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Reseñas de libros

Honestidad brutal

Por Diana Hidalgo Delgado

Degenerado (Anagrama, 2019) no da tregua alguna al lector. Es una sucesión imparable de prosa e imágenes abyectas que hipnotizan hasta el final. No hay subidas ni bajadas ni paradas. Todo está en el más alto de los tonos. Si fuera música, sería death metal. Son las palabras y las ideas vomitadas que la mayoría no se atreve a decir escritas de una manera descarnada y sincera. Por ratos uno cierra el libro para respirar, pero realmente es imposible dejarlo por mucho tiempo. La honestidad puede ser adictiva.

La novela de la argentina Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), que gira en torno a un proceso judicial, no tiene de por sí una gran trama que avance de una manera convencional. Lo que lleva al lector a algún lugar o a varios es la mente siniestra del hombre que comete el delito y está siendo juzgado. Al exponer sus alegatos de defensa dentro del juicio, de él salen las ideas más crudas y repulsivas sobre la sociedad contemporánea, la humanidad, la paternidad, la maternidad, el consumismo, el antisemitismo, la pedofilia, el amor, el capitalismo, la ley, la religión. Este hombre parece sentir desprecio por todo y por todos. Un desprecio, argumenta, producto de la discriminación que ha vivido de parte de la sociedad por ser judío, pero también abusos e incomprensión de parte de sus propios padres. 

A él, la humanidad entera y la sociedad en la que vive le parece hipócrita y asquerosa. Y ese mundo de hipocresía se vuelve un animal que actúa y habla por instinto. Basándose en ello, puede cometer las más terribles atrocidades, como violar y matar a una niña y enterrarla en un bosque o justificar la pedofilia o la zoofilia, a las que equipara con el amor. El acusado es un violador y un pedófilo.

Así, conforme avanza el libro, la autora presenta imágenes perturbadoras, a través de la mirada del enjuiciado, de una sociedad ilustrada a la que le cae un balde con excreción, burgueses agonizantes, cuerpos que llueven en forma de diablos, murciélagos que se muerden las pestañas, una cena familiar en la que el padre le pregunta a la madre delante de los hijos dónde está el clítoris y la hace buscarlo, o un vecino teniendo sexo anal en una granja con su cerda y a la vez con su esposa, el mundo como una sucesión de roedores con cola retorciéndose, chicos que nacen sin querer vivir, un ano manchado y con puntos de sutura por tanta violación. «Los que están fuera del mundo son personas afortunadas», dice el violador en la página 40 del libro.

Uno de los tópicos a los que vuelve constantemente el violador durante el relato es al de una infancia atormentada por sus progenitores. Pero también a un concepto escabroso sobre lo que significa nacer, procrear, ser hijo o ser padre. Lo dice claramente en varios pasajes del libro:

«Nadie merece ser abandonado, yo no siento nada por mi familia, mis padres la destruyeron cambiando de identidad. Yo también tengo lesiones en distintas zonas del cuerpo y también tengo constantes pesadillas y secreciones que no son normales en mis órganos genitales» (p. 114).

O:

«Amar se aman todos, cualquiera puede amar a un padre, yo diría que todos aman al padre, todos de una manera u otra se aman, el hombre es un chiquero de amor un pelotero sucio de amor. No voy a cambiar mi declaración, no hice duelo de infancia, sigo gateando, sigo babeando, sigo en la silla con babero» (p. 104).

Y también:

«La pederastia, el asesinato, es otra versión del amor o es lo mismo que el amor que me proponen. (…). Haber sido hijo de los que me llevaban para cometer atrocidades me volvió este que ven, haber salido de los que no tuvieron empatía» (p. 122).

Fuente: WMagazin

Después está la crítica que hace a la sociedad y a la política desde el punto de vista de un hombre que no tiene nada que ganar o perder; un hombre que se siente al margen de toda ley y toda humanidad y que no está de acuerdo con la moral impuesta por esa misma sociedad. De hecho, la considera como un fenómeno de los otros, que son quienes tienen que hacerse cargo. Ni qué decir del consumismo y de las leyes del mercado: «Ustedes son los pacientes oncológicos no los tratan así, más bien les decoran la pieza y les ponen música, vienen los actores célebres de Hollywood disfrazados de piratas, el cáncer es la sociedad elegida por el mercado» (p. 25).

Y, sobre el amor, el procesado da cátedra de su concepto, que involucra pensamientos tenebrosos y que va más allá de enamorarse y tener sexo con una niña, como en Lolita de Nabokov, sino que se concibe junto a la tortura, la violación, el asesinato al objeto del deseo. Además, el enjuiciado defiende la pederastia como un amor legítimo. «Todo amor es un crimen pero cómo podría vivir sin eso», dice el violador. Y sobre su experiencia con el amor, agrega:

«Amé tanto que me quedé sin horizonte, amé tanto que ahora ya no hay nada más que abrir el ano y recibir los desechos fecales, amé tanto una vez que incluso a los que dije querer, incluso cuando sonreí, cuando besé, después, cuando junté las manos en oración, todo ese invento del placer humano al lado del fuego, todo fue infamia» (p. 112).

Entre el bien y el mal, el violador también se siente al margen. Siente que los que los juzgan pueden estar igual de mal o igual de bien que él. Pero qué le importa. Está fuera y espera con tranquilidad su sentencia de muerte, sin ningún atisbo de arrepentimiento. Sin embargo, sostiene: «El bien puede ser terrorífico, y el mar, redentor. El bien puede ser nocivo, culpable, y el mal ayudarnos a sobrevivir» (p. 84).  Y en ese mal, se regodea, se baña y se empacha.

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