Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928)

Escritor, ensayista, traductor y periodista cultural. Miembro notable de la Generación del 50, es profesor de la Facultad de Literatura de la Universidad de San Marcos. Ha tenido además una prolífica carrera diplomática, y es autor de numerosos libros. Entre los más conocidos están: Los Ingar; El Cristo Villenas; Un joven, una sombra; Pálido, pero sereno, entre otros, por los cuales ha ganado significativos premios.

 

 

 

 

 

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Cinco cuentos brevísimos (inéditos)

por Carlos Eduardo Zavaleta
 
 

Los cuentos que presentamos a continuación son cuentos inéditos del escritor peruano Carlos Eduardo Zavaleta. Fueron seleccionados del total de 25 que conforman el libro, próximo a editarse, Relatos brevísimos.

La envidia
El abrazo del oso
Amor paralelo
Mesas sucesivas
El montañista


EL MONTAÑISTA
(Tiempo estimado de lectura: 5')

La montaña te ha visto por fin, lo sientes no sólo en el gorro de nieve, sino en el pecho de la mole, en las grietas donde, de modo increíble, el sol de mediodía no penetra, dibujando, al revés, líneas diagonales de sombra.

Quien lo dijera, el sol no puede iluminar esos pliegues, esas grietas que serían minúsculas si tú pudieras volar como un pájaro y mezclar en tus ojos el espejo resplandeciente del nevado con esas rayas sombrías. Si fueses pájaro, digo.

Sólo ahora entiendo mi error. No he traído lentes oscuros sino los habituales, apenas teñidos en un arco leve que deja el resto muy claro, despejado, indemne, como quien se entrega a quemarse en la mañana, y no únicamente a los rayos del sol.

El error se agranda y comprendes aún más: de cerca, la montaña es demasiado enorme para ti, para tus medidas de hombre, y sientes que ella late, te mira, y vive frente a ti. Quizá vaya a quemarte empezando por tus ojos, que ya no pueden más, que se cierran apenas saltas del andarivel y quedas a merced de la excesiva luz que jamás creíste hallar (cuando estabas abajo). Has venido por el aire como un niño en su cochecito de juguete y ¡zas! Quedaste ciego por un rato.

Los demás visitantes sí ven y aprovechan la cumbre del nevado para ponerse de espaldas y miar el cerco inmenso de montañas sin nieve. Sí, descubres, el nevado está mirando también a las montañas grises, desnudas, hayan diálogo entre ellos, y tú eres el intruso, el equivocado, el hombre sin lentes debidos y que aún se cubre los ojos con las manos, a fin de mirar cautelosamente entre los dedos y decidir qué hacer, qué gritar, mientras los demás ya chillan como niños felices que han cumplido el viaje.

Doy unos cuantos pasos para alejarme del resplandor y siento que el nevado me ve de espaldas, sabe que voy a huir, pero se burla de mis piernas tambaleantes, de la miopía (ya no estoy ciego, sólo miope), que me impide correr como los otros viajeros felices, quienes alzan los brazos de júbilo hacia los muñequitos de abajo, del fondo, que nos hacen señales de júbilo.

Me animo a reunirme con ellos. La montaña late y quizá va a moverse. Entonces me hago el modesto y me escurro hacia una línea de sombra y veo subir esta vez los andariveles vacíos. Sé que los demás montañistas seguirán contemplando el filo del abismo, la grieta donde debería concluir la nieve. El andarivel debe salvarme.

Doy unos pasitos de miope cuyos ojos han empezado a lagrimear; no soporto la luz sobre la nieve, siempre he visto los nevados desde abajo, era suficiente, ¿y ahora qué hago?

¿Por qué viniste? No lo sé, por curiosidad, por lenguaraz, dijiste que venías del callejón de Huaylas, donde, de estudiante, habías escalado hasta el pecho del Huandoy, y ahora te venció la lengua y dijiste que ese gorrito de nieve era un buen ensayo de montaña grande, y los demás se rieron, pero ahora sabes que el nevado oyó.

Por un rato, de espaldas a la cumbre, lagrimeando, ves el círculo de montañas grises y civilizadas, donde debiste permanecer, el círculo de calma y sonrisa, una especie de corona al aire que por fin te envuelve. Quizá te meces, abres los brazos y crees que todo el mundo va a volar, menos la línea de hombrecitos de abajo, con sacones y gorros. Ahí viene la cadena de andariveles vacíos, serás el primero en tomarla de vuelta y salir de este mundo blanco, de brillo y quemazón en los ojos cuyas lágrimas es imposible disimular.

¡Montaña del carajo!, digo fuerte, salto a sentarme en el primer andarivel, veo que la línea de montañistas me mira, me hace señas, pero el nevado se ha movido adrede y yo resbalo y hasta me veo rodar y caer como un guiñapo que no termina de rodar. Ahí voy yo. Ahí va él.

© Carlos Eduardo Zavaleta, 2003 descargar pdf

 

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