Comparación y sentido. Varias focalizaciones y convergencias literarias (Rafael Ojeda)

Franqueando fronteras. Garcilaso de la Vega y La Florida del Inca (Johnny Zevallos)

Alberto Hidalgo. El genio del desprecio. Materiales para su estudio (Julio Teodori de La Puente)

Todas mis muertes (Alberto Villar Campos)

Puta linda
(Mario Granda Rangel)

 

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La desmesura de Alberto Hidalgo

por Julio Teodori de La Puente

 

Álvaro Sarco, compilador
Alberto Hidalgo, el genio del desprecio. Materiales para su estudio.

Lima, Talleres Tipográficos, 2006.

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Alberto Hidalgo Lobato (1897-1967) es un escritor que mereció la atención y amistad de José Carlos Mariátegui. Quizá muchos lectores recuerden a Hidalgo únicamente por el estudio dedicado a él en los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana.

Hidalgo frecuentó la bohemia del Palais Concert, junto con su amigo Abraham Valdelomar. Posteriormente colaboró en la revista Amauta. Poeta, libelista o panfletario, fue también cuentista y dramaturgo. Escribió veintitrés libros de poesía, trece de prosa y siete de teatro. Sería necesario conocer el significado de la palabra libelo. Según el diccionario, el libelo (en la primera de sus acepciones) es un escrito infamatorio contra hombres y cosas. Hidalgo no se contentó con escribir libelos, sino que introdujo en sus cuentos y poemas las características de este género.

Recientemente, el crítico literario Álvaro Sarco ha publicado el volumen Alberto Hidalgo, el genio del desprecio. Materiales para su estudio. El compilador y colaborador de la obra ha realizado una rigurosa pesquisa en archivos, bibliotecas y hemerotecas. Esta investigación es no sólo una de las más completas acerca de un escritor peruano, sino que tiene la virtud de hacernos próxima la imagen y creación de un hombre desmesurado, injurioso, ególatra y paradójicamente tierno en la intimidad.

Se ha recopilado en este libro ensayos y artículos de escritores y críticos consagrados, como Luis Alberto Sánchez, Estuardo Núñez, Luis Jaime Cisneros, José Miguel Oviedo y Hugo Neira. También se incluye una entrevista por parte de Manuel Jesús Orbegozo y cinco artículos del periodista Mario Castro Arenas. Ha colaborado Renzo Valencia Castillo con un artículo acerca de la cuentística de Hidalgo. Se incluyen notas necrológicas y abundante material gráfico, así como profusas y minuciosas notas al pie de página que nos permiten “situar” al poeta en su circunstancia.

Otros aportes rigurosos y sólidos provienen del extranjero. Este es, por tanto, un libro de proyección internacional. Colaboran autores poco conocidos en nuestro medio aunque del más alto nivel: el diplomático e historiador argentino Sergio Baur; el mexicano Evodio Escalante; el sesudo investigador argentino Carlos García; otro investigador argentino como Ariel Gustavo Fleischer; el libretista y ensayista argentino Martín Greco; y la diplomática y escritora argentina May Lorenzo Alcalá.

Provocaciones

El afán provocador de Hidalgo (como una especie de anarquista individualista) se había manifestado ya en su ópera prima Arenga lírica al Emperador de Alemania, de 1916 (un libro que después Hidalgo rechazaría). Publicará luego Panoplia lírica, un poemario todavía lastrado de rezagos modernistas y que mereció cálidos elogios de Valdelomar y otras figuras de la época, como José María Eguren y Manuel González Prada. Curiosamente el vanguardista Hidalgo admiraba a Chocano.

Es en 1918 cuando publica su primer libro libelista: Hombres y bestias. Luego vendrían Jardín Zoológico, en 1919, y Muertos, heridos y contusos, en 1920. Son antológicas sus páginas, dedicadas, con una gran dosis de malicia y humor negro a desacreditar a personas muy respetadas del medio limeño y transnacional: José Pardo, Nicolás de Piérola, Ricardo Palma, José de la Riva Agüero, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, etc. Se salva Manuel González Prada, a quien Hidalgo respetaba mucho.

En 1919, Hidalgo se traslada a Buenos Aires, ciudad cosmopolita, con una gran clase media y atenta a las últimas novedades del Viejo Mundo, especialmente de Francia. Se publican varias revistas culturales, se confrontan los grupos de Florida y Boedo, por razones literarias y políticas. En 1920 viaja a España. Por entonces, también, Juan Parra del Riego (quien se instalaría en Uruguay) desarrolla poemas de cariz vanguardista. Parra del Riego es un caso interesante, pues logra, pese a las limitaciones de los cenáculos limeños cortar las amarras del modernismo, ejercitándose en la composición de poemas de corte futurista, conocidos como polirritmos. Pensamos, como Mirko Lauer, que, al margen de consideraciones puramente literarias, la falta de una burguesía sólida en el Perú hizo que se prolongara más de lo debido el modernismo.

Retorna Hidalgo a la Argentina, país donde vivirá cerca de cuarenta años. Es en los cafés de Buenos Aires —como el Royal Keller— y en las innovadoras revistas —Hidalgo fundaría la Revista Oral— donde se discutían diversos temas literarios. Frecuenta a los colaboradores del grupo Martín Fierro, Proa y Prisma. Conocería a escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Francisco Luis Bernárdez, etc. Se entusiasma Hidalgo con la “aventura” literaria del ultraísmo, en la cual es muy importante el aporte de Guillermo de Torre, español radicado en Buenos Aires y cuñado de Borges.

Nuevos ismos

Hidalgo inventa —o, mejor dicho, cree inventar— un nuevo “ismo”. Simplismo está fechado en 1925. En este libro postula la supremacía de la metáfora como un factor esencial de la producción poética y la exclusión de cualquier mensaje moral. Estos postulados del poeta arequipeño no tenían nada de novedoso, al menos en Buenos Aires. Ya Borges y Guillermo de Torre habían aplicado estos procedimientos. El libro pretende ser un manifiesto ilustrado con los poemas de Hidalgo.

Con el paso del tiempo hubo una serie de malentendidos y querellas entre Alberto Hidalgo y los escritores argentinos, involucrando, además, a un chileno. Muestra ejemplar de lo afirmado es la confección del Índice de la nueva poesía americana (1926). Según la portada, esta antología poética sería una obra elaborada por Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo. Como certeramente señala Carlos García en su estudio “El Índice de Hidalgo”, Vicente Huidobro no tuvo la menor participación en la confección de esa selección. En cuanto a Borges, él se ocupó únicamente de un capítulo del prólogo, pero estaba en desacuerdo con la inclusión de poemas suyos que consideraba superados. En especial un poema dedicado a Lenin.

Hidalgo tuvo un “ego” desmesurado y no vamos a indagar en ello, que es tarea de los psicoanalistas. Únicamente indicaremos algunas facetas o componentes de su personalidad: era homofóbico y racista. De lo primero tenemos una muestra en los ataques a José de la Riva Agüero y Víctor Raúl Haya de la Torre. De lo segundo es revelador el libelo dedicado a Clemente Palma. Además, era antisemita. Así lo demuestran sus colaboraciones en el diario Crisol, donde lo expresa con sus ataques obsesivos a Jorge Luis Borges. Era arbitrario. No extraña, entonces, que se ubicara en posiciones ideológicas inconciliables (como el socialismo y el fascismo) solamente para llamar la atención, escandalizar, o zanjar cuentas contra alguien. Estas actitudes lamentablemente han opacado las innegables virtudes de algunos poemarios suyos, como Poesía inexpugnable.

Empleó palabras duras e injustificadas contra Victoria Ocampo y la revista Sur. Del gran erudito mexicano Alfonso Reyes dijo que era un “coleccionista de sonrisas”. Proclamaba acerca de sí mismo que, junto con Chocano, Vallejo y Eguren, era uno de los mejores poetas del Perú. No dudaba en compararse con Pietro Aretino y hasta con Dante por su facilidad y contundencia para componer libelos. Hidalgo incluso escribió un poema libelista contra Pío XII.

En cuanto a los movimientos de vanguardia, nos parece que el futurismo de Marinetti (quién visitó Buenos Aires para regocijo de Hidalgo) es el que más ha envejecido. Se pensaba que el avance de la tecnología implicaba una “superación” respecto del arte y la cultura de siglos pasados. Ingenuamente se predicaba que el avión y el automóvil eran más “bellos” que objetos artísticos como La victoria de Samotracia. Ahora nos parece que no hay “superación” en las artes, a diferencia de la ciencia y la tecnología. Virgilio no supera a Homero ni Dante supera a Virgilio.

Temas peruanos

Se apodera de Hidalgo la nostalgia hacia su país. De ello son algunas muestras Carta al Perú (1953) y Patria Completa (1960) o Historia peruana verdadera (1961).

Si Alberto Hidalgo escribió un libro encomiástico hacia un tirano, como la Oda de Stalin (1945) se debe, según nuestra interpretación, a que “proyectaba” su narcisismo (para decirlo según la jerga del psicoanálisis) a individuos que fomentaban el “culto a la personalidad”, lo cual era muy característico de sí mismo.

Considera Oviedo que los poemas amorosos de Alberto Hidalgo (sobre todo los dedicados a su primera mujer) son muy valiosos. Su sentido del humor, tan peculiar, es muy distinto al del español Ramón Gómez de la Serna, a quien conoció en 1920, en una de las famosas tertulias del café Pombo, liderado por este último. Después de la guerra civil española, Gómez de la Serna se asila en Buenos Aires, pero ya no cultivaría su amistad con Hidalgo.

En su Diario de mi sentimiento (1937) escribió nuestro poeta: “He sido, soy siempre, ante todo y sobre todo, un escritor beligerante. Me paso la vida preguntando contra qué o contra quién se puede escribir, pues entiendo esa manera como la más adecuada para escribir a favor de alguien o de algo”.

En este libro se encuentra la cúspide de los libelos de Hidalgo: “Sánchez Cerro o el excremento” (1932).

En contra de lo que podría creerse, Alberto Hidalgo, pese a sus furibundos ataques, no se quedó solo. Influyó en los jóvenes escritores argentinos, que incluso postularon su nombre para el Premio Nobel. Y de esta vigencia es prueba y testimonio el libro compuesto por Álvaro Sarco: Alberto Hidalgo, el genio del desprecio, tal como llamó al arequipeño el gran Macedonio Fernández.

© Julio Teodori de La Puente, 2006

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