Comparación y sentido. Varias focalizaciones y convergencias literarias (Rafael Ojeda)

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(Alberto Villar Campos)

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(Mario Granda Rangel)

 

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Mundialización y encrucijadas de la literatura comparada

por Rafael Ojeda

 

Wladimir Krysinski
Comparación y sentido. Varias focalizaciones y convergencias literarias
Lima, Fondo Editorial de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2006, 284 pp.

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En el contexto de la literatura mundial, múltiples tensiones están definiendo las constantes pugnas entre expresiones retóricas que plasman oposiciones como local-universal, central-periférico, nacional-exótico o marginal-oficial. A su vez, están marcando el itinerario seguido por las disquisiciones estilísticas contemporáneas, mostrando un terreno cada vez más pretendidamente integral en la literatura, como producto de un proceso de “paninformatización” y mundialización cultural promovido por los mass media.

En este contexto, los estudios de literatura comparada, pese a su intención de equilibrar la diversidad de sentidos y proporcionar las pluralidades textuales que permiten realizar diversas operaciones críticas, inciden en muchos de estos gestos. Crean perspectivas de análisis aplicados más bien a un trabajo de contextualización literaria y no a una simple labor de comparación, a veces sin cubrir la multiplicidad de manifestaciones literarias dadas en el orbe. Este universalismo de baja intensidad se sustenta en una suerte de “canon” de referentes nacionales, que pronto se hacen multinacionales, y se enfoca sólo en autores cuyo prestigio nacional los ha llevado a adquirir matices universales de aceptación enciclopédica que los vuelve de uso “oficial”.

Algo de eso puede desprenderse, pero como preguntas esbozadas al espectro comparatístico, luego de una lectura de Comparación y sentido, de Wladimir Krysinski, profesor de literatura comparada, teoría literaria y literaturas eslavas en la Universidad de Montreal. Krysinski es autor también de Encrucijada de signos. Ensayos sobre la novela moderna (1981), El paradigma inquieto, Pirandello y el campo comparativo de la modernidad (1995), entre otros. En 1997, su trabajo le valió la obtención del Premio Internacional de Investigación de la Fundación Alexander von Humboldt.

Al centrar sus investigaciones en la metamorfosis del texto moderno, posesionándose especialmente en la literatura del siglo XX, Comparación y sentido propone un recorrido por un universo intertextual en el que encontramos a Cervantes, Whitman, Pound, Eliot, Joyce, Pirandello, Borges, Pessoa, Musil, Mishima, Beckett, Roa Bastos, Paz, Czeslaw Milosz, Saramago y Haroldo de Campos. Plantea la comparación a partir de su función primordial en la mediación activa y ordenadora de los textos, desde donde la literatura se extiende y diversifica, construyendo el sentido por yuxtaposición y oposición, como operaciones que permiten establecer diferentes tipos de relaciones intertextuales. Esto se inscribe sólo en zonas adecuadas a las comparabilidades, como “géneros, discursos, textos, convenciones, topoi y reescrituras” de los autores tratados.

El libro, estructurado en tres capítulos —“Poéticas de la boca invisible”, “Saberes novelescos” y “Poesía y metapoesía”— despliega argumentos que pretenden sustentar que entre la comparación y el sentido hay lugares de convergencias literarias inevitables, desde una radicalización de lo simbólico en el lenguaje a partir de sus diferentes niveles discursivos y el estudio de una poliglosia subyacente en todos los desplazamientos realizados entre poesía, novela y relato. De igual modo, en las referencias hechas a los literatos europeos, norteamericanos y latinoamericanos estudiados en el libro.

Pese a las dificultades impuestas por las citas no traducidas al español y algunas erratas, resulta claro el nivel expositivo y el ordenamiento contextual presente en esta compilación de ensayos que logran constituir un conjunto coherente y variado, a la vez, en torno a la comparación y búsqueda de sentido.

Literatura mundial

Krysinski organiza su estudio a partir de una introducción a las venturas y desventuras de los proyectos de la literatura mundial. Remontándose a la noción precursora de Weltliteratur o literatura universal que Goethe concibiera hacia 1827, pero que preconizaba una práctica occidental como base de un universalismo eurocentrista, cuya racionalidad marginaba a las periferias. Sin embargo, esta segregación ha ido envejeciendo y perdiendo prestigio, sobre todo debido a los ataques posmodernos y un ambiente internacional literario cada vez más intertextual, interdiscursivo e intercultural, no obstante la evidencia supérstite de una práctica literaria a escala planetaria, en la que, querámoslo o no, existen obras reconocidas por sus dimensiones universales y practicadas como tales debido a la institucionalización de cánones de pretensiones universales. Este es el caso de El canon occidental, de Harold Bloom: una revisión demasiado anglosajona como para ser justa, pero que continúa presente como un rezago de la jerarquía simbólico-geográfica impuesta por un gusto etnocentrista que muestra lo arbitrario que puede ser esa idea reglamentada de literatura universal.

Krysinski explica: “Abordar en esta aura crítica la cuestión de la Weltliteratur comporta un riesgo. Se puede argüir que ha envejecido la sabiduría de Goethe. Si se toma en consideración que los posmodernistas se han burlado sin compasión de sus conversaciones con Eckermann, lo menos que se puede decir es que quien se atreva a retomar la idea de una Weltliteratur deberá proceder con cautela” (24).

Él, por su parte, propone una literatura universal basada en una dialéctica del reconocimiento a partir de un movimiento de cinco factores: lo local, lo nacional, lo marginal, lo institucional y lo universal, como los soportes de un relato de valores que se despliega a escala planetaria. El universalismo sería como algo que está en un “constante proceso de formación, que se encuentra en equilibrio inestable y que no puede ser, a fin de cuentas, más que una utopía funcional al servicio de una visión unitaria del mundo, difícilmente comprobable en la realidad” (ídem), pero que ya no es “ni postulado ético-pragmático necesario ni práctica estética obvia, se define por la heterogeneidad de sus obras, de las lenguas que habla y de sus pasiones subyacentes” (33), reflexión cuya importancia para el comparativismo reside en que la literatura comparada implica una utopía de la literatura mundial.

“Poéticas de la boca invisible” aborda la poliglosia como la tarjeta de presentación de la modernidad y sus códigos discursivos, los cuales se hallan en lo múltiple, como elemento esencial de lo universalizante, y en el método dialógico, intercultural, ínterlingüístico y de intercódigos, como modalidad de construir un mensaje intertextual cada vez más complejo que atraviesa toda la literatura moderna. El análisis abarca autores como Ezra Pound, T.S. Eliot y James Joyce, además de los experimentos poéticos de grupos como Noigandres, de Brasil, Novissimi, de Italia, y Tel Quel o Change, de Francia. En ese contexto, la “boca invisible” debe ser entendida como una estructuración de diferentes lenguajes y práctica de la no identidad del narrador ante la descontextualización tendiente a la incomunicabilidad. Esto se va radicalizando en el tránsito desde obras como Cantos y Tierra baldía a Finnegans Wake, desde los experimentos y búsquedas cognitivas de Mallarmé, la poesía visual y el concretismo brasileño, con el aliciente del estudio comparado entre el mito de don Juan y Pirandello, con la literatura mundial como estructura discursiva. El autor presenta la figura de Pirandello como antídoto del seductor y hace un recuento de los diferentes tratamientos sobre el mito de Don Juan en la historia literaria, además de una reflexión en torno a las vanguardias, desde la que se desprende otro punto importante.

Pero una disertación en torno a la vanguardia como “la palabra que no cesa” no nos resultará contradictoria en un período posvanguardista, si entendemos que los movimientos artísticos han entrado “al comienzo del tercer milenio” en un estancamiento estético, si es que aún se puede hablar en esos términos. Pero no por ausencia de producción, sino por la falta de renovación que ha caracterizado a esta crisis de dinamismos, y su correlato en los aparatos críticos. Ello ha significado el agotamiento de la episteme modernista y el paradigma historicista, en una etapa de estancamiento ante una “huelga de acontecimientos” , como denominaba Baudrillard a este fenómeno. Este contexto ha determinado también la idea de una oficialidad estable, en presente, y defensora de un status quo que los favorece ante oposiciones como “oficial-marginal”, “centro-periferia” y “nacional-universal”. De este modo, se muestra la arbitrariedad de una jerarquía simbólico-geográfica impuesta de manera canónica por grupos de poder que han venido reglamentando los productos literarios. Algo que debido al influjo de las teorías posmodernas ha empezado a cuestionarse.

El segundo apartado, “Los saberes novelescos”, presenta a Don Quijote como novela fundadora de la modernidad. Ello presupone una cierta comprensión de sus historicidades y una herencia de tradiciones escogidas de manera paradigmática. Aquí la novela es presentada como instrumento de cognición, en sus cambios y transformaciones formales que la han hecho ser consideradas también una factoría de saberes. El relato es visto como historia que se cuenta, red de relaciones conflictivas y que, además, se puede contar de maneras diversas. De lo anterior se desprende una relación diferencial entre el relato y la novela, diferencias entre retóricas que pueden ser complementarias, en un contexto posmoderno que totaliza el texto literario: las diferencias entre el relato tal cual y los relatos novelescos tienden a difuminarse ante una veta más bien experimental.

El proceso novelesco es entendido de manera evolutiva, donde la novela moderna sigue una línea que integra a Rabelais y Cervantes, pasando por Cortázar, Carpentier, Roa Bastos, Calvino y Kundera, entre otros escritores que ven la novela como instrumento de cognición. Autores trascendentales funcionan como bisagras de transformaciones. El psicologismo de Dostoievski, Svevo y Mishima mouestra las perturbaciones cognitivas en forma novelesca, o como debilitamiento de las funciones del personajeen Sterne, James, Conrad, Joyce, Faulkner y Roa Bastos.Krysinski desarrolla un interesante recorrido meditado en los universos literarios de los nouveaux romanciers, disgregadores del relato, entre Robbe-Grillet, Butor, Beckett, Saurrate, Simon, Ollier o Pinget; o los “personajes sin atributos” —alusión al Hombre sin atributos, de Robert Musil— de Dostoievski, Pirandello, Gombrowicz, Musil, Beckett, Roa Bastos, Mishima o Saramago.

Y finalmente, un acercamiento a la poesía y metapoesía, a partir de los horizontes canónicos,con estudios de las formulas planetarias, entre lo cósmico y nacional de Walt Withman, los juegos de polaridades y el yo multitudinario de los heterónimos de Fernando Pessoa, el yo metalírico de Jorge Luis Borges y su intemporalidad literaria, el magnetismo telúrico de César Vallejo (realizando “el ideal de la poesía clásica moderna”), telurismo que en Canto general de Pablo Neruda arroja una luz radical y reveladora.

Asimismo, Enrique Gómez Correa y su marcha surrealista a través de la selva de signos, los ángeles de Rafael Alberti en un espacio interior en el que los ángeles funcionan como signos de ruptura, los juegos de identidades de Octavio Paz como la continuidad del inacabamiento, la polifonía universal de Czeslaw Milosz y el descenso a los infiernos de sí mismo y, por último, el concretismo de Haroldo de Campos, un poeta ludens en el que se plasman la phanopeia, melopeia y logopeia, términos con los que el Pound denominaba al empleo de imágenes, de la musical a la danza intelectual, respectivamente. De allí que se dé otra vez un tránsito que discurre desde una práctica de las multiplicidades experimentales hasta la descontextualización e incomunicabilidad a veces lúdica y otras herméticas que se radicalizan hasta excede la palabra y los sistemas de signos.

 

Resulta inquietante que los estudios de Krysinski se hayan detenido allí y no incidan en el espectro más actual del pseudovacío o insignificancia que —por decirlo de alguna forma— está caracterizando a la producción actual. Pero si en verdad existe esa parálisis histórica o huelga de acontecimientos antes definida, esa ausencia de nuevas poéticas, ¿cómo se explica el actual auge de nuevas sensibilidades que vienen convulsionando el quehacer literario contemporáneo? Tal vez esbozar una respuesta no sea tan complicado, pero quizá sí un poco engorroso. Los síntomas actuales cuajan, casi como movimientos aleatorios, ante una poética más performática que “estética”, en algo que precede al hecho artístico y plasma una nueva sensibilidad que tiene como característica residual a las retóricas que calan por su diferencia, más bien materia sociológica, entre otras manifestaciones literarias. Ahí tenemos las líneas posmodernas de Barthelme, Pynchon o De Lillo; el estilo que engloba a la llamada X Generation de Bret Easton Ellis, Coupland o Loriga; y la latinoamericana generación del McOndo. Estos fenómenos literarios actuales se sustentan, más que en una línea teórica de renovación, en una actitud performática, contraria a los íconos de la tradición, lo cual armoniza con la “sociedad del espectáculo” definida por Debord.

Luego de leer Comparación y sentido, resulta también paradójico que a pesar de significar este “mosaico de hechos y obras literarias” una travesía por el museo de las transgresiones y rupturas literarias, todavía podamos sentir esa sensación de estar dando vueltas en torno a productos institucionalizados, mediatizados por lo que vendría a ser un “canon descentralizado o multinacional”, basado en referentes nacionales, cuando no regionales, que están normando los constantes abordajes comparados de la literatura, algo de lo que, al parecer, no pueden escapar aún los afanes de muchos comparatistas. En resumen, el libro se interna con éxito en los debates literarios contemporáneos, sobre todo porque la edición peruana del texto del profesor Krysinski pone al alcance un material importante para un desplazamiento crítico fascinante por gran parte de la literatura del siglo XX y sus autores referenciales.

 

© Rafael Ojeda, 2006

 

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena13_1.htm
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