Comparación y sentido. Varias focalizaciones y convergencias literarias (Rafael Ojeda)

Franqueando fronteras. Garcilaso de la Vega y La Florida del Inca (Johnny Zevallos)

Alberto Hidalgo. El genio del desprecio. Materiales para su estudio (Julio Teodori de La Puente)

Todas mis muertes (Alberto Villar Campos)

Puta linda
(Mario Granda Rangel)

 

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Morir joven

por Alberto Villar Campos

 

Ezio Neyra Magagna
Todas mis muertes
Lima, 2006. Alfaguara. 160 páginas.

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Esta es la segunda obra de Ezio Neyra Magagna, joven autor cuyo sólido debut literario (Habrá que hacer algo mientras tanto, Solar, 2005) mereció el interés y la expectativa de la crítica nacional. Lamentablemente, su inicio en las letras se ve opacado con esta nueva entrega, publicada a menos de un año de la anterior.

Todas mis muertes (Alfaguara, 2006) desarrolla aspectos de la novela de aprendizaje o Bildungsroman, así como de un género poco explorado por escritores de la generación del autor: el policial. Escrita en primera persona y con tiempos y espacios que se intercalan por capítulos, la obra presenta fragmentos en la vida de Francisco Neyra, un joven periodista vehemente y rebelde que va descubriendo de a pocos una mínima y tediosa existencia, producto de las tempranas derrotas tanto en lo profesional como en su vocación —por un lado, el rencor y la desdicha al haber sido despedido y posteriormente repuesto en el periódico para el que trabaja; por otro, el abatimiento tras el rechazo de una novela suya por una editorial—. Dicha existencia, por demás pasiva, cambiará radicalmente cuando éste deba, a raíz de un trabajo informativo que no le despertará mucho interés (tendrá que encontrar al autor de un robo millonario), confrontar su pasado, específicamente, su niñez en un pueblo costero al sur del país, Camaná, un territorio que parece haberse estancado en los inicios del siglo XX y en el que se entremezcla la ilusión y la inocencia con el drama y la tragedia de su familia.

El viaje interior del protagonista —un ser contrariado, despojado de cualquier tipo de ilusión, un provocador que monta rebeliones silenciosas en su trabajo para medir los límites que éste le ofrece— descansa en este pueblo sorprendente y atemporal. A través de él, sus recuerdos verán nuevamente la luz, liberándose en una catarsis en la que habrán de fusionarse alegrías y tragedias, y donde aquello que en la niñez parecía significar tan poco, tendrá ahora un matiz distinto, real. El recuerdo del abuelo, personaje soberbio y difícil, que inspira un respeto absoluto en quienes le rodean, formará parte también de la travesía: es un hombre adusto cuya vida se define a partir de la terquedad, del ensimismamiento, del rencor y, sobre todo, del temor silencioso de tener que ver morir su hacienda, que es su vida. Es, no cabe duda, un personaje rico, de un marcado simbolismo, en el que el autor parece buscar la esencia de Francisco: una angustia existencial austera y visceral que decanta en la búsqueda del orden —o, en todo caso, del inicio de éste— a partir del desorden.

Todas mis muertes alcanza picos atractivos en la historia de Francisco adulto (los capítulos impares) y se desploma en los capítulos referidos a su niñez (pares), los que, desde el punto de vista formal, pretenden ser el eje para comprender el cuerpo último de la vida del protagonista y, en suma, de la propuesta. Y ello debido a que el espíritu desencantado y a la vez malicioso del joven redactor, un espíritu que parece desplazarse en escenarios e instantes sin el mayor interés que el de seguir haciéndolo (“Quizá Quiñónez tenga razón cuando dice que este es el momento para enfrentarme a la realidad. Y, aunque es posible que no lo desee, no tengo otra alternativa”, 58), se ve opacado o reducido a una niñez construida sobre retazos de emociones débiles y hasta ausentes, de lugares comunes y personajes cliché —como Mamajuana, la abuela alegre y zalamera; o Feliciana, la empleada de la casa de los abuelos, ignorante y burlona con “un aroma propio, incomparable. Fusión de guisos y sudor acumulado” (26), por citar dos ejemplos— y un tratamiento que, en suma, llega tan sólo a rozar capas y emociones que son ciertamente más profundas y complejas.

El desencanto del protagonista en el presente, esa suerte de amputación emotiva que desemboca inevitablemente en su pasado (una exploración sugerente, no cabe duda), es una carga que no detona, como una granada fallida que arroja apenas algunas pocas esquirlas en los lugares incorrectos y sin causar heridas mayores. Los fragmentos que el autor recopila se aproximan, así, de manera fría y apurada, a un hecho que pareciera tan sólo acoplarse hacia el final del libro, pero que falla incluso allí: la distancia entre ambos lapsos en la novela, argumentalmente, parece aumentar a medida que el texto fluye, y las historias secundarias (la de la búsqueda del autor del robo, por ejemplo, o la de Gómez, el curioso entrenador de gallos chileno que llega a la hacienda para llevarla a la victoria) llegan, incluso en su superficialidad, a competir con la principal, disminuyendo el efecto del trabajo —y del título, que evoca a la muerte como el fin de un proceso o a una especie de renacer en el protagonista.

Cabe destacar, también, el poco cuidado que tanto autor como corrector tuvieron para con el texto. En la página 25, por ejemplo, durante el viaje a Camaná, el niño Francisco señala, dirigiéndose a su padre, que conduce el auto: “—Sí, y hace poco pasamos Lomas —le demostré que ya sabía leer”. Apenas dos páginas más adelante, el niño mismo aclara que sólo tiene trece años (27). Se trata, allí, de una confusión en las edades. Siguiendo esa línea, el escritor otorga a un personaje niño un lenguaje que no se relaciona con la que entendemos es su edad: En la página 29, Francisco y Paco, su primo, observan cómo Feliciana, la empleada, da muerte a una gallina con un machete. En actitud justiciera, el segundo amenaza a la mujer con un “Vendrán todas las gallináceas a destroncarte mientras duermes” (29). Un tercer ejemplo se da durante una conversación telefónica de la tía Norma con uno de sus huidizos pretendientes, y resulta ambigua. El fragmento es éste: “¿Le parece si lo llamo el lunes? Por la mañana, pues, Eduardito. ¿A las diez? Listo, espero su llamada” (29). ¿Es la mujer o el hombre quien finalmente llamará? La duda queda.

Neyra, como lo demostró en su primera obra, es un observador atento y meticuloso, con una clara predilección por la descripción como herramienta básica para la creación de contextos por demás interesantes. Es, también, o al menos lo parece, un autor que arriesga, que apuesta por una línea y un estilo personal, lo que constituye sin duda un plus en su breve e intensa experiencia en el circuito literario (dos libros en dos años es un síntoma muy positivo en un mercado como el peruano). En Todas mis muertes, sin embargo, el escritor parece haber dejado de lado ambos elementos, entregando una historia epidérmica, poco lograda, desordenada y humilde en recursos creativos, que, estilística y argumentalmente hablando, lleva al lector a ser testigo de un producto apurado, previsible y, en suma, intrascendente.

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© Alberto Villar Campos, 2006

 

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