“Dios y el oro fueron dos negocios distintos”
Por Redacción El Hablador
Felipillo, personaje clave del período de la Conquista del Imperio incaico, lleva casi cinco siglos cargando con el título de traidor. Contra esa condena escribe el abogado Alfredo Barreda su primera novela, Crepúsculo incaico (Colmillo Blanco, 2026), una reconstrucción coral de los meses en que el Tahuantinsuyo se vino abajo, contada desde gobernantes, generales, sacerdotes, conquistadores y, sobre todo, desde el intérprete que entendía a las dos partes.
Barreda respondió por escrito a las preguntas que surgieron a partir de la lectura de su libro. El autor rechaza que los españoles hayan sido más crueles que los incas, sostiene que el oro no es ningún metal maldito, atribuye a los hermanos Pizarro buena parte de los conflictos de la conquista y lee la ejecución de Atahualpa como el resultado de una ley incumplida. Lo que sigue no es una defensa de la conquista, sino una manera diferente de mirarla.

«Entre gritos de batalla y el bullicio metálico de las cornetas, los españoles asaltaron el pueblo, lo que sumió a los nativos en un estado de pánico. Mujeres y niños gritaban, y los hombres, sin saber cómo defenderse, huían en todas las direcciones mientras los invasores, a caballo y armados con espadas, atropellaban y golpeaban a los indefensos» (p. 15). El primer capítulo de Crepúsculo incaico presenta un primer encuentro entre españoles e incas marcado, desde el lado de los invasores, por una violencia que llega a lo cruento. ¿Consideras que ese episodio inicial fijó la dinámica de la conquista en los años siguientes? ¿La crueldad exacerbada de los españoles respondía a una visión deshumanizada de sus adversarios?
Pensar que los españoles de la conquista eran crueles es una simplificación equívoca de lo que sucedía en el mundo en el siglo XVI. Una conquista era una invasión, y una invasión era una guerra. Usos de la guerra eran vencer y ser vencido y, más aún, matar o morir. El lector del siglo XXI sufre las muertes del siglo XVI como crueles, pero eso era lo normal en esa época. Los conquistadores españoles no fueron más crueles que los incas conquistados. Es más: Atahualpa y los quiteños fueron más crueles que los cusqueños, y aún más que los conquistadores.
Uno de los argumentos de la conquista fue el de «extender la palabra de Dios» en los nuevos territorios, una consigna tras la cual varios líderes del ejército español encubren su codicia. ¿Cómo crees que operó ese supuesto «deber religioso» entre los soldados de a pie? ¿Hubo quienes sintieron desazón —o incluso dudas— frente a esa justificación?
La conquista de América en general, y la del Imperio incaico en particular, tuvo dos objetivos: Dios y el oro. Fueron dos negocios distintos: los soldados venían por el oro y los sacerdotes por la evangelización, para convertir a los paganos en seguidores del cristianismo. El término «codicia» aplicado a los soldados es inaplicable, pues el ser humano siempre ha migrado de la pobreza a la abundancia, y los conquistadores huyeron de la pobreza de España para buscar en América una vida mejor.
La novela retrata a Francisco Pizarro como un líder brusco, temperamental y codicioso, pero también como un estratega militar astuto, capaz de cierto respeto hacia sus rivales. Durante la documentación para construir el personaje, ¿te sorprendió algún dato de su biografía? Y en cuanto a sus hermanos, ¿crees que su participación fue, en líneas generales, más perjudicial que beneficiosa?
Francisco Pizarro fue un personaje del siglo XVI con hambre y con deseos de salir de la pobreza. Él organizó el negocio de la conquista de los territorios del sur y para ello convocó al padre Luque, el financista, y a su amigo Almagro. Los hermanos Pizarro —Hernando, Juan y Gonzalo— fueron desde el comienzo más un problema que un aporte. Hernando fue un gran conquistador, pero igual lo fueron Candia, Benalcázar, Soto, Estete y otros, y estos sin los conflictos que Hernando Pizarro provocó con Almagro. Hechas las sumas y las restas, pienso que Francisco Pizarro no habría sido asesinado por los almagristas si Hernando no hubiera asesinado primero a Almagro.
«Dios y el oro son el fin supremo de los españoles. Todo lo que ellos decidan hacer lo harán por esas dos cosas» (p. 194), afirma uno de los personajes. La novela contrapone el valor casi vital que el metal tiene para los españoles con el valor «simbólico» (p. 154) que le atribuyen los incas, y muestra cómo termina convertido en uno de los detonantes de una tragedia de millones. ¿Qué paralelos encuentras entre la fiebre del oro de aquella época y la del presente, en el que la minería aurífera sigue teniendo un peso enorme? ¿Es el oro un metal maldito para nuestra historia?
No, el oro no es un metal maldito, ni la riqueza tampoco. Si todos los peruanos tuviéramos un kilo de oro, estaríamos mejor o igual, pero el oro no nos haría peores.
Pizarro y Almagro; Huáscar y Atahualpa; Juancillo y Felipillo. La novela explora vínculos fraternales atravesados por el recelo, el resentimiento y la ira. ¿Qué paralelos y diferencias encontraste entre estas tres relaciones? ¿Cuál de ellas te sorprendió más al escribirla?
El común denominador en las relaciones entre Huáscar y Atahualpa, Pizarro y Almagro, y Felipillo y Juancillo es el odio. Las razones iniciales de los odios son siempre diferentes, pero las consecuencias son iguales: la mutua destrucción.
En la novela, la ejecución de Atahualpa termina imponiéndose por una suerte de demagogia populista que se lleva por delante la palabra empeñada e incluso cierto hálito de compasión. ¿Cuán decisiva fue esa muerte para los hechos posteriores? ¿Qué papel crees que habría podido jugar Atahualpa de haber seguido prisionero?
La ejecución de Atahualpa se dio a pesar de que el cacique había cumplido con pagar su rescate, porque el nuevo gobernante del territorio, Pizarro, le había ordenado que le entregara vivo al inca Huáscar, que no lo matara. Atahualpa incumplió la nueva legalidad al matar al inca y fue condenado a muerte por ello, como estaba advertido. Sobre qué habría sucedido si Atahualpa no moría: de haber logrado escapar, posiblemente habría derrotado a los invasores.
«Los españoles de Lima seguían sin recibir noticias de Cusco. La capital estaba en calma, sin que reflejara el levantamiento en todo el país. Solo llegaban los rumores que traían los nativos» (p. 365). Ese retrato de la Lima de los primeros años de la conquista bien podría aplicarse a nuestro presente. ¿Por qué la capital sigue tan desconectada del resto del país?
En quinientos años las comunicaciones han mejorado inmensamente. Hoy la conexión entre Tumbes y Tacna, entre Iquitos y Trujillo y entre Lima y Cusco es instantánea. Un terremoto en Arequipa no se siente en Lima, pero se conoce en todo el Perú en cuestión de segundos.

Felipillo es la columna vertebral de Crepúsculo incaico: acompaña al lector desde su primer encuentro con los extranjeros —lleno de asombro y hasta de admiración— hasta su impulso de rebelarse contra ellos, movido por el hastío y la desazón que le provocan sus actos. ¿Qué fue lo que más te sorprendió de esta figura al investigarla y retratarla? ¿Cuán decisiva fue la barrera de la lengua en los acontecimientos de la conquista, y qué rol jugaron intérpretes como él?
La investigación sobre Felipillo no consistió solo en leer lo que los cronistas escribieron sobre él. A Felipillo, para entenderlo, hay que vivirlo, hay que empatizar con él. Felipillo viajó a España y convivió con Valverde y Candia, que eran hombres cultos. Aprendió mucho de ellos y habló tres idiomas: tallán, quechua y castellano. Fue el nativo más culto de su tiempo y lo siguió siendo por siglos, pues la historia no registra a ningún otro nativo que haya viajado a España y regresado para contarlo. Me atrevo a pensar que Felipillo sabía tanto del Imperio incaico y de la conquista como los cronistas. Posiblemente más que Garcilaso, que no fue testigo de la conquista; pero, lamentablemente, el traductor no dejó nada por escrito.
+++++
Crepúsculo incaico
Lima: Colmillo Blanco, 2026.
+++++