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Galería de arte
Para mi flor de quinua
I
Picnic sobre la hierba (1862) de Edouard Manet
No dejes que las moscas acaben con el banquete, muchacha.
La comida que está servida es poca,
el resto hay que buscarla entre los objetos
menos imaginados.
Los que se mueven dentro
necesitan
una lamida de este doméstico animal.
Si estás quieta,
podrás acariciar el pelaje arisco
y el cuerpo flexible de algún gato comiendo
lo que más tarde lo habrá de cazar.
Quiero cargar esas piezas destrozadas por las hormigas
y como una mosca satisfecha
mirar desde arriba,
sacar mi lengua
y afilarme el ala izquierda
para caer y romper la ruta de carga:
el ir y venir de l a s h o r m i g a s.
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II
Flores nocturnas (1918) de Paul Klee
Estás en la hierba del gran cuadro,
y en tu piel
se han posado hormigas.
Estás echada sobre azahares
y desde tu vientre
la nube que elegiste
gira y ya no ves su perfil,
pero su cuerpo es aún perfecto,
se desvanece.
Voltea la mirada, muchacha.
Ve y hiere la hierba,
que no sea la luz la que interfiera,
sino el cielo.
Sube hacia el rojo más rápido
y lánzate hacia el fondo del cuadro .
Una vez allí, recoge a las hormigas que reposan a las orillas del río
y llévalas al jardín,
circularán por los charcos de la noche.
Corre hacia afuera. No voltees.
Los golpes que vienen de adentro
podrían agobiar tu andar
en el camino
que no has de volver a ver.
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III
Paseo de a tres (1914) de Auguste Macke
Otro agente ha llegado,
y la identidad es
el pasaporte difícil de esconder.
Tomó de la sangre
aún derramada en los rosales.
Limpió su rostro
y en sus ojos cansados estabas tú,
tatuada sobre un fondo blanco.
Deja abiertas las ventanas que dan al jardín
para que las hojas vuelen
y caigan como cuando no hay nada que decir.
Recuerda que en el último cuerpo
hubo culpa
y los gatos rasgaron el óleo.
Las hormigas guardaron algo de los cadáveres,
aquello que servirá para invierno. Y tú,
regresaste a besar mi pecho. Pero
tengo la nostalgia de un vientre vacío,
y tus hormigas se angustian mientras camino,
esperando que mi cuerpo caiga
sobre las rutas abandonadas.
Es fácil para ti hundirme en la firmeza
de los huesos de tus muertos.
Herirme entre los rosales.
Sin embargo, me levantas.
No me quieres
para
l s
a mos
ca s
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IV
Mujer de vestido verde (1912) de Jean Metzinger
Ofrecí mostrarte los elementos del cuadro,
pero insistes en observar desde las gradas.
Mi pequeña flor de quinua
no estás lista para recorrer este jardín.
Fuera de aquí
busco ser una mosca
y aplastar los ojos sobre el papel.
Tu terquedad viene de mí,
y tus ansias de vomitar
hacen que me lance sobre el charco,
pero aún no soy la mosca que quiero ser
y el tiempo pasa,
y la muchacha me empuja hacia sus rosales.
Las hormigas de tu cuerpo serán iguales a las mías,
pero deja que llegue el agente apropiado
con su misión casi terminada.
En el cuadro siempre habrá árboles
de moras y limones
para prepararte helados.
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V
El sueño (1910) de Henri Rousseau
Te he escrito un poema.
Tú corres y estás muy segura:
puedes saltar las gradas
sola.
Pero yo no estaba allí para animarte,
sino aquel que trajo con su llegada
a los guardianes de tu descanso.
Las flores de los sueños han construido tu celda
donde las hormigas y las moscas
caen envenenadas en su intento de cruzar los límites.
Gracias, mi flor de quinua.
Ahora puedo mirar a través del pequeño cristal
del gran cuadro
y sin miedo sin dudas
alejarme
sin llevar pertenencias.
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Entre faroles
Detén esa música que ahoga, pequeña.
Apaga el silencio de esta noche.
Dame tu espalda, muchacha
ve hacia la hierba
y hiere tus ojos con los rosales.
Dile al heladero que aquí no hay niños,
sólo hormigas
en luz y blanco.
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Son las seis
El camión blanco ha llegado.
Nubes de limón y mora para mi lengua
y aún estás lejos de mis planes.
No te enojes, mi flor de quinua,
del campo de guerra
nadie se libra.
Ven, ya llegará el momento.
No esperes allí agazapada
las rosas hieren cuando estamos en otoño.
Quédate fuera del gran cuadro
donde los ramos de flores nacen
sin polvo
sin alba.
©
Ericka Ghersi, 2005
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