: se prohibió el voto de los analfabetos y con esto se trasladó el peso de la votación de la sierra a la costa. Así pues, la república concretizaba en acciones políticas el temor social que la colonia tenía a la plebe.

En el artículo “El miedo al APRA”, de Jeffrey Klaiber, S.J., encontramos el análisis de algunos puntos concretos (en su propia indefinición y oscilación) acerca de la particular idiosincrasia del partido político más antiguo del Perú, o, en todo caso, de cómo fue visto y construido simbólicamente por sus rivales: la extraña mezcla entre una ambigua ideología marxista (aprocomunismo) y una estructura partidaria de rasgos fascistas, pasando por elementos y discursos de carácter pseudomesiánicos y asentados en un catolicismo popular. Precisamente, esta misma indefinición es lo que causó temor y pánico en los no-apristas, bien de derecha bien de izquierda, a lo largo de los años. Sin embargo, este mismo rasgo le permitía captar adeptos en diferentes estratos y grupos sociales, al mismo tiempo que firmar pactos de convivencia política con los partidos más diversos e incluso contrarios al APRA. Es más, aun después de setenta años de fundado sigue motivando la misma pregunta: “si llega al poder, ¿qué va a hacer?”.

En “El miedo a la multitud. Dos provincianos en el Estadio Nacional, 1950-1970” de Denise Leigh Raffo, se centra en la experiencia de dos ex-futbolistas venidos de provincia (Ica: Pisco y Chincha), Emilio Vargas y Rodolfo Guzmán, en 1946 y 1957 respectivamente. Ambos tuvieron adaptaciones totalmente diferentes, determinadas por el contexto social en que se insertaron. La década de 1950 parece ser un punto de quiebre en los procesos migratorios hacia la capital y de la actitud de esta hacia sus nuevos habitantes. Esto se aprecia comparando la vida de ambos jugadores: Vargas llegó a la capital para jugar por Alianza Lima antes de 1950 y su integración fue en términos generales sumamente sencilla. A diferencia de Guzmán, llegado luego del 50, que fue realmente traumática en muchos aspectos. Desde un inicio el rechazo y su poca capacidad para asimilarlo fue palpable: no quiso venir a Lima con zapatos de provinciano, llamaba a sus compañeros sólo por el apellido, no quería recibir masajes de otro hombre, nunca llegó a firmar por “U” que lo trajo (recién le fue bien en Defensor Lima y Alianza Lima), y encima los rivales dentro y fuera del equipo lo atormentaban por su condición de advenedizo provinciano. Resulta sumamente sintomático notar que cuando recuerda estas crudas experiencias siempre lo hace en tercera persona, negándose y alienándose de sí mismo; igualmente cabe mencionar que actualmente sigue viendo en Chincha taxeando y nunca se asentó en Lima con toda su familia como sí lo hizo Vargas. A pesar de esto, según ellos, ambos lograron triunfar y ser reconocidos a través del fútbol que les permitió, dentro y fuera de la cancha (las calles y los medios de comunicación), legitimarse y reivindicarse a sí mismos.

El artículo de cierre, “El terror como ejercicio del poder” de Augusto Castro Carpio es un aproximación general a las imbricaciones entre el terror y el Estado. Toda agrupación humana (Estado) buscó siempre el bienestar colectivo, creando las condiciones necesarias para garantizar el normal desarrollo de la vida, es decir, surgió como una respuesta ante el consustancial miedo a la muerte. Este predominio de lo colectivo llegó muchas veces a los límites de la inmolación del individuo por el grupo (lo heroico) a lo largo de la historia; no obstante, en los Estados modernos el papel del individuo alcanza una nueva preponderancia que cuestiona esta idea. El caso que vivió el Perú en la guerra interna de hace veinte años es paradigmático, muchas veces quien ejercía el poder pasaba por encima de los derechos individuales en busca de un supuesto bien general: se asesinaban multitud de campesinos, por un lado para matar uno o dos senderistas y proteger al Estado, por otro para provocar la revolución y fundar un nuevo y utópico Estado. La manipulación y el uso del miedo racionalmente para desmoralizar y atemorizar al enemigo se convirtió en un práctica común, sin embargo, a partir de esta larga experiencia de muerte se puede empezar a construir un Estado que verdaderamente cumpla su rol primordial de hacer que nosotros realmente “no tengamos miedo a la muerte”.

Una vez visto los artículos, podemos llegar a varias conclusiones acerca del libro en general. En primer lugar, resulta alentador la profundización en esta nueva perspectiva del miedo en los estudios históricos, incluso sería sumamente interesante intentar aplicarla a otro tipo de estudios humanísticos más amplios como los estudios culturales. Sin embargo, se debería buscar una mayor complejización y flexibilización teórica que le permita adaptarse a problemáticas particulares del caso peruano como la transculturación, en donde las diferencias entre lo propio y lo ajeno (junto al miedo que produce) resultan francamente difusas. Asimismo, en la mayoría de los artículos se privilegia el miedo que el sujeto de poder tiene ante el sujeto marginal, resultaría interesante también poder escuchar los miedos que tuvo y tiene el subalterno en la historia peruana. Por otra parte, este libro parece abrir todo un nuevo abanico de posibilidades para los estudios peruanistas, existen muchos espacios fundamentales de nuestra historia que no han sido mencionados entre los artículos y que merecen nuestra atención: la inmensa época prehispánica, la conquista, la extirpación de idolatrías, la Guerra con Chile, los militarismos, o la guerra interna en los 80's y 90's. En resumen, la lectura de este libro resulta necesaria entre las últimas publicaciones.

© Christian Bernal Méndez, 2005

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena9_1.htm
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