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Entrevista a Cynthia Rimsky

“Ahora trabajo más con el olvido que con la memoria”

Por Sebastian Uribe

Dice Federico Falco que los libros de Cynthia Rimsky (Santiago de Chile, 1962) son tan extraños como delicados, mientras que María Moreno describe su estilo como el de una epifanía calma. Cuando uno lee El futuro es un lugar extraño o  Ramal corrobora las afirmaciones de ambos escritores argentinos, pues la obra de Rimsky se instala a contracorriente del afán de consumo rápido de muchas obras contemporáneas.

En libros como Yomurí, La revolución a dedo y la más reciente, Clara y confusa, la escritora chilena aborda cuestiones como cuál es el lugar del artista en el presente o qué sucedió con las juventudes revolucionarias de antaño.  Conversamos acerca de ello durante su visita a Lima como invitada de la Feria Internacional del Libro 2025 el pasado julio.

Foto: Maria Aramburu

Cynthia, ¿qué tal esta visita a Perú? ¿Es la tercera me parece?

Bueno, en realidad es mi décima visita, porque mis viajes a Perú empezaron como mochilera. Pasé cuando fui a hacer este viaje hacia la Revolución Sandinista y eran viajes mucho más entretenidos que como escritora, porque tenía la libertad para pasear y meterme por todas partes. Ahora son visitas más cortas, más agotadas.

Justo sobre ello, recordando La revolución a dedo,  en dicho libro escribes sobre este particular peregrinaje hasta Nicaragua. ¿Cómo fue la decisión de revisar tu antiguo cuaderno de anotaciones? ¿cómo fue leerte, o, mejor dicho, leer a la Cynthia del pasado, muchos años después?

Fue muy raro  porque a mí se me había olvidado completamente que tenía este cuaderno de Nicaragua del 87, creo, 86 u 87, cuando tenía 22 años. Me dio un poco de vergüenza, me dio pudor, porque había ahí una ingenuidad muy grande, pero al mismo tiempo había unas preguntas muy auténticas y mucha desesperación por no entender lo que pasaba en el mundo por parte de una chica que era de izquierda creía en la revolución, en la utopía, y de repente llegaba a Nicaragua y no la encontraba en ninguna parte. Entonces se preguntaba si el problema era ella, si el problema era lo de afuera o su mirada. Pasaron cerca de treinta años hasta que escribí este libro porque nunca supe desde qué lugar escribirlo. No quería escribirlo desde alguien de derechas, o desde alguien que cuando es mayor se le olvida la revolución. Ninguna de dichas tonteras.

Lo que más me costó fue encontrar la voz de la mujer que mira a esta niña. Y  lo que quise fue llegar, aunque sea por un segundo, a encontrarme con esa chica, con lo que sentía. Eso me interesaba. Es un libro de indagación y yo conecto mucho ahora con eso que comentas esto de la voz de la chica, encontrarla, como ocurre con los personajes de Yomurí, sobre todo, donde está presente el conflicto que había sobre esta ideología que se ve confrontada también con una mirada un poco más irónica y liviana, por así decirlo. Porque en Yomurí, hay una sátira del compromiso, aquello que supuestamente la lleva al extremo, y también con quienes proponen  la ideología de no tener ideología. Esto deriva, por ejemplo, en el diario de Clara y confusa y  el sindicato que no ayuda a ningún trabajador. Quedó la forma, pero el fondo se fue.

¿Cuál es tu perspectiva sobre el conflicto que se da entre las sensibilidades y las ideologías actuales?

Creo que una cosa que recorre todos mis libros es la idea de la utopía, desde su construcción hasta su derrumbe. Mientras escribía un ensayo me di cuenta de que toda mi juventud fue durante la dictadura de Pinochet. Por ese entonces una de las palabras más usadas era “la causa”. Uno estaba comprometido con una causa, luchaba por una causa, moría por una causa, y ahora la única causa que existe es la causa limeña (risas). Tú trabajas con eso, y la ironía tiene que ver la existencia de un mundo donde hay palabras que desaparecieron y hoy día no se usan.

Lo que quería era ir dando cuenta de esta transformación, pero sin nostalgia, porque creo que esta no lleva a ninguna parte. En esa lucha por no escribir desde la nostalgia, encontré la ironía que yo le llamo ironía amorosa,  ironía cariñosa. Porque no es la típica ironía desdeñosa, sino una que es  compasiva, porque estoy con los personajes, pero hay una risa. Creo que la risa es algo que nos sirve hoy más que la denuncia. Me acuerdo que, mientras en Poste restante la chica joven hace un tremendo viaje para buscar su identidad, en Yomurí me burlo un poco de esta misma chica y  su búsqueda, indígena en este último caso, y cómo no la lleva a ninguna parte. Sobre cómo descubre que tiene un apellido indígena y dice, bueno, ahora voy a ser indígena y sigue siendo la misma de siempre.

Me gusta meterme en esos problemas, contradicciones y  confusiones. Son los lugares donde me gusta estar. No en los lugares de los discursos, sino en donde se produce un choque entre la experiencia y el discurso, y hay algo ahí que no funciona. Ese es el lugar que me interesa, el de los plomeros, el del sindicato que está para ayudar y no ayuda. Me interesa mucho cuando choca el discurso con la experiencia humana, y cómo esta queda opacada por el discurso, y tú aceptas uno a pesar de que sientes una cosa completamente distinta, quedando reprimido.

Una de las partes más destacadas en Clara y confusa, a mi parecer, es cuando el protagonista devela los entresijos del sindicato, de cómo está la corruptela ahí, y una de las víctimas que ha padecido ello sigue defendiendo al sindicato. Prima el “Si alguien lo ha dicho, es así  y  debe haber sido por algo” incluso cuando el conflicto ha supuesto la muerte de una persona querida.

Recientemente hice dos viajes cortos a España y pensaba en esa idea de que en España el la lengua es tan de ellos, tan entera y las palabras dicen lo que dicen. En cambio, creo que en América Latina tenemos un problema inmenso con un lenguaje que se nos impuso. Por lo tanto, ya hay una falsedad, hay algo que nunca nos identifica, que siempre rebasa ese lenguaje y está quebrado. Porque dice lo que se dice en España, cuando se traslada a América Latina, ya no dice eso, se agrieta, se mancha, se borronea. Me  interesa eso, cómo la palabra que nos fue impuesta en América Latina no logra nombrar lo que tendría que nombrar.

Aparte de esta libertad para jugar con con el lenguaje, mencionaste durante la presentación del libro que no sentías un peso  solemne o institucional, porque cuando ibas a tu casa nadie “te pescaba”. Ibas al mercado y nadie te reconocía como escritora.  ¿Eso puede haber permeado de alguna forma tus últimos libros?  Porque en Clara y Confusa y Yomurí, percibo   una mayor soltura para reírte de algunas cosas y tener una mirada un poco más lúdica.

Creo que también me favoreció mucho cambiarme de país, porque creo que cuando  vives en tu país, este te duele al tener ataduras que son más difíciles de romper  y  más difícil reírte.

Por otra parte, a mí me interesa mucho la idea de un escritor walseriano,  un ser minúsculo que está todo el tiempo preguntando, averiguando con mucha curiosidad. Creo que mis libros también tienen eso y están escritos, no desde un escritor que dice “soy escritor” y mira desde arriba las cosas y cree en sus juicios, en sus sentencias; sino que, más bien parten de una escritora que está todo el tiempo balbuceando y sorprendiéndose y descubriendo en la escritura, no desde alguien que sabe.

Sí, ahora que hablas de eso, en Clara y confusa, una de las partes que más me gustó es el retrato de la pintora que no tiene  éxito y  el  protagonista que no sabe si es porque es muy buena o muy mala. En esa línea, quería preguntarte sobre la crítica ¿Cómo percibes su posición actual entre la avalancha de información, proveniente en su mayoría, desde las redes sociales?

Bueno, por ejemplo en tiempos de la dictadura, que es cuando yo empecé a escribir, los críticos tenían mucho poder y en Chile siempre ha existido el crítico único, que además era sacerdote en general, como el cura Valente, y otro que hubo antes. Había un grupo de críticos que te dejaban pasar o no de acuerdo a lo que les cantaba. Por ejemplo, dejaron pasar a Zurita pero no a Juan Luis Martínez. Dejaban pasar a Neruda pero no a De Rothka; a Diamela Eltit, pero no a Guadalupe Santa Cruz. Entonces siempre hay eso que mientras ponderan a uno, a otro lo sacan de la escena, una costumbre en Chile.  En ese sentido, fue interesante la apertura de las redes sociales porque ya tú podías pasar sin tener el permiso de la crítica, y en ese sentido hay algo positivo.

Por otra parte, de los comentarios en plataformas como Youtube y similares, a mí lo único que me preocupa es que cuentan el argumento. La crítica o la reseña, hoy en día, es contar el argumento, decir si te gustó o no, dedito para arriba.  Lo que se ha perdido es una cosa que me parece maravillosa que es el arte de aprender a leer. Porque aprender a leer, interpretando, como dice Barthes, o sea leyendo, levantando la cabeza e imaginando qué te pasa con el libro, es una valoración subjetiva pero que tiene que ver con todo lo que te mueve, y es muy distinto al “me gusta” o “no me gusta”. Como decía un amigo, los libros te leen, y esa lectura a mí me parece interesante y se ha perdido, se ha frivolizado. Lo que uno termina diciendo es lo que todo el mundo quiere saber. Das una respuesta que deja a la gente contenta, y se se pierde esta cosa interesante de la crítica que era que te dejaba desasosegado, porque te decía, “Uy yo no vi eso en el libro” y volvías al libro, y entonces encontrabas que no habías visto  y te preguntabas “qué otras cosas no vi”. Eso de ver más cosas en segunda o en terceras lecturas es lo que se ha perdido y me parece una pena.

Muchos de tus títulos han sido editados en distintos países, pienso en Poste restante, por ejemplo, que ha sido publicada por distintas editoriales en Argentina, Chile, México y España. Antes de la entrevista, hablamos sobre la edición, sobre cómo ha cambiado, por lo que quería consultarte sobre las nuevas editoriales y su diversidad, sobre cómo viajan los libros viajan.

Sí, es increíble, porque como las distribuciones son tan malas entre Latinoamérica, y muchas veces si no pasas por España no llegas a Perú, por ejemplo. Es interesante también cuando los escritores vienen a las ferias y traen sus libros en las maletas.

Con respecto a la edición, tuve que releer Ramal y El futuro es un lugar extraño, porque uno se reeditó ya y el otro se va a reeditar pronto, y claro, da la sensación de que los libros tuvieran una vida, y cuando los lees de nuevo encuentras otras cosas. Los empiezo a corregir, soy medio obsesiva, espero hacerlo una vez, pero es interesante volver a leerlo. Pasa que escribo sin saber lo que estoy escribiendo, y entiendo lo que escribí muchos años después. Entonces quizás le puedo dar la última pulida.

También soy bastante juguetona, pues con Poste restante se suponía que con Overol hicimos una edición final, canónica, que iba a ser “la” edición, pero a una editorial en Turquía le pasé otra. Entonces Poste restante siempre va a estar con una falla, porque me parece que lo interesante de la edición es que siempre encuentras “errores”.

Respecto a las editoriales independientes, en todas las ferias voy directo a los stands, tanto en Bogotá como en Chile o en Perú. Voy a ese lugar porque me parece que allí están los libros donde los editores y las editoras se arriesgan. Me interesan esas literaturas más de riesgo, las que tú no sabes donde ponerlas, no sabes dónde colocarlas, cómo venderlas, las que se escapan y están en un lugar más confuso. Las editoriales independientes no pueden morir porque son los lugares de riesgo.

En Ramal, hay mucho juego con el uso  de fotos. Es decir, si ya es un reto ver cómo cortar un  texto, me imagino que es el doble de desafío cuando incluyes imágenes, ¿no?

Con Ramal estuvimos meses porque  al cambiar el formato, entonces cambiaron las fotos. Pero fue muy lindo porque entonces con Andrea Goic, quien es la artista visual con la que armé Ramal, nos empezamos a preguntar ¿por qué pusiste la foto aquí y no la pusiste allá? o ¿Por qué la pusiste doble, esta foto y la otra? Y empezamos a recordar cómo se había gestado el libro porque, más que uno ilustrado, es uno donde las fotos son textos también, ¿no? Fue muy interesante volver a descubrir, a partir del cambio de formato, cómo habíamos pensado entonces y cómo lo pensábamos ahora.

¿Has tenido particular interés en practicar las artes plásticas o la fotografía?

No, no, no me atrevería jamás,  pero me interesa mucho la idea del montaje, la idea de cómo tú pones una foto y al lado pone un texto y qué pasa.  Porque hay algo misterioso ahí que a cada uno le pasa algo distinto. Por ejemplo en El futuro en un lugar extraño hay un gran riesgo, porque hay un capítulo en que son puras fotos, ¿no? Incluso en Yomurí hay un sello, o en Clara y confusa pongo una receta. Siempre trato de meter algo gráfico, algo documental, porque además me parece interesante como siempre trabajé la idea de la confusión entre lo ficcional y lo real documental. Todo está hecho en la idea de jugar con la imaginación de los lectores, las lectoras.

Cuando leí Ramal en la anterior edición, las fotos tenían un hálito fantasmagórico, pero también de misterio “Por qué lo ha puesto ahí”, me preguntaba.

Claro, en La vuelta al perro, por ejemplo, son relatos de pueblos. Las fotos son de los que andan en moto caminando ahí donde vive la pampa. Las fotos –decidimos con la fotógrafa, María Aramburú– borronearlas, o sea, que no parecieran realistas.  Entonces son unas fotos muy fantasmagóricas. Están totalmente borrosas. Ella lo hizo intencionalmente. Al principio habíamos probado pixelar y de repente,  ella me propuso esta cosa de borronearlas y quedan bien impactantes porque los relatos parecen tan carnales, corporales y las fotos son como fantasmagóricas, como como un descalce.

Ahora que hablabas del trabajo con las fotos también quería preguntarte por tu trabajo con los materiales. Sergio Chejfec tiene dos libros que hablan sobre cómo es el trabajo del escritor con los materiales. Escribir con un cuaderno, escribir a máquina, o totalmente a computadora, y cómo eso va a cambiar incluso la forma de lo que se está escribiendo. ¿Cómo es, en tu caso, el proceso de escritura? ¿viajas con un cuaderno?¿Vas tomando apuntes o vas de frente a la computadora?

Mira, el otro día me pidieron los materiales de Poste restante para hacer una exposición en Chile. Me tocó abrir unos cajones que no abro nunca, que estaban llenos de cuadernos y yo misma me sorprendí, pues hubo un momento de cuadernos de notas, pero también uno cuando de dejé de tomarlas porque tengo un sistema en el que me gusta que se me olviden las cosas. A diferencia de antes que tenía la ansiedad de anotar para recordar, tengo la idea que eso después no funciona. En cambio, olvidar las cosas y acordarse solo de poquitas cosas me funciona más.

Es así que olvido y muy pocas cosas vienen a mi mente y trabajo a partir de ellas,  porque se me dificulta mucho trabajar con muchas imágenes. Creo que mis libros eran más barrocos en el sentido de tener mucho material, mucha imagen, mucho trabajo documental y trabajo más ahora con el olvido que con la memoria . Será que me estoy acercando a una edad en la que también hay más olvido que memoria.

A mí me ocurre con algunos sueños con los que a veces pienso “esto es una novela”,  pero luego recuerdo de ellos sólo una parte y la mitad del día la paso obsesionado con recordar lo demás y ya luego me tranquilizo con el olvido..

Lo que me pasa es que creo que esas ideas geniales no son tan geniales. Hay algo que es muy lindo que es que una cosa es pensar en la novela y otra la resistencia que ofrece el papel, pues no es una superficie que está a tu servicio, y tienes que seducir a las palabras para que entren a la página. Uno escribe y no funciona igual que como tú lo pensaste o lo soñaste.

Para terminar, siempre preguntamos por alguna película o disco que nos quisieras recomendar

Hay unas películas chilenas que están re buenas y una argentina. Historia y Geografía de Bernardo Quesney, Denominación de Origen de Tomás Alzamora, que es genial y La práctica de Martín Rejtman. Están re buenas las tres , tienen mucho humor. También hay un corto excelente de Martín Seeger, El canon, que pueden buscar en Youtube.