Las máscaras de la representación (Johnny Zevallos)

Cinco siglos de literatura amerindia (Christian Bernal Méndez)

La hora azul (Claudia Salazar Jiménez)

Habrá que hacer algo mientras tanto (Francisco Angeles Menacho)

Viaje a Irlanda (Mario Granda)

 

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El fracaso como necesidad

por Francisco Ángeles

 

Ezio Neyra Magagna
Habrá que hacer algo mientras tanto
Lima, 2005. Solar Central de Proyectos. 59 páginas.

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Habrá que hacer algo mientras tanto, la primera novela de Ezio Neyra Magagna, (Lima, 1980), es uno de esas óperas primas difíciles de ubicar en el panorama de la narrativa peruana de los últimos diez años. Dejando de lado la valoración, hoy resulta claro que la tendencia hegemónica en la narrativa joven de la segunda mitad de los noventa fue una literatura vinculada al realismo sucio. Autores como Galarza, Dávalos, Tola o Rilo, se sumaban a una corriente dominante en lengua española que surgía a la sombra de referentes tópicos como Bukowski o Easton Ellis. Ante la aparición de ese grupo de escritores jóvenes, la crítica coincidió en señalar un escaso trabajo en el aspecto formal de las obras y cierta pobreza en el lenguaje.

En los primeros años de la nueva década, no resulta difícil comprobar una ruptura. En ese tránsito, la aparición de los escritores vinculados al naciente sello Estruendomudo, al dar primacía al lenguaje, pareciera cumplir la función de subsanar las carencias del grupo de los noventa. Por otro lado, el universo representado era radicalmente distinto del anterior, al punto que se ha llegado a hablar de una división entre “vitalistas” y “metaliterarios”.

En ese esquema dialéctico, Habrá que hacer algo mientras tanto no es una síntesis (y no tendría por qué serlo), pero tiene la particularidad de escapar a esa clasificación y apostar por una literatura a contracorriente. La breve novela de Neyra, de apenas medio centenar de páginas, se divide en cuatro capítulos que van desarrollando una historia singular. Alto, Mediano y Gordo son tres seres extraños, no miméticos y tampoco “literarios”, que se conocen fortuitamente y emprenden juntos un proyecto absurdo: construir una embarcación y en ella escapar de una ciudad que no tiene ríos ni mares por donde puedan navegar.

El epígrafe puede servir como una guía de lectura. Tomado de El malestar en la cultura, de Sigmund Freud, deja sembrado un aliento nihilista que se corresponde a la perfección con el primer capítulo, donde uno de los personajes hace un recuento irónico de su propia rutina y despotrica de esa monotonía impuesta por la cultura y a la que parece inútil intentar escapar. El narrador del primer capítulo muestra un impulso tanático que está desprovisto de cualquier vestigio de malditismo, elemento clave en la narrativa joven de los noventa. En este caso es más bien la voz burlona de quien se resigna con ironía a su propia suerte, quizá porque comprende que su destino tiene algo de trágico y es el mismo destino de los demás. Es interesante este movimiento, que lo aleja de los cuestionamientos existenciales-juveniles de los noventa. Al igual que ciertos personajes del realismo sucio nacional de la década pasada, este narrador también planea un escape. Pero la huída no está simbolizada en viajes alcohólicos o alucinógenos, y tampoco a través del sexo, sino que es bastante más inocente, acaso más sincera y definitivamente absurda. En este punto no hay rodeos ni indirectas: aquí el objetivo es, literalmente, o sea físicamente, escapar.

En el segundo capítulo se narra el curioso encuentro de Alto, Mediano y Gordo en la puerta de una embajada para pedir una visa que les permita escapar, pero es evidente que su necesidad de huir poco tiene que ver con la búsqueda de un futuro mejor en un país con mayores oportunidades, sino en el simple escape a un modo de vida que podríamos definir, para seguir la línea del epígrafe, como “cultural”.

El proyecto fracasa justamente porque el intento de huir de la cultura y buscar la felicidad o la realización fuera de ella es iniciado en el seno de la misma: en una asociación, en una colectividad, en la conjunción de intereses para sacar adelante un proyecto común. El plan no puede llegar a buen término porque los tres personajes se han reunido, discutido y puesto en marcha una empresa justamente como una empresa, con un afán corporativo, que es el mismo del que quieren escapar.

Es interesante el nivel alegórico que se plantea en la historia de esos tres seres de alguna manera simbólicos (Mediano, más que un nombre, es una descripción: es el personaje mediocre, sin brillo ni energía, sometido a la voluntad de los demás). Habrá que hacer algo mientras tanto es coherente en su presentación, en su desarrollo y en su conclusión en el fracaso de los personajes. La novela de Neyra suma episodios con la misma insólita eficacia con que Alto, Mediano y Gordo colocan materiales disímiles para construir su embarcación.

Una de las virtudes del autor es que demuestra tener conciencia de lo absurdo de la historia que relata, pero sabe contarla con un acertado pulso narrativo y llega persuadir a pesar de la historia inverosímil. El absurdo es tratado con eficacia, y a través de un estilo fluido y con destellos de humor lo inverosímil pasa a ser incluso necesario. Por ello, no molesta que en el tercer capítulo los tres personajes empiecen a navegar cuando se supone que no tenían por dónde hacerlo. Y en este punto, donde los personajes empiezan a navegar, es preciso trazar una línea: allí donde empiezan los problemas entre los personajes, empiezan también los problemas del libro.

Durante el viaje surgen las diferencias que los personajes, como miembros de una colectividad, y de acuerdo a la idea base, están obligados a afrontar. Pero las escenas elegidas para materializar el conflicto no han sido convenientemente tratadas, y parecen puestas sólo para corporizar el conflicto de uno u otro modo, y así concluir en el fracaso necesario que vaya en concordancia con el planteamiento de la historia.

Uno de los errores es darle demasiada cabida a las razones personales (e innecesarias para la historia) que obligan a la huída. En medio de la duda existencialista, en el cuestionamiento de la validez o la pertinencia de una vida instalada de lleno en la cultura occidental, Mediano “baja el nivel” y nos coloca en una posición bastante más banal: él quiere huir por un fracaso amoroso, que además responde al socorrido tema de la pareja no correspondida (y en la más patética de sus variantes: la muchacha de la que está enamorado ni siquiera sabe que él existe).

Podríamos trasladar al plano literario una discutible operación aritmética y concluir que tres capítulos bien logrados pesan más que uno fallido. El problema es que el cuarto capítulo no es sólo la conclusión de la novela, sino que supera en cantidad de páginas al resto de la obra. Este capítulo, bastante inferior al resto, entibia en buena medida los méritos del libro y no lo deja muy bien parado al concluir la lectura, pero no alcanza para desterrar las virtudes exhibidas en los capítulos precedentes. Así que, al terminar la novela, queda la sensación de que el escritor tiene las armas suficientes para acabar con solidez en otra oportunidad. Este primer intento se cae al final. Pero deja el crédito abierto para el futuro

© Francisco Ángeles, 2006

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