Las máscaras de la representación (Johnny Zevallos)

Cinco siglos de literatura amerindia (Christian Bernal Méndez)

La hora azul (Claudia Salazar Jiménez)

Habrá que hacer algo mientras tanto (Francisco Angeles Menacho)

Viaje a Irlanda (Mario Granda)

 

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Violencia y reconciliaciones

por Claudia Salazar Jiménez

 

Alonso Cueto
La hora azul
Lima: Anagrama-Peisa, 2005.

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La hora azul ganó el premio Herralde de novela en el año 2005. Cabe mencionar que en la lista de los galardones figuran producciones narrativas como Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño y La noche es virgen del peruano Jaime Bayly.

La trama de La hora azul es, en realidad, sencilla. Adrián Ormache, protagonista de la novela, es un abogado de 42 años, perteneciente a la clase alta limeña, con un magnífico sueldo mensual y una familia perfecta (esposa guapísima e hijas adorables). Al morir su madre, Adrián Ormache se entera de una mancha en el pasado de su padre, comandante de la Marina durante la guerra interna provocada por Sendero Luminoso. El comandante Ormache fue uno de los tantos torturadores y violadores durante la explosión de violencia que azotó al Perú durante las décadas de 1980 y 1990. Pero este hombre violó y luego se enamoró de una adolescente de Ayacucho, Miriam, a la cual mantuvo como prisionera-protegida, hasta que ella logró escaparse y fugar a la capital, tras la muerte de su familia entera a manos de SL.

El doble eje ausencia-presencia de Miriam parte esta novela en dos. La primera sección de La hora azul tiene las características de un discurso policial y de cuadro de costumbres de la sociedad limeña. A un ritmo vertiginoso, Cueto teje una sencilla trama detectivesca en la cual Adrián Ormache decide ubicar a toda costa a la mujer que había sido violada por su padre. La novela avanza a través de diálogos efectistas de influencias vargasllosiana, que no llegan a ser del todo logrados por la cantidad de muletillas que no aportan mucho a la construcción del mundo representado:

—El ingeniero Dasso siempre iba al Banco Wiese de la calle con árboles, Dos de Mayo se llama, la que está junto a Javier Prado en San Isidro. Por allá al ladito nomás debe haber sido, uno de por allí nomás. No he vuelto ni a acercarme, oye. Ya tiempo de eso. Ni le dije nunca a Chacho. Felizmente que no supo tu papá. ¿Un par más? Ahora sí, la última, oye. De verdad que te pareces un poco a tu viejo. Qué lindo conocerte, oye.

Las descripciones de personajes y escenarios resultan reiterativas en el caso de la familia de Adrián, así como de los distritos de San Isidro y Miraflores que se convierten en su radio de acción. Por momentos, las descripciones de Adrián Ormache me hacen recordar al Patrick Bateman de American Psycho, todo un yuppie que disfruta de buenos restaurantes, con alucinaciones violentas y confidente de su secretaria aunque, claro, sin llegar a los extremos sicóticos de Bateman.

En esta primera parte, la novela falla al ser demasiado explicativa, sin dejar ningún lugar a sugerir cosas al lector, guiándolo de una manera tan obvia y repetitiva que puede ofender su capacidad comprensiva. Alonso Cueto parece tener muchas cosas interesantes que decir, pero en el trabajo novelesco, como en todo el arte literario, no bastan los buenos temas para hacer una obra maestra, sino que, como bien dice Vargas Llosa, es necesario encontrar la forma en que esos temas sean narrados para alcanzar un alto nivel estético.

Una vez que se entera de la existencia de Miriam, Adrián decide buscarla, pero nunca quedan claras las motivaciones de esta búsqueda. ¿Culpa heredada? ¿Temor al escándalo si la sociedad llegara a enterarse de este episodio de la vida de su padre? Ninguna de estas dos respuestas me satisface y el funcionamiento de la novela parece superarlas. Hay algo muy humano en este no-saber y que permite hacer de Adrián Ormache un personaje más verosímil que los demás. La actuación impulsada por una fuerza ciega implica una tendencia trágica en su búsqueda, que lo llevará a encontrar y enamorarse de Miriam.

La ausencia-presencia de Miriam —como ya se mencionó— separa a la novela en dos partes. En el proceso de su búsqueda, Adrián viaja a Ayacucho y ahí conoce a un extraño personaje, Guiomar, una mujer que le permite conocer el sentido de los danzantes de tijeras, en el que es uno de los pasajes más logrados de La hora azul. Este viaje a Ayacucho funciona como una divisoria de aguas que prepara el encuentro con Miriam y un cambio en el registro narrativo que va abandonando el género policial y donde, por cierto, se nota la casi ausencia de los repetidos “oye” que inundaban la primera parte.

La relación afectiva que se establece entre Adrián y Miriam puede ser enfocada desde diversos puntos de vista. Podríamos decir que funciona la ilusión edípica del hijo por compartir a la mujer del padre o, también, una exposición algo simplista de las contradicciones entre las clases sociales: un hombre rico enamorado de mujer pobre en una relación condenada al fracaso. Me parece más provechoso ver esta relación en la clave de las secuelas de los años de violencia interna y, al mismo tiempo, como una muestra de las posibles trabas a una verdadera reconciliación. En La hora azul, Cueto demuestra haber asimilado el discurso del Informe Final de la Comisión de la Verdad sobre el tema de la responsabilidad pública y la ceguera capitalina durante los años del terror:

—En Lima nunca sabremos nada de esto —dije, pensando que era lo más adecuado de decir.

—Los limeños como tú dicen que las artesanías de aquí les parecen lindas. Después se olvidan de todo y siguen con sus autos y sus viajes.

La relación con Miriam permite que Adrián Ormache se sienta reconciliado consigo mismo, al punto de comenzar a desenmascarar las convenciones de su mundo social. Todos se preguntan, extrañados, por su brusco cambio de comportamiento, hasta tildarlo de loco. Luego de transitar por la periferia de la ciudad, Ormache vuelve a lo que el considera su lugar en la sociedad limeña, al lado de su esposa y sus hijas. Esta noción de un nicho social que espera acoger al individuo luego de sus “aventuras” por los márgenes, podemos verla también en Alberto (el Poeta) de La ciudad y los perros. Descartada la posibilidad de una relación amorosa, la vía de la reconciliación para Ormache se resuelve en la ayuda a Miguel, hijo de Miriam y probablemente, su hermano. Finalmente, todo vuelve al orden anterior, la reconciliación no removerá ninguna estructura social, pero quedarán esos dos gestos que permitirán enlazar ambos mundos: la generosidad y el agradecimiento. Con esta novela de Alonso Cueto, y la recientemente premiada de Santiago Roncagliolo, quizá sea posible hablar de una nueva etapa de narrativas de la violencia en nuestra literatura y que será deudora de las propuestas del Informe Final de la CVR

 

© Claudia Salazar Jiménez, 2006

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena11_3.htm
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