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“He
descubierto que Hugo Vernier
sí existió. Y fue efectivamente plagiado
por Verlaine, Rimbaud, Mallarmé… todos,
todos. Lo que dice Georges Perec es cierto. Yo tengo
las pruebas” (1)
.
Breve
introito y descripción del ambiente
No
sé exactamente por qué le decían
“el amigo de mi pueblo” — simplemente
amigo, de aquí en más— en San Marcos.
Creo que alguna vez compartí con él algunas
clases en la universidad, pero no puedo decir que fuera
mi amigo. Y me parece recordar vagamente que su apodo
se debía a que alguna vez escribió un
cuento —entre lo costumbrista y lo posmoderno—
con ese título, el cual fue inmisericordemente
pulverizado por la crítica de nuestro curso de
creación literaria —tampoco un gran referente,
por supuesto.
Desde
aquellos tiempos universitarios no lo había vuelto
a ver. Y ahora, increíblemente me lo venía
a encontrar en Ginebra, en esa noche de poetas y trovadores,
organizado por Tierra Incógnita, el curioso nombre
del pequeño local que fungía de librería,
guardería, discoteca, pub y punto de encuentro
de la escasa pero siempre animosa intelectualidad latinoamericana
de la parte francófona de Suiza.
Allí,
en medio de pósters del Che Guevara, Celia Cruz
y Rubén Blades, además de algunos tapetes
de estilo andino que colgaban de la pared, sentados
en una de las tres mesitas que llenaban el espacio convivial
de la chingana, y con dos Cusqueñas al frente
(7 francos suizos cada una —casi 6 dólares—,
lo que me hace pensar ahora que debe haber sido la cerveza
más cara de mi vida), el amigo comenzó
su historia sobre el tal Hugo Vernier. La música
de fondo era una bachata cantada por unos dominicanos
que viven en Nueva York y es éxito en toda Europa:
“Obsesión”. Canta el grupo Aventura.
El
narrador
Yo
llevaba en Ginebra ya un buen par de años. Mi
vida no es lo más importante de esta historia,
pero a efectos de ponerme en contexto, diré que
llevé algunos cursos de Literatura en San Marcos,
mientras estudiaba, un poco a mi pesar, Derecho en una
universidad privada. Al final, la necesidad, madre de
todos los vicios y profesiones, obligó a que
dejara mi ilusión de ser escritor para convertirme
—para alegría de mi familia clasemediera—
en abogado.
No
me quejo. Al final, por esas casualidades de la vida
trabajé en algunas ONG, en la Comisión
de la Verdad, y desde allí pude dar el gran salto
para venir a Ginebra, en donde trabajo en la OMCT (2),
organización no gubernamental que denuncia violaciones
de derechos humanos alrededor del mundo.
Hasta
allí mi vida, que es lo menos importante en esta
breve narración. Bueno, sí, termino con
esto: escribo de vez en cuando y soy amigo del peruano
dueño de Tierra Incógnita; por eso estaba
allí, luego de leer algunos de mis poemas, que
causaron tímidos aplausos en la raleada concurrencia
de la soirée.
El amigo
La historia del amigo sí es mucho más
interesante, sin duda.
El
amigo provenía efectivamente de un pueblo cercano
a Chota. Estudió la primaria en Cajamarca y luego
llegó a Lima para hacer la secundaria en un colegio
de San Martín de Porres, que era donde vivía
con una tía materna. Cuando terminó el
colegio, sin muchas alternativas, decidió postular
a la universidad, donde pensaba estudiar Derecho. Tras
sucesivos y fracasados intentos, decidió que
lo mejor era comenzar a trabajar y dejar el sueño
de los estudios superiores para más tarde.
Así
fue que el amigo empezó a colaborar con unos
negocios familiares de otro tío suyo, que tenía
un pequeño taller de confecciones en Gamarra.
Mientras tanto, dispuesto siempre a progresar en la
vida, empezó con las clases de francés.
No eligió el inglés porque lo encontraba
muy común, y él siempre había querido
ser diferente (sic).
El
amigo tendría unos 25 años cuando volvió
a intentar el ansiado ingreso a la universidad. Para
entonces, con sus ahorros se había comprado un
auto de segunda, que también taxeaba. Eso le
había permitido ya independizarse de su familia
y alquilar un pequeño cuartito en Jesús
María, distrito que le parecía mucho más
chévere (sic). Al mismo tiempo, dedicaba parte
de su tiempo libre a hacer a un servicio especial de
taxi, que explicaré a continuación.
Iba
al aeropuerto, donde buscaba turistas —de preferencia
mujeres, jóvenes y que pudieran hablar francés—
para ofrecer su servicio de guía, el cual casi
siempre venía acompañado de otras ofertas,
como clases de español o de baile latino, y terminaba
muchas veces con otro tipo de prestaciones mucho más
placenteras por las cuales, por supuesto, no cobraba...
aunque a veces le dejaban alguito (último sic).
Decidido
a complementar sus labores como guía de mejor
manera, el amigo postuló esta vez a Historia,
sabiendo, además, que el ingreso a la Facultad
de Letras en San Marcos era mucho más sencillo
que a Derecho. Su segunda opción fue Literatura.
El amigo no alcanzó el puntaje mínimo
requerido para estudiar Historia pero sí el de
Literatura, lo que tomó deportivamente como una
señal del destino. Después de todo, un
brichero motorizado con cultura literaria tampoco era
mala cosa.
Debo
haber coincidido con el amigo durante su segundo año
de estudios en la Escuela de Literatura, cuando en realidad
ya había pasado —en términos reales—
cuando menos unos tres o cuatro años en la universidad.
Desde entonces no lo había vuelto a ver.
El
amigo tenía treinta y dos años cuando
conoció a la que sería su futura esposa
(entonces seguía llevando cursos de tercer y
cuarto año). Tuvo mucha suerte porque esta vez
en realidad fue un encuentro casual. El amigo estaba
tomando un jugo de maracuyá y comiendo una tajada
de pizza en el Jirón de la Unión, mientras
hacía tiempo para recoger a una cliente, cuando
de pronto escuchó unas voces, casi gritos, en
francés.
De
inmediato se acercó a las dos jovencitas que
estaban a punto de arañar a una vendedora que
sólo atinaba a decir “tranquilícese,
amiguita, ya le doy su vuelto”. Cual moderno Salomón,
el amigo fungió de traductor y mediador, dejando
al final satisfechos a ambas partes de la contienda.
Las chicas lo besaron tres veces cada una y lo invitaron
a tomar unos tragos. Desde aquel momento, durante cinco
semanas, el amigo vivió con las chicas, disfrutando
de todo lo que ellas le invitaban, y de no pocos menage
à trois en su cuarto de Jesús María.
Ella
Ella
era ginebrina y millonaria (en realidad, hija de millonario),
tenía 27 años y era lesbiana. Había
ido al Perú enviada por sus padres, calvinistas
radicales que no podían admitir que su hija fuera
lesbiana y libertina. Los ingenuos millonarios creían
que quizás en ese lejano y exótico país
de Sudamérica su hija podría reflexionar
un poco, distraerse un tiempo y, en el mejor de los
casos, dejar sus extrañas y pecaminosas prácticas.
Ella
se había arreglado para conseguir que una de
sus habituales parejas viajara con ella y, de ese modo,
el viaje a Perú lo estaba disfrutando a las mil
maravillas. Aquel amable indio —con acento francés
terrible— que se había acercado para ayudarla
cuando estaban a punto de golpear a una vendedora que
no quería entregar el vuelto adecuado (manías
de millonaria, que compraba ropa interior en plena calle
del Jirón de la Unión de Lima) era, sin
duda, un ángel caído del cielo.
Ella
le dijo que estaba dispuesta a pagarle el pasaje a Suiza
si aceptaba casarse. El amigo quedó sorprendido.
Por supuesto, su duda no duró más de tres
o cuatro segundos. Europa lo esperaba.
De
inmediato ella le confesó cuál era el
arreglo. No estaba interesada en la relación
carnal, pues a ella le gustaban las mujeres. Ellos necesitaban
los papeles del matrimonio para convencer a los padres
del enlace. Luego solicitarían una dote y la
entrega de uno de los departamentos de la familia —de
preferencia alguno con vista al lago—, lo que
les permitiría contar con techo de lujo y una
suma mensual que ella administraría. Si él
quería más, tendría que trabajar
o vérselas por su cuenta. Más allá
de las necesarias precauciones para no ensuciar demasiado
el nombre de la familia, él tenía libertad
entera para buscar mujeres u hombres, o lo que quisiera,
y llevar la vida sexual de su preferencia. Ella no estaría
al cuidado. ¿Podía el amigo pedir algo
mejor?
El amigo en Europa
Luego
de una breve despedida de la familia y amigos, y el
viaje con escalas en Bonaire y Amsterdam, la feliz pareja
de recién casados llegó a Ginebra, y más
precisamente a una residencia de Collonges-Bellerive,
al borde del lago Leman, donde se expuso a la familia
de ella la situación existente (obviando detalles
innecesarios como el arreglo propuesto, la administración
del estipendio mensual, la autenticidad del documento
que formalizaba el matrimonio y lo hacía legal,
y el origen del título de maestría en
Literatura Latinoamericana que el amigo también
había comprado en el jirón Azángaro
a menos de doscientos soles).
La
familia, prefiriendo el matrimonio con aquel bon
savage antes que reconocer ante la sociedad calvinista
el lesbianismo de su hija, aceptó gustosa al
amigo como miembro de la familia.
De
más está decir que el amigo se las arregló
prontamente para comenzar una vida de brichero internacional
que le daba réditos suficientes como para vivir
con holgura, tanto que se daba el lujo de enviar el
dinero que recibía de la esposa a su familia
en el Perú.
Ella
era la pareja perfecta, totalmente despreocupada de
lo que hiciera o dejara de hacer su marido. Sólo
le plantó una queja aquella vez que lo sorprendió
tocando una quena con un grupo de indios iguales a él,
semidesnudos y con algunas plumas en la cabeza, al borde
del lago. A ella no le molestó tanto el hecho
de verlo en aquella actitud de falso trance espiritual
mientras tocaban una música extraña y
flirteaban con desconocidas, sino el hecho de que las
plumas hubieran sido extraídas, como era notorio,
de la cola de uno de los bellos cisnes del lago. Más
allá de eso, era sin duda la esposa más
maravillosa del mundo.
La
vida del amigo transcurría sin agitaciones, más
allá de las que le producían los partidos
de fulbito que solía jugar con otros amigos peruanos
los martes por la noche (casi todos engastadores de
joyas trabajando de negro en conocidas firmas suizas).
Hasta
que un día le sucedió lo que me empezó
a contar aquella noche en Tierra Incógnita.
La
historia de Perec y Vernier
“He
descubierto que Hugo Vernier sí existió.
Y fue efectivamente plagiado por Verlaine, Rimbaud,
Mallarmé… todos, todos. Lo que dice Georges
Perec es cierto. Yo tengo las pruebas.”
—Bueno,
cuéntame quién es Vernier. Porque a Perec
sí lo conozco, creo. Es un escritor, ¿no?
—Exacto. Genial. Miembro del Oulipo, maestro de
maestros.
—¿Oulipo?
—Ouvriers de la Littérature Potentielle.
Trabajadores de la Literatura Potencial. Experimentales.
Alquimistas del lenguaje.
—Bueno...
—Otro día te cuento de ellos. Es un grupo
que formó Queneau en 1960 (3),
entre miembros del Colegio de Patafísica.
—¿Pataqué?
—Patafísica (4).
Es un colegio, una especie de logia fundada por Alfred
Jarry a principios del siglo XX. Unos locos malditos…
—En fin… cuenta tu historia.
—Ahí voy…
Debe
haber sido hace como un año y medio más
o menos que conocí a una chiquilla que creo que
estudiaba literatura en la Universidad, aquí
en Ginebra. Estaba rica, dentro de lo que me acuerdo.
La cosa es que la manyé en una discoteca, bailamos
y la llevé a mi departamento. La verdad no sé
siquiera si me la tiré porque cuando me desperté
estaba medio calato, con una super resaca y al costado
de mi cama encontré Un cabinet d’ amateur
(5), de
Perec. Ese fue el primer libro que leí de ese
pata. Cuando acabé me di cuenta que tendría
que seguir con todo Perec. A la chiquilla nunca más
la volví a ver…
Me
hubieras visto en esa época, loquito. Parecía
un enajenado. Me pase meses leyendo todo lo de Perec.
Todo. Lo más rayado fue que resultaba que la
familia de mi esposa tenía la colección
de todo Perec, quien había resultado ser amigo
de un primo de la familia y, además, había
legado toda su biblioteca a los viejos de mi cuero.
La cosa es que todos los libros eran originales y dedicados
por el propio Perec. ¡Hasta notas había!
Así
llegué un día a Le voyage d’
hiver. La historia me pareció alucinante.
En resumen, es un pata que encuentra un libro en el
que reconoce textos de otros escritores (Rambó,
Verlén, Mallarmé, toda esa gentita), así
que piensa que el autor es un simple copión.
Pero después este bróder se da cuenta
que el libro es anterior a los famosos y se raya. Pero
justo empieza la guerra y el pata pierde el libro y
tiene que huir de Francia. Después regresa para
encontrar datos del escritor, que es el que te digo:
Hugo Vernier. Pero nada, como si al pata lo hubiera
tragado la tierra. Así que el pata termina rayado
y sin encontrar el libro de marras. Y nadie se entera
que en realidad todos eso poetas malditos no eran más
que unos copiones de Hugo Vernier. Alucinante, ¿sí
o no?
Pero
ya, ahora viene lo más locazo. Yo he descubierto
que Hugo Vernier existió de verdad… Perec
lo descubrió y después se quedó
callado para no matar la fama de los poetas malditos.
¡Alucina!
—A
ver… tú dices que Vernier existió.
Pero eso significaría que alguien lo debería
conocer. Debería ser famoso, ¿no?
—No, pues. Sólo Perec descubrió
el libro de Vernier y la verdadera historia de él
y sus plagiarios. Entonces escribió la historia
para despistar a todos. Además, bueno, éste
es un cuentito póstumo, que se encontró
en sus notas finales. Claro, todos creyeron que se trataba
de un cuento, pero no. Bueno, en cierto modo, sí,
era un cuento, pero se basaba en la vida real. La vaina
es que yo tenía el original del librito y eso
me llevó a las notas de Perec… así
que yo no tengo dudas.
—¿Entonces tú tienes pruebas?
—Claro, pues… Oe, ponte otra chelita, pe’.
—Pero estoy misio.
—No seas malo. Tú ganas bien, cuñao.
La última…
—¿Quién te ha engañado? Nada
que ver… A mí me pagan poco y en dólares…
y con la devaluación estoy hasta el cien. Con
las justas me alcanza para la jato y la comida. Además,
acá el millonario es otro…
—Pero ahora estoy misio… mi cuero no me
ha dado nada este mes…
—Ya, bueno, las últimas.
—¡Buena, loquito!
—Ya, ya…pero bueno, cuenta pues… saca
las pruebas…
—Ya, manya…
Un viaje en invierno (según el amigo de mi pueblo)
En
la biblioteca de la familia de ella existe un ejemplar
de Le voyage en hiver. Esa edición es
original y cuenta con una firma original de Georges
Perec. En el cuento hay algunas notas en las que se
menciona un lugar cerca de Ivry sur Seine, lugar donde
muere Perec en 1982; allí se encontrarían
diversos manuscritos dejados por Perec.
La
pista es verdadera, pero en el lugar indicado (la base
de una estatua que representa a Carl Dreyer, cineasta
francés, director de Juana de Arco)
sólo hay un mapa que conduce a Aix en Provence,
en el sudoeste de Francia, y menciona una biblioteca
del pueblo de Auxmartel, que apenas aparece en las guías
Michelin.
En
esa biblioteca, que sólo abre de martes a viernes
por la tarde, hay un único ejemplar de La
vie mode d’ emploi, de Georges Perec. En
el interior se encuentran unas notas escritas por Georges
Perec en las que describe la historia de Hugo Vernier.
Según
las notas de Perec, Vernier vivió en Le Havre
(6), puerto en
el Atlántico, hacia la primera mitad del siglo
XIX. Efectivamente, en 1864, tal y como dice el cuento
de Perec, escribe Le voyage d’ hiver,
obra que pasa desapercibida totalmente. Se trata de
una novela breve, provinciana, de cuya primera y única
edición se imprimen solo doscientos cincuenta
ejemplares. Al parecer, un joven Verlaine descubre esta
nouvelle en un viaje que hace a casa de un amigo en
Caen, hacia fines de la década de 1860. Quizás
la obra no le impresiona en su conjunto, pero reconoce
algunas frases inspiradas. Toma el ejemplar y lo lleva
de vuelta a París.
Al
principio, siempre según Perec, se trata de una
farsa lúdica. Hay que tomar frases del librito
para incluirlas en futuras obras. Toda la generación
de grandes poetas franceses —parisinos amigos
o discípulos y/o amantes de Verlaine— lo
hace, algunos sabiendo de la existencia del juego, otros
apenas de oídas o incluso de manera casual, eso
no queda del todo claro. El hecho es que al poco tiempo
de iniciado el juego, Verlaine se arrepiente y comienza
a sentir miedo de que alguien descubra el plagio, incluyendo
el propio Hugo Vernier, de quien nadie sabía
absolutamente nada. Lo peor es que las frases de Vernier,
como si estuvieran tocadas por un sino benéfico,
son admiradas por todos y permiten a muchos escritores
noveles e incluso poco dotados triunfar en un momento
en el que París es el centro de la literatura
de Occidente.
Desde
el momento en que Verlaine toma la decisión de
desaparecer para siempre a Vernier, todos sus amigos
y demás escritores plagiarios —se entiende
que los que conocen la verdadera historia y participan
del juego de manera consciente— se dedican a buscar
y eliminar cualquier pista que haga siquiera presentir
la existencia de Vernier. Por suerte para ellos, Hugo
Vernier, quizás algún humilde profesor
del norte de Francia, jamás se entera de nada.
La limitada edición de su obra, que, además,
casi nadie compra ni conoce, ayuda a la tarea de Verlaine
y compañía.
No
hay mayores datos sobre quién fue Hugo Vernier,
salvo una inscripción de bautismo en una pequeña
capilla de Brest, de 1823. Los registros de Le Havre
desaparecieron luego de la Gran Guerra. No existen ejemplares
conocidos de la obra de Vernier. No se sabe cómo
Perec conoció (¿o inventó?) la
historia.
Las
notas de Perec las tiene el amigo de mi pueblo.
Final final
La
cerveza que le invité al amigo, por supuesto,
no fue la última. La policía cantonal,
advertida por algunos vecinos, llegó a las 11:45
de la noche, cuando nos quedaba un poco de cerveza en
las botellas, la que secamos inmediatamente. A instancias
del amigo fuimos, en orden consecutivo, a los siguientes
lugares: Café Cuba, Café Brasil, Santa
Cruz discoteca latina, bar Mil y Una Noches, cabaret
Bagheera, mi casa.
El
total de mis gastos llegó a los doscientos setenta
francos suizos, sin contar una botella de champagne
en el cabaret Bagheera, que pagué con mi tarjeta
de débito (trescientos cincuenta francos que
nos dieron derecho a acariciar a un par de prostitutas
ucranianas a quienes no recuerdo y que se fueron apenas
acabado el trago, asumo). Por suerte mi tarjeta no permitió
comprar más.
En
casa, de acuerdo con lo que vi al día siguiente,
en medio de una resaca brutal, tomamos media botella
de vino tinto y algo de un bourbon que me habían
regalado. Lo sé porque encontré un vaso
con un poco de ese trago, pero la botella había
desaparecido.
El
amigo de mi pueblo también había desaparecido.
Al día siguiente de todo lo que he narrado, algo
recuperado de la intoxicación alcohólica,
llamé al número que me había dado
el amigo, que resultó ser el teléfono
de Pizza Express. Su dirección, escrita en una
etiqueta de cerveza, era la de un honorable viejecillo
que me dijo que se llamaba Albert Cohen (7).
Cuando regresé a Tierra Incógnita, el
dueño me dijo que el amigo vivía en Fribourg,
según lo que a él le había contado;
él no sabía quién era Georges Perec.
En
la librería Payot conseguí una edición
de Le voyage d’hiver (8),
obra poco conocida y póstuma de Georges Perec.
El argumento de la historia es el que me contó
el amigo. Sé que a él no lo volveré
a ver. Escribo esto en el tren que me lleva camino a
Aix. Luego iré a Auxmartel. Desde allí
planeo ir a Le Havre. Luego a Caen y a Brest. Finalmente
pasaré por París para asistir a una reunión
del Club de Amigos de Georges Perec.
La
verdad, no espero encontrar nada. Sólo quiero
hacer el recorrido de Perec, de Verlaine, de Hugo Vernier…
si llegó a existir tal. Al final haré
el recorrido de la historia del amigo de mi pueblo.
¡Qué más puedo pedir!
Ginebra, 21 de diciembre de 2004
__________________________________
(1)
Hugo Vernier es el protagonista de Le voyage d’
hiver, relato de Georges Perec, publicado póstumamente
en 1993, en la edición del Magazine Littéraire
N° 316, dedicado al autor francés. La historia
corresponde a los cánones perecquianos. Un estudioso
de literatura francesa del siglo XIX (Vincent Degraël)
es invitado por un colega a pasar unos días en
una casa de campo de su familia. Allí encuentra
un librito que se titula justamente Le voyage d’
hiver, de un autor desconocido para él:
Hugo Vernier (¿homenaje a Víctor Hugo
y Jules Verne? ¿Relación con las iniciales
H.V., que en francés se lee “achevée”
o terminado?). El librito no es especialmente interesante,
pero Degraël reconoce allí, copiados casi
textualmente, textos de Mallarmé, Rimbaud, Verlaine,
entre muchos otros poetas y clásicos franceses
del siglo XIX. Al principio piensa en una copia burda
llevada a cabo por Vernier, pero pronto cae en cuenta
que la edición del libro data de 1864. ¡Mucho
antes que los otros autores escribieran sus obras más
famosas! Desde ese momento, Degraël inicia una
búsqueda desesperada por encontrar otras obras
y señas del autor. Su tarea se ve pronto interrumpida
por la guerra. Exiliado primero en Londres y luego en
Escocia, encuentra algunas reseñas bibliográficas
de la obra, pero ningún otro ejemplar de la edición
que olvida estúpidamente en la casa de su amigo.
Cuando
regresa a Francia, al día siguiente del retiro
de las tropas alemanas, se entera de la muerte de su
amigo en un bombardeo de la Luftwaffe; peor aún,
descubre con horror la destrucción de la biblioteca
en que dejara el librito de marras. Degraël dedica toda
su vida a la búsqueda de la obra de Vernier,
sin que pudiera encontrar más que breves e inconexas
pistas que lo llevan primero a un hospital psiquiátrico
y luego a la tumba.
(2)
Organización Mundial contra la Tortura. No confundir
con la Organización Mundial del Comercio (OMC),
cuyo propósito, resulta evidente, no tiene nada
de no gubernamental ni ejemplificador.
(3)
Raymond Queneau en realidad fue cofundador del grupo.
El verdadero artífice de la creación de
Oulipo fue Francois Le Lionnais, quien en 1960 planteó
la creación del grupo en el seno del Colegio
de Patafísica. Entre sus miembros más
connotados están Queneau, Perec, Bert y Calvino.
Su objetivo era llevar la literatura al grado máximo
de la experimentación. Algunos de sus “juegos”
consisten en lipogramas, transposiciones definicionales,
poemas con estructuras matemáticas, palíndromos,
etc.
(4)
Alfred Jarry ideó la patafísica (pataphysique)
hacia finales del siglo XIX, como creación del
Doctor Faustroll, personaje que creó en el liceo
que estudiaba para burlarse de su profesor de física.
Por definición, la patafísica es la ciencia
de las soluciones imaginarias, la ciencia que estudia
las leyes que rigen las excepciones. El grupo tiene
sus propias leyes, reglamentos, calendario, jerarquía,
et al. Sigue sesionando hasta la actualidad. Formaron
parte del grupo, además de los miembros de Oulipo,
otros famosos como Dalí, Buñuel, Miró,
Duchamp, Prévert y un largo etcétera.
(5)
Obra clásica de Perec. Un pintor americano de
origen alemán pinta por encargo un cuadro en
el que aparece un famoso coleccionista retratado con
todas sus pinturas detrás. El lienzo es un juego
de espejos en el que al fondo del coleccionista aparece
nuevamente un cuadro similar que representa a la pintura
original y así hasta el infinito. El cuento describe
varias de esas pinturas, algunas ficticias. El cuadro
es destruido por un maniático y el pintor desaparece
misteriosamente. Luego de algunos años, la fama
del cuadro y de la colección retratada crece
hasta que los herederos del coleccionista disponen la
venta de las pinturas que parecen en el retrato, logrando
precios fabulosos. Al final nos damos cuenta que todos
los cuadros de la colección habían sido
imitaciones o cuadros sin valor que, sin embargo, se
hicieron costosos debido a la fama cobrada por la desaparición
del artista y de la destrucción del cuadro, todo
lo cual no había sido más que parte de
un plan orquestado por el coleccionista y sus hijos
(uno de los cuales fue en realidad el propio artista
desaparecido) para obtener dinero a través de
la futura venta de las obras..
(6)
Literalmente habría que atravesar todo Francia
para llegar desde Aix hasta Le Havre.
(7)
Curiosa homonimia con el autor de Solal, Beille du Seigneur
y otras obras de gran calidad, quien murió en
Ginebra el 4 de octubre de 1981.
(8)
Le voyage d’ hiver, Éditions du
Seuil, 1993.
©
Alejandro Neyra, 2005 |